SigPhi · Miguel de Unamuno

El espejo de la muerte Cuentos cortos (Spanish)

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sostén, que de ti depende todo...Dios te lo premie!--decía la madre.

Y Agustinito, ni comía, ni dormía, ni descansaba a su sabor; ¡siempre sobre los libros! Y así se iba envenenando el cuerpo y el espíritu: aquél, con malas digestiones y peores sueños, y éste, el espíritu, con cosas no menos indigeribles que sus profesores le obligaban a engullir.

Tenía que comer lo que hubiera, y tenía que estudiar lo que le diese en el examen la calificación obligada para no perder la beca.

Solía quedarse dormido sobre los libros, a guisa éstos de almohada, y soñaba con las vacaciones eternas. Tenía que sacar además premios para ahorrarse las matrículas del curso siguiente.

--Voy a ver a don Leopoldo, Agustinito; a decirle que necesitas el sobresaliente para poder seguir disfrutando la beca...--No; no haga eso, madre, que es muy feo...--¿Feo? ¡Ante la necesidad nada hay que sea feo, hijo mío!

--Pero si sacaré sobresaliente, madre; si lo sacaré.

--¿Y el premio?

--También el premio, madre.

--Dios te lo premie, hijo mío.

Hallábase obligado a sacar el premio, obligado, que es una cosa verdaderamente terrible.

--Mira, Agustinito, don Alfonso, el de Patología médica, está enfermo; debes ir a su casa a preguntar cómo sigue...--No voy, madre; no quiero ser _pelotillero_.

--Ser ¿qué?

--¡Pelotillero!

--Bueno; no sé lo que es eso; pero te lo entiendo, y los pobres, hijo mío, tenemos que ser pelotilleros. Nada de aquello de «pobre, pero orgulloso», que es lo que más nos pierde a los españoles...--Pues no voy.

--Bien; iré yo.

--No; tampoco irá usted.

--Bueno; no quieres que sea pelotillera..., pues no iré; pero, hijo mío...--Sacaré el sobresaliente, madre.

Y lo sacaba el desdichado; pero ¡a qué costa! Una vez no sacó más que notable y hubo que ver la cara que pusieron sus padres.

--Me tocaron tan malas lecciones...--No, no, algo le has hecho...--dijo el padre.

Y la madre añadió: --Ya te lo decía yo...Has descuidado mucho esa asignatura...El mes de mayo le era terrible. Solía quedarse dormido sobre los libros, teniendo la cafetera al lado. Y la madre, que se levantaba solícita de la cama, iba a despertarle, y le decía: --Basta por hoy, hijo mío; tampoco conviene abusar...Además, te rinde el sueño y se malgasta el petróleo. Y no estamos para eso.

Cayó enfermo y tuvo que guardar cama; le consumía la fiebre. Y los padres se alarmaron, se alarmaron del retraso que aquella enfermedad podía costarle en sus estudios; tal vez le durara la dolencia y no podría examinarse con seguridad de nota, y le quedaría el pago de la beca en suspenso.

El médico auguró a los padres que duraría aquello, y los pobres, angustiados, le preguntaban: ¿Pero podrá examinarse en junio?

--Déjense de exámenes, que lo que este mozo necesita es comer mucho y estudiar poco, y aire, mucho aire...--¡Comer mucho y estudiar poco!--exclamó la madre--; ¡pero, señor, si tiene que estudiar mucho para poder comer poco!...--Es un caso de _surmenage_.

--De _sur_ ¿qué?

--De _surmenage_, señora; de exceso de trabajo.

santo!

Y el santo fué reponiéndose, al parecer, y cuando pudo tenerse en pie pidió los libros, y la madre, al llevárselos, exclamó: --¡Eres un santo, hijo mío!

Y a los tres días: --Mira: hoy que está mejor tiempo puedes salir; vete a clase bien abrigado, ¿eh?, y dile a don Alfonso como has estado enfermo, y que te lo dispense...Al volver de clase dijo: --Me ha dicho don Alfonso que no vuelva hasta que esté del todo bien.

--Pero, ¿y el sobresaliente, hijo mío?

--Lo sacaré.

Y los sacó, y vió las vacaciones, su único respiro. «¡Al campo!», había dicho el médico. ¿Al campo? ¿Y con qué dinero? Con dos pesetas no se hacen milagros. ¿Iba a privarse don Agustín, el padre, de su café diario, del único momento en que olvidaba penas? Alguna vez intentó dejarlo; pero el hijo modelo le decía: --No, no; vete al café, padre; no lo dejes por mí; ya sabes que yo me paso con cualquier cosa...Y no hubo campo, porque no pudo haberlo. No recostó el pobre mozo su cansado pecho sobre el pecho vivificante de la madre Tierra; no restregó su vista en la verdura, que siempre vuelve, ni restregó su corazón en el olvido reconfortante.

Y volvió el curso, y con él la dura brega, y volvió a encamar el becario, y una mañana, según estudiaba, le dió un golpe de tos y se ensangrentaron las páginas del libro por el sitio en que se trataba de la tisis precisamente.

Y el pobre muchacho se quedó mirando al libro, a la mancha roja, y más allá de ella, al vacío, con los ojos fijos en él y el frío de la desesperación acoplada en el alma. Aquello le sacó a flor de alma la tristeza eterna, la tristeza trascendental, el hastío prenatal que duerme en el fondo de todos nosotros, y cuyo rumor de carcoma tratamos de ahogar con el trajineo de la vida.

--Hay que dejar los libros en seguida--dijo el médico en cuanto le vió--; ¡pero en seguidita!

--¡Dejar los libros!--exclamó don Agustín--. ¿Y con qué comemos?

--Trabaje usted.

--Pues si busco y no encuentro, si...--Pues si se les muere, por su cuenta...Y el rudo de don José Antonio se salió mormojeando: «¡Vaya un crimen!

Éste es un caso de antropofagia...estos padres se comen a su hijo».

Y se lo comieron, con ayuda de la tisis; se lo comieron poco a poco, gota a gota, adarme a adarme.

Se lo comieron vacilando entre la esperanza y el temor, amargándoles cada noche el sacrificio y recomenzándolo cada mañana.

¿Y qué iban a hacer? El pobre padre andaba apesadumbrado, lleno de desesperación mansa. Y mientras revolvía el café con la cucharilla para derretir el terrón de azúcar se decía: «¡Qué amarga es la vida!

¡Qué miserable la sociedad! ¡Qué cochinos los hombres! Ahora sólo nos faltaba que se nos muriera...». Y luego, en voz alta: «Mozo: ¡el _Vida Alegre_!».

Aun llegó el chico a licenciarse y tuvo el consuelo de firmar en el título, de firmar su sentencia de muerte con mano trémula y febril.

Pidió luego un libro, una novela.

--¡Oh, los libros, siempre los libros!--exclamó la madre--. Déjalos ahora. ¿Para qué quieres saber tanto? ¡Déjalos!

--A buena hora, madre.

--Ahora a descansar un poco y a buscar un partido...--¿Un partido?

--Sí; he hablado con don Félix, y me ha prometido recomendarte para Robleda.

A los pocos días se iba Agustinito, para siempre, a las vacaciones inacabables, con el título bajo la almohada--fué un capricho suyo--y con un libro en la mano; se fué a las vacaciones eternas. Y sus padres le lloraron amargamente.

--Ahora, ahora que iba a empezar a vivir; ahora que nos iba a sacar de miserias; ahora...¡Ay, Agustín, qué triste es la vida!

--Sí, muy triste--murmuró el padre, pensando que en una temporada no podría ir al café.

Y don José Antonio, el médico, me decía después de haberme contado el suceso: «Un crimen más, un crimen más de los padres...¡Estoy harto de presenciarlos! Y luego nos vendrán con el derecho de los más de las muchachas que se pierden son sus madres quienes primero las vendieron...Esto entre los pobres, y se explica, aunque no se justifique. ¿Y los otros? No hace aún tres días que González García casó a su hija con un tísico perdido, muy rico, eso sí, con más pesetas que bacilos, ¡y cuidado que tiene una millonada de éstos!, y la casó a conciencia de que el novio está con un pie en la sepultura; entra en sus cálculos que se le muera el yerno, y luego el nieto que pueda tener, de meningitis o algo así, y luego...Y para este padre que se permite hablar de moralidad, ¿no hay grillete? Y ahora, este pobre chico, esta nueva víctima...Y seguiremos considerando al Estado como un hospicio, y vengan sobresalientes, y canibalismo...¡canibalismo, sí, canibalismo! Se lo han comido y se lo han bebido; le han comido la carne, le han bebido la sangre...y a esto de comerse los padres a un hijo, ¿cómo lo llamaremos, señor helenista? _Gonofagía_, ¿no es así? Sí; gonofagía, gonofagía, porque llamando a las cosas en griego pierden no poco del horror que pudieran tener. Recuerdo cuando me contó usted lo de los indios aquellos de que habla Heródoto, que sepultaban a sus padres en sus estómagos, comiéndoselos. La cosa es terrible; pero más terrible aún es lo de Saturno devorando a sus propios hijos; más terrible aún es el festín de Atreo. Porque el que uno se coma al pasado, sobre todo si ese pasado ha muerto, puede aun pasar; ¡pero esto de comerse al porvenir!...Y si usted observa, verá de cuántas maneras nos lo estamos comiendo, ahogando en germen los más hermosos brotes. Hubiera usted visto la triste mirada del pobre estudiante, aquellos ojos, que parecían mirar más allá de las cosas, a un incierto porvenir, siempre futuro y siempre triste, y luego aquel padre, a quien no le faltaba su café diario. Y hubiera visto su dolor al perder al hijo, dolor verdadero, sentido, sincero--no supongo otra cosa--; pero dolor que tenía debajo de su carácter animal, de instinto herido, algo de frío, de repulsivo, de triste. Y luego esos libros, esos condenados libros, que en vez de servir de pasto sirven de veneno a la inteligencia; esos malditos libros de texto, en que se suele enfurtir todo lo más ramplón, todo lo más pedestre, todo lo más insufrible de la Ciencia, con designios mercantiles de ordinario...».

Calló el médico, y callé yo también. ¿Para qué hablar?

Pasado algún tiempo me dijeron que Teresa Martín, la hija de don Rufo, se iba monja. Y al manifestar mi extrañeza por ello, me añadieron que había sido novia de Agustín Pérez, el becario, y que desde la muerte de éste se hallaba inconsolable. Pensaba haberse casado en cuanto tuviera partido.

--¿Y los padres?--se me ocurrió argüir.

Y al contar yo luego al que me trajo esa noticia la manera cómo sus padres se lo habían comido, me replicó inhumanamente: --¡Bah! De no haberle comido sus padres, habríale comido su novia.

--¿Pero es--exclamé entonces--que estamos condenados a ser comidos por uno o por otro?

--Sin duda--me replicó mi interlocutor, que es hombre aficionado a ingeniosidades y paradojas--sin duda, ya sabe usted aquello de que en este mundo no hay sino comerse a los demás o ser comido por ellos, aunque yo creo que todos comemos a los otros y ellos nos comen. Es un devoramiento mutuo.

Y me replicó: --No logrará usted nada, sino que se comerá a sí mismo, y esto es lo más terrible, porque al placer de devorarse se junta el dolor de ser devorado, y esta fusión en uno del placer y el dolor es la cosa más lúgubre que puede darse.

--Basta--le repliqué.

¡VIVA LA INTROYECCIÓN!

«Lo que nos hace falta, españoles, es la introyección, el más preciado, el más fecundo, el más santo de los derechos humanos. ¿Cómo podemos vivir sin él? Sin la libertad de introyección, todas las demás libertades nos resultarán baldías y hasta dañosas. Dañosas, sí, porque hay libertades que, faltando otras que las complementen, antes perjudican que benefician al hombre. ¿De qué nos sirven, en efecto, la libertad de asociación, la de imprenta, la de cultos, la de trabajo, la de vagancia y tantas otras libertades de que dicen gozamos, si la libertad de introyección nos falta? Sin esta imprescindible prerrogativa el sufragio universal y el Jurado se convierten en armas de la vergonzante tiranía que nos domina. Y no me digan, no, que tenemos la libertad de introspección, porque la introspección no es la introyección, como la autonomía no es la autarquía. Pongámonos, ante todo,de acuerdo en las palabras, llamemos a cada cosa por su nombre: al pan, pan, y al vino, vino, arquitrabe, al arquitrabe, introyección a la introyección y tiranía a este abigarrado conjunto de hueras e incompletas libertades en que se nos ahoga. La palabra, ¡oh, la palabra, señores, la palabra!...».

Al llegar a este punto de su elocuentísimo discurso la palabra de Lucas Gómez fué ahogada en los nutridos aplausos del numeroso público que asistía a la reunión. El hervor de los ánimos subió de punto y los ¡viva don Lucas Gómez! se confundieron con los vivas a la libertad de introyección.

Salió la gente convencida de cuán necesario es introyeccionarse y de cómo los gobiernos que padecemos nos lo impiden. Empezaron los españoles a sentir hambre y sed de introyección.

Hay que tener en cuenta que esto ocurría hacia 1981, pues hoy, a fines de este tristísimo siglo XXI, una vez gastada la introyección en puro uso, no nos damos clara cuenta de los entusiasmos que entonces provocara.

El caso es que la agitación creció como la marea; formóse una liga introyeccionista, con su directorio y sus delegaciones provinciales, poniendo así en aprieto al gobierno. En tan grave aprieto, que se vió forzado a dimitir, exigiendo la ola popular a los radicales, con el tácito pacto de implantar desde luego la libertad de introyección.

Mas sabido es lo que son y han sido siempre nuestros gobiernos: cuando no quieren, o no pueden, o no saben cumplir lo que la opinión pública les exige, lo falsean todo. Es hoy cosa averiguada como cierta, y que he podido comprobar revisando papeles de aquel tiempo, que alquilaron a un famoso sofista, cuyo nombre está en la memoria de todos mis lectores, para que desnaturalizara el popular movimiento. Como dato curioso podemos dar el de que los gastos, no pequeños, que el sofista costó al gobierno, los justificó éste en la consignación del material como gastos para la refrigeración de las oficinas en aquel calurosísimo estío de 1892.

Nuestro sofista comenzó su campaña fingiéndose introyeccionista o introyectivo, como él se llamaba, para empezar así confundiendo a la gente sencilla. Y luego, después de establecer entre la introyección, la introspección, la introquisición y la introversión tales y tantas diferencias que nadie sabía lo que fuera cada una de estas tan importantes funciones, se preguntaba: «esta introyección ¿ha de ser psíquica o anímica; espontánea, reflexiva o refleja; primaria o secundaria?». Y consiguió su maquiavélico proyecto, logrando que al poco tiempo se dividieran los introyeccionistas en psíquicos, anímicos, espontáneos, reflexivos, reflejos, primarios y secundarios, con multitud de matices, términos medios y términos combinados. Y allí nadie se entendía.

Mas no faltaron hombres animosos, avisados y entusiastas que denunciaran la vergonzosa labor del sofista introyectivo, pusieran al descubierto sus mezquinas mañas y tretas, y trataran de reparar en lo hacedero el desmedido daño que a la causa introyeccionista había hecho. Redactaron unas bases, creo que orgánicas--aunque de esto no estamos bien seguros--para llevar a cabo la gran concentración introyeccionista, reduciendo a común fórmula a las distintas fracciones. Los menos reductibles entre sí fueron los reflexivos y los reflejos, entre los que mediaban hondísimas diferencias, consecuencia de las que separaban a sus respectivos jefes don Martín Fernández y L.

Fernando Martínez; los primarios y los secundarios hacía tiempo ya que estaban fusionados bajo la común denominación de primo-secundarios; habiéndose adoptado ésta y no la de secundo-primarios, a cambio de que el jefe de los secundarios lo fuese de la fracción compuesta, porque en política todo es transacción.

Todos sabemos lo que ocurrió después; las empeñadísimas campañas de la concentración, los brillantísimos discursos de Lucas Gómez y el ansia loca de introyección que se encendió en los corazones españoles todos.

Llegó a ser inútil la libertad de pensamiento, pues nadie pensaba más que en la introyección; inútil la libertad de enseñanza, ya que no pudiese hacerse introyectiva la enseñanza; inútil la de cultos si no cabía cultivar la introyección; inútil la de asociación desde el momento en que no era dado asociarse para introyeccionarse mutuamente; inútil la de trabajo si no se podía trabajar introyectivamente.

Y sucedió lo que no podía por menos de suceder, y es que llegó la revolución de 1989, y después de aquellas tres breves, aunque sangrientas jornadas del 5, 6 y 7 de febrero triunfó el introyeccionismo, empuñando Lucas Gómez las riendas del Estado.

Lo primero que el Gobierno revolucionario hizo fué proclamar a los cuatro vientos la libertad de introyección. Y sucedió entonces lo que era de esperar, y fué que mientras se renovaban las empeñadas peleas entre psíquicos, anímicos, espontáneos, reflejos, reflexivos, primarios y secundarios, lo que entonces se llamaba masa neutra, y la sociología moderna llama plasma socio-germinativo, sintió una extraña sensación colectiva, se miraron unos a otros en los ojos sus miembros componentes, y se preguntaron luego con curiosidad y asombro: Y ahora bien, ¿qué es eso de la introyección y con qué se come?

Hoy no necesitamos hacernos tal pregunta; la dolorosa experiencia del último tercio del siglo XX, hasta que ocurrió la salvadora conjugación hispanomarroquí--de que hablaremos otro día--nos enseñó, bien a nuestro pesar, lo que la introyección sea y signifique.

¿POR QUÉ SER ASÍ?

Era terrible, verdaderamente terrible. Si aquello se prolongaba no respondería de sí mismo. «Pero, ¡Dios mío!--se decía--, ¿por qué soy así? ¿Por qué soy como soy? Todo se me vuelven propósitos de energía, que se me disipan en nieblas así que afronto la realidad».

Desde niño había guardado el pobre José sus indomables resoluciones en lo más hondo de su alma, entregando al mundo aquella debilidad que le valía fama de bueno, fama que le estaba dando no poco que sufrir.

Porque era bueno, positivamente bueno, y si no había estallado más de una vez fué por bondad y reflexión: estaba seguro de ello. Tenía plena conciencia de que más de una vez habría dado que sentir, a no ser porque sobre todo tendía a sujetar al bruto bajo el ángel. Y la gente, que sólo juzga por las apariencias, confundía su bondad con la impotencia. ¡Hasta que estallase un día!...Era ya tiempo de estallar. No se trataba de él sólo, sino de sus hijos y de su mujer, del porvenir de los que le estaban encomendados. Un padre de familia no puede aspirar a santo, ni dejar además la capa al que le ponga pleito queriendo quitarle la ropa. Eso de no resistir al malo estaba bien para los frailes. ¿Es compatible la más alta perfección cristiana con las necesidades de la familia? No podía hacer a sus hijos víctimas de su bondad, tenía que azuzar por un momento al bruto que en él dormía. Ahora verían quién era él, José el manso, el paciente.

Había pasado una noche angustiosa, pensando en las deudas que le vencían sin tener con qué responderlas...Es decir, sí; tenía con qué, pero repartido entre deudores. ¿Hay cosa más terrible que verse atosigado de deudas cuando los créditos exceden a ellas? Y no podía decir a sus acreedores que le perdonaran como perdonaba él a sus deudores, porque un acreedor no es perfecto como nuestro Padre que está en los cielos. Se armó de valor, encasquetóse el sombrero y salió a cobrar lo suyo.

Iba componiendo, palabra por palabra, y repitiéndola por vía de ensayo, la tremenda filípica que endilgaría al primer deudor con quien topase, cuando la visión a lo lejos de uno de los más mansos le desvaneció los ímpetus, le hizo latir el corazón y le obligó a desviarse por una calleja murmurando: «Pero, señor, ¿por qué soy así?». No tenía bien estudiado su papel y aquel encuentro inopinado le privó de aplomo.

Acordóse de sus hijos y de su mujer, de su dinero esparcido, y lleno de valor subió a casa de otro de sus deudores. Subía despacito, contando las escaleras; en cada tramo las palpitaciones cardíacas le obligaban a descansar; miró tres o cuatro veces al reloj; llegó a la puerta, y al oir pasos dentro, pálido y sin haber llamado, bajó las escaleras más que de prisa. Los pasos habían sido de él, de Eustaquio...¡No le dejaban tiempo de prepararse, le sorprendían antes de haberse puesto en guardia!

Iba midiendo el santo suelo y diciéndose: «Pero, ¿por qué soy así?», cuando le heló una voz que decía a sus espaldas: «¡Hola, José!». El más complaciente de sus deudores le alargaba la mano vacía, que José estrechó enternecido de vergüenza. Hablaron de mil cosas indiferentes, aludió el otro a aquella dichosa letra que siempre que topaba a José estaba por llegar, preguntóle si por casualidad llevaba cinco duros; contestóle éste que por providencia no los tenía a mano, se la alargó el otro vacía y le despidió diciéndole: «De lo otro no me olvido».

--¡Que no se olvida!...¡Es un consuelo!

Pasó al poco tiempo José por junto al café en que tomaba su tacita en los tiempos dichosos en que disponía de una peseta sobrante.

¿Si estaría allí alguno de sus amigos? Entró. Allí estaba Ricardo, tan orondo, tomando su café, con copa y puro.

--Con mi dinero--murmuró José--. Me privo yo de tomarlo para que lo tome él. ¡Habráse visto!...Nada, nada, que yo soy así...Se acercó a Ricardo, que con mil zalemas exclamó al verle: --¡Dichosos ojos!...¡Cualquiera te echa la vista encima! ¿Qué quieres tomar?

--¡Oh, gracias, muchas gracias! Nada, nada...no acostumbro...Ya sabes que no...--Anda, hombre, toma algo, que yo te convido.

--No, no, gracias.

--Bueno, tú te lo pierdes...Le daba pena que Ricardo le gastara su dinero en convidarle a él con lo suyo...¡Oh, no! Y el pobre, encogido, avergonzado, miraba a la taza de Ricardo por no tropezar con la inquisidora mirada del mozo.

Al rato de charla, pretextando un asuntillo, se levantó José, e iba a salir ya cuando Ricardo le dijo: --Tenemos pendiente aquello...No creas que lo olvido; un día de éstos pasaré por tu casa. No lo echo en saco roto.

«¡Que no lo echa en saco roto!...¿Dónde saco más roto que un café?».

Al entrar en casa saliéronle a recibir sus hijos.

--Papá, ¿no traes aquello que dijiste el otro día?

--¡Otro día, queridos, otro día!...Hoy estoy malo, otro día...cuando Ricardo o Eustaquio pasen por aquí...--¿Te duele algo, papá?

Su mujer le llevó la cuenta del sastre; tomóla José, se encerró en su cuarto, y mirando a la cuenta lloró por dentro.

«Pero, Dios mío, ¿por qué seré yo así? ¿Por qué me habrá hecho así Dios? ¿Por qué no seré yo otro?...Dice que pasará por casa...¡Qué chirigotero es! En el número próximo de _El Mundo Cómico_ no dejará de hacer algún chiste a cuenta de mí. Los maridos buenos, las suegras, los _ingleses_ y los maestros de escuela divertimos al mundo como los perros a los chiquillos. ¡Tírale, tírale del rabo, verás, verás cómo chilla! ¡No tengas miedo, anda, que no muerde, ni siquiera ladra!...Y el muy chirigotero con qué gracia me dice: ¡Qué bueno eres, José!, mientras así, como por caricia, me da un golpecito en el bolsillo, a ver si suena...¡Socialismo, socialismo! ¡Lucha de clases! ¡Burgueses hay más que dos clases, dos tan sólo: la de los acreedores y la de los deudores. ¿Y cuando, como a mí me sucede, se es deudor y acreedor a la vez? ¡Esto es horrible! Llevo en mí dos principios contradictorios que se combaten y destruyen. Más me valiera ser tan sólo deudor implacable o acreedor manso. ¡Mansedumbre, mansedumbre! Todos celebran al león, hasta al tigre, y se burlan de la pobre liebre, y, sin embargo, el mismo Dios que dió garras y pico al águila, garras y poderosas fauces al tigre y al toro cuernos, dió alas veloces a la golondrina, patas ligeras a la liebre, pequeñez al mosquito, tinta al calamar, aguijón a la abeja, veneno a la víbora, mansedumbre al cordero y al _inglés_. Y luego viene un impío Lessing e insulta al cordero, que es quien borra los pecados del mundo. Toda esa monserga del honor, todo ese código anticristiano del pundonor caballeresco lo han inventado los tigres vencedores. Y ahora, ¿qué hago con esta cuenta?...Ahora me acuerdo de un día en que al pedirme un mendigo una limosna le contesté malhumorado: ¡Adaptarse! Tradujo la palabra a su modo y la tradujo bien; me llenó de insultos y tuve que huir. Su maldición me persigue. ¡Adaptarse! Ellos son los que se adaptan a mí como el muérdago a la encina. Si no hubiese parásitos, ¿qué sería del exceso de vida? ¡Adaptarse! ¡La lucha por la vida! ¡La selección! Esto sí que es filosofía caballeresca. ¡Y que hablen todavía de caballeros cristianos!...Vaya, vaya, no quiero pensar; venga el último número de _El Mundo Cómico_ en que publiqué un artículo brutal que asustó a los padres de familia e hizo reir a los que pretenden conocerme. En el mismo número estuvo Enrique felicísimo en un cuento en que figura un _inglés_...».

Iba en esto José cuando la criada le anunció que esperaba D. Enrique.

--¡Don Enrique...Enrique...vendrá a pagarme! Meterá la mano en el bolsillo, y yo, que no soy un tigre, le tengo que decir: «¡Oh, no, no corre prisa, por un día más o menos!...». Y Enrique entonces sacará la mano del bolsillo...

--¿Qué le digo, señorito?

--¡Ah, sí, espera, oye!...Sacará la mano del bolsillo...la sacará, me la alargará y dirá: «Puesto que no te corre prisa, dame cinco duros más y serán en números redondos cincuenta duros, mil reales, y así que cobre una cuentecilla te lo pagaré todo junto...».

--¿Qué le digo, señorito, que está esperando?

--¡Es verdad!...¡Pobre Enrique, dile que pase!

«¡Pero por qué soy así, Dios mío!».

EL DIAMANTE DE VILLASOLA El maestro de Villasola era perspicacísimo y entusiasta como pocos por su arte; así es que tan luego como entrevió en el muchacho una inteligencia compacta y clara, sintió el gozo de un lapidario a quien se le viene a las manos hermoso diamante en bruto.

¡Aquél sí que era ejemplar para sus ensayos y para poner a prueba su destreza! ¡Hermoso conejillo de Indias para experiencias pedagógicas!

¡Excelente materia pedagogizable en que ensayar nuevos métodos _in anima vili_! Porque la honda convicción del maestro de Villasola--aun cuando no llegara a formulársela--era que los muchachos son medios para _hacer_ Pedagogía, como para hacer Patología los enfermos. «La ciencia por la ciencia misma», era su divisa expresa, y la tácita, la de debajo de la fórmula, esta otra: «la ciencia para mi solaz y propio progreso».

Cogió al muchacho prodigioso para desbastarlo. ¡Qué descanso después de aquella infecunda brega con tanta vulgaridad, con todos aquellos oscuros carbones que a lo sumo llegaban a grafitos! «¡Qué diferencia de alma a alma--se decía--; todas son carbono espiritual, pero he aquí entre tanto oscuro carbón ordinario un alma cristalizada en diamante».

Empezó el maestro la faena. Tenía planeada la hermosa forma poliédrica, las múltiples facetas, los ejes. ¡Qué reflejos daría al mundo, y cómo se admiraría en él la pericia del lapidario que lo tallara!

El muchacho se dejó hacer, aunque conservando su cualidad íntima: la dureza diamantina. Mas cuando al descubrir su propio brillo se comparó con los opacos carbones entre que vivía, se prestó sumiso a las manipulaciones de su lapidario.

¡Qué de facetas! ¡Qué de aguas! ¡Qué de destellos! ¡Qué de cosas sabía y qué bien agrupadas todas en ordenación poliédrica! Era la maravilla del pueblo. El día en que habló en el casino fué aquello el pasmo de Villasola ¡Cómo lo enlazaba y engarzaba todo en hilo continuado y ordenado!

Ya presentaba una faceta, ya otra, deslumbrando con mil tornasolados cambiantes e irisaciones múltiples, según se reflejaba en su mente de un modo o de otro la luz incolora y difusa de la ciencia. ¡Qué orador!

¡Qué cabeza! Allí estaba todo ordenadito y cuadriculado por 1.º, 2.º y llaves diversas, y llaves de llaves, en maravilloso cuadro sinóptico.

Llegó el día en que el portento de Villasola se lanzó a la Corte en busca de campo. Acompañóle tropel de gente a la estación, y le siguió el pueblo todo con su corazón, sin que él, por su parte, lo llevara en el suyo. Las madres se lo señalaban a sus hijos cual modelo, apeteciéndolo, a la vez, para sus hijas; suspiraban éstas por él, y los envidiosos se recomían las tripas. Pero el orgulloso de veras era el maestro de Villasola, el lapidario de aquella maravilla que iba a hacer valer su elevado valor en cambio, defiriendo cuanto pudiese el engastarse en una joya social cualquiera para realzar así su valor en uso. Aspiraba a solitario.

Cayó en el arroyo del mundo, en su lecho de arena, entre cantos rodados y polvo de diamantes deshechos ya. Maravilló al punto a cuantos se le acercaron; pero, lastimados por sus aristas, tenían que dejarlo.

Paseáronle de salón en salón dándole mil vueltas para admirar sus reflejos todos; pero nadie le quería si no era para montarle en un anillo, y él se quería libre, sin engaste.

Entretanto la corriente iba restregándole contra la arenilla del lecho donde había también polvo de diamantes.

Demandó, más bien que pretendió, a una joven rica que le sirviese de montante y recibió calabazas. Aquella noche mordía la almohada, sintiéndose a solas y a oscuras mero pedrusco, seco y frío.

Íbasele desgastando poco a poco la poderosa inteligencia sinóptica, se le velaba y enturbiaba la mente al quebrársele las aristas, y no reflejaba ya sino luz vulgar. Y entonces vió a los humildes carbones a quienes había desdeñado asociarse, y al conjuro de la solidaridad, que cual corriente eléctrica les recorría enlazándolos, dar luz propia, ellos, los oscuros carbones, y no mero destello reflejo como él, diáfano diamante. Los pobres se consumían en trabajo, daban luz de su carne y de su sangre, con dolor, sí, pero con amor también, unidos por santa corriente de fraternal comunión de esfuerzos. Y él solo, solitario, duro, perdidas las aguas, ¿para qué serviría ya?

Serviría para rayar cristales, porque le quedaba su cualidad esencial e íntima: la dureza. Hay que oir en las mesas de los cafés al diamante de Villasola cuando, previas unas copas de coñac, cae sobre una reputación hecha, cualquiera, sobre un sentimiento consagrado, sobre cualquier cristal, y los raya y esmerila rechinando. ¡Qué elocuencia áspera, seca, dura, rechinante! ¡Cómo deja de esmerilados a los cristales!

Ahora es cuando hay que conocerle, ahora que, desgastado por el roce con la arenilla del lecho del río del mundo, estropeadas sus facetas por el continuo fregarse en polvo de deshechos diamantes, revela su durísima esencia de carbono cristalizado.

Cuando el maestro de Villasola supo el fin de su diamante, se propuso esta ardua cuestión: «la Pedagogía ¿es ciencia pura o de aplicación?».

Mas lo que no se le ha ocurrido al lapidario de Villasola es que sea más hacedero sacar luz del calor potencial almacenado en los negros carbones, que arrancar calor vivífico de la luz meramente refleja y de préstamo del diamante.

JUAN MANSO CUENTO DE MUERTOS Y va de cuento.

Era Juan Manso en esta pícara tierra un bendito de Dios, un mosquita muerta que en su vida rompió un plato. De niño, cuando jugaban al burro sus compañeros, de burro hacía él; más tarde fué el confidente de los amoríos de sus camaradas, y cuando llegó a hombre hecho y derecho le saludaban sus conocidos con un cariñoso: ¡Adiós, Juanito!

Su máxima suprema fué siempre la del chino: no comprometerse y arrimarse al sol que más calienta.

Aborrecía la política, odiaba los negocios, repugnaba todo lo que pudiera turbar la calma chicha de su espíritu.

Vivía de unas rentillas, consumiéndolas íntegras y conservando entero el capital. Era bastante devoto, no llevaba la contraria a nadie y como pensaba mal de todo el mundo, de todos hablaba bien.

Si le hablabas de política, decía: --Yo no soy nada, ni fú ni fá, lo mismo me da Rey que Roque: soy un pobre pecador que quiere vivir en paz con todo el mundo.

No le valió, sin embargo, su mansedumbre y al cabo se murió, que fué el único acto comprometedor que efectuó en su vida.

* * * * * Un ángel armado de flamígero espadón hacía el apartado de las almas, fijándose en el señuelo con que las marcaban en un registro o aduana por donde tenían que pasar al salir del mundo y donde, a modo de mesa electoral, ángeles y demonios, en amor y compaña, escudriñaban los papeles por si venían en regla.

La entrada al registro parecía taquilla de expendeduría en día de corrida mayor. Era tal el remolino de gente, tantos los empellones, tanta la prisa que tenían todos por conocer su destino eterno y tal el barullo que imprecaciones, ruegos, denuestos y disculpas en las mil y un lenguas, dialectos y jergas del mundo armaban, que Juan Manso se dijo: --¿Quién me manda meterme en líos? Aquí debe de haber hombres muy brutos.

Esto lo dijo para el cuello de su camisa, no fuera que se lo oyesen.

El caso es que el ángel del flamígero espadón maldito el caso que hizo de él, y así pudo colarse camino de la Gloria.

Iba solo y pian pianito. De vez en vez pasaban alegres grupos, cantando letanías y bailando a más y mejor algunos, cosa que le pareció poco decente en futuros bienaventurados.

Cuando llegó al alto se encontró con una larga cola de gente a lo largo de las tapias del paraíso, y unos cuantos ángeles que cual _guindillas_ en la tierra velaban por el orden.

Colócase Juan Manso a la cola de la cola. A poco llegó un humilde franciscano y tal maña se dió, tan conmovedoras razones adujo sobre la prisa que le corría por entrar cuanto antes, que nuestro Juan Manso le cedió su puesto diciéndose: --Bueno es hacerse amigos hasta en la Gloria eterna.

El que vino después, que ya no era franciscano, no quiso ser menos y sucedió lo mismo.

En resolución, no hubo alma piadosa que no birlara el puesto a Juan Manso, la fama de cuya mansedumbre corrió por toda la cola y se trasmitió como tradición flotante sobre el continuo fluir de gente por ella. Y Juan Manso, esclavo de su buena fama.

Así pasaron siglos al parecer de Juan Manso, que no menos tiempo era preciso para que el corderito empezara a perder la paciencia. Topó por fin cierto día con un santo y sabio obispo, que resultó ser tataranieto de un hermano de Manso. Expuso éste sus quejas a su tatarasobrino y el santo y sabio obispo le ofreció interceder por él junto al Eterno Padre, promesa en cuyo cambio cedió Juan su puesto al obispo santo y sabio.

Entró éste en la Gloria y, como era de rigor, fué derechito a ofrecer sus respetos al Padre Eterno. Cuando hubo rematado el discursillo, que oyó el Omnipotente distraído, díjole éste: --¿No traes postdata?--mientras le sondeaba el corazón con su mirada.

--¡Señor!, permitidme que interceda por uno de sus siervos que allá, a la cola de la cola...--Basta de retóricas--dijo el Señor con voz de trueno--. ¿Juan Manso?

--El mismo, Señor, Juan Manso que...--¡Bueno, bueno! Con su pan se lo coma, y tú no vuelvas a meterte en camisa de once varas.

Y volviéndose al ángel introductor de almas, añadió: --¡Que pase otro!

Si hubiera algo capaz de turbar la alegría inseparable de un bienaventurado, diríamos que se turbó la del santo y sabio obispo.

Pero, por lo menos, movido de piedad, acercóse a las tapias de la Gloria, junto a las cuales se extendía la cola, trepó a aquéllas, y llamando a Juan Manso, le dijo: --¡Tataratío, cómo lo siento! ¡Cómo lo siento, hijito mío! El Señor me ha dicho que te lo comas con tu pan y que no vuelva a meterme en camisa de once varas. Pero...¿sigues todavía en la cola de la cola? Ea, ¡hijito mío!, ármate de valor y no vuelvas a ceder tu puesto.

--¡A buena hora mangas verdes!--exclamó Juan Manso, derramando lagrimones como garbanzos.

Era tarde, porque pesaba sobre él la tradición fatal y ni le pedían ya el puesto, sino que se lo tomaban.