SigPhi · Miguel de Unamuno

El espejo de la muerte Cuentos cortos (Spanish)

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Con las orejas gachas abandonó la cola y empezó a recorrer las soledades y baldíos de ultratumba, hasta que topó con un camino donde iba mucha gente, cabizbajos todos. Siguió sus pasos y se halló a las puertas del Purgatorio.

--Aquí será más fácil entrar--se dijo--, y una vez dentro y purificado me expedirán directamente al cielo.

--¿Eh, amigo, adónde va?

Volvióse Juan Manso y hallóse cara a cara con un ángel, cubierto con una gorrita de borla, con una pluma de escribir en la oreja, y que le miraba por encima de las gafas. Después que le hubo examinado de alto a bajo, le hizo dar vuelta, frunció el entrecejo y le dijo: --¡Hum, _malorum causa_! Eres gris hasta los tuétanos...Temo meterte en nuestra lejía, no sea que te derritas. Mejor harás ir al Limbo.

--¡Al Limbo!

Por primera vez se indignó Juan Manso al oir esto, pues no hay varón tan paciente y sufrido que aguante el que un ángel le trate de tonto de capirote.

Desesperado tomó camino del Infierno. No había en éste cola ni cosa que lo valga. Era un ancho portalón de donde salían bocanadas de humo espeso y negro y un estrépito infernal. En la puerta un pobre diablo tocaba un organillo y se desgañitaba gritando: --Pasen ustedes, señores, pasen...Aquí verán ustedes la comedia humana...Aquí entra el que quiere...Juan Manso cerró los ojos.

--¡Eh, mocito, alto!--le gritó el pobre diablo.

--¿No dices que entra el que quiere?

--Sí, pero...ya ves--dijo el pobre diablo poniéndose serio y acariciándose el rabo--, aún nos queda una chispita de conciencia...y la verdad...tú...--¡Bueno! ¡Bueno!--dijo Juan Manso volviéndose porque no podía aguantar el humo.

Y oyó que el diablo decía para su capote:--¡Pobrecillo!

--¡Pobrecillo! Hasta el diablo me compadece.

Desesperado, loco, empezó a recorrer, como tapón de corcho en medio del Océano, los inmensos baldíos de ultratumba, cruzándose de cuando en cuando con el alma de Garibay.

Un día que atraído por el apetitoso olorcillo que salía de la Gloria se acercó a las tapias de ésta a oler lo que guisaban dentro, vió que el Señor, a eso de la caída de la tarde, salía a tomar el fresco por los jardines del paraíso. Le esperó junto a la tapia, y cuando vió su augusta cabeza, abrió sus brazos en ademán suplicante y con tono un tanto despechado le dijo: --¡Señor, señor! ¿No prometiste a los mansos vuestro reino?

--Sí; pero a los que embisten, no a los embolados.

Y le volvió la espalda.

* * * * * Una antiquísima tradición cuenta que el Señor, compadecido de Juan Manso, le permitió volver a este pícaro mundo; que de nuevo en él, empezó a embestir a diestro y siniestro con toda la intención de un pobrecito infeliz; que muerto de segunda vez atropelló la famosa cola y se coló de rondón en el paraíso.

Y que en él no cesa de repetir: --¡Milicia es la vida del hombre sobre la tierra!

DEL ODIO A LA PIEDAD El viaje aquel de Toribio a Madrid fué un viaje terrible: no podía quitar de la cabeza la innoble figura de aquel Campomanes que tanta guerra le había dado en su pueblo. ¡Campomanes! Cifra de todo lo que estorba. Toribio le atribuía todas las cualidades vulgares que más odiaba, y se complacía en no suponerle mala intención ni perfidia.

«¿Pérfido? ¿Mal intencionado Campomanes? ¡Eso quisiera él, majadero, nada más que majadero!», se decía Toribio sin poder pegar ojo.

Sacó los guantes y se los iba a poner; pero pensó entonces: «Unos guantes así gasta Campomanes...Voy a parecer un elegante...». Y no se los puso.

Llegó a Madrid, y con él, en su cabeza, la innoble figura de Campomanes.

Aquella misma tarde fué al antiguo café, allí, charlando de todo, olvidaría sus penas y se olvidaría de Campomanes.

Cuando llegó él al café aún no habían llegado sus amigos. En la mesa contigua estaba un hombre solo, fumando un puro. Toribio le contemplaba pensando en Campomanes.

Llegaron sus amigos y los del vecino, se formó en cada mesa un corrillo y se revolvió en una y en otra todo lo humano y lo divino.

Toribio continuó asistiendo al antiguo café. Casi todos los días era el primero que llegaba, y casi todos encontraba en la mesa contigua al mismo vecino, siempre solo y siempre fumando su puro. Le tomó una feroz antipatía que se convirtió en odio feroz. No le conocía, no sabía quién era, ni qué era, ni qué hacía, ni qué decía; no sabía de él nada, nada más si no que él, Toribio, le odiaba con toda su alma.

«Pero señor, se decía, ¿por qué me carga este hombre?». Y para razonar su odio y justificarlo fué inventando, sin darse cuenta de que lo hacía, mil pretextillos. «¡Qué manera tan presuntuosa de fumar el puro! ¡Qué desdén en la mirada! ¡Qué rostro abotagado! ¡Qué sello de imbecilidad en el traje! ¡Cómo me mira..., me aborrece, nos hemos comprendido!». Y todo esto era mentira, y Toribio lo sabía, no había tal presunción, ni tal desdén, ni tal rostro, ni mucho menos aborrecimiento alguno.

«¡Y ni saluda al entrar!»...Él tampoco saludaba.

En fuerza de repetirse los pretextos acabó por creerlos, se los sugirió como verdaderos y se convenció de que el vecino le odiaba.

Entraba en el café...«Ahí está, ¡cómo me mira! Me odia, bien se conoce que me odia...».

Empezó con sus amigos a hablar mal del otro, les dijo que se odiaban, inventó mil mentirillas de ojeadas feroces, de gestos de desprecio, acabó por creerlas él mismo.

A todo esto el vecino, impasible, acaso adivinaba lo que sucedía en el alma de Toribio, pero no lo daba a entender.

Un día llegó Toribio al café un poco alegrillo, y lo primero que vió fué a su vecino en la mesa de ellos, de Toribio y sus amigos.

«Ha ocupado nuestra mesa teniendo la suya vacía..., busca camorra...Pero aquí las mesas son del primero que llega. No importa, tiene la suya, ¿por qué no la ha ocupado?...No, pues yo voy y me siento en la nuestra. ¿Busca camorra?, que empiece él...¡Está claro! Como lo que él quiere es que yo me siente junto a él dirá algo...».

Se sentó en la misma mesa, frente al vecino odiado. Pidió café. Vino el mozo y fué a retirar la taza que estaba delante de Toribio.

¿Qué? ¿La vas a llevar a la otra mesa? ¡No, déjala aquí! Y miró a su vecino.

--No es eso, señorito, contestó el mozo, es que esta taza está usada: en ella ha tomado café otro señor que ha estado con el señorito Rafael.

Se llamaba Rafael, ¡qué nombre tan antipático!

Toribio empezó a tomar su taza, le latía el pecho y no sabía lo que le pasaba. Concluyó el café y de un trago se bebió la copa de coñac. Pidió otra copa y luego otra contra su costumbre. Le ardía la cara. Al fin se dirigió a su vecino y le dijo: --¿Cómo ha venido usted hoy a esta mesa, teniendo la de ustedes vacía?

El vecino le miró serenamente y pensó: «Ya decía yo, este pobre muchacho es loco». No respondió nada.

--¿Por qué ha venido usted a esta mesa?

--¡Porque me ha dado la gana!

--¿No sabe usted que es la nuestra?

Rafael iba a contestar una crudeza, pero pensó: «Mejor será por lo --Sabe usted, cuando he llegado estaba aquí un conocido y me he sentado junto a él.

Era la verdad.

--Y cuando se ha ido el conocido, ¿por qué no ha dejado usted libre nuestra mesa?

Toribio pidió otra copa. Rafael le miró con inquietud, como se mira a un loco, y contestó: --Porque deseaba estar con usted...¡No beba usted tanto!

--¿Y a usted ¿qué le importa?

Rafael pensó: «Lo más prudente será retirarse». Se levantó y dijo a Toribio: --¡Cálmese usted!

Y salió.

Todo aquel día estuvo Toribio excitadísimo. ¡Ya se ve!, cuatro copas, en él que nunca tomaba más que una.

Aquella noche reflexionó y comprendió lo imbécil de su conducta. «Tengo que domarme».

Al día siguiente entró al café. Allí estaba Rafael, esta vez en su mesa. Toribio se le dirigió. El otro pensó: «Otra vez el loco».

Le dió mil explicaciones, le pidió perdón, y acabó por convidarle.

Desde entonces se hicieron muy amigos, casi íntimos. Toribio le hablaba de Campomanes.

Rafael era un alma de oro y de lo más simpático.

Cuando Toribio tuvo que volver a su pueblo sintió pena al despedirse de Rafael.

Llegó a su pueblo y lo primero que se echó a la cara fué a Campomanes.

¡Cosa más rara! No sintió por él ni miaja de odio, al contrario, casi simpatía. «Es un infeliz», pensó.

Desde entonces le dió no poco que pensar cómo se había derretido su odio a Campomanes en un fondo de piedad.

Un día paseaba con uno de sus amigos de Madrid cuando encontraron a Campomanes. Toribio se lo mostró y el otro le dijo: --¿Sabes con quién le encuentro parecido?

--¿Con quién?

--Con Rafael.

¡Y era verdad! No lo había notado hasta entonces. Es decir, sí lo había notado, pero sin darse cuenta de ello.

Entonces se explicó su odio a Rafael, y entonces se explicó por qué, reconciliado con Rafael, mató el odio que tenía a Campomanes. «Cosa más rara, se decía, el demonio averigua la verdadera razón de nuestros odios y nuestros amores...El hombre es el bicho más extraño».

La verdad es que tiene el alma humana repliegues estrambóticos.

EL DESQUITE Después de cavilar muy poco he rechazado el uso que emplea la voz galicana revancha, y me atengo al abuso, quiero decir, al purismo que nos manda decir desquite. Que nadie me lo tenga en cuenta.

Esto del desquite es de una actualidad feroz, ahora que todos estamos picados de internacionalismo belicoso.

* * * * * Luis era el gallito de la calle y el chico más roncoso del barrio.

Ninguno de su igual le había podido, y él a todos había zurrado la badana. Desde que dominó a Guillermo no había quien le aguantara.

Se pasaba el día cacareando y agitando la cresta; si había partida la acaudillaba, se divertía en asustar a las chicas del barrio por molestar a los hermanos de éstas, se metía en todas partes, y a callar todo Cristo, ¡a callar se ha dicho!

¡Que se descuidara uno!

--¡Si no callas te inflo los papos de un revés!...¡Era un mandarín, un verdadero mandarín! Y como pesado, vaya si era pesado! Al pobre Enrique, a Enrique el tonto, no hacía más que darle papuchadas, y vez hubo en que se empeñó en hacerle comer greda y beber tinta.

¡Le tenían una rabia los de la calle!

Guillermo, desde la última felpa, callaba y le dejaba soltar cucurrucús y roncas, esperando ocasión y diciéndose: ya caerá ese roncoso.

A éste, los del barrio, aburridos del gallo, le hacían «chápale, chápale», yéndole y viniéndole con recaditos a la oreja.

--Dice que le tienes miedo.

--¿Yo?

--¡Dice que te puede?

--¡Dice que cómo rebolincha!...--¡Sí, las ganas!

Se encontraron en el campo una mañana tibia de primavera; había llovido de noche y estaba mojado el suelo. A los dos, Luis y Guillermo, les retozaba la savia en el cuerpo, los brazos les bailaban, y los corazones a sus acompañantes que barruntaban morradeo.

Sobre si fué el uno o fué el otro quien derribó un cochorro de una pedrada, tuvieron palabras.

El cochorro estaba en el suelo, panza arriba suplicando paz con el pataleo de sus seis patitas, esperando a que por él y junto a él se decidiera la hegemonía del barrio.

--¡Sí!...¡Tú, tú echar roncas nada más no sabes!...--¿Roncas? ¿Roncas yo? ¡Si te doy uno!

Hacía como que se iba con desdén digno, y volvía.

--¡Calla y no me provoques!

--¡Ahí va! provoques--exclamó uno de los mirones--provoques..., provoques...¡Que farolín! ¡para que se le diga que sabe!

Los circunstantes les azuzaban.

--¡Anda, pégale!

--¡Chápale a ése!

--¿Le tienes miedo?

--¿Miedo yo?

--¡Mójale la oreja!

--¡Tírale saliva!

--¡Llámale aburrido!

--¡Provócale, anda, provócale!

Todos soltaron el trapo a reir al oir esto. Luis se puso como un tomate, y se acercó a imponer correctivo al burlón.

--¡Déjale quieto!--le gritó Guillermo.

--¡Y a ti también si chillas mucho!

--¿A mí?

Luis le dió un empellón, se lo devolvió Guillermo, siguió un moquete y se armó la gresca. Los mirones les animaban y saltaban de gusto. Uno de éstos se puso a _rezar_ por Guillermo.

--Ojalá gane Guillermo. Ojalá amén...Ojalá gane...Ojalá gane...Se separaban para dar vuelo al brazo y descargarlo con más brío. Al principio llevaban la mano a la parte herida y tomaban tiempo para devolver el golpe, después menudeaban los embistes sin darse reposo.

Cayeron al fin al suelo mojado, Luis debajo, y al caer aplastaron al cochorro que imploraba piedad con sus patitas. Guillermo sujetó con las rodillas los brazos del enemigo, y mientras éste forcejeaba, el otro, resudado, roja la faz, irradiando alegría, feroz los ojos, le decía entre resoplidos: --¿Te rindes?

--¡No!

Y le descargaba un puñetazo en los hocicos.

--¿Te rindes?

--¡No!

Otro puñetazo más, y así siguió hasta que lo hizo sangrar por las muelas.

En aquel momento uno de los mirones exclamó: --¡Agua..., agua..., agua!

Era que venía el alguacil, el muy pillo cautelosamente, haciéndose el distraído, como tigre de caza. Al verle abandonaron todos el campo echando a correr. Y el alguacil, al escarpársele la presa, les amenazaba desde lejos con el bastón.

Entraron en la calle, el vencedor rodeado de los testigos de su triunfo y sin hacer caso a Eugenio que le repetía: --¡He rezado por ti! ¡He rezado por ti!

Poco después entró el vencido sangrando por la boca, embarrado, hosco y murmurando: ¡Ya caerá! ¡Ya caerá!

¡Qué corte rodeó desde aquel día a Guillermo!

En la calle bailaban todos de contento, ya no temían al roncoso, ya podían decirle: --Te ha podido Guillermo.

Quien más atenciones prodigó a éste fué Eugenio.

El cual tenía un hondísimo sentimiento de la dignidad humana. Si le pegaban 6, 15 o 21 golpes, él devolvía 7, 16 o 22; cuando el maestro le administraba una azotina, contaba él los zurriagazos, y si éstos eran _n_, después, en desquite, tenía que tocar el faldón de la levita del maestro _n_ + 1 veces. Siempre quedaba encima.

Luis no volvió a abrir el pico, pero ni cerró noche ni abrió día sin que murmurara: --¡Ya caerá! ¡Ya caerá!

¡Ardoroso alimento de su augusta majestad caída!

¿Dice esto el lector?

¡Bien!, pues ahí está el origen del sentimiento de justicia, porque nació ésta del desquite. Toda la monserga de la vindicta social se reduce a la revancha social, ni tilde más, ni tilde menos. ¿Me pega?

¡Le pego, y en paz!

¡Vaya una paz!

Los pueblos pasaron de la venganza al castigo. Ésta es una pura reacción, como el estornudo. Entra un granillo de polvo en la mucosa..., la laringe castiga al granillo estornudando.

Cuando veo a dos rapaces darse de mojicones en la calle, me digo: Esa es la educación social y lo demás pamplina. Así, libre y al aire libre, cada uno aprende así que frente a su voluntad hay otras voluntades, y que no hay otro remedio que imponerse o someterse a ellas, o concertarse todas o escapar bajo el ojo del alguacil.

Todavía nos ha de enseñar grandes cosas el «¡ya caerás!» internacional que sale de lo hondo del pecho herido.

Pero ¡ojo, mucho ojo!, no hay que perder de vista al alguacil, que avanza cautelosamente, como tigre de caza, que desde lejos amenaza con el bastón y puede aguarnos la fiesta.

UNA RECTIFICACIÓN DE HONOR NARRACIONES SIDERIANAS --¡Un caballero no debe, no puede tolerar tal ultraje!

Al oir lo de caballero, Anastasio inclinó la cabeza sobre el pecho para olfatear la rosa que llevaba en el ojal de la solapa y dijo sonriendo: Para pagar a éste sacó del bolsillo un duro, y con él dos piezas de oro que llevaba como fondo permanente e intangible; dió aquél al mozo y sin esperar a la vuelta, tan distraído creía se debía estar en su caso, salió del Arca.

El Arca era el nombre caprichoso, abracabrante, según uno de sus socios, que en Sideria se daba al casino a que acudía el cogollito de la elegancia, los hombres de mundo y de alta sociedad, los calificados por el _chroniqueur_ modernista y bulevardizante de _El Correo _blasés_, _comme il faut_, _struggle-for-lifeurs_ y otro sin fin de terminachos por el estilo; es decir, los caballeros más honorables de la ciudad ducal.

Uno de ellos había importado de Alemania, donde residió año y medio, el nombre de _filisteos_ que los socios aplicaban a todos los ramplones burgueses de la ciudad.

Los envidiosos, y los pedantes, y los doctrinos sostenían que en el Arca se reunían los espíritus más pedestres de la ciudad, empeñados en sacarse del abismo de su ramplonería como el barón de Münchhausen del pozo en que cayó, tirándose de las orejas hacia arriba, y no faltaba mala lengua que clasificaba a los alegres compadres en memos y bandidos sin disfrazar, memos disfrazados de bandidos y bandidos disfrazados de memos.

Pero dejando estos ladridos de los impotentes a la luna, volvamos a Anastasio, el cual, al salir a la calle, hizo como si reflexionara un momento delante del coche y acabó diciéndose: No, en esta ocasión no pega el coche. ¡A pie, a pie!

Un carruaje que pasaba le salpicó de barro el pantalón. El primer efecto que tal desastre produjo en Anastasio fué el vivo dolor del armiño ofendido en su cándida pureza; pero luego, volviendo sus ojos a la afrenta que devoraba su corazón, se complugo en la providencial pella de barro.

Si Anastasio hubiera tenido la debilidad, impropia de un caballero perfecto, de ser algo filósofo, ¡uf!, se habría perdido en necias divagaciones acerca del simbolismo de la naturaleza. Pero toda su filosofía se reducía a la que estrictamente necesitaba: a saber que Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre para el honor, y que todo el universo era un arca inmensa.

Cuando llegó a la redacción de _El Abejorro_ se detuvo a su puerta, sobre la que había dibujado un abejorro enorme.

Sacó Anastasio el pañuelo perfumado, que así lo llevaba a pesar de las pullas de muchos socios, más _prácticos_ en lo del pañuelo, y se lo llevó a las narices.

Dentro de la redacción se oían voces de disputa, y una, sobre todo, que sobresaliendo de las demás, decía: --Le digo a usted que de todas las imbecilidades que han inventado los ociosos para pasar el tiempo y distinguirse, la más estúpida es el honor. Todo el mundo habla de la nobleza del león, que es un bicho dañino, y a mí me parece mucho más noble el burro. El león, que es bestia de presa que se alimenta de carne, habrá inventado el honor; pero el pobre burro, que es bestia de carga, ha inventado el deber.

Y sobre todo, señores, ¿de dónde sacan ustedes que sea noble el defenderse con las garras y los dientes, como el león, y no lo sea con la ligereza de pies, como la liebre; con la astucia, como la zorra; con la pequeñez, como el mosquito; con la tinta, como el jibión? El mismo Dios que ha dado garras y pico al águila ha dado pequeñez al mosquito y al jibión tinta. Todos los imbéciles...En aquel momento Anastasio, que se había estirado los puños y atusado el bigote y había cogido el bastón como cirio en procesión, indignado de oir tantas pedanterías estrafalarias, entró.

Ya dentro, avanzó una pierna de modo que pudiera lucir la simbólica pella de barro, y dijo: --¿El caricaturista de este...papel?

--Muy buenas noches.

--Buenas. El caricaturista he dicho.

--¡Presente!--exclamó un joven que estaba haciendo pajaritas de papel.

--¿Es usted el mamarrachista de este...papel?--volvió a preguntarle Anastasio.

--Para servir a usted.

Anastasio sintió, a la vista de una pajarita de papel colocada sobre la mesa, ganas de arañar a su hacedor; pero se reportó bajando la cabeza para oler la rosa, ¡cándida flor!, y volvió a preguntar: --¿Es usted el autor de esa inmunda caricatura?

--¡In-mun-da..., in-mun-da..., muy bien! ¡Exacto..., la frase es feliz..., sí señor, yo lo soy!

--He aquí mi tarjeta--dijo Anastasio sacando una para dársela.

--Está muy bien...Joaquín Ortiz, calle de Suso, 31, segundo, tiene usted su casa. No uso tarjetas.

«Un pintamonas--pensó Anastasio--; ya me temía yo que no fuera un caballero...¡Pero hasta tanto! ¡No usa tarjetas! Eso es no ser ni hombre siquiera. ¿Adónde va este infeliz?».

--Espero de usted una satisfacción; esta noche visitarán a usted dos de mis amigos--añadió al salir.

Cuando al cerrar la puerta oyó una risa, sonrió Anastasio lleno de compasión, olió la rosa y diciéndose: ¡no usa tarjetas! sintió toda la fealdad de la pella de barro. Como ésta se había secado ya, la limpió en las escaleras de la redacción de _El Abejorro_.

En la calle le miraban mucho. «¡Sabréis quién es Anastasio!»--pensó.

Dos carreteros reñían, jurando como señoritos, y uno de ellos dijo al otro: --Vamos a rompernos la crisma...Al verlos irse se dijo Anastasio: «Y a todo esto la policía sin impedir estas ordinarieces...¡Groseros! Nada, nada, el pueblo es pueblo...Cuando yo digo que en España no estamos preparados para la república...Pueblo grosero, prensa procaz...Es evidente que la aristocracia tiene el deber de ejercer tutoría sobre el pueblo, tutoría fraternal, se entiende...y la verdadera aristocracia, no esa antigualla rancia comida de carcoma».

Cuando llegó al Casino buscó a su amigo Herminio, a quien preguntó por Pepito Curda.

--¡Pepito...a estas horas!

--¡Ah, sí!--contestó Anastasio con seriedad, recordando que a aquellas horas Curda se dedicaba a emborracharse para poder dormir de un tirón, olvidado del tráfago de sus negocios.

--¿Y Juanito?...--¡Déjalo que hoy está de suerte!

--¿Pero ese muchacho cuándo se va a corregir?--dijo Anastasio con la gravedad que sentaba a su situación--. Porque va a acabar mal.

--¡Quiá! Él la entiende y sabe que coloca su capital a buen rédito.

--¿Y Ambrosio?

--Ahí le tienes.

En efecto, en una mesa cercana discutían varios socios acerca de una proposición, y era que el municipio de Sideria pagara dos mozos al Arca, bonita combinación para acabar de escandalizar a los pobres _filisteos_ de la ciudad ducal.

--¡Hay que dar que hablar a esa mano de cerdos que trabajan como imbéciles y ahorran para que se lo coman sus hijos y creen en el sentido común!

Un tímido objetaba al pensamiento y pedía cuando menos barniz de legalidad.

--¡Pss!, y qué, tener razón o no tenerla, ¿qué más da?--replicó con desdén Ambrosio, que pasaba por uno de los oráculos del Arca.

La frase dejó a todos suspensos de admiración y en un momento corrió por toda el Arca.

Anastasio llamó a Ambrosio, les enteró a él y a Herminio del asunto y acabó diciéndoles: --¡Una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas...y si no...a sable!

Dicho esto se fué a casa de un maestro de armas, donde se estuvo ensayando quites y posturas.

Cuando quebrantado por tantas emociones llegó a su casa, se puso a pensar en el traje que convendría para el lance.

Lo sacó, se lo puso y estuvo ensayando quites con el bastón. Después se puso a escribir a Enriqueta, su arreglito. La cosa era tranquilizarla, no fuera que cualquier indiscreto le diera un sofoco con una noticia de sopetón.

Cuando despertó en la butaca clareaba el día. Empezó a pasearse por la sala hasta que dieran las siete, hora convenida con el maestro de armas para continuar la lección.

Sus amigos fueron a buscarle a la sala de armas cuando más absorto estaba en un quite.

--Nada de esto--le dijeron--, la cosa se ha zanjado satisfactoriamente.

--Entre caballeros...--empezó a decir el otro.

¡Pero si no usa tarjetas!...pensó Anastasio.

--Una cumplida rectificación, una rectificación de honor, como lo deseabas. La traerá el próximo número de _El Abejorro_, el del domingo.

El maestro de armas le dió la mano diciéndole: --Espero nos volvamos a ver. Un joven como usted, de la crema, no debe descuidar estas cosas. Usted muestra felices disposiciones y el manejo de las armas da la prudencia del fuerte y a la vez hace que se nos respete.

Anastasio le dió una fuerte propina y salió con sus dos amigos, que sonriendo le llevaron a una fotografía.

--Pero...--Déjate hacer. Confiaste tu honor en nuestras manos.

* * * * * _El Abejorro_ del siguiente domingo alcanzó una venta tan nutrida como no la había alcanzado con la caricatura de Anastasio. En la primera plana publicaba en fotograbado un hermoso retrato de Anastasio en traje de mañana, una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas.

Los lectores que no conocían a Anastasio cotejaron el retrato con la caricatura, mientras el satisfecho ofendido se prodigaba en traje de mañana por todos los paseos de la ciudad ducal.

Un redactor de _El Abejorro_ fué a darle la enhorabuena, que la recibió con dignidad, oliendo la rosa, mientras se decía: hoy no te ríes.

--Aquí viene él--oyó que decían en un grupo.

Pero el mayor bromazo fué en el Arca. El suceso fué el regocijo de los socios, que armaron un banquete con sus borracheras y brindis, presidido por Anastasio, en holocausto al Honor, del que se reían por dentro, gracias al portentoso Ambrosio, aunque por fuera fuesen sus más celosos sacerdotes.

El número rectificación de _El Abejorro_ figuraba como centro de mesa.

Anastasio no podía con su honor y con las copas que le hacían beber. Al cabo vino al suelo.

Desde entonces visitó con frecuencia la sala de armas.

UNA VISITA AL VIEJO POETA En el nutrido sosiego que venía a posarse plácido desde el cielo radiante, iba a fundirse la resignada calma que de su seno exhalaba la vieja ciudad, dormida en perezosa siesta. Me sumí en las desiertas callejuelas que a la Colegiata ciñen, y en una de ellas, donde me habían dicho que habitaba el viejo poeta, de tan largo tiempo enmudecido, di a la aldaba del portalón, que lo era de la única casa de la calleja. Resonó el aldabonazo, quebrando el soñoliento silencio, en los muros que formaban la calleja, flanqueada, como un foso, de un lado por el tapial de la huerta de un convento, y por agrietadas paredes del otro.

Me pasaron, y al cruzar un pequeño jardincillo emparedado, uno de esos mustios jardines enjaulados en el centro de las poblaciones, vi a un anciano regando una maceta. Se me acercó. Era su conocidísima figura.

--Ahora mismo subo--me dijo.

--No; prefiero hacerle aquí la visita, ¿qué más da?

--Como usted quiera...Rosa, baja unas sillas. Desprendíase una calmosa melancolía de aquel pedazo de naturaleza encerrada entre las tapias de abigarradas viviendas. Dos o tres arbolillos se alzaban al arrimo de ellas, en busca de sol, y en ellos se refugiaban los pájaros. En un rincón, junto a un pozo, sombreaba a un banco de piedra una higuera. La casa tenía un corredor de solana, con balaustrada de madera, que miraba al jardinillo. El vertedero de la cocina servía para regar la higuera.

Y todo ello parecía ruinas de naturaleza abrazadas a ruinas de humana vivienda.

Allí encima se alzaba la airosa torre de la Colegiata, a la que doraba el sol con sus rayos, muy inclinados ya; la torre severa, que contribuía a dar al pedazo de cielo desde allí visible su anguloso perfil. Unas gallinas picoteaban el suelo.

--Es mi retiro y mi consuelo--me dijo.

--Yo creí que preferiría usted el campo verdadero...el aire libre...--No. Voy a él de vez en cuando, muy de tarde en tarde; pero es para volver al punto a encerrarme en esta jaula, con estos mis arbolillos presos, a la vista de esa torre, en este bosquecillo enjaulado, que me parece un enfermo cachorro de la selva que, cautivo y nostálgico, me lame el alma y a mis pies se tiende humilde. Aquí no les sacuden tormentas, ni el vendaval los agita; aquí crecen al arrimo de estas tapias. Mire la higuera, mi higuera doméstica, ¡qué lozana! Me recoge el sol y en dulzura me lo guarda. Al través de su verdura contemplo la dorada torre, árbol frondoso también del arte, con su exuberante follaje arquitectónico. ¡Si oyese usted cómo resuena entre estas viejas tapias el son pausado de sus campanas! Cuando sus vibraciones se dilatan derritiéndose en el sereno ambiente, parecen bañarse en el eco derretido estos mis pobres arbolillos...Esta casa me recuerda la de mi niñez, a la que ha arrasado el inevitable progreso. Tenía un jardinillo así. Aquí me baño el alma en mis recuerdos infantiles; reanudo mi dulce vigilia después de años de sueño...--¿Y no ha sentido usted nunca pruritos de salir, de volver al mundo...no le ha tentado la gloria?

--¿Qué gloria?--me preguntó con dulzura.

--¡La gloria!...--¡Ah, sí, la gloria! Dispénseme, me olvidaba de que hablo con un joven literato.

Se levantó para quitar una oruga de uno de los arbolillos, miró un rato a la erguida torre, dorada por el sol poniente, y prosiguió: --¿Cree usted acaso que cuando ha finado, derretido en la serena calma del ámbito, el eco de esas lenguas de bronce, no vive aun en el silencio su dulce ritmo muerto? Sí, posa en el mar del silencio, en su eterno lecho, donde descansan las voces y los cantos todos que han sido, y donde esperan tal vez la suprema evocación que haya de resucitarlos para entonar la gloriosa sinfonía eterna. Cantan en el silencio...Yo, más que le oía, contemplaba su hermosa cabeza de vidente.

--Sí--continuó--, mi nombre va olvidándose; casi nadie lo cita ya; pero es ahora, en que se olvida mi nombre, cuando obra acaso mi espíritu, difundido en el de mi pueblo, más viva y eficazmente. Prodúcese un pensador o un artista, y mientras su obra no posa en el alma de su pueblo, mientras le es extraña a éste y en él choca, necesita llevar el nombre de su padre. Mas cuando se hace nuestro pensar, pensar de los que nos rodean; cuando nuestro sentir se aúna al sentir de nuestro pueblo, haciéndolo más complejo; cuando nuestra voz se acuerda al coro enriqueciendo la común sinfonía..., entonces nuestro nombre se hunde poco a poco. Nuestras ideas lo son ya de todos; el busto de nuestra moneda se ha borrado, y con él la leyenda, y la moneda corre porque es de oro de ley. Cuando menos se habla de un escritor, suele ser muchas veces cuando más influye.

--Tal vez...--empecé, y él, sin oirme, continuó: --¡Mi nombre! ¿Para qué he de sacrificar mi alma a mi nombre?

¿Prolongarlo en el ruido de la fama? ¡No! Lo que quiero es asentar en el silencio de la eternidad mi alma. Porque fíjese, joven, en que muchos sacrifican el alma al nombre, la realidad a la sombra. No, no quiero que mi personalidad, eso que llaman personalidad los literatos, ahogue a mi persona (y al decirlo se tocaba al pecho). Yo, yo, yo, este yo concreto que alienta, que sufre, que goza, que vive, este yo intrasmisible..., no quiero sacrificarlo a la idea que de mí mismo tengo, a mí mismo convertido en ideal abstracto, a ese yo cerebral que nos esclaviza...--Es que el yo que usted llama concreto...--Es el único verdadero; el otro es una sombra, es el reflejo que de nosotros mismos nos devuelve el mundo que nos rodea por sus mil espejos..., nuestros semejantes. ¿Ha pensado usted alguna vez, joven, en la tremenda batalla entre nuestro íntimo sér, el que de las profundas entrañas nos arranca, el que nos entona el canto de pureza de la niñez lejana, y ese otro sér advenedizo y sobrepuesto, que no es más que la idea que de nosotros los demás se forman, idea que se nos impone y al fin nos ahoga?

--Alguien llamaría egoísmo a eso...--me atreví a insinuarle de prisa, antes de que, arrepentido, recogiese mis palabras.

--¿Egoísmo?--me contestó con calma--. ¡Oh, sí; ahora han inventado eso del altruismo! ¡Altruismo! Eso sí que es inmoral e inhumano; sacrificar a _mí_ idea, porque no es más que a una idea a lo que se sacrifica; sacrificar a mi idea, a la mía, entiéndalo, a todos mis prójimos, incluso a mí mismo, mi primer prójimo, el más prójimo o próximo a mí.

Pareció hundirse en algún recuerdo remoto, de esos de fuera del tiempo, y prosiguió: --No quiero devorar a otros; ¡que me devoren ellos! ¡Qué hermoso es ser víctima! ¡Darse en pasto espiritual...ser consumido...diluirse en las almas ajenas! Así resucitaremos un día, cuando se unan todas, y sea Dios todo en todos, como San Pablo dice...No daba ya la luz mas que en la cresta de la torre; parecían espesarse la calma y el silencio, interrumpidos tan sólo por algún vencejo que cruzaba chillando el anguloso cacho de cielo del jardinillo enjaulado.

--¡Mire usted, mire usted al gato cómo trepa por ese arbolillo a la ventana de la cocina! Arriba caza ratones; aquí, entre los árboles, pajarillos. Y me entretiene mucho. ¡Qué vida!, dirá usted. ¡Aquí, con sus arbolillos, su higuera triste, su concierto de pájaros, su gato, sus gallinas, sus flores..., regando sus recuerdos y cultivando su tristeza!...Después de aquel triste suceso que usted conoce, me retiré al campo a bañar mi enfermo espíritu en su quietud sedante. Iba a curarme a la vez de los estragos del urbanismo, de esa corea espiritual en que nos hunde la diaria descarga de impresiones de la ciudad, Allí, en el campo, supe lo que es dormir, y el que no sabe dormir no vive.

En la ciudad, miradas, vaho de ansiosos alientos, de impuros deseos, de rencores, sonrisas equívocas, saludos, retardos, paradas...¡todo nos electriza! Es una serie continua de insignificantes punzadas, de cosquilleos imperceptibles, que nos galvanizan la vida y al fin nos rinden. Y fuí a recibir el gran baño, la inmersión en aire libre, en luz libre, en libre calma, en el remanso de las horas tranquilas. Y allí a pensar rítmicamente, con calma, con todo el cuerpo y con el alma toda, no con el cerebro tan sólo, asiento de lo que ustedes llaman personalidad.

Interrumpióle la voz sonora de la campana de la Colegiata, que tocaba a la oración de la tarde. Miró a sus arbolillos, que parecían escucharle, y calló un rato. Respeté su silencio. Y luego, con calma, dijo: --Del campo vine a este asilo. He renunciado a aquel yo ficticio y abstracto que me sumía en la soledad de mi propio vacío. Busqué a Dios a través de él; pero como ese mi yo era una idea abstracta, un yo frío y difuso, de rechazo, jamás di con más Dios que con su proyección al infinito, con una niebla fría y difusa también, con un Dios lógico, mudo, ciego y sordo. Pero he vuelto a mí mismo, al pobre mortal que sufre y espera, que goza y cree, a aquel a quien despiertan los sobresaltos del corazón enfermo, y aquí, en este pobre jardinillo, junto a estos mustios y silenciosos amigos, me dedico a la más honda filosofía, que consiste en repensar los viejos lugares comunes. Medito las palabras de la señora Paula, una buena vecina, inagotable en las tan conocidas reflexiones del vulgo acerca de la caducidad de la dicha y de la necesidad de la resignación. Y otras veces, a la sombra de esa higuera, armonioso órgano de pardales y becafigos, leo el Evangelio.

Y en él se me muestra el Hijo del Hombre, el Hombre mismo, palpable, concreto, vivo, y por Cristo, con quien hablo, subo a su Padre, sin argumentos de lógica, por escala cordial...--¡Qué vida!--murmuré.

Y él, que me lo oyó: --Sí--dijo--, ya sé que ustedes disertan mucho acerca de la vida, y dicen que hay que amarla; pero la tienen de querida y no de esposa.

¡La vida! ¡En ella me he enterrado, he muerto en vida en ella misma!

¡Hay que vivir! ¿Y para qué?...Esto es, ¿para qué?...¿Para qué todo?, dígamelo. ¿Para qué?...¿Para qué? No quiero inmolar mi alma en el nefando altar de mi fama, ¿para qué?

Cuando salí, de noche ya, parecía que al son de mis pisadas, que retumbaban en el tenebroso silencio de la solitaria calleja, vagaba por ella con quebrado vuelo, cual invisible murciélago, esta pregunta: ¿Para qué?

EL ABEJORRO --La verdad, no le creía a usted hombre de azares--le dije.

--¿Por qué? ¿Por lo del abejorro?--me preguntó.

Y a un signo afirmativo mío, añadió: