--No hay tales azares, si bien debo decirle a usted que creo que si investigáramos las últimas raíces de las superaciones mismas que nos parecen más absurdas, aprenderíamos a no calificarlas de ligero.
Figúrese usted que mis hijos, de verme a mí, adquieren mi horror al abejorro, y de mis hijos lo toman mis nietos, y va así trasmitiéndose.
Se convertirá en un _azar_. Y, sin embargo, el tal horror tiene en mí raíces muy hondas y muy reales.
--Hombre, eso...--No lo dude usted. Soy de los hombres que más se alimentan de su niñez; soy de los que más viven en los recuerdos de su lejana infancia.
Las primeras impresiones que recibió el espíritu virgen, las más frescas, son las que forman su lecho, el rico légamo de que brotan las plantas que en el lago de nuestra alma se bañan.
Fué mi niñez--siguió diciendo--una niñez triste. Casi todos los días salía con mi pobre padre, herido ya de muerte entonces. Apenas lo recuerdo; su figura se me presenta a la memoria esfumada, confinante con el ensueño. Sacábame de paseo al anochecer, los dos solos, al través de los campos, y apenas recuerdo otra cosa si no es que aquellos paseos me ponían triste.
--¿Pero no recuerda usted nada de sus palabras o conversaciones?
--Sí, sí; algunas me han quedado grabadas con imborrables caracteres.
Me hablaba de la luna, de las nubes y de cómo se formaban; de cómo se siembra y crece y se recoge el trigo; de los insectos y de su vida y costumbres. Estoy seguro de que aquellas enseñanzas, hasta las que he olvidado, son las más sustanciosas que he recibido, la roca viva de mi cultura íntima. Hasta las olvidadas, se lo aseguro a usted, me vivifican el pensar desde el olvido mismo, porque el olvido es algo positivo, como el silencio y la oscuridad lo son.
--Por lo menos--le interrumpí--son el olvido, la oscuridad y el silencio los que hacen posibles la memoria, la luz y la voz.
--De pronto le entraban arrebatos súbitos y me cogía en brazos y me besaba y besuqueaba, preguntándome a cada momento: «Gabriel, ¿serás bueno siempre?». Y yo, más que conmovido asustado, le respondía siempre: «Sí, papá». Lo recuerdo bien; me daba miedo aquella pregunta de «¿serás bueno siempre?»; miedo, miedo era lo que me daba. Alguna vez llegó hasta a llorar sobre mis mejillas; y yo recuerdo que rompí entonces a llorar también con un llanto silencioso, como el suyo, con un llanto hondo que me arrancaba de las entrañas del espíritu toda la tristeza con que ha sido amasada nuestra carne, pesares de ultracuna...¿Quién sabe?, dolores heredados tal vez.
--No son teorías--me contestó--, son hechos. Se fatigaba mucho, y tenía que sentarse a cada paso; y una tarde, puesto ya el sol, me habló, mirando hacia el dorado poniente, de su cercana muerte. Y acabó con su pregunta de siempre: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?». Nunca me dió la pregunta más miedo, más religioso terror que entonces. Ni sé si supe contestarle.
--Veo que recuerda usted más de lo que decía...--Sí, cuando me pongo a pensar en ello. Todos estos recuerdos son el fondo sobre que he recibido mis ulteriores impresiones en la vida, y todas están teñidas de su color. Todo lo he visto a través de ellos; pero de él, de mi padre mismo, de su figura, recuerdo poco. Otras veces me hablaba del Padre, que es como llamaba siempre a Dios, y allí, en medio del campo, mientras la luz se derretía en la noche, me hacía rezar el Padrenuestro, explicándome cada una de sus palabras. Solía detenerse en el _hágase tu voluntad_, y al concluir de explicármelo me abrazaba sofocado, diciéndome: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?».
Calló un momento, como recogiendo sus lejanos recuerdos, y prosiguió: --Lo que sí recuerdo es su último día, el día de su muerte, el día del abejorro. Estaba ya muy débil; tenía que sentarse a cada momento, y cuando se ponía a explicarme algo lo hacía con tal lentitud, tantas pausas y tantos anhelos, que me infundía un vago terror. Aquel anochecer se sentó en un tronco de árbol derribado, y al poco tiempo, uno de esos abejorros sanjuaneros que revolotean como atontados, tropezando con todo, después de puesto el sol empezó a revolotear en torno de nosotros. Mi padre le ahuyentaba con la mano, y hasta este esfuerzo le era penoso. «Échale», me dijo. Y yo, con mi gorra, le ahuyenté. «Hoy no hay luna, papá», recuerdo que le dije; y él, con una calma terrible, mascullando cada palabra, me respondió: «Luna sí hay, hijo mío; es que está apagada, y por eso no la ves; luna hay siempre; cuando la ves como una hoz, es que no le alumbra el sol por entero...Otras veces sale casi de día...». Volvió el abejorro, y ya ni se entretuvo en ahuyentarlo. «¡Qué mal estoy, hijo!», exclamó. Yo callaba, y el abejorro zumbaba en torno nuestro. Se adelantó entonces mi padre un poco, y le brotó un chorro de sangre de la boca. Yo quedé aterrado, y a mi terror acompañaba con su revoloteo el abejorro. «¡Yo me muero, Gabriel, dijo mi padre; adiós! ¿Serás siempre bueno?». No pude ni responder. Mi padre cayó muerto; y yo, frío, solo con él en medio del campo, de noche ya, no recuerdo lo que pensé ni lo que sentí. No recuerdo más de aquellos momentos que al abejorro, al tenaz abejorro, que parecía repetirme: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?», y que fué a posarse en la cara misma de mi padre.
--Ahora se comprende todo--le dije--; pero ¿cómo le aterraba a usted esa sencilla pregunta, tan natural, tan dulce?
--¿Cuál? ¿La pregunta de mi padre? ¿Su última pregunta? ¿La que me dirigió poco antes de nacer a la muerte? No lo sé; pero lo que sí puedo asegurarle es que cuando me pongo a escarbar en mi conciencia y a rebuscar el porqué del terror que desde entonces me inspiran los abejorros que al anochecer revolotean como atontados, encuentro que no se debe tanto este terror a que me recuerden la muerte de mi padre como a que me traen la fatídica pregunta: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?».
Es una pregunta que me parece venir de la tumba...--Creo que usted se equivoca. La impresión de una muerte, y de la muerte de un padre, sobre todo, y más en las circunstancias en que usted me la ha narrado, deja una huella indeleble en el alma de un niño. Es una revelación tremenda, es una fuente de seriedad para la vida.
--Puede ser; pero yo le aseguro a usted que pienso en la muerte con relativa tranquilidad; que alguna vez me ejercito en representármela al vivo y en representarme mi propia muerte, y afronto tal imagen. Pero cada vez que traigo a mi memoria aquella insistente pregunta paternal, incubada con todas las misteriosas melancolías del anochecer, aquello de «¿Serás siempre bueno?», me pongo a temblar, a temblar como un azogado. Porque, dígamelo, ¿sé yo acaso si seré siempre bueno?
--Con proponérselo...--¡Oh!, sí, lo de todos y lo de siempre...¡Con proponérselo! ¿Sé yo si seré siempre bueno? ¿Sé siquiera si lo soy?
--¡Hombre!
--Esperaba esa expresión de asombro; con ella me han respondido casi siempre. Sí, ¿sé si lo soy?
--¡Hombre, la voz de la propia conciencia!...--¿Y si está muda?
--Quien no tiene conciencia de obrar mal es que no obra mal, porque la intención...--¡La intención! ¡La intención! ¿Conocemos nuestras propias intenciones? ¿Sabemos si somos buenos o no? Créame usted que es esa tremenda cuestión lo que nos hace temblar cuando zumba en tomo de nosotros el abejorro evocador de la muerte. Sin esa pregunta, nadie creería en la muerte.
--Extrañas teorías...--No, no son teorías; son hechos.
EL POEMA VIVO DEL AMOR Un atardecer de primavera vi en el campo a un ciego conducido por una doncella que difundía en torno de sí nimbo de reposo. Era la frente de la moza trasunto del cielo limpio de nubes; de sus ojos fluía, como de manantial, una mirada sedante, que al diluirle en las formas del contorno las bañaba en preñado sosiego; su paso domeñaba a la tierra acariciándola, y el aire consonaba con el compás de su respiración, tranquila y profunda. Parecía aspirar a ella todo el ambiente campesino, de ella a la par tomando avivador refresco.
Marchaba a la vera de los trigales verdes, salpicados de encendidas amapolas, que se doblaban al vientecillo, bajo el sol incubador de la miés, aun no granada. En acorde con las cadencias de la marcha de la joven palpitaba, al pulsarlo la brisa, el follaje tierno de los viejos álamos, recién vestidos de hoja, aún en escarolado capullo e impregnados de la lumbre derretida del crepúsculo.
Apagóse de súbito su marcha a la vista de un valle rebosante de quietud. Posó sobre él la doncella su mirada, una mirada verdaderamente melodiosa, y depurado entonces el pobre terruño de su grosera materialidad al espejarse en las pupilas de la moza, replegábase desde ellas a sí mismo, convertido en ensueño del virginal candor de su inocente contempladora. Humanizaba al campo al contemplarlo ella, más bien que mujer, campestre naturaleza encarnada en femenino cuerpo virginal.
Cuando se hubo empapado en la visión serena, inclinóse al ciego, e inspirada de filial afecto, con un beso silencioso le trasfundió el alma del paisaje.
--¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!--exclamó el padre entonces, vertiendo en una lágrima la dicha de sus muertos ojos. Y se volvió a besar los de su hija, en que perinchía inconsciente piedad.
Reanudaron su camino, henchido el ciego de luz íntima, de calma su lazarilla.
--¡Dios le bendiga!--dijo al cruzar con ellos un cansado caminante, sintiendo sobre sí la espiritual limosna de la mirada aquella.
--¡Vi vida, mi eternidad, mi luz, mi gloria, mi poema!--rezaba al oído de su hija el ciego, en tanto que de la rítmica pulsación de la mano que cogido le llevaba recogía la vida de la campiña toda.
Era, sí, su vida, el cáliz en que apuraba con ansia el jugo de la creación; era su eternidad, la eternidad sobre que rodaban pausadas sus horas a romperse en el olvido en espumosa crestería de dulces recuerdos; era la luz que alumbraba sus tinieblas con lumbre de amor; era la gloria en que se proyectaba al infinito; era, en fin, su poema, el poema vivo de sus entrañas, amasado con su carne y con su espíritu, con su sangre y con su meollo, con sus potencias y con sus sentidos.
Había sido Julián, el ciego, de joven, un rimador ingenioso, y por ingenioso, frío, un cerebral producto de la ciudad donde pocos van al paso y donde nunca se oye el silencio. Había sido un destilador de sentimientos quintesenciados en el alambique del ingenio, un alquimista del amor hermano de la muerte, un erótico impotente para amar con fruto. Había sido el cantor de las opulentas rosas de cien hojas, sin perfume ni fruto, todo pétalos encendidos, nacidas al borde del graso estercolero.
Enfermo de la ciudad, después de haber vertido en estrofas intrincadas la espuma del amor cerebralizado, tuvo que recogerse al campo a renovar en su fuente la vida del cuerpo. Y allí sintió por momentos volverse idiota, que el filtro en que cernía sus exquisitas sensaciones se le enturbiaba, que la carne se le hacía tierra. No podía sufrir el contacto con el aldeano receloso, egoísta y zafio; no podía resistir a Tajuña, el molinero, el héroe popular, un borracho perdido; a Martinillo, cuyas farsas grotescas desataban la risa, siempre pronta a estallar, de sus convecinos; a Panchote, el bruto del herrero, que trabajaba como un buey sin dársele de nada un ardite, un egoísta que jamás pensó en el prójimo. Dolorido del ámbito, recorría valles, encañadas y collados recitando sus propias rimas, cual conjuro al maleficio de la naturaleza que le envolvía. Se asfixiaba falto de sociedad. Su prima Eustaquia, la hija de la familia de que era huésped, sólo pensaba ante él en no aparecer cándida.
Mas poco a poco íbale ganando el campo, invadiéndole el espíritu gota o gota, a la vez que, enriquecida su sangre, barría de sutileza su cerebro y regalaba a su corazón empuje. Iba gustando la salud, y con ella vergüenza de su pasado al ver que la naturaleza, impasible, sonreía desdeñosa a toda su postura de afectación y fingimiento.
Llegó el día de la fiesta y se fué al monte, de romería, con su prima Eustaquia. De todo el contorno concurrían a la famosa fiesta. Al borde de la senda canturriaban quejumbrosamente sus patéticas súplicas los pordioseros. «Consideren, almas cristianas, la triste oscuridad en que me veo»...Más allá: «No hay, hermanitos, como el don precioso de la salud»...Más lejos, junto a un árbol, mostraba un muchachuelo enclenque el vientre enorme, lustroso y tostado al sol. Apartó Julián su vista de tanta miseria para descansarla en los humildes escaramujos que vestían al zarzal que festoneaba el otro lado del camino.
Llegaron a la esplanada de la ermita, en que entró a rezar un momento Eustaquia, cubriéndose antes la cabeza con el blanco pañuelo. Olía a frescura de campo preñado de cosecha, y a guisos suculentos; de entre la fronda subían al cielo columnas de humo.
En el ahumado hueco de un castaño centenario aprestaban como todos los años una merienda, y como todos reverdecía el viejo. Junto al carro del vino estaba Tajuña, el molinero, infatigable sangrador de pellejos, taza va, taza viene y él tan arrecho. Flaquearíanle las piernas, pero la cabeza no. Y Julián admiró con el pueblo al héroe. Salió a bailar Martinillo, cuya carucha parecía siempre que iba a llorar y no lloraba, y se rió Julián con el pueblo de los brincos y cabriolas felinas del gracioso. Vió con qué recogimiento merendaba Panchote y entendió que nunca es egoísta el que trabaja. Aquellas gentes eran naturaleza, y la naturaleza es también sociedad.
Metióse con su prima por entre los corros, donde los aldeanos bailaban con toda el alma, vertiendo en saltos y piruetas y en gritos desbordamiento de vida, el limpio goce de la libertad de los movimientos, el disfrute del propio cuerpo. Bailaban con ellos las notas claras y estridentes del pito, repletas del agrete del vinillo viejo de las montañas aquellas, notas que estrumpían de consuno con las risas francas que hacían vibrar de alegría al aire, mientras bailoteaban al viento las hojas de los castaños bebiendo luz. Era aquella danza común, danza litúrgica, acción de gracias de la vida desnuda y pura, holocausto de energía vital.
Palpitáronle a Julián las entrañas, empezaron a cantarle la canción de la salud que rebosaba, y tomando a Eustaquia de la mano se puso a bailar en un corro con ella entre los aldeanos. Era el campo mismo quien con él bailaba. «¡Bien, bien por el señorito!», le decían; «¡alza, Julianete, alza!», le azuzaba Martinillo, provocando risa general. Batían con ritmo los pies de Eustaquia sobre el suelo; oreaba con rozagancia al aire su florecido cuerpo; esplendían arreboladas en sus mejillas rosas de salud; eran sus labios fuente de júbilo, e irradiaban sus ojos vida anhelosa de derramarse.
Cuando al terminar la danza embrazó Julián por el talle a su prima, cuyos ojos decían vida, fundióle la sangre las entrañas, derritiendo sobre su corazón a su cerebro. Sentáronse con otros en el suelo sobre la mullida alfombra a comulgar en la merienda, a beber del mismo vaso, a respirar del mismo aire y a calentarse al mismo sol.
Entonces sintió Julián el abrazo de la montaña y que al beso de la brisa se le apagaba en el alma el eco de las exóticas rimas ciudadanas.
Zumbábale en la cabeza la campiña y se sentía esponjado en la alegría de vivir que le rodeaba. Era el amor que le nacía del campo, el amor fructuoso, cogüelmo de vitalidad.
A la vuelta volvían en parejas los más de los romeros, cogidos de las manos o de la cintura, bajo el derretimiento de la luz crepuscular.
De cuando en cuando se escapaban de algún pecho fresco relinchidos potentes, que volaban como alondras sobre el valle para morir lánguidamente en la garganta de que como de nido salieron. Julián sintió un escalofrío vivificante al recibir el suspiro con que Eustaquia respondió al beso apretado y lento gozado en un recodo de la senda, y entonces intuyó el curado ciudadano que es el erotismo la impotencia del querer.
Cuando un año después volvió a la ciudad llevaba a ella con Eustaquia una hija, flor aromática del amor cordial, una obra del cuerpo y del alma, del sér entero y uno; inspiración del campo en que dan en el agabanzo fruto las sencillas rosas del zarzal, los humildes escaramujos de cinco pétalos; un poema engendrado en el desmayo del cerebro, poema de amor hecho carne viviente, su vida, su eternidad, su luz, su gloria, su poema.
Y cuando más tarde, perdida su compañera y olvidadas sus rimas, le cegó el cerebro, de antiguo herido, quedáronle aquellos filiales ojos que serenaban todo ambiente en que descansara con paz su mirada de inocencia.
EL CANTO ADÁMICO Fué esto en una tarde bíblica, ante la gloria de las torres de la ciudad, que reposaban sobre el cielo como doradas espigas gigantescas, surgiendo de la verdura que viste y borda al río. Tomé las _Hojas de yerba_--_Leaves of grass_--, de Walt Whitman, este hombre americano, enorme embrión de un poeta secular, de quien Roberto Luis Stevenson dice que, como un perro lanudo recién desencadenado, recorría las playas del mundo ladrando a la luna; tomé esas hojas y traduje algunas a mi amigo, ante el esplendor silencioso de la ciudad dorada.
Y mi amigo me dijo:--¿Qué efecto tan extraño causan esas enumeraciones de hombres y de tierras, de naciones, de cosas, de plantas...¿Es eso poesía?
Y yo le dije:--Cuando la lírica se sublima y espiritualiza acaba en meras enumeraciones, en suspirar nombres queridos. La primera estrofa del dúo eterno del amor puede ser el «te quiero, te quiero mucho, te quiero con toda el alma»; pero la última estrofa, la del desmayo, no es más que estas dos palabras: ¡Romeo! ¡Julieta! ¡Romeo! ¡Julieta!
El suspiro más hondo del amor es repetir el nombre del ser amado, paladearlo haciéndose miel la boca. Y mira al niño. Jamás olvidaré una escena inmortal que Dios me puso una mañana ante los ojos, y fué que vi tres niños cogidos de las manos, delante de un caballo, cantando enajenados de júbilo no más que estas palabras: ¡Un caballo!, ¡un caballo!, ¡un caballo! Estaban creando la palabra según la repetían; su canto era un canto genesíaco.
--¿Cómo empezó la lírica?--preguntó mi amigo--, ¿cuál fué el primer canto?
--Vamos a la leyenda--le dije--, y oye lo que dice el _Génesis_ en su segundo capítulo, cuando dice: «Formó, pues, Dios de la tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos y trájolas a Adán para que viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ése es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos, y a todo animal del campo; mas para Adán no halló ayuda que estuviese delante de él». Éste fué el primer canto, el canto de poner nombre a las bestias, extasiándose ante ellas Adán, en el alba de la humanidad.
¡Poner nombre! Poner nombre a una cosa es, en cierto modo, adueñarse espiritualmente de ella. Este mismo Walt Whitman, cuyas _Hojas de yerba_ aquí tenemos, al decir en su «Canto a la puesta del sol», estas algo con la mano!», pudo añadir: Dar nombre a las cosas, ¡qué milagro portentoso!
Al nombrar Adán a las bestias y aves se adueñó de ellas, y mira cómo el salmo octavo, después de cantar que Dios hizo que el hombre se enseñorease de las obras de las divinas manos, que le pusieron todo bajo los pies, ovejas y bueyes y asimismo las bestias del campo y las aves de los cielos y los peces del mar y todo cuanto pasa por los senderos de éste, acaba diciendo: «Oh Jahvé, Señor Nuestro, ¡cuán grande es tu nombre en toda la tierra!». Habla de la grandeza de ese nombre, que millones de lenguas de hombres piden día a día que sea santificado. Si supiéramos dar nombre adecuado, nombre poético, nombre creativo a Dios, en él se colmaría como en flor eterna toda la lírica.
En el _Génesis_ también y en los versillos 24 a 30 de su capítulo XXXII se nos cuenta cómo al pasar Jacob el vado de Jacob, cuando iba en busca de Esaú, su hermano, se quedó a hacer noche solo y luchó hasta rayar el alba con un desconocido, con un ángel de Dios o con Dios mismo, y lleno de angustia le preguntaba por su nombre, cómo se llamaba. En aquellos tiempos aurorales, declarar un viviente su nombre era declarar su esencia. Su nombre es lo primero que nos dan los héroes homéricos.
Y estos nombres no eran dichos, eran cantados en un empuje de entusiasmo y de adoración. Y tengo, por indudable, lector, que el himno que más adentro del corazón se te ha metido fué cuando viste tu propio nombre, tu nombre de pila, el doméstico, desnudo y puro, suspirado en la penumbra. Es la corona de la lírica.
La forma de letanía es acaso la más exquisita que las explosiones líricas nos ofrecen: un nombre repetido en rosario y engarzado cada vez en epítetos vivos que lo realzan. Y entre éstos hay el epíteto sagrado.
En los poemas homéricos brillan los epítetos sagrados; cada héroe lleva el suyo. Aquiles, el de los pies veloces; Héctor, el agitapenachos. Y en todo tiempo y lugar, cuando alguien encuentra el epíteto sagrado que casa poéticamente con un hombre, todos lo adoptan y todos lo repiten. Y lo que sucede con los hombres sucede con los animales y con las cosas y las ideas. La astuta zorra, el perro fiel, el noble corcel, el paciente burro, el tardo buey, la arisca cabra, la mansa oveja, la tímida liebre...y los designios de la Providencia, ¿pueden ser otra cosa que inescrutables?
Cantar, pues, el nombre, realzándolo con el epíteto sagrado, es la exaltación reflexiva de la lírica, y la exaltación irreflexiva, la suprema, es cantarlo solo y desnudo, sin epíteto alguno, es repetirlo una y otra y otra vez, como sumergiendo el alma en su contenido ideal y empapándose en él sin añadido.
--No me sorprende--le dije a mi amigo--que te produzcan extraño efecto estas enumeraciones, y te confieso que pueden ellas no tener nada de poético. Pero han de extrañarnos más a nosotros que, con palabras muertas, reducimos la lírica a algo discursivo y oratorio, a elocuencia rimada.
--Observa, además--añadí--, que una palabra no ha cobrado su esplendor y su pureza toda hasta que ha pasado por el ritmo y se ha visto ayuntada a otras en su cadencia. Es como el trigo, que no está limpio y pronto para ir a la muela hasta que no ha sido apurado aventándolo al aire de la era.
--Ahora recuerdo--dijo mi amigo, interpolando un intermedio cómico--, ahora recuerdo cierto chascarrillo yanqui, y es que dicen que cuando Adán estaba poniendo nombre a los animales, al acercarse el caballo, dijo Eva a su marido: Esto que viene aquí se parece a un caballo; llamémosle, pues, caballo.
--El chascarro no carece de gracia--le dije--, pero es el caso que cuando Adán puso nombre a las bestias del campo y a las aves de los cielos, aún no había sido creada la mujer, según el _Génesis_. De donde se saca que el hombre necesitó hablar aun estando solo, hablar consigo, es decir, cantar, y que su acto de poner nombres a los seres fué un acto de pureza lírica, de perfecto desinterés. Se los puso para extasiarse con ellos. Sólo que una vez que así los cantó y les puso nombres, sintió la necesidad de un semejante a quien comunicárselos; una vez que de la grosura de su entusiasmo brotó aquel himno de nombramiento, sintió la necesidad de un auditorio, de un público, y así, agrega el texto, que Adán no halló ayuda que estuviese delante de él. Y a seguida de esto es cuando el relato bíblico nos cuenta la creación de la primera mujer, hinchándola de una costilla del primer hombre, y como si éste hubiese sentido más vivamente la necesidad de una compañera a raíz de haberse adueñado de los seres mediante los nombres. Sintió el hombre la necesidad de alguien con quien hablar, y Dios le hizo la mujer. Y apenas surge la mujer ante el hombre, luego de decir éste lo de «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne», lo primero que hace es darle nombre, diciendo: «Ésta será llamada varona, porque del varón fué tomada». Y este nombre, en efecto, no ha prevalecido, sino que los más de los pueblos cultos tienen para la mujer nombre de otra raíz que el nombre del hombre, y como si fuesen dos especies.
--Excepto el inglés, por lo menos--dijo mi amigo.
--Y algún otro--añadí yo.
Y recogiendo las _Hojas de yerba_, de Walt Whitman, dejamos el esplendor de la ciudad cuando se derretía en el atardecer.
LAS TIJERAS Todas las noches, de nueve a once, se reunían en un rinconcito del café de Occidente dos viejos a quienes los parroquianos llamaban «Las tijeras». Allí mismo se habían conocido, y lo poco que sabían uno del otro era esto: Don Francisco era soltero, jubilado, vivía solo con una criada vieja y un perrito de lanas muy goloso, que llevaba al café para regalarle el sobrante de los terroncitos de azúcar. Don Pedro era viudo, jubilado, tenía una hija casada, de quien vivía separado a causa del yerno. No sabían más. Los dos habían sido personas ilustradas.
Iban al café a desahogar su bilis en monólogos dialogados, amodorrados al arrullo de conversaciones necias y respirando vaho humano.
Don Pedro odiaba al perro de su amigo. Solía llevarse a casa la sobra de su azúcar para endulzar el vaso de agua que tomaba al levantarse de la cama. Había entre él y el perrillo una lucha callada por el azúcar que dejaban los vecinos. Cuando don Pedro veía al perrillo encaramarse al mármol relamiéndose el hocico, retiraba temblando sus terroncitos de azúcar. Alguna vez, mientras hablaba, pisaba como al descuido la cola del perrito, que se refugiaba en su dueño.
El amo del perro odiaba sin conocerla a la hija de don Pedro. Estaba harto de oirle hablar de ella como de su gloria y de su consuelo; mi hija por aquí, mi hija por allí, ¡siempre su hija! Cuando el padre se quejaba del sinvergüenza de su yerno, el amo del perro le decía: --Convénzase, don Pedro. La culpa es de la hija; si quisiera a usted como a padre, todo se arreglaría...¡Le quiere más a él! ¡Y es natural!
¡Su mujer de usted haría lo mismo!...El corazón del pobre padre se encogía de angustia al oir esto, y su pie buscaba la cola del perrito de aguas.
Un día el perro se comió, después de los terroncitos de su amo, los de don Pedro. Al día siguiente éste, con dignidad majestuosa, recogió, después de sus terrones, los del perro. Tras esto hablaron largo rato de la falta de justicia en el mundo.
Terribles eran las conversaciones de los viejos. Era un placer solitario y mutuo en las pausas del propio monólogo: oía cada uno los trozos del otro monólogo sin interesarse en el dolor petrificado que lo producía; lo oía, espectador sereno, como a eco puro que no se sabe de dónde sube. Iban a oir el eco de su alma sin llegar al alma de que partía.
Cuando entraba el último empezaba el tijereteo por un «¿qué hay de nuevo?», para concluir con un «¡miseria pura! ¡Todo es farsa!». Su placer era _meneallo_, emporcarlo todo para abonar el mundo.
No reproduciré aquellos monólogos como se producían; prefiero exponer su melodía pura.
--Sea usted honrado, don Francisco, y le llamarán tonto...--¡Con razón!
--¡Resignación!, predican los que se resignan a vivir bien. ¡Por resignarme me aplastaron!...--¡Y a mí por protestar!
--¡La vida es dura, don Pedro! Siempre oculté mis necesidades y me hubiera dejado morir de hambre en postura noble, como un gladiador que lucha por los garbanzos...¡Oh!, hay que saber lucir un remiendo cosido con arte...Yo no he sabido lloriquear a tiempo. Siempre soltero, jamás hubiera cumplido deseos santos, porque me quitaban el pan padres de hijos que tenían las lágrimas en el bolsillo. Yo me las tragaba...--Yo he sido casado, los solteros eran una sola boca, corrían sin carga, se contentaban con menos...Nada pude contra ellos...--Pude ser bandido y no lo quise.
--Yo quise serlo y no lo pude conseguir, se me resistía...--Dicen ahora que en la lucha por la vida vence el más apto. ¡Vaya una lucha! ¿El más apto? ¡Mentira, don Pedro!
--¡Verdad, don Francisco! Vence el más inepto porque es el más apto.
Todos luchan a quien más se rebaja, a quien más autómata, a quien más y mejor llora, a quien más y mejor adula. ¿Tener carácter?...¡Oh!
¿Quién es éste que quiere salir del coro y aspira a partiquino? Hay que luchar por la justicia, que no baja, como el rocío, del cielo; el que no llora, no mama. Apenas quedan más que dos oficios útiles, ladrón y mendigo, o la amenaza o las lágrimas. Hay que pedir desde arriba o desde abajo.
--¡Ah, don Francisco! El que para menos sirve, es el que mejor sirve.
--Aunque lo digan, yo no soy pesimista. No tiene la culpa el mundo si hemos nacido dislocados en él.
--No hay justicia, don Francisco; que aunque a las veces se haga lo justo, es a pesar de serlo.
--¡Mire usted, don Pedro, cómo le paga su hija!
El pobre padre buscaba la cola del perrito de aguas, mientras decía: --¡La caridad! ¡Otra como la justicia! ¡A cuántas almas fuertes mata la lucha por la caridad!...«Ah, éste sabe trabajar, no necesita», y todos pasan sin darle ni trabajo ni pan.
--¡La caridad, don Pedro! ¡Los pobres necesitaban el pan, me dieron palabras de consuelo..., les cuestan tan poco..., las tienen para su uso! ¡Los ricos me echaron mendrugos..., les cuesta tan poco..., los habrían echado a los perros! Nadie me ha dado pan con piedad; sobre el pan del cuerpo, miel del alma. He vivido del Estado: esa cosa anónima a la que nada agradezco.
--¡Ah, don Francisco! Pegan y razonan la paliza. No me duele el pisotón, sino el «usted perdone». La paliza basta, la razón sobra...Me decían: «Te conviene, es por tu bien, lo mereces»; mil sandeces más: echar en la herida plomo derretido.
--Tiene usted razón. Nadie me ha hecho más daño que los que decían hacérmelo por mi bien. Yo nací hermoso, como un gran diamante en bruto, me cogieron los lapidarios; a picazo y regla me pulieron las facetas; quedé brillante, ¡hermoso para un collar!...No quise ensartarme con los otros, ni engarzarme en oro; rodé por el arroyo; libre, el roce me gastó, he perdido el brillo y los reflejos, y hoy, opaco, achicado, apenas sirvo para rayar cristales.
--Corrí yo, tropezando en todas las esquinas para llegar al banquete.
«No te apresures, me decían al fin de cada jornada: aún tienes tiempo y no te faltará en la mesa, si no es un sitio, otro». Cuando llegué era tarde; el cansancio y el ayuno habían matado mi apetito, el resorte de mi vida; llegué a la ilusión desilusionado, harto en ayunas...¡Se me había indigestado la esperanza!
Un día unos estudiantes hicieron una judiada al pobre perrito. Su amo se incomodó, los chicos se le insolentaron y se armó cuestión. En lo más crudo de ésta, una ola de pendencia ahogó al padre que oía todo callado, se levantó, gruñó un saludo y se fué, dejando al amo del perro que se las arreglara. Pero al siguiente día volvió como siempre.
--Yo he sido siempre progresista--decía el amo del perro--; hoy no soy nada.
--¡Yo siempre moderado!...--Pero progresista suelto, desencasillado, fuera de comité...¡Eso me ha perdido!
--¡Eso nos ha perdido a los dos!
--¿Qué escarabajo es éste, don Pedro, que no tiene mote en los cuadros de la entomología política y social?
--Y mire usted, don Francisco, mire cómo viven Trigonidium cicindeloides, Anaplotermes pacificus, Termes lucifugus, Palingenia longicauda y tantos más de la especie tal, género cual, familia tal del orden de los insectos.
--Las ideas, don Pedro, no son mas que lastre...La única verdad es la verdad viva, el hombre que las lleva...Cuando quiere subir las arroja...--El hombre, don Francisco, es una verdad triste. Los buenos creen y esperan chupándose el dedo; los pillos se ayudan..., y al cabo, todos concluyen lo mismo. Yo creo en un Limbo para los buenos y en un Infierno para los malos.
--¡Feliz usted, don Pedro! ¡Feliz usted que tiene el consuelo de creer en el Infierno!
--Mi mayor placer después de estos parrafitos es dormir como un lirón.
Me gustaría acostarme para siempre con la esperanza de encontrar a la cabecera de mi cama mi vasito de agua azucarada un día que nunca llegue...¡Dormir para siempre arrullado por la esperanza dulce!
--¡Mi único consuelo, don Pedro, es el pensamiento puro, y aun éste, en cuanto vive se ensucia!...Así, aunque en otra forma, discurrían aquellos viejos que, arrecidos de frío, miraban con desdén la vida desde la cumbre helada de su soledad.
Amaban la vida y gozaban en maldecir del mundo, sintiéndose ellos, los vencidos, vencedores de él, el vencedor. Lo encontraban todo muy malo porque se creían buenos y gozaban en creerlo. Era la suya una postura como otra cualquiera. Creían que el sol es farsa, pero que calienta, y en él se calentaban.
Salían juntos y bien abrigados, y al separarse continuaba cada uno por su camino el monólogo eterno. Todas las noches murmuraban al separarse: ¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!
Un día faltó don Pedro al café, y siguió faltando con gran placer del perrito de aguas. Cuando el amo de éste supo que el padre había muerto, murmuró: «Pobre señor. ¡Algún disgusto que le ha dado su hija!
¿Si encontrará algún día el vaso de agua azucarada a la cabecera de la cama?». Y siguió su monólogo. El eco de su alma se había apagado, ¿quién era? ¿De dónde venía? ¿Cómo vivía? Ni lo supo ni intentó saberlo; quedó solo y no conoció su soledad.
Sigue yendo al rinconcito del café del Occidente. Los parroquianos le oyen hablar solo y le ven gesticular. Mientras da un terroncito de azúcar al perro que agita de gusto su colita rematada en un pompón, murmura: «¡Miseria pura, don Pedro, todo es farsa!». Y los parroquianos dicen: «¡Pobre señor! Desde que perdió la otra tijera, esa cabeza no anda bien. ¡Cuánto le afectó! ¡Se comprende..., a su edad!».
El amo del perro sale sin acordarse del padre de la hija, y sólo sigue tijereteando: ¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!
Y VA DE CUENTO...A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe, sí! Y ¿por qué?--preguntará el lector--. Pues, primero, porque casi todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deben ser héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, veámoslo.
P.--¿Qué es un héroe?
R.--Uno que da ocasión a que se pueda escribir sobre él un poema épico, un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o siquiera una gacetilla o una mera frase.
Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero, o quien fuese, al componer la _Ilíada_. Somos, pues, los escritores--¡oh, noble sacerdocio!--los que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes, y no habría heroísmo si no hubiese literatura. Eso de los héroes ignorados es una mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser _cantado_!
Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque le habían pedido uno. Aquél a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo de pedírselo, un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos.
Era, pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era héroe mi Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando este que escribo. Es decir, burla burlando, van los dos delante.
Y mi héroe, delante de las blancas o agarbanzadas cuartillas, fijos en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos sobre la mesilla de trabajo--y con esta descripción, me parece que el lector estará viéndole mucho mejor que si viniese _ilustrado_ esto--, se decía: «Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me