SigPhi · Miguel de Unamuno

La Tía Tula (Novela) (Spanish)

Page 3 of 5

que decir en la mesa: --No me mires así, que los niños ven.

Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, después de este rezo y hallándose presente el padre, añadió: --Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por papá también.

--Pero papá no se ha muerto, mamá Tula.

--No importa, porque se puede morir...--Eso, también tú.

--Es verdad; otro padrenuestro y avemaría por mí entonces.

Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a su cuñado le dijo secamente: --Esto no puede ser así. Si sigues sin reportarte tendré que marcharme de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo.

--Pero es que...--Lo dicho; no quiero que ensucies así, ni con miradas, esta casa tan pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de Rosa.

--¿Pero de qué crees que somos los hombres?

--De carne y muy brutos.

--¿Y tú, no te has mirado nunca?

--¿Qué es eso?--y se le demudó el rostro sereno.

--Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, ¿tienes derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia? ¿Es justo que me reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus ojos, con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero de un alma llena de cuerpo?

Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se callaba, mientras le tocaba a rebato el corazón.

--¿Quién tiene la culpa de esto?, dime.

--Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños piarían por mí, porque me quieren...--Más que a mí--dijo tristemente el padre.

--Es que yo no les besuqueo como tú ni les sobo, y cuando les beso, ellos sienten que mis besos son más puros, que son para ellos solos...--Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?, repito.

--Bueno, pues. Espera un año, esperemos un año; déjame un año de plazo para que vea claro en mí, para que veas claro en ti mismo, para que te --¿Y luego, cuando se acabe?

--Entonces...veremos...--Veremos...veremos...--Yo no prometo más.

--Y si en este año...--¿Qué? Si en este año haces alguna tontería...--¿A qué llamas hacer una tontería?

--A enamorarte de otra y volverte a casar.

--Eso...¡nunca!

--Qué pronto lo dijiste...--Eso...¡nunca!

--¡Bah! juramentos de hombres...--Y si así fuese, ¿quién tendrá la culpa?

--¿Culpa?

--¡Sí, la culpa!

--Eso sólo querría decir...--¿Qué?

--Que no le quisiste, que no le quieres a tu Rosa como ella te quiso a ti, como ella te habría querido de haber sido ella la viuda...--No, eso querría decir otra cosa, que no es...--Bueno, basta. ¡Ramirín!, ¡ven acá, Ramirín! Anda, corre.

Y así se aplacó aquella lucha.

Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos.

No quiso que a la niña se le ocupase demasiado en aprender costura y cosas así. «¿Labores de su sexo?--decía--, no, nada de labores de su sexo; el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos.»

Un día que Ramirín soltó una expresión soez que había aprendido en la calle y su padre iba a reprenderle, interrumpióle Gertrudis, diciéndole bajo: «No, dejarlo; hay que hacer como si no se ha oído; debe de haber un mundo de que ni para condenarlo hay que hablar aquí.»

Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera que quedaba para vestir santos, agregó: «¡o para vestir almas de niños!»

--Tulita es mi novia--dijo una vez Ramirín.

--No digas tonterías; Tulita es tu hermana.

--¿Y no puede ser novia y hermana?

--No.

--¿Y qué es ser hermana?

--¿Ser hermana? Ser hermana es...

--Vivir en la misma casa--acabó la niña.

Un día llegó la niña llorando y mostrando un dedo en que le había picado una abeja. Lo primero que se le ocurrió a la tía fué ver si con su boca, chupándoselo, podía extraerle el veneno como había leído que se hace con el de ciertas culebras. Luego declararon los niños, y se les unió el padre, que no dejarían viva a ninguna de las abejas que venían al jardín, que las perseguirían a muerte.

--No, eso sí que no--exclamó Gertrudis--; a las abejas no las toca nadie.

--¿Por qué? ¿Por la miel?--preguntó Ramiro.

--No las toca nadie, he dicho.

--Pero si no son madres, Gertrudis.

--Lo sé, lo sé bien. He leído en uno de esos libros tuyos lo que son las abejas, lo he leído. Sé lo que son las abejas estas, las que pican y hacen la miel; sé lo que es la reina y sé también lo que son los zánganos.

--Los zánganos somos nosotros, los hombres.

--¡Claro está!

--Pues mira, voy a meterme en política; me van a presentar candidato a diputado provincial.

--¿De veras?--preguntó Gertrudis, sin poder disimular su alegría.

--¿Tanto te place?

--Todo lo que te distraiga.

--Faltan once meses, Gertrudis...--¿Para qué?, ¿para la elección?

--¡Para la elección, sí!

X Y era lo cierto que en el alma cerrada de Gertrudis se estaba desencadenando una brava galerna. Su cabeza reñía con su corazón, y ambos, corazón y cabeza, reñían en ella con algo más ahincado, más entrañado, más íntimo, con algo que era como el tuétano de los huesos de su espíritu.

A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, cojía al hijo de éste y de Rosa, a Ramirín, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno virgen, palpitante de congoja y henchido de zozobra. Y otras veces se quedaba contemplando el retrato de la que fué, de la que era todavía su hermana y como interrogándole si había querido, de veras, que ella, que Gertrudis, le sucediese en Ramiro. «Sí, me dijo que yo habría de llegar a ser la mujer de su hombre, su otra mujer--se decía--, pero no pudo querer eso, no, no pudo quererlo...yo en su caso, al menos, no lo habría querido, no podría haberlo querido...¿de otra? ¡no, de otra no!

ni después de mi muerte...ni de mi hermana...¡de otra no! no se puede ser más que de una...No, no pudo querer eso; no pudo querer que entre él, entre su hombre, entre el padre de sus hijos y yo se interpusiese su sombra...no pudo querer eso. Porque cuando él estuviese a mi lado, arrimado a mí, carne a carne, ¿quién me dice que no estuviese pensando en ella? Yo no sería sino el recuerdo...¡algo peor que el recuerdo de la otra! No, lo que me pidió es que impida que sus hijos tengan madrasta. ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impediría...Porque entonces sí que sería madrasta. Y más si llegaba a darme hijos de mi carne y de mi sangre...» Y esto de los hijos de la carne hacía palpitar de sagrado terror el tuétano de los huesos del alma de Gertrudis, que era toda maternidad, pero maternidad de espíritu.

Y encerrábase en su cuarto, en su recatada alcoba, a llorar al pie de una imagen de la Santísima Virgen Madre, a llorar mientras susurraba: «el fruto de tu vientre...»

Una vez que tenía apretado a su seno a Ramirín, éste le dijo: --¿Por qué lloras, mamita?--pues habíale enseñado a llamarla así.

--Si no lloro...--Sí, lloras...--¿Pero es que me ves llorar...?

--No, pero te siento que lloras...Estás llorando...--Es que me acuerdo de tu madre...--¿Pues no dices que lo eres tú...?

--Sí, pero de la otra, de mamá Rosa.

--Ah, sí, la que se murió...la de papá...--¡Sí, la de papá!

--¿Y por qué papá nos dice que no te llamemos mamá, sino tía, tiíta Tula, y tú nos dices que te llamemos mamá y no tía, no tiíta Tula...?

--¿Pero es que papá os dice eso?

--Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, que todavía no eres más que nuestra tía...--¿Todavía?

--Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, pero que lo serás...Sí, que vas a ser nuestra mamá cuando pasen unos meses...«Entonces sería vuestra madrasta»--pensó Gertrudis, pero no se atrevió a desnudar este pensamiento pecaminoso ante el niño.

--Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mío...Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y severamente le dijo: --No andes diciéndole al niño esas cosas. No le digas que yo no soy todavía más que su tía, la tía Tula, y que seré su mamá. Eso es corromperle, eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver. Y si lo haces por influir con él sobre mí, si lo haces por moverme...--Me dijiste que te tomabas un plazo...--Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu hijo, un papel de...--¡Bueno, calla!

--Las palabras no me asustan, pero lo callaré. Y tú piensa en Rosa, --¡Tula!

--Basta. Y no busques madrasta para tus hijos, que tienen madre.

XI «ESTO necesita campo»--se dijo Gertrudis, e indicó a Ramiro la conveniencia de que todos ellos se fuesen a veranear a un pueblecito costero que tuviese montaña, dominando al mar y por éste dominada. Buscó un lugar que no fuese muy de moda, pero donde Ramiro pudiese encontrar compañeros de tresillo, pues tampoco le quería obligado a la continua compañía de los suyos. Era un género de soledad a que Gertrudis temía.

Allí todos los días salían de paseo, por la montaña, dando vista al mar, entre madroñales, ellos dos, Gertrudis y Ramiro, y los tres niños: Ramirín, Rosita y Elvira. Jamás, ni aun allí donde no los conocían--es decir, allí menos--se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con su cuñado, solos los dos. Al llegar a un punto en que un tronco tendido en tierra, junto al sendero, ofrecía, a modo de banco rústico, asiento, sentábanse en él ellos dos, cara al mar, mientras los niños jugaban allí cerca, lo más cerca posible. Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran en el suelo, sobre la yerba montañesa, Gertrudis le contestó: «¡No, en el suelo, no! yo no me siento en el suelo, sobre la tierra, y menos junto a ti y ante los niños...» «Pero si el suelo está limpio...si hay yerba...» «¡Te he dicho que no me siento así!» «No, la postura no es Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto tácito ya vedado de hablar entre ellos, la tía tenía en la boca un «¡Ramirín!» o «¡Rosita!» o «¡Elvira!» Le hablaba ella del mar y eran sus palabras, que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma. Gertrudis estaba brizando la pasión de Ramiro para adormecérsela. No le miraba casi nunca entonces, miraba al mar; pero en él, en el mar, veía reflejada por misterioso modo la mirada del hombre. El mar purísimo les unía las miradas y las almas.

Otras veces íbanse al bosque, a un castañar, y allí tenía ella que vigilarle, vigilarse y vigilar a los niños con más cuidado. Y también allí encontró el tronco derribado que le sirviese de asiento.

Quería atemperarle a una vida de familia purísima y campesina, hacer que se acostase cansado de luz y de aire libres, que se durmiese, oyendo fuera al grillo, para dormir sin ensueños, que le despertase el canto del gallo y el trajineo de los campesinos y los marineros.

Por las mañanas bajaban a una pequeña playa, donde se reunía la pequeña colonia veraniega. Los niños, descalzos, entreteníanse, después del baño, en desviar con los pies el curso de un pequeño arroyuelo vagabundo e indeciso que por la arena desaguaba en el mar. Ramiro se unió alguna vez a este juego de los niños.

Pero Gertrudis empezó a temer. Se había equivocado en sus precauciones.

Ramiro huía del tresillo con sus compañeros de colonia veraniega y parecía espiar más que nunca la ocasión de hallarse a solas con su cuñada. La casita que habitaban tenía más de tienda de gitanos trashumantes que de otra cosa. El campo, en vez de adormecer no la pasión, el deseo de Ramiro, parecía como si se lo excitase más, y ella misma, Gertrudis, empezó a sentirse desasosegada. La vida se les ofrecía más al desnudo en aquellos campos, en el bosque, en los repliegues de la montaña. Y luego había los animales domésticos, los que cría el hombre, con los que era mayor allí la convivencia. Gertrudis sufría al ver la atención con que los pequeños, sus sobrinos, seguían los juegos del averío. No, el campo no rendía una lección de pureza. Lo puro allí era hundir la mirada en el mar. Y aun el mar...La brisa marina les llegaba como un aguijón.

--¡Mira qué hermosura!--exclamó Gertrudis una tarde, al ocaso, en que estaban sentados frente al mar.

Era la luna llena, roja sobre su palidez, que surgía de las olas como una flor gigantesca y solitaria en un yermo palpitante.

--¿Por qué le habrán cantado tanto a la luna los poetas?--dijo Ramiro;--¿por qué será la luz romántica y de los enamorados?

--No lo sé, pero se me ocurre que es la única tierra, porque es una tierra...que vemos sabiendo que nunca llegaremos a ella...es lo inaccesible...El sol no, el sol nos rechaza; gustamos de bañarnos en su luz, pero sabemos que es inhabitable, que en él nos quemaríamos, mientras que en la luna creemos que se podría vivir y en paz y crepúsculo eternos, sin tormentas, pues no la vemos cambiar, pero sentimos que no se puede llegar a ella...Es lo intangible...--Y siempre nos da la misma cara...esa cara tan triste y tan seria...

es decir, siempre ¡no! porque la va velando poco a poco y la oscurece del todo y otras veces parece una hoz...--Sí--y al decirlo parecía como que Gertrudis seguía sus propios pensamientos sin oir los de su compañero, aunque no era así--; siempre enseña la misma cara porque es constante, es fiel. No sabemos cómo será por el otro lado...cuál será su otra cara...--Y eso añade a su misterio...--Puede ser...puede ser...Me explico que alguien anhele llegar a la luna...¡lo imposible!...para ver cómo es por el otro lado...para conocer y explorar su otra cara...--La oscura...--¿La oscura? ¡Me parece que no! Ahora que esta que vemos está iluminada la otra estará a oscuras, pero o yo sé poco de estas cosas o cuando esta cara se oscurece del todo, en luna nueva, está en luz por el otro, es luna llena de la otra parte...--¿Para quién?

--¿Cómo para quién...?

--Sí, que cuando el otro lado alumbra ¿para quién?

--Para el cielo, y basta. ¿O es que a la luna la hizo Dios no más que para alumbrarnos de noche a nosotros, los de la tierra? ¿O para que hablemos estas tonterías?

--Pues bien, mira, Tula...--¡Rosita!

Y no le dejó comentar la intangibilidad y la plenitud de la luna.

Cuando ella habló de volver ya a la ciudad apresuróse él a aceptarlo.

Aquella temporada en el campo, entre la montaña y el mar, había sido estéril para sus propósitos. «Me he equivocado--se decía también él--; aquí está más segura que allí, que en casa; aquí parece embozarse en la montaña, en el bosque, y como si el mar le sirviese de escudo; aquí es tan intangible como la luna, y entretanto este aire de salina filtrado por entre rayos de sol enciende la sangre...y ella me parece aquí fuera de su ámbito y como si temiese algo; vive alerta y diríase que no duerme...» Y ella a su vez se decía: «No, la pureza no es del campo, la pureza es de celda, de claustro y de ciudad; la pureza se desarrolla entre gentes que se unen en mazorcas de viviendas para mejor aislarse; la ciudad es monasterio, convento de solitarios; aquí la tierra, sobre que casi se acuestan, las une y los animales son otras tantas serpientes del paraíso...¡a la ciudad, a la ciudad!»

En la ciudad estaba su convento, su hogar, y en él su celda. Y allí adormecería mejor a su cuñado. Oh, si pudiese decir de él--pensaba--lo que Santa Teresa en una carta--Gertrudis leía mucho a Santa Teresa--decía de su cuñado don Juan de Ovalle, marido de doña Juana de Ahumada: «El es de condición en cosas muy aniñado...» ¿Cómo le aniñaría?

XII AL fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta mujer había rehuído siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero las interpretaba a su modo. Su pobre tío, don Primitivo, el sacerdote ingenuo que las había criado a las dos hermanas y les enseñó el catecismo de la doctrina cristiana explicado según _el Mazo_, sintió siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la que admiraba. «Si te hicieses monja--solía decirle--llegarías a ser otra Santa Teresa...Qué cosas se te ocurren, hija...» Y otras veces: «Me parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a herejía; ¡hum! No lo sé...no lo sé...porque no es posible que te inspire herejías el ángel de tu guarda, pero eso me suena así como a...qué sé yo...» Y ella le contestaba riendo: «Sí, tío, son tonterías que se me ocurren, y ya que dice usted que huele a herejía no lo volveré a pensar.» Pero ¿quién pone barreras al pensamiento?

Gertrudis se sintió siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran, porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una huérfana cargada de hijos. Ella sería el báculo de todos los que la rodearan; pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese firme en su sendero, si su corazón empezaba a bambolear y enflaquecer, ¿quién la sostendría a ella? ¿quién sería su báculo? Porque ella, tan henchida del sentimiento, de la pasión mejor, de la maternidad, no sentía la filialidad. «¿No es esto orgullo?»--se preguntaba.

No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre Alvarez, su congoja. Y le contó la declaración y proposición de Ramiro, y hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella todavía madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel hogar y cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para mejor consagrarse a los hijos de Rosa.

--Pero lo de su cuñado lo encuentro muy natural--arguyó el buen padre de almas.

--Es que no se trata ahora de mi cuñado, padre, sino de mí; y no creo que haya acudido a usted también en busca de alianza...--¡No, no, hija, no!

--Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que ustedes, los padres, se dedican a casamenteros...--Yo lo único que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuñado, viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y más natural, y hasta santo, que busque otra madre para sus hijos...--¿Otra? ¡Ya la tiene!

--Sí; pero...y si ésta se va...--¿Irme? ¿Yo? Estoy tan obligada a esos niños como estaría su madre de carne y sangre si viviese...--Y luego eso da que hablar...--De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da...--¿Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examínese y mire si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de desafiar la opinión pública...--Y si así fuese, ¿qué?

--Que eso sí que es pecaminoso. Y después de todo, la cuestión es otra...--¿Cuál es la cuestión?

--La cuestión es si usted le quiere o no. Esta es la cuestión. ¿Le quiere usted, sí o no?

--¿Pero le rechaza?

--¡Rechazarle...no!

--Si cuando se dirigió a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a usted...--¡Padre! ¡Padre!--y su voz gemía.

--Sí, por ahí hay que verlo...--¡Padre; que eso no es pecado...!

--Pero ahora se trata de dirección espiritual, de tomar consejo...Y sí, es pecado, es acaso pecado...Tal vez hay aquí unos viejos celos...--¡Padre!

--Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún...--Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis hijos, porque éstos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de todo mi corazón; pero para marido no. Yo no puedo ocupar en su cama el sitio que ocupó mi hermana...Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles madrasta a mis hijos...--¿Madrasta?

--Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi corazón, les daré madrasta a éstos, y más si llego a tener hijos de carne y de sangre con él. Esto, ahora ya...¡nunca!

--Ahora ya...--Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón...mis hijos...--Pero piense en él, en su cuñado, en su situación...--¿Que piense...?

--¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él?

--Sí que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo mío.

--Le ayuda...le sostiene...--Sí, le ayudo y le sostengo a ser padre...--A ser padre...a ser padre...Pero él es un hombre...--¡Y yo una mujer!

--Es débil...--¿Soy yo fuerte?

--Más de lo debido.

--¿Más de lo debido? ¿Y lo de la mujer fuerte?

--Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido?

¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma...--Pero si no le dejo solo...--Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique más claro...--Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está solo.

¡Quien está sola soy yo! Sola...sola...siempre sola...--Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse...»

--Pero si no me abraso...--¿No se queja de su soledad?

--No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre, alude. No, no es esa. No me abraso...--¿Y si se abrasa él...?

--Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos...--Bueno, pero ya me entiende...

--Demasiado.

--Y por si no, le diré más claro aún que su cuñado corre peligro, y que si cae en él, le cabrá culpa...--¿A mí?

--¡Claro está!

--No lo veo tan claro...Como no soy hombre...--Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de tener hijos con él, ¿no es así?

--Sí, así es. Si tuviéramos hijos llegaría yo a ser, quieras o no, madrasta de los que me dejó mi hermana...--Pero el matrimonio no se instituyó sólo para hacer hijos...--Para casar y dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo.

--Dar gracia a los casados...¿Lo entiende?

--Apenas...--Que vivan en gracia, libres de pecado...--Ahora lo entiendo menos...--Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.

--¿Pero por qué se pone así...? ¿Por qué se altera...?

--¿Qué es el remedio contra la sensualidad? ¿El matrimonio o la mujer?

--¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada.

¿Qué es eso de considerarme remedio? ¡Y remedio...contra eso! No, me estimo en más...--Pero si es que...--No, ya no sirve. Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me habría casado con él para tenerlos...para tenerlos de él...pero, --Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado...--¿A mí? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre, que no podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo sé la de usted ni usted sabe la mía.

Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar: tan doloridas le habían quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez le dolían las articulaciones del alma y sentía su soledad más hondamente que nunca. «¡No, no me entiende--se decía--, no me entiende; hombre al fin! ¿Pero me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su compañero...? No lo sé...no lo sé...»

XIII Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salía mucho de casa. Pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El secreto estaba en él, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logró sorprender miradas de conocimiento íntimo entre Ramiro y la criada de servicio.

Era Manuela una hospiciana de diez y nueve años, enfermiza y pálida, de un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber por qué temblaba, llamábale «señora». Ramiro quiso hacer que le llamase «señorita».

--No, llámame así, señora; nada de señorita...En general parecía como que la criada le temiera, como avergonzada o amedrentada en su presencia. Y a los niños los evitaba y apenas si les dirigía la palabra. Ellos, por su parte, sentían una indiferencia, rayana en despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de ella, por ciertas sus maneras de hablar, lo que la ponía de grana. «Lo extraño es--pensaba Gertrudis--que a pesar de todo no quiera irse...tiene algo de gata esta mozuela.» Hasta que se percató de lo que podría haber escondido.

Un día logró sorprender a la pobre muchacha cuando salía del cuarto de Ramiro, del señorito--porque a éste sí que le llamaba así--toda encendida y jadeante. Cruzáronse las miradas y la criada rindió la suya.

Pero llegó otro en que el niño, Ramirín, se fué a su tía y le dijo: --Dime, mamá Tula, ¿es Manuela también hermana nuestra?

--Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos.

--Sí, pero como nosotros, los que vivimos juntos...--No, porque aunque vive aquí ésta no es su casa...--¿Y cuál es su casa?

--¿Su casa? No lo quieras saber. ¿Y por qué preguntas eso?

--Porque le he visto a papá que la estaba besando...Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a Ramiro: --Tenemos que hablar.

--Pero si aun faltan ocho meses...--¿Ocho meses?

--¿No hace cuatro que me diste un año de plazo?

--No se trata de eso, hombre, sino de algo más serio.

A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.

--¿Más serio?

--Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.

--Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?

--¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?

--¡Claro que sí!

--Pues bien, Ramiro: se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán conmigo.

--¿Pero estás loca, Gertrudis?

--Quien está loco eres tú.

--Pero qué querías...--Nada, o yo o ella. O me voy o echas a esa criadita de casa.

Siguióse un congojoso silencio.

--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al Hospicio otra vez?

--A servir a otra casa.

--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar--y el hombre rompió a llorar.

--¡Pobre hombre!--murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya--. Me das pena.

--Pero has dicho que no la puedes echar...--Es verdad; no la puedo echar--y volvió a abatirse.

--¿Qué, pues?, ¿que no va sola?

--No, no irá sola.

--Los ocho meses del plazo, ¿eh?

--Estoy perdido, Tula, estoy perdido.

--No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana, la sin amparo.

--Es verdad, es verdad...--Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio...--¿Remedio? ¿Y fácil?--y se atrevió a mirarle a la cara.

--Sí; casarte con ella.

Un rayo que le hubiese herido no le habría dejado más deshecho que esas palabras sencillas.

--¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una hospiciana? ¡Y me lo dices tú!...

--¡Y quién si no había de decírtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus hijos.

--¿Que les dé madrasta?

--¡No, eso no!, que aquí estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también.

Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo, tiene derecho a su hijo y al padre de su hijo.

--Pero Gertrudis...--Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sí--y su voz, serena y pastosa, resonó como una campana--. Rosa, tu mujer, te dice por mi boca que te cases con la hospiciana. ¡Manuela!

--«¡Señora!»--se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada junto al fogón, en la cocina, había estado oyéndolo todo, no se movió de su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco se movió.

--Ven acá, o iré a traerte.

La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.

--Descubre la cara y míranos.

--¡No, señora, no!

--Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo que de ti ha hecho.

--Perdón, yo, señora, y a usted...--No, te pide perdón y se casará contigo.

--¡Pero señora!--clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero Gertrudis!»

--Lo he dicho, se casará contigo: así lo quiere Rosa. No es posible dejarte así. Porque tú estás ya...¿no es eso?

--Creo que sí, señora, pero yo...--No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa...--Pero se podría arreglar...--Bien sabe aquí Manuela--dijo Ramiro--que nunca he pensado en abandonarla...Yo le colocaría...--Sí, señora, sí; yo me contento...--No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O, mejor, aquí Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el Hospicio, ¿no es eso?

--Sí, señora.

--Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su padre, y le tendrá. Y ahora vete...vete a tu cuarto, y déjanos.

Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas: --Me parece que no dudarás ni un momento...--¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!

--La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas.

--Consúltalo siquiera con el padre Alvarez.

--No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.

--Pero si ella te dijo que no dieses madrasta a sus hijos...--¿A sus hijos? ¡Y tuyos!

--Bueno, sí, a nuestros hijos...

--Y no les daré madrasta. De ellos, de los nuestros, seguiré siendo yo la madre, pero del de ésa...--Nadie le quitará de ser madre...--Sí, tú si no te casas con ella. Eso no será ser madre...--Pues ella...--¿Y qué? ¿Porque ella no ha conocido a la suya pretendes tú que no lo sea como es debido?

--Pero fíjate en que esta chica...--Tú eres quien debió fijarse...--Es una locura...una locura...--La locura ha sido antes. Y ahora piénsalo, que si no haces lo que debes el escándalo le daré yo. Lo sabrá todo el mundo.

--¡Gertrudis!

--Cásate con ella, y se acabó.

XIV UNA profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de Ramiro con la hospiciana. Y ésta parecía aún más que antes la criada, la sirvienta, y más que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzábase ésta más que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los niños, y que éstos se percataran lo menos posible de aquella convivencia íntima. Mas hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeños el caso.

Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a comer con los de casa? Porque esto exigió Gertrudis.

--Por Dios, señora--suplicaba la Manuela--, no me avergüence así...mire que me avergüenza...Hacerme que me siente a la mesa con los señores, y sobre todo con los niños...y que hable de tú al señorito...¡eso nunca!

--Háblale como quieras, pero es menester que los niños, a los que tanto temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no podrán ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataréis mejor. Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba.

La preñez de Manuela fué, en tanto, molestísima. Su fragilísima fábrica de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le recomendaba que ocultase a los niños lo anormal de su estado.

Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado que nunca al albedrío de Gertrudis.

--Sí, sí, bien lo comprendo ahora--decía--, no ha habido más remedio, pero...--¿Te pesa?--le preguntaba Gertrudis.

--De haberme casado, ¡no! De haber tenido que volverme a casar, ¡sí!

--Ahora no es ya tiempo de pensar en eso; ¡pecho a la vida!

--¡Ah, si tú hubieras querido, Tula!

--Te di un año de plazo; ¿has sabido guardarlo?

--¿Y si lo hubiese guardado como tú querías, al fin de él qué, dime?

Porque no me prometiste nada.

--Aunque te hubiese prometido algo habría sido igual. No, habría sido peor aún. En nuestras circunstancias, el haberte hecho una promesa, el haberte sólo pedido una dilación para nuestro enlace, habría sido peor.

--Pero si hubiese guardado la tregua como tú querías que la guardase, dime: ¿qué habrías hecho?

--No lo sé.

--Que no lo sabes...Tula...que no lo sabes...--No, no lo sé; te digo que no lo sé.

--Pero tus sentimientos...--Piensa ahora en tu mujer, que no sé si podrá soportar el trance en que la pusiste. ¡Es tan endeble la pobrecilla! Y está tan llena de miedo.

Sigue asustada de ser tu mujer y ama de su casa.

Y cuando llegó el peligroso parto repitió Gertrudis las abnegaciones que en los partos de su hermana tuviera, y recojió al niño, una criatura menguada y debilísima, y fué quien lo enmantilló y quien se lo presentó a su padre.

--Aquí le tienes, hombre, aquí le tienes.

--¡Pobre criatura!--exclamó Ramiro sintiendo que se le derretían de lástima las entrañas a la vista de aquel mezquino rollo de carne viviente y sufriente.

--Pues es tu hijo, un hijo más...Es un hijo más que nos llega.

--Sí, también a mí; no he de ser madrasta para él, yo que hago que no lo tengan los otros.

Y así fué que no hizo distinción entre uno y otros.

--Eres una santa, Gertrudis--le decía Ramiro--, pero una santa que ha hecho pecadores.

--No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos, santos a tus hijos y a ti y a tu mujer.

--¡Mi mujer!...--Tu mujer, sí; la madre de tu hijo. ¿Por qué le tratas con ese cariñoso despego y como a una carga?

--¿Y qué quieres que haga, que me enamore de ella?

--¿Pero no lo estabas cuando la sedujiste?

--¿De quién? ¿De ella?

--Ya lo sé, ya sé que no; pero lo merece la pobre...--¡Pero si es la menor cantidad de mujer posible, si no es nada!

--No, hombre, no; es más, es mucho más de lo que tú te crees. Aun no la has conocido.

--Si es una esclava...--Puede ser, pero debes libertarla...La pobre está asustada...nació asustada...Te aprovechaste de su susto...--No sé, no sé cómo fué aquello...--Así sois los hombres; no sabéis lo que hacéis ni pensáis en ello.

Hacéis las cosas sin pensarlas...--Peor es muchas veces pensarlas y no hacerlas...--¿Por qué lo dices?

--No, nada, por nada...

--¿Tú crees sin duda que yo no hago más que pensar?

--No, no he dicho que crea eso...--Sí, tú crees que yo no soy más que pensamiento.

XV DE nuevo la pobre Manuela, la hospiciana, la esclava, hallábase preñada.

Y Ramiro muy malhumorado con ello.

--Como si uno no tuviese bastante con los otros...--decía.

--¡Y yo qué quieres que le haga!--exclamaba la víctima.

--Después de todo, tú lo has querido así--concluía Gertrudis.

Y luego, aparte, volvía a reprenderle por el trato de compasivo despego que daba a su mujer. La cual soportaba esta preñez aún peor que la otra.

--Me temo por la pobre muchacha--vaticinó don Juan, el médico, un viudo que menudeaba sus visitas.

--¿Cree usted que corre peligro?--le preguntó Gertrudis.

--Esta pobre chica está deshecha por dentro; es una tísica consumada y consumida. Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la Naturaleza, que es muy sabia...--¡La Naturaleza no! La Santísima Virgen Madre, don Juan--le interrumpió Gertrudis.

--Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer.

Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo...--No, la Virgen es la Gracia...