mismo que a un lobo para que escarmentasen los lobos que se estaban criando en la madriguera, dispuestos a devorarnos. Decía que estas cosas no suceden sino en el país que las sufre; que donde los hombres tienen bragas, no se conciben ciertos abusos; que en Aragón o Castilla ya le habrían ajustado a Lobeiro la cuenta con el trabuco o la navaja; que si el cacique se le ponía delante, él, aunque se perdiese y dejase desamparadas madre y hermanita, era capaz de arrancarle los dientes a la fiera. Al pronto le oían asustados; pero como todo se pega, y el valor y el miedo, en particular, son contagiosos lo mismo que el cólera, iba formándose alrededor de Cristo un núcleo de gente que le daba la razón, diciendo que por todos los medios había que descartarse de Lobeiro y conjurar aquella plaga. Los gallegos no somos cobardes, ¡quiá! Lo que nos falta a veces es la iniciativa del valor. Necesitamos uno que empiece, y ¡zás! allá seguimos de reata. Cristo iba sumando voluntades, y conforme pasaba tiempo y veían que de hablar así no se le originaba perjuicio alguno, la algarada crecía, y el cacique, intimidado, en nuestro concepto, por haber encontrado al fin quien le presentase la cara, andaba mansito y derecho; como que pasaron más de tres meses sin sabérsele ninguna fechoría mayor.
El día de la feria grande de Arnedo, que es allá por el mes de Abril, en Pascua, volvía yo a mi parroquia, después de pasar el rato bebiendo un poco de Tostado y comiendo unas rosquillas, cuando a poca distancia del pueblo empareja con mi mula la yegüecilla de Ramón Limioso (usted le conoce); el señorito del Pazo, un caballero cumplidísimo, y me pregunta lo mismito que yo le pregunto a usted:--Y Cristo, ¿le ha visto usted en la feria?--¿Cristo? No. No lo encontré...por ninguna parte.--¿Tampoco en el mesón?--Tampoco.--¿A qué horas vino usted?--Tempranito: a las siete ya andaba yo en Arnedo.--¿Sabe que me choca?--¿Y por qué ha de chocarle?--Porque estábamos citados: él quería deshacerse de su jaco, y yo le vendía mi toro, o se lo cambalachaba; según.--¡Bah! Cristo es un rapaz todavía; aún no cumplió los treinta...¡sabe Dios por dónde anda a estas horas!--No, Eugenio; pues yo le digo que me choca; que me escama.--Aun vendrá, hombre. Son las tres, y hasta las seis o siete de la tarde no se deshace la feria.
Ramón Limioso meneó la cabeza, y volvió grupas hacia Arnedo. Ni me acordé más del asunto, hasta que a las veinticuatro horas me llegó el primer rum rum de la desaparición de Cristo. El mismo misterio que en lo de su tío Castañeda; ni rastro del muchacho por ninguna parte. La madre andaba como loca, pregunta que te preguntarás, de casa en casa; la hermana salía de un ataque nervioso para caer en un síncope; la justicia local, como de costumbre, se lavaba las manos--imposible parece que así y todo las tenga tan puercas--y del chico, ni esto. Por fin, al cabo de una semana, lo que es aparecer, apareció...¿Pero dónde? Metido en un hórreo, hecho una lástima, en descomposición...Son pormenores horribles; bueno, se trata de que se imponga usted de cómo la cosa ocurriera. Yo vi el cadáver y me convencí de que no había exageración ninguna en lo que se refirió después. Debían de haberle atormentado mucho tiempo, porque estaba el cuerpo hecho una pura llaga: a mí se me figura que lo azotaron con cuerdas, o que lo tundieron a varazos: las señales eran como rayas o surcos en el pellejo. Para acabarlo le dieron un corte así en la garganta. El rostro, desfiguradísimo; sólo una madre--¡pobre señora!--conoce y se arroja a besar un rostro semejante.
Sí, estoy conforme: es una infamia, un crimen que clama al cielo, lo que usted guste...Pero usted también va a convenir conmigo. También va a decir que todo ello es moco de pavo en comparación del último refinamiento salvaje, de que no tiene noticia aun. Porque matar, atormentar, se llama así, atormentar y matar y se acabó; ¿cómo se llama el escarnio, la befa más inconcebible, el reto a Dios, que consiste en lo siguiente: elegir, para dar tal género de muerte a ese hombre que la gente apodaba Cristo...elegir...¿qué día del año piensa usted?
* * * * * --Pecador soy como el que más--prosiguió el párroco de Naya con la voz y el gesto transformados por una seriedad profunda;--pecador soy, indigno de que Dios baje a estas manos; no tengo vocación de santo como el cura de Ulloa, ni me gusta echar sermones con requilorios como el de Xabreñes; pero en semejante ocasión, al enterarme de la monstruosidad, no sé qué hormigueo me entró por el cuerpo, no sé qué vuelta me dió la sangre ni qué luminarias me danzaron delante de los ojos...que, vamos, al pino más alto del pinar de Morlán me subiría para gritar: ¡maldición y anatema sobre Lobeiro!--¡La plática que les encajé a mis feligreses el domingo! Ni Isaías...fuera el alma.--Con un arrebato que aun hoy me asombra, les dije que Dios, al parecer, se hace el sordo y el ciego, pero es como quien toma carrera para saltar mejor; que ningún crimen queda impune; que la sangre de Abel siempre grita venganza, y que me creyesen a mí, que a fe de Eugenio, nadie se quedaría sin su merecido, y por medios inescrutables, pero seguros, cuando estuviese más descuidado.
«Quien fosa cava, en ella caerá», me acuerdo que grité como un energúmeno. Por supuesto que era hablar por no callar: tanto sabía yo del castigo dichoso, como de la primer camisa que vestí: sólo que en aquel entonces de veras me parecía que así iba a suceder, que Lobeiro estaba emplazado, y que la inspiración hablaba por mi boca. _Spiritus ejus in ore meo_.
Poco a poco se fué acallando el _rebumbio_ del asesinato de Cristo. La madre y la hermana, convertidas en dos sombras, flaquitas y de riguroso luto, fueron el único recuerdo que quedó de la tragedia. En la gente siempre fermentaba el odio contra el cacique; pero lo comprimía el temor. Es de advertir que por entonces _los_ de Lobeiro cayeron, y necesariamente el maldito, no teniendo la sartén por el mango, se reportó en sus exacciones y sus iniquidades. El país respiró unas miajas. El bando de Trampeta aleteó. Lobeiro, en el interregno, se dedicó a una ocupación pacífica: reconstruir su casa, que era muy vieja, y ya mezquina para las exigencias de su nueva posición; porque la fortuna del cacique había crecido mucho, y su mujer, amiga de lujos, de comilonas y de tirar de largo, le metió en la cabeza hacer vivienda nueva y la verdad, con todos los perendengues: dos pisos de piedra sillar, magnífica; ventanas con unas rejas imponentes: puerta como la de un castillo: su gran escalera, su sala de recibir, su cocina hermosísima...¡Una casa para Orense! En el país se hablaba mucho de tal edificio, y de la seguridad que ofrecía, y de las precauciones que revelaba aquel modo de edificar--, precauciones debidas a los muchos enemigos que tenía el cacique.
Enemigos, a miles se le podían contar; y sin embargo, como el hombre se mantenía agachado, nadie se metía con él, temeroso de despertarle. El gran alboroto fué el que se armó cuando de repente, sin que lo barruntásemos ni poco ni mucho, se volcó la tortilla y subió nuevamente al poder el partido de Lobeiro.
¡Madre mía! el terror que cayó sobre nosotros! Lobeiro otra vez mandando, rey otra vez de la comarca; otra vez a su disposición la hacienda, la tranquilidad, la vida de todos; otra vez los cadáveres en los hórreos o en el fondo del Avieiro o en un hoyo profundo, allá por las asperezas de algún pinar! ¿Quién respirar? ¿Quién dormiría tranquilo? ¿Quién estaba seguro de no perecer martirizado?
Usted se va a reir si le digo una cosa. No, no se reirá: al contrario: se hará cargo mejor que nadie, porque tiene costumbre de considerar estas singularidades propias de la naturaleza humana.--El miedo, a veces, es el mejor agente del valor. Sí: por miedo se verifican actos de heroísmo: por desesperación se realizan acciones que en estado normal nos ponen los pelos de punta. Una persona que se ve rodeada de llamas, o teme que el incendio se propague y la pille encerrada en una habitación y el humo la asfixie, no se encomienda a Dios ni al diablo para arrojarse de un quinto piso a la calle, aunque se estrelle. Con esto quiero decir cómo, a las gentes de Cebre y sus cercanías, el propio terror de caer en las uñas de Lobeiro les infundió una determinación tremenda, adoptada con cautela tal, que todo lo hicieron en el mismo silencio y unión que cuenta usted que profesan los nihilistas rusos.
Verá, verá cómo ocurrió la cosa.
Llegado el día de la fiesta de la Virgen en el santuario de Boán, fuí yo allá convidado por el cura, que es amigo. Se reunió una muchedumbre, que era aquello un hormiguero: hubo sus cohetes, sus gaitas, sus bailes, sus calderadas de pulpo y su tonel de mosto: lo que sabe usted que nunca falta en tales romerías. También andaban algunas señoritas muy emperifolladas dando vueltas y luciendo los trapitos flamantes: y la más bonita de todas, Micaeliña, que paseaba con la madre por debajo de los robles, hecha un sol de guapa. Acababa de cumplir los trece años: se conoce que estrenaba vestido, y no cabía en sí de contenta: el vestido era blanco, con lazos color de rosa, precioso, de seda riquísima, un disparate para una chiquilla así. La madre: «Micaeliña, no te arrugues»--por aquí--y «Micaeliña, no te manches», por allá; y la criatura, al principio, respetando mucho la gala; pero, ya se ve, luego se cansó de guardarle miramientos al vestido majo, y vino disparada a tirarme del balandrán. «Eugenio, ¿corremos?» Al principio fué a remolque; pero al fin...este pícaro genio gaitero que tengo yo...me hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo como locos. Y cuidado que me daba no sé qué por el cuerpo ver a Lobeiro allí, a dos pasos, con sus manos donde yo sabía que había manchas de sangre fresca.
El diantre del cacique, cuando me vió tan divertido con la hija, me llamó aparte, y sin mirarme una vez siquiera, me dijo: «Hombre, Eugenio, hágame un favor: convenza a mi mujer y a la chiquilla de que va a estar muy bien Micaela en el colegio de Orense.»
--¿Y usted se separa de ella?--pregunté con asombro.
--Sí, hombre...Cosas que uno hace porque no tiene remedio--, contestó él muy encapotado y a media habla.
Así que la familia de Lobeiro y los adláteres que siempre le escoltaban se retiraron de la romería, le pregunté al cura de Boán, extrañándome de la idea de enviar a Orense la chiquilla, cuando precisamente era el encanto de su padre. Boán me dió una explicación plausible:--«Eso lo hace por no exponer a la chiquilla a un fracaso. Lo tienen amenazado de muerte, y veinte veces ya le avisaron de que su casa ha de arder. Y aunque él dice que conforme la construyó no es tan fácil pegarle fuego, no quiere tener aquí a Micaeliña, porque recela alguna barbaridad.»--Ya verá usted, señora, cómo efectivamente, no ardió la casa de Lobeiro.
* * * * * Yo dormí en la rectoral de Boán aquella noche. Se había empinado y manducado muy regular, de modo que el primer sueño fué de piedra. Estaba como una marmota, que si me sueltan un redoble de tambor en los mismos oídos, no doy a pie ni a mano. Con que figúrese lo que sería la explosión, para que me incorporase en la cama de un brinco.
¡Puummm! ¡Booom! Nunca acababa de sonar. Yo a obscuras, a tientas, buscando las cerillas y gritando por el criado:--¡Eh! ¡Ave María Purísima! ¡Rosendo! Condenado, ¿duermes o qué haces? ¿Se cae la casa?
¡Jesús, Dios y Señor, misericordia!
Por fin encendí el fósforo, y cuando entró Rosendo todo aturdido, en ropas menores, ya no pudo aguantar la risa. El muchacho todo se espantó.
--Sí, ríase, que es para reir. Señor, no ría, que es pecado. Estoy que se me _arrepian_ las carnes.
--Pero, ¿qué hay? ¿qué demonios pasa?
--¿Y quién lo sabe, a no ser un brujo? Parece que se ha hundido mismamente el mundo todo de la tierra.
Escuché. Nada, silencio. Salí a la ventana. Ni señal de cosa alguna. Me senté: estaba sano y bueno. El cura de Boán andaba por allí aturdido, dando vueltas. Nos pusimos a hacer comentarios. Nadie se quiso volver a la cama. Cada uno decía su cosa, cuando ¡tras, tras! a la puerta...Al señor cura de Boán, que vaya a dar los santos óleos y a confesar a Lobeiro, que se muere...Boán está a medio cuarto de legua de la casa de Lobeiro. El que traía el recado nos enteró de todo.
Mientras Lobeiro y su hija y sus satélites estaban de parranda, con mucho tiento, al pie del balcón mayor, _habían_ depositado veintiséis cartuchos de dinamita--lo bastante para volar una fortaleza--y su mecha correspondiente. Hecho esto, retiráronse con tranquilidad, pie ante pie.
A la noche, recogida ya la familia, _alguien_ cogió el cabo de mecha, le prendió fuego y se apartó con mucha calma. De los veintiséis cartuchos, sólo diez o doce se inflamaron. Pero fué todo lo preciso.
No salvó alma viviente. Entre los escombros de la casa yacían el cadáver de la mujer de Lobeiro, el tronco mutilado del criado y el cuerpo de Micaeliña, muerta como una paloma, con sangre en las sienes, tendida al lado de su padre. El lobo aún vivía; fué el único que no pereció en el acto. Antes de expirar, tuvo una hora larga de contemplar a su oveja difunta...Digan lo que quieran los sabios esos del materialismo...¡Retaco! Yo juro que hay Dios, y un Dios que castiga sin palo ni piedra...Con dinamita; corriente. ¡Con lo que sale!
El sencillo Don Rafael CAZADOR Y TRESILLISTA (UNAMUNO) EL SENCILLO DON RAFAEL CAZADOR Y TRESILLISTA Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo del corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él sólo, enteramente sólo. Sólo con su vida.
Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por eso vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, iba a buscar una sola carta para dar bola, solía repetir Don Rafael que hay cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez por creer en algo y no tener la mente vacía.
--¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca chica su ama de llaves.
--¿Y por qué me he de casar?
--Acaso no vaya usted descaminado.
--Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas.
--¡Y cuando menos se piensa!
--¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar en ello...--¿Cuál?
--La de poder morir tranquilo _ab intestato_.
--¡Vaya una razón!--exclamó el ama, alarmada.
--Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no valen las razones, sino el valor que se las da.
Y una mañana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro como de cosas olvidadas.
El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una criatura de horas. Quedóse mirando, y su corazón parecía sentir, no ya el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que me ha deparado el destino!, pensó.
Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera, subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó quedamente varias veces.
--Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves.
--Y eso, ¿qué es?
--Parece un niño.
--¿Parece sólo?
--Lo dejaron a la puerta de la calle.
--¿Y qué hacemos con ello?
--Pues...¿qué vamos a hacer? Bien claro está, ¡criarlo!
--¿Quién?
--Los dos.
--¿Yo? ¡Yo, no!
--Buscaremos ama.
--¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello!
--¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no!
--En fin, usted manda.
Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto el médico de Don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera que acababa de dar a luz un niño muerto.
--Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves, un desliz así puede ocurrirle a cualquiera.
--A mí no--contestó con su sencillez característica Don Rafael.
--Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a criarlo.
--No--replicó Don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un dolor de tripas.
Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del pelo que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo, entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a que el gallo ronda.
--¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora Rogelia.
--Como hijo mío.
--Pero, ¿está usted loco?
--¡Qué más da!
--¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen sus verdaderos padres?...--Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no busco bolas; pero cuando vienen...soy libre. Y creo que esta del azar es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en la Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además así podré morir tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me herede forzosamente.
La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando Don Rafael hizo bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad y a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que avenirse y concordar con el ama de leche.
Ya tenía Don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo; ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva, luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso paseando al nene para callarlo.
--Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala suerte con el ama, me parece.
--Como no vuelva a las andadas.
--De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un bausán de marca mayor a quien ya aborrece...--No se fíe usted..., no se fíe usted...--Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una pobrecilla...--Hasta que vuelva a tener ocasión.
--¡Digo que lo evitaré!
--Pues como ella quiera...--¡Ah, en cuanto a eso sí! Porque si he de decirle a usted la verdad, la verdad es que...--Sí, me la supongo.
--¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo!
Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse desde un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre putativo y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de la cuna, contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía como que mamaba.
--¡Lo que es el hombre!--decía Don Rafael.
Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos, iba él, Don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la boca rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le afloraban la frente, al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno de los dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre él un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar al hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear.
--¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le entendiera.
Callábase a esto Don Rafael.
Y cuando le cantaba al niño, abrazándole, aquella vieja canturria paradisíaca que, aun transmitiéndosela de corazón a corazón las madres, cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía, siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a Don Rafael como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo.
Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y mecíasele aquel canto...que viene el cocóóóóó...con el susurro de las aguas de debajo de su corazón...a llevarse los niños...que iba también durmiéndose...que duermen pocóóóóó...entre las blandas nieblas de su pasado...¡ah, ah, ah, aaaaah!
--¡Qué buena madre hace!--pensaba.
Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó Don Rafael: --Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso?
--¡Ya ve usted, Don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el rostro.
--¡Sí, tienes razón, ya lo veo!
Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras duró aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo duerma allí...» «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez Porque para aquel hombre todo sencillez, era sencillo todo.
Por fin el médico dió por salvado al niño.
--¡Salvado!--exclamó Don Rafael con el corazón desbordante, y fué a abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.
--Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al niño que sonreía en floración de convalecencia.
--Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope.
--Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a Tucumán, y ya que somos yo padre y tú madre, cada uno a su respecto, del mismo hijo, nos casemos y asunto concluído.
--¡Pero, D. Rafael!--y se puso en grana.
--Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos...El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.
Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo morir tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le heredaran, el sencillo Don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen de su filosofía práctica: ¡Hay que dar al azar lo suyo!
¡Solo!
(PALACIO VALDÉS) ¡SOLO!
Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque nos hallamos en una de las provincias más frescas del Norte de España y en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido de las cigarras y el _pío pío_ de algún pájaro que, protegido por los pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan enorme y maciza humanidad.
Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce, aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e inteligencia; fué su primer dependiente; después, su asociado; por último se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde.
Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a menos poner los pies en Campizos.
Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda, rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta «a sepultarse en Campizos», decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año siguiente, lo mismo. Pero al llegar al cuarto, Fresnedo tuvo la audacia de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico.--«O a Campizos, o a ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?» Y los bigotes se le erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras, que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra, rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente: --¡Huele, hija mía, huele!...¡Si las cosas se hicieran dos veces!...La culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan delicada.
Cuando la flor delicada abrió al fin los ojos, fué para soltar por ellos un caudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo: --¡Nunca lo creyera de Ramón!
Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo fuése a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre durmiendo la siesta donde acabamos de verle.
Despertóle de ella una voz bien conocida: --Papá, papá.
Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las instrucciones de su médico.
--Papá..., dijo Tata que tú no querías...que tú no querías...que tú no querías...comprarme un carro...y que el carnero...y que el carnero no era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por los cuernos, y me pegó en la mano.
El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua, deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos la indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso, y después de hacer una pausa cerró su perorata con una interjección de carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá.
Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que, según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública, ¡¡¡se había dormido oyendo _La Favorita a Gayarre_!!!
--¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata!
Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.
El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber recibido de su niñera...Siguió gorjeando que ésta no había querido darle pan.
--Hace poco tiempo que hemos comido.
--Hace mucho--dijo el niño con despecho.
--Bueno, ya te lo daré yo.
Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una manecita.
--¡Pues es cierto!--exclamó Fresnedo viendo, en efecto un ligero Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata triste y acobardada, fué a restregarse con sus faldas, como pidiéndole perdón de haber sido causa de su disgusto.
--Bueno--dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose.--Ahora nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres, Chucho?
Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le dijo con encantadora sonrisa: --No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.
Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro.
Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a las vacas les tenía un «potito de miedo». A los carneros ya era otra cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había sentido por ellos más que amor y veneración.
--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.
Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarlo en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó que estaba cansadísimo, y hubo que auparlo de nuevo. Acercóle su padre a un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía «un potito miedo». Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura de que hay pocos ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trató de cogerle por el rabo, como había formalmente prometido, pero el grave sultán del gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su padre.
--Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó éste riendo.
--Tú, tú...; cógelo tú, papá.
--Yo tengo miedo.
--No, tú no tienes miedo.
--Y tú, ¿lo tienes?
Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les tenía «un potito de miedo».
Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios sustos y vacilaciones logró que pusiera su manecita en el hocico de un becerro. Mas ocurriéndole al animal sacar la lengua y pasársela por la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba, agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con los brazos abiertos! Pero aún era mayor el gozo de su padre contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar por su hijo, que iba amontonando hierba sobre él con vigor y crueldad que nadie esperara de él. Mas a lo mejor de la operación, su papá daba una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno cuerpecito, tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él, no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos apasionados.
Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo