SigPhi · Miguel de Unamuno

Vida de Don Quijote y Sancho (Spanish)

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de que nos desgañitemos para oirnos, pues oye hasta el resollar de nuestro silencio; mas con Dulcinea nos es menester dar grandes voces e invocarla a pecho henchido y boca llena, entre los hombres.

Y prosiguió diciendo Don Quijote: _Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, sólo por que conozca el mundo que si tú me favoreces no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe_. Amad a Dulcinea y no habrá imposible que se os resista y tese. ¡Ahí está el abismo; adentro de él!

_Y en diciendo esto se acercó a la sima, vió no ser posible descolgarse ni hacer lugar a la entrada si no era a fuerza de brazos o a cuchilladas, y así poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa que dieron con Don Quijote en el suelo; y si él fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y excusara de encerrarse en lugar semejante._ Parémonos a considerarlo.

Si te empeñas en empozarte y hundirte en la sima de la tradición de tu pueblo para escudriñarla y desentrañar sus entrañas, escarbándola y zahondándola hasta dar con su hondón, se te echarán al rostro los grandísimos cuervos y grajos que anidan en su boca y buscan entre las breñas de ella abrigo. Tendrás primero que derribar y cortar las malezas que encubren a la cueva encantada, o más bien tendrás que desescombrar su entrada, obstruida por escombros. Lo que llaman tradición los tradicionalistas no son sino rastrojos y escurrajas de ella. Los grandísimos cuervos y grajos que guardan la boca de esa sima encantada y en la que fraguaron sus escondrijos, jamás se empozaron ni hundieron en las entrañas de la sima, y se atreven, no embargante, a graznar diciéndose moradores de su interior. La tradición por ellos invocada no lo es de verdad; se dicen voceros del pueblo y nada hay de esto. Con el machaqueo de sus graznidos han hecho creer al pueblo que cree lo que no cree, y es menester empozarse en las entrañas de la sima para sacar de allí el alma viva de las creencias del pueblo.

Y antes de hundirse y empozarse uno en esa sima de las verdaderas creencias y tradiciones del pueblo, no las del carbonero de la fe, tiene que derribar y cortar las malezas que cubren su entrada. Cuando lo hagáis os dirán que queréis cegar la cueva y taparla y ahogar a los moradores de ella; os llamarán malos hijos y descastados y todo cuanto se les ocurra. Haced oídos sordos a graznidos tales.

Y allí, en la cueva, gozó Don Quijote de visiones que se dejan muy a la zaga a las más maravillosas de que otros hayan gozado, sin que sea menester repetir aquí lo de que si a uno se le aparece un ángel en sueños es que soñó que se le aparecía un ángel. Invito al lector a que relea en el capítulo XXIII de la Segunda Parte el relato de las asombrosas visiones de Don Quijote y juzgando, como debe juzgarse, por el contento y deleite que de su lectura reciba, me diga luego si no son más fidedignas que otras no menos asombrosas con que dicen que Dios regaló a siervos suyos, soñadores en la profunda cueva encantada del éxtasis. Y no sirve sino creer a Don Quijote, que siendo hombre incapaz de mentir, afirmó que lo por él contado lo vió por sus propios ojos y lo tocó con sus mismas manos, y esto baste y aun sobre. Sancho quiso negar la verdad de tales visiones y más cuando oyó decir a su amo que vió a Dulcinea encantada en la moza labradora que aquél le había mostrado, mas Don Quijote respondió sesudamente: _Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus palabras_. Ni debemos nosotros tampoco hacer caso de palabras sanchopancescas cuando de rendir fe a visiones se trate.

CAPÍTULO XXIV Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia.

Al llegar a esta aventura de visión se cree el historiador obligado a dudar de su autenticidad, mostrando en ello su poca fe, y hasta se propasa a suponer que al tiempo de morir se retractó de ella Don Quijote y dijo que _la había inventado por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había en su historia_. ¡Oh menguado historiador, cuán poco se te alcanza de achaque de visiones!

Sin duda no leíste, o si lo leíste, pues se publicó veintidós años antes que tú publicases la historia de Don Quijote, no meditaste bien el libro de la VIDA DEL BIENAVENTURADO P. IGNACIO DE LOYOLA, del P.

Pedro de Rivadeneira, quien en el capítulo VII del libro I nos cuenta las visiones del caballero andante de Cristo y cómo «se le representó la manera que tuvo Dios en hacer el mundo» y «vió la sagrada humanidad de nuestro Redentor Jesucristo, alguna vez también a la gloriosísima Virgen» y otras maravillosas visiones, entre ellas la del Demonio, que se le apareció muchas veces «no sólo en Manresa y en los caminos, sino en París también y en Roma; pero su semblante y aspecto...era tan apocado y feo, que no haciendo caso dél, con el báculo que traía en la mano fácilmente le echaba de sí».

De los que nieguen tales visiones y digan que son imposibles, digamos lo que de ellos dice el piadosísimo P. Rivadeneira y es que «serán comúnmente hombres que no saben, ni entienden, ni han oído decir qué cosa sea espíritu, ni gozo ni fruto espiritual...ni piensan que hay otros pasatiempos y gustos, ni recreaciones sino las que ellos, de noche y de día, por mar y por tierra, con tanto cuidado y solicitud y artificio buscan para cumplir con sus apetitos y dar contento a su sensualidad. Y así no hay que hacer caso de ellos». ¡Prudentísimas palabras, que debía conocer y haber leído Don Quijote, pues contestó a Sancho lo de: _Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus palabras!_ Con gran acierto trae a colación aquí el Padre Rivadeneira lo del Apóstol (I. Cor. II) de que los hombres carnales no son quién para juzgar de las cosas y visiones de los espirituales y se consuela y nos consuela el buen padre con que había también «cristianos y cuerdos, y leídos en historias y vidas de Santos» que aunque entienden que en cosas de visiones «es menester mucho tiento, porque puede haber engaño y muchas veces le hay», no por eso ha de dejarse de darlas crédito.

Conviene que el lector lea las razones todas que aduce el piadoso Padre historiador de Íñigo de Loyola para convencernos de la verdad de las visiones de éste, pues quien tan grandes obras llevó a cabo, bien pudo ver lo que vió, y «necesariamente habemos de conceder lo que es más, concedamos lo que es menos, y entendamos que todos los rayos y resplandores que vemos en las obras que hizo, salieron destas luces y visitaciones divinas». ¿Cómo, en efecto, negaremos que vió lo que vió Don Quijote en la cueva de Montesinos siendo caballero incapaz de mentir y habiendo arremetido a molinos y yangüeses, enzarzado a sus burladores en defender lo del yelmo, vencido al Caballero de los Espejos y avergonzado al león? El que estas, y otras no menos asombrosas hazañas llevó a cabo, bien pudo ver en la cueva de Montesinos cuanto se le antojara ver en ella. Y si lo vió, de lo cual no debe cabernos duda, ¿qué diremos de la realidad de sus visiones? Si la vida es sueño ¿por qué hemos de obstinarnos en negar que los sueños sean vida? Y todo cuanto es vida es verdad. Lo que llamamos realidad ¿es algo más que una ilusión que nos lleva a obrar y produce obras?

El efecto práctico es el único criterio valedero de la verdad de una visión cualquiera.

CAPÍTULO XXV Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titeretero, con las memorables adivinanzas del mono adivino.

De allí continuaron su camino, ardiendo Don Quijote en deseos de saber para qué llevaba armas un hombre que se les adelantó, y como rehusara éste darle cuenta de ello hasta que acabase de dar recado a su bestia, ayudóle a ello Don Quijote, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, maravilloso ejemplo de humildad que no suele ser lo mentado que merece serlo. Y ésta es sin duda una de las grandes aventuras de nuestro Caballero, la de haber ahechado cebada y limpiado un pesebre, no más, al parecer, que por oir pronto un relato deleitoso; el relato de los regidores rebuznantes.

Y como no nos está bien el creer que sólo por oir tal cosa se redujera Don Quijote a ejercer menesteres tan impropios de su oficio de caballero andante, hemos, por fuerza, de suponer lo hizo para ejercitar su humildad y ejercitarla sencillamente y buscando un protesto, con lo que evitó la soberbia del humilde. No se las echó de tal, ni hizo ostentación de humildad, sino que pura y sencillamente, como quien hace la cosa más natural y corriente del mundo, y sin concederle importancia al acto, con aquellas manos que alancearon molinos, libertaron galeotes, vencieron al vizcaíno y al Caballero de los Espejos y esperaron, sin temblar, al leoncito; con aquellas mismas manos ahechó cebada y limpió el pesebre, dando por razón aquellas sencillísimas palabras de: _no quede por eso, que yo os ayudaré a todo_.

Lo hizo más sencillamente aún que Íñigo de Loyola después de haber recibido el cargo de Prepósito general de la Compañía que formó cuando «se entró en la cocina y en ella por muchos días sirvió de cocinero y hizo otros oficios bajos de casa», porque Íñigo lo hacía con intención de enseñar, «para provocar a todos con su ejemplo al deseo de la verdadera humildad»--dice el P. Rivadeneira, lib. III, cap. II--y en Don Quijote no hubo ni esa segunda intención de aleccionar a otros, sino pura y simplemente ahechó la cebada y limpió el pesebre como si fuese cosa suya, como la violeta perfuma y el ruiseñor canta. _No quede por eso, que yo os ayudaré a todo._ _Yo os ayudaré a todo_, es lo que dice Don Quijote a todo hombre sencillo y limpio de segundas intenciones.

En esta aventura se ve acaso más que en otra alguna cómo era el espíritu de Alonso Quijano, a quien sus virtudes le valieron el sobrenombre de Bueno, el espíritu que guiaba al de Don Quijote, y cómo en la bondad del hombre está la raíz del heroísmo del caballero. ¡Oh, mi señor Don Quijote, y cuán grande te me apareces ahechando cebada y limpiando el pesebre, sin ostentación alguna de humildad y como si tal cosa hicieras! A bueno es a lo que nadie te ha ganado, a sencillamente bueno. Y por eso tienes un altar en el corazón de todos los buenos que no en tu locura sino en tu bondad paran su vista. Tú mismo, mi señor, cuando quisiste alabar a tu escudero le llamaste por de pronto y ante todo Sancho bueno, y luego discreto, cristiano y sincero. Es lo que hay que ser en el mundo, señor mío, bueno, sencillamente bueno, bueno a secas, bueno sin adjetivo ni teologías ni aditamento alguno, bueno y no más que bueno. Y si tan noble dictado se confunde con el de tonto tú llegaste en tu bondad hasta la locura entre tantos cuerdos burladores, es decir, malos. Porque en nada como en la burla se conoce la maldad humana y el demonio es el gran burlador, el emperador y padre de los burladores todos. Y si la risa puede llegar a ser santa y liberadora y, en fin, buena, no es ella risa de burla, sino risa de contento.

CAPÍTULO XXVI Donde se prosigue la graciosa aventura del titeretero, con otras cosas en verdad harto buenas.

Encontrándose Don Quijote en la venta y después de haber oído el relato de los alcaldes rebuznadores fué cuando llegó Maese Pedro con el mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra. Pasmado Don Quijote al ver que Maese Pedro, luego que oyó al mono, le conoció, lo tuvo por cosa demoniaca, y pasó después a ver el retablo y asistir a la representación de la libertad que a Melisendra dió su esposo Don Gaiferos.

Salieron allí entonces Carlo Magno y Roldán, el alcázar de Zaragoza, moros, Marsilio de Sansueña, Don Gaiferos...Y cuando llevándose éste a su esposa Melisendra partió en su seguimiento lucida caballería, púsose en pie Don Quijote, acudió en ayuda de Don Gaiferos después de pronunciado su discurso a los perseguidores, a estilo homérico, _y comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a éste, destrozando a aquél y entre otros muchos tiró un altibajo tal, que si Maese Pedro no se abaja, se encoje y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán_.

¡Brava y ejemplarísima pelea! ¡Provechosa lección! Y no servía que Maese Pedro advirtiese a Don Quijote que aquellos que derribaba, destrozaba y mataba no eran verdaderos moros sino unas figurillas de pasta, pues no por eso dejaba de menudear aquél cuchilladas. Y hacía bien, muy requetebién. Arman los maeses Pedros sus retablos de farándula y pretenden que por ser las de ellos figurillas de pasta, declaradas tales, se les respete. Y lo que el Caballero andante debe derribar, descabezar y estropear es lo que a título de ficción hace más daño que el error mismo. Porque es más respetable el error creído que no la verdad en que no se cree.

--Mire, señor, que no haga el ridículo ni se meta a perseguir figurillas de retablo; que estamos todos en el secreto y es éste un juego de compadres en que a nadie se engaña; mire que aquí no se trata sino de pasar el tiempo y hacer que hacemos, y ni Carlo Magno es Carlo Magno, ni Roldán Roldán, ni Don Gaiferos es tal Don Gaiferos, y aquí a nadie se embauca, sino que se deleita y regocija a la galería, que aunque finge creer la comedia tampoco la cree en verdad; mire, señor, no malgaste sus energías en pelear con figurillas de pasta...--Pues porque son de pasta las figurillas y estamos en ello todos--respondo--es por lo que hay que descabezarlas y destrozarlas, pues nada más pernicioso que la mentira por todos consentida. Todos estamos en el secreto, secreto a voces, todos sabemos y nos lo decimos al oído los unos a los otros, que el tal Don Gaiferos no es Don Gaiferos, ni hay tal libertad de Melisendra, y si es así ¿por qué duele e irrita que se encarame uno a la pingorota de la torre más alta del pueblo y grite desde ella a voces, como vocero de la sinceridad, lo que todos se dicen al oído, derribando, descabezando y estropeando así al embuste? Hay que limpiar el mundo de comedias y de retablos.

Y acude Maese Pedro cariacontecido y exclama: _mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda_. Pues no vivas de eso, Ginesillo de Pasamonte: es lo que le debemos responder. Trabaja y no armes retablos. Y en resolución digamos con Don Quijote: _¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra!_ ¡Viva la andante caballería y muera la farándula!

¡Muera la farándula! Hay que acabar con los retablos todos, con todas las ficciones sancionadas. Don Quijote, tomando en serio la comedia, sólo puede parecer ridículo a los que toman en cómico la seriedad y hacen de la vida teatro. Y en último caso ¿por qué no ha de entrar en la representación y formar parte de ella el descabezamiento, estropicio y destrozo de los comediantes de pasta? Es fuerte cosa que se quejen de quien toma en serio la comedia los que representan ésta lo más seriamente del mundo, y ponen todo su cuidado en que no se falte una tilde a las reglas del arte cómico. Porque habréis observado, buenos lectores, que nada hay más insoportable que la exigencia de que se guarden estrechamente los ritos, etiquetas y rúbricas de las cosas de pura representación, y que sean los que se dan de maestros de ceremonias los que menos respeten la verdadera seriedad de la vida.

Sabrá muy bien cuándo se debe llevar corbata negra y cuándo blanca, hasta qué hora levita y desde qué hora fraque, y qué tratamiento debe dársele, pero éste mismo no sabrá por dónde buscar a su Dios, ni cual es su destino último. Y no hablemos de los que rebelándose contra la ética quieren imponernos la tiranía de la estética y sustituir a la conciencia moral con esa quisicosa que llaman el buen gusto. Cuando empiezan a prevalecer tales doctrinas los obreros tienen que declararse cursis.

Tratando Teresa de Jesús en el capítulo XXXVII de su VIDA de cómo «no cumple perder punto en puntos de mundo» por no dar «ocasión a que se sientan los que tienen su honra puesta en estos puntos» y de los que dicen que «los monasterios han de ser corte de crianza» dice que no puede entender esto. Agrega que ni aun tiempo hay para aprender tales cosas, pues sólo «para títulos de cartas es ya menester haya cátedra adonde se lea cómo se ha de hacer, a manera de decir, porque ya deja papel de una parte, ya de otra, y a quien no se solía poner magnífico, hase de poner ilustre». La animosa monja no sabía en qué ha de parar esto, porque no teniendo aún cincuenta años cuando escribía lo trascrito, decía «en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé vivir». Y añadía así: «Por cierto yo he lástima a gente espiritual que está obligada a estar en el mundo por algunos santos fines, que es terrible la cruz que en esto llevan. Si se pudieran concertar todos y hacerse ignorantes, y querer que los tengan por tales en estas ciencias, de mucho trabajo se quitarían». ¡Y de tanto! Los espirituales deben concertarse, en efecto, y hacerse ignorantes en puntos de mundo y querer que los tengan por tales. Cuantos amamos a la verdad sobre todas las cosas debemos concertarnos para ignorar las premáticas y mandamientos de ese dichoso buen gusto con que se la disfraza, y para pisotear las buenas formas y dejar que nos llamen cursis y querer que nos tengan por tales.

Hay una gavilla suelta de faranduleros que llevan prendido de la boca el amomiado credo, herencia de sus bisabuelos, como llevan el escudo de la casa grabado en la sortija o en el puño del bastón, y respetan esas venerandas tradiciones de nuestros mayores como respetan cualquier otra antigualla, por bien parecer y hacerse pasar por distinguidos. Es de buen tono y viste muy bien eso que llaman ser conservador. Y esa gavilla de farsantes ha declarado cursilería todo lo que es pasión y arranque y brío y de mal gusto los tajos y mandobles a las titereras y los guiñoles todos que tienen armados. Y cuando esos mamarrachos, alcornoques secos y vacíos, digan y repitan la gran sandez de «lo cortés no quita a lo valiente», salgámosles a la cara y digámosles en ella y en sus barbas, si las tuvieran, que lo cortés quita a lo valiente, y que el verdadero valor, el valor quijotesco puede, suele y debe consistir muchas veces en atropellar toda cortesía y aparecer hasta, si preciso fuere, grosero. Sobre todo con los Maese Pedros que viven de retablos.

¿Conocéis cosa más terrible que oir la misa de un cura ateo, que la celebra por cobrar el pie de altar? ¡Muera toda farándula, toda ficción sancionada!

Pasando por León fuí a ver y contemplar su primorosa catedral gótica, aquella gran lámpara de piedra, en cuyo seno canturrean los canónigos al son pastoso del órgano. Y contemplando sus mimbreñas columnas, sus altos ventanales de pintadas vidrieras por donde la luz al entrar se destrenza y desparrama en colores varios, y la enramada de nervios que sostiene a la bóveda, pensé así: ¡Cuántos deseos silenciosos, cuántos anhelos callados, cuántos pensares recónditos no habrá recibido esta pedernosa fábrica, junto con oraciones cuchicheadas o tan sólo pensadas, con ruegos, con imprecaciones, con requiebros de amor al oído de la amada, con quejas, con reconvenciones! ¡cuántos secretos vertidos en el confesonario! ¿Y si todos estos deseos, anhelos, pensares, oraciones, cuchicheos, ruegos, imprecaciones, requiebros, quejas y secretos, si todo esto empezase a cantar por debajo de la rutinera salmodia litúrgica del coro canónico? En la caja de una vihuela, en sus entrañas, duermen las notas todas que se le arrancaron a ella, así como las notas todas que pasaron junto a ella, rozándola, al pasar en vuelo, con sus alas sonoras; y si todas esas notas, propias y ajenas, que allí duermen, despertaran, estallaría la caja de la vihuela por el empuje de la tempestad sonora. Y así, si despertase todo eso que duerme en el seno de la catedral, vihuela de piedra, y rompiera a cantar todo ello, derrumbaríase la catedral rota por el empuje del clamor inmenso.

Las voces, libertadas, buscarían el cielo. Derrumbaríase la catedral de piedra, vencida y agobiada por la violencia del propio esfuerzo, al ponerse a cantar, pero de entre sus escombros, que seguirían cantando, resurgiría una catedral de espíritu, más aérea, más luminosa y a la vez más sólida, una inmensa seo que elevaría al cielo columnas de sentimiento que se ramificaran bajo la bóveda de Dios, echando a tierra su peso muerto por arbotantes y contrafuertes de ideas. Y esto no sería comedia litúrgica. ¡Oh y quién pudiese hacer cantar a nuestras catedrales toda oración, toda palabra, todo pensar y todo sentir que en su seno han acogido! ¡quién pudiese animarles las entrañas, las entrañas mismas de la encantada cueva de Montesinos!

Volvamos al retablo. Un retablo hay en la capital de mi patria y la de Don Quijote, donde se representa la libertad de Melisendra o la regeneración de España o la revolución desde arriba, y se mueven allí, en el Parlamento, las figurillas de pasta según les tira de los hilos Maese Pedro. Y hace falta que entre en él un loco caballero andante, y sin hacer caso de voces, derribe, descabece y estropee a cuantos allí manotean, y destruya y eche a perder la hacienda de Maese Pedro.

El cual volvió a la carga y el pobre Don Quijote, como llevaba en sí al bueno de Alonso el Bueno, convencióse de que todo había sido cosa de encantamiento y ofreció pagar el destrozo. Y harto hizo con pagarlo.

Aunque si bien se mira justo es que al que vive de mentiras, cuando se le han quebrado éstas, se le remedie en lo posible el daño hasta que aprenda a vivir de la verdad. Porque es lo que se dice: si quitáis a los faranduleros la farándula, de la cual tan sólo han aprendido a vivir ¿cómo vivirán? Y cierto es también que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y para que pueda convertirse ha de vivir y para que viva es menester sustentarle.

¡Oh Don Quijote el Bueno! y cuán magnánimamente después de haber derribado, descabezado y estropeado la mentira pagaste lo que ella valía, dando cuatro reales y medio por el rey Marsilio de Zaragoza, cinco y cuartillo por Carlo Magno, y así por los otros, hasta cuarenta y dos reales y tres cuartillos. ¡Si no costara más hacer añicos el retablo parlamentario y el otro!

CAPÍTULO XXVII Donde se da cuenta de quiénes eran Maese Pedro y su mono, con el mal suceso que Don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y lo tenía pensado.

Luego de eso de Maese Pedro, el cual ya sabemos qué pícaro era, fué cuando Don Quijote se halló entre la gente armada del pueblo de los rebuznadores e intentó persuadirlos a que no peleasen por tal niñería y corroborándole Sancho, dió en la mala ocurrencia de rebuznar, por donde se armó la pedrea de que a todo galope salió Don Quijote, encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase.

Y aquí, al contar esta la primera vez que huye el denodado vencedor del vizcaíno, del Caballero de los Espejos y del león, el que tantas veces afrontó a tropas de hombres, dice el historiador: _cuando el valiente huye, la superchería está descubierta, y es de varones prudentes guardarse para mejor ocasión_. Y ¿cómo iba a hacer frente Don Quijote a un pueblo que tiene a gala rebuznar? La manera de expresarse colectivamente un pueblo es un a modo de rebuzno, aunque cada uno de los que lo componen use de lenguaje articulado para sus menesteres individuales, pues sabido es cuán a menudo ocurre que el juntarse hombres racionales o semi-racionales siquiera, formen un pueblo asno.

Antes de dictar ordenamientos para regir al pueblo, oigamos su parecer--se dice--, consultémosle. Y es ello algo así como si un albéitar en vez de escudriñar a un asno y tantearle y pulsarle y registrarle para descubrir de qué padece y dónde le duele y de qué remedio ha menester, le consulta y espera a que rebuzne para recetarle, arrogándose el papel de truchimán de rebuznos. No, sino cuando no se logra convencer al pueblo rebuznador, huir de él como prudente y no temerario caballero. Y no hacer caso de los Sanchos egoístas que se quejan porque no los defendimos cuando tuvieron el mal acuerdo de rebuznar ante rebuznadores.

Y volvió después de esto Sancho a lo del salario, y Don Quijote quiso saldar cuentas y despedirle y entonces es cuando le dijo aquellas durísimas palabras de _asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida_, al oir lo cual rompió a llorar el pobre escudero y confesó que para ser asno del todo no le faltaba sino la cola. Y le perdonó el magnánimo caballero, mandándole procurara ensanchar el corazón. Y fué y es uno de los más señalados beneficios que Sancho debió y debe a Don Quijote, el de que éste le convenciera y le convenza de que para ser asno del todo no le falta sino la cola. Cola que no le brotará ni crecerá mientras siga y sirva a Don Quijote.

CAPÍTULO XXIX De la famosa aventura del barco encantado.

Y en esto llegaron a orillas del río Ebro y se encontraron allí con _un pequeño barco sin remos ni otras jarcias algunas_, y ¡es claro! barco sin remos ni otras jarcias y atado en la orilla, ¡aventura al canto!

Donde veas algo en facha de espera, es que te espera a ti, no lo dudes.

Y si es barco métete en él, desatrácalo y que te lleve a la buena de Dios.

Así hizo Don Quijote y no bien se habían apartado obra de dos varas de la orilla, cuando Sancho, que, como buen manchego, debía de ser hidrófobo, rompió a llorar. Y tan hidrófobo, pues al tentarse para comprobar si habían pasado la línea equinoccial, en pasando la cual mueren los piojos, topó no ya con algo, sino con algos. Y el barco fué a dar a una aceña, en que se hizo trizas, no sin antes haberse ido al agua Don Quijote y Sancho.

Y éste sí que es típico dechado de aventuras de obediencia, más aún que la del león. Recuerda lo que siendo General de la Compañía de Jesús «dijo diversas veces» Íñigo de Loyola, y es que «si el Papa le mandase que en el puerto de Ostia entrase en la primera barca que hallase y que sin mástil, ni gobernalle, sin vela, sin remos, sin las otras cosas necesarias para la navegación y para su mantenimiento, atravesase la mar, que lo haría y obedecería no sólo con paz, mas aun con contentamiento y alegría de su ánimo». (Riv., lib. V, cap. IV.)

¿Y para qué había puesto Dios allí aquel barquichuelo, sino para que, obedeciéndole, embarcase en él Don Quijote a busca de una aventura desconocida? Nadie sabe para qué le es más propio ni cuál la hazaña[2] que le está reservada.

Tu hazaña, tu verdadera hazaña, la que hará valer tu vida, no será acaso la que vayas tú a buscar, sino la que venga a buscarte, y ¡ay de los que van en busca de la dicha mientras está ella llamando a las puertas de su casa! Por algo se dijo lo de que las más grandes obras son obras de circunstancias.

NOTAS: [2] Sentí por un momento la tentación de añadir «ni la aceña» diciendo «ni cuál la hazaña ni la aceña que le está reservada», pero he vencido pronto la tentación ésa. Odio los calembures y juegos de palabras, que revelan el más menguado y más despreciable ingenio.

CAPÍTULO XXX De lo que le avino a Don Quijote con una bella cazadora.

Ahora empiezan las tristes aventuras de Don Quijote en casa de los Duques; ahora es cuando topó con la bella cazadora, la duquesa, que le llevó a su morada a regocijarse con él y burlarse de su heroísmo; ahora empieza la pasión del caballero en poder de sus burladores. Aquí es donde la historia de nuestro Ingenioso Hidalgo se hunde en despeñaderos de lamentable miseria; aquí es donde a su magnanimidad y discreción responden la bellaquería y sandez de aquellos próceres que creían, sin duda, nacidos los héroes para divertirlos y servirles de juguete y zarandillos. ¡Oh desdichado que caminas al templo de la fama y corres tras la inmortalidad de la gloria, mira que si los grandes de la tierra te agasajan y miman y regalan es para que adornes sus mansiones o para divertirse contigo como con un juguete! Tu presencia no es sino ornato de su mesa y figuras en ella como figuraría una fruta rara o el último ejemplar de un pajarraco que se extingue. Cuando más parecen reverenciarte más se burlan de ti. Mira que en el fondo no hay soberbia como la soberbia de aquéllos que no pueden atribuir a propio mérito, sino al azar del nacimiento, las preeminencias de que gozan. No seas juguete de los grandes. Recorre la historia y ve en lo que vinieron a dar los héroes que se redujeron a ser ornamento de los salones.

CAPÍTULO XXXI Que trata de muchas y grandes cosas.

Recibieron de solemne burla a Don Quijote en casa de los Duques, vistiéronle a usanza caballeresca y le llevaron a comer.

Y allí fué donde se encontró, en la mesa, con aquel _grave eclesiástico déstos que gobiernan las casas de los príncipes; déstos que como no nacen príncipes no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; déstos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos_ y el cual enderezó a Don Quijote, llamándole Don Tonto, aquella reprensión áspera y desabrida, recomendándole se volviese a su casa a criar a sus hijos, si los tenía, y a curar de su hacienda, dejando de andar vagando por el mundo y dando que reir a cuantos le conocían y no conocían.

¡Oh, y cómo dura y persiste y no acaba en nuestra España la ralea de estos graves y sesudos eclesiásticos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos! ¡Don Tonto! ¡Don Tonto!

Y ¡cómo te viste tratar, mi loco sublime, por aquel grave varón, cifra y compendio de la verdadera tontería, humana! El grave eclesiástico no debía de haber leído los Evangelios ni debía de conocer aquel sermón de Jesús desde la montaña en que dijo: «cualquiera que dijere a su hermano _raca_ será culpado del concejo, y cualquiera que le dijere tonto será reo del infierno del fuego» (Mat., V, 22). Reo se hizo, pues, del infierno del fuego por haber llamado a Don Quijote tonto.

Ya estás, señor mío, frente a la encarnación del sentido común. Y no nos quepa duda de que si Cristo Nuestro Señor hubiese en tiempo de Don Quijote vuelto al mundo o si hoy volviese a él, formaría aquel grave eclesiástico entonces o formarían hoy sus sucesores, entre los fariseos que le reputarían por loco o dañino agitador y le buscarían nueva muerte afrentosa.

CAPÍTULO XXXII De la respuesta que dió Don Quijote a su reprensor, con otros graves y graciosos sucesos.

Pero a fe que si fué desabrida la reprimenda, también fué estupenda la réplica de Don Quijote a ella, tal cual en este capítulo se contiene.

No hay sino releerla. No hay sino releerla la soberana lección a los que _sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito_ se meten de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes.

_Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata, merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas_--exclamó Don Quijote. Pero es que se las había con uno de esos hombres de voluntad mezquina y de corazón estrecho que han inventado lo de que hay ideas buenas e ideas malas, y se empeñan en ser definidores de la verdad y del error, y en que se siguen al mundo grandes males de que los hombres crean las visiones de la cueva de Montesinos y no otras visiones no menos visionarias que ellas. Los tales, locos, o mejor menguados de corazón, no de cabeza, no hacen sino perseguir a los que tienen por locos de la cabeza, y entercarse en hacernos creer que traen perdido el mundo los caballeros andantes que enderezan sus intenciones a buenos fines, crean lo que creyeren, y no los graves eclesiásticos que miden la grandeza de los grandes con la estrechez de sus ánimos. Como sus seseras resecas y amojamadas son incapaces de parir imaginación alguna, atiénense como a inconmovible norma de conducta a las empedernidas y encostradas imágenes que en depósito recibieron, y como no saben abrirse sendero a campo traviesa y por la espesura de la selva, fija en la estrella norte la mirada, obstínanse en que vayamos los demás en su desvencijado carro por las roderas del camino de servidumbre pública. Esas gentes no hacen sino censurar a los que de veras hacen algo. Cuando alguien tiene cuita, acude a los caballeros andantes y no a ellos, ni _al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas, que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban_ como dirá más adelante el mismo Don Quijote cuando se le presente Trifaldín, el heraldo de la Dueña Dolorida.

Dijo muy bien Don Quijote: _Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta irreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite_. Razones dignas del Cid quien según el sabido romance, cuando aquel monje Bernardo se atrevió a hablarle en lugar del rey Alfonso, platicando en el claustro de San Pedro de Cardeña, ¿Quién vos mete, dijo el Cid, en el consejo de guerra fraile honrado, a vos agora, la vuesa cogulla puesta?

Subid vos a la tribuna, y rogad a Dios que venzan, que non venciera Josué si Moisén non lo ficiera.

Llevad vos la capa al coro, yo el pendón a la frontera...que más de aceite que sangre, manchado el hábito muestra.

reprimenda que hizo exclamar al Rey lo de: Cosas tenedes, el Cid, que farán fablar las piedras, pues por cualquier niñería facéis campaña la iglesia.

Y cuando los graves eclesiásticos no pueden con los caballeros andantes, vuélvense a sus escuderos. Pero también Sancho sabe responder: _soy quien júntate a los buenos, y serás uno de ellos...yo me he arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en su compañía y he de ser otro como él, Dios queriendo_. Y lo querrá Dios, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano, Sancho sincero, lo querrá Dios. ¡Tú lo dijiste: júntate a los buenos! Porque tu amo fué y es y será bueno, ante todo y sobre todo bueno, y en pura fuerza de bondad loco, y su locura le ha merecido gloria en el mundo mientras éste dure y gloria también en la eternidad. ¡Oh, Don Quijote, mi San Quijote! Sí, los cuerdos canonizamos tus locuras, y que los graves eclesiásticos de ánimo estrecho se excusen de reprender lo que no pueden remediar. _Y