pobrecito de Asís, según nos cuentan los Tres Compañeros (4) y Tomás de Celano (2. Cel., I. I), y los mismos móviles que empujaron a unos al heroísmo empujaron a otros a la santidad. Así como Don Quijote, enardecido por la lectura de los libros de caballerías se lanzó al mundo, así Teresa de Cepeda, siendo aún niña y encendida por la lectura de las vidas de santos, que le parecía «compraban muy barato el ir a gozar de Dios», concertó con su hermano irse a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá los descabezasen, y visto lo imposible de ello, ordenaron hacerse ermitaños, y en una huerta que había en casa procuraban, como podían, hacer ermitas (VIDA, I, 2).
De Íñigo de Loyola hemos dicho ya lo que nos cuenta al respecto su secretario que fué, el P. Pedro de Rivadeneira.
¿Qué es todo esto sino caballería andante a lo divino o religioso? Y en cabo de cuenta ¿qué buscaban unos y otros, héroes y santos, sino sobrevivir? Los unos en la memoria de los hombres, en el seno de Dios los otros. ¿Y cuál ha sido el más entrañado resorte de vida de nuestro pueblo español sino el ansia de sobrevivir, que no a otra cosa viene a reducirse el que dicen ser nuestro culto a la muerte? No, culto a la muerte, no; sino culto a la inmortalidad.
El mismo Sancho, que tan apegado aparece a la vida que pasa y no queda, declaraba que _más vale ser humilde frailecito de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero_, a lo que le contestó muy sesudamente Don Quijote que _no todos podemos ser frailes y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo_. Y si no todos podemos ser frailes, no puede ser que sea el estado de frailería o monacato más perfecto en sí que otro cualquiera, pues no cabe que el estado de mayor perfección cristiana no sea igualmente asequible en cualquier estado, sino se reserve, por fuerza de ley natural, a un número de personas, ya que de aspirar a él todos el linaje se acabaría.
Y dijo muy bien Don Quijote, respondiendo a Sancho, que si hay en el cielo más frailes que caballeros andantes es por ser mayor el número de religiosos que el de caballeros merecedores de tal nombre. ¿Y cuando el religioso sea a la vez caballero?, se preguntará. Ya nos hablará de ellos Don Quijote.
CAPÍTULO IX Donde se cuenta lo que en él se verá.
Y ¿cuándo disertó así Don Quijote acerca de la gloria y de su vanidad última y de cómo acaba al acabarse el mundo? Cuando iba al Toboso a ver a Dulcinea, e iba dentro de él Alonso el Bueno a ver a Aldonza Lorenzo, por la que suspiró doce años. Gracias a la locura ha vencido el vergonzoso hidalgo su vergonzosidad sublime, y vestido de Don Quijote y arrebujado en él va a ver al blanco de sus ansias, a curarse de su locura al verla y al abrazarla. Nos acercamos al momento crítico de la vida del Caballero.
Y así, en tales pláticas llegaron amo y escudero al Toboso, patria de la sin par Dulcinea.
Llegaron a ella y dijo Don Quijote a su escudero: _Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea, quizá podrá ser que la hallemos despierta_.
Observemos que al pedirle tan elevado ministerio y favor tan señalado, se adulcigua el Caballero y le llama a Sancho hijo, y observemos además cómo son los Sanchos, la baja humanidad, los que guían a los héroes al palacio de la Gloria.
Y allí fueron los aprietos de Sancho el embustero, buscando escapatorias a su sandez, hasta que declaró no haber visto jamás a Dulcinea, al modo mismo que su amo decía no haberla visto sino estar enamorado de ella de oídas. De oídas estamos enamorados de la Gloria los que lo estamos, sin que jamás la hayamos visto ni oído. Pero por dentro anda Aldonza, vista y bien vista, aunque sólo sea cuatro veces en doce años. Y al cabo el malicioso Sancho consiguió que el cándido de su amo se saliese del Toboso a esperar emboscado en alguna floresta a que diese el socarrón con Dulcinea.
CAPÍTULO X Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos.
Y aquí fué el soliloquio de Sancho al pie de un árbol y el declararse que su amo era un loco de atar y él no le quedaba en zaga, siendo más mentecato que aquél, pues le seguía y servía, y aquí fué el decidir engañarle haciéndole creer _que una labradora, la primera que me topare por aquí_--pensó--_es la señora Dulcinea; y cuando él no lo crea lo juraré yo_. Y ya tenemos con esto al fiel Sancho decidido a jugársela a su amo y a venir a ser así uno más entre sus burladores ¡caso de triste meditación! Y hemos de considerar también en él cómo teniendo Sancho a su amo por loco de atar y capaz de ser por él engañado, y que tomaba unas cosas por otras y juzgaba lo blanco por negro y lo negro por blanco, con todo y con esto se dejaba a su vez él engañar o más bien arrastrar de la fe en Don Quijote y sin creerlo creía en él, y viendo que eran molinos de viento los gigantes y manadas de carneros los ejércitos de enemigos, creía en la ínsula tantas veces prometida.
¡Oh poder maravilloso de la fe, retuso a todo empuje de desengaños!
¡Oh misterios de la fe sanchopancesca que sin creer cree y viendo y entendiendo y declarando que es negro, hace al que la acaudala sentir y obrar y esperar como si fuese blanco! De todo ello hemos de concluir que Sancho vivía, sentía, obraba y esperaba bajo el encanto de un poder extraño que le dirigía y llevaba contra lo que veía y entendía, y que su vida toda fué una lenta entrega de sí mismo a ese poder de la fe quijotesca y quijotizante. Y así cuando él creyó engañar a su amo resultó el engañado él y fué el instrumento para encantar real y verdaderamente a Dulcinea.
La fe de Sancho en Don Quijote no fué una fe muerta, es decir, engañosa, de esas que descansan en ignorancia, no fué nunca fe de carbonero, ni menos fe de barbero, descansadora en ocho reales. Era, por el contrario, fe verdadera y viva, fe que se alimenta de dudas.
Porque sólo los que dudan creen de verdad y los que no dudan ni sienten tentaciones contra su fe, no creen de verdad. La verdadera fe se mantiene de la duda; de dudas, que son su pábulo, se nutre y se conquista instante a instante, lo mismo que la verdadera vida se mantiene de la muerte y se renueva segundo a segundo, siendo una creación continua. Una vida sin muerte alguna en ella, sin deshacimiento en su hacimiento incesante, no sería mas que perpetua muerte, reposo de piedra. Los que no mueren, no viven; no viven los que no mueren a cada instante para resucitar al punto, y los que no dudan, no creen. La fe se mantiene resolviendo dudas y volviendo a resolver las que de la resolución de las anteriores hubieren surgido.
Sancho veía las locuras de su amo y que los molinos eran molinos y no gigantes, y sabía bien que la zafia labradora a la que iba a encontrar a la salida del Toboso no era, no ya Dulcinea del Toboso, mas ni aun Aldonza Lorenzo, y con todo ello creía a su amo y tenía fe en él y creía en Dulcinea del Toboso y hasta en su encantamiento acabó por creer, como veremos. Esta la tuya es fe, Sancho, y no la de esos que dicen creer un dogma sin entender, ni aun a la letra, siquiera su sentido inmediato, y tal vez sin conocerlo; ésta es fe y no la del carbonero que afirma ser verdad lo que dice un libro que no ha leído porque no sabe leer ni tampoco sabe lo que el libro dice. Tú, Sancho, entendías muy bien a tu amo, pues todo lo que te decía eran dichos muy claros y muy entendederos, y veías, sin embargo, que tus ojos te mostraban otra cosa y sospechabas que tu amo desvariaba por loco y dudabas de lo que veías, y a pesar de ello le creías pues ibas tras de sus pasos. Y mientras tu cabeza te decía que no, decíate tu corazón que sí, y tu voluntad te llevaba en contra de tu entendimiento y a favor de tu fe.
En mantener esa lucha entre el corazón y la cabeza, entre el sentimiento y la inteligencia, y en que aquel diga ¡sí! mientras esta dice ¡no! y ¡no! cuando la otra ¡sí!, en esto y no en ponerlos de acuerdo consiste la fe fecunda y salvadora; para los Sanchos por lo menos. Y aun para los Quijotes, porque veremos dudar a Don Quijote mismo. Y no nos quepa duda de que con los ojos de la carne Don Quijote vió los molinos como tales molinos y las ventas como ventas y de que allá, en su fuero interno, reconocía la realidad del mundo aparencial--aunque una realidad aparencial también--en que ponía el mundo sustancial de su fe. Y buena prueba de ello es aquel maravilloso diálogo que sostuvo con Sancho cuando éste volvió a Sierra Morena a darle cuenta de su visita a Dulcinea. El loco suele ser un comediante profundo, que toma en serio la comedia, pero que no se engaña y mientras hace en serio el papel de Dios o de rey o de bestia, sabe bien que ni es Dios, ni rey, ni bestia; quiere serlo y basta. ¿Y no es loco todo el que toma en serio el mundo? ¿Y no deberíamos ser locos todos?
Y ahora llegamos al momento tristísimo de la carrera de Don Quijote; a la derrota de Alonso Quijano el Bueno dentro de él.
Aconteció, pues, que al volverse Sancho a su amo salían del Toboso tres labradoras sobre tres pollinos o pollinas, y se las presentó a Don Quijote como Dulcinea y dos doncellas diciéndole que venía a verle. _¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo?_--dijo Don Quijote...--_mira no me engañes ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas_. _Y ¿qué sacaría yo de engañar a vuesa merced?_--respondió Sancho. Salieron al camino, no columbró en él Don Quijote sino a las tres labradoras, porfió Sancho que eran Dulcinea y sus doncellas, atúvose a sus sentidos, contra su costumbre el amo, y trocáronse los papeles, siquiera en apariencia.
El paso este del encantamiento de Dulcinea es grandemente melancólico.
Sancho hizo su comedia, teniendo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, hincándose de rodillas y enderezándole aquel saludo que nos ha conservado la historia. Don Quijote miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora, y en que él, Don Quijote, esperó ver a Dulcinea, y debajo de él, Alonso Quijano, esperaba a Aldonza Lorenzo, suspirada en silencio doce años por sólo cuatro goces de su vista. Don Quijote se puso de hinojos y _miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora_, sin descubrir en ella _sino una moza aldeana y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata_. Ve aquí, Caballero, que tu Sancho, la humanidad que te acompaña y guía, te presenta a la Gloria, por la que tanto suspiraste, y no ves en ella sino una moza aldeana y no de muy buen rostro.
Pero es aún más triste el paso, pues si Don Quijote no veía a Dulcinea, tampoco el pobre Alonso Quijano el Bueno veía a su Aldonza.
Doce años de solitario sufrir, doce años de no haber podido vencer su encogimiento soberano, doce años de esperar lo imposible, y por imposible con más ahinco esperado, a que ella, Aldonza, su Aldonza, por un inaudito milagro se percatara del amor de su Alonso, y se fuera a él; doce años de soñar en el imposible procurando acallar con la lectura de los libros de caballerías el todopoderoso amor, y ahora en que, gracias a Dios, ya loco, rota la vergüenza, se cumple lo imposible y va a recibir el premio de su locura; ahora...¡ahora esto! ¡Qué santa, qué dulce, qué redentora suele ser la locura! Loco Alonso Quijano, por merced del Señor que se compadece de los buenos, rompió aquella tremenda costra de la timidez del hidalgo lugareño, y se atrevió a escribir a su Aldonza, aunque fuese bajo la advocación de Dulcinea, y ahora, en premio, Aldonza misma viene desde el Toboso a verle. Se cumplió lo imposible, merced a la locura. ¡Al cabo de doce años!
¡Oh momento supremo tanto tiempo suspirado! _¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo?_ ¡Ahora, ahora va a redimirse de su locura, ahora va a lavársela en el torrente de las lágrimas de la dicha; ahora va a cobrar el premio de su esperanza en lo imposible! ¡Oh, y cuántas tinieblas de locura se disiparían bajo una mirada de amor!
_No quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas._ Pensemos en esto de alegrársele las tristezas a Don Quijote; las tristezas de doce años, las tristezas de su locura. ¿Pues qué, creéis que Alonso el Bueno no se daba cuenta de que estaba loco y no aceptaba su locura como único remedio de su amor, como regalo de la piedad divina? Al saber que su locura daba fruto, alborotóse el corazón del hidalgo, y mandó a Sancho, en albricias de aquellas no esperadas nuevas, el mejor despojo de la primera aventura que tuviese y _si esto no te contenta, te mando_--le dijo--_las crías que este año me dieren las tres yeguas mías, que tú sabes que quedan para parir en el prado concejil de nuestro pueblo_. Primero le ofrece Don Quijote del caudal del caballero andante, despojo de aventura, en albricias de anunciarle la venida de Dulcinea, mas luego asoma Alonso Quijano, y con el corazón anegado en gozo porque viene a verle Aldonza, ofrece el hidalgo de su caudal, no ya despojo de aventura, sino crías de las yeguas. ¿No veis aquí cómo el amor saca a flor de la locura quijotesca la cordura de Quijano?
Ya te dan fruto tus locuras, buen caballero, pues merced a ellas sale a verte Aldonza, sacando del exceso de tu desvarío cuán grande debe ser tu amor. Y vino en seguida el tremendo golpe, el golpe que hundió en su locura al pobre Alonso el Bueno, hasta su muerte. Ahora, ahora es cuando se remacha la suerte de Alonso. Esperaba a Aldonza y lo vehemente de la esperanza no le dejaba dudar y puesto de hinojos, como mejor decía a aquel callado culto de doce años _miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora y como no descubría en ella sino una moza aldeana y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios_. ¡Ni la locura te valió, buen Caballero!
Cuando al cabo de doce años vas a tocar el premio de ella, la brutal realidad te da en el rostro. ¿No es acaso así con todo amor?
Mas no te pese, mi Don Quijote, y sigue con tu locura solitaria; no te pese de no llegar a comprometerte con la dicha; no te pese de no votarte a la felicidad; no te pese de que no se haya llenado tu anhelo de doce años, en brazos de tu Aldonza.
_Y tú, oh extremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora, ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para ellos solos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que mi alma te adora._ ¿No os entran ganas de llorar oyendo este plañidero ruego? ¿No oís cómo suena en sus entrañas, bajo la retórica caballeresca de Don Quijote, el lamento infinito de Alonso el Bueno, el más desgarrador quejido que haya jamás brotado del corazón del hombre? ¿No oís la voz agorera y eterna del eterno desengaño humano? Por primera, por última, por única vez habla Don Quijote de su propio rostro, de aquel rostro de Alonso que se encendía en rubor al pensar en Aldonza..._La humildad con que mi alma te adora_...Humildad de doce años, humildad alimentada en largas noches de soledad y de absurdas esperanzas, humildad nutrida con el más grandioso temor y encogimiento que jamás se viera. Lo inmenso de su amor le había hecho humilde, y jamás osó dirigirla una palabra sólo.
Seguid leyendo la historia de este encuentro, y sacándola por vosotros mismos, lectores míos, el jugo que tenga; a mí me apesadumbra tanto que me priva de imaginación para rehacerla, y voy a pasar a otra cosa. Leed vosotros la respuesta grosera que la moza dió a Don Quijote, y cómo dió con ella en tierra a corcovos, su borrica, y cómo Don Quijote acudió a levantarla, cosa que evitó ella subiéndose de un salto sobre la borrica y dándole un olor a ajos crudos que le encalabrinó y atosigó el alma.
No puede leerse sin angustia este martirio del pobre Alonso.
CAPÍTULO XI De la extraña aventura que le sucedió al valeroso Don Quijote con el carro o carreta de las cortes de la muerte.
Reanudaron amo y escudero su camino, burlándose el socarrón Sancho de la candidez de su amo. Y entonces fué cuando toparon con la carreta de la muerte o de la compañía de Angulo el Malo, que Don Quijote, aleccionado y entristecido por lo que acababa de pasarle, tomó por lo que realmente era. Y entonces fué también cuando Rocinante, alborotado por el cascabeleo del moharracho, dió con su amo en tierra y todo lo que se sigue. Y cómo quiso castigar el Caballero a los farsantes, y le esperaron éstos en ala y armados de guijarros, y convenció Sancho a su amo, hombre cuerdo y sesudo al fin, de que no debía meterse con semejante tropa, pues entre todos los que allí estaban, aunque parecían reyes, príncipes y emperadores, no había ningún caballero andante. Y así Don Quijote mudó ya de su determinado intento. Y al ver que Sancho, por su parte, no quería vengarse, fué cuando le dijo lo de: _Pues ésa es tu determinación, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras_.
La del carro de la muerte parece una de las más heroicas que llevó a feliz término nuestro hidalgo, pues en ella se nos muestra venciéndose a sí mismo con su cordura. ¡Es que le pesaba sobre el corazón el encantamiento de su dama! El mundo comedia es, y gran locura querer luchar con gentes que no son lo que parecen, sino míseros farsantes que representan su papel y entre los cuales apenas si se halla de higos a brevas un caballero andante. En el tablado del mundo es novedad sorprendente ver entrar un caballero de verdad, de los que matan y hacen en serio la escena del desafío cuando los otros hacen que la hacen y por hacer el papel no más. Tal es el héroe. Y al héroe le esperan los comediantes todos en ala y armados de piedras. Dejad, pues, a los farsantes y recordad la profunda sentencia de Sancho: _nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro sino de oropel o hoja de lata_. Recordadla y tened en cuenta que la creencia de los que en la comedia del mundo hacen el papel de maestros, cobrando por ello su salario, es ciencia de oropel u hoja de lata.
CAPÍTULO XII De la extraña aventura que le sucedió al valeroso Don Quijote con el bravo caballero de los Espejos.
Conversando sobre lo que es la comedia del mundo se quedaron amo y escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, cuando les rompió el sueño la llegada del caballero de los Espejos. Y allí fué la plática de los escuderos de un lado y de los caballeros por el otro, y el declarar Sancho que a su amo un niño le haría entender que era de noche en la mitad del día, sencillez por la que le quería como a las telas de su corazón y no se amañaba a dejarle por más disparates que hiciera. Aquí se nos declara la razón del amor que Sancho profesaba a su amo, mas no la de la admiración.
¿Pues qué creíais, Sancho? El héroe es siempre por dentro un niño, su corazón es infantil siempre; el héroe no es más que un niño grande.
Tu Don Quijote no fué sino un niño, un niño durante los doce largos años en que no logró romper la vergüenza que le ataba, un niño al engolfarse en los libros de caballerías, un niño al lanzarse en busca de aventuras. ¡Y Dios nos conserve siempre niños, Sancho amigo!
CAPÍTULOS XIII Y XIV Donde se prosigue la aventura del caballero del Bosque con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos.
Mientras platicaban los escuderos entre sí también platicaban los caballeros, y de esta plática y de haber afirmado el de los Espejos ser vencedor de Don Quijote surgió el que concertasen un duelo bajo condiciones de que el vencido quedara sujeto a obedecer al vencedor.
Y así que fué de día fué el lance, derribando Don Quijote al de los Espejos, el bachiller Sansón Carrasco, pues no era otro, que habiendo ido por lana y a llevarse al hidalgo a su casa, salió para la suya trasquilado.
Al descubrirle la visera y ver al bachiller, atribuyólo Don Quijote a magia, mas Sancho, que se había encaramado a un árbol para ver la pelea, le pidió metiese la espada por la boca al que parecía el bachiller Sansón Carrasco. ¡Ah, Sancho, Sancho, y cuán bien se aviene tu impiadosa crueldad de ahora con tu cobardía de antes!
Volvió al cabo en sí el bachiller, confesó aventajar Dulcinea del Toboso en hermosura a Casildea de Vandalia y prometió ir a presentarse a ella. _Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y sentís--respondió el derrengado caballero_, el burlador burlado, el vencido bachiller. Así, mal que les pese, tienen que declarar los bachilleres ser verdad lo que por tal proclaman los hidalgos; así los burladores son burlados; así el sentido común debe andar por los suelos a botes de la lanza del heroísmo. Pues que ¿no hay sino hacerse el loco para reducir a cordura a los que lo son de veras?
CAPÍTULO XV Donde se cuenta y da noticia de quién era el caballero de los Espejos y su escudero.
En este capítulo de la historia se nos cuenta cómo el caballero de los Espejos no era otro que Sansón Carrasco, bachiller por Salamanca, que de acuerdo con el cura y el barbero, ideó aquella traza para obligar a Don Quijote a que se redujese a su casa.
Y el maligno Carrasco juró vengarse de Don Quijote, moliéndole a palos las costillas, locura mil veces más desatinada y más de verdad locura que la del hidalgo; locura, en fin, de pasión de hombre sensato, que son las peores y las más ponzoñosas de las locuras todas. El loco _que lo es por fuerza lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser cuando quisiera_--decía el bachiller.
Pero venid acá, señor bachiller por Salamanca, venid y decidme ¿cuál es peor desvarío, el que arranca de la cabeza o el que del corazón brota, la enfermedad del imaginar o la del querer? Y el que de grado o por voluntad se hace el loco, es que tiene la voluntad enferma o torcida, y para esto hay peor remedio que para las enfermedades del entendimiento.
Y los que, como su merced, tienen el entendimiento tupido de cordura socarrona, y allende esto se lo han atiborrado de lugares comunes escolásticos en las aulas de Salamanca, suelen tener la voluntad loca de malas pasiones, de rencor, de soberbia, de envidia. ¿Pues qué razón había para ir a pelear Sansón Carrasco contra Don Quijote?
_¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión de tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival o hace él profesión de las armas para tener envidia a la fama que yo por ellas he ganado?_--decía Don Quijote. Sí, generoso Caballero, sí; fuiste y eres su enemigo como lo es todo hidalgo heroico y generoso de todo bachiller socarrón y rutinero; le diste ocasión de ojeriza, pues cobraste con tus locas hazañas una fama que él nunca alcanzó con sus cuerdos estudios y bachillerías salamanquescas, y era tu rival y te tenía envidia. Y aunque declaró, y acaso así lo creyese él mismo, que salió al campo con la mira de reducirte a cordura, la verdad es que le movió a ello, tal vez sin él percatarse de tal motivo, su deseo de unir su nombre al tuyo y de andar junto contigo en lengua de la fama, como lo consiguió.
¿Y no sería acaso que buscaba llegase a oídos de aquella andaluza Casilda, con la que se pasó en claro las noches a la reja, allá en las callejas de Salamanca, y a la que envolvió en su Casildea de Vandalia, su hazañosa proeza y su locura? ¿No oiría acaso hablar de ti con admiración a esa Casilda, que habría leído la primera parte de tu historia? Todo podía ser.
Pero tú le venciste, para que se vea que la locura generosa da más arrestos y más bríos que no la cordura menguada y socarrona, y sobre todo para que el bueno del bachiller por Salamanca aprendiese aquello de _quod natura non dat, Salmantica non praestat_, vieja verdad a pesar de aquel arrogante lema del escudo de la vieja Escuela que dice: _Omnium scientiarum princeps, Salmantica docet_.
CAPÍTULOS XVI Y XVII De lo que sucedió a Don Quijote con un discreto caballero de la Mancha y Donde se declara el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de Don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones.
Acabado este lance se encontró Don Quijote con el discretísimo Don Diego de Miranda, yendo con el cual toparon con los carros de los leones. Y allí fué la estupenda y nunca bien ponderada aventura, y cuando Don Quijote exclamó el inmortal: _¿leoncitos a mí? ¿a mí leoncitos y a tales horas? pues por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones_. Quiso convencerle Don Diego con que los leones no iban contra él, mas despachólo Don Quijote con que él sabía si iban o no a él aquellos señores leones y amenazó al leonero si no les abría la jaula. Pidió el leonero desuncir las mulas y ponerse en salvo y _oh hombre de poca fe--respondió Don Quijote--; apéate y desunce y haz lo que quisieres_.
¡Maravillosa proeza! ¡nunca visto valor de Don Quijote, y valor en seco, sin motivo ni objetivo, valor puro, valor acendrado! ¿No sería tal vez que mientras Don Quijote mostraba ostentar así su valentía, por debajo de él el pobre Alonso el Bueno, agobiado por el desencanto sufrido al no encontrarse con la suspirada Aldonza, buscaba morir en las garras y quijadas del león con muerte no tan torturadora como la que de continuo le estaba dando su amor desventurado?
Ello fué que no sirvieron ruegos ni razones, sino que Don Quijote se apeó _temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones...arrojó la lanza y embrazó el escudo y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente se fué a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea_. Al mismo historiador le arranca expresiones de admiración esta intrepidez singular. Abierta la jaula, _lo primero que_ (el león) _hizo fué revolverse_ (en ella) _donde venía echado y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro: hecho esto sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo Don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos_, mientras acaso esperase en tanto el pobre Alonso el Bueno que entre las garras de la bestia acabase de sufrir su pobre y llagado corazón y se deshiciese en él la imagen de aquella Aldonza, suspirada doce años.
_Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a Don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula._ ¡Ah, condenado Cide Hamete Benengeli, o quienquiera que fuese el que escribió tal hazaña, y cuán menguadamente la entendiste! No parece sino que al narrarla te soplaba al oído el envidioso bachiller Sansón Carrasco! No, no fué así, sino lo que en verdad pasó es que el león se espantó o se avergonzó más bien al ver la fiereza de nuestro caballero, pues Dios permite que las fieras sientan más al vivo que los hombres la presencia del poder incontrastable de la fe. O ¿no sería acaso que el león, soñando entonces en la leona recostada, allá, en las arenas del desierto, bajo una palmera, vió a Aldonza Lorenzo en el corazón del Caballero? ¿No fué su amor lo que le hizo a la bestia comprender el amor del hombre y respetarle y avergonzarse ante él?
No, el león no podía ni debía burlarse de Don Quijote, pues no era hombre sino león, y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado original alguno, jamás se burlan. Los animales son enteramente serios y enteramente sinceros, sin que en ellos quepa socarronería ni malicia. Los animales no son bachilleres, ni por Salamanca ni por ninguna otra parte, porque les basta lo que la naturaleza les da.
Lo que le pasó al león, enjaulado entonces como en un tiempo lo estuvo Don Quijote, es que al ver a éste se avergonzó, y que esto debió ser así nos lo prueba y corrobora el que ya en otra ocasión, siglos antes, se había otro león avergonzado ante otro hazañoso caballero, el Cid Ruy Díaz de Vivar, según nos lo cuenta su viejo romance (POEMA DEL CID, versos 2278 a 2301). El cual dice que estando el Cid en Valencia con todos sus vasallos y sus yernos, los infantes de Carrión, y durmiendo el Campeador en un escaño, salióse de la red y se desató el león, sembrando miedo en la corte. Despertó el que en buen hora nació, y al ver lo que acontecía Mió Çid fincó el cobdo, en pie se levantó; el manto trae al cuello e adelinó pora leon; el leon quando lo vió assí, envergonçó: ante mió Çid la cabeça premió e el rostro fincó.
Mió Çid don Rodrigo al cuello lo tomó, e lieva lo adestrando, en la red lo metió.
(2296-2301).
Así ante Don Quijote, nuevo Cid Campeador, _envergonzó_ el león, que acaso fuera uno de los dos que hoy figuran en nuestro escudo de armas, y el avergonzado ante el Cid el otro.
Aún insistió Don Quijote en que se irritase al león; mas el leonero le convenció de que no debía hacerse. Y fué entonces cuando el Caballero pronunció aquellas profundísimas palabras de _bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible_. Y ¿qué más hace falta?
Y no se me venga ahora aquí diciendo que me aparto del puntualísimo texto del historiador, porque es preciso entender bien en que no puede uno apartarse de él, sin muy grave temeridad y aun peligro de su conciencia, y en que somos libres de interpretarlo a nuestro sabor y consejo. En cuanto se refiere a hechos y aparte los evidentes errores de copista--rectificables todos--no hay sino acatar la infalible autoridad del texto cervantino. Y así debemos creer y confesar que el león volvió las espaldas a Don Quijote y se volvió a echar en la jaula.
Pero que fuese por comedimiento y que considerase niñerías y bravatas las de Don Quijote y que no lo hiciese por vergüenza al ver su valor, o ya compadecido de su amor desgraciado, es una libre interpretación del historiador, que no vale sino por la autoridad personal y puramente humana del historiador mismo. Sucede con esto como con el comentario que pone al discurso de los cabreros, llamándolo _inútil razonamiento_, y que es una glosa desdichada que se ha interpolado en el texto.
Hago estas prevenciones porque no quiero, he de repetirlo une vez más, que se me confunda con la perniciosa y pestilente secta de los hombres vanos e hinchados de huera ciencia histórica, que se atreven a sostener que no hubo tales Don Quijote y Sancho en el mundo, y otras atroces osadías semejantes, a que les lleva su desmedido afán de lograr notoriedad sosteniendo novedades y singularidades. Y ved aquí cómo el mismo noble impulso de dejar nombre y fama que movió a Don Quijote a llevar a cabo sus hazañas, les mueve a otros a negarlas. ¡Qué abismo de contradicciones es el hombre!
Y volviendo a nuestra historia, hemos de añadir que luego de avergonzado el león y al explicar Don Quijote a Don Diego de Miranda su aparente locura en tal proeza, descubrió una vez más la raíz de ella al declarar que andaba a la busca de tan arriesgadas aventuras _sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera_ y explicó, con atinadísimas razones, cómo debe el caballero dar en temerario--pues reconoció ser _temeridad exorbitante_ lo del león--ya que _es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía y en esto de acometer aventuras...antes se ha de pecar por carta de más que de menos_. ¡Concertadísimas y muy cuerdas razones con las que se justifica todo exceso ascético o heroico!
Conviene también pararse a considerar cómo esta aventura del león fué una aventura por parte de Don Quijote, de acabada obediencia y de perfecta fe. Cuando el Caballero topó al azar de los caminos con el león aquél fué, sin duda alguna, porque Dios se lo enviaba a él, y su fortísima fe le hizo decir que él sabía si iban o no a él aquellos señores leones. Y con sólo verlos entendió la voluntad del Señor y obedeció según la tercera y más perfecta manera de obedecer que hay, según Íñigo de Loyola--véase el cuarto aviso que dictó sobre esto, según lo trae el P. Rivadeneira, en el capítulo IV del libro V de la VIDA--y es «cuando hago esto o aquello sintiendo alguna señal de Superior, aunque no me lo mande ni ordene». Y así Don Quijote en cuanto vió al león, sintió la señal de Dios, y arremetió sin prudencia alguna, pues como decía el mismo Loyola--véase el mismo capítulo antedicho--«la prudencia no se ha de pedir tanto al que obedece y ejecuta cuanto al que manda y ordena». Y Dios quiso, sin duda, probar la fe y obediencia de Don Quijote como había probado las de Abraham mandándole subir al monte Moria a sacrificar a su hijo. (Gen., cap. XXII.)
CAPÍTULOS XVIII, XIX, XX, XXI, XXII Y XXIII _Que tratan de lo que sucedió a Don Quijote en casa del caballero del Verde Gabán, de la aventura del pastor enamorado, de las bodas de Camacho, y en los dos últimos de la aventura de la cueva de Montesinos_, que está en el corazón de la Mancha, y de las admirables cosas que el extremado Don Quijote contó que había visto _en ella_.
Llegaron a casa de Don Diego, conoció allí Don Quijote al hijo de aquél, Don Lorenzo, y al oirle negar que hubiese habido caballeros andantes no trató ya de sacarle de su engaño, sino que propuso rogar al cielo le sacase de él. ¡Ah, mi pobre Caballero, y cómo te ha dejado el encantamiento de tu Dulcinea!
Tras esto ocurrió lo de las bodas de Camacho en que nada hay que notar, y después se dirigió Don Quijote a la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha.
Antes de hundirse en ella _hizo una oración en voz baja pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella al parecer peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego: oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso, si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo ahora que tanto lo he menester_. Ved cómo a canto de meterse en tan inaudito empeño ruega primero a Dios y a Dulcinea luego, a Dios en voz baja y a Dulcinea en alta voz. Con Dios primero, sí, pero a solas, que no necesita