mandamiento de prisión por haber libertado a los galeotes y asióle del cuello y pidió ayuda a la Santa Hermandad, pero revolvióse el Caballero contra él y por poco lo ahoga. Separáronlos, pero los cuadrilleros pedían su presa, _aquel robador y salteador de sendas y de carreras_.
_Reíase de oir decir estas razones Don Quijote_, reíase y hacía bien en reirse, él, de quien los otros se reían; reíase con risa heroica y caballeresca, no burlona, y con mucho sosiego los reprendió por llamar saltear caminos a _acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos_. Y allí, arrogante y noble, invocó su fuero de caballero andante, cuya _ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus premáticas su voluntad_.
¡Bravo, mi señor Don Quijote, bravo! La ley no se hizo para ti ni para nosotros tus creyentes; nuestras premáticas son nuestra voluntad.
Dijiste bien; tenías bríos para dar tú solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se te pusieran delante, o por lo menos para intentarlo, que en el intento está el valor.
CAPÍTULO XLVI De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero Don Quijote.
Y así los cuadrilleros hubieron de resignarse a pretexto de estar Don Quijote loco, y el barbero hubo de avenirse a que la bacía era yelmo merced a ocho reales que por ella le dió el cura a socapa, que si por aquí hubiesen empezado habríase evitado la pendencia, pues no hay barbero antiquijotano o baciísta que por ocho reales no declare que son yelmos las bacías todas habidas y por haber, y más si antes le han carmenado las costillas por sostener lo contrario. Y ¡qué bien conocía el cura la manera de hacer confesar la fe a los barberos, que andan muy cerca de los carboneros! No sé cómo no se ha hecho la fe del barbero tan proverbial como la del carbonero. Lo merece.
Y no bien había llevado Don Quijote a sus burladores a pelear por fe que no compartían y lo sosegó luego todo, cuando trataron de enjaularle y lo pusieron por obra, disfrazándose para ello. Sólo disfrazados pueden los burladores enjaular al Caballero. Encerráronle en una jaula, clavaron los maderos y le sacaron en hombros con unas ridículas palabras que declamó maese Nicolás para hacer creer a Don Quijote que iba encantado, como lo creyó. Y luego acomodaron la jaula en un carro de bueyes.
CAPÍTULO XLVII Del extraño modo con que fué encantado Don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos.
¡Encerrado en una jaula de madera tirada en carro de bueyes! Muchas y muy graves historias de caballeros andantes había leído Don Quijote, pero jamás vió ni oyó que les llevasen de tal manera a los caballeros andantes, sino siempre por los aires _con extraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube o en algún carro de fuego_. Pero es que la caballería y los encantos de su tiempo seguían otro camino distinto del seguido por los antiguos, y así cumplía para que se consumase la burlesca pasión de nuestro Caballero.
El mundo obliga a los caballeros a ir encerrados en jaula y a paso de buey. Y aun finge que llora al verlos ir así, como lo fingieron la ventera, su hija y Maritornes. Y emprendió su camino la carreta, entre los cuadrilleros, llevando Sancho de la rienda a Rocinante. _Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies y arrimado a las verjas con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne_...Y claro que no lo era, sino hombre de espíritu. Admiremos una vez más a Don Quijote en esta aventura, en su silencio y en su paciencia.
Y no paró aquí su pasión, sino que yendo así hubo de topar con un canónigo, hombre de sobrado sentido común. Y a las primeras de cambio, enterándole Don Quijote de quién era, le mostró ingenuamente el fondo de su heroísmo, al decirle que era caballero andante, pero no de los olvidados de la fama, sino de aquellos que ha de poner ésta _su nombre en el templo de la inmortalidad, para que sirva de ejemplo y dechado de loa venideros siglos_.
¡Oh, mi heroico Caballero, que encerrado en jaula y a paso de bueyes llevado, aún crees, y crees bien, que tu nombre será puesto para los venideros siglos en el templo de la inmortalidad! Se admiró el canónigo al oir a Don Quijote y aún más de oir al cura confirmar lo dicho por él, cuando vele aquí que Sancho metió su malicioso juicio, dudando fuese encantado su amo, pues comía, bebía, hablaba y hacía sus necesidades, y encarándose con el cura le echó en rostro la su envidia.
Acertaste, fiel escudero, acertaste; la envidia y sólo la envidia enjauló a tu amo, la envidia disfrazada de caridad, la envidia de los hombres cuerdos que no pueden sufrir locura heroica, la envidia que ha erigido al sentido común en tirano nivelador. Esclavos de él eran el canónigo y el cura ¡es natural! y se pusieron a departir aparte, ensartando el primero un sin fin de ramplonadas y oquedades a cuenta de literatura.
¡Y cuán profundamente castellana fué aquella plática entre canónigo y cura! En el contacto y trato de estos espíritus alcornoqueños, lejos de gastárseles el corcho de que están recubiertos, se les acrecienta, como con el roce crece, en vez de menguar, el callo. ¡Qué alegría hubieron de sentir al encontrarse tan razonables el uno para el otro! Está visto que esta casta sólo llega a lo eterno humano, a lo divino más bien, o cuando rompe gracias a la locura la corteza que le aprisiona el alma, o cuando con la simplicidad lugareña le rezuma el alma de ella. No le falta inteligencia; sino le falta espíritu. Es brutalmente sensata, y el supuesto espiritualismo cristiano que dice profesar no es, en el fondo, sino el más crudo materialismo que puede concebirse. No le basta sentir a Dios, quiere que le demuestren matemáticamente su existencia, y aún más, necesita tragárselo.
CAPÍTULO XLVIII Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio.
Mientras cura y canónigo se satisfacían con vulgaridades, llegóse Sancho a su amo y le reveló lo de ir allí el cura y el barbero del lugar replicándole Don Quijote que bien podrían parecerle ellos mismos, pero no por eso debía creer que lo fuesen realmente, sino cosa de encantamiento para dar ocasión al pobre escudero a ponerse en un laberinto de imaginaciones. Y así es en verdad, que ni los curas ni los barberos son lo que parecen, sino figuras de encantamiento para meternos en un laberinto de imaginaciones. Y agregó el Caballero: _yo me veo enjaulado y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes a enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino que la manera de mi encantamiento excede a cuantas yo he leído?_ ¡Oh fe robusta y maravillosa! No hay, en efecto, fuerza humana que pueda esclavizar y enjaular de veras a otro hombre, pues cargado de grilletes y esposas y cadenas será siempre libre el libre, y si alguien se ve sin movimiento, es que se halla encantado. Habláis de libertad y buscáis la de fuera; pedís libertad de pensamiento en vez de ejercitaros en pensar. Desea con ansia volar, aunque llevado en el encierro de una jaula y a paso de buey, y tu deseo hará que te broten alas, y la jaula se te ensanchará convirtiéndosete en Universo y volarás por su firmamento. Todo contratiempo que te ocurra ten por seguro que proviene de encantamientos, pues no hay hombre capaz de enjaular a hombre.
Pero Sancho no cejaba en su propósito para probarle a su amo que no iba encantado, como creía, le preguntó si le había venido gana de hacer lo que no se excusa, a lo que respondió Don Quijote: _Ya, ya te entiendo, Sancho; y muchas veces, y aun ahora la tengo; sácame deste peligro, que no anda todo limpio_.
CAPÍTULO XLIX Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor Don Quijote.
Y entonces Sancho, triunfante, exclamó: _¡cogido le tengo!_, queriendo por ello probarle que no iba en verdad, como en verdad iba, encantado.
A lo que respondió el Caballero: _Verdad dices, Sancho, pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamientos_.
Claro está, tantas como personas. Y de que sea uno esclavo de su cuerpo, jaula estrecha y pobre y más a paso de buey llevada que aquélla en donde iba encantado nuestro hidalgo, de que sea uno esclavo de su cuerpo no se ha de sacar que no es toda la vida de este bajo mundo sino puro encantamiento. Así discurren los Sanchos materialistas, que deducen no hay sino lo aparencial y lo que se ve y se toca y se huele de que tengamos todos, héroes y no héroes, que hacer aguas menores y mayores. La necesidad de tener que hacer lo que no se excusa es el argumento Aquiles del sanchopancismo filosófico, disfrácese como se disfrazare. Pero bien, dijo Don Quijote: _yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia_.
¡Admirable respuesta que pone la seguridad de la conciencia por encima de los engaños de los sentidos! ¡Admirable respuesta que opone a las necesidades de limpiarse el cuerpo la necesidad de asegurarse la conciencia! Rara vez se ha dado una más robusta fórmula de la fe. Lo que basta para la seguridad de la conciencia eso es la verdad y sólo eso. La verdad no es relación lógica del mundo aparencial a la razón, aparencial también, sino que es penetración íntima del mundo sustancial en la conciencia, sustancial también.
Sacáronle a Don Quijote de la jaula para que hiciese lo que no se excusa, y limpio ya su cuerpo, pasó por otra más dura prueba y fué tener que oir las hueras sensateces del canónigo, empeñado en demostrarle que ni iba encantado ni había caballeros andantes en el mundo. Y a ello respondió muy bien Don Quijote que si no era cierto lo de Amadís y Fierabrás, no lo sería más lo de Héctor y los Doce Pares y Roldán y el Cid. Y así es, como ya he dicho, pues hoy ¿hay más realidad en el Cid que en Amadís o en Don Quijote mismo? Mas el canónigo, hombre de dura cerviz y tupido de bastísimo sentido común, se salió, como todos los ergotistas más o menos canónigos, con simplezas como la de no haber duda de que hubo Cid, ni menos Bernardo del Carpio, pero sí de que hicieran las hazañas que de ellos se cuenta. Era, al parecer, el tal canónigo uno de esos pobres hombres que manejan la crítica o cedazo y se ponen a puntualizar, papelotes en mano, si tal cosa fué o no como se cuenta, sin advertir que lo pasado no es ya y que sólo existe de verdad lo que obra, y que una de esas llamadas leyendas cuando mueve a obrar a los hombres, encendiéndoles los corazones, o les consuela de la vida, es mil veces más real que el relato de cualquier acta que se pudra en un archivo.
CAPÍTULO L De las discretas altercaciones que Don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos.
¿Que no son ciertos los libros de caballerías? _Léalos y verá el gusto que recibe de su leyenda_--retrucó triunfadoramente Don Quijote. ¡Válgame Dios, y que no comprendiese el canónigo la fuerza incontrastable de este argumento, cuando había tantas otras cosas tenidas por él como las más verdaderas de todas, más verdaderas aún que las percibidas por el sentido, y cosas cuya verdad se saca del consuelo y provecho que se recibe de ellas y de que bastan para la seguridad de la conciencia! Que todo un canónigo de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana no comprendiese cómo el consuelo, por ser consuelo, ha de ser verdad, y no que hayamos de buscar en la verdad lógica consuelo. ¡Oh, y si aplicándolo a los libros de caballería celestial o de ultratumba, le hubiesen retrucado al canónigo el argumento! ¿Qué habría dicho entonces? ¿Si los argumentos que él enderezaba contra la locura caballeresca, se los hubiesen rebotado enderezados contra la locura de la cruz? Don Quijote esgrimió el tan socorrido argumento del consentimiento de las gentes, ¿por qué no había de tener valor en su boca? Y sobre todo _de mí sé decir_--añadió--_que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, sufridor de trabajos_...¡Suprema razón! Suprema razón que no podía rechazar el canónigo, pues sabía bien que de haber hecho a los hombres humildes, mansos, caritativos y prontos a sufrir hasta la muerte, se deduce la verdad de las leyendas que los hacen tales. Y si no los hacen así, entonces son mentira y no verdad las leyendas.
Pero ¡con qué canónigos se topa uno, Dios mío, por esos andurriales de la vida! A este con que topó Don Quijote y que era la sesudez en pasta, ¿no podría habérsele desentrañado un añico siquiera de locura? Es muy de dudarlo; el seso le había carcomido las entrañas. Estos hombres tan razonables no suelen tener sino razón; piensan con la cabeza tan sólo, cuando debe pensarse con todo el cuerpo y con el alma toda.
No consiguió el canónigo convencer a Don Quijote, ni era posible le convenciese. ¿Y por qué? Por la razón misma que decía Teresa de Jesús (VIDA, XVI, 5) que no logran los predicadores que dejen los pecadores sus vicios públicos: «porque tienen mucho seso los que los predican» y «no están sin él con el gran fuego del amor de Dios como lo estaban los apóstoles y ansí calienta poco esta llama». Y así Don Quijote había movido a sus burladores a que sostuvieran y defendieran a costa de sus costillas que la bacía no era bacía sino yelmo, y el sesudo canónigo no logró convencerle a él de que no hubiese habido caballeros andantes en el mundo, porque Don Quijote con el gran fuego del amor de Dulcinea, encendido y atizado secretamente por aquellas cuatro furtivas vistas de Aldonza en doce largos años de pensar, estaba sin seso y calentaba su llama a cuantos de buena fe se le acercaban. No hay sino ver a Sancho, que gracias a ello sintió que hasta conocer a su amo había vivido, aun sin saberlo, en arrecidísima vida.
CAPÍTULOS LI Y LII Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban a Don Quijote y De la pendencia que Don Quijote tuvo con el cabrero con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dió felice fin a costa de su sudor.
Ocurrió luego el lance del cabrero y la aventura de los disciplinantes, y a los pocos días entraron al enjaulado caballero en su aldea, al mediodía de un domingo, para mayor burla y chacota. Y volvió Sancho lleno de fe en las caballerías, como se lo mostró a su mujer, pues _es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción sin pagar ofrecido sea al diablo el maravedí_.
Y así acabó la segunda salida del Ingenioso Hidalgo y la primera parte de su historia.
SEGUNDA PARTE CAPÍTULO I De lo que el cura y el barbero pasaron con Don Quijote cerca de su enfermedad.
Cuando llevaba muy sosegado Don Quijote un mes ya en su casa, nutriéndose de cosas confortativas para el corazón y el cerebro, creyéronle los suyos curado de su heroísmo caballeresco. Fueron a tentarle y probarle y entonces ocurrió entre él y el cura y el barbero la plática aquella que nos ha conservado Cervantes y lo de _¡caballero andante he de morir!_ que dijo Don Quijote a su sobrina. Y a seguida el cuento del loco de Sevilla, por el barbero, y la melancólica respuesta del hidalgo: _Ah, señor rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo_, y todo lo que a esto se sigue.
En cierto tiempo en que yo corría una revuelta galerna íntima del espíritu, recibí una carta de un amigo en que a vueltas de mil elogios para dorar la píldora me daba a entender que me tenía por loco, pues me desasosegaban cuidados que a él nunca le quitaron el sueño. Y al leerlo me dije: ¡Válgame Dios y cómo confunden las gentes la locura con la mentecatería, pues este mi pobre amigo por creerme loco me juzga tan ciego que no he de ver por tela de cedazo; ¡me tiene por tonto que no he de entenderle! Pero me consolé pronto de la amistad de mi amigo.
¿No ves que ese tan solícito amigo te toma por loco al colmarte de atenciones?
CAPÍTULO II Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de Don Quijote, con otros sucesos graciosos.
Mientras estaban en esas pláticas Don Quijote, el cura y el barbero, se armó en el patio una más que regular peltrera entre Sancho de un lado y del otro el ama y la sobrina, pues no querían éstas dejarle entrar, reprochándole de haber sido él quien distraía y sonsacaba a su señor y le llevaba por aquellos andurriales, y replicándoles Sancho que él era el sonsacado y el distraído con engañifas.
Mas cabe aquí hacer notar que acaso el ama y la sobrina no andaban muy lejos de la verdad, pues ambos a la par, Don Quijote y Sancho, se sonsacaban y distraían y se llevaban mutuamente por los andurriales del mundo. El que cree dirigir suele ser en mucha parte el dirigido, y la fe del héroe se alimenta de la que alcanza a infundir en sus seguidores. Sancho era la humanidad para Don Quijote, y Sancho, desfallecido y enardeciéndose a veces en su fe, alimentaba la de su señor y amo. Solemos necesitar de que nos crean para creernos, y si no fuera monstruosa herejía y hasta impiedad manifiesta sostendría que Dios se alimenta de la fe que en él tenemos los hombres. Pensamiento que disfrazándolo con los dioses paganos, expresó profundísima y egregiamente Góngora en aquellos dos diamantinos--por la dureza y por el esplendor--versos que dicen: _Ídolos a los troncos la escultura, a los ídolos dioses hizo el ruego._ En una misma turquesa forjaron a caballero y escudero, como suponía el cura. Lo más grande y más consolador de la vida que en común hicieron, es el no poderse concebir al uno sin el otro, y que muy lejos de ser dos cabos opuestos, como hay quien mal supone, fueron y son no ya las dos mitades de una naranja, sino un mismo ser visto por dos lados. Sancho mantenía vivo el sanchopancismo de Don Quijote y éste quijotizaba a Sancho, sacándole a flor de alma su entraña quijotesca.
Que aunque él dijera _Sancho nací y Sancho pienso morir_, lo cierto es que hay dentro de Sancho mucho Don Quijote.
Y así cuando se quedaron solos, dijo el hidalgo a su escudero lo de _juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos, y lo otro de soy tu cabeza y tú mi parte_..._y por esta razón el mal que a mí me toca o tocare, a ti te ha de doler y a mí el tuyo_, preñadísimas palabras en que mostró el caballero cuan a lo hondo sentía lo uno y mismo que con su escudero era.
CAPÍTULOS III Y IV Del ridículo razonamiento que pasó entre Don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco y Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse.
Siguieron hablando de lo que de ellos se decía por el mundo, radical cuidado de Don Quijote, y luego hizo Sancho venir al bachiller Sansón Carrasco, bachiller por esta Salamanca de mis pecados, típico personaje que entra aquí en tablado. Es este bachiller por Salamanca el hombre más representativo, después de nuestros dos héroes, que en la historia de éstos juega papel; es el cogollo y cifra del sentido común amigo de burlas y regocijos, el cabecilla de los que traían y llevaban, dejándola uno para tomarla otro, la Vida del Ingenioso Hidalgo. Quedóse a comer con Don Quijote y de refilón a burlarse de él para hacer honor a su mesa.
Y el cándido Don Quijote--siempre lo fueron los héroes--al oir hablar de la historia que de sus hazañas andaba compuesta, se encendió en sed de renombre, pues _una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente, es verse_--dijo--_viviendo andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa_, y así y por ello decidió volver a salir y declaró al bachiller su intento y cayó en la simplicidad de pedirle consejo de _por qué parte comenzaría su jornada_.
CAPÍTULO V De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación.
De esta plática se saca muy en claro cómo había Don Quijote infundido en su escudero soplo de ambición y el del _Sancho nací, Sancho he de morir_, quería morir Don Sancho y señoría y abuelo de condes y marqueses.
CAPÍTULO VI De lo que pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama; y es uno de los importantes capítulos de toda la historia.
¡Y tan importante como es! Pues mientras Sancho altercaba con su mujer, disputaban con Don Quijote su ama y su sobrina, caseros estorbos de su heroísmo.
Y hubo de oir el buen caballero que una rapaza como su sobrina, que apenas si sabía menear doce palillos de randas, se atreviera a negar que haya habido caballeros andantes en el mundo. Triste cosa es venir a oir en la propia casa y de labios de una rapazuela, que las repite de coro, las simplezas del vulgo.
¡Y pensar que esta rapaza de Antonia Quijana es la que domeña y lleva hoy a los hombres en España! Sí, es esta atrevida rapaza, esta gallinita de corral, alicorta y picoteadora, es ésta la que apaga todo heroísmo naciente. Es la que decía a su señor tío aquello de _y que con todo esto dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente siendo viejo, que tiene fuerzas estando enfermo, y que endereza tuertos estando por la edad agobiado, y sobre todo que es caballero no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres_. Y hasta el esforzado Caballero de la Fe, vencido por la modesta entereza de aquella humilde rapazuela, se ablandó a contestarla: _Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices_.
Y si tú mismo, denodado Don Quijote, te dejaste convencer, aunque sólo fuese de palabra y pasajeramente, por aquella gatita casera ¿qué mucho el que se rindan a su sabiduría de cocina los que la buscan para perpetuar en ella su linaje? Ella, la muy simplona, no comprende que pueda un viejo ser valiente y tener fuerzas un enfermo y enderezar tuertos el agobiado por la edad, y sobre todo no comprende que pueda un pobre ser caballero. Y aunque simplona y casera y de tan corto alcance de corazón como de cabeza, si se atreve contigo, su tío, ¿no se ha de atrever con los que la solicitan para novia o la poseen como maridos?
Le han enseñado que el matrimonio se instituyó «para casar, dar gracia a los casados y criar hijos para el cielo» y de tal modo lo entiende y lo practica, que aparta a su marido de que nos conquiste ese cielo mismo para el que ha de criar sus hijos.
Hay un sentido común y junto a él un sentimiento común también; junto a la ramplonería de la cabeza nos embarga y embota la ramplonería del corazón. Y de esta ramplonería eres tú, Antonia Quijana, lectora mía, la guardiana y celadora. La alimentas en tu corazoncito mientras espumas la olla de tu tío o mientras meneas los palillos de randas.
¿Correr tu marido tras de la gloria? ¿La gloria? Y eso ¿con qué se come? El laurel es bueno para asaborar las patatas cocidas, es un excelente condimento de la cocina casera. Y tienes de él bastante con el que coges en la iglesia el Domingo de Ramos. Además, sientes unos furiosos celos de Dulcinea.
No sé si caerán bajo los lindos ojos de alguna Antonia Quijana estos mis comentarios a la vida de su señor tío; hasta lo dudo, porque nuestras sobrinas de Don Quijote no gustan de leer cosa para la que tenga que fruncir la atención y rumiar algo lo leído; les basta noveluchas de diálogo muy cortado o de argumento que suspenda el ánimo por lo terrible, o ya libricos devotos tupidos de superlativos acaramelados y de desaboridas jaculatorias. Además presumo que los directores de vuestros espirituelos os prevendrían contra mis peligrosos extravíos de pluma si vuestra propia insustancialidad no os sirviera de fortísimo escudo. Estoy, pues, casi seguro de que no hojearéis con vuestras ociosas manos, hechas a menear palillos de randas, estas empecatadas páginas, pero si por un azar os cayesen bajo la mirada, os digo que no espero surja de entre vosotras ni una nueva Dulcinea que lance a un nuevo Don Quijote a la conquista de la fama, ni otra Teresa de Jesús, dama andante del amor que de tan hondamente humano se sale de lo humano todo. Ni encenderéis un amor como el que Aldonza Lorenzo, sin de ello percatarse, encendió en el corazón de Alonso el Bueno, ni lo encenderéis en el vuestro como aquel amor de Teresa para Jesús que hizo le atravesase el corazón un serafín con un dardo.
También ella, Teresa, así como Alonso Quijano anduvo doce años enamorado de Aldonza, así tuvo ella trato con quien por vía de casamiento le pareció podía acabar en bien, y aquel con quien confesaba le dijo que no iba contra Dios (VIDA, cap. II), pero comprendió el premio que da el Señor a los que todo lo dejan por él y que el hombre no aplaca la sed de amor infinito y aquellos libros de caballerías a que fué aficionada le llevaron, a través de lo terreno del amor, al amor sustancial, y anheló gloria eterna y engolfarse en Jesús, ideal de hombre. Y dió en heroica locura y llegó a decir a su confesor: «suplico a vuestra merced seamos todos locos, por amor de quien por nosotros se lo llamaron» (VIDA, cap. XVI). Pero ¿tú, mi Antonia Quijana, tú? Tú no enloqueces ni en lo humano ni en lo divino; tendrás poco seso tal vez, pero por poco que sea te llena y tupe la cabecita toda, que es más pequeña aún que él y no te queda en ella sitio para el cogüelmo del corazón.
Tienes muy buen sentido, discreta Antonia, sabes contar los garbanzos y remendar los calzones a tu marido, sabes cuidar la olla de tu tío y menear los palillos de randas, y para pasto de lo supremo de tu espíritu tienes tus funciones de celadora de este o del otro coro y la obligación de recitar a tal hora del día estas o las otras untuosas palabras que te dan por escrito. No dijo para ti Teresa lo de «no haga caso del entendimiento, que es un moledor» (VIDA, cap. XV), porque te da poca molienda tu entendimientecillo enroderado por tu director de espíritu y menoscabado y engurruñido desde que te lo descubrieron. Ese tu espíritu, tu almita que acaso fué soñadora otraño, te la alicortaron y encanijaron en un terrible potro; te la han brezado desde que lanzó su primer medroso vagido, te la han brezado con el viejo estribillo de _duerme niño chiquito que viene el Coco a llevarse a los niños que duermen poco_, te la han brezado con la gangosa canción con que tú misma, mi pobre Antonia, brezas a tus hijos, cuando eres madre, para que se duerman.
Y mira, Antonia, no hagas por un momento caso alguno de los que te quieren gallinita de corral, no les hagas caso y medita en ese plañidero estribillo con que aduermes a tus hijos. Medita en eso de que venga el Coco y se lleve a los niños que duermen poco; medita, mi querida Antonia, en eso de que sea el mucho dormir lo que haya de librarnos de las garras del Coco. Mira, mi Antonia, que el Coco viene y se lleva y se traga a los dormidos, no a los despiertos.
Y ahora, si por un momento logré distraerte de tus faenas y quehaceres, de las que llaman labores de tu sexo, perdónamelo o no me lo perdones.
Yo soy quien no me perdonaría nunca el no haberte dicho que sólo te queremos de veras, te queremos mujer fuerte, los que te hablamos recio y duro, no los que te amarran, como ídolo, a un altar y te tienen allí presa atufándote con el incienso de fáciles requiebros, ni los que te aduermen el espíritu brezándotelo con ñoñas canciones de una piedad de alfeñique.
Y tú, mi Don Quijote, triste cosa es que cuando te retraes a tu casa, al amor de tu hogar, como a castillo roquero que te mantenga lejos de las flechas envenenadas del mundo, y no te deje oir las voces de los que hablan por no callarse, triste cosa es que te muelan entonces todavía los oídos con ecos de esas mismas voces importunas. Triste cosa es que en vez de ser tu hogar expansión de tu espíritu y ámbito que de él te hizo, sea trasunto de lo de fuera. No te habría dicho eso Aldonza, de seguro, no te lo habría dicho.
CAPÍTULO VII De lo que pasó Don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos.
Y a la pena de tener que oir tales cosas en su propia casa uniósele la de ver cómo vacilaba la fe de Sancho, el cual pedía salario fijo, cosa no conocida entre caballeros andantes, a quienes siempre sirvieron a merced sus escuderos. La fe de Sancho, en continua conquista de sí misma, no le había aún dado esperanza, y quería salario. No estaba para entender la profundísima sentencia entonces pronunciada por su amo, y fué la de _vale más buena esperanza que ruin posesión_. ¿Y es que la entendemos en todo su alcance yo y tú, lector mío? ¿No nos atenemos más bien, como buenos Sanchos, a lo de «más vale pájaro en mano que ciento volando»? ¿No olvidamos hoy y siempre que la esperanza crea lo que la posesión mata? Lo que hemos de acaudalar para nuestra última hora es riqueza de esperanzas, que con ellas, mejor que con recuerdos, se entra en la eternidad. Que nuestra vida sea un perduradero sábado santo.
Con justa razón enojado Don Quijote al ver que Sancho, movido de su carnalidad, le pedía salario, como si le hubiera mayor que el de seguirle y servirle en su carrera de gloria, le rechazó de escudero entonces. Y ante el rechazo encendióse la fe del pobre Sancho, _se le anubló el cielo y se le cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se iría sin él por todos los haberes del mundo_.
Rompió esta plática el bachiller Carrasco, que acudió a felicitar a Don Quijote y a ofrecérsele por escudero...¡impía oferta! Y al oirlo Sancho enternecióse, se le llenaron de lágrimas los ojos y entregóse a su amo.
Pero ¿creías acaso, pobre Sancho, que te iba a ser vividera la vida sin tu amo? No, ya no eres tuyo; eres de él. También tú andas, aunque no lo sepas ni lo creas, enamorado de Dulcinea del Toboso.
No faltará quien reproche a Don Quijote el haber arrancado de nuevo a Sancho del sosiego de su vida y de la tranquilidad de su trabajo, haciéndole dejar mujer e hijos por correr tras engañosas aventuras; no faltan corazones tan apocados como para sentir así. Pero nosotros consideremos que una vez que Sancho hubo encentado la sabrosidad de su nueva vida, no quiso volver a la otra, y a despecho de los arredros y trompicones de su fe, se le nublaba el cielo y se le caían las alas del corazón al ocurrirle el recelo de que su amo y señor fuera a dejarle.
Hay espíritus menguados que sostienen ser mejor cerdo satisfecho que no hombre desgraciado y los hay también para endechar a la que llaman santa ignorancia. Pero quien haya gustado la humanidad la prefiere, aun en lo hondo de la desgracia, a la hartura del cerdo. Hay, pues, que desasosegar a los prójimos los espíritus, hurgándoselos en el meollo, y cumplir la obra de misericordia de despertar al dormido cuando se acerca un peligro o cuando se presenta a la contemplación alguna hermosura. Hay que inquietar los espíritus y enfusar en ellos fuertes anhelos, aun a sabiendas de que no han de alcanzar nunca lo anhelado.
Hay que sacarle a Sancho de su casa, desarrimándole de mujer e hijos, y hacer que corra en busca de aventuras; hay que hacerle hombre. Hay un sosiego hondo, entrañado, íntimo, y este sosiego sólo se alcanza sacudiéndose del aparencial sosiego de la vida casera y aldeana; las inquietudes del ángel son mil veces más sabrosas que no el reposo de la bestia. Y no ya sólo las inquietudes, sino hasta las penas, aquel «recio martirio sabroso» de que nos habla en su VIDA (XX, 8) Teresa de Jesús.
¿Qué es eso de la santa ignorancia? La ignorancia ni es ni puede ser santa. ¿Qué es eso de envidiar el sosiego de quien nunca vislumbró el supremo misterio ni miró más allá de la vida y de la muerte? Sí, sé la canción, sé lo de «¡qué buena almohada es el catecismo! hijo mío, duerme y cree; por acá se gana el cielo en la cama». ¡Raza cobarde, y cobarde con la más desastrosa cobardía, con la cobardía moral que tiembla y se arredra de encarar las supremas tinieblas!
Mira, Sancho, si todos esos que envidian, de pico al menos, la tranquilidad de que gozabas antes de haberte sacado de tus casillas tu amo, supieran lo que es la lucha por la fe, créeme, no te ponderarían tanto la del carbonero. Mi cuerpo vive gracias a luchar momento a momento contra la muerte, y vive mi alma porque lucha también contra su muerte momento a momento. Y así vamos a la toma de una nueva afirmación sobre los escombros de la que nos desmoronó la lógica, y se van amontonando los escombros de todas ellas, y un día, vencedores, sobre la pingorota de este inmenso montón de afirmaciones desmoronadas, proclamarán los nietos de nuestros nietos la afirmación última, y crearán así la inmortalidad del hombre.
Por bien empleados debió de dar Sancho todos sus trabajos y miserias y escaseces, incluso lo del manteamiento, a trueque de haberse renovado y quijotizado junto a Don Quijote; con tal de haberse trasformado del zafio y oscuro Sancho Panza que era en el inmortal escudero del inmortal Don Quijote de la Mancha, que es para siempre jamás.
Henchidos, pues, de lágrimas los ojos entregóse a su amo.
Y en su consecuencia a los pocos días y al anochecer _sin que nadie lo viese sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron camino del Toboso_.
CAPÍTULO VIII Donde se cuenta lo que le sucedió a Don Quijote yendo a ver a su señora Dulcinea del Toboso.
Y de camino disertó Don Quijote sobre Eróstrato y el deseo de alcanzar fama, raigambre de su heroísmo. Y no dejó de abismarse entonces Don Quijote en los abismos de la cordura de Alonso el Bueno, observando la vanidad de la fama que _en este presente y acabable siglo se alcanza, la cual fama por mucho que dure se ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado_.
Eu sou a gloria, genio jocundo De radioso paiz solar; Seras o poeta maior do mundo...Dizem que o mundo debe acavar.
dice SAGRAMOR en el poema de Eugenio de Castro.
En esta tercera y última salida de Don Quijote hemos de ver cómo se hunde en las simas de su cordura, hasta llegar a la inmersión en ellas con su muerte ejemplar.
Movido por las palabras de su amo y viendo Sancho cuán más grande es la fama de los santos que no la de los héroes, dijo a Don Quijote aquello de que se dieran a ser santos y alcanzarían más brevemente la buena fama que pretendían, poniéndole el ejemplo de San Diego de Alcalá y San Pedro de Alcántara, canonizados por aquellos días.
«Veréis que un día seré adorado por el mundo entero», solía decir el