escudero que al recibir la carta, mandó la ahechadora la pusiese sobre un costal, que no la podía leer hasta que acabara de acribar lo que allí tenía, a lo cual dijo Don Quijote: _Discreta señora; eso debió de ser por leella despacio y recrearse en ella_. Añadió Sancho que olía Dulcinea a hombruno, _y no sería eso--respondió Don Quijote--, sino que tú debías de estar romadizado, o te debiste de oler a ti mismo, porque yo sé bien lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído_. Dijo luego Sancho que Dulcinea, no sabiendo leer ni escribir, rasgó y desmenuzó la carta en piezas, por que _no se supiese en el lugar sus secretos_, bastándole lo oído al escudero sobre las penitencias de su amo, y diciéndole quería ver a éste y se pusiese camino del Toboso. Cuando Sancho respondió a su amo no haberle dado Dulcinea, al despedirle, joya alguna, sino un pedazo de pan y queso por las bardas del corral, _es liberal en extremo--dijo Don Quijote--y si no te dió joya de oro, sin duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; pero buenas son mangas después de pascua; yo la veré y se satisfará todo_.
Ruego al lector relea todo este admirable diálogo, por cifrarse en él la íntima esencia del quijotismo en cuanto doctrina del conocimiento.
A las mentiras de Sancho fingiendo sucesos según la conformidad de la vida vulgar y aparencial, respondían las altas verdades de la fe de Don Quijote, basadas en vida fundamental y honda.
No es la inteligencia sino la voluntad la que nos hace el mundo, y al viejo aforismo escolástico de _nihil volitum quin praecognitum_, nada se quiere sin haberlo antes conocido, hay que corregirlo con un _nihil cognitum quin praevolitum_, nada se conoce sin haberlo antes querido.
Que en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira.
como dijo nuestro Campoamor. Lo cual ha de corregirse también diciendo que en este mundo todo es verdad y es mentira todo. Todo es verdad en cuanto alimenta generosos anhelos y pare obras fecundas; todo es mentira mientras ahogue los impulsos nobles y aborte monstruos estériles. Por sus frutos conoceréis a los hombres y a las cosas. Toda creencia que lleve a obras de vida es creencia de verdad, y lo es de mentira la que lleve a obras de muerte. La vida es el criterio de la verdad, y no la concordancia lógica, que lo es sólo de la razón. Si mi fe me lleva a crear o aumentar vida ¿para qué queréis más prueba de mi fe? Cuando las matemáticas matan, son mentira las matemáticas. Si caminando moribundo de sed ves una visión de eso que llamamos agua y te abalanzas a ella y bebes y aplacándote la sed te resucita, aquella visión lo era verdadera y el agua agua de verdad. Verdad es lo que moviéndonos a obrar de un modo o de otro haría que cubriese nuestro resultado a nuestro propósito.
Uno de esos que se dedican a la llamada filosofía dirá que Don Quijote estableció en esa plática con Sancho la doctrina, ya famosa, de la relatividad del conocimiento. Claro está que todo es relativo, pero ¿no es relativa también la relatividad misma? Y jugando con los conceptos, o no sé si con los vocablos, podría decirse que todo es absoluto, absoluto en sí, relativo en relación a lo demás. En esto, en juego de palabras, cae toda lógica que no se basa en la fe y no busca en la voluntad su último sustento. La lógica de Sancho era una lógica como la escolástica, puramente verbal; partía del supuesto de que todos queremos decir lo mismo cuando expresamos las mismas palabras, y Don Quijote sabía que con las mismas palabras solemos decir cosas opuestas, y con opuestas palabras la misma cosa. Gracias a lo cual podemos conversar y entendernos. Si mi prójimo entendiese por lo que dice lo mismo que entiendo yo, ni sus palabras me enriquecerían el espíritu, ni las mías enriquecerían el suyo. Si mi prójimo es otro yo mismo ¿para qué le quiero? Para yo, me basto y aun me sobro yo.
Los granos de trigo son de rubión o de candeal según las manos que los tocan, y aquellas manos, mi Don Quijote, no han de posarse en las tuyas. Y en lo que el Caballero estuvo profundísimo fué en afirmar que si Dulcinea huele a hombruno a los Sanchos es porque están romadizados y se huelen a sí mismos. Aquellos a quienes el mundo sólo les huele a materia es que se huelen a sí mismos; los que sólo ven pasajeros fenómenos es que se miran a sí mismos y no se ven en lo hondo. No es contemplando el rodar de los astros por el firmamento como te hemos de descubrir, Dios y Señor nuestro que regalaste con la locura a Don Quijote; es contemplando el rodar de los anhelos amorosos por el cimiento de nuestros corazones.
El pan y el queso que por las bardas del corral te dió Dulcinea, se te ha convertido, Sancho amigo, en joya de eternidad. Por ese pan y ese queso vives y vivirás mientras quede en hombres memoria de hombres y aun mucho más allá; por ese pan y ese queso con que tú creías mentir, gozas de verdad duradera. Queriendo mentir, decías la verdad.
Siguieron departiendo amo y escudero y en el curso de la plática volvió Sancho a sus trece de que se casase Don Quijote con la princesa, y por rehusarlo le dijo: _y ¡cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos!_ Para Sancho la locura de su amo cifrábase tan sólo en dejar la fortuna por la Gloria, y así son los Sanchos todos; tienen por cuerdo al loco que con su locura prosperó en bienestar y suerte y estiman loco al cuerdo a quien su cordura le impidió cobrar fortuna. Sancho quería amar y servir a Dios _por lo que pudiese_; el puro amor no cupo en él.
CAPÍTULO XXXII Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de Don Quijote.
Después de estas pláticas, y del encuentro con Andrés, el criado de Juan Haldudo el rico, de quien dijimos, llegaron a la venta, y mientras dormía Don Quijote enzarzose el cura con el ventero y su familia a hablar de libros de caballerías, y soltó lo de que los libros en que se narran las aventuras de Don Cirongilio y de Félix Marte son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos, y el del Gran Capitán lo es de historia verdadera, así como el de Diego García de Paredes.
Pero véngase acá, señor Licenciado, y dígame: ahora, al presente, y en el momento en que vuestra merced habla así ¿dónde estaban y están en la tierra el Gran Capitán y Diego García de Paredes? Luego que un hombre se murió y pasó acaso a memoria de otros hombres ¿en qué es más que una de esas ficciones poéticas de que abomináis? Vuestra merced debe saber por sus estudios lo de _operari sequitur esse_, el obrar se sigue al ser, y yo le añado que sólo existe lo que obra y existir es obrar, y si Don Quijote obra, en cuantos le conocen, obras de vida, es Don Quijote mucho más histórico y real que tantos nombres, puros nombres, que andan por esas crónicas que vos, señor Licenciado, tenéis por verdaderas.
Sólo existe lo que obra. Ese investigar si un sujeto existió o no existió proviene de que nos empeñamos en cerrar los ojos al misterio del tiempo. Lo que fué y ya no es, no es más que lo que no es, pero será algún día; el pasado no existe más que el porvenir ni obra más que él sobre el presente. ¿Qué diríamos de un caminante empeñado en negar el camino que le resta por recorrer y no teniendo por verdadero y cierto sino el recorrido ya? Y ¿quién os dice que esos sujetos cuya existencia real negáis no han de existir un día, y por lo tanto existen ya en la eternidad, y hasta que no hay nada concebible lo cual en la eternidad no sea real y efectivo?
Tenía razón el ventero, quijotizado ya--pues no en vano recibió bajo el techo de su casa al héroe--, tenía razón al deciros, señor Licenciado: _Callad, señor, que si oyese esto_ (las hazañas de don Cirongilio de Tracia) _se volvería loco de placer: dos higas para el Gran Capitán y para ese Diego García que dice_. En lo eterno son más verdaderas las leyendas y ficciones que no la historia. Y en la disputa entre vos, señor cura racionalista, y el ventero lleno de fe, llevaba éste la mejor parte. Lograsteis, sí, señor Licenciado, tentar la fe de Sancho, que oía la disputa, pero fe no conquistada entre tentaciones de duda no es fe fecunda en obras duraderas.
Antes de proseguir conviene digamos aquí algo, aunque sea de refilón, pues otra cosa no merecen, de esos sujetos vanos y petulantes que se atreven a sostener que Don Quijote y Sancho mismos no han existido nunca, ni pasan de ser meros entes de ficción.
Sus razones, aparatosas e hinchadas, no merecen siquiera refutación; tan ridículas y absurdas son. Da bascas y grima el oirlas. Pero como hay personas sencillas que seducidas por la aparente autoridad de los que vierten tan apestosa doctrina, les prestan oído atento, conviene llamarles la atención sobre ello y que se atengan a lo que viene ya recibido desde tanto tiempo, con asenso y aplauso de los más doctos y más graves. Para consuelo y corroboración de las gentes sencillas y de buena fe, espero, con la ayuda de Dios, escribir un libro en que se pruebe con buenas razones y con mejores y muy numerosas autoridades--que es lo que en esto vale--cómo Don Quijote y Sancho existieron real y verdaderamente, y pasó todo cuanto se nos cuenta de ellos, tal y como se nos cuenta. Y allí probaré que aparte de que el regocijo, consuelo y provecho que de esta historia se saca es razón más que bastante en abono de su verdad, allende esto, si se la niega hay que negar otras muchas cosas también y así vendríamos a zapar y socavar el orden en que se asienta hoy nuestra sociedad, orden que, como es sabido, es hoy el criterio supremo de la verdad de toda doctrina.
CAPÍTULOS XXXIII Y XXXIV Estos dos capítulos se ocupan con la novela de _El Curioso impertinente_, novela por entero impertinente a la acción de la historia.
CAPÍTULO XXXV Que trata de la brava y descomunal batalla que Don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, y se da fin a la novela de El curioso impertinente.
Tras la disputa entre el cura y el ventero y estando leyendo la impertinente novela de _El curioso impertinente_, ocurrió la triste aventura del acuchillamiento de los pellejos de vino por Don Quijote, en sueños y mientras dormía. Debió Cervantes habernos callado esta aventura, aunque Don Quijote se ensayase en sueños para sus hazañas de despierto. Y menos mal que no fué sino vino lo que se perdió, y así se perdiese todo él, por la falta que hace.
Para poder juzgar con justicia de esta aventura sería menester conocer lo que no conocemos y es qué soñaba entonces Don Quijote. Juzgarla de otro modo sería un juicio como el que habría hecho uno de nuestros petulantes sabios si hubiese oído a Íñigo de Loyola cuando en el hospital de Luis de Antezana, en Alcalá de Henares, hospital «infamado en aquella sazón de andar en él de noche muchos duendes y trasgos», al encontrarse una vez «a boca de noche» con que se estremeció todo el aposento, «se le espeluznaron los cabellos, como que viese alguna espantable y temerosa figura; mas luego tornó en sí, y viendo que no había que temer, hincóse de rodillas y con grande ánimo comenzó a voces a llamar, y como a desafiar a los demonios diciendo--según el P.
Rivadeneira, en el capítulo IX del libro V de la VIDA nos cuenta--: Si Dios os ha dado algún poder sobre mí, infernales espíritus, heme aquí; ejecutadle en mí, que yo ni quiero resistir ni rehuso cualquiera cosa que por este camino venga; mas si no os ha dado poder ninguno ¿qué sirven, desventurados y condenados espíritus, estos miedos que me ponéis? ¿Para qué andáis espantando con vuestro cocos y vanos temores los ánimos de los niños y hombres medrosos tan vanamente? Bien os entiendo; porque no podéis dañarnos con las obras, nos queréis atemorizar con esas falsas representaciones». Y añade el buen Padre historiador que «con este acto tan valeroso no sólo venció el miedo presente, mas quedó para adelante muy osado contra las opresiones diabólicas y espantos de Satanás».
Al narrar esta aventura de los pellejos el puntualísimo historiador nos descubre un pormenor secreto y es que tenía Don Quijote las piernas _no nada limpias_. Pudo habérselo callado. Pero en ello nos mostró que al fin el Caballero era de su casta, casta que nunca hizo entrar el aseo entre los deberes caballerescos. Y tan es así, que aunque se nos diga de un caballero español que era limpio, luego se ve que no extrema la virtud de la limpieza. Y así aunque en el capítulo XVIII del libro IV de la VIDA DEL BIENAVENTURADO PADRE IGNACIO DE LOYOLA nos diga de él Rivadeneira que «aunque amaba la pobreza, nunca le agradó la poca limpieza», en el capítulo VII del libro V de la misma nos cuenta que «a un novicio dió penitencia rigurosa porque se lavaba las manos algunas veces con jabón, pareciéndole mucha curiosidad para novicio».
Bien es verdad que entre las propiedades en que se distingue el que tiene habilidad perteneciente al arte militar, que era el profesado por Don Quijote y por Loyola, señala el Dr. Huarte, en el capítulo XVI de su ya citado EXAMEN como la tercera de ellas el «ser descuidados del ornamento de su persona; son casi todos desaliñados, sucios, las calzas caídas, llenas de arrugas, la capa mal puesta, amigos del sayo viejo y de nunca mudar el vestido» y da la razón de ello diciendo que «el grande entendimiento y la mucha imaginativa hacen burla de todas las cosas del mundo, porque en ninguna de ellas hallan valor ni sustancia», añadiendo que «solas las contemplaciones divinas les dan gusto y contento, y en éstas ponen la diligencia y cuidado, y desechan las demás».
Verdad es que en tiempo de Don Quijote, Íñigo de Loyola y el Dr.
Huarte no se había aún inventado esto de los microbios y de la asepsia y antisepsia, ni andaban las gentes tan embrujadas en pensar que en acabando con esos bichillos acabaríamos o poco menos con la muerte, y que la felicidad depende de la higiene, género de superstición no menos dañoso ni menos ridículo que el de creer y pensar que abrazándose uno a la porquería gana el cielo. Un hombre sucio será siempre algo más que un cerdo limpio, aunque es mejor aún que se limpie el hombre.
Y volviendo a la aventura, hay que notar cómo Sancho, el buen Sancho, creía en el descabezamiento del gigante, y que el vino era sangre y _todos reían_. Todos reían, la ventera se quejaba por la pérdida de sus cueros, ayudándola Maritornes, y _la hija callaba y de cuando en cuando se sonreía_. ¡Poético rasgo! ¡La hija, enamorada de los libros de caballerías, se sonreía! ¡Dulce rocío sobre la pasión de risas que padecía Don Quijote! En aquel tormento de risotadas, la sonrisa de la hija del ventero era un hálito de piedad.
CAPÍTULO XXXVI Que trata de otros raros sucesos que en la venta sucedieron.
Tras esto se enredaron los sucesos de la venta con la llegada de nuevos comparsas, y el desencanto de Sancho al encontrarse con que la princesa Micomicona era Dorotea, la de Fernando, lo cual bastó para persuadirle de que la cabeza del gigante había sido un odre de vino.
¡Oh, pobre Sancho, y cuán bravamente peleas por tu fe y cómo vas conquistándola entre tumbos y desalientos, perdiendo hoy terreno en ella para recobrarlo mañana! ¡Tu carrera fué una carrera de lucha interior, entre tu tosco sentido común, azuzado por la codicia, y tu noble aspiración al ideal, atraída por Dulcinea y por tu amo! Pocos ven cuán de combate fué tu carrera escuderil; pocos ven el purgatorio en que viviste; pocos ven cómo fuiste subiendo hasta aquel grado de sublime y sencilla fe que llegarás a mostrar cuando tu amo muera.
De encantamientos en encantamientos llegaste a la cumbre de la fe salvadora.
CAPÍTULO XXXVIII Que trata del curioso discurso que hizo Don Quijote de las armas y las letras.
Con el buen suceso de los encuentros de la venta aumentaron los burladores de Don Quijote, a los que enderezó éste su discurso de las letras y las armas. Y como no lo dirigió a cabreros, lo pasaremos por alto.
CAPÍTULOS XXXIX, XL, XLI Y XLII Están llenos con la historia del cautivo y el relato de cómo encontró el oidor a su hermano.
CAPÍTULO XLIII Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros extraños acontecimientos en la venta sucedidos.
Dejemos lo del mozo de mulas, que no nos importa.
Reunida toda aquella gente, quedóse Don Quijote a hacer la guardia del castillo. Y el demonio, que no descansa, insinuó a la hija de la ventera, la de la sonrisa, y a Maritornes, que hiciesen una burla a Don Quijote, en pago de su guardia.
A solas y mientras hacía su guardia, recordaba en voz alta Don Quijote a su señora Dulcinea, cuando la hija de la ventera _le comenzó a cecear y a decirle: señor mío, lléguese acá la vuestra merced, si es servido_.
Y el frágil Caballero ablandóse y cedió, y en vez de hacer oídos sordos a los reclamos de retozona semidoncella, se metió a exponerle la imposibilidad en que estaba de satisfacerla, sin advertir el cuitado que discutir con la tentación, reconociéndola así beligerancia, es ya camino para ser vencido por ella. Y así fué que le pidieron una de sus manos, llamándolas hermosas. Y el cuitado hidalgo, rendido al requiebro, le dió la mano a que no había tocado otra de mujer alguna, y no para que la besara, sino para que por ella admirasen la fuerza del brazo que tal mano tenía.
¿Admirar? ¿No ves, sencillo Caballero, el peligroso juego en que te metes al dar tu mano a la admiración de unas damas? ¿No sabes acaso que la admiración de una mujer hacia un hombre no es sino forma de algo más íntimo que la admiración misma? No se admira sino lo que se ama, y en la mujer no hay mas que un modo de admirar al hombre. ¡Y admirar no tus propósitos, no una obra o hazaña tuya, no tus pensamientos, sino admirar tu mano! ¡Oh, si hubieras logrado que la admirase Aldonza Lorenzo; que te la hubiese recogido entre las suyas para que por _la contextura de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas_ sacase qué tal debía ser la fuerza del brazo que tal mano tenía, y sobre todo la fuerza del corazón que regaba de sangre aquellas venas!
Cometiste, buen Caballero, una imperdonable lije reza al dar a admirar tu mano a damas que te la pedían para burlarse de ti y lo pagaste caro. Lo pagó caro, porque se quedó preso de la mano por un cabestro.
Maritornes y la hija del ventero _se fueron muertas de risa y le dejaron asido de manera que fué imposible soltarse_. Fíate luego de mujeres retozonas y regocijadas.
Creyólo encantamiento Don Quijote y no era sino castigo a su blandura y petulancia. El héroe no debe dar a admirar sus manos, así sin más ni más y al primero o a la primera que las pida, sino guardarlas más bien de miradas curiosas y lijeras. ¿Qué importa a los demás las manos con que se hace las cosas? Fea costumbre es esa de meterse en casa del combatiente generoso y revisar sus armas, inquirir cómo trabaja y vive y examinarle las manos. Si escribes, que nadie sepa cómo escribes, ni a qué horas, ni con qué pluma ni de qué modo.
En tanto Don Quijote _maldecía ante sí su poca discreción y discurso_ al no estar alerta frente a los encantamientos y _allí fué el maldecir de su fortuna y el exagerar la falta que haría en el mundo su presencia y el acordarse de nuevo de Dulcinea y el llamar a Sancho Panza_ y a los sabios Lirgandeo y Alquife, y a su buena amiga Urganda, y _allí le tomó la mañana tan desesperado y confuso que bramaba como un toro_.
Y aun así, preso de la mano, increpó a cuatro hombres de a caballo, que llamaron a la venta al amanecer, mostrando en ello su indomable fortaleza.
CAPÍTULO XLIV Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta.
Y luego que Maritornes le soltó, temerosa de lo que sucediese, Don Quijote _subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró su lanza_ y retó a quien dijese que había sido con justo título encantado. ¡Bravo, mi buen hidalgo!
Procure siempre acertarla el honrado y principal; pero si la acierta mal, defenderla, y no enmendarla como dice el conde Lozano a Peranzules en LAS MOCEDADES DEL CID.
Los de a caballo fueron a su asunto, y Don Quijote, _que vió que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso de él, ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba de despecho y saña_...Sí, mi pobre Don Quijote, sí; gustamos más de que se rían de nosotros que no de que no nos hagan caso. Comprendo tu despecho y saña. Entre aquel corro de burladores lo peor para ti es que no hiciesen, ni aun de burlas, caso de tus retos ni bravatas.
Poco después de esto trabóse el ventero a puñetazos con dos huéspedes que buscaban escurrírsele sin pagar, y acudieron la ventera y su hija a Don Quijote como más desocupado, para que socorriese al marido y padre, a lo cual respondió _muy de espacio y con mucha flema: fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto no diere cima a una en que mi palabra me ha puesto_, añadiendo que corriese a decir a su padre entretuviera la batalla mientras él obtenía licencia de la princesa Micomicona. Obtúvola, mas ni aun así puso mano a su espada Don Quijote, al ver que eran gente escuderil. E hizo bien.
Pues qué ¿no hay sino acudir al Caballero cuando se nos antoja y ahora burlarnos de él y colgarle de la mano y querer luego que nos sirva y acorra en nuestros aprietos con aquella misma mano injuriada antes?
Está muy bien burlarse del loco, mas luego, cuando lo necesitamos acudimos a él. ¡Desgraciado del héroe que pone su heroísmo al servicio de los que se le vienen delante, y así lo rebaja! Si tu prójimo anda a puñetazos con bellacos como él, déjale y allá se las haya, sobre todo si es porque quieren escurrírsele sin pagar; tu entremetimiento será dañoso. No cuando él crea deber ser socorrido, sino cuando crea yo deber socorrerle. No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita, y soporta luego su ingratitud.
A poco de esto entró en la venta el barbero del yelmo de Mambrino y la tramó con Sancho; llamándole ladrón al ver los aparejos del suyo en el asno de éste, y Sancho se defendió bravamente contentando a su amo, que _propuso en su corazón armarle caballero_. Mentó el barbero la bacía y entonces se interpuso Don Quijote, y mandó traerla y juró que era yelmo y lo puso a la consideración de los allí presentes. ¡Sublime fe que afirmó en voz alta, bacía en la mano, y a la vista de todos, que era yelmo!
CAPÍTULO XLV Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas con toda verdad.
_¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores--dijo el barbero--, de lo que afirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía, sino yelmo? Y quien lo contrario dijere--dijo Don Quijote--le haré yo conocer que miente si fuere caballero, y si escudero que remiente mil veces._ Así, así, mi señor Don Quijote, así; es el valor descarado de afirmar en voz alta y a la vista de todos y de defender con la propia vida la afirmación, lo que crea las verdades todas. Las cosas son tanto más verdaderas cuanto más creídas y no es la inteligencia, sino la voluntad, la que las impone.
Bien hubo de verlo el pobre barbero de quien la bacía fué cuando no era aún yelmo. Primero fué Sancho, cuando Don Quijote dijo _juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fué el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna_, quien agregó en tímido apoyo de su amo: _En eso no hay duda, porque desde que mi señor le ganó hasta ahora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance_.
¿Baciyelmo? ¿Baciyelmo, Sancho? ¡No hemos de ofenderte creyendo que esto de llamarle baciyelmo fué una de tus socarronerías, no!; es la marcha de tu fe. No podías pasar de lo que tus ojos te enseñaban, mostrándote como bacía la prenda de la disputa, a lo que la fe en tu amo te enseñaba, mostrándotela como yelmo, sin agarrarte a eso del baciyelmo. En esto sois muchos los Sanchos, y habéis inventado lo de que en el medio está la virtud. No, amigo Sancho, no; no hay baciyelmos que valgan. Es yelmo o es bacía según quien de él se sirva, o mejor dicho es bacía y es yelmo a la vez porque hace a los dos trances. Sin quitarle ni añadirle nada puede y debe ser yelmo y bacía, todo él yelmo y toda ella bacía; pero lo que no puede ni debe ser, por mucho que se le quite o se le añada, es baciyelmo.
Más resueltos encontró el barbero de la bacía al otro barbero maese Nicolás, y a Don Fernando, el de Dorotea, y al cura y a Cardenio y al oidor, que con grande asombro de otros de los presentes lo diputaron por yelmo. Como burla pesada quiso tomarlo uno de los cuatro cuadrilleros allí presentes, incomodóse, trató de borrachos a los que afirmaban lo contrario, lanzóle un mentís Don Quijote y fuese sobre él y armóse la de San Quintín, dándose de golpes los unos a los otros.
Y fué Don Quijote quien con sus voces, y recordando la discordia del campo de Agramante, apaciguó el cotarro.
¿Qué? ¿Os extraña la general pendencia por si era la bacía bacía o si era yelmo? Otras más entreveradas y más furiosas se han armado en el mundo por otras bacías y no de Mambrino. Por si el pan es pan y el vino vino, y por cosas parecidas. En torno a Caballeros de la fe se arredilan carneros humanos, y por llevarles el humor o por cualquier otra cosa sostienen que la bacía es yelmo, como aquellos dicen, y se vienen a las manos por sostenerlo, y es lo fuerte del caso que los más de cuantos pelean sosteniendo que es yelmo, tienen para sí que es bacía. El heroísmo de Don Quijote se comunicó a sus burladores, quedaron quijotizados a su pesar, y Don Fernando medía con sus pies a un cuadrillero por haber éste osado sostener que la bacía no era yelmo, sino bacía. ¡Heroico Don Fernando!
Ved, pues, a los burladores de Don Quijote burlados por él, quijotizados a su despecho mismo, y metidos en pendencia y luchando a brazo partido por defender la fe del Caballero, aun sin compartirla.
Seguro estoy, aunque Cervantes no nos lo cuenta, seguro estoy de que después de la tunda dada y recibida, empezaron los partidarios del Caballero, los quijotanos o yelmistas, a dudar de que la bacía lo fuera y a empezar a creer que fuese el yelmo de Mambrino, pues con sus costillas habían sostenido tal credo. Cumple afirmar aquí una vez más que son los mártires los que hacen la fe más bien que la fe a los mártires.
En pocas aventuras se nos aparece Don Quijote más grande que en esta en que impone su fe a los que se burlan de ella, y los lleva a defenderla a puñetazos y a coces y a sufrir por ella.
¿Y a qué se debió ello? No a otra cosa si no a su valor de afirmar delante de todos que aquella bacía, que como tal la veía él, lo mismo que los demás, con los ojos de la cara, era el yelmo de Mambrino, pues le hacía oficio de semejante yelmo.
No le faltó «esse descarado heroismo d'affirmar, que, batendo na terra com pé forte, ou pallidamente elevando os olhos ao Ceo cria a traves da universal illusão Sciencias e Religiões» como dice Eça de Queiroz al final de su A RELIQUIA.
Es el valor de más quilates, el que afronta no daño del cuerpo, ni mengua de la fortuna ni menoscabo de la honra, sino el que le tomen a uno por loco o por sandio.
Este valor es el que necesitamos en España, y cuya falta nos tiene perlesiada el alma. Por falta de él no somos fuertes ni ricos ni cultos; por falta de él no hay canales de riego ni pantanos, ni buenas cosechas; por falta de él no llueve más sobre nuestros secos campos, resquebrajados de sed, o cae a chaparrones el agua arrastrando el mantillo y arrasando a las veces las viviendas.
Que ¿también esto os parece paradoja? Id por esos campos y proponed a un labrador una mejora de cultivo o la introducción de una nueva planta o una novedad agrícola y os dirá: «Eso no pinta aquí». «¿Lo habéis probado?», preguntaréis, y se limitará a repetiros: «Eso no pinta aquí». Y no sabe si pinta o no pinta, porque no lo ha probado, ni lo ensayará nunca. Lo probaría estando de antemano seguro del buen éxito, pero ante la perspectiva de un fracaso y tras él la burla y chacota de sus convecinos, tal vez el que le tengan por loco o por iluso o por mentecato, ante esto se arredra y no ensaya. Y luego se sorprende del triunfo de los valientes, de los que arrostran motajos, de los que no se atienen al «en donde fueres haz lo que vieres» y el «¿adónde vas, Vicente?, ¡adonde va la gente!», de los que se sacuden del instinto rebañego.
Hubo en esta provincia de Salamanca un hombre singular, que surgido de la mayor indigencia amasó unos cuantos millones. Estos charros del rebaño no se explicaban tal fortuna sino suponiendo que había robado en sus mocedades, porque estos desgraciados, tupidos de sentido común y enteramente faltos de valor moral, no creen sino en el robo y en la lotería. Mas un día me contaron una proeza quijotesca de ese ganadero, el Mosco. Y fué que trajo de las costas del Cantábrico hueva de besugo para echarla en una charca de una de sus fincas. Y al oirlo me lo expliqué todo. El que tiene valor de arrostrar la rechifla que ha de atraerle forzosamente el traer hueva de besugo para echarla en una charca de Castilla, el que hace esto, merece la fortuna.
¿Que es ello absurdo?--decís. ¿Y quién sabe qué es lo absurdo? ¡Y aunque lo fuera! Sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible. No hay mas que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura. Y sobre todo no hay más que un modo de triunfar de veras: arrostrar el ridículo. Y por no tener valor para arrostrarlo tiene esta gente su agricultura en la postración en que yace.
Sí, todo nuestro mal es la cobardía moral, la falta de arranque para afirmar cada uno su verdad, su fe, y defenderla. La mentira envuelve y agarrota las almas de esta casta de borregos modorros, estúpidos por opilación de sensatez.
Se proclama que hay principios indiscutibles y cuando se trata de ponerlos en tela de juicio, no falta quien ponga el grito en el cielo.
No ha mucho pedí que se pidiera la derogación de ciertos artículos de nuestra ley de Instrucción Pública, y una mazorca de mandrias se pusieron a berrear que era inoportuno e impertinente, y otras palabrotas más fuertes y más groseras. ¡Inoportuno! Estoy harto de oir llamar inoportunas a las cosas mis oportunas, a todo lo que corta la digestión de los hartos y enfurece a los tontos. ¿Qué se teme? ¿Que se trabe pendencia y se encienda la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Es lo que necesitamos.
Sí, es lo que necesitamos: una nueva guerra civil. Es menester afirmar que deben ser y son yelmos las bacías y que se arme sobre ello pendencia como la que se armó en la venta. Una nueva guerra civil, con unas o con otras armas. ¿No oís a esos desgraciados de corazón engurruñido y seco que dicen y repiten que estas o las otras disputas a nada práctico conducen? ¿Qué entienden por práctica esas pobres gentes?
¿No oís a los que repiten que hay discusiones que deben evitarse?
No faltan menguados que nos estén cantando de continuo el estribillo de que deben dejarse a un lado las cuestiones religiosas; que lo primero es hacerse fuertes y ricos. Y los muy mandrias no ven que por no resolver nuestro íntimo negocio, no somos ni seremos fuertes ni ricos. Lo repito, nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá aquí caminos que lleven a parte adonde merezca irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco. No tendremos vida exterior poderosa y espléndida y gloriosa y fuerte mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de mentira, y la mentira es el pan nuestro de cada día para nuestro espíritu.
¿No oís a ese burro grave que abre la boca y dice: «¡eso no puede decirse aquí!»? ¿No oís hablar de paz, de una paz más mortal que la muerte misma, a todos los miserables que viven presos de la mentira?
¿No os dice nada ese terrible artículo, padrón de ignominia para nuestro pueblo, que figura en los reglamentos de casi todas las sociedades de recreo de España y que dice: «se prohibe discusiones ¡Paz! ¡paz! ¡paz! Croan a coro todas las ranas y los renacuajos todos de nuestro charco.
¡Paz! ¡paz! ¡paz! Sí, sea, paz, pero sobre el triunfo de la sinceridad, sobre la derrota de la mentira. Paz, pero no una paz de compromiso, no un miserable convenio como el que negocian los políticos, sino paz de comprensión. Paz, sí, pero después que los cuadrilleros reconozcan a Don Quijote su derecho a afirmar que la bacía es yelmo; mas aún, después que los cuadrilleros confiesen y afirmen que en manos de Don Quijote es yelmo la bacía. Y esos desdichados que gritan «¡paz! ¡paz!»
se atreven a tomar en labios el nombre del Cristo. Y olvidan que el Cristo dijo que él no venía a traer paz, sino guerra, y que por él estarían divididos los de cada casa, los padres contra los hijos, los hermanos contra los hermanos. Y por él, por el Cristo, para establecer su reinado, el reinado social de Jesús--que es todo lo contrario de lo que llaman los jesuítas el reinado social de Jesucristo--, el reinado de la sinceridad y de la verdad y del amor y de la paz verdaderas; para establecer el reinado de Jesús tiene que haber guerra.
¡Raza de víboras la de esos que piden paz! Piden paz para poder morder y roer y emponzoñar más a sus anchas. De ellos dijo el Maestro que «ensanchan sus filacterias y estienden los flecos de sus mantos» (Mar.
XXIII, 5). ¿Sabéis qué es esto? Eran las filacterias unas cajitas que contenían pasajes de la Escritura y que llevaban los judíos en la cabeza y el brazo izquierdo en ciertas ocasiones. Eran como esos amuletos que se cuelga del cuello de los niños para preservarles de no sé qué mal y consisten en unas bolsitas, bordadas muy cucamente, con lentejuelas, por alguna monja que, bordándolas, mató el aburrimiento, y dentro de las cuales bolsas se mete unos papelitos en que van impresos pasajes del Evangelio, de ese Evangelio que jamás habrá de leer el niño que lleva al cuello el amuleto, y en latín dichos pasajes, para mayor claridad. Eso eran las filacterias, y llevaban además los fariseos en los flecos o randas de los mantos pasajes también de las Escrituras.
Era como eso que hoy llevan muchos sobre la solapa de la levita o de la chaqueta: un corazón pintado en un disco de seco y duro barro. Y estos del amuleto, de la filacteria moderna, estos y sus congéneres son los que osan hablar de paz y de oportunidad y de pertinencia. No, ellos mismos nos han enseñado la fórmula: no caben nefandos contubernios entre los hijos de la luz y los de las tinieblas. Y ellos, los cobardes servidores de la mentira, son los hijos de las tinieblas, y nosotros, los fieles de Don Quijote, somos los hijos de la luz.
Y volviendo a la historia vemos que se sosegaron todos, pero uno de los cuadrilleros empezó a examinar a Don Quijote, contra quien llevaba