vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.
Pero viene aquí un pasaje tan triste como hermoso, pues mostrándonos una carnal flaqueza del Caballero, nos muestra que era de carne y hueso como nosotros, y como nosotros sujeto a las miserias humanas.
CAPÍTULO XXIII De lo que aconteció al famoso Don Quijote en Sierra Morena, que fué una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan.
Y fué cuando, viéndose tan malparado, dijo a su escudero: _siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar: si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho, paciencia y escarmentar para desde aquí adelante_. El pobre Caballero, tendido en tierra, siente flaquear su fe. Mas ved que acude en su ayuda Sancho, el heroico Sancho, y lleno de fe quijotesca, responde a su amo: _Así escarmentará vuestra merced como yo soy turco_. Y ¡qué bien calaste, Sancho heroico, Sancho quijotesco, que tu amo no podía escarmentar de hacer el bien y cumplir la justicia verdadera!
Y porque apedrearan a Don Quijote y le robaran la ropilla ¿hemos de creer que no le iban agradecidos los galeotes y que la libertad no les mejoró el ánimo? Cuando le robaron la ropilla es que la necesitaban, y esto no excluía agradecimiento, pues una cosa es la gratitud y otra el oficio, y el de los más de ellos era el de ladrones. Y además ¿quién sabe si no es que querían llevarse una prenda suya como de recuerdo? ¿Y que le apedrearon? Sí, por agradecimiento también. Peor habría sido que le hubiesen vuelto las espaldas.
Encimada la aventura de los galeotes y obedeciendo Don Quijote a los ruegos de Sancho, que le pedía se apartaran de la furia de la Santa Hermandad, mas no por miedo a ella, se entraron en Sierra Morena, haciendo noche _entre dos peñas y entre muchos alcornoques_. Y aquella noche fué cuando robó su jumento a Sancho Ginés de Pasamonte, el desgraciado galeote. Y a poco hallaron la maleta de Cardenio y el montoncillo de escudos de oro que hizo exclamar a Sancho: _bendito sea todo el cielo que nos ha deparado una aventura que sea de provecho_.
¡Ah Sancho veleta, vuelve a vencerte la carne y llamas aventura a eso de topar con un montoncillo de escudos de oro! Eres del país de la lotería. Se lo regaló su amo, que no iba a la busca de tales aventuras de dinero hallado. Interesóse más en los lamentos amorosos que en la maleta se contenían, y al ver pasar saltando de risco en risco a un solitario, decidido a buscarle, mandó a Sancho lo atajase. Y entonces respondió éste aquellas notabilísimas palabras de: _No podré hacer eso porque en apartándome de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos y visiones_.
¿Y cómo no, Sancho amigo, cómo no? Tu amo será, si quieres, loco de remate, pero ni supiste, ni sabes ni sabrás ya vivir sin él; renegarás de su locura y de los manteamientos en que con ella te mete, pero si te deja, te acometerá el miedo al verte solo. Tú sin tu amo estás tan solo que estás sin ti. Gustaste el amparo de Don Quijote, cobraste fe en él, si el mantenimiento de tu fe te falta ¿quién te librará del miedo? ¿Es acaso el miedo otra cosa que la pérdida de la fe?, y ¿no se recobra ésta en fuerza de miedo? Y la fe, amigo Sancho, es adhesión no a una teoría, no a una idea, sino a algo vivo, a un hombre real o ideal, es facultad de admirar y de confiar. Y tú, Sancho fiel, crees en un loco y en su locura, y si te quedas a solas con tu cordura de antes ¿quién te librará del miedo que te ha de acometer al verte solo con ella, ahora que gustaste de la locura quijotesca? Por eso pides a tu amo y señor que no se aparte de ti.
Y tu Don Quijote, magnánimo y fuerte, te responde: _Así será, y yo estoy muy contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te faltará aunque te falte el ánima del cuerpo_. Ten fe, pues, Sancho, ten fe, que aunque te falte el ánima del cuerpo, no te faltará el ánimo de Don Quijote. La fe cumplió en ti su milagro; el ánimo de Don Quijote es ya tu ánimo y ya no vives tú en ti mismo, sino que es él, tu amo, quien en ti vive. Estás quijotizado.
Entonces encontró Don Quijote a Cardenio y apenas vió al otro loco, loco de amor, _le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido_. Y así era en verdad.
Saludáronse y manifestó Don Quijote su propósito de servirle y si no hallaba remedio a su dolor, ayudarle a llorar su desventura y _a plañirla como mejor pudiera_. Y al llorar y plañir la desventura de Cardenio ¿no llorarías y plañirías la tuya, buen Caballero? Al llorar los desdenes de Lucinda ¿no llorarías aquella contención que te impidió abrir el corazón a Aldonza?
Hay, sin embargo, maliciosos en creer que todo ello era sólo para mover a Cardenio a que contase su historia, pues era Don Quijote curioso en extremo y amigo de enterarse de vidas ajenas.
CAPÍTULOS XXIV Y XXV Donde se prosigue la aventura de Sierra Morena y que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros.
Aquí Cervantes, no fiando demasiado en la virtualidad de la historia de su héroe, intercala la de Cardenio. Mas aun así nos contó la interrupción de Don Quijote a Cardenio y cómo salió a la defensa de la reina Madasina, ofendida por éste. Con lo cual quiso enseñarnos a que no toleremos se le ofenda a él por los que se obstinan en tratarle como a mero ente de razón, sin consistencia real. Y no es razón que los tales no estén en su cabal juicio, pues _contra cuerdos y contra locos_, como dijo en aquella ocasión Don Quijote, debe volver uno por la verdad radical. Como por ella volvió el hidalgo. El cual si pecaba era de jactancioso, pues aun entonces afirmó que él se sabía las reglas de caballería _mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo_.
Yendo después por aquellas soledades de Sierra Morena volvió a dar Don Quijote en su verdadero tema, y fué al decir a Sancho que le llevaba por aquellas partes el deseo _de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar_--dijo--_perpetuo nombre y fama en todo lo descubierto de la tierra_. Y para lograrlo se propone imitar a su modelo, Amadís de Gaula. Sabía bien que a la perfección se llega imitando a hombres y no tratando de poner en práctica teorías. Y para imitarle en la penitencia que hizo en la Peña Pobre, mudando su nombre en el de Beltenebros, decidió Don Quijote hacer en Sierra Morena _del desesperado, del sandio y del furioso_, aventura más fácil que la de _hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y dehacer encantamentos_.
Y como el heroico loco era muy cuerdo, no quiso imitar a D. Roldán en lo de arrancar árboles, enturbiar las aguas de las claras fuentes, matar pastores, destruir ganados, abrasar chozas, derribar casas, arrastrar yeguas y _otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura_, sino sólo en lo esencial, y aun venir a contentarse con la sola imitación de Amadís, _que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más_. El punto estaba en alcanzar fama y renombre, y si las locuras de daño no eran para ello necesarias, eran ya locuras de locura.
Y requerido por Sancho de por qué razón habría de volverse loco sin que Dulcinea le hubiese faltado, contestó con aquella preñadísima sentencia que dice: _Ahí está el punto y ésa es la fuerza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias; el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, qué hiciera en mojado_. Sí, Don Quijote mío, el toque está en desatinar sin ocasión, en generosa rebelión contra la lógica, durísima tirana del espíritu. Los más de los que en ésta tu patria son tenidos por locos, desatinan con ocasión y con motivo y en mojado, y no son locos, sino majaderos forrados de lo mismo, cuando no bellacos de lo fino. La locura, la verdadera locura nos está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogado el propio.
Ahogado se lo tenía a Sancho, pues dudó de ti, heroico Caballero, cuando le hablaste de nuevo del yelmo de Mambrino y estuvo a punto de creer patraña tus promesas todas porque sus ojos carnales le hacían ver el yelmo como si fuese bacía de barbero. Pero bien le respondiste: _eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa_. Ésta es la verdad pura; el mundo es lo que a cada cual le parece, y la sabiduría estriba en hacérnoslo a nuestra voluntad, desatinando sin ocasión y henchidos de fe en lo absurdo. El carnal Sancho creyó, al ver empezar a Don Quijote la penitencia que iba de burlas y no de veras, mas desengañóle su amo.
No, Sancho amigo, no, la verdadera locura va de veras siempre; son los cuerdos los que van de burlas.
Y ¡qué locura! Entonces fué cuando Don Quijote declaró a Sancho lo de ser Dulcinea Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales, y Sancho nos declaró las prendas terrenales de ella, _moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho_, que tiraba la barra _como el más forzudo zagal de todo el pueblo_. Se puso un día _encima del campanario de la aldea a llamar a unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre y aunque estaban de allí a media legua, así lo oyeron como si estuvieran al pie de la torre_. Y se la oye ahora, que convertida en Dulcinea, pregona tu nombre, Sancho socarrón. _Tiene mucho de cortesana_--añadió--; _con todos se burla y de todo hace mueca y donaire_...Sí, de todos sus favoritos se burla la Gloria.
Dejó de hablar Sancho, juzgando a Dulcinea, o mejor a Aldonza, según sus groseros ojazos, y su amo le contó el cuento de la viuda hermosa, moza, libre y rica que se enamoró del mozo rollizo e idiota. Para lo que le quería...Sí, para el que quiere estrujar idealidad del mundo nada hay en él de bajo ni de grosero, y muy bien puede Aldonza Lorenzo encarnar a Dulcinea.
Pero hay aquí algo más íntimo. Alonso Quijano el Bueno que había recatado en los más recónditos recovecos de su corazón durante doce años aquel amor que fué acaso lo que llevándole a engolfarse en libros de caballería le llevó a hacerse Don Quijote, Alonso Quijano, roto ahora, merced a la locura caballeresca, su vergonzante recato, confiesa a Sancho su amor. ¡A Sancho! Y al confesarlo, lo profana. El muy bellaco del escudero no se percata de lo que se le abre al conocimiento y a la confianza y habla de Aldonza como de una garrida moza cualquiera de lugar. Y entonces Don Quijote, apesadumbrado al ver cuán a lo burdo entendió Sancho sus amores, sin conocer que para todo buen enamorado es su amor único y como no lo ha habido en la tierra antes, le cuenta la sustanciosa historia de la viuda y el idiota, para concluir en lo de _por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra_. ¡Pobre Caballero! y cómo tuviste que callar y sepultar en lo más escondido de tu seno que a no haberte atado la vergüenza del de demasiado amor que se te prendió en el otoño de tus años, para otra cosa que para invocarla por los caminos bajo el nombre de Dulcinea habrías querido a la hermosa hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales! Di ¿no hubieras dado por ella la gloria, esa gloria que por ella ibas a buscar?
Acabado el coloquio, escribió Don Quijote la carta a Dulcinea, aun no sabiendo leer Aldonza Nogales, y la cédula de los tres pollinos que se entregarían a Sancho. ¡Ah, Sancho, Sancho, llevas el más grande de los cometidos, una misiva de amor a Dulcinea, y necesitas llevar con ella una cédula de tres pollinos!
Siguióse nuevo coloquio y en él dijo Don Quijote aquello de: _A fe, Sancho, que a lo que parece no estás tú más cuerdo que yo_. Cierto es ello, pues le contagiaste, noble Caballero.
Al ir a partir Sancho, desnudóse su amo con toda priesa los calzones, _quedó en carnes y en pañales y luego, sin más ni más, dió dos zapatetas en el aire y dos tumbos la cabeza abajo y los pies en alto descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dió por satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco_.
CAPÍTULO XXVI Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo Don Quijote en Sierra Morena.
Y quedóse Don Quijote rezando en un rosario de agallas grandes de alcornoque, paseándose por un pradecillo, escribiendo y grabando en las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, suspirando y llamando a los faunos, silvanos y ninfas de aquellos contornos.
¡Admirable aventura! ¡Aventura del género contemplativo más bien que del activo! Hay gentes, Don Quijote mío, ciegas al valor de estas aventuras de suspirar y dar sin más ni más zapatetas en el aire. Sólo el que las dió o es capaz de darlas, puede dar cima a grandes empresas.
Desgraciado del que a solas consigo mismo es cuerdo y cuida que los demás le miran.
Esta penitencia de Don Quijote en Sierra Morena nos trae a la memoria aquella otra de Íñigo de Loyola en la cueva de Manresa y sobre todo cuando en el mismo Manresa y en el monasterio de Santo Domingo «vínole al pensamiento--como nos dice el P. Rivadeneira, libro I, cap. VI--un ejemplo de un santo que para alcanzar de Dios una cosa que le pedía, determinó de no desayunarse hasta alcanzarla. A cuya imitación--añade--propuso él también de no comer ni beber hasta hallar la paz tan deseada de su alma, si ya no se viese por ello a peligro de morir».
Al terminar un piadoso autor la vida de San Simeón Estilita, añade: «esta vida es más para admirada que para imitada», y Teresa de Jesús, en el párrafo tercero del capítulo XIII de su VIDA, nos dice que el demonio «nos dice o hace entender que las cosas de los Santos son para admiradas, mas no para hacerlas los que somos pecadores» y eso dice ella también, mas que «hemos de mirar cuál es de espantar y cuál de imitar». Y así podría creerse que la penitencia de Don Quijote en Sierra Morena es más para admirada que para imitada. Pero yo os digo que de la misma fuente de que brotaron sus más hazañosas proezas, de esa misma fuente brotó también lo de las zapatetas en el aire, siendo inseparable lo uno de lo otro. Aquellas locuras encendieron su amor a Dulcinea, y ese amor fué su brújula y su resorte de acción.
Lo bello es lo superfluo; lo que tiene su fin en sí; la flor de la vida. Y esas zapatetas en el aire son bellísimas, porque no tienen otro fin que el de darlas. Aunque sí, otro fin tuvieron, fin de propia educación. Oídme una parábola: Llegaron a segar un campo dos segadores. El uno, ansioso de segar mucho, empezó a cortar sin cuidarse de afilar la guadaña y al poco rato, mellada ella y embotado el filo, derribaba la yerba, mas sin cortarla. El otro, deseoso de segar bien, se pasó casi toda la mañana en afilar su instrumento, y al caer de la tarde ni éste ni aquél habían ganado su jornal. Así hay quien sólo se cuida de obrar sin afilar ni pulir su voluntad y su arrojo, y quien se pasa la vida en afile y pulimento, y en prepararse a vivir le llega la muerte. Hay, pues, que segar y pulir la guadaña, obrar y prepararse para la obra. Sin vida interior no la hay exterior.
Y esas zapatetas sin más ni más en el aire, y esos rezos, esos grabados en las cortezas de los árboles, suspiros e invocaciones, son ejercicio espiritual para arremeter molinos, alancear corderos, vencer vizcaínos, libertar galeotes y ser por ellos apedreado. Allí, en aquel retiro y con aquellas zapatetas, se curaba de las burlas del mundo, burlándose de él, y desahogaba su amor; allí cultivaba su locura heroica con desatinos en seco.
En tanto tomó Sancho camino del Toboso y al llegar cerca de la venta en que lo mantearon, topó con el cura y el barbero de su lugar. Los cuales no bien le vieron, preguntáronle por Don Quijote y dónde quedaba, y Sancho, guiado de un certero instinto, intentó ocultarlo. Y ¡qué bien comprendías, fiel escudero, que los mayores enemigos del héroe son sus propios deudos y parientes, los que le quieren con cariño de la carne!
No le quieren por él ni por su obra, sino quiérenle para ellos. No le quieren por su obra, que es su alma y su razón de ser; no le quieren en la eternidad, sino en el tiempo. Cuenta Marcos el evangelista, en el capítulo III de su Evangelio, que cuando Jesús había elegido sus apóstoles, estaba rodeado de mucha gente, que ni aun podían comer pan (ver. 20) y al oirlo los suyos, οι παρ' αὺτοῦ, los de su familia, su madre y hermanos, fueron a prenderle diciendo: «está fuera de sí», esto es, está loco (ver. 21) y al decirle al Maestro: «He ahí tu madre y tus hermanos que te buscan fuera», respondió diciendo: «¿Quién, mi madre y mis hermanos? He aquí mi madre y mis hermanos--y miró a los que le rodeaban--; quien hiciere la voluntad de Dios ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (vers. 31 a 35). Para nadie es más loco el héroe, el santo, el redentor, que para su propia familia, para sus padres y hermanos.
El cura y el barbero obraban al querer reducir a Don Quijote a su casa, conforme al corazón del alma y la sobrina del hidalgo, que le creían fuera de sí. Pero los sobrinos de Don Quijote son quienes se encienden en su hidalga caballerosidad, son sus parientes en espíritu. El héroe acaba por no poder tener amigos; por ser a la fuerza un solitario.
Bien hizo, pues, Sancho en querer ocultar al cura y al barbero dónde paraba su amo, pero no le valió la treta, porque como estaba solo, sin el amparo de su señor, le atacaron por el miedo y le hicieron cantar de plano. Y lo cantó todo, asombrando a los vecinos, que _se admiraron de nuevo considerando cuán vehemente había sido la locura de Don Quijote, pues había llevado tras sí el juicio de aquel pobre hombre_.
¿Vehemente? Más que vehemente; contagiosa con el contagio del heroísmo.
Y no puede ni debe llamarse pobre hombre a quien tan rico de espíritu se iba haciendo con sólo haber entrado a servir a tal caballero.
_No quisieron cansarse en sacarle del error en que estaba_--agrega el historiador--, _pareciéndoles que pues que no le dañaba nada la conciencia, mejor era dejarle en él, y a ellos les sería de más gusto oir sus necedades_. Ved cómo toman estos dos mundanos cura y barbero las cosas de Sancho; le dejan en lo que creen su error y era fe en el heroísmo, para sacar gusto de oir las que reputan sus necedades. Haced luego nada heroico o decid algo sutil o nuevo para dar gusto a los que os lo tomarán como meras ingeniosidades.
Presumo que leerán estos mis comentarios no pocos curas y barberos manchegos, o que merecían serlo, y hasta llego a sospechar que los más de los que me los lean andarán más cerca que de otra cosa de aquellos cura y barbero, y creerán bueno dejarme en los que juzguen mis errores para sacar gusto de mis necedades. Dirán, como si lo oyera, que sólo busco y rebusco ingeniosas paradojas para hacerme pasar por original, pero yo sólo les digo que si no ven ni sienten todo lo que de pasión y encendimiento de ánimo y hondas inquietudes y ardorosos anhelos pongo en estos comentarios a la vida de mi señor Don Quijote y de su escudero Sancho, y he puesto en otras de mis obras, si no ven ni sienten eso, digo, los compadezco con toda la fuerza de mi corazón y los tengo por unos miserables esclavos del sentido común y unos espíritus aparenciales que se pasean entre sombras recitando de coro las viejas coplas de Calaínos. Y me encomiendo a nuestra señora Dulcinea, que dará al cabo cuenta de ellos y de mí.
En acabando de leer esto se sonreirán también murmurando: ¡Paradojas!
¡Nuevas paradojas! ¡Siempre paradojas! Pero venid acá, espíritus alcornoqueños, hombres de dura cerviz, venid y decidme ¿qué entendéis por paradoja y queréis decir con eso? ¡Sospecho que os queda otra dentro, desgraciados rutineros del sentido común! Lo que no queréis es remejer el poso de vuestro espíritu ni que os lo remejan; lo que rehusáis es zahondar en los hondones del alma. Buscáis la estéril tranquilidad de quien descansa en institutos externos, depositarios de dogmas, y os divertís con las necedades de Sancho. Y llamáis paradoja a lo que os cosquillea el ánimo. Estáis perdidos, irremisiblemente perdidos; la haraganería espiritual es vuestra perdición.
CAPÍTULO XXVII De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia.
Y volviendo a nuestra historia os recordaré, pues cuantos me leís la conocéis ya, lo ideado por el cura y el barbero para sacar a Don Quijote de aquella penitencia, que juzgando curibarberilmente estimaban inútil, vistiéndose el cura en hábito de doncella andante, ya que los curas acostumbran vestirse, como las doncellas y las que lo fueron, por la cabeza, y de escudero el rapa-barbas, e irse así _adonde Don Quijote estaba, fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa_ y todo lo demás que se nos cuenta al respecto, para sacar a Don Quijote de Sierra Morena y llevarle a su casa. Y así, disfrazado de doncella el cura, montado en su mula a mujeriegas y con el barbero, con su cola de buey por barba, fueron a seducir al Caballero. Y al poco cayó el cura en la cuenta de lo indecente que para su carácter era tal mojiganga y cambiaron los papeles. Le caía mejor barba de cola de buey que no vestido de doncella. Y engañaron a Sancho, al sencillo y fiel Sancho, para que vendiese a su amo dándole barbero por doncella andante.
CAPÍTULO XXIX Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y al barbero sucedió en la misma sierra.
Mas ni aun esto fué menester, porque la suerte les deparó a la hermosa Dorotea---casi todas las damas que figuran en esta historia son hermosas--, que se prestó a hacer el papel de doncella menesterosa, princesa Micomicona, y tan al vivo se atavió para ello, que cayó en el lazo el incauto Sancho.
Estaba a todo esto Don Quijote en camisa, flaco, amarillo, muerto de hambre y suspirando por su señora Dulcinea. Ya vestido le encontró la princesa Micomicona, hincóse de hinojos ante él, pidióle Don Quijote que se levantara, rehusó ella hacerlo hasta que se le otorgara el don que pediría, siéndole de antemano otorgado por el Caballero, como no hubiera de cumplirse en daño o mengua de su rey, de su patria y de aquella que de su corazón y libertad tenía la llave. Esto es prometer con cautela y sin comprometerse. Pidióle entonces la princesa se fuere con ella sin entrometerse en otra aventura hasta vengarla de un traidor que le tenía usurpado el reino, y Don Quijote le aseguró podía desechar toda melancolía, pues con la ayuda de Dios y la de su brazo veríase ella presto restituida a su reino. Si Dios movía el brazo del Caballero, sobraba la segunda ayuda. Quiso la princesa besarle las manos, no lo consintió él, que _en todo era comedido y cortés caballero_, y se aprestó a seguirla.
Aquí hay que admirar cómo unía y juntaba en uno Don Quijote su fe en Dios y su fe en sí mismo, al decir a la princesa lo que le dijo de cómo se vería presto restituída a su reino y sentada en la silla de su antiguo y grande estado, a pesar y a despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y es que no hay fe en sí mismo como la del servidor de Dios, pues éste ve a Dios en sí; como la fe del que, cual Don Quijote, si bien llevado del cebo de la fama, busca ante todo el reino de Dios y su justicia. Dásele todo lo demás por añadidura y a la cabeza de todo lo demás fe en sí mismo, necesaria para obrar.
Encontrándose los PP. Láinez y Salmerón con grandes dificultades de parte de la Señoría de Venecia para fundar el Colegio de Padua, y teniendo por desahuciado el negocio, escribió Láinez a Íñigo de Loyola «en qué términos estaba, pidiéndole que para que Nuestro Señor le diese buen suceso, dijese una misa por aquel negocio, porque él no hallaba otro remedio. Dijo el Padre la misa, como se le pedía, el mismo día de la Natividad de Nuestra Señora, y acabada, escribió a Láinez: «Ya hice lo que me pedistes; tened buen ánimo, y no os dé pena este negocio, que bien le podéis tener por acabado como deseáis. Y así fué».
(Rivadeneira, libro III, cap. VI.)
Y viene lo triste de la aventura de Don Quijote, y es que entre tanto _estábase el barbero aún de rodillas teniendo gran cuenta de disimular la risa y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran todos sin conseguir su buena_--según Cervantes--_intención_.
Hasta aquí todas han sido aventuras de las que la suerte le procuraba al hidalgo al azar de los caminos y veredas, aventuras naturales y ordenadas por Dios para su gloria; mas ahora empiezan las que le armaron los hombres y con ellas lo más recio de su carrera. Ya tenemos al héroe siendo, en cuanto héroe, juguete de los hombres y motivo de risa; ya está la compañía de los hombres en campaña contra él.
El barbero disimula la risa para no ser conocido. Sabe que la risa, arrancándonos la máscara de la seriedad, barba tan quitadiza como postiza es, nos pone al descubierto.
Empieza ahora, digo, lo triste de la carrera quijotesca. Sus más hermosas y más espontáneas aventuras quedan ya cumplidas; en adelante las más de ellas lo serán ya de tramoya y armadas por hombres maliciosos. Hasta aquí desconocía el mundo al héroe, y éste, a su vez, trataba de hacérselo a su antojo; ahora el mundo le conoce y le acepta, más para burlarse de él, y siguiéndole el humor, fraguarle a su antojo.
Ya estás, mi pobre Don Quijote, hecho regocijo y períndola de barberos, curas, bachilleres, duques y desocupados de toda laya. Empieza tu pasión, y la más amarga, la pasión por la burla.
Mas por esto mismo ganan tus aventuras en profundidad lo que en arrojo pierden, porque concurre a ellas, sea como fuere y de un modo o de otro, el mundo. Quisiste hacer del mundo tu mundo, enderezando entuertos y asentando la justicia en él; ahora el mundo recibe a tu mundo como a parte suya y vas a entrar en la vida común. Te desquijotizas algo, pero es quijotizando a cuantos de ti se burlen. Con la risa los llevas tras de ti, te admiran y te quieren. Tú harás que el bachiller Sansón Carrasco acabe por tomar en veras sus burlas, y pase de pelear por juego a pelear por honra. Déjale, pues, al barbero que se sotorría bajo sus barbas postizas. «He aquí el hombre», dijeron en burla a Cristo Nuestro Señor; «he aquí el loco», dirán de ti, mi señor Don Quijote, y serás el loco, el único, el Loco.
Y Sancho, el pobre Sancho, sabedor en gran parte de la farsa, pues vió tras bastidores y entre bambalinas preparar la comedia, creía, sin embargo, con fe heroica, en el reino Micomicón y aun soñaba con traer de él negros y venderlos para enriquecerse. ¡Oh fe robusta! Y no se nos diga que se la atizaba la codicia, no; sino que era, por el contrario, su fe la que le despertaba la codicia.
Hízose entonces el cura el encontradizo, saludó a su vecino Alonso Quijano como a su buen compatriota Don Quijote de la Mancha, _la flor y nata de la gentileza_..., _la quinta esencia de los caballeros andantes_, consagrándole así juguete de sus convecinos, y el ingenioso hidalgo, así que le hubo conocido, intentó apearse, ya que el cura estaba en pie. Rendía parias al burlador, pues era éste, al fin y al cabo, el cura de almas de su pueblo.
Un contratiempo hizo que se le cayeran las postizas barbas al barbero, y el cura acudió a pegárselas con un ensalmo _de que se admira Don Quijote sobre manera y rogó al cura que cuando tuviese lugar le enseñase aquel ensalmo_. ¡Ay, mi pobre Caballero, y cómo empieza a obrar en ti la tramoya en que los burladores te envuelven! Ya no inventas tú las maravillas; te las inventan.
Mas no contento el cura con su papel de burlador, quiso tomar el de reprensor también y enderezó una agria reprimenda al hombre valiente que libertó a los galeotes, fingiendo no conocerlo. Y el Caballero, _al cual se le mudaba la color a cada palabra_, callaba, sin darse por aludido, pues era al fin su cura, su confesor el que hablaba.
CAPÍTULO XXX Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo.
Y hubiera callado del todo, si Sancho no lo delata y dice que fué su amo quien dió libertad a aquellos grandísimos bellacos. Había hablado su hombre, el que para él era su mundo. _Majadero--dijo a esta sazón Don Quijote--, a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por sus gracias; sólo les toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías_, con todo lo demás que añadió, retando a quien le pareciese mal lo que había hecho, salva la santa dignidad del señor licenciado. Admirable respuesta, y digna corona a las razones que expuso al libertar a los galeotes. Natural era que el cura, como los demás curas con que en el curso de su obra topó el hidalgo, discurriera por lo mundano y terrestre, que al fin los mundanos y terrestres le pagaban para que hiciese de cura, mas a Don Quijote cumplíale sentir por lo divino y celestial. ¡Oh, mi señor Don Quijote, y cuándo llegaremos a ver en cada galeote ante todo y sobre todo un menesteroso, poniendo los ojos en la pena de su maldad y no en otra alguna cosa! Hasta que a la vista del más horrendo crimen no sea la exclamación que nos brote: ¡pobre hermano! por el criminal, es que el cristianismo no nos ha calado más adentro que el pellejo del alma.
Prosiguiendo en sus burlas, a seguida de esto endilgó la princesa Micomicona a Don Quijote la sarta de disparates que había urdido para justificarse. Y dióse el triste caso de creérselas Don Quijote y Sancho, pues siempre el heroísmo es crédulo. Y allí fué el reir de los burladores. Don Quijote renovó sus promesas, mas no aceptó lo de casarse con la princesa, cosa que disgustó a Sancho, y tales cosas dijo éste poniendo a la Micomicona sobre Dulcinea, que su amo _no lo pudo sufrir y alzando el lanzón, sin hablarle palabra a Sancho y sin decirle esta boca es mía, le dió tales dos palos, que dió con él en tierra_.
Este silencioso castigo, lo único serio entre tan torpes burlas, nos levanta el ánimo, y serias y muy serias fueron las razones con que Don Quijote justificó su castigo, haciendo ver que si no fuese por el valor que infundía Dulcinea en su pecho, no le tendría para matar una pulga, pues no era el valor suyo, sino el de Dulcinea, el que tomando a su brazo por instrumento de sus hazañas, llevaba éstas a feliz término. Y así es en verdad que cuando vencemos es la Gloria la que por nosotros vence. _Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella y tengo vida y ser._ ¡Heroicas palabras, que debemos llevar grabadas en el corazón! Palabras que son al quijotismo lo que al cristianismo es aquella sentencia de Pablo de Tarso: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo; no ya yo, mas vive Cristo en mí». (Gal. II, 20.)
Y así es siempre en toda obra grande entre los hombres, y es que la tal obra, si ha de ser de veras grande, ha de hacerse en obsequio de hombre; de hombre o de mujer, mejor de mujer que de hombre. El fin del hombre es la humanidad y la humanidad personalizada, hecha individuo, y cuando toma por fin a la naturaleza es humanizándola antes. Dios es el ideal de la humanidad, el hombre proyectado al infinito y eternizado en él. Y así tiene que ser. ¿Por qué habláis de error antropocéntrico?
¿No decís que una esfera infinita tiene el centro en todas partes, en cualquiera de ellas? Para cada uno de nosotros el centro está en sí mismo. Pero no puede obrar si no lo polariza; no puede vivir si no se descentra. Y ¿a dónde ha de descentrarse sino tendiendo a otro como él? El amor de hombre a hombre, de hombre a mujer quiero decir, ha producido las maravillas todas.
_Yo vivo y respiro en ella y tengo vida y ser._ Al decir esto de tu Dulcinea, mi Don Quijote, ¿no se acordaba tu Alonso el Bueno de aquella Aldonza Lorenzo por la que suspiró doce años sin atreverse a confesarle su inmenso amor? _¡Vivo y respiro en ella!_ En ella vivió y respiró y tuvo vida y ser tu Alonso el Bueno, el que llevas dentro, metido en tu locura, en ella vivió y respiró doce largos años de cruel atormentadora cordura. Con ella amasó sus recatados ensueños; de su dulce imagen, entrevista tan sólo cuatro veces, bebió sus esperanzas, pues que jamás habría de sazonarse en recuerdos. En ella tuvo vida y ser, una vida oculta y silenciosa, una vida que corría bajo su espíritu como las aguas del Guadiana corren un buen trecho bajo tierra, pero regando allí, en aquellos soterraños, las raíces de las futuras hazañas de su carrera. ¡Oh, mi Alonso el Bueno, vivir y respirar en Aldonza, sin que ella lo sepa ni se de cata de ello, tener la vida y el ser en la dulce imagen que alimenta el alma!
Mas no se dió por vencido el carnal Sancho, sino que insistió en lo de que su amo se casase con la princesa, quedándole libre el amancebarse luego con Dulcinea. ¿Qué has dicho, Sancho, qué has dicho? ¡No sabes cómo atravesando el alma de Don Quijote has llegado a herir la hebra más sensible del corazón de Alonso Quijano! Además, Dulcinea no admite partijas ni aparcerías, y quien la quiera toda entera ha de entregarse todo y entero a ella. Muchos hay que pretenden casarse con la Fortuna y amancebarse con la Gloria, pero así les va, pues aquélla les araña de celos y ésta se burla de ellos, hurtándoseles.
Y siguiendo en su plática amo y escudero, acabó aquél por pedirle perdón de los palos que le diera, sabido que Sancho no vió a Dulcinea tan despacio que hubiera podido notar _su hermosura y sus buenas partes punto por punto. Pero así a bulto_--añadió--_me parece bien_. Es la concesión que los Sanchos, cuando se les ha pegado, hacen, mintiendo, en pro de Dulcinea, a la que no han visto ni conocen. Y luego fué Sancho, instado por la princesa, a besar la mano a Don Quijote, pidiéndole perdón, y el generoso hidalgo se lo otorgó, bendiciéndole.
¡Benditos dos palos del lanzón, Sancho amigo, que te han valido ser bendecido por tu amo! De seguro que al recibir el perdón tan redundante, diste por bueno el castigo que hizo lo merecieras.
Apartáronse después amo y escudero a departir de sus cosas, y entonces recobró Sancho su asno, encontrándose lo traía Ginés de Pasamonte, disfrazado de gitano, el cual al ver a Don Quijote y su escudero, puso pies en polvorosa.
CAPÍTULO XXXI De los sabrosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote y Sancho Panza su escudero, con otros sucesos.
Y a seguida pasaron aquellos sabrosos razonamientos entre Don Quijote y Sancho acerca del encuentro de éste con Dulcinea. Cuando Sancho dijo haberla encontrado _ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa_, respondió Don Quijote: _Pues haz cuenta que los granos de aquel trigo eran granos de perlas tocados de sus manos_, y al decir Sancho que el trigo era rubión, _pues yo te aseguro--dijo Don Quijote--que ahechado por sus manos hizo pan candeal, sin duda alguna_. Agregó el