que la otra temporal perecedera.
* * * * * Y con esta confianza y con la fe tan entera que tenéis partid con buena esperanza, que esta otra vida tercera ganaréis.
¿No es acaso la mayor locura dejar perder la gloria inacabable por la gloria pasajera, la eternidad del espíritu por que dure nuestro nombre tanto como durare el mundo, un instante de eternidad? Mayormente, cuanto que buscando la gloria celestial se conquista, por añadidura, la terrena. Bien lo decía Fernando de Pulgar, consejero, secretario y cronista de los Reyes Católicos, quien en su libro de los CLAROS VARONES DE CASTILLA, al hablar del Conde de Haro, D. Pedro Fernández de Velasco, nos dice que «este noble Conde, no señoreado de ambición por aver fama en esta vida, mas señoreando la tentación por aver gloria en la otra, gobernó la república tan rectamente que ovo el premio que suele dar la verdadera virtud: la qual conoscida en el alcançó tener tanto crédito e autoridad, que si alguna grande y señalada confianza se avía de fazer en el Reyno, quier de personas, quier de fortalezas o de otra cosa de qualquier qualidad siempre se confiaban en él». Quiere decirse que buscando el reino de Dios y su justicia, haber gloria en la otra vida, consiguió de añadidura fama en ésta, por donde se ve una vez más cómo el mejor negocio es la virtud y la carrera más lucrativa y provechosa la de santo.
La carrera más provechosa y lucrativa es la de santo, en efecto.
También Íñigo de Loyola fué en sus mocedades, según dije que el P.
Rivadeneira nos lo cuenta, amigo de leer libros de caballerías y buscó «alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar» (VIDA, libro 2, cap. II). Pero leyó otros y «trató muy de veras consigo mismo de mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí, y destejer la tela que había tejido, y desmarañar los embustes y enredos de su vanidad» (libro 2, capítulo II). Y este Íñigo ¿no tuvo alguna Aldonza por la que suspiró años y más años y que le llevó a su vida de santidad, luego de rompérsele la pierna?
¡Abismático pasaje, henchido de suprema melancolía el del encuentro de Don Quijote con las cuatro imágenes de los caballeros andantes a lo divino! Por buen agüero lo tuvo el Caballero, y era, en efecto, el agüero de sus próximas conversión y muerte. Pronto mejorada su ventura y adobado su juicio enderezará sus pasos por mejor camino, por camino de la muerte.
¡Abismático pasaje! ¿Y a quién de nosotros, los que seguimos o queremos seguir en algo a Don Quijote, no nos ha ocurrido cosa parecida? El triste dejo del triunfo es el desencanto. No, no era aquello. Lo que hiciste o dijiste no merecía los aplausos con que te lo premiaron.
Y llegas a casa y te encuentras en ella solo, y entonces, vestido como estás, te echas sobre la cama y dejas volar tu imaginación por el vacío. En nada te fijas, en nada concentras tu imaginación; te invade un gran desaliento. No, no era aquello. No quisiste hacer lo hecho, no quisiste decir lo dicho; te aplaudieron lo que no era tuyo.
Y llega tu mujer, rebosante de cariño, y al verte así, tendido, te pregunta qué tienes, qué te pasa, por qué te preocupas, y la despides, acaso desabridamente, con un áspero y seco: ¡déjame en paz! Y quedas en guerra. Y en tanto creen los que te censuran que estás embriagado con el triunfo, cuando en verdad estás triste, muy triste, abatido, enteramente abatido. Te has cobrado asco a ti mismo; no puedes volver atrás, no puedes retrotraer el tiempo y decir a los que iban a escucharte: «todo esto es mentira; yo ni aun sé lo que voy a decir; aquí venimos a engañarnos; voy a ponerme en espectáculo; vámonos, pues, cada uno a su casa, a ver si se nos mejora la ventura y adobamos nuestro juicio».
El lector echará de ver, de seguro, que escribo estas líneas bajo un apretón de desaliento. Y así es. Es ya de noche, he hablado esta tarde en público y aún se me revuelven en el oído tristemente los aplausos.
Y oigo también los reproches, y me digo: ¡tienen razón! Tienen razón: fué un número de feria; tienen razón: me estoy convirtiendo en un cómico, en un histrión, en un profesional de la palabra. Y ya hasta mi sinceridad, esta sinceridad de que he alardeado tanto, se me va convirtiendo en tópico de retórica. ¿No sería mejor que me recogiese en casa una temporada y callase y esperara? Pero ¿es esto hacedero? ¿podré resistir mañana? ¿no es acaso una cobardía desertar? ¿no hago algún bien a alguien con mi palabra aunque ella me desaliente y apesadumbre?
Esta voz que me dice: ¡calla, histrión! ¿es voz de un ángel de Dios o es la voz del demonio tentador? ¡Oh Dios mío, Tú sabes que te ofrezco los aplausos lo mismo que las censuras. Tú sabes que no sé por dónde ni adónde me llevas; Tú sabes que si hay quienes me juzguen mal, me juzgo yo peor que ellos; Tú, Señor, sabes la verdad, Tú solo; mejórame la ventura y adóbame el juicio, a ver si enderezo mis pasos por mejor camino del que llevo!
_No sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos_, digo con Don Quijote. Y Don Quijote tuvo que decirlo en uno de esos momentos en que sacude al alma el soplo del aletazo del ángel del misterio; en un momento de angustia. Porque hay veces que sin saber cómo ni de dónde, nos sobrecoge de pronto y al menos esperarlo, atrapándonos desprevenidos y en descuido, el sentimiento de nuestra mortalidad.
Cuando más entoñado me encuentro en el tráfago de los cuidados y menesteres de la vida, estando distraído, en fiesta o en agradable charla, de repente parece como si la muerte aleteara sobre mí. No la muerte, sino algo peor, una sensación de anonadamiento, una suprema angustia. Y esta angustia, arrancándonos del conocimiento aparencial, nos lleva de golpe y porrazo al conocimiento sustancial de las cosas.
La creación toda es algo que hemos de perder un día o que un día ha de perdernos, pues ¿qué otra cosa es desvanecernos del mundo sino desvanecerse el mundo de nosotros? ¿Te puedes concebir como no existiendo? Inténtalo; concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver, ni oir, ni tocar, ni recordar nada; inténtalo y acaso llames y atraigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos la esperamos, y sientas el nudo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu. Como el arrendajo al roble, así la cuita imperecedera nos labra a picotazos el corazón para ahoyar en él su nido.
Y en esa angustia, en esa suprema congoja del ahogo espiritual, cuando se te escurran las ideas, te alzarás de un vuelo congojoso, para recobrarlas al conocimiento sustancial. Y verás que el mundo es tu creación, no tu representación, como decía el tudesco. A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistarás la verdad, que no es, no, el reflejo del Universo en la mente, sino su asiento en el corazón.
La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial. Sufre, para que creas y creyendo vivas. Frente a todas las negaciones de la _lógica_ que rige las relaciones aparenciales de las cosas, se alza la afirmación de la _cardíaca_, que rige los toques sustanciales de ellas.
Aunque tu cabeza diga que se te ha de derretir la conciencia un día, tu corazón, despertado y alumbrado por la congoja infinita, te enseñará que hay un mundo en que la razón no es guía. La verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar.
A la vista de las imágenes padeció un relámpago de desmayo Don Quijote.
De no haberlo nunca padecido, sería en puro sobrehumano, inhumano, y como tal modelo imposible para los hombres de cada día. Y ¿qué mucho lo padeciera si el mismo Cristo, abrumado por la tristeza, en el olivar pidió a su Padre si podía ahorrarle las heces del cáliz de la amargura?
Don Quijote dudó por un momento de la Gloria, pero ésta, su amada, le amaba a su vez ya y era, por tanto, su madre, como lo es del amado toda su amante verdadera. Hay quien no descubre la hondura toda del cariño que su mujer le guarda sino al oirla, en momento de congoja, un desgarrador ¡hijo mío! yendo a estrecharle maternalmente en sus brazos.
Todo amor de mujer es, si verdadero y entrañable, amor de madre; la mujer prohija a quien ama. Y así Dulcinea es ya madre espiritual, no tan sólo señora de los pensamientos, de Don Quijote, y aunque se le hubiese a éste pasado por las mientes desahijarse de ella, veréis que ella le recobra con amoroso reclamo, como al ternerillo recental que corre a triscar suelto le requerencia la vaca, al sentirse con las ubres perinchidas, rompiendo con dulce abrullo el aire que los separa.
Veréis cómo le detiene y le retiene con verdes lazos.
Y fué que iban, después de lo narrado, entretenidos amo y escudero en razones y pláticas, entrando por una selva que fuera del camino estaba, cuando _a deshora y sin pensar en ello, se halló Don Quijote enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otros estaban tendidas_ y que resultaron estarlo por unas hermosísimas doncellas y unos mozos principales que disfrazados de pastores y zagalas querían, formando una nueva y pastoril Arcadia, pasarlo en recitar églogas de Garcilaso y de Camoens. Conocieron a Don Quijote y le rogaron se detuviese con ellos, como así lo hizo, y en su compañía de ellos comió.
Y a fuer de agradecido y para pagar el agasajo ofreció lo que podía y tenía de su cosecha, cual fué sustentar durante dos días naturales en mitad de aquel camino real que va a Zaragoza, que aquellas señoras contrahechas en pastoras que allí estaban, eran las más hermosas doncellas y más corteses que había en el mundo, exceptuando tan sólo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de sus pensamientos.
¡Vele aquí cómo vuelve ya a su locura nuestro admirable caballero!
Cuando más ensimismado iba en meditar la vanidad y locura del esfuerzo de sus trabajos, le prenden y vuelven verdes redes al fresco sueño de la locura y de la vida. Volvió el Caballero al sueño de la vida, a su generosa locura, resurgiendo reconfortado, de la egoísta cordura de Alonso el Bueno. Y entonces, al retomar a su sublime locura, entonces es cuando vuelve a su magnánima intención y ofrece lo que ofreció sostener en honra y prez de sus agasajadoras. De aquella sumersión en los abismos de la oquedad del esfuerzo humano, tomó huelgos y recobró nuevo cuajo la energía creadora del Caballero de la Fe, al modo como Anteo, al toque de la Tierra, su madre; y se lanzó a la santa resignación de la acción, que nunca vuelve, como la mujer de Lot, la cara al pasado, sino que siempre se orienta al porvenir, único reino del ideal.
Se echó Don Quijote al camino, plantóse en él y lanzó su reto. Y aquí dirá el lector lo que ya varias veces se habrá dicho en el curso de esta peregrina historia y es: ¿qué tiene que ver la verdad de una proposición con el valor de quien la sustenta y la fortaleza de su brazo? Porque venza en lid de armas el sustentador de esto o de aquello ¿ha de tenerse lo que él sustentaba por más verdadero que lo sustentado por el vencido?
Ya te he dicho, lector, que son los mártires los que hacen la fe más bien que ser la fe la que hace mártires. Y la fe hace la verdad.
Verdad entre burla y juego, como es hija de la fe, es peña que al agua y viento para siempre está en un ser.
Como según el conocido romance dijo Rodrigo Díaz de Vivar, ahinojado ante el Rey, delante los que juzgaba, antes de los años diez.
Es verdadero, te lo repito, cuanto moviéndonos a obrar hace que cubra el resultado a nuestro propósito y es por lo tanto la acción la que hace la verdad. Déjate, pues, de lógicas. Y ¿cómo se hace que los hombres crean las cosas y les lleven a llenar sus propósitos si no es manteniéndolas con valor? Las gentes creen verdadera la empresa que venció por el esfuerzo del ánimo y del brazo de quien la sustentaba, y al creerla verdadera, la hacen tal si les lleva a obrar con buen éxito.
Las manos, pues, abonan a la lengua, y con hondo sentido dijo Pero Vermuez a Ferrando, el infante de Carrión, en aquellas famosas cortes, lo de Delant myo Çid e delante todos oviste te de alabar Que mataras al moro e que fizieres barnax; Croviorontelo todos, ma non saben la verdad.
E eres fermoso, mas mal barragán.
Lengua sin manos, cuemo osas fablar.
(POEMA DEL ÇID, 3324-3325).
Y continúa echándole en cara que huyó del león al que avergonzó el Cid, por lo cual valía menos entonces--poró menos vales oy (3334)--y luego abandonó a su mujer, la hija del Cid y por cuanto las dexastes menos valedes vos (3344) y acaba exclamando: De cuanto he dicho verdadero seré yo.
(3357) Todos creyeron a Fernando, mas era por ignorar la verdad; que era hermoso, pero «mal barragán». Lengua sin manos, ¿cómo osas hablar?
No faltará todavía chinche escolástico como para venirme con que confundo la verdad lógica con la verdad moral y el error con la mentira, y que puede haber quien se mueva a obrar por manifiesta ilusión y logre, sin embargo, su propósito. A lo que digo que entonces la tal ilusión es la verdad más verdadera, y que no hay más lógica que la moral. Y de cuanto digo verdadero seré yo. Y basta.
Salió Don Quijote al camino, plantóse en él, lanzó su reto y entonces fué cuando una manada de toros y cabestros le derribaron y pisotearon.
Así sucede, que cuando retáis a caballeros a defender una verdad, vienen toros y cabestros y hasta bueyes y os pisotean.
CAPÍTULO LIX Donde se cuenta el extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a Don Quijote.
Levantóse Don Quijote, montó y sin despedirse de la Arcadia fingida, reanudó más entristecido aún su camino. Porque venía ya triste desde casa de los Duques. Y viendo comer a Sancho: _Come, Sancho amigo--dijo Don Quijote--, sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a manos de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias_.
¡Déjame morir! ¡Déjame morir a manos de mis pensamientos! ¿Pensabas acaso, pobre Caballero, en el encantamiento de Dulcinea y pensaba tu Alonso en el encanto de Aldonza?
_Yo, Sancho_--prosiguió Don Quijote--, _nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo_. ¡Preñadísima sentencia! Sí, para vivir muriendo nació todo género de heroísmo. Al verse el Caballero _pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces pensó_ dejarse morir de hambre. La cercanía de la muerte, que se le venía encima a muy raudos pasos, iba alumbrando su mente y disipando de ella la cerrazón de la locura. Comprendía ya que eran animales inmundos y soeces los que le acocearon y molieron y no los tuvo por cosa de encantamiento y magia.
¡Pobre mi señor! La fortuna se te ha vuelto de espaldas y te desdeña.
Mas no por eso la esperas menos, y tu esperanza es tu verdadera fortuna, tu dicha el esperarla. ¿No esperaste durante doce arrastrados años y no esperabas todavía lo imposible, con tanto más grande esperanza cuanto más imposible es lo esperado? Bien se ve que no habías olvidado aquello que leíste en el canto segundo de la áspera ARAUCANA de mi paisano Ercilla y es que el más seguro bien de la fortuna es no haberla tenido vez alguna.
Descansaron un rato amo y escudero, reanudaron camino y llegaron a una venta, que por tal venta la tomó Don Quijote, pues salió, como vemos, de casa de los Duques en vía de curación de su locura y desempañada la vista. Las burlas se le iban aclarando. Las burlas le abrieron los ojos para conocer a los animales inmundos y soeces.
Y aun tuvo que apurar en la venta otro tormento y fué el de conocer las patrañas que acerca de él había propalado la falsa segunda parte de su historia.
CAPÍTULO LX De lo que le sucedió a Don Quijote yendo a Barcelona.
Continuaron camino de Barcelona y en él, sesteando entre unas espesas encinas o alcornoques, sucedió el más triste suceso de tantos tan tristísimos como la historia de nuestro Don Quijote encierra. Y fué que desesperado Don Quijote de la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, _pues a lo que creía solos cinco azotes se había dado, número desigual y pequeño para los infinitos que le faltaban_ por darse si había de desencantar a Dulcinea, determinó azotarle a pesar suyo. Intentó hacerlo, resistióse el escudero, forcejeó Don Quijote y viéndolo Sancho Panza, _se puso en pie y arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y echándole una zancadilla dió con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla derecha sobre el pecho y con las manos le tenía las manos de modo que ni le dejaba rodear ni alentar_.
Basta ya, que oprime al ánimo más recio la lectura de este tristísimo paso. Tras las burlas de los Duques, la aflicción por la pobreza, el desmayo del heroísmo ante las imágenes de los cuatro caballeros y el molimiento por pies de animales inmundos y soeces, sólo faltaba, como suprema tortura, la rebeldía de su escudero. Sancho se había visto gobernador y a su amo a las patas de los cabestros. El paso es de hondísima tristeza.
_Don Quijote le decía: ¿cómo, traidor, contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves?_ ¿El pan? No sólo el pan, sino la gloria y la vida misma perduraderas. _Ni quito rey ni pongo rey--respondió Sancho--, sino ayúdome a mí que soy mi señor._ ¡Oh, pobre Sancho, y a qué desfalladero de torpeza te arroja la carne pecadora! Te desmandas contra tu amo y señor natural, contra el que te da el eterno pan de tu vida eterna, creyéndote señor de ti mismo. No, pobre Sancho, no; los Sanchos no son señores de sí mismos. Esa proterva razón que para rebelarte aduces de _¡soy mi señor!_ no es mas que un eco del «¡no serviré!» de Lucifer, el príncipe de las tinieblas. No, Sancho, no; tú no eres ni puedes ser señor de ti mismo, y si mataras a tu amo, en aquel mismo instante te matarías para siempre a ti mismo.
Pero bien mirado tampoco está del todo mal que Sancho se rebele así, pues de no haberse nunca rebelado no sería hombre, hombre de verdad, entero y verdadero. Y esa rebelión, si bien se mira, fué un acto de cariño, de hondo cariño a su amo que se desmandaba y salía, en la tristeza de su locura agonizante, de las buenas prácticas caballerescas. Después de aquello, después de haberle tenido sujeto bajo su rodilla, después de haberle vencido, es seguro que Sancho quiso y respetó y admiró más a su amo. Así es el hombre.
Y Don Quijote prometió no tocarle en el pelo de la ropa, dejándose vencer de su escudero. Es la primera vez en su vida toda en que el Caballero de los Leones se deja vencer humildemente y sin defenderse siquiera; se deja vencer de su escudero.
Y este mismo Sancho que arremete a su amo y le pone la rodilla sobre el pecho, al sentir sobre su cabeza y pendientes de un árbol dos pies de persona con zapatos y calzas, tiembla de miedo y da voces llamando a Don Quijote que le acorra y favorezca.
No bien acaba de desmandarse contra su amo y señor natural al grito revolucionario de _¡yo soy mi señor!_ cuando no es ya señor de sí mismo, sino que tiembla de miedo al sentir sobre su cabeza unos pies calzados, y llama a su amo y señor natural, al que le amparaba del miedo. Y Don Quijote ¡claro está! acudió a la llamada, porque era bueno. Y supuso fueran pies de foragidos y bandoleros que en aquellos árboles estaban ahorcados.
Así lo vieron al amanecer en que _cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que se estuvieran quedos, y se detuvieran hasta que llegase su capitán_. Y el pobre Don Quijote hallóse _a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol, y finalmente sin defensa alguna, y así tuvo por bien cruzar las manos e inclinar la cabeza guardándose para mejor sazón y coyuntura_. ¡Ejemplarísimo Caballero! Y ¡cómo le han enseñado las burlas de los Duques, las coces de los cabestros y la arremetida de Sancho! Es que barrunta, aun sin conocerla, la cercanía de su muerte.
Llegó el capitán, Roque Guinart, vió la triste y melancólica figura de Don Quijote y le animó. Había oído hablar de él. Y allí conoció Don Quijote la concertada república de los bandoleros y pretendió persuadir con buenas palabras, y no obligarle por fuerza a Roque Guinart a que se hiciese caballero andante. Sirvió el encuentro para que el caballero admirase la vida del caballeresco bandolero, la equidad con que se repartían los despojos del robo y su generosidad con los viandantes. Y él, Don Quijote, que con grande escándalo de las personas graves había dado libertad a los galeotes, no intentó siquiera deshacer la república de los bandidos.
Esto de la justicia distributiva y el buen orden que en repartir los despojos del botín se observaba en la banda de Roque Guinart, es condición de toda sociedad de bandoleros. Fernando de Pulgar, al hablarnos en sus CLAROS VARONES DE CASTILLA del bandolero D. Rodrigo de Villadrando, Conde de Ribadeo, que con sus bandas y su gran poder «robó, quemó, destruyó, derribó, despobló Villas e Lugares e pueblos de Borgoña e de Francia» nos dice que «tenía dos singulares condiciones: la una, que facía guardar la justicia entre la gente que tenía, e no consentía fuerza ni robo ni otro crimen; e si alguno lo cometía, él por sus manos lo punía». Por donde se ve cómo es en el seno de las sociedades organizadas para el robo donde más severamente se persigue el robo mismo, así como en los ejércitos, organizados para ofender y destruir, es donde más duramente se castigan las ofensas y lo que a la destrucción del ejército mismo tienda. Y así cabe decir de todo género de justicia humana que brotó de la injusticia, de la necesidad que ésta tenía de sostenerse y perpetuarse. La justicia y el orden nacieron en el mundo para mantener la violencia y el desorden. Con razón ha dicho un pensador que de los primeros bandoleros a sueldo surgió la guardia civil. Y los romanos, formuladores del derecho que aún subsiste, los del _ita ius esto_ ¿qué eran sino unos bandoleros que empezaron su vida por un robo según la leyenda por ellos mismos forjada?
Conviene, lector, te pares a considerar esto de que nuestros preceptos morales y jurídicos hayan nacido de la violencia y de que para poder matar una sociedad de hombres se haya dicho a cada uno de éstos que no deben matarse entre sí, y se les haya predicado que no deben robarse unos a otros para que así mejor se dediquen al robo en cuadrilla.
Tal es el verdadero abolengo y linaje de nuestras leyes y nuestros preceptos; tal la fuente de la moral al uso. Y este su abolengo y linaje se descubre en ella y por esto nos sentimos inclinados a perdonar y aun querer a los Roque Guinart, porque en ellos no hay doblez ni falsía, sino que aparecen sus bandas tal y como son, mientras los pueblos naciones que se dicen llamados a cumplir el derecho y servir a la cultura y a la paz son sociedades fariseas. ¿Conocéis algún rasgo quijotesco de una nación de hombres como tal nación?
Consideremos, por otra parte, cómo del mal sale el bien--porque al fin es un bien, si bien transitorio, el de la justicia distributiva--y tiene éste sus raíces en aquél, o son más bien caras de una misma figura. De la guerra brota la paz, y del robo en cuadrilla el castigo al robo. La sociedad tiene que tomar sobre sí los crímenes para libertar de ellos, y de su remordimiento, a los que la forman. Y ¿no hay acaso un remordimiento social, desparramado entre sus miembros todos? Sin duda y el hecho éste del remordimiento social, tan poco advertido de ordinario, es el móvil principal de todo progreso de la especie. Acaso lo que nos mueve a ser buenos y justos con los de nuestra sociedad es cierto oscuro sentimiento de que la sociedad misma es mala e injusta; el remordimiento colectivo de una tropa de guerra es tal vez lo que les mueve a prestarse servicios entre sí y aun a prestárselos, a las veces, al enemigo vencido. Por conocer la insolencia de su oficio se guardaban fe entre sí los compañeros de Roque.
* * * * * Este precioso episodio de Roque Guinart es el que más íntima relación guarda con la esencia de la historia de Don Quijote. Es un reflejo, a la vez, del culto popular al bandolerismo, culto jamás borrado de nuestra España. Roque Guinart es un predecesor de los muchos bandidos generosos cuyas hazañas, trasmitidas y esparcidas merced a los pliegos de cordel y coplas de ciegos, han admirado y deleitado a nuestro pueblo; de Diego Corrientes, llamado por antonomasia el bandido generoso; del guapo Francisco Esteban; de José María, el Rey de Sierra Morena; del gaucho Juan Moreira allá en la Argentina, y de tantos otros más, cuyo patrón en el cielo de nuestro pueblo es San Dimas.
Cuando crucificaron a Nuestro Señor Jesús Cristo, uno de los malhechores que estaban colgados junto a Él, le injuriaba diciendo: «Si Tú eres el Cristo, sálvate a Ti mismo y a nosotros. Y respondiendo el otro, reprendióle diciendo: ¿Ni aun tú temes a Dios estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos, mas Éste ningún mal hizo.
Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando fueres en tu reino. Y entonces Jesús le dijo: De veras te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. (Luc., XXIII, 39-43).
No se encuentra otra vez alguna en el Evangelio una afirmación tan redonda de «serás conmigo en el paraíso», una tan firmemente dada seguridad de salvación. Una vez canoniza el Cristo y es a un bandolero en el momento de la muerte. Y al canonizarle canoniza la humildad de nuestro bandolerismo. Y ¿por qué cuando fustigó duramente a tantos escribas y fariseos, hombres honrados según la ley? Porque éstos se tenían por justos a sí mismos, como el fariseo de la parábola, mientras el bandolero, como el publicano de la misma, reconoció su culpa. Fué su humildad lo que premió Jesús. El bandolero se confesó culpable y creyó en el Cristo.
Nada aborrece más el pueblo que al Catón que se tiene por justo y parece ir diciendo: miradme y aprended de mí a ser honrados. Roque Guinart, por el contrario, no ensalzaba su estado, sino que confesó a Don Quijote que no había modo de vivir más inquieto ni sobresaltado que el suyo, y que perseveraba en él, por deseo de venganza, a despecho y a pesar de lo que entendía, y añadió: _y como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas, de manera que no sólo las mías, pero las ajenas, tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro_. Es un eco de la oración de San Dimas. Y nos parece oir aquello de Pablo de Tarso: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago; miserable hombre de mí ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?».
«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago». Palabras que nos sugiere la conducta de Roque Guinart y que nos piden a gritos nos paremos a meditarlas. Y a meditar en que no es lo mismo cumplir la ley que ser bueno. Hay, en efecto, quien se muere sin haber abrigado un solo buen deseo y sin haber, a pesar de ello, cometido un solo delito, y quien, por el contrario, llega a la muerte con una vida cargada de delitos y de generosos deseos a la vez. Son las intenciones y no los actos lo que nos empuerca y estraga el alma, y no pocas veces un acto delictuoso nos purga y limpia de la intención que lo engendrara. Más de un rencoroso homicida habrá empezado a sentir amor a su víctima luego que sació su odio en ella, mientras hay gentes que siguen odiando al enemigo que se murió, después de muerto. Ya sé que son muchos los que anhelan una humanidad en que se impidan los crímenes aunque los malos sentimientos envenenen las almas, pero Dios nos dé una humanidad de fuertes pasiones, de odios y de amores, de envidias y de admiraciones, de ascetas y de libertinos, aunque traigan consigo estas pasiones sus naturales frutos. El criterio jurídico sólo ve lo de fuera y mide la punibilidad del acto por sus consecuencias; el criterio estrictamente moral debe juzgarlo por su causa y no por su efecto. Lo que ocurre es que nuestra moral corriente está manchada de abogacía y nuestro criterio ético estropeado por el jurídico. El matar no es malo por el daño que reciben el muerto o sus deudos o parientes, sino por la perversión que al espíritu del matador lleva el sentimiento que le impulsa a dar a otro la muerte; la fornicación no es pecado por daño alguno que reciba la fornicada--pues de ordinario no lo recibe tal y sí sólo deleite--sino porque el sucio deseo distrae al hombre de la contemplación de su fin propio y le tiñe de falsedad cuanto percibe.
Con hondo sentimiento se llama entre los gauchos _desgracia_, no al ser muerto, sino al haber tenido que matar a otro. Y por ello, aunque en el mundo de la servidumbre, en el mundo aparencial de las trasgresiones del derecho, caigamos en delito, nos salvaremos si conservamos sana intención en el mundo de la libertad, en el mundo esencial de los anhelos íntimos.
Y además ¿no endurecerá en sus fechorías al facineroso la desconfianza del perdón? Recordad aquí a los galeotes. Creo que si todos los hombres se persuadieran de que hay un perdón final para todos y una vida perdurable, en una u otra forma, se harían todos mejores. El temor al castigo no evita más fechorías que las que provoca la desesperanza de perdón. Recordad a Pablo el ermitaño y a Enrico el bandolero del drama de Tirso de Molina que lleva por título EL CONDENADO POR DESCONFIADO, profunda quintaesencia de la fe española, recordad que si Pablo, macerado en penitencias, se pierde por desconfiar de su salvación, por confiar en ella se salva Enrico el frígido. Volved a leer este drama. Recordad a aquel Enrico, hijo de Anareto, que conservó entre sus maldades entrañable cariño a su tullido padre y fe en la misericordia de Dios, reconociendo la justicia del castigo. Recordadle diciendo: Mas siempre tengo esperanza en que tengo de salvarme, puesto que no va fundada mi esperanza en obras mías, sino en saber que se hermana Dios con el más pecador, y con su piedad le salva (II, 17) y recordadle arrepentido, gracias a su padre.
¿Que esto repugna al sentido moral? Al sanchopancesco, sí; al quijotesco, no. Un filósofo alemán de hace poco, Nietzsche, metió ruido en el mundo escribiendo de lo que está allende el bien y el mal. Hay algo que está no allende, sino dentro del bien y del mal, en su raíz común. ¿Qué sabemos nosotros, pobres mortales, lo que son el bien y el mal vistos desde el cielo? ¿Os escandaliza acaso que una muerte de fe abone toda una vida de maldades? ¿Sabéis acaso si ese último acto de fe y de contrición no es el brotar a la vida exterior, que se acaba entonces, sentimientos de bondad y de amor que circularon en la vida interior, presos bajo la recia costra de las maldades? Y ¿es que no hay en todos, absolutamente en todos, esos sentimientos, pues sin ellos no se es hombre? Sí, pobres hombres, confiemos, que todos somos buenos.
¡Pero es que así no viviremos nunca seguros!--exclamáis--¡con tales doctrinas no cabe orden social! Y ¿quién os ha dicho, apocados espíritus, que el destino final del hombre se sujete a asegurar el orden social en la tierra y a evitar esos daños aparentes que llamamos delitos y ofensas? ¡Ah, pobres hombres, siempre veréis en Dios un espantajo o un gendarme, no un Padre, no un Padre que perdona siempre a sus hijos, no más sino por ser hijos suyos, hijos de sus entrañas, y como tales hijos de Dios, buenos siempre por dentro de dentro aunque ellos mismos ni lo sepan ni lo crean. Tengo, pues, para mí que Roque Guinart y sus compañeros eran mejores de lo que ellos mismos se creían.
Reconocía el buen Roque la insolencia de su oficio, pero se sentía atado a él como a un sino fatal. Era su estrella. Y podía haber dicho con el gaucho Martín Fierro lo de Vamos, suerte, vamos juntos, Puesto que juntos nacimos, Y ya que juntos vivimos.
Sin podernos dividir, Yo abriré con mi cuchillo El camino _pa_ seguir.
Y volviendo a nuestra historia, conviene recordar aquí lo que D.
Francisco Manuel de Melo en su HISTORIA DE LOS MOVIMIENTOS, SEPARACIÓN Y GUERRA DE CATALUÑA EN TIEMPO DE FELIPE IV, obra publicada unos cuarenta años después de la historia de nuestro Caballero, dice al describir a los catalanes «por la mayor parte hombres de durísimo natural» que «en las injurias muestran gran sentimiento y por eso son inclinados a venganza», y añade: «La tierra, abundante en asperezas, ayuda y dispone su ánimo vengativo a terribles efectos con pequeña ocasión; el quejoso o agraviado deja los pueblos y se entra a vivir en los bosques, donde en continuos asaltos, fatigan los caminos; otros sin más ocasión que su propia insolencia, siguen a estotros; éstos y aquéllos se mantienen por la industria de sus insultos. Llaman comúnmente andar en trabajo aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivir, como en señal de que le conocen por desconcierto; no es acción entre ellos reputada por afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos». Y habla luego de los famosos bandos de Narros y Cadells «no menos celebrados y dañosos a su patria que los Güelfos y Gibelinos de Milán, los Pafos y Médicis de Florencia, los Beamonteses y Agramonteses de Navarra y los Gamboinos y Oñacinos de la antigua Vizcaya».
Al bando de los Narros pertenecía Roque Guinart y como de tal bando despachó un mensajero a Barcelona dando cuenta a sus amigos de cómo iba Don Quijote _para que con él se solazasen, que él quisiera que careciesen de este gusto los Cadells sus contrarios; pero que esto era imposible a causa que las locuras y discreciones de Don Quijote y los donaires de su escudero Sancho Panza no podían dejar de dar gusto general a todo el mundo_. ¡Pobre Don Quijote, ya querían hacerte monopolio de un bando y solaz a él sólo reservado! ¡Lo que se le ocurre a un catalán, aunque sea bandolero!
CAPÍTULOS LXI, LXII Y LXIII De lo que le sucedió a Don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto.
A los tres días _por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas partieron Roque, Don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona_, a cuya playa llegaron la víspera de San Juan en la noche, y allí se les despidió Roque dejando diez escudos a Sancho.
Ya tenemos en ciudad a Don Quijote y nada menos que en la grande y florida ciudad condal de Barcelona, _archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades y en sitio y belleza única_ como más adelante, en el cap. LXXII la llama el historiador. Allí, al rayar del día, apacentó en el mar su vista, pareciéndole espaciosísimo y largo, vió las galeras y se halló de fiesta. Y vino la burla ciudadana de los amigos de Roque, que rodeando a Don Quijote, al son de chirimías y atabales, le llevaron a la ciudad, donde los muchachos le hicieron ser derribado de Rocinante, poniendo a éste aliagas bajo el rabo.
Ya estás, mi señor Don Quijote, de hazme reir de una ciudad y de juguete de sus muchachos. ¿Por qué te saliste del campo y de sus