SigPhi · Miguel de Unamuno

Vida de Don Quijote y Sancho (Spanish)

Page 15 of 16

Dios con largas barbas y voz de trueno, de un Dios que impone preceptos y pronuncia sentencias, de un Dios Amo de Casa, _Pater familias_ a la romana, necesitaba compensarse y completarse, y como en el fondo no podemos concebir al Dios personal y vivo no ya por encima de rasgos humanos, mas ni aun por encima de rasgos varoniles y menos un Dios neutro o hermafrodita, acudimos a darle un Dios femenino y junto al Dios Padre hemos puesto a la Diosa Madre, a la que perdona siempre porque como mira con amor ciego ve siempre el fondo de la culpa y en ese fondo la justicia única del perdón, a la que siempre consuela, a la Madre Dulcísima, a la Madre de Dios, a la Virgen Madre. Es la Virgen Madre, es la Madre Purísima, la que no es sino madre, y siendo todo lo que hace ser mujer a la mujer, queda limpia de todo el barro humano para que en ella aliente é irradie tan sólo el soplo divino.

Es la Virgen Madre; es la Madre de Dios. Es la Madre de Dios; es la pobre Humanidad dolorida. Porque aunque compuesta de hombres y mujeres, la Humanidad es mujer, es madre. Lo es cada sociedad; lo es cada pueblo. Las muchedumbres son femeninas. Juntad a los hombres y tened por cierto que es lo femenino de ellos, lo que tienen de sus madres, lo que los junta. La pobre Humanidad dolorida es la Madre de Dios, pues en ella, en su seno, es donde se manifiesta, donde encarna la eterna e infinita Conciencia del Universo. Y la Humanidad es pura, purísima, limpia de toda mancha, aunque nazcamos manchados cada uno de los hombres y mujeres. ¡Dios te salve, Humanidad; llena eres de gracia!

Mira, mi pastor Quijotiz, cómo se va a la Humanidad desde Aldonza, la recatada doncella del Toboso; mira cómo da el amor conceptos.

Y mira si al son de tu pastoril caramillo puede hacerse amorosa filosofía española, aunque graznen para ahogar sus melódicos sones los grandísimos cuervos y grajos que anidan en la boca de la cueva de Montesinos.

Si Don Quijote volviera al mundo sería pastor Quijotiz, no ya caballero andante de espada; sería pastor de almas, empuñando en vez del cayado la pluma, o dirigiendo su encendida palabra a los cabreros todos. Y ¡quién sabe si no ha resucitado...!

Si Don Quijote volviera al mundo sería pastor, o lo será cuando vuelva; pastor de pueblos. Y buscará que le dé el amor conceptos, y en hacer vivir y triunfar éstos pondrá todo el denuedo y la bravura toda que puso antes en acometer molinos y libertar galeotes. Y buena falta nos está haciendo, porque es cobardía de pensar lo que nos tiene tan abatidos. Es cobardía de afrontar los eternos problemas; es cobardía de escarbar en el corazón; es cobardía de hurgar las inquietudes íntimas de las entrañas eternas. Esa cobardía lleva a muchos a la erudición, adormidera de desasosiegos del espíritu u ocupación de la pereza espiritual; algo así como el juego del ajedrez.

«No quiero meterme a estudiar patología--me decía un cobarde--ni aun quiero saber hacia dónde me cae el hígado ni para qué sirve, pues si me pongo a ello, llego a creer que padezco de la enfermedad cuya descripción acabo de leer. Ahí está el médico, cuyo oficio es curarme y para lo cual le pago; descargo en él mi responsabilidad, y si me mata, allá por su cuenta; moriré, al menos, sin aprensiones ni cuidados. Y lo mismo tengo al cura. No quiero meterme a pensar en mi origen ni en mi destino, de dónde vengo y adónde voy, y si hay o no Dios y cómo sea, y si hay o no otra vida y en qué consista; eso no sirve mas que para dar quebraderos de cabeza y robarme el tiempo y la energía que necesito para ganar el pan de mis hijos. Ahí está el cura, y pues tal es su oficio, averigüe él lo que haya, dígame misa y absuélvame cuando al ir a morirme confiese mis pecados. Y si se engaña y me engaña, allá él por su cuenta. Él responderá de sí; para mí en el creer no hay engaño».

¡Qué falta nos estás haciendo, pastor Quijotiz, para arremeter con tus conceptos dictados por el amor a lanzadas magnánimas de luz, contra esta mentira apestosa y libertar a los pobres galeotes del espíritu!

Aunque luego te apedreen, que te apedrearán, de seguro, si les rompes las cadenas de la cobardía que les tienen presos; te apedrearán.

Te apedrearán. Los galeotes espirituales apedrean al que les rompe las cadenas que les agarrotan. Y precisamente por esto, porque ha de ser uno apedreado por ellos, es por lo que hay que libertarlos. El primer uso que de su libertad hacen es apedrear al libertador.

El más acendrado beneficio es el que se hace al que no nos lo reconoce por tal; la mayor caridad que puedes rendir a tu prójimo no es aplacarle deseos ni remediarle necesidades, sino encenderle aquéllos y crearle éstas. Libértale, y luego que te apedree por haberle libertado y ejercite así sus brazos libres, empezará a desear la libertad.

Te apedrearán porque se verán perdidos. Y dirán: ¿libertad?, bien, ¿y qué hago yo con esto? Un galeote, amigo mío, a quien me dedicaba yo a limarle las cadenas espirituales y sembrar inquietudes y dudas en su alma, me dijo un día: «mira, déjame en paz y no me molestes; así vivo bien ¿para qué tribulaciones y congojas? Si yo no creyera en el infierno sería un criminal». Y le contesté: «no, seguirías siendo como eres y haciendo lo que haces y no haciendo lo que hoy no haces, y si así no fuera y dieses en criminal entonces, es que lo eres también ahora». Y me replicó: «necesito una razón para ser bueno; un fundamento objetivo sobre que basar mi conducta; necesito saber por qué es malo lo que a mi conciencia repugna». Y le contrarrepliqué: «lo es porque repugna a tu conciencia, en la que vive Dios». Y volvió a replicarme: «no quiero encontrarme en medio del Océano, como un náufrago, ahogándome, perdido y sin tener una tabla a que agarrarme».

Y volví a contrarreplicarle: «¿tabla? La tabla soy yo mismo; no la necesito, porque floto en ese Océano de que hablas, y que no es sino Dios. El hombre flota en Dios sin necesidad de tabla alguna, y lo único que yo deseo es quitarte la tabla, dejarte solo, infundirte aliento y que sientas que flotas. ¿Fundamento objetivo, dices? ¿Y qué es eso?

¿Quieres más objeto de ti que tú mismo? Hay que echar a los hombres en medio del Océano y quitarles toda tabla, y que aprendan a ser hombres, a flotar. Tienes tan poca confianza en Dios, que estando en Él, en quien vivimos, nos movemos y somos (Hechos, XVII, 28), ¿necesitas tabla a que agarrarte? Él te sostendrá, sin tabla. Y si te hundes en Él ¿qué importa? Esas congojas y tribulaciones y dudas que tanto temes son el principio del ahogo, son las aguas vivas y eternas que te echan el aire de la tranquilidad aparencial en que estás muriendo hora tras hora; déjate ahogar, déjate ir al fondo y perder sentido y quedar como una esponja, que luego volverás a la sobrehaz de las aguas donde te veas y te toques y te sientas dentro del Océano». «Sí, muerto»--me dijo.

«No, resucitado y más vivo que nunca»--le dije. Y el pobrecito de mi amigo el galeote se me escapó lleno de miedo de sí mismo. Y luego me ha apedreado, y al sentir sus pedradas sobre el yelmo de Mambrino con que me cubro la cabeza, he dicho en mi corazón: ¡Gracias, Dios mío, porque has hecho que no cayeran mis palabras en el espíritu de mi amigo como en pelada roca, sino que prendieran en él!

¡Si les oyeses, mi pastor Quijotiz, hablar de su fe y de sus creencias a los galeotes del espíritu!...¡Si oyeras, mi buen pastor, hablar de ello a sus pastores!...Uno de estos pastores he conocido para quien la virtud de los silbos con que llamaba a sus ovejas, la verdad de la doctrina en que les adoctrinaba y sin acatar la cual les negaba salud eterna, estribaba ¡figúrate, en que era castiza, en que era la más española! Para él la herejía no era sino una traición a la patria. Y conozco un perro de pastor, un ladrador de nuestras glorias patrias y guardián de nuestras tradiciones, para quien la religión no es mas que un género literario, tal vez una rama de las humanidades y a lo sumo una de las bellas artes. Contra estos miserables haces falta, mi pastor Quijotiz, para limpiar con tus cantos toda esa asquerosa cotena del espíritu e infundirnos a todos valor para que nos hundamos en la cueva de Montesinos y miremos allí cara a cara las visiones que se nos presenten.

Se comprende bien que los jesuitas, remachadores de cadenas de galeotes, te guarden ojeriza, mi Don Quijote, y quemen con algazara el libro de tu historia, según nos asegura que alguna vez lo han hecho, uno que rompió las cadenas de la Orden, el ex jesuita autor de UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

¡Ven, pastor Quijotiz, a pastorearnos y cantar los conceptos que el amor te inspire!

CAPÍTULO LXVIII De la cerdosa aventura que le aconteció a Don Quijote.

Y a poco de haber hecho Don Quijote esos propósitos de pastoreo, llegó una piara de más de seiscientos puercos, y pasaron sobre él. Por pena de su pecado tuvo aquella afrenta el Caballero, mas no le acongojó tanto que no le dejase componer aquel madrigalete en que decía, entre otras cosas, lo de: _Así el vivir me mata Que la muerte me torna a dar la vida.

¡Oh condición no oída La que conmigo muerte y vida trata!_ ¡Maravillosa sentencia en que se declara lo más íntimo del espíritu quijotesco! Y ved cómo cuando Don Quijote llegó a expresar lo más recóndito, lo más profundo, lo más entrañable de su locura de gloria, lo hizo en verso, y después de vencido y después de pisoteado por piara de cerdos. El verso es, sin duda, el lenguaje natural de lo profundo del espíritu; en verso compendiaron San Juan de la Cruz y Santa Teresa lo más íntimo de sus sentires. Y así Don Quijote fué en verso como llegó a descubrir los abismos de su locura, que el vivir le mataba y la muerte tornaría a darle vida, que su anhelo era anhelo de vida inacabable y eterna, de vida en la muerte, de perdurable vida.

_Así el vivir me mata Que la muerte me torna a dar la vida._ Sí, Don Quijote mío, la muerte tornó a darte vida y vida imperecedera.

El vivir nos mata. Ya lo dijo tu hermana Teresa de Jesús, cuando cantó: Sácame de aquesta muerte Mi Dios y dame la vida; No me tengas impedida En este lazo tan fuerte; Miro que muero por verte Y vivir sin Ti no puedo, Que muero porque no muero.

CAPÍTULO LXIX Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso desta grande historia avino a Don Quijote.

Cantando el madrigalete Don Quijote y durmiendo la vida Sancho, les llegó el nuevo día, y al declinar de la tarde de éste la última burla de los Duques. Y fué que les rodearon hasta diez hombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie y entre denuestos e improperios los llevaron al castillo de los Duques. Y allí se encontraron sobre un túmulo, con el cuerpo muerto de Altisidora, para resucitar a la cual mandó Radamante que sellaran el rostro de Sancho con veinticuatro mamonas y doce pellizcos, y seis alfilerazos en brazos y lomos. Y a pesar de su resistencia hiciéronle así seis dueñas y resucitó Altisidora. Y viendo Don Quijote la virtud que el cielo puso en el cuerpo de Sancho, pidióle de rodillas el que entonces, teniendo sazonada semejante virtud, se diera algunos azotes para desencantar a Dulcinea.

Y lo cierto es, a pesar de las torpes burlas de los Duques, que el cuerpo de Sancho tiene virtud para desencantar y resucitar doncellas.

Del cuerpo de Sancho se alimentan los Duques y sus lacayos y sus doncellas; del cuerpo de Sancho, en última instancia, procede el que Dulcinea pueda llevar a sus favoritos al templo de la eternidad de la fama. Sancho se azota con el trabajo para que puedan otros, libres de él, enamorar a Dulcinea; los azotes de Sancho hacen al héroe héroe y a su cantor cantor celebrado, y al santo santo y al poderoso poderoso.

Aquí dice el historiador una verdad como un templo, cual es _que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los Duques a dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahinco ponían en burlarse de dos tontos_...Alto aquí, que ni a Don Quijote ni a Sancho puede llamárseles tontos y sí a los Duques, que lo eran y de remate y capirote, y tontos, como todos los tontos suelen serlo, maliciosos y bellacos. No hay, en efecto, tonto bueno; el tonto, y más si es amigo de burlas, rumia el pasto amargo de la envidia. En el fondo no perdonaban los Duques a Don Quijote el renombre por éste adquirido y aspiraban a unir su nombre al nombre inmortal del Caballero. Pero bien los castigó el sabio historiador pasando en silencio sus nombres, con lo cual no lograron su propósito. En _los Duques_ a secas se quedarán, y como cifra y compendio de Duques sandios y mal intencionados.

Poco después de la resurrección de Altisidora, entró esta desenvueltísima doncella en el aposento de Don Quijote, y en la plática que allí tuvieron dijo el Caballero aquellas memorables palabras de _no hay otro yo en el mundo_, sentencia hermana melliza de aquella otra de: _¡yo sé quién soy!_ ¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y sobre todo cuando al acongojarnos por tener que desaparecer un día, nos vengan con la ridícula monserga de que somos un átomo en el Universo y que sin nosotros siguen los astros su curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin nuestro concurso y que es soberbia imaginar que toda esta inmensa fábrica se hizo para nuestra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada uno de nosotros es único e insustituíble.

¡No hay otro yo en el mundo! Cada cual de nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha hecho y conserva el mundo, lo ha hecho y lo conserva para mí! ¡No hay otro yo! Los habrá mayores y menores, mejores y peores, pero no otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en mí se resume una eternidad de pasado y de mí arranca una eternidad de porvenir. ¡No hay otro yo! Esta es la única base sólida del amor entre los hombres, porque tampoco hay otro tú que tú, ni otro él que él.

Prosiguió la plática y en ella mostró la liviana Altisidora que aun en burlas y todo, le dolía el desvío de Don Quijote. Imposible es que una doncella finja en chanzas enamorarse y no lleve a mal el que no se la corresponda en veras. Y fué tal su irritación por no haber logrado esto, que llamando a Don Quijote _don vencido y don molido a palos_, le declaró que lo de la resurrección había sido una burla.

Este rasgo debía bastar para convencernos de cuán real y verdadera es la historia que estoy explicando y comentando, porque esto de acabar por tomar en veras las burlas la desdeñada doncella, es de las cosas que no se inventan ni pueden inventarse. Y tengo para mí que si Don Quijote flaquea y cede y la requiere, se le entrega ella en cuerpo y alma, aunque sólo fuera para poder decir luego que fué poseída por un loco cuya fama llenaba el mundo entero. Todo el mal de aquella doncella nacía de ociosidad, según declaró a los Duques el mismo Don Quijote.

Sin duda, pero falta saber de qué género de ociosidad nacía su mal.

CAPÍTULO LXXI De lo que a Don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea.

Salieron amo y escudero de casa de los Duques y reanudaron camino de su aldea. Y yendo de camino ofreció Don Quijote a Sancho pagarle los azotes, _a cuyos ofrecimientos abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dió consentimiento en su corazón a azotarse de buena gana_, pues el amor de sus hijos y de su mujer le hacía mostrarse interesado, según declaró él mismo. Estimólos Sancho en ochocientos veinticinco reales, y Don Quijote exclamó: _¡Oh Sancho bendito! ¡oh Sancho amable!

y cuán obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días que el cielo nos diere de vida!_ Y llegada la noche se retiró Sancho entre unos árboles y _haciendo del cabestro y de la jáquima del rucio un poderoso y flexible azote_, desnudóse de medio cuerpo arriba, _comenzó a darse y comenzó Don Quijote a contar los azotes_. A los seis u ocho pidió Sancho aumento de precio y se lo dobló su amo, _pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, on unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada uno de ellos se le arrancaba el alma_.

Mira, Sancho, esto que a cuenta de tus azotes pasó entre tu amo y tú, es un perfecto símbolo de lo que en tu vida pasa. Ya te dije que de tus azotes vivimos todos, incluso los que filosofamos sobre ellos o los ponemos en coplas. Tiempo hay en que se te quiere obligar por la fuerza a que te azotes, y se te esclaviza, pero llega día en que haces lo que hiciste con tu amo y señor natural Don Quijote, y es desmandarte contra quien te quiere forzar a que te azotes y poner tu rodilla sobre su pecho y exclamar: _¡mi amo soy yo!_ Y entonces se cambia de táctica y se te ofrece pagarte los azotes, lo cual es un nuevo engaño, pues que de ellos sale también la paga que por ellos te dan. Y tú, pobre Sancho, movido del amor a tus hijos y a tu mujer, accedes y te dispones a azotarte. Pero ¿cómo has de hacerlo con voluntad y de veras, si no estás persuadido del valer de tus azotes? Das seis u ocho en tu cuerpo y los tres mil doscientos noventa y dos restantes en los árboles y lo más de tu trabajo se pierde. Lo más del trabajo humano se pierde, y es natural que así sea, porque ¿con qué devoción va a pulir joyas un infeliz que las pule para ganarse el pan mas sin estar persuadido del valor social de las tales joyas? ¿con qué ahinco hará juguetes para los hijos de los ricos el que haciéndolos saca el pan para los suyos, que no tienen con qué jugar?

Trabajo de Sísifo es lo más del trabajo humano y el pueblo no tiene conciencia de que es sólo un pretexto para que le den jornal, y no como cosa suya, sino como algo ajeno que le hacen la merced de dejárselo ganar. El toque está en que reciba Sancho su salario como cosa que no le pertenece sino en virtud de los azotes que se hubiera dado y porque le han hecho la merced de proporcionarle azotina, y para sostener y perpetuar la mentira del derecho de propiedad y del acaparamiento de la tierra por los poderosos, se inventan azotes, por absurdos que ellos sean. Y así se azota Sancho con el mismo empeño con que desenchinarran calles esos desgraciados a los que en los meses de invierno, cuando escasean azotes, les mandan los Municipios a desenchinarrar calles para volverlas a enchinarrar y con ello justificar la limosna vergonzante que se les reparte.

Tela de Penélope y tonel de las Danaides es lo más de tu azotina, Sancho; el caso es que te cueste ganarte el pan y que tengas que agradecérselo a los que te proporcionan azotes, y que reconozcas que te pagan de lo suyo y no pongas tu pie en sus hanegas de sembradura como en su pecho pusiste la rodilla. Haces, pues, muy bien en desollar los árboles a jaquimazos, pues lo mismo te han de pagar, ya que te pagan no porque te azotes, sino por que no te rebeles. Haces muy bien, pero harías mejor si volvieras la jáquima alguna vez contra tus amos y los azotaras a ellos y no a los árboles y los echaras a azotes de sus hanegas de sembradura, o que las aren y siembren ellos contigo y como cosa de los dos.

CAPÍTULOS LXXII Y LXXIII De cómo Don Quijote y Sancho llegaron a su aldea.

Prosiguiendo su camino, se encontraron en el mesón con D. Álvaro Tarfe; a los dos días acabó con sus azotes Sancho y a poco divisaron la aldea.

Entraron en ella y en sus casas. Y al declarar Don Quijote al cura y al bachiller su propósito de que se hicieran pastores, descubrió Carrasco su mal, la locura pegada por Don Quijote y que le llevó a vencer a éste, al decir lo de _como ya todo el mundo sabe, yo soy celebérrimo poeta_. ¿No os dije que el bachiller estaba tocado de la misma locura del hidalgo? ¿No había acaso soñado entre las doradas piedras de Salamanca, sueño de no morir?

Acudió el ama al oir lo de los pastores a aconsejar a su amo y le dijo: _estése en su casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres y sobre mi ánima si mal le fuere_.

Esta buena ama habla poco, pero cuando rompe a hablar se vacía en pocas palabras. ¡Y qué bien discurre! ¡con cuánto seso! Lo que aconsejó a su amo es lo que nos aconsejan los que dicen querernos bien.

¡Querernos bien!...¡querernos bien!...¡Ay cariño, cariño, y qué miedo te tengo! Así que oigo a un amigo lo de «yo te quiero bien» o «haga caso de los que bien le queremos» me echo a temblar. Los que me quieren bien...¿y quiénes me quieren bien? Los que quieren que sea como ellos quieren para quererme. ¡Ay Cariño, cariño, terrible cariño que nos lleva a buscar en el querido el que de él hicimos! ¿Quién me quiere como soy? Tú, Tú sólo, Dios mío, que queriéndome me creas de continuo, pues es mi existencia misma obra de tu eterno amor.

_Estése en su casa_...¿Y por qué he de estarme en casa? Estése cada uno en la suya y no habrá Dios que esté en la de todos.

_Atienda a su hacienda_...¿Y cuál es mi hacienda? Mi hacienda es mi gloria.

_Confiese a menudo_...Mi vida y mi obra son una confesión perpetua.

Desgraciado del hombre que tiene que recogerse a tiempos y lugares para confesarse. Eso de la confesión de que habla el ama de Don Quijote ¿no nos educa acaso a ser reservados y chismosos a la vez?

_Favorezca a los pobres_...Sí, pero a los verdaderos pobres, a los pobres de espíritu y no con el favor que ellos piden, sino con el que necesitan.

Mira, lector, aunque no te conozco te quiero tanto que si pudiese tenerte en mis manos te abriría el pecho y en el cogollo del corazón te rasgaría una llaga y te pondría allí vinagre y sal para que no pudieses descansar nunca y vivieras en perpetua zozobra y en anhelo inacabable.

Si no he logrado desasosegarte con mi Quijote es, créemelo bien, por mi torpeza y porque este muerto papel en que escribo ni grita, ni chilla, ni suspira, ni llora, porque no se hizo el lenguaje para qué tú y yo nos entendiéramos.

Y ahora vamos a asistir a bien morir a Don Quijote.

CAPÍTULO LXXIV De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte.

Dió el alma a quien se la dió, El Cual la ponga en el cielo y en su gloria, y aunque la vida murió, nos dejó harto consuelo su memoria.

(Final de las coplas que Jorge Manrique compuso a la muerte de su padre D. Rodrigo Manrique, gran maestre de Santiago.)

Llegamos al cabo, oh lector, al remate de esta lastimosa historia; a la coronación de la vida de Don Quijote, o sea a su muerte. Pues toda vida se corona y completa en muerte y a la luz de la muerte es como hay que mirar la vida. Y tan es así, que aquella antigua máxima que dice «cual fué la vida tal será la muerte»--_sicut vita finis ita_--habrá que cambiarla diciendo «cual es la muerte, tal fué la vida». Una muerte buena y gloriosa abona y glorifica la vida toda, por mala e infame que ésta hubiese sido, y una muerte mala malea la vida al parecer más buena. En la muerte se revela el misterio de la vida, su secreto fondo.

En la muerte de Don Quijote se reveló el misterio de su vida quijotesca.

Seis días estuvo encamado con calentura, desahucióle el médico, quedóse solo y durmió más de seis horas de un tirón. _Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz dijo: Bendito sea el poderoso Dios que tanto bien me ha hecho. En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres._ ¡Piadosísimas palabras! Preguntóle la sobrina qué le pasaba y respondió: _Las misericordias, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados.

Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías. Yo conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; quería hacerla de tal modo que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco: que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte._ ¡Pobre Don Quijote! A lindero de morir y a la luz de la muerte confiesa y declara que no fué su vida sino sueño de locura. ¡La vida es sueño!

Tal es, en resolución última, la verdad a que con su muerte llega Don Quijote y en ella se encuentra con su hermano Segismundo.

Mas todavía lamenta no poder leer otros libros, que sean luz del alma.

¿Libros? ¿Pero es, noble hidalgo, que no estás desengañado ya de ellos? Libros te metieron a caballero andante, libros te llevaban a ser pastor; ¿y si esos libros que sean luz del alma te meten en otras, aunque nuevas caballerías? ¿Será cosa de recordar aquí, una vez más, a Íñigo de Loyola en cama, herido, en Pamplona, pidiendo le llevasen libros de caballerías para matar con ellos el tiempo y dándole la vida de Cristo Nuestro Señor y el FLOS SANCTORUM, los que le empujaron a meterse a ser caballero andante a lo divino?

Llamó Don Quijote a sus buenos amigos el cura, el bachiller Sansón Carrasco y a Maese Nicolás el barbero, y pidió confesarse y hacer testamento. Y apenas vió entrar a los tres les dijo: _dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno_.

Pocos días hace que hablando con D. Álvaro de Tarfe y al llamarle éste bueno, le dijo: _yo no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo_, tal vez recordando aquello del Evangelio: «¿por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno: Dios» (Mat., XIX, 17) y ahora a pique de morir y por la luz de la muerte alumbrado, dice que sus costumbres de arrancar es, Don Quijote mío, la raíz de la locura de tu vida!

¡Renombre de bueno! ¡renombre!

Siguió disertando piadosamente, abominó de Amadís de Gaula y _de toda la infinita caterva de su linaje_, y al oirle creyeron los tres _que alguna nueva locura le había tomado_. Y así era en verdad, que le tomó la última locura, la no curadera, la de la muerte. La vida es sueño, de cierto, pero dinos, desventurado Don Quijote, tú que despertaste del sueño de tu locura para morir abominando de ella, dinos, ¿no es sueño también la muerte? ¡Ah, y si fuera sueño eterno y sueño sin ensueños ni despertar, entonces, querido Caballero, en qué más valía la cordura de tu muerte que la locura de tu vida? Si es la muerte sueño, Don Quijote mío, ¿por qué han de ser molinos los gigantes, carneros los ejércitos, zafia labradora Dulcinea y burladores los hombres? Si es la muerte sueño, locura y sólo honda locura fué tu anhelo de inmortalidad.

Y si fué sueño y vanidad tu locura ¿qué sino sueño y vanidad es todo heroísmo humano, todo esfuerzo en pro del bien del prójimo, toda ayuda a los menesterosos y toda guerra a los opresores? Si fué sueño y vanidad tu locura de no morir, entonces sólo tienen razón en el mundo los bachilleres Carrascos, los Duques, los Don Antonio Moreno, cuantos burladores, en fin, hacen del valor y de la bondad pasatiempo y regocijo de sus ocios. Si fué sueño y vanidad tu ansia de vida eterna, toda la verdad se encierra en aquellos versos de la Odisea: τὸν δὲ ζεοὶ μὲν τεῦξαν, ἐπεxλώσαντο δ'δλεζρον ἀνζρώποις ΐνα ᾖσι xαὶ ἐσσομένοισιν ἀοιδή (VIII, 579-580) «Los dioses traman y cumplen la perdición de los mortales para que los venideros tengan algo que cantar». Y entonces sí que podemos decir con Segismundo, tu hermano, que «el delito mayor del hombre es haber nacido». Más nos valiera, si eso así fuese, no haber visto la luz del sol ni haber recogido en nuestro pecho el aire de la vida.

¿Qué te arrastró, Don Quijote mío, a tu locura de renombre y fama y a tu ansia de sobrevivir con gloria en los recuerdos de los hombres, sino tu ansia de no morir, tu anhelo de inmortalidad, esa herencia que heredamos de nuestros padres, «que tenemos un apetito de divinidad y una locura y frenesí de querer ser más de lo que somos», para servirme de palabras del Padre Alonso Rodríguez, tu contemporáneo (EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y VIRTUDES CRISTIANAS, tratado octavo, cap. XV)? ¿Qué es sino el espanto de tener que llegar a ser nada lo que nos empuja a querer serlo todo, como único remedio para no caer en ese tan pavoroso de anonadarnos?

Pero allí estaba Sancho, en la cumbre de su fe, a que llegó después de tantos tumbos, arredros y tropiezos, y Sancho al oirle tan desengañado, le dijo: _¿ahora, señor Don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuesa merced con eso; y ahora que estamos tan a pique de ser pastores para pasar la vida cantando como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos_. ¡Notables palabras! _¡Vuelva en si! ¡Vuelva en sí y déjese de cuentos!_ Mas ¡ay! amigo Sancho, que tu amo no puede ya volver en sí, sino que ha de volver al seno de la tierra todoparidora, que a todos nos da a luz y a todos nos recoge en sombras. ¡Pobre Sancho, que te quedas solo con tu fe, con la fe que dió tu amo!

¡Déjese de cuentos! _Los de hasta aquí--replicó Don Quijote--que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho._ Sí, Don Quijote mío, esos cuentos son tu provecho. Tu muerte fué aún más heroica que tu vida, porque al llegar a ella cumpliste la más grande renuncia, la renuncia de tu gloria, la renuncia de tu obra. Fué tu muerte encumbrado sacrificio. En la cumbre de tu pasión, cargado de burlas, renuncias no a ti mismo, sino a algo más grande que tú: a tu obra. Y la gloria te acoja para siempre.

_Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él y confesóle. Y acabóse la confesión y salió el cura diciendo: verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento._ Rompieron a llorar Sancho, el ama y la sobrina, porque en verdad _en tanto que Don Quijote fué Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fué Don Quijote de la Mancha, fué siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían_. Fué siempre bueno, bueno sobre todo y ante todo, bueno con bondad nativa, y esta bondad que sirvió de cimiento a la cordura de Alonso Quijano y a su muerte ejemplar, esta misma bondad sirvió de cimiento a la locura de Don Quijote y a su ejemplarísima vida. La raíz de tu locura de inmortalidad, la raíz de tu anhelo de vivir en los inacabables siglos, la raíz de tu ansia de no morir, fué tu bondad, Don Quijote mío. El bueno no se resigna a disiparse, porque siente que su bondad hace parte de Dios, del Dios que es Dios no de los muertos, sino de los vivos, pues para él viven todos. La bondad no teme ni al infinito ni a lo eterno; la bondad reconoce que sólo en alma humana se perfecciona y acaba; la bondad sabe que es una mentira la realización del Bien en el proceso de la especie. El toque está en ser bueno, sea cual fuere el sueño de la vida. Ya lo dijo Segismundo (jornada II, escena IV), que estoy soñando y que quiero obrar bien, pues no se pierde el hacer bien aun en sueños.

Y si la bondad nos eterniza ¿qué mayor cordura que morirse?

_Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno_; muere a la locura de la vida, despierta de su sueño.

Hizo Don Quijote su testamento y en él la mención de Sancho que éste se merecía, pues si loco fué su amo parte a darle el gobierno de la ínsula, _pudiera estando cuerdo darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece_.

Y volviéndose a Sancho, quiso quebrantarle la fe y persuadirle de que no había habido caballeros andantes en el mundo, a lo cual Sancho, henchido de fe y loco de remate cuando su amo se moría cuerdo, respondió llorando: _Ay, no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más_. ¿La mayor locura, Sancho?

“Y consiento en mi morir con voluntad placentera clara y pura; que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera, es locura” pudo contestarte tu amo, con palabras del Maestre D. Rodrigo Manrique, tales cuales en su boca las pone su hijo D. Jorge, el de las coplas inmortales.

Y dicho lo de la locura de dejarse morir, volvió Sancho a las andadas, hablando a Don Quijote del desencanto de Dulcinea y de los libros de caballerías. ¡Oh heroico Sancho, y cuán pocos advierten el que ganaste la cumbre de la locura cuando tu amo se despeñaba en el abismo de la sensatez, y que sobre su lecho de muerte irradiaba tu fe, tu fe, Sancho, la fe de ti que ni has muerto ni morirás! Don Quijote perdió su fe y murióse, tú la cobraste y vives; era preciso que él muriera en desengaño, para que en engaño vivificante vivas tú.

¡Oh Sancho, y cuán melancólico es tu recuerdo de Dulcinea ahora en que tu amo se prepara al trance de la muerte! Ya no es Don Quijote, sino Alonso Quijano el Bueno, el tímido hidalgo que se pasó doce años queriendo como a la lumbre de sus ojos, de esos ojos que en breve ha de comerse la tierra, a Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales, la del Toboso. Al recordarle, Sancho, en su lecho de muerte a su dama, le recuerdas a la garrida moza a la que sólo gozó, a hurtadillas, con los ojos cuatro veces en doce largos años de soledad y de recato. La vería el hidalgo ahora casada ya, rodeada de sus hijos, gloriándose en su marido, haciendo fructificar la vida en el Toboso.

Y entonces, en su lecho de muerte de soltero, pensó acaso que pudo haberla llevado a él y haber bebido de ella en él la vida. Y habría muerto sin gloria, sin que Dulcinea le llamase desde el cielo de la locura, pero sintiendo sobre sus labios fríos los ardientes labios de Aldonza, y rodeado de sus hijos en quienes perviviría. ¡Tenerla allí, en el lecho en que morías, buen hidalgo, y en que se habrían confundido antes veces en una sola vuestras sendas vidas; tenerla allí, cogida de su mano tu mano y dándote así con la suya un calor que de la tuya se escapaba, y ver llegar la luz encegadora del último misterio, luz de tinieblas, en sus ojos llorosos y despavoridos, fijos en los cuales pasarían a la eterna visión los tuyos! Te morías sin haber gozado del amor, del único amor que a la muerte vence. Y entonces, al oir a Sancho hablar de Dulcinea, debiste de repasar en tu corazón aquellos doce largos años de la tortura de vergonzosidad invencible. Fué tu último combate, mi Don Quijote, del que ninguno de los que te rodeaban en tu lecho de muerte se dió cata.

Acudió el bachiller en ayuda de Sancho, y al oirlo dijo Don Quijote con mortal sosiego: _Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los