del otro le mana bermellón y piedra azufre. No le mana, canalla infame--respondió Don Quijote encendido en cólera--, no le mana eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones, y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama._ ¡No le mana!
¡no le mana!--repitamos nosotros todos--, ¡no le mana! ¡no le mana!, infames mercaderes, ¡no le mana sino ámbar y algalia entre algodones!
Ámbar mana de los ojos de la Gloria que con ellos nos mira, infames mercaderes.
Y para hacerles pagar y cara, tan gran blasfemia, arremetió Don Quijote con la lanza baja contra el que lo había dicho _con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante lo pasara mal el atrevido mercader_.
Ya está en el suelo Don Quijote, gustando con sus costillas la dureza de la madre tierra; es su primer caída. Parémonos a considerarla.
_Cayó Rocinante, y fué rodando_ su amo una buena pieza por el campo, y queriéndose _levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada con el peso de las antiguas armas_. Ya diste en tierra, mi señor Don Quijote, por fiar en tu propia fortaleza y en la fortaleza de aquel rocín a cuyo instinto fiabas tu camino. Tu presunción te ha perdido; el creerte hijo de tus obras. Ya diste en tierra, mi pobre hidalgo, y en ella tus armas antes te sirven de embarazo que de ayuda. Mas no te importe, pues tu triunfo fué siempre el de osar y no el de cobrar suceso. La que llaman victoria los mercaderes era indigna de ti; tu grandeza estribó en no reconocer nunca tu vencimiento. Sabiduría del corazón y no ciencia de la cabeza es la de saber ser derrotado y usar de la derrota. Hoy son los mercaderes toledanos los que están en derrota y en gloria tú, noble Caballero.
Y desde el suelo, tendido en él y pugnando por levantarse, aún los denostabas llamándolos _gente cobarde, gente cautiva_ y haciéndoles ver que no por tu culpa, sino por la de tu caballo, estabas allí tendido.
Tal nos sucede a nosotros, tus creyentes; no por nuestra culpa, sino por la culpa de los rocines que nos llevan por los senderos de la vida, estamos tendidos y sin poder levantarnos, pues nos embaraza para hacerlo el peso de la antigua armadura que nos cubre. ¿Quién nos desnudará de ella?
Y llegó un mozo de mulas, _que no debía de ser muy bienintencionado_, según Cervantes, _y oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias no lo pudo sufrir, sin darle la respuesta en las costillas_ y le molió a palos _hasta envidar todo el resto de su cólera_ y sin hacer caso a las voces de sus amos de que le dejase. Ahora, ahora que estás tendido y sin poder levantarte, mi señor Don Quijote, ahora viene el mozo de mulas, peor intencionado que los mercaderes a que sirve, y te da de palos. Pero tú, sin par Caballero, molido y casi deshecho, tiéneste por dichoso, pareciéndote ser ésa _propia desgracia de caballeros andantes_, y con este tu parecer encumbras tu derrota, trasmudándola en victoria. ¡Ah, si nosotros, tus fieles, nos tuviésemos por dichosos de haber sido molidos a palos, desgracia propia de caballeros andantes!
Más vale ser león muerto que no perro vivo.
Esta aventura de los mercaderes trae a mi memoria aquella otra del caballero Íñigo de Loyola, que nos cuenta el P. Rivadeneira en el capítulo III del libro I de su VIDA, cuando yendo Ignacio camino de Monserrate «topó acaso con un moro de los que en aquel tiempo quedaban en España en los reinos de Valencia y Aragón» y «comenzaron a andar juntos, y a trabar plática, y de una en otra vinieron a tratar de la virginidad y pureza de la gloriosísima Virgen Nuestra Señora». Y tal se puso la cosa, que Íñigo, al separarse del moro, quedó «muy dudoso y perplejo en lo que había de hacer; porque no sabía si la fe que profesaba y la piedad cristiana le obligaba a darse priesa tras el moro, y alcanzarle y darle de puñaladas por el atrevimiento y osadía que había tenido de hablar tan desvergonzadamente en desacato de la bienaventurada siempre Virgen sin mancilla». Y al llegar a una encrucijada, se lo dejó a la cabalgadura, según el camino que tomase, o para buscar al moro y matarle a puñaladas o para no hacerle caso. Y Dios quiso iluminar a la cabalgadura y «dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fué por el que era más apropósito para Ignacio». Y ved cómo se debe la Compañía de Jesús a la inspiración de una caballería.
CAPÍTULO V Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro Caballero.
Tendido Don Quijote en tierra se acogió a uno de los pasos de sus libros, como a pasos de los nuestros nos acogemos en nuestra derrota, y comenzó a revolcarse por tierra y a recitar coplas. En lo cual debemos ver algo así como cierta deleitación en la derrota y un convertir a ésta en sustancia caballeresca. ¿No nos está pasando lo mismo en España? ¿No nos deleitamos en nuestra derrota y sentimos cierto gusto, como el de los convalecientes, en la propia enfermedad?
Y acertó a pasar Pedro Alonso, un labrador vecino suyo, que le levantó del suelo, le reconoció, le recogió y le llevó a su casa. Y no se entendieron en el camino, en la plática que hubieron entre ambos, plática de que sin duda tuvo noticia Cervantes por el mismo Pedro Alonso, varón sencillo y de escasas comprendederas. Y en esta plática es cuando Don Quijote pronunció aquella sentencia tan preñada de sustancia que dice: _¡Yo sé quién soy!_ Sí, él sabe quién es y no lo saben ni pueden saberlo los piadosos Pedros Alonsos. _¡Yo sé quién soy!_--dice el héroe--, porque su heroísmo le hace conocerse a sí propio. Puede el héroe decir: «yo sé quién soy», y en esto estriba su fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene porqué temer a nadie sino a Dios que le hizo ser quien es, y su desgracia, porque sólo él sabe, aquí en la tierra, quién es él, y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco.
Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que sólo es sabedor el que la tiene y no puede a los demás hacerles creer en ella; la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios que dice: «tienes que hacer esto», mientras no les dice a los demás: «este mi hijo que aquí veis tiene esto que hacer». Cosa terrible haber oído: «haz eso; haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley general con que os rijo, estimarán desvarío o quebrantamiento de la ley misma; hazlo, porque la ley suprema soy Yo que te lo ordeno». Y como el héroe es el único que lo oye y lo sabe y como la obediencia a ese mandato y la fe en él es lo que le hace, siendo por ello héroe, ser quien es, puede muy bien decir: «yo sé quién soy, y mi Dios y yo sólo lo sabemos y no lo saben los demás». Entre mi Dios y yo--puede añadir--no hay ley alguna medianera; nos entendemos directa y personalmente, y por eso sé quién soy. ¿No recordáis al héroe de la fe, a Abraham, en el monte Moria?
Grande y terrible cosa el que sea el héroe el único que vea su heroicidad por dentro, en sus entrañas mismas, y que los demás no la vean sino por fuera, en sus extrañas. Es lo que hace que el héroe viva solo en medio de los hombres y que esta su soledad le sirva de una compañía confortadora; y si me dijerais que alegando semejante revelación íntima podría cualquiera, con achaque de sentirse héroe suscitado por Dios, levantarse a su capricho, os diré que no basta decirlo y alegarlo, sino es menester creerlo. No basta exclamar «¡yo sé quién soy!», sino es menester saberlo, y pronto se ve el engaño del que lo dice y no lo sabe y acaso ni lo cree. Y si lo dice y lo cree, soportará resignado la adversidad de los prójimos que le juzgan con la ley general, y no con Dios.
_¡Yo sé quién soy!_ Al oir esta arrogante afirmación del Caballero, no faltará quien exclame: «¡Vaya con la presunción del hidalgo!...Llevamos siglos diciendo y repitiendo que el ahinco mayor del hombre debe ser el de buscar conocerse a sí mismo, y que del propio conocimiento arranca toda salud, y se nos viene el muy presuntuoso con un redondo: _¡yo sé quién soy!_ Esto sólo basta para medir lo hondo de su locura».
Pues bien, te equivocas tú el que dices eso; Don Quijote discurría con la voluntad, y al decir «¡yo sé quién soy!» no dijo sino «yo sé quién quiero ser!». Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo, es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese que quieres ser, no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Sólo es hombre hecho y derecho el hombre, cuando quiere ser más que hombre. Y si tú, que así reprochas su arrogancia a Don Quijote, no quieres ser sino lo que eres, estás perdido, irremisiblemente perdido. Estás perdido si no despiertas en tus entrañas a Adán y su feliz culpa, la culpa que nos ha merecido redención. Porque Adán quiso ser como un dios, sabedor del bien y del mal, y para llegar a serlo comió del prohibido fruto del árbol de la ciencia, y se le abrieron los ojos y se vió sujeto al trabajo y al progreso. Y desde entonces empezó a ser más que hombre, tomando fuerzas de su flaqueza y haciendo de su degradación su gloria y del pecado cimiento de su redención. Y hasta los ángeles le envidiaron, pues nos dice el P. Gaspar de la Figuera, jesuita, en su SUMA ESPIRITUAL, y cuando él nos lo asegura lo sabrá de buena tinta, que Lucifer y sus compañeros se agradaron a sí mismos, pareciéndose bien, y que «cuando llegó el mandato de Dios que adorasen a Cristo todos sus ángeles, revelándoles que había Dios de hacerse hombre y ser niño y morir, tuviéronle a gran mengua de su naturaleza espiritual, y se afrentaron de ello; de manera que quisieron más privarse de la gracia de Dios y de la gloria que les podía dar, que venir a tal desprecio». Y así se comprende que el ángel caído no tenga redención--si es que no la tiene--y la tenga el hombre caído; porque aquél cayó por agradarse a sí mismo y de sí mismo contentarse, cayó por soberbia, y el hombre por querer ser más que es, por ambición. Cayó el ángel por soberbio y caído queda; cayó el hombre por ambicioso y se levanta a más alto asiento que de donde cayera.
Sólo el héroe puede decir «¡yo sé quién soy!», porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben, y los demás hombres apenas saben ni quién son ellos mismos, porque no quieren de veras ser nada, ni menos saben quién es el héroe; no lo saben los piadosos Pedros Alonsos que le levantan del suelo.
Conténtense con levantarle del suelo y recogerle a su hogar, sin ver en Don Quijote mas que a su vecino Alonso Quijano, y aguardar a que sea de noche para que al entrarlo al pueblo no vean _al molido hidalgo tan mal caballero_.
Entre tanto, estaban el cura y el barbero del lugar con el ama y la sobrina de Don Quijote, comentando su ausencia y ensartando muchos más disparates que ensartara el Caballero. Llegó éste, y sin hacerles gran caso, comió y acostóse.
CAPÍTULO VI Aquí inserta Cervantes aquel capítulo VI en que nos cuenta _el donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo_, todo lo cual es crítica literaria que debe importarnos muy poco. Trata de libros y no de vida. Pasémoslo por alto.
CAPÍTULO VII De la segunda salida de nuestro buen Caballero Don Quijote de la Mancha.
Sus anhelos interrumpiéronle el sueño a Don Quijote, pues hasta en sueños quijoteaba, pero volvió a dormirse. Y volvió a dormirse para encontrarse al despertar con que Frestón, el encantador, se le había llevado los libros, creyendo el incauto que con ellos le llevaba el generoso aliento. Y en apoyo de Frestón acudió la sobrina, rogando a su tío se dejase de pendencias y de ir por el mundo _a buscar pan de trastrigo_, sin percatarse de que es el pan de trastrigo el que hace al hombre tras-hombre, o como dicen hoy, sobre-hombre. También para disuadir a Íñigo de Loyola de que saliese a buscar aventuras en Cristo, acudió su hermano mayor Martín García de Loyola, para que no se arrojase a cosa «que no sólo nos quite lo que de vos esperamos--le dijo, según el P. Rivadeneira, libro I, cap. III--, sino también mancille nuestro linaje con perpetua infamia y deshonra». Pero Íñigo le respondió con pocas palabras, que él miraría por sí y se acordaría que había nacido de buenos, y salió de caballero andante.
Quince días se estuvo sosegado en casa nuestro Caballero y en este tiempo solicitó _a un labrador vecino suyo, hombre de bien pero de muy poca sal en la mollera_, gratuita afirmación de Cervantes, desmentida luego por el relato de sus donaires y agudezas. En rigor no cabe hombría de bien, verdadera hombría de bien no habiendo sal en la mollera, visto que en realidad ningún majadero es bueno. Solicitó Don Quijote a Sancho y le persuadió a que fuese su escudero.
Ya tenemos en campaña a Sancho el bueno, que dejando mujer e hijos, como pedía el Cristo a los que quisieran seguirle, _se asentó por escudero de su vecino_. Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz alta sin rebozo, para oirse a sí mismo y para oir el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fué su coro, la humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda.
Humanidad», porque ésta es un abstracto que cada cual concreta en sí mismo, y predicar amor a la Humanidad vale, por consiguiente, tanto como predicar el amor propio. Del cual estaba, por pecado original, lleno Don Quijote, no siendo su carrera toda sino una depuración de él. Aprendió a amar a todos sus prójimos amándolos en Sancho, pues es en cabeza de un prójimo y no en la comunidad, donde se sana a todos los demás; amor que no cuaja sobre individuo, no es amor de verdad. Y quien de veras ama a otro ¿cómo podrá odiar a nadie? Y quien a alguien odie ¿no le emponzoñará este odio los amores que tuviese? O más bien le emponzoñará el amor, no los amores, porque es uno y solo, aunque se vierta sobre muchos términos.
De la parte de Sancho empecemos a admirar su fe, la fe que por el camino de creer sin haber visto le lleva a la inmortalidad de la fama, antes ni aun soñada por él siquiera, y al esplendor de su vida. Por toda la eternidad puede decir: «Soy Sancho Panza, el escudero de Don Quijote». Y ésta es y será su gloria por los siglos de los siglos.
Se dirá que a Sancho le sacó de su casa la codicia, así como la ambición de gloria a Don Quijote, y que así tenemos en amo y escudero, por separado, los dos resortes que juntos en uno han sacado de sus casas a los españoles. Pero aquí lo maravilloso es que en Don Quijote no hubo ni sombra de codicia que le moviese a salir, y que la de Sancho no dejaba de tener, aun sin él saberlo, su fondo de ambición, ambición que creciendo en el escudero a costa de la codicia, hizo que la sed de oro se le trasformase al cabo en sed de fama. Tal es el poder milagroso del ansia pura de renombre y fama.
¿Y quién se esquiva de la codicia y quién de la ambición? Temíalas Íñigo de Loyola, y tanto las temía, que cuando D. Fernando de Austria, rey de Hungría, nombró al P. Claudio Jayo obispo de Trieste y lo aprobó el Papa, acudió a éste Íñigo para estorbarlo, pues no quería que sus hijos espirituales «deslumbrados y ciegos con el engañoso y aparente esplendor de las mitras y dignidades, viniesen a la Compañía, no por huir de la vanidad del mundo, sino por buscar en ella al mismo mundo» (Rivadeneira, lib. III, cap. XV). ¿Y lo consiguió? Ese huir de las dignidades y prelacías de la Iglesia ¿no puede envolver más refinada soberbia que el aceptarlas y aun que el buscarlas acaso? Porque «¿qué mayor engaño que buscar por medio de la humildad ser honrado y estimado de los hombres? y ¿qué mayor soberbia que pretender ser tenido por humilde?»--dice un hijo espiritual de Loyola, el P. Alonso Rodríguez, en el cap. XIII del tratado tercero de su libro EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y VIRTUDES CRISTIANAS. Y la soberbia ¿no se pasaría de los individuos a la Compañía misma, haciéndose colectiva? ¿Qué sino soberbia refinada es pretender, como pretenden los hijos de Loyola, que se salva todo el que muere dentro de la Compañía, y de los que no entraron en ella no se salvan todos?
La soberbia, la refinada soberbia, es la de abstenerse de obrar por no exponerse a la crítica. El acto más grande de humildad es el de un Dios que crea un mundo que no añade un adarme a su gloria, y luego un linaje humano para que se lo critique, y si deja cabos que presten apoyo, siquiera aparente, a esa crítica, tanta mayor humildad. Y pues Don Quijote se lanzó a obrar y se expuso a que los hombres se burlasen de su obra, fué uno de los más puros dechados de verdadera humildad, aunque otra cosa nos finjan las engañosas apariencias. Y con esa humildad arrastró tras de sí a Sancho convirtiéndole la codicia en ambición y la sed de oro en sed de gloria, único medio eficaz de curar la codicia y sed de oro.
Reunió luego Don Quijote dineros _vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas_, en obediencia al consejo del ventero gordo. Era nuestro Caballero un loco razonable y no ente de ficción, como creen los mundanos, sino de los hombres que han comido y bebido y dormido y muerto.
Proveyóse Sancho de asno y alforjas, de camisas y otras prendas Don Quijote, y sin _despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni Don Quijote de su ama y sobrina_, rompiendo así varonilmente las amarras de la carne pecadora, _una noche se salieron del lugar sin que persona los viese_. Segunda vez que sale el Caballero al mundo sin que se le vea y al amparo de la oscuridad. Mas ahora no va solo; lleva a la Humanidad consigo. Y salieron platicando; recordando Panza a su amo lo de la ínsula. En lo cual quieren ver los maliciosos una vez más su codiciosidad y que por ella servía a su amo, sin caer en la cuenta de que prueba más quijotismo seguir a un loco un cuerdo, que seguir el loco sus propias locuras. La fe se pega, y es tan robusta y ardorosa la de Don Quijote, que rebasa a los que le quieren, y quedan llenos de ella sin que a él se le amengüe, sino más bien le crezca. Pues tal es la condición de la fe viva: crece vertiéndose y repartiéndose se aumenta. ¡Como que es, si verdadera y viva, amor!
¡Maravillas de la fe! No bien ha salido con su amo, y ya el buen Sancho sueña con ser rey y reina Juana Gutiérrez, su oíslo, y sus hijos infantes. ¡Todo para la casa! Mas por causa de su mujer--siempre la mujer es causa de tropiezo--duda de ello; no hay reino que a ella le siente bien. _Encomiéndalo tú a Dios, que Él le dará lo que más le convenga_--le respondió el piadoso Don Quijote. Y tocado de piedad, dijo Sancho que su amo sabría darle todo aquello que le estuviera bien y él pudiese llevar. ¡Oh Sancho bueno, Sancho sencillo, Sancho piadoso!
No pides ya ínsula, ni reino, ni condado, sino lo que el amor de tu amo sepa darte. Éste es el más sano pedir. Lo aprendiste en lo de «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Pidamos todos tomar a bien lo que por mal nos dieren, y habremos pedido cuanto hay que pedir.
CAPÍTULO VIII Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos de feliz recordación.
En tales pláticas iban cuando _descubrieron treinta o cuarenta molinos que hay en aquel campo_. Y Don Quijote los tomó por desaforados gigantes, y sin hacer caso de Sancho, encomendóse de todo corazón a su señora Dulcinea, y arremetió a ellos, dando otra vez con su cuerpo en tierra.
Tenía razón el Caballero: el miedo y sólo el miedo le hacía a Sancho y nos hace a los demás, simples mortales, ver molinos de viento en los desaforados gigantes que siembran mal por la tierra. Aquellos molinos molían pan, y de ese pan comían hombres endurecidos en la ceguera. Hoy no se nos aparecen ya como molinos, sino como locomotoras, dínamos, turbinas, buques de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin ellos, ametralladoras y herramientas de ovariotomía, pero conspiran al mismo daño. El miedo y sólo el miedo sanchopancesco nos inspira el culto y veneración al vapor y a la electricidad; el miedo y sólo el miedo sanchopancesco nos hace caer de hinojos ante los desaforados gigantes de la mecánica y la química, implorando de ellos misericordia.
Y al fin rendirá el género humano su espíritu agotado de cansancio y de hastío al pie de una colosal fábrica de elixir de larga vida. Y el molido Don Quijote vivirá, porque buscó la salud dentro de sí y se atrevió a arremeter a los molinos.
Llegóse Sancho a su amo y le recordó sus advertencias, que _no eran sino molinos de viento y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza_. Claro está, amigo Sancho, claro está; sólo quien lleve en la cabeza molinos, de los que muelen y hacen con el bruto trigo que por los sentidos nos entra, harina de pan espiritual, sólo quien lleve molinos molederos puede arremeter a los otros, a los aparenciales, a los desaforados gigantes disfrazados de ellos. Es en la cabeza, amigo Sancho, es en la cabeza donde hay que llevar la mecánica, y la dinámica y la química y el vapor y la electricidad, y luego...arremeter a los artefactos y armatostes en que los encierran.
Sólo el que lleva en su cabeza la esencia eterna de la química, quien sepa sentir en la ley de sus afectos la ley universal de los afectos de las partículas materiales, quien sienta que el ritmo del universo es el ritmo de su corazón, sólo ése no tiene miedo al arte de formar o transformar drogas o al de armar aparatos de maquinaria.
Lo peor fué que en esta acometida se le rompió la lanza a Don Quijote.
Es lo que pueden esos gigantes, rompernos las armas pero no el corazón.
Mas sobran encinas y robles con que reponerlas.
Y siguieron su camino, sin quejarse Don Quijote, pues no les es dado hacerlo a los caballeros andantes, y sin haber querido comer cuando Sancho se acomodó a ello. Y de camino comía Sancho y caminaba, y menudeaba tragos que le hacían olvidar las promesas de su amo y tener por mucho descanso el andar a busca de aventuras. Nefasto poder de las tripas, que oscurece la memoria y enturbia la fe, atándonos al momento pasajero. Mientras se come y se bebe, se es de la comida y de la bebida. Y llegó la noche y se la pasó Don Quijote pensando en su señora Dulcinea, y Sancho durmiendo el bendito, sin soñar. Y fué entonces cuando recomendó Don Quijote a Sancho que no pusiese mano a la espada para defenderle, no siendo de canalla y gente baja. Al hombre esforzado antes le estorban que le ayudan las defensas de sus secuaces.
Y fué también, estando en esta plática, cuando les ocurrió la aventura del vizcaíno, cuando salió Don Quijote a libertar a la princesa que se llevaban encantada dos frailes de San Benito. Los cuales intentaron amansar al Caballero, pero le hizo saber a aquella fementida canalla que los conocía y no había con él palabras blandas. Y dicho esto, los puso en huida. Y al ver al uno de ellos en el suelo, arremetió Sancho a desnudarlo, atento sin duda a lo de que el hábito no hace al monje.
¡Ah, Sancho, Sancho, y cuán de tierra eres! ¡Desnudar frailes! ¿Y qué ganas con eso? Así te fué, que los mozos te molieron a coces por ello.
Obsérvese cómo Sancho apenas se encuentra en una aventura cuando acude al punto al botín, mostrando en ello cuán de su casta era. Y pocas cosas elevan más a Don Quijote que su desprecio de las riquezas del mundo. Tenía el Caballero lo mejor de su casta y de su pueblo. No salió a campaña como el Cid «al sabor de la ganancia» y para «perder cueta y venir a rictad» (POEMA DEL CID, V. 1689), ni habría dicho nunca lo que dicen que dijo Francisco Pizarro en la isla del Gallo cuando haciendo con la espada una raya en el suelo, de naciente a poniente, y señalando al mediodía como su derrotero, exclamó: «Por aquí se va al Perú a ser ricos; por acá se va a Panamá a ser pobres; escoja el que sea buen castellano lo que mejor le estuviere». De otro temple era Don Quijote; nunca buscó oro. Y al mismo Sancho que empezó buscándolo, le veremos ir cobrando poco a poco afición y amor a la gloria, y fe en ella, fe a que le llevaba Don Quijote, y hay que convenir en que nuestros mismos conquistadores de América unieron siempre a su sed de oro sed de gloria, sin que se logre en cada caso separar la una de la otra. De gloria y de riqueza a la vez dicen que habló a sus compañeros Vasco Núñez de Balboa en aquel glorioso 25 de setiembre de 1513 en que de rodillas y anegados por el gozo en lágrimas sus ojos, descubrió desde la cima de los Andes, en el Darien, el mar nuevo.
Lo triste es que la gloria fué de ordinario una alcahueta de la codicia. Y la codicia, la innoble codicia, nos perdió. Nuestro pueblo puede decir lo que dice en el grandioso poema PATRIA, da Guerra Junqueiro, el pueblo portugués: Novos mundos eu vi, novos espaços, Não para mais saber, mais adorar: A cubiça feroz guiou meus passos, O orgulho vingador moveu meus braços E iluminou a raiva o meu olhar!
Não te lavava, não, sangue homicida, Nem em mil milhões d'annos a chorar!...Cruz do Golgota en ferro traduzida, Minha espada de heroe, o cruz de morte, Cruz a que Deos baixou por nos dar vida; Vidas ceifando, deshumana e forte, Ergueste imperios, subjugando a Oriente, Mas Deos soprou...eil-os em nada...Luego de la aventura de Sancho, acudió el generoso Caballero a la princesa, a darle la buena nueva de su liberación, pues los frailes que la llevaban seducida habían huido, sin advertir, ¡oh ceguera de la nobleza!, que acaso llevaba ella la frailería dentro. Y le pidió en pago del beneficio de haberla libertado, que se volviese al Toboso a presentarse a Dulcinea. No contaba con el vizcaíno, que le habló en _mala lengua castellana y peor vizcaína_, lo cual es muy cierto, pues cabe dudar que D. Sancho de Azpeitia hablase puntualmente como Cervantes le hace hablar. Con frecuencia se cita las palabras de D.
Sancho de Azpeitia no más que para hacer chacota, aunque respetuosa y cariñosa a las veces, del modo de hablar de nosotros los vizcaínos.
Cierto es que hemos tardado en aprender la lengua de Don Quijote y tardaremos aún en llegar a manejarla a nuestra guisa, mas ahora que empezamos a dar en ella nuestro espíritu, que fué hasta ahora casi mudo, habéis de oir...Pudo decir Tirso de Molina aquello de Vizcaíno es el hierro que os encargo, Corto en palabras, pero en obras largo; mas habrá que oirnos cuando alarguemos nuestras palabras a la medida de nuestras largas obras.
Don Quijote, tan pronto en llamar caballero a quien se le pusiera delante, nególe al vizcaíno tal cualidad, olvidando que a la gente vasca--entre los que me cuento--, según Tirso de Molina, Un nieto de Noé la dió nobleza, que su hidalguía no es de ejecutoria ni mezcla con su sangre, lengua o traje mosaica infamia que la suya ultraje.
¿No conocía Don Quijote las palabras de don Diego López de Haro, tal cual le hace hablar Tirso de Molina en la escena primera del acto segundo de LA PRUENCIA EN LA MUJER, cuando empieza diciendo: Cuatro bárbaros tengo por vasallos a quien Roma jamás conquistar pudo, que sin armas, sin muros, sin caballos libres conservan su valor desnudo?
¿Ni sabía aquello que había ya dicho Camoens en la estrofa oncena del cuarto canto de sus LUSIADAS de A gente biscainha que carece de polidas razões, e que as injurias muito mal dos estranhos compadece?
Por lo menos ya que LA ARAUCANA de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, caballero vizcaíno, era uno de los libros que se hallaban en su librería, y de los respetados en el escrutinio, tuvo que haber leído aquello de su canto XXVII, en que habla de la aspereza de la antigua Vizcaya, de do es cierto que procede y se extiende la nobleza por todo lo que vemos descubierto.
_¿Yo no caballero?_--replicó justamente ofendido el vizcaíno, y encontráronse frente a frente dos Quijotes. Por esto es tan prolijo Cervantes al narrarnos este suceso.
Requerido por el vizcaíno, arrojó el manchego la lanza, sacó la espada, embrazó la rodela y arremetióle.
CAPÍTULO IX Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron.
Y se trabó el singular combate o _estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron_, como la llama Cervantes en el título del capítulo IX, concediéndole toda la importancia que se merece.
Ahora va de igual a igual, de loco a loco, y parecen amenazar al cielo, a la tierra y al abismo. ¡Oh espectáculo de largos en largos siglos sólo visto, el de la lucha de dos Quijotes, el manchego y el vizcaíno, el del pardo páramo y el de las verdes montañas. Hay que releerlo como nos lo relata Cervantes.
_¿Yo no caballero?_ ¿Yo no caballero? ¿Oir esto un vizcaíno y oirlo de boca de Don Quijote? No, no puede sufrirse eso.
Deja, Don Quijote, que hable de mi sangre, de mi casta, de mi raza, pues a ella debo cuanto soy y valgo y a ella también debo el poder sentir tu vida y tu obra.
¡Oh tierra de mi cuna, de mis padres, de mis abuelos y trasabuelos todos, tierra de mi infancia y de mis mocedades, tierra en que tomé a la compañera de mi vida, tierra de mis amores, tú eres el corazón de mi alma! Tu mar y tus montañas, Vizcaya mía, me hicieron lo que soy; de la tierra de que se amasan tus robles, tus hayas, tus nogales y tus castaños, de esa tierra ha sido mi corazón amasado, Vizcaya mía.
Discutía un Montmorency con un vasco e irritado aquél hubo de decirle a mi paisano que ellos, los Montmorencys, databan no sé si del siglo VIII, X o XII, y mi vasco le respondió: ¿Sí? ¡Pues nosotros los vascos no datamos! Y no, no datamos los vascos. Los vascos sabemos quiénes somos, quiénes queremos ser.
Ya ves, Don Quijote, que es un vasco el que ha ido a buscarte en tu Mancha y te arremete porque le regateaste lo de ser caballero. Y ¿cómo, contemplando a un vasco, y de Azpeitia, no recordar una vez más a aquel otro caballero andante vasco, y de Azpeitia también, Íñigo Yáñez de Oñaz y Sáez de Balda, del solar de Loyola, fundador de la Milicia de Cristo? ¿No culmina en él nuestra casta toda? ¿No es nuestro héroe? ¿No lo hemos de reclamar los vascos por nuestro? Sí, nuestro, muy nuestro, muy más nuestro que de los jesuitas. Del Íñigo de Loyola han hecho ellos un Ignacio de Roma, del héroe vasco un santón jesuítico. ¡Lástima de mula que montaba el héroe!
La de Don Sancho de Azpeitia, con sus corcovos, dió en tierra con el vizcaíno, lo que debe enseñamos a pelear apeados. Y así fué vencido el vizcaíno, pero no por mayor flaqueza de su brazo ni menor coraje, sino por culpa de su mula, que no era, de cierto, vizcaína. Si no es por la condenada mula lo habría pasado mal Don Quijote, estad seguros de ello, y habría aprendido a reportarse ante el hierro vizcaíno _corto en palabras, pero en obras largo_.
Aprended, hermanos míos de sangre, a pelear apeados. Apeaos de la mula resabiosa y terca que os lleva a su paso de andadura por sus caminos de ella, no por los vuestros y míos, no por los de nuestro espíritu y que, con sus corcovos, dará con vosotros en tierra, si Dios no lo remedia.
Apeaos de esa mula, que no nació ahí ni ahí pasta, y vamos todos a la conquista del reino del espíritu. Aún no se sabe lo que podemos hacer en este mundo de Dios. Aprended, a la vez, a encarnar vuestro pensamiento en una lengua de cultura, dejando la milenaria de nuestros padres; apeaos de la mula luego y nuestro espíritu, el espíritu de nuestra casta circundará en esa lengua, en la de Don Quijote, los mundos todos, como circundó por primera vez al orbe la carabela de nuestro Sebastián Elcano, el fuerte hijo de Guetaria, hija de nuestro mar de Vizcaya.
Y fué por la intervención de las damas afrailadas por lo que perdonó Don Quijote la vida a Don Sancho de Azpeitia, a promesa de ir a visitar a Dulcinea. Y fueron las damas las prometedoras, que a haberlo sido Don Sancho, habríala visitado, de seguro, y hasta es muy de creer que se habría enamorado perdidamente de ella y ella de él.
CAPÍTULO X De los graciosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote y Sancho Panza su escudero.
Y viene Sancho, el carnal Sancho, el Simón Pedro de nuestro Caballero, y le pide la ínsula, a lo cual responde Don Quijote: _advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las que no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos_. ¡Ay, Pedro, Pedro, o digo Sancho, Sancho, y ¿cuándo comprenderás que no es la ínsula, no es el poder temporal, sino la gloria de tu señor, el querer eterno, tu recompensa? Mas el carnal Sancho volvió a la carga y a pedir a su amo se retrajesen a alguna iglesia por miedo a la Santa Hermandad.
Mas ¿_dónde has visto tú o leído_--le diremos con Don Quijote--_que caballero andante haya sido puesto ante la justicia por más homicidios que hubiese cometido_? Quien abriga en su corazón la ley, está sobre la dictada por los hombres; para el que ama no hay otra ley sino su amor, y si por amor mata ¿quién se lo imputará a culpa? Tiene, además, Don Quijote poder sobrado para sacar a los Sanchos _de las manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad_.
Ocurrió luego lo de explicar Don Quijote a Sancho el bálsamo de Fierabrás, y lo de pedir Sancho a Don Quijote la receta del bálsamo como único pago de sus servicios, pues así son los servidores carnales, por muy grande que su fe sea, piden recetas para venderlas y negociar con ellas. Y entonces juró el Caballero conquistar el yelmo de Mambrino a trueque de la celada rota por Don Sancho de Azpeitia, y a seguida le llamó a razón el bandullo y pidió de comer.
Una cebolla y un poco de queso no más traía Sancho, pareciéndole manjares no pertenecientes a tan valiente Caballero, mas éste le hizo saber que tenía a honra _no comer en un mes_, y de hacerlo lo que hallare más a mano. _Y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso, y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores._ Y ¡qué dicha, mi señor Don Quijote, si nos pudiésemos pasar en flores la vida toda! Del comer viene con la fuerza toda, también toda la flaqueza del heroísmo.
Y entonces, al explicar Don Quijote a Sancho que los caballeros andantes _no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales_, le reveló, y nos reveló, una verdad cimental y