lector. Di tu palabra y sigue tu camino dejando que la roan hasta el hueso.
Y más profundo aún que su amo y señor estuvo Sancho al decir que era él hombre pacífico, manso y sosegado y sabía disimular cualquiera injuria, _porque tengo mujer e hijos que sustentar y criar_--dijo. ¡Oh sesudo y discretísimo Sancho! Y si supieras cuántos quedan aún que teniendo mujer e hijos que sustentar y criar se nos vienen con requilorios de honor y dignidad, que deben ser un lujo permitido a los ricos tan sólo, a aquéllos que tienen quienes sustenten y críen a su mujer e hijos y que acaso les hacen una merced con dejarlos huérfanos y viuda, pues que las gentes no menguan por ello. Tal fué, Sancho amigo, según dicen, que yo en esto me callo, el error de tu pueblo y es que no quiso comprender que el honor dura tanto cuanto dura el bolso lleno. En ese sublime y noble error estaba y sigue estando tu amo, que quiso entonces y allí, molido en tierra, sacarte de él y mostrarte que necesitabas valor para ofender y defenderte puesto que el día menos pensado te verías señor de una ínsula.
La de Marruecos te ofrecen ahora, y te dan las razones que te daba tu amo. Entre las cuales las había de oro, como aquélla de las mudanzas de la fortuna. No hagas caso, pues, Sancho amigo, de eso de pueblos fuertes y pueblos moribundos, que el mundo da muchas vueltas y lo que te hace impropio para la manera de triunfar en privanza hoy, eso mismo te hará acaso mañana propiísimo para el modo venidero de triunfar. Tú eres paciente y de la paciencia es al cabo la victoria. Vale más tu paciencia que todo aquello que te decía tu amo de que salisteis de la pendencia con los yangüeses molidos pero no afrentados, _porque las armas que aquellos hombres traían y con que os machacaron no eran otras que sus estacas_.
Dicen que dijo Felipe II al saber el vencimiento de su Armada Invencible que no la había mandado a luchar con los elementos, y la última vez que nos han molido a cañonazos una armada, te dijeron también, Sancho amigo, que nos venció no el valor, sino la ciencia y la riqueza. Pero tú te ríes de cuentos, oyes, callas y aguardas. Sigue aguardando, que en aguardar siempre está tu fortaleza. A ti no te dió pena el pensar si fué o no afrenta lo de los estacazos, sino el dolor de los golpes, y en eso ibas muy bien encaminado, porque el dolor de los golpes se pasa, pero el de la afrenta no, y quien hace pasajeros los dolores los ha vencido ya con hacerlos tales. Si bien, como te dijo tu amo, _no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que la muerte no le consuma_ y ésta es fuente de fortaleza, por serlo de paciencia y de consuelo.
Tras estas y otras pláticas acomodó Sancho a Don Quijote sobre el asno y reanudaron camino, hasta llegar a una venta.
CAPÍTULO XVI De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo.
Volvió a encontrar Don Quijote mujeres que hicieron con él oficio de mujer, mujeres compasivas y piadosas, pues entre la ventera, su hija y Maritornes le hicieron una muy mala cama en que se acostó luego que le hubieron emplastado de arriba abajo. Agradeciólo Don Quijote haciendo a la ventera _fermosa señora_ y a la venta castillo, con lo que las mujeres se maravillaron pareciéndoles otro hombre que los que se usan, y no les faltaba razón en parecerles así.
Entonces es cuando dió Don Quijote en esperar a la hija del señor del castillo, repentinamente enamorada de él, y fué cuando al acudir Maritornes a saciar la carne al carnal arriero, se encontró con el espiritual Caballero, que le endilgó un ingenioso discurso de disculpa, mostrándole ante todo que estaba tan molido y quebrantado que aunque de su voluntad quisiera satisfacer a la de ella, le sería imposible, y luego la fe prometida a la sin par Dulcinea del Toboso, que si esas dos cosas no hubiera de por medio, el no poder contentarla y lo otro, no fuera tan sandio caballero que dejara pasar tan venturosa ocasión en blanco.
Esto es fina virtud y continencia de mérito, y lo demás tontería. Y tuvo esa virtud, como es natural, su recompensa, cual fué los puñetazos y pisotones que arreó a Don Quijote el bruto del arriero, que de puro rijoso ardía en chispas. Y acudió el ventero al ruido y se armó aquella tremolina de puñetazos que Cervantes cuenta.
CAPÍTULO XVII Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo Don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta, que por su mal pensó que era castillo.
Cosas de encantamiento, de las que no hay para qué tomar cólera ni enojo, _que como son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quien vengarnos aunque más lo procuremos_. ¡Y cómo llegaste, oh maravilloso Caballero, al hondón de la sabiduría, que consiste en tomar por invisibles y fantásticas las cosas de este mundo, y así, en virtud de tal tomadura, no enojarse por ellas!
Porque ¿qué sino _mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigante_ pudo ser aquello que a deshora y cuando más en tu coloquio estabas vino a asentarte una puñada en las quijadas? Cosas son de otro mundo y recuerda si no cómo estando durmiendo una noche Iñigo de Loyola «le quiso el demonio ahogar el año de 1541--como en el capítulo IX del libro V de su VIDA se nos cuenta--y fué así que sintió como una mano de hombre que le apretaba la garganta y que no le dejaba resollar ni invocar el Nombre Santísimo de Jesús», y aquello otro que contó el hermano Juan Paulo al P. Rivadeneira, según éste en el mismo capítulo nos lo cuenta, de cuando «durmiendo una noche como solía junto al aposento de Loyola, y habiéndose despertado a deshora, oyó un ruido como de azotes y golpes que le daban al Padre, y al mismo Padre como quien gemía y suspiraba. Levantóse luego y fuese a él, hallóle sentado en la cama, abrazado con la manta, y díjole: ¿Qué es esto, Padre, que veo y oigo? Al cual respondió: ¿Y qué es lo que habéis oído? Y como se lo dijese, díjole el Padre: Andad, idos a dormir».
Cosas son de otro mundo, y para curar sus efectos basta el bálsamo de Fierabrás. Sólo que no obra maravillosamente sino en los caballeros, y bien se vió en lo que le ocurrió con él a Sancho.
A poco de esto aconteció lo de convencerse Don Quijote de que estaba en venta y no en castillo, a una sola palabra del ventero, en que vuelve a verse, una vez más, cuán cuerdo era en su locura.
Mas aun así, negóse muy caballerescamente a pagar, lo cual le valió a Sancho un manteamiento. Acabado el cual le dió de beber vino la piadosa Maritornes, Dios se lo pague, pues era la generosidad y el desprendimiento mismos. Ella amó mucho, si bien a su manera, como todos, y por eso le serán perdonados sus refocilamientos con arrieros, ya que lo hacía de puro blanda de corazón.
Creed que la dadivosa moza asturiana, más buscaba dar placer que no recibirlo, y si se entregaba era, como a no pocas Maritornes les sucede, por no ver penar y consumirse a los hombres. Quería purificar a los arrieros de los torpes deseos que les emporcaban la imaginación y dejarlos limpios para el trabajo. _Presumía muy de hidalga_--dice Cervantes--y por hidalguía concertó ir a refocilarse con el arriero, _y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase_, no tomarlo. Ella dar quería o que des para darse a natureza aunque no hubiese leído a Camoens, de cuyos LUSIADAS es esta filosófica sentencia (IX, 76). Y por este sencillo desprendimiento, tan sin rebuscas de vicio como sin melindres de inocencia, se ha inmortalizado la moza asturiana. Vivía ella allende la inocencia y la malicia que de la pérdida de ella nace.
Creed que hay pocos pasajes más castos. Maritornes no es una moza del partido que por no trabajar o por ajenas culpas comercia con su cuerpo, ni es una pervertidora que embruja a los hombres encendiéndoles los deseos para apartarles de su ruta y distraerles de su labor; es pura y sencillamente la criada de un mesón que trabaja y sirve, y alivia las gravezas y remedia los aprietos de los viandantes, quitándoles un peso de encima para que puedan reanudar, más desembarazados, su camino.
No enciende deseos, sino que apaga los que otras, menos desprendidas, o el sobrante de la vida carnal habían encendido. Y creed que siendo pecaminoso esto, lo es mucho más encender deseos adrede, con ánimo de encenderlos, como hace la coqueta, para no apagarlos, que apagar los que encendió otra. No peca Maritornes ni por ociosidad y codicia, ni por lujuria; es decir, apenas peca. Ni trata de vivir sin trabajar ni trata de seducir a los hombres. Hay un fondo de pureza en su grosera impureza.
Fué buena con Sancho, que salió de la venta muy contento por no haber pagado.
CAPÍTULO XVIII Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas.
Y volvió Don Quijote al manadero de toda fortaleza, cual es el de tomar a los hombres que mantean y aporrean por _fantasmas y gente del otro mundo_. No te enojes por lo que pueda acaecerte en este mundo aparencial; espera al sustancial o acógete a él, en el hondón de tu locura. Ésa es la fe honda y verdadera. La cual flaqueó en Sancho, que por haber oído nombrar con nombres a los manteadores, los tomó por hombres de carne y hueso, y esto le bastó para pedir a su amo volverse al lugar entonces que era tiempo de la siega.
Acudió su amo a confortarle en la fe, a lo que él oponía lo que por sus ojos había visto y en sus costillas sentido, pero le habló Don Quijote de Amadís y el escudero se aquietó. E hiciste bien, Sancho, pues te has de convencer de que cuando nos injurian o escarnecen o mantean con sólo pensar que no son sino fantasmas los manteadores, se nos derrite el rencor y estamos al cabo de cura. Acuérdate de que tus enemigos se han de morir.
Y entonces dieron con la aventura de las dos manadas de ovejas, que tomó Don Quijote por dos ejércitos, y los describió tan puntualmente como quien lleva dentro de sí un mundo verdadero. Y el bueno de Sancho, sumergido en el otro mundo, en el aparencial, en el de los manteadores de carne y hueso, nada vió, _quizá_ por encantamiento. ¡Oh Sancho admirable, y qué caudal de fe encierra ese tu _quizá_! Por un quizá empieza la fe que salva; quien duda de lo que ve, una miajica tan sólo que sea, acaba por creer lo que no ve ni vió jamás. Tú, Sancho, no oías sino balidos de ovejas y carneros, pero bien te dijo tu amo: _El miedo que tienes te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas_.
El miedo, sí, y sólo el miedo a la muerte y a la vida nos hace no ver ni oir a derechas, esto es, no ver ni oir hacia dentro en el mundo sustancial de la fe. El miedo nos tapa la verdad, y el miedo mismo, cuando se adensa en congoja, nos la revela.
Mandó Don Quijote a Sancho que se retirase, pues el que sólo ve con los ojos de la carne, antes estorba que sirve en aventuras, y sin hacer caso de las voces del sentido terrenal, acometió al ejército de Alifanfarón de Trapobana. Y allí alanceó a su sabor corderos como Pizarro y los suyos alancearon en el corral de Cajamarca a los servidores del inca Atahualpa, que ni siquiera se defendían. Mas no así los pastores de los trapobanenses, que molieron a Don Quijote a pedradas, derribándole del caballo.
Con ello volvió a tocar tierra con su cuerpo todo el Caballero, para recobrar como Anteo, fuerzas a su toque. Y estando en tierra llegó la voz del sentido común, por boca de Sancho, a reprenderle, pues eran ovejas, mas él supo oponer su fe a los encantamientos del maligno que le perseguía. Y consoló a Sancho, cuya fe flaqueaba de nuevo, con palabras evangélicas.
Y luego les avino la aventura del cuerpo muerto, cuyo mérito consistió en que habiendo la fantástica visión empezado por erizarle los cabellos de la cabeza a Don Quijote, supo éste vencer su miedo a lo fantástico, él, que no lo tenía a lo real, y en premio de tal victoria puso en fuga a los encamisados, que tomaron a Don Quijote por diablo del infierno.
A los fantásticos con lo fantástico se les vence; con el miedo a los amedrentadores. Y el miedo mismo llega a un punto en que si no mata a su presa, se realza y se convierte, pasando por congoja, en valor.
Fué entonces, en medio de la fantástica aventura, cuando puso Sancho a Don Quijote el título de _El caballero de la triste figura_.
Y después se entraron por un valle donde les ocurrió la aventura de los batanes, intentada por Don Quijote para morir haciéndose digno de poder llamarse de su señora Dulcinea, de la Gloria. Y a Sancho, su quebradiza fe le puso en la boca palabras conmovedoras para apartar de su empeño a su amo, y como no bastasen las palabras, acudió a la industria de trabar las patas a Rocinante. Y pasó todo lo demás que Cervantes nos cuenta, hasta que amaneció y vieron la causa de los temerosos ruidos, y Sancho se burló de su amo, que le asestó por ello dos palos, acompañándolos de las profundas palabras de _porque os burláis no me burlo yo_.
_Venid acá, señor alegre ¿paréceos a vos que si como éstos fueron mazos de batán fueran otra peligrosa aventura, no había yo mostrado el ánimo que convenía para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo obligado a dicha, siendo como soy caballero, a conocer y distinguir los sones, y saber cuáles son de batanes o no?_ La cosa está bien clara. Para enderezar entuertos y resucitar la caballería y asentar el bien en la tierra, no es menester distinguir de sones y saber cuáles son de batanes o no. Tal distinción no es cosa que toque al heroísmo, ni los más de los conocimientos que por ahí se enseñan añaden un ardite a la suma de bien que haya en el mundo. El caballero harto tiene con atender y oir a su corazón y distinguir los sones de éste.
Esta doctrina quijotesca hay que predicarla ahora en que el sanchopancismo no hace sino repetirnos que lo esencial es aprender a distinguir los sones y saber cuáles son de batanes o no, sin advertir que mientras es de noche y le dura el miedo, tampoco Sancho los distingue, y eso que los oye y no hace falta verlos. Sancho necesita, para tener serenidad y atreverse a burlas, ver la causa que produce los sones, verla; Sancho, que de noche no se atreve a apartarse de su amo por miedo a los temerosos sones y por miedo no los distingue, búrlase de él cuando ve el artefacto que los produce. Así es con el sanchopancismo que llaman ya positivismo, ya naturalismo, ya empirismo, y es que ha sido que pasado el miedo, se burla del idealismo quijotesco.
¿Por qué había de conocer Don Quijote, siendo como era caballero, los sones? _Y más que podría ser, como es verdad_--añadió--, _que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos; sino, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en seis jayanes, y echádmelos a las barbas uno a uno, o todos juntos, y cuando yo no diere con todos patas arriba, haced de mí la burla que quisiéredes_. ¡Admirables razones! En lo esforzado del propósito y no en lo puntual del conocimiento, está el héroe.
Mas la verdad es que conviene acompañe Sancho a Don Quijote y no se aparté de él. Sancho, como villano ruin que es, criado y nacido entre batanes, en cuanto llega la noche y no los ve y oye sus temerosos sones, tiembla de miedo como un azogado y se arrima a Don Quijote y para que no se le vaya le traba las patas a Rocinante, con lo que el Caballero no se puede mover y se libra acaso de una muerte cierta entre los batanes, pero luego que se hace de día ¿por qué ha de burlarse del que le amparó en su congoja, y le dejó llegar a la luz del día, pues acaso sin él habríase muerto de miedo, o el miedo le habría arrojado en los batanes, más que su valor a su amo? Si inspiraciones del corazón y fe en lo eterno nos sacaron de las congojas de la noche de la superstición y del miedo a lo desconocido ¿por qué cuando la luz de la experiencia luce hemos de burlarnos de aquellas inspiraciones y de aquella fe? Y tanto más cuanto que volveremos a necesitarlas, pues si a la noche se sucede el día, vuelve nueva noche tras este nuevo día, y así entre luz y tinieblas vamos viviendo y marchando a un término que no es ni tinieblas ni luz, sino algo en que ambas se aunan y confunden, algo en que se funden corazón y cabeza y en que se hacen uno Don Quijote y Sancho.
Hoy Sancho distingue de sones y sabe cuáles son de batanes y cuáles no, siempre que sea de día y vea los mazos que los producen, pero de noche tiembla de miedo y nunca se atreve con seis jayanes, ni uno a uno ni con todos juntos, y hoy Don Quijote se atreve con los jayanes y no tiembla ni de noche ni de día, pero no distingue de sones y cuáles son de batanes y cuáles no. Día llegará en que fundidos en uno, o mejor, quijotizado Sancho antes que sanchizado Don Quijote, no tenga aquél miedo y distinga de sones lo mismo de noche que de día y se atreva con batanes y con jayanes. Pero es mal camino para llegar a ello burlarse del Caballero y creer que todo estriba en distinguir de sones. No, no es la ciencia sola, por alta y honda, la redentora de la vida.
CAPÍTULO XXI Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible Caballero.
Tras esto cobró Don Quijote el yelmo de Mambrino, y Sancho, como despojo de la victoria, trocó los aparejos de su asno por los del asno del barbero, mejor repuesto que el suyo, _y almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron_. Y luego _se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo y aun la del asno_, y de camino se quejó Sancho de cuán poco se ganaba con aquellas aventuras. Y departiendo mostró haber calado la raíz del heroísmo de su amo cuando le pidió salieran de aquellas aventuras _donde ya que se venzan y acaben las más peligrosas, no hay quien las vea ni las sepa y así se han de quedar en perpetuo silencio y en perjuicio de la intención de vuestra merced_--dijo--, y se pusieran a servicio de algún emperador donde no faltaría quien pusiera _en escrito las hazañas_ de Don Quijote, _para perpetua memoria_. Y añadió, tocado ya de la locura de su amo: _de las mías no digo nada, pues no han de salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que si se usa en la caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han de quedar las mías entre renglones_.
¿Qué es eso, Sancho? ¿Estás pensando también tú en dejar eterno nombre y fama? ¿Andas también enamorado, aunque sin saberlo, de Dulcinea?
Tú no has tenido Aldonza Lorenzo que te encienda el amor a la inmortalidad, tú no has tenido amores de los que no se confiesan o no pueden confesarse, tú al llegar a edad y considerando que no está bien que el hombre esté solo, tomaste de mano del cura a Juana Gutiérrez por compañera de tus faenas y para madre de tus hijos, pero andas con Don Quijote, dejaste por él mujer e hijos, y te estás enquijotando ya.
En esta plática, y al explicar Don Quijote cómo podría llegar a casarse con hija de rey, dijo: _sólo falta ahora mirar qué rey de los cristianos o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habrá para pensar esto, pues como te tengo dicho primero se ha de cobrar fama por todas partes, que se acuda a la corte_, en que parece que la fama no la quiere para fin, sino como medio, a pesar de lo cual puede y debe asegurarse que no habría dejado Don Quijote a Dulcinea por ninguna hija de rey, por hermosa que ella fuese y poderoso y rico su padre. Y continuando el hidalgo mostró dudas de que el rey le quisiese tomar por yerno, visto que no era de linaje de reyes o _por lo menos primo segundo de emperador_, temiendo perder por semejante falta lo que su brazo tendría bien merecido. _Bien es verdad_--añadió--_que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propiedad, y de devengar quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela y descendencia que me hallase quinto o sexto nieto de rey_, y a seguida de esto explicó a Sancho lo de las dos maneras de linajes que hay en el mundo: los que fueron y ya no son y los que son ya y no fueron.
Y aquí encaja lo que dijo aquel capitán de que habla el Dr. Huarte, en el cap. XVI de su EXAMEN DE INGENIOS y decía: «Señor, bien sé que vuestra señoría es muy buen caballero y que vuestros padres lo fueron también; pero yo y mi brazo derecho, a quien ahora reconozco por padre, somos mejores que vos y todo vuestro linaje». Razón que hace alguna vez suya Don Quijote, declarándose hijo de sus obras.
Y así es; que mi humanidad empieza en mí y debe cada uno de nosotros más que pensar en que es descendiente de sus abuelos y estanque a que han venido acaso a juntarse tantas y tan diversas aguas, en que es ascendiente de sus nietos y fuente de los arroyos y ríos que de él han de brotar al porvenir. Miremos más que somos padres de nuestro porvenir que no hijos de nuestro pasado, y en todo caso nodos en que se recogen las fuerzas todas de lo que fué para irradiar a lo que será, y en cuanto al linaje todos nietos de reyes destronados.
CAPÍTULO XXII De la libertad que dió Don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no querían ir.
Iban en esas y otras pláticas, cuando se le presentó a Don Quijote una de sus más grandes aventuras, si es que no la mayor de todas ellas, cual fué la de libertar a los galeotes. Que iban presos _de por fuerza y no de su voluntad_, y esto le bastó a Don Quijote.
Inquirió sus delitos, y de todo cuanto le dijeron sacó en limpio que aunque les habían castigado por sus culpas, las penas que iban a padecer no les daban mucho gusto, y que iban a ellas muy de mala gana, muy contra su voluntad y acaso injustamente. Por lo cual decidió favorecerles, como a menesterosos y opresos de los mayores, pues _parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres; cuanto más, señores guardas_--añadió Don Quijote--, _que estos pobres no han cometido nada contra vosotros; allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres no yéndoles nada en ello_, y así pidió con mansedumbre que los soltaran. No lo quisieron hacer a buenas y arremetió a malas contra ellos Don Quijote, quien ayudado por Sancho y los galeotes mismos, logró librarlos.
Hay que pararse a considerar el ánimo esforzado y justiciero que en esta aventura mostró el hidalgo. Mi infortunado amigo Ángel Ganivet, gran quijotista--lo cual es decir una cosa muy diferente y hasta opuesta a eso que suele llamarse cervantista--, el infortunado Ganivet, en su IDEARIUM ESPAÑOL, atañedero, a esto dice: «El entendimiento que más hondo ha penetrado en el alma de nuestra nación, Cervantes...en su libro inmortal, separó en absoluto la justicia española de la justicia vulgar de los Códigos y Tribunales; la primera la encarnó en Don Quijote y la segunda en Sancho Panza. Los únicos fallos judiciales moderados, prudentes y equilibrados que en el Quijote se contienen son los que Sancho dictó durante el gobierno de su ínsula; en cambio los de Don Quijote son aparentemente absurdos, por lo mismo que son de justicia trascendental; unas veces peca por carta de más y otras por carta de menos; todas sus aventuras se enderezan a mantener la justicia ideal en el mundo, y en cuanto topa con la cuerda de galeotes y ve que allí hay criminales efectivos, se apresura a ponerlos en libertad. Las razones que Don Quijote da para libertar a los condenados a galeras son un compendio de las que alimentan la rebelión del espíritu español contra la justicia positiva. Hay, sí, que luchar por que la justicia impere en el mundo; pero no hay derecho estricto a castigar a un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la ley; que al fin la impunidad general se conforma con aspiraciones nobles y generosas, aunque contrarias a la vida regular de las sociedades, en tanto que el castigo de los unos y la impunidad de los otros son un escarnio de los principios de justicia y de los sentimientos de humanidad a la vez». Hasta aquí Ganivet.
De deplorar es el que espíritu tan inventivo como el de nuestro granadino creyera, conforme al común sentir, que Cervantes encarnó cosa alguna en Don Quijote, y no llegara a la fe, fe salvadora, de que la historia del ingenioso hidalgo fué, como en realidad lo fué, una historia real y verdadera, y además eterna, pues se está realizando de continuo en cada uno de sus creyentes. No es que Cervantes quisiera encarnar en Don Quijote la justicia española, sino que lo encontró así en la vida del Caballero, y no tuvo otro remedio sino narrárnoslo cual y como sucedió, aun sin alcanzársele todo su alcance. Ni aun vió siquiera el íntimo contraste que surge del hecho de que fuese Don Quijote el castigador de los mercaderes toledanos, del vizcaíno y de tantos otros más, el mismo que negaba a otros derecho a castigar.
Quédase Ganivet en los umbrales del quijotismo al suponer que la justicia hecha por Don Quijote en los galeotes se fundara en que «no hay derecho estricto a castigar a un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la ley» y que es preferible la impunidad de todos a la ley del embudo. Podría, en efecto, sostenerse que por tal razón se movió Don Quijote a libertar a los galeotes sobre el fundamento de haber dicho el mismo Caballero, en la arenga enderezada a los cabreros, y al hablar del siglo de oro, que _la ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado_. Mas aunque el mismo Don Quijote se engañara creyendo que fué ésta la razón de haber él dado libertad a aquellos desgraciados, es lo cierto que en lo más hondo de su corazón arraigaba tal hazaña. Y no os debe sorprender esto, lectores, ni debéis caer en la simpleza de tomarlo a paradoja, porque no es quien lleva a cabo una hazaña el que mejor conoce los motivos por que la cumplió, ni suelen ser las razones que en abono y justificación de nuestra conducta damos, sino razones _a posteriori_, o para hablar en romance, de trasmano, manera que buscamos para explicarnos a nosotros mismos y explicar a los demás el porqué de nuestros actos, quedándosenos de ordinario desconocido el verdadero porqué. No niego que Don Quijote creyera, con Ganivet y acaso con Cervantes, que libertó a los galeotes por horror a la ley del encaje y por parecerle injusto castigar a unos mientras se escapan otros por las rendijas de la ley, pero niego que les libertara movido en realidad, y allá en sus adentros, por semejante consideración. Y si así no fuera ¿con qué razón y derecho castigaba él, Don Quijote como castigaba, sabiendo que escaparían los más del rigor de su brazo? ¿Por qué castigaba Don Quijote si no hay castigo humano que sea absolutamente justo?
Don Quijote castigaba, es cierto, pero castigaba como castigan Dios y la naturaleza, inmediatamente, cual en naturalísima consecuencia del pecado. Así castigó a los arrieros que fueron a tocar sus armas cuando las velaba, alzando la lanza a dos manos, dándoles con ella en la cabeza y derribándolos para tornar a pasearse con el mismo reposo que primero, sin cuidarse más de ello; así amenazó a Juan Haldudo el rico, pero soltándolo bajo su palabra de pagar a Andrés; así arremetió a los mercaderes toledanos, no bien los oyó blasfemar contra Dulcinea; así venció a D. Sancho de Azpeitia, soltándolo bajo promesa de las damas de que iría a presentarse a Dulcinea; así arremetió a los yangüeses, al ver cómo maltrataban a Rocinante. Su justicia era rápida y ejecutiva; sentencia y castigo eran para él una misma cosa; conseguido enderezar el entuerto, no se ensañaba en el culpable. Y a nadie intentó esclavizar nunca.
Bien habría estado que al prender a cada uno de aquellos galeotes se les hubiera dado una tanda de palos, pero...¿llevarlos a galeras?
_Parece duro caso_--como dijo el Caballero--_hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres_. Y añadió más adelante: _allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres no yéndoles nada en ello_.
Los guardas que llevaban a los galeotes los llevaban fríamente, por oficio, en virtud de mandamiento de quien acaso no conociera a los culpables, y los llevaban a cautiverio. Y el castigo, cuando de natural respuesta a la culpa, de rápido reflejo a la ofensa recibida, se convierte en aplicación de justicia abstracta, se hace algo odioso a todo corazón bien nacido. Nos hablan las Escrituras de la cólera de Dios y de los castigos inmediatos y terribles que fulminaba sobre los quebrantadores de su pacto, pero un cautiverio eterno, un penar sin fin basado en fríos argumentos teológicos sobre la infinitud de la ofensa y la necesidad de satisfacción inacabable, es un principio que repugna al cristianismo quijotesco. Bien está hacer seguir a la culpa su natural consecuencia, el golpe de la cólera de Dios o de la cólera de la naturaleza, pero la última y definitiva justicia es el perdón. Dios, la naturaleza y Don Quijote castigan para perdonar. Castigo que no va seguido de perdón, ni se endereza a otorgarlo al cabo, no es castigo, sino ocioso ensañamiento.
Mas se dirá: pues si se ha de perdonar ¿para qué el castigo? ¿Para qué, preguntas? Para que el perdón no sea gratuito y pierda así todo mérito; para que gane valor costando adquirirlo, teniendo que comprarlo con sufrir castigo; para que el delincuente se ponga en estado de recibir el fruto, el beneficio del perdón, borrado por el castigo el remordimiento que se lo impediría. El castigo satisface al ofensor, no al ofendido, y hasta le repugna a aquél el perdón gratuito, apareciéndosele como la más quintesenciada forma de la venganza, como flor de desdén. El perdón gratuito es un perdón que se echa como de limosna. Los débiles se vengan perdonando, sin haber castigado.
Agradecemos más el abrazo, si es cordial, después de la bofetada con que a nuestra provocación se responde.
Cuando un hombre se siente ofendido, vese empujado a venganza, pero luego que se vengó, si es bien nacido y noble, perdona. De ese sentimiento de venganza brotó la llamada justicia, intelectualizándolo, y muy lejos de ennoblecerse con ello, se envileció. El bofetón que suelta uno al que le insulta es más humano, y por ser más humano, más noble y más puro que la aplicación de cualquier artículo del código penal.
El fin de la justicia es el perdón y en nuestro tránsito a la vida venidera, en las ansias de la agonía, a solas con nuestro Dios, se cumple el misterio del perdón para los hombres todos. Con la pena de vivir y las penas a ella consiguientes se pagan las fechorías todas que en la vida se hubieren cometido; con la angustia de tener que morirse se acaba de satisfacer por ellas. Y Dios, que hizo al hombre libre, no puede condenarle a perpetuo cautiverio.
_Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno._ Aquí Don Quijote remite el castigo a Dios, sin decirnos cómo creía él que Dios castiga, pero no pudo creer, por mucha que su ortodoxia fuese, en castigos inacabables, y no creyó en ellos. Hay que remitir, sí, a Dios el castigar, pero no haciéndole ministro de nuestras justicias, como tanto se acostumbra, cuando somos nosotros los que deberíamos ser ministros de la suya. ¿Quién es el mortal que osa pronunciar en nombre de Dios sentencias, dejando a Dios el ejecutarlas? ¿Quién es el que así hace a Dios ministro suyo? El que cree estar diciendo: «en nombre de Dios te condeno», lo que en realidad está queriendo decir es esto otro: «Dios, en mi nombre, te condena». Mirad bien que los que se arrogan ministerio especial de Dios es en el fondo que pretenden que Dios les ministre a ellos. Don Quijote no; Don Quijote que se creía ministro de Dios en la tierra y brazo por quien se ejecuta en ella su justicia, pero como lo somos todos, Don Quijote le dejaba a Dios el juzgar de quién fuera bueno y quién malo y merced a qué castigo habría que perdonar a éste.
Mi fe en Don Quijote me enseña que tal fué su íntimo sentimiento, y si no nos lo revela Cervantes es porque no estaba capacitado para penetrar en él. No por haber sido su evangelista, hemos de suponer fuera quien más adentró en su espíritu. Baste que nos haya conservado el relato de su vida y hazañas.
_No es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles en ello nada._ Don Quijote, como el pueblo de que es la flor, mira con malos ojos al verdugo y a todo ministro y ejecutor de justicia. Santo y bueno que se tome uno la justicia por su mano, pues le abona un natural instinto, pero ser verdugo de otros hombres para ganarse así el pan sirviendo a la odiosa justicia abstracta, no es bien. Pues la justicia es impersonal y abstracta, castigue impersonal y abstractamente.
Ya os veo aquí, lectores timoratos, llevaros las manos a la cabeza y os oigo exclamar: ¡qué atrocidades! Y luego habláis de orden social y de seguridad y de otras monsergas por el estilo. Y yo os digo que si se soltase a los galeotes todos no por eso andaría más revuelto el mundo, y si los hombres todos cobraran robusta fe en su última salvación, en que al cabo todos hemos de ser perdonados y admitidos al goce del Señor, que para ello nos crió libres, seríamos todos mejores.
Bien sé que en contra de esto me argüiréis con el ejemplo mismo de los galeotes y de cómo le pagaron a Don Quijote la libertad que les había devuelto. Pues no bien los vió sueltos, los llamó y diciéndoles que _de gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofenden es la ingratitud_, les mandó fuesen cargados de la cadena a presentarse ante la señora Dulcinea del Toboso.
Los desdichados, llenos de miedo no fuese les prendiera de nuevo la Santa Hermandad, respondieron por boca de Ginés de Pasamonte, que no podían cumplir lo que Don Quijote les pedía, y se lo mudase en alguna cantidad de avemarías y credos. Irritó al Caballero, que era pronto a la cólera, el desenfado de Pasamonte, y le reprendió. Y entonces hizo éste del ojo a sus compañeros y _apartándose aparte comenzaron a llover tantas y tantas piedras sobre Don Quijote...que dieron con él en el suelo_. Y una vez en tierra, le golpeó uno y le quitaron la ropilla y a Sancho el gabán.
Lo cual debe enseñamos a libertar galeotes precisamente porque no nos lo han de agradecer, que de contar de antemano con su agradecimiento, nuestra hazaña carecería de valor. Si no hiciéramos beneficios sino por las gratitudes que de ellos habríamos de recoger ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no sólo a pesar de que no nos lo han de corresponder en el mundo, sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienen pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La