Capítulo V El criterio histórico. Italia Pues ¿y esas mismas Italia y Alemania que tanto han conmovido y ensangrentado a Europa para constituirse en naciones? Seré aquí más extenso.
Empiécese por observar que tardó en venir comprendida bajo el nombre de Italia gran parte del actual territorio. La Italia primitiva tenía al Norte, por frontera, no los Alpes, sino los Apeninos. Todas las llanuras entre estas dos cordilleras y los Abruzzos constituían la Galia Cisalpina, la patria de aquellos terribles galos que tantas veces llevaron el pavor al corazón de Roma, y para matarla no vacilaron en unir sus armas con las de Aníbal. Las crestas de los Apeninos y la margen izquierda del Rubicón, hoy río Pisatello, eran entonces los límites septemtrionales de Italia. Porque era el Rubicón el paso de las Galias a Italia, no podían cruzarlo con sus ejércitos los generales romanos; lo hizo César y bastó para que se le considerase en abierta rebelión contra la República. El espacio entre Sinigaglia y Rímini pasó a formar parte de Italia un siglo antes de Jesucristo; el valle del Po, antes de la nueva era. Y en verdad que así cabía tomar por fronteras naturales de Italia los Apeninos como los Alpes; tan relativo y arbitrario es el criterio de las fronteras naturales. Augusto fué el primero que extendió Italia a los Alpes y la dividió en once regiones.
No ocupaba, por cierto, una sola raza ni un solo pueblo la primitiva Italia. Mommsen, apoyándose en la filología, descubre en aquella región tres razas: la de los yapigas, la de los etruscos y la de los italiotas. La de los italiotas se dividió, según él, en dos grandes ramas: la de los latinos y la de los umbríos, de la que derivaban, entre otros pueblos, los marsos y los samnitas.
En los primeros tiempos históricos fué pronto a juntarse con esas razas la de los helenos, fundadores en Italia de tal número de colonias, que se daba a gran parte de la del Mediodía el nombre de Magna Grecia. Ni dejaron tampoco de aumentar los fenicios y los celtas las razas itálicas. Téngase en cuenta que dejo a un lado la Galia Cisalpina.
Las naciones independientes que había en la verdadera Italia el siglo IV antes de Jesucristo eran aún numerosísimas. Descollaban entre todas el Lacio, la Etruria y el Samnio, que se disputaron mucho tiempo la preeminencia y tuvieron por siglos indecisa la victoria.
Trescientos años de guerra, como llevo dicho, necesitó Roma para someter a esas tres naciones y a las demás de Italia. Sin contar las pequeñas, habia a la sazón en aquella tierra, además del Lacio, la Etruria y el Samnio, la Umbría, el Piceno, los Sabinos, la Apulia, la Campania, la Lucania, la Calabria, los Abruzzos, Sicilia, Cerdeña y Córcega. Componíase cada una de otras que habia unido o la federación, o la conquista. Tales eran, en el Lacio, los Equos, los Volscos y los Hérnicos; en la Umbría, los Sennones; en el Piceno, los Pelignos y los Marsos, etc., etc. No hablo aquí tampoco de la Galia Cisalpina, dividida en Traspadana y Cispadana, y repartida en multitud de pueblos, los principales Liguria y Venecia.
Constituyó al fin Italia un solo pueblo; pero como las demás regiones que conquistó Roma, Italia fué, ni más ni menos que Francia y España, una provincia de la gran República. Suponen algunos historiadores que Roma la consideró desde luego como parte y extensión de sí misma; pero no permiten creerlo ni la oposición del Senado a concederle los derechos de ciudadanía, ni la sangrienta lucha que, con el nombre de guerra social, se sostuvo antes de otorgárselos, ni el hecho de seguírsela sorteando después de la guerra para darle pretor que la mandara, ni el de haber designado Augusto cabalmente doce ciudades de Italia para recompensa de sus veteranos. Las demás provincias obtuvieron también, aunque más tarde, los derechos políticos de la Metrópoli.
Durante la Edad Media Italia sólo fué nación durante el reinado de Odoacro y el de los Ostrogodos, desde el año 476 al 533, unos cincuenta y siete años. Del 553 al 568 estuvo en poder de los griegos, y no fué más que una provincia del imperio de Oriente. En 568, invadida por los lombardos, se hizo ya pedazos. Los lombardos la daminaron por más de dos siglos, pero no toda. Su reino se extendía de los Alpes a los Apeninos y bajaba por las vertientes occidentales de esta cordillera hasta muy cerca de Roma. Abrazaba al Mediodía parte de lo que ha sido después reino de Nápoles; pero ese territorio, como alejado y separado del centro por el de otros pueblos, era poco menos que autónomo. En las fronteras del reino lombardo empezaba la Italia griega, que regía, desde Rávena, un exarca en nombre de los emperadores de Constantinopla. La formaban las costas septentrionales y occidentales del Adriático, los ducados de Nápoles y Roma y las playas de la Liguria, hoy golfo de Génova. Habia, además, en Italia, una república: la de Venecia.
En el siglo VIII, el año 726, existía ya otro Estado independiente. Roma, a consecuencia del furor iconoclasta de León III, se habia emancipado de Constantinopla y erigídose en una como república bajo la protección de los Papas. Vióse a poco amenazada por los lombardos, que acababan de apoderarse de gran parte de la Italia griega; y los Papas impetraron el auxilio de los francos. Con los francos quedó más dividida Italia. Arrancó Carlomagno a los lombardos gran parte de lo que en ella poseían, pero no el ducado de Benevento, que sólo pudo reducir a la condición de tributario. No tomó tampoco las costas del Mediodía. Hubo, así, en Italia, un reino franco, un ducado lombardo, un Estado romano, no ya del todo independiente, la República de Venecia, y, aunque más reducida que antes, una Italia griega. Los Papas mandaban no sólo en Roma, sino también en las playas del Adriático; mas reconociendo la soberanía de Carlomagno, que les había cedido el dominio útil de tan extenso territorio.
Habían nacido estas divisiones, cuando menos en parte, de causas ajenas a la voluntad de los habitantes; pero no tardaron en demostrar los sucesos que palpitaba el sentimiento antiunitario en el corazón de la misma Italia. Dominaron en ella los carlovingios hasta el año 888. Débil la autoridad de muchos de estos reyes, se fueron poco a poco los feudos emancipando de la Corona; tanto, que, al destronamiento de Carlos el Gordo, sostuvieron largas y sangrientas guerras civiles. Esas guerras, que vino a complicar la irrupción de los húngaros y los sarracenos y agravó la tiranía de los vencedores, se prolongaron hasta el siglo X y condujeron a los italianos a buscar un escudo en Otón el Grande, emperador de Alemania, que, por de pronto, se ciñó la corona de Lombardía. Tres veces bajó Otón a Italia: el año 945, el 961 y el 971; la última era ya dueño de todas las posesiones lombardas.
Había entonces en Italia, por una parte, la Monarquía de 0tón el Grande y la República de Roma; por otra, el ducado de Benevento y el principado de Salerno; por otra, Venecia; por otra, las posesiones del imperio de Oriente, entre las cuales estaban las ya florecientes Repúblicas de Gaeta, Nápoles y Amalfi. Reconocían aún estas Repúblicas la soberanía de los emperadores de Constantinopla, como la de Roma la autoridad de los de Alemania; pero sin dejar de gobernarse por leyes propias. Formáronse pronto otras Repúblicas. Reinando los Otones, surgieron y se organizaron las de Pisa y Génova; contribuían a fomentar el espíritu de independencia los mismos emperadores, que dieron amplios fueros a las ciudades para hacerlas servir de contrapeso al feudalismo y tenerlas más dispuestas a rechazar a los sarracenos y los húngaros. Extinguida la familia de los Otones, hubo gran confusión en Italia, y se multiplicaron las Repúblicas. Sólo en Lombardía se establecieron las de Milán, Como, Novara, Pavía, Lodi, Cremona y Bérgamo. La tendencia a la división era tal, que Crema, no yo ciudad, sino villa dependiente de Cremoria, quiso también ser autónoma, y lo consiguió aliándose con los milaneses. Creció de día en día el número de las Repúblicas; y los pueblos que no lo eran constituían Estados también autónomos con el nombre de condados, marquesados, ducados o principados.
Todas esas Repúblicas, lejos de vivir unidas por lazos políticos, eran rivales y se hacían frecuentemente la guerra. Lucharon Génova y Pisa, Milán y Pavía, Como y Milán, Milán y Lodi, Crema, Milán y Cremona, Sólo la guerra entre Como y Milán duró diez años. Confederábanse alguna vez aquellos diminutos Estados; mas sólo para la común defensa, cuando no para su propia ruina. En la guerra de Como se pusieron al lado de Milán casi todas las Repúblicas de Lombardía. Verificábase en tanto cierta reacción al Sur de la misma Italia; pero no por la voluntad de los italianos, sino por las armas. Sobre las ruinas de las Repúblicas de Gaeta, Nápoles y Amalfi, fundaban a la sazón, los normandos, el reino de Sicilia.
A mediados del siglo XII sucumbieron las Repúblicas de Lombardía a las armas de Federico Barbarroja, que, deseoso de reivindicar la autoridad de sus mayores, bajó a Italia con numerosos y brillantes ejércitos. Opuso Milán una resistencia heroica; tanto, que el emperador, en 1155, hubo de retirarse sin tomarla, y en 1162, a pesar de sus 100.000 infantes y sus 15.000 caballos, la entró sólo después de tres años de lucha; pero cayó, al fin, arrastrando consigo la libertad y la independencia de la comarca. ¿Se restableció por esto la unidad de Italia? Ni las victorias de Barbarroja, ni las resoluciones de las asambleas de Roncaglia y el campo de Boloña, encaminadas todas a reducir el poder de las ciudades y aumentar el de los emperadores, pudieron contener sino por tiempo la fuerza de disgregación de los anteriores siglos.
Quedaron en pie Venecia, Genova y Pisa, y revivieron pronto las disueltas Repúblicas. Acercó entonces la opresión común a ciudades que se odiaban de muerte; hasta las que por celos de sus rivales habían apoyado a Barbarroja, no vacilaron en confederarse. Verona, Vicenza, Padua, Treviso, fueron las primeras en unirse para romper el yugo; apenas habían tomado parte en la pasada guerra y estaban, sin embargo, sometidas como las otras a duros vejámenes. En 1167 tenían ya otra vez a Barbarroja en Italia cuando convocaron a las demás ciudades a una Dieta que había de celebrarse en el monasterio de Puntido, entre Milán y Bérgamo. Acudieron al llamamiento Cremona, Bérgamo, Brescia, Mantua, Ferrara y algunos milaneses que ardían en deseos de ver restablecida su patria. Aliáronse allí todas por veinte años, comprometiéndose a socorrerse contra el que atacapa sus libertades e indemnizarse los perjuicios que sufriesen por defenderlas. Entró en la liga Venecia; y poco después de la toma de Lodi, entraron también Plasencia, Parma, Módena y Boloña. Barbarroja, sintiéndose débil para atacarlas de frente, después de una guerra de escaramuzas, repasó los Alpes. Se apresuraron entonces a formar parte de la liga Novara, Verceil, Como, Asti, Tortona y aun algunos feudatarios del Imperio.
Esta entonces formidable liga fué la que, fundando la ciudad de Alejandría en la confluencia del Tanaro Y la Bormida, rechazando de los muros de esta plaza a Barbarroja, y batiéndole en Lignano, aseguró, primero por la tregua de Venecia y luego por la paz de Constanza, firmada en 1183, la vida y la independencia, no sólo de sus Repúblicas, sino también de las demás de Italia. El emperador, por el tratado de Constanza, cedió a todas las ciudades de la liga y aun a otras que les dió como aliadas, entre ellas Pavía y Génova, todas las regalías que le correspondieran y hubiese adquirido por la prescripción y el uso, asegurándoles el derecho de elegir a los magistrados, ejercer la jurisdicción civil y criminal, fortificarse y levantar ejércitos. ¿Qué valían ya los insignificantes actos de soberanía que sobre ellos se reservaba?
Trabajaron, como se ve, los italianos, no por unirse en cuerpo de nación, sino por dividirse; y si ahora y más tarde se confederaron, fué para sostener la autonomía de las pequeñas Repúblicas. Sus ciudades por un lado y los barones por otro, mantuvieron durante la Edad Media a Italia dividida en multitud de pueblos. Los lazos que los unían al Imperio eran por demás flojos; y aun éstos se desataron después de las violentas y largas luchas entre los guelfos y los gibelinos. Celebráronse durante siglos, en Roncaglia, las citadas asambleas generales, pero con escasísima influencia sobre tan reducidas naciones. Como hace observar Sismondi, si con ellas se congregaba Italia, con ellas se disolvía. Para la vida de Italia servian aún menos que no sirvió para la de Grecia el Consejo de los Anfictiones en su época de decadencia. Como este Consejo, fueron cayendo en desuso y desaparecieron; las convocadas por Barbarroja fueron las últimas.
No hablaré ahora de las vicisitudes por que pasaron estas y otras Repúblicas que nacieron más tarde, como la de Luca, Siena y Florencia, ni de las frecuentes agregaciones y disgregaciones que sufrieron, ni de las mudanzas que ocurrieron en el reino de Sicilia, obra de los normandos. ¿Fué tampoco Italia nación a la caída de las Repúblicas? Campo de batalla primero de las casas de Anjou y de Aragón, luego de las de Francia y España, más tarde de las de Borbón y Este, fué siempre, no una nación, sino un grupo de naciones. Antes de las campañas de Bonaparte había en Italia el reino de Cerdeña, el ducado de Módena, el de Parma, el de Toscana, los Estados de la Iglesia, el reino de Nápoles y dos Repúblicas que habían logrado sobrevivir a la general ruina: la de Génova y la de Venecia. Ni durante la República ni durante el Imperio reunió tampoco Bonaparte en un solo cuerpo las naciones de Italia. En 1801 incorporó a Francia Saboya y el Piamonte, formó con el Milanesado la República Cisalpina, cedió al Austria Venecia, a cambio de la Lombardía, creó el reino de Etruria, respetó el de NápoIes, el de Cerdeña y los Estados de la Iglesia. En 1805, después de la batalla de Austerlitz, unió, por el Tratado de Presburgo, Venecia a la República Cisalpina y la transformó en reino de Italia; añadió a su imperio el Estado de Génova y arrancó a Fernando IV el de Nápoles, dejándote sólo la isla de Sicilia. En 1808 y 1809 aumentó el Imperio con Etruria, el Tirol Meridional y los Estados del Papa.
Aun dentro de reinos tan limitados, dejó otros más diminutos: el principado de Luca y de Piombino, por ejemplo, que regaló a su hermana Elisa.
Los Tratados de Viena, por fin, no dieron mayor unidad a Italia. El Papa recobró sus Estados; el rey de Cerdeña, el Piamonte, Saboya y Niza con Génova; Austria, a Lombardía y Venecia; Fernando IV, a Nápoles. Contó, además, Italia, cuatro ducados: el de Toscana, el de Módena, el de Parma y el de Luca. ¿Es, después de esto, posible buscar en la Historia la actual Italia? Nápoles y Sicilia han vivido independientes del resto de Ia península nada menos que ocho siglos, hasta el año 1861. Venecia lo fué desde 697 a 1797, en que se la cedió al Austria por el Tratado de Campo Formio; Génova, desde el siglo X hasta 1805. ¿No eran estos períodos bastante largos para formar de aquellos Estados verdaderas naciones?
Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo VI El criterio histórico. Alemania Fijémonos en la nación alemana. Por lo que leo en Tácito no son hoy sus límites los de la antigua Germania. Tenía ésta por fronteras: a Mediodía, el Rin y el Danubio; a Oriente, los montes Cárpatos y bosques sin nombre; a Norte y Occidente, el mar Báltico; baja hoy aquélla más acá del Danubio y del Rin y no llega de mucho a los montes Cárpatos. ¿Quién ocupaba la antigua Germania? Según el mismo Tácito, una raza autóctona, dividida en multitud de pueblos independientes, que se distinguían por la diversidad de sus instituciones, sus leyes y sus costumhres. Cita el grande historiador, entre otras gentes, a los bátavos, que poblaban en su tiempo la isla del Rin y una estrecha faja en las orillas del mismo río; a los callos, que estaban a la entrada de la selva Hircinia, y eran, entre los bárbaros, los únicos que sabían hacer la guerra; a los teucteros, que vivían en las riberas del Rin y eran los más diestros en montar y pelear a caballo; a los frisones, que se extendían a lo largo del mismo río hasta el mar del Norte; a los caucos, que desde la costa se metían tierra adentro hasta dar con las fronteras de los cattos; a los ceruscos, que lindaban con los cattos y los caucos y había hecho la paz flojos y cobardes; a los temidos cimbrios, que desde las playas del Océano, donde moraban, habían bajado hacía más de dos siglos a Italia y España, llevado el terror a Roma y engrandecido por sus derrotas el nombre de Mario; a los suevos, grupo de pueblos de la Germania central; unos, adoradores de Herta, la madre tierra; otros, de un dios a quien sacrificaban víctimas humanas en sagrados bosques; a los hermonduros, a los nariscos, a los marcomanos, a los cuados, que tenían su asiento en las márgenes del Danubio; a los marsignos, a los gotinos, a los osíos, a los burios, que estaban más al Norte y eran ya mezcla de otras naciones; a los ligios, otro grupo de ciudades donde predominaba la de los arios, que, por la ferocidad de su rostro y lo lúgubre de sus armaduras, ponían espanto al enemigo; a los suiones, por fin, que vivían, según él, en el mismo Océano, probablemente en las islas de la bahía de Pomerania. Allí, como en España, constituía casi cada ciudad, ya una República, ya un reino.
Desde Tácito al siglo V habían sufrido estos pueblos, a no dudarlo, hondas transformaciones. Encontramos en aquel siglo a los unos distribuídos en grandes grupos: alemanes, francos, bávaros, frisios y sajones; a los otros, como separados de su antiguo tronco y viviendo independientes. Citaré entre éstos a los lombardos, en quienes no veía Tácito sino una rama de los suevos. Comoquiera que fuese, la división seguía; continuaban viviendo en Germania diversas naciones que, lejos de estar unidas por lazos políticos, se miraban con recelo y se hacían frecuentemente la guerra. No llegaron los germanos a reconocer una autoridad común hasta que se la impuso Carlomagno, ni a constituir definitivamente el imperio alemán hasta los tiempos de 0tón el Grande.
Alemania, no por esto dejaba de esbar dividida en Estados que gozaban de vida propia. Tenían todos sus casas o dinastías reinantes, sus instituciones especiales, sus leyes; y no era raro que invadieran el territorio de sus vecinos y aun llevaran a otras naciones sus armas. Antes y después de Otón había en Alemania seis grandes ducados: el de Sajonia, el de Baviera, el de Suavia, el de Franconia, el de Lorena y el de Turingia; además, arzobispados, que eran otros tantos reinos, como el de Maguncia y el de Colonia; además, considerable número de feudos. El imperio no era sino la jefatura suprema de todos esos Estados, jefatura de gran fuerza cuando la ejercía un Otón, un Barbarroja y un Carlos V; en los demás tiempos, impotente.
Sería ahora tarea larga y enojosa decir las agregaciones y disgregaciones que esos Estados sufriero, del siglo X hasta nuestros días, los que desaparecieron y los que de nuevo se crearon, las diversas formas que tuvieron, las mil y una vicisitudes por que pasaron. Tomaré al azar uno o dos, y haré rápidamente su historia.
Sajonia era en los tiempos de Otón un ducado extenso, sito al Noroeste, que corría por el Norte del río Lippe desde las márgenes del Ems hasta más allá de las del Elba, y se extendía hacia el Septentrión a las orillas del Eyder y al mar Báltico. Tuvo por soberanos, mientras subsistió el ducado, primero la casa de Billung, luego la de Suplimburgo, más tarde la de los Güelfos. En el siglo X se engrandeció con las marcas de Misnia y Brandeburgo; en el XI ocupaba ya el Mecklemburgo y la Pomerania. Empezó el XII por dividirse en dos ducados; y aunque logró recobrar su unidad, la perdió otra vez hasta el punto de descomponerse en unos veinte feudos.
Renació el 1180 el ducado, pero escaso y pobre, reducido tan sólo a los territorios de Wittemberga y Lauemburgo. Tuvo entonces por príncipes la casa de Ascanio, que, habiéndose dividido ochenta años después en dos líneas, desgarró todavía en dos tan miserable Estado. Así continuó hasta el siglo XV, en que, entrando a poseer a Wittemberga la casa de Wettin, se aumentó el ducado con la Misnia, la Turingia, Coburgo y el palatinado de Sajonia, que formaba Estado aparte desde los tiempos de los Carlovingios. El ducado de Lauemburgo siguió, en tanto, autónomo.
No hablaré de los círculos de la Sajonia Alta y la Baja; dos de los diez en que un siglo más tarde se dividió el Imperio. Estos círculos no eran Estados, sino grupos de Estados. De veintidós Estados nada menos se componía el de la Sajonia Alta. El de la Baja comprendía, entre otros, los dos ducados de Mecklemburgo, los dos del Holstein, el de Lauemburgo y las ciudades de Lubeck y Brema, también autónomas.
El ducado de Sajonia estaba a la sazón partido en dos, por haberse bifurcado la tasa de Wettin en dos ramas: la de Ernesto y la de Alberto. Estas dos ramas, sin embargo, primero la Ernestina y luego la Albertina, engrandecieron el ducado hasta llevarlo a los límites que tiene hoy el reino del mismo nombre, sito no ya al Noroeste, como el primer ducado, sino en el centro de Alemania.
¿Fueron mudanzas ésas? ¿Pudo haberla mayor que la de pasar el ducado del Occidente al Centro? Baviera no sufrió tampoco escasas vicisitudes. Al advenimiento de Otón el Grande había sido ya reino y ducado: reino con los descendientes de Carlomagno; ducado con el margrave Arnoul, hijo de Luitpoldo. Como reino, había sido vastísimo: abrazaba, además de sus propios dominios, la Carintia, la Carniola, la Istria, el Friul, la antigua Pannonia, la Moravia y la Bohemia. Quedó reducida como ducado a estrechos límites, y subió y bajó como Sajonia. En 1180 cayó en poder de los sucesores de Arnoul, después de haber sido gobernada por otras cuatro familias; creció entonces considerablemente. A la muerte de Otón el Ilustre, fué dividida en Alta y Baja. En 1312 recobró su unidad y ganó el Tirol, la Islandia, la Holanda y el Brandeburgo. Repartiéronsela luego los hijos de Luis III, el que más había hecho por engrandecerla, y no volvió a formar cuerpo de nación hasta el año 1507. No experimentó otro cambio de importancia en este siglo; pero sí en el XVIII, donde ganó por la espada de Carlos Alberto la Bohemia y el Austria. ¡Conquistas, por cierto, bien efímeras! Las perdió Carlos Alberto junto con su ducado, y no tuvo que hacer poco su hijo para recobrar a Baviera. Baviera disminuyó aún por la paz de Lunneville y creció por la protección de Bonaparte antes da llegar a ser lo que es desde 1806, uno de los más vastos reinos de Alemania.
Gracias a esas frecuentes agregaciones y disgregaciones por que pasaron otros pueblos, además de los de Sajonia y Baviera, ha sido siempre para los alemanes extremadamente movedizo el suelo de la patria. Sería larga la simple enumeración de los que existieron, por más o menos tiempo, en aquella tierra desde la extinción de los Carlovingios. Hubo reinos, principados, ducados, condados, langraviatos, margraviatos, arzobispados, obispados, feudos y subfeudos de todo género, ciudades imperiales o libres. Aun en este siglo constituían cuatro reinos, cinco grandes ducados, seis ducados y diecinueve principados la Confederación Germánica.
¿Dónde están, pregunto, los signos históricos de la unidad alemana? La tendencia a la división es tan grande aquí como en Italia: las guerras de pueblo a pueblo, tanto o más frecuentes; las fronteras de cada Estado, tan vagas y fugitivas. Es verdad que durante siglos hubo en Alemania emperadores; pero no lo es menos que casi nunca pudieron contener ese espíritu de división, ni impedir esas guerras, ni determinar esas fronteras. No pudieron nunca dictar leyes para todos los Estados, ni siquiera regular el ejercicio de su propio poder político. Añádase a todo que forman hoy parte de Alemania pueblos que jamás la formaron, y dejan de serlo vastas comarcas que lo fueron por siglos.
Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo VII El criterio histórico. Holanda. Bélgica. La Escandinavia. Rusia Por la Historia no se determinará, a buen seguro, mejor las demás naciones de Europa. Holanda fue a los ojos de toda la antigüedad parte de Germania; en ella estaban los frisios y los bructeros, y, principalmente, los bátavos. Una mientras vivió subyugada, ya por los latinos, ya por los francos, se dividió, como los demás pueblos del Continente, en Estados autónomos apenas se lo permitió la debilidad de los sucesores de Carlomagno. Tuvo condes en la Holanda propiamente dicha, obispos soberanos en Utrecht, duques, en Güeldre; señores, en Frisia y Brabante. Volvió a formar cuerpo en el siglo XV; pero no por su voluntad, sino por la de los duques de Borgoña, que la incorporaron a sus vastos dominios. Pasó después de la casa de Borgoña a la de Austria, de la de Austria a la de España; y hubo de verter raudales de sangre para ser independiente. Se constituyó, al conseguirlo, en república federal, no en nación unitaria. No fue unitaria mientras no la convirtieron en monarquía, primero, Napoleón, y después, el tratado de Viena, que la reunió a Bélgica y creó con las dos naciones el reino de los Países Bajos. ¿Cuáles eran los verdaderos límites de Holanda? ¿Bélgica o Francia? Holanda entendería, probablemente, que debía tenerlos en Francia, cuando tan cara hizo pagar a Bélgica la independencia. Y en verdad que, ni por la naturaleza, ni por la diversidad de lenguas, ni por la misma Historia, se explica la separación de los dos pueblos. La capital de Bélgica está en Brabante, que fue parte de Holanda.
Por ninguno de los criterios adoptados para definir las naciones, podría realmente constituir una el pueblo belga. Jamás fue Bélgica dueña de sí misma. Después de haber pasado por la dominación de los latinos y los francos, hoy formó parte de Austria, mañana, de Lotaringia; al otro día, de Lorena. Cuando la Lorena se dividió, dividida pasó a ser feudataria del Imperio; cuando la Lorena se volvió a reunir en manos de los duques de Borgoña, borgoñona fué, y como tal entró en los dominios de la casa de Austria. De la casa de Austria vino a la de España, de la de España, volvió a la de Austria, y de la de Austria no salió sino para ser francesa o bátava. ¿Qué le separa, por otra parte, ni de Francia ni de Holanda? En lengua es mitad francesa, mitad flamenca.
Hay en esa misma parte de Europa naciones que parecen formadas por la naturaleza, y desde el punto de vista histórico ofrecen las mismas dificultades. Me refiero a la Escandinavia; es decir, a Dinamarca, Suecia y Noruega. Dinamarca es una península entre el mar Báltico y el del Norte, cuya base está entre las bocas del río Drave y las del Elba; Suecia y Noruega, otra península entre el golfo de Botnia, el Océano Atlántico y el Artico, cuya base, aunque no tan bien definida como la de Dinamarca, lo está casi del todo por la embocadura del río Tornea y la del Tana. Se presentan estas dos penínsulas como destinadas a formar un solo cuerpo con la de Finlandia, fronteriza de la de Suecia y Noruega. Alguna vez las hallamos unidas en la Historia, pero ¡cuán poco tiempo! Lo estuvieron sólo desde 1397 a 1523; y aun dentro de este periodo, Suecia, que miraba la unión como un yugo, luchó repetidas veces por romperla, y lo consiguió en 1448. Se renovó el pacto de Calmar, a que debia la unión su origen, en 1454, en 1465 y en 1520, y se lo rasgó tres años más tarde. No formaron una sola nación ni siquiera Suecia y Noruega. No la formaron sino mientras duró la unión de Calmar, y cuando Bonaparte regaló Noruega a Suecia en pago de servicios a Francia. Noruega, y es más, después de roto el pacto de Calmar, continuó unida a Dinamarca, de cuyas manos no salió sino para caer en las de Suecia. Ya dividida en pequeños Estados, ya constituída en reino bajo el cetro de diversas dinastías, había vivido, sin embargo, del siglo IX al XIV con toda independencia. ¡Y qué! ¿Le negaba acaso la naturaleza motivos para estar separada de Suecia? Corre de Sur a Norte, entre los dos pueblos, una de las más altas cordilleras de Europa, los montes Dofrines, cubiertos de nieves eternas. He dicho ya cuán fácilmente se encuentra, para disgregar naciones, fronteras naturales dentro de las que podrían unirlas.
En cambio, Suecia se extendió por más de seis siglos a toda la península de Finlandia, que no habría tal vez perdido si el año 1792 no se hubiese empeñado Gustavo IV en una guerra verdaderamente insensata con Francia y Rusia. Y poseyó, aunque por muchos menos años, a Estonia y Livonia, provincias rusas del mar Báltico, parte de Pomerania, los ducados de Brema y Verden, las bocas del Oder, hoy prusianas, y algunas regiones de Dinamarca.