SigPhi · Pi i Margall

Las nacionalidades

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Dinamarca, lejos de vivir en paz, estuvo con Suecia en lucha. Orgullosa por sus antiguas conquistas, quiso tenerla a sus plantas, y le hizo sentir largos siglos el peso de su grandeza. De Dinamarca y Noruega bajaron esos terribles normandos que en el sigIo IX asolaron a Francia, Alemania y España, redujeron a sus armas casi toda Inglaterra, la conquistaron por segunda vez en el siglo XI y la dominaron cerca de treinta años. Aunque, bajo la dinastía de los Estrítidas, fué Dinamarca feudo de Alemania, recobrada su independencia, adquirió en el siglo XII la isla de Rugen, la Eslavonia y el Mecklemburgo, y en el XIII, la Pomerelia y la Estonia. No quiso, por la unión de Calmar, ser ya la compañera, sino la señora de Suecia y Noruega. De ahí que tan pronto se rompiera aquel pacto. Aun roto, ¡qué prepotencia tuvo Dinamarca sobre toda la Escandinavia! Se quedó, como dije, con Noruega, y además, con cinco provincias marítimas de Suecia, provincias que Suecia no recobró hasta el año 1660. Era ya entonces dueña del Holstein y de todo el archipiélago de su mismo nombre.

La guerra de los treinta años fué el principio y la causa de la decadencia de Dinamarca. Dinamarca perdió por de pronto las provincias suecas; siglo y medio después, a Noruega, y no hace aún trece años, los ducados del Elba: Schleswig, Holstein y Lauemburgo. Schleswig, Holstein y Lauemburgo forman parte de la península en que está sentada: se los arrebató, no obstante, Alemania, invocando el principio de las nacionalidades. Así, en virtud del mismo principio, según el criterio con que se lo aplica puede un mismo territorio pertenecer a dos pueblos.

Rusia es hoy, como he dicho, el más vasto imperio del mundo, la nación monstruo. Se extiende por la mitad de Europa y Asia desde el Báltico al Pacífico. El mar Blanco es todo suyo; suyos los golfos de Finlandia y Riga; suyas las playas orientales del de Botnia; suyas las septentrionales del mar Negro; suyas casi todas las occidentales del Caspio; suyo todo el mar de Azof, el de Kara y el de Okhotsk; suya una buena parte del mar del Japón; suyas todas las costas asiáticas del estrecho de Behring. Cuenta setenta y cinco millones de habitantes, más de un millón de soldados. ¿Ha de ser ésta, por la Historia, la nación rusa? ¿Cuáles son, de no, sus límites? Lejos de creer que los haya traspasado, se afana Rusia por retirarlos. Tres veces intentó apoderarse de Constantinopla. Rebasó el Cáucaso, y está ya en las orillas del Aras, el antiguo Araxes. ¿Se detendrá mucho tiempo en las del Amur, que la separa de China?

No ignoro que respecto a Rusia se está, no por la agregación, sino por la disgregación de pueblos. Mas Rusia tiene también su criterio sobre las nacionaIidades. En el de las fronteras naturales podría, como dije, hallar motivo bastante para corregir sus límites de Occidente y llevarlos a los montes Balcanes y los Cárpatos; lo halla para ensancharlos todos en la teoría de las razas. "Yo soy -dice- la raza eslava: los eslavos todos me pertenecen." Fueron eslavos todos los que fundaron los reinos de Bohemia y Hungría; y eslavos son los que pueblan la Servia, la Lituania y la que fué Eslavonia. Lo son en gran parte los habitantes de la misma Prusia, de Pomerania, de Lusacia, de Silesia, de Moravia, de Bosnia, de Valaquia; cuando menos lo son por mitad los de Meklemburgo y Brandeburgo. ¿No deberemos darnos por satisfechos con que Rusia no lleve más allá sus conquistas?

Por ser eslavo en su origen y en su base el reino de Polonia, se cree Rusia con doble derecho a ocuparlo; por ser en el fondo eslavas Moldavia, Valaquia y Servia, las casi emancipó de Turquía no hace medio siglo y las mantiene bajo su protección y escudo; por ser en gran parte eslava Herzegovina, la amparó en la reciente lucha con la Puerta. No combate, antes fomenta la idea del paneslavismo; pretende sólo que ha de ser la cabeza y el corazón de todos los pueblos de la raza. Criterio que, de ser admitido, vendría a descomponer lo que por otro se compuso.

Pero no debo abandonar aún el examen del criterio histórico. Afirmo que por él no es menos difícil determinar la nación rusa que las otras. Inútil buscar antecedentes en los antiguos tiempos. Del Cáucaso al Océano Artico no se distinguían entonces sino dos grandes pueblos: uno, al Mediodía, los sármatas; otro al Norte, los escitas, que se extendían por Asia. Teníase a los sármatas por los habitantes primitivos de aquellas regiones, tanto que se los creía empujados del Septentrión al Mediodía por los escitas. Los sármatas eran precisamente los eslavos de que hablaba.

En el siglo III ocurrió la primera invasión de los godos, que venían de la Escandinavia. Bajaron por la Escitia y la Sarmacia hasta el mar Negro, y fundaron un imperio que tenía al Sur por limites el Don, el Volga, el Dniéper y el Niemen. Era ya este imperio casi de la extensión que ahora Rusia tiene en Europa; pero en el siglo IV fué destruído por los hunos, y en mas de cuatrocientos años objeto de sucesivas irrupciones y campo de batalla de casi todos los pueblos bárbaros. Creo excusado decir que en todo este tiempo, lejos de constituir Rusia cuerpo de nación, estuvo dividida en multitud de naciones de mal seguras lindes. Sólo allá, por el siglo IX, acertó Ruric, jefe de los Varegos, a fundar un Estado sobre bases sólidas. Ese Estado era entonces reducidísimo. Comprendía, cuando más, desde el golfo de Finlandia y los lagos de Ladoga y Onega a las márgenes del Dwina. Lo fueron agrandando los sucesores de Ruric, pero sólo por la violencia. En el siglo X se extendía mucho hacia el Austro. No tenía como antes por capital a Novgorod, que está en el lago Ilmen, sino a Kiew, que está en las orillas del Dniéper.

No se crea, sin embargo, que desde entonces caminó aquel Estado a la constitución del vasto imperio que hoy conocemos. Descompúsose el siglo XI en pequeños principados, gracias a la costumbre que tenían los monarcas de distribuir el reino entre sus hijos; y en el XII vinieron a aumentar la división las sucesivas invasiones de Oriente. En el XIII pasaron los mongoles el Volga, se apoderaron de gran parte de la Rusia Meridional y fundaron el ya no pequeño Estado de Khaptchak, o de la Horda dc Oro; Estado que, luego de tomada Kiew, se extendió a la Padolia, a la Volhynia y a la parte oriental de Galitzia. Los reyes de la Rusia del Norte pasaron entonces a ser vasallos de los jefes de los mongoles, y sólo el principado de Moscú quedó con absoluta independencia.

Moscú puede decirse que fué dos siglos más tarde el origen y el núcleo del actual imperio. Vióse repetidas veces amenazada y aun saqueada por los mongoles; pero consiguió en el siglo XV arrojarlos definitivamente de sus fronteras y les tomó sin descanso Novgorod, Pskov, Biarmia y aun parte de Siberia. En el siglo XVI llegaba ya por el Sudoeste más allá del Dniéper, y por el Este y el Sudoeste hasta las riberas del Ural y del mar Caspio. De Siberia ocupaba ya lo más, y en cambio, no podía al otro lado conquistar la Livonia, a pesar de grandes esfuerzos.

Perdió Moscovia mucho a fines del mismo siglo, extinguida la dinastia de los Ruric; pero no tardó en reponerse apenas subieron los Romanovs al trono. Miguel III conquista en el siglo XVII la Siberia, de que se habían hecho señores los polacos. Pedro el Grande, en el mismo siglo, domina del mar Báltico al mar Negro. Catalina II, en el XVIII, adquiere la Lituania, la Curlandia, la Crimea, el Cáucaso y la mitad de Polonia. Alejandro I se apodera en nuestros mismos días de Finlandia, del Oriente de Botnia, de Besarabia y de Georgia, y llega a ser dueño de las dos terceras partes de la desgraciada nación de Poniatowski. Nicolás I arranca al shah de Persia lo más de Armenia, y al sultán de Turquía, el bajalato de Akhaltiriski y las bocas del Danubio.

Por una serie de conquistas se ha ido formando ese formidable Imperio. ¿Lo habremos de dejar en sus actuales límites? Por el criterio de la unidad de razas y el de las fronteras naturales, ya hemos visto que deberíamos permitirle que los ensanchara. Si hay en él multitud de pueblos de distinto origen, predominan los de la raza eslava, que siguen más allá de Rusia. No podríamos ya consentirle igual extensión por el criterio de la unidad de lenguas. Son, por lo menos, treinta las que se hablan dentro de Rusia. Mas ¿habría, por este criterio, división racional posible? Tratemos de aplicar el de la Historia, y no sabremos en qué época fijarnos. Si tomamos por norma los tiempos del imperio romano, apenas hallaremos nada que cercenar a la Rusia de Europa; si el período de la dominación de los godos, sólo podremos formar nación aparte con las tierras que cerca el Don, el Volga, el Dniéper y el Niemen; si el reinado de los primeros Rurics, tendremos que encerrar a Rusia entre el Dniéper y los lagos Onega y Ladoga; si los siglos medios posteriores, dividir esa misma Rusia en pequeños Estados, que unirían, cuando más, reyes de nombre; si la época de la ocupación por los tártaros o mongoles, crear un Estado alodial al Sur y otro feudal al Norte, constituyendo a Moscovia en principado independiente; si los primeros años de la reconquista, dejar reducida a Moscovia toda Rusia; si los tiempos sucesivos, ¿en qué Rusia nos detendremos? ¿En la de Miguel III, en la de Pedro el Grande, en la de Catalina II o en la de Alejandro? Es muy para tenido en cuenta que Rusia, antes de ser vencida por los mongoles, no formaba cuerpo de nación ni tenía de mucho, aun contando como uno de los pueblos en que se había dividido, los limites que después ha tenido y tiene; que no sucedía con ella como con España, que nación habia sido, y de la misma o mayor extensión que ahora, al ser invadida por los árabes.

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo VIII El criterio histórico. Austria. Turquía Por la Historia es aún menos posible definir los límites de Austria. Por ella se podría más bien llegar a la total disolución de este Imperio. Compónese en la actualidad del Austria propiamente dicha, de Estiría, de Carintia, de Carniola, de Istria, del Tirol y de Salzburgo; de Bohemia, de Lusacia, de Silesia y de Moravia; de Galitzia, de Bulkowina, de Hungría, de Transilvania, de Eslavonia, de Croacia y de Dalmacia.

Y bien: ¿ha sido libre y espontánea la reunión de tantos pueblos? ¿No tuvieron nunca vida propia? ¿La gozaron por escaso tiempo? Bohemia fué nación independiente nada menos que por ocho siglos, desde principios del VIII hasta el año 1526, en que su corona pasó a las sienes de Fernando de Austria. Eran entonces suyas la Moravia, la Silesia y la Lusacia. Hungría fué también nación desde el siglo IX al XVI, en que ese mismo Fernando de Austria la ganó en la batalla de Casovia. Hungría abrazaba entonces la Dalmacia, la Croacia, la Eslavonia y la Transilvania. Galitzia es la parte de Polonia que ocupó el Austria al ser aquella heroica e infeliz nación despedazada por las potencias del Norte. La Bukowina formó siempre parte de Moldavia, y no hace todavía un siglo que pertenece al Austria. Pertenecen al Austria desde mucho antes, algunas provincias: desde el siglo XV, parte del Friul; desde mediados del XIV, el Tirol, Carniola y Carintia; desde el XII, Estiria y parte de Istria; pero la Istria toda y todo el Tirol, sólo desde 1797; Salzburgo, sólo desde 1814. Queda el archiducado de Austria, núcleo de tan grande Imperio, y éste, desde los tiempos de Carlomagno formó parte de Alemania.

Obsérvese ahora que el Tirol se levantó en este mismo siglo contra el Imperio; que Hungría hizo otro tanto y sucumbió sólo por la intervención de Rusia; que Bohemia pugna por obtener su independencia y quizá no esté lejos de conseguirla; que Galitzia, como el resto de Polonia, protesta cuando y como puede contra su inicuo reparto. Añádase a esto que una es la lengua de los austríacos, otra la de los bohemios, otra la de los húngaros y otra la de parte de los tiroleses; que los bohemios pertenecen a una raza, los húngaros a otra y a otras y muy otras los tiroleses y los galitzianos; que todas estas provincias difieren, por fin, en religión, en costumbres y en leyes.

Disolvamos, en consecuencia, el imperio de Austria; ¿y después? Bohemia, como indiqué, es, en el fondo, eslava; ¿la entregaremos a Rusia? ¿La reservaremos, cuando menos, para la confederación eslava que algunos concibieron? No se olvide que mientras fue nación reconoció casi siempre la soberanía de los emperadores de Alemania y fué por mucho tiempo uno de los siete Estados que tuvieron el derecho de elegirlos. ¿No nos la reivindicará el emperador Guillermo? Si por otra parte la declaramos independiente, ¿cuáles serán sus límites? ¿No será justo, que la devolvamos la Lusacia, la Silesia y la Moravia, puesto que con ella vivieron durante siglos y con ella fueron a refundirse en los Estados de Austria? ¡Qué desgracia! La mayor parte de Silesia pasó hace ya más de cien años a poder de Prusia. Tendremos que exigírsela a Guillermo y tomársela de grado o por fuerza.

A Hungría le sucede lo mismo. Ducado desde el siglo IX, reino desde el XI, tuvo, ya libre de los eslavos y los búlgaros, sus épocas de ambición y de engrandecimiento. Se apoderó no sólo de Transilvania, de Eslavonia, de Croacia, de Dalmacia, sino también de Bosnia, de Servia, de Moldavia, de Valaquia, de Bulgaria: de las primeras, en los tiempos de Esteban el Santo; de casi todas las demás, en los de Carlos Roberto. Subsisten aquéllas en poder de Austria, y sería fácil devolverlas a los húngaros; no ya éstas, que pertenecen hace siglos a los turcos. Fueron casi todas, a la verdad, conquistas pasajeras; pero ¿y la Bosnia? Hungría la poseyó tranquilamente desde el año 1129 al 1370, y poco antes de caer en manos de Austria la habia recobrado de los turcos a fuerza de armas; ¿no tendría tanto derecho a reivindicarla, como Bohemia la Silesia? Hago caso omiso de la parte de Croacia que está en poder de los otomanos.

La dificultad subiría de punto cuando se quisiese fijar la suerte de las pequeñas provincias de Austria, alguna, de las cuales ha pasado de una a otra nación sin tomar en ninguna arraigo. La Carintia, por ejemplo, era un margraviato dependiente del Friul en tiempo de Carlomagno; un ducado autónomo, en 880; parte de Baviera, en 887; ducado otra vez en 977, durante el imperio de Otón II; Estado de la casa de Zehringen, en 1058, junto con la marca de Verona; patrimonio de la de Murzthal, en 1073, y de la de Ortemburgo, en 1127; provincia de Bohemia en 1269; parte del condado del Tirol en 1286, y al fin, en 1336, del Austria. Sólo en Austria ha logrado hacer asiento. El Tirol y Carniola forman también parte de Austria nada menos que desde el siglo XIV; Estiria, desde el siglo XII. ¿Qué debería hacerse de estas provincias? ¿Qué del Tirol, parte alemán, parte italiano? ¿Qué del reducido Salzburgo, regido desde el siglo XII por arzobispos independientes?

Basta decir que vuelvo los ojos a Turquía para que se ocurran al lector observaciones análogas. Turquía, con sus Estados tributarios, es todavía una nación vastísima: se extiende por Europa, Asia y Africa. En Europa va de Sur a Norte desde el Mediterráneo, las fronteras de Tesalia, el Archipiélago, y el mar de Mármara hasta las riberas del Sava y el Danubio, los montes Cárpatos y el rio Pruth en su marcha a Oriente; de Este a Oeste, desde el mar Negro y las orillas del Pruth en su curso a Mediodía hasta el mar Adriático. En Asia ocupa toda la península formada por el Mediterráneo y el mar Negro, y se interna, recortando la Arabía, por Occidente y Oriente hasta el estrecho de Bab-el-Mandeb y el golfo de Persia. En Africa lleva su imperio por todo el Egipto y las regiones de Trípoli y Túnez. Tiene aún en el Archipiélago, entre otras muchas islas, la de Creta, la de Rodas, la de Kos, la de Khíos, la de Mitilene, y no hace cincuenta años tenia a toda Grecia.

Este grande imperio es sólo fruto de la conquista y de conquistas nada antiguas. Tardaron mucho los turcos en parecer por Europa y aun por el territorio que dominan en Asia: hasta el siglo X de nuestra Era no abandonaron su patria. Se apoderaron entonces rápidamente de Persia y de algo del Asia Menor, y sólo cuatro siglos después, cuando la tuvieron ya completamente sojuzgada, pusieron el pie en Europa. Invadieron primeramente el Norte de Grecia, lo que en otros tiempos constituía a Tracia y Macedonia, luego la Albania, la Bulgaria y la Servia; habrían bajado sin parar hasta Constantinopla sin la invasión de Tamerlán y la derrota de Bayaceto. Tomáronla más tarde, a mediados del siglo XV, y siguieron ya sin obstáculos su marcha. Dieron cima a la conquista de Grecia; volviendo al Norte, ocuparon la Bosnia, la Valaquia, la Pequeña Tartaria y penetraron en Italia. En el siglo XVI, al paso que se difundieron por Asia y Africa, por Siria, por Palestina, por Armenia, por Arabia, por Egipto, por las vecinas costas, acometieron en Europa al Austria, le arrebataron parte de Hungría, la Transilvania, la Eslavonia, la Moldavia y llegaron a acampar enfrente de los muros de Viena. Se hicieron, al fin, dueños de las más importantes islas del Archipiélago.

Si pueblo hay en Europa destinado a desaparecer, es verdaderamente el que describo. Como tuvieron que volver a sus primitivas viviendas los árabes y los tártaros, y nosotros, los españoles, hemos debido abandonar las dos Américas sin guardar sino dos islas que se nos escapan, es muy probable que los turcos hayan de retroceder más o menos tarde al fondo del Asia, de que salieron. No es otra la suerte de los conquistadores que no han sabido asimilarse a los vencidos. Obsérvese que desde el siglo XVII van los turcos perdiendo, y hoy están en rápida decadencia. De sus conquistas en Austria, no les queda más que parte de Croacia. Moldavia, Servia, Montenegro, Valaquia, les pagan aún tributo; pero viven autónomas y están bajo la protección de Rusia. Egipto ha llegado a ser para ellos un peligro. Sólo tributarios les son también Trípoli y Túnez. Argel ha dejado de pertenecerles en absoluto desde que lo ocupó Francia. Grecia, desde Tesalia al mar, es hace cuarenta y seis años reino independiente. Independientes son también desde 1839 las islas Jónicas, hoy parte de Grecia. Pasaron de los turcos a los rusos las vertientes meridionales del Cáucaso, y de los turcos a los ingleses, la isla de Chipre.

Descompongamos también el imperio turco. ¡Ah! De seguro nos ayudará Rusia en la tarea. Nadie trabaja con más interés hace años por enflaquecerlo y destruírlo. Es ella quien alienta la insurrección de Grecia; ella quien emancipa a los servios, a los moldavos, a los válacos, a los montenegrinos. Si le prestó un dia sus armas contra Mehemet-Alí, fué para más quebrantarlo, haciéndose abrir el paso del Bósforo y obligándole a cerrar para las demás naciones el de los Dardanelos. No solamente lo ha ido royendo por el Cáucaso; le ha tomado, además, en Europa, a Besarabía y la pequeña Tartaria, y en Asia, gran parte de Armenia. Como antes dije, ya por tres veces en este mismo siglo ha debido detenérsela en su marcha a Constantinopla. Emancipa hoy para adquirir mañana. Así lo hizo con Tartaria: ¿y quién sabe si no lo hará otro día con los principados del Danubio? No dejarían de ser rusos si entrasen en la capital de Turquía.

Pero supongamos que se logra disolver el imperio turco en provecho, no de los zares, sino de las provincias que lo componen. ¿Cómo las distribuiremos? La actual Grecia tiene de la antigua la propiamente llamada tal: la Hélada y el Peloponeso. ¿Le agregaremos lo que fué Epiro y Tesalia y hoy es Tesalia y Albania? Grecia, como he dicho, no fué una sino bajo la dominación de otros pueblos. En la Edad Media, cuando después de cien invasiones cayó en poder de los cruzados, se dividió y subdividió en multitud de naciones que mandaron hombres de distintas gentes. No volvió a ser una sino con los turcos. Le repugnó siempre serlo; y nos lo demuestran hoy mismo los albaneses o epirotas, que suspiran, como en todos tiempos, no por ser provincia de otra nación, sino por su independencia. La Albania, por otro lado, no es toda griega: abraza parte de la antigua Iliria. ¿En qué tradición, en qué periodo histórico nos apoyaremos para unir esta parte de Turquía a Grecia?

Si a la comunidad de origen atendiésemos, deberíamos llevar a Grecia hasta la Rumelia. La Rumelia ocupa el territorio de Tracia y Macedonia, habitadas por los pelasgos como las demás naciones griegas. Pero tracios y macedonios fueron siempre considerados en Grecia como extranjeros; contra los últimos, armó la elocuencia de Demóstenes aquella famosa liga a cuyo frente se pusieron Atenas y Tebas. Constituyeron unos y otros Estado aparte, se rigieron por reyes y vivieron vida propia hasta que fueron vencidos por Roma. No se prestaron ni siquiera a constituir un solo pueblo. Formaron los tracios parte del reino macedónico, pero escaso tiempo: reivindicaron en cuanto pudieron su independencia. Por el criterio histórico no seria posible ni unirlos a Grecia ni formar con ellos un Estado.

Determíneseme ahora históricamente los limites de Bulgaria. Los búlgaros, al bajar de los montes Urales, de donde se les cree oriundos, se sabe que se establecieron en las márgenes del Volga. Arrojados del Volga en el siglo V, se dirigieron a las playas del mar de Azoff y del mar Negro, y avanzaron hasta el Danubio. Hicieron desde allí frecuentes invasiones en el imperio bizantino griego; pero no lo dominaron. En el siglo VI se hubieron de someter a los ávaros. Sólo en el VII, libres ya de estos dominadores, entraron en lo que es hoy territorio turco. Pasaron el Dniéper y el Dniester, se adelantaron hasta el Pruth y se fijaron por de pronto en las orillas. Ocuparon luego la Mesia Inferior y fundaron un reino que duró tres siglos. Distaba de tener éste los límites de la actual Bulgaria. Por Occidente llegaba sólo hasta las riberas del Zibritza, cuando la Bulgaria de hoy va hasta los montes Lepenatz y Kopronik. Fué incorporado en el siglo X al imperio bizantino; y a poco los búlgaros fundaron en Macedonia otro, a que después añadieron la Servia. Hallábase ya esa nueva nación enteramente fuera del territorio de la provincia turca. Destruída a su vez en el siglo XI, levantaron otra los búlgaros, la actual Bulgaria. ¿Qué términos habíamos de dar al nuevo Estado que se constituyese?

La Bosnia, finalmente, no tiene, por la Historia, derecho alguno a la autonomía. Fue siempre parte de otras naciones: primero, de Pannonia; luego, de Eslavonia; después, de Hungría; y aun cuando tuvo sus reyes, hubo de reconocer la soberanía, hoy de los húngaros, mañana, de los turcos. No fue, además, reino sino desde el ano 1376 al 1443, en que murió sin hijos varones su segundo monarca. ¿La habríamos de agregar a la ya poderosa nación de los húngaros?

No quiero continuar tan enojoso examen. Escribo para Europa, hondamente removida y en peligro de nuevas luchas por el principio de las nacionalidades; y dejo a un lado hasta las provincias asiáticas de Turquía y Rusia. No hablaré tampoco de América, que no deja de sentir la perniciosa influencia de este principio. América se aplicará fácilmente lo que se diga de Europa, y hoy, como siempre, tomará de esta parte del mundo ejemplo y escarmiento. Por la Historia no hallaría, de seguro, menos dificultades para distribuir en grupos sus territorios y sus gentes. Allí como aquí la Historia no es guía más segura que las llamadas fronteras naturales y la identidad de lengua.

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo IX El criterio de las razas Pero hay aún, para la aplicación de la teoría que combato, otro criterio que ya menté: las razas. Encuentran algunos tan violento aglomerar en una sola nación razas diversas, como separar una raza en dos o más naciones. De aquí las ideas de paneslavismo, pangermanismo, panlatinismo, etc. No creo tampoco admisible este criterio.

Haeckel, uno de los más célebres naturalistas de nuestro siglo, divide el género humano en doce especies. Una de éstas, para circunscribirme en lo posible a Europa, es la mediterránea. De ella derivan, cuatro razas principales: la vasca, la caucásica, la semítica y la indo-germánica. La vasca está reducida, como sabe el lector, a cuatro provincias del Norte de España y una pequeña parte de Francia; la caucásica, a unos pocos pueblos de la cordillera del Cáucaso. En cambio, la semítica se extiende por Siria, Caldea, Arabia, Egipto, las costas septentrionales y gran parte de las occidentales de África; la indo-germánica, por toda Europa. Es evidente que si se hiciera de esas razas cuatro naciones, resultaría una división, sobre muy desigual, absurda.

Veamos las distintas ramificaciones de estas razas. No las hay de importancia ni en la caucásica ni en la vasca; pero sí en las otras. En la semítica distinguen, por de pronto, los naturalistas, la egipcia y la arábiga; en la indo-germánica, la eslavogermana y la ariorromana. Deteniéndonos en estas subdivisiones, tendríamos todavía una distribución de pueblos monstruosa. Por un lado, el pequeño grupo de los vascos; por otro, el no mucho mayor de los caucasianos; por otro, el de los que habitan desde el Bósforo y el mar Negro al golfo de Arabia y ocupan, en las costas orientales de África, la Abisinia; por otro, el de los que desde las fronteras septentrionales de la Nubia corren por las playas del Mediterráneo y del Atlántico hasta el golfo de Guinea y pueblan las islas Canarias; por otro, el de los que se extienden al Océano Ártico desde el Cáucaso, los Balcanes, los Alpes, las fronteras al Norte de Francia y el canal de la Mancha; por otro, el de los que desde esta línea bajan a bañarse en las aguas del Mediterráneo. En los últimos cuatro grupos no había de ser posible que viviesen unitariamente gobernadas y confundidas tantas y tan diversas gentes como los componen, atendidas las prevenciones y los odios que las separan, la diversidad de sus lenguas, de sus religiones y de sus costumbres, su diferente grado de cultura, la variedad de climas y aun de zonas bajo que muchas viven y el extenso espacio que ocupan.

Subdividamos otra vez, y no hemos de hallar todavía punto de reposo. No hablemos ya de la raza semítica, puesto que no tiene asiento en Europa. Los eslavogermanos se distinguen en germanos antiguos y eslavoletones; los ariorromanos, en grecorromanos y arios. Como antes contábamos dos, contamos ya en Europa cuatro grupos, prescindiendo de los vascos. La división dista de ser satisfactoria. En el grupo de los antiguos germanos van comprendidas Bélgica, Holanda, Suiza, Alemania, Dinamarca, Suecia, Noruega e Inglaterra; en el de los eslavoletones, Bosnia, Servia, Moldavia, Valaquia, Eslavonia, Hungría, Bohemia, Silesia, Polonia, Rusia, Lituania, Pomerania y hasta el Brandeburgo; en el de los grecorromanos, toda la actual Grecia, Rumelia, Italia, España, Francia, Escocia e Irlanda; en el de los arios, sólo la Albania, ¿Le parece aún posible al lector la unión de pueblos tan heterogéneos? Para realizarla sería preciso descomponer a Turquía, Austria, Prusia y la Gran Bretaña, agrandar aún más ese monstruo que se llama Rusia, y buscar en el mar del Norte el complemento del mundo grecorromano.

Si subdividimos de nuevo, en nada menguan las dificultades. Los arios eran un pueblo de Asia. Los que se establecieron en Europa fueren los antiguos tracios. De ellos se dice que derivaron como de un solo tronco los albaneses y los griegos. Así como los griegos llegaron a gran cultura y se derramaron por todas las costas septentrionales del Mediterráneo, los albaneses, si adelantaron, retrocedieron después y no salvaron las fronteras de su patria. Por este solo hecho, ¿habríamos de formar de sólo la Albania un pueblo y confundir luego en otro todas las naciones en que fue a reflejarse el espíritu helénico? No es ya, como se ve, posible dividir el grupo albanés o ario. Podemos subdividir el grecorromano en griego e itálico, pero sin fruto. Separaremos lo afín y dejaremos unido lo discorde. Pondremos a un lado la actual Grecia y Rumelia; al otro, el resto del mundo grecorromano. El grupo itálico seguirá extendiéndose por los Alpes y el canal de la Mancha a Irlanda. Ni importará gran cosa que dividamos el grupo eslavoletón en letones y eslavos; no arrancaremos con esto al mundo eslavo sino los pueblos situados en las riberas orientales del Báltico. No haremos tampoco más con dividir a los antiguos germanos en alemanes y escandinavos; quitaremos al grupo germano sólo la península de Suecia y Noruega, patria de los godo.

Podemos seguir subdividiendo; pero ¿a qué cansarnos? ¿Qué esperar de un criterio por el cual habríamos de formar una nación del pequeño grupo vasco, otra del grupo albanés, otra de los eslavos del Báltico, y, en cambio, abrazar en otra todos los demás pueblos eslavos y en otra todos los latinos con inclusión de parte de la Gran Bretaña? Una nueva división, antes aumentaría que disminuiría las dificultades. Se subdivide, por ejemplo, el grupo itálico en italianos y celtas; el eslavo, en eslavos del Sudeste, eslavos del Sur, eslavos del Este y eslavos del Oeste; el alemán, en alemanes del Norte y alemanes del Mediodía. Si seguimos esta subdivisión, nos vemos ya obligados a descomponer las viejas y las nuevas naciones: por la del grupo itálico, Italia, Francia y la Gran Bretaña; por la del grupo eslavo, Rusia, Austria y Prusia; por la del grupo alemán, la nueva Alemania. ¿Se me podrá dar, por otro lado, una regla medianamente racional para saber en qué subdivisión de las razas, es decir, en qué grado de la escala habré de pararme al determinar cada una de las naciones de Europa? Esta escala, téngase muy en cuenta, es indefinida. ¿Quién es capaz de apreciar, por ejemplo, las ciento y una variedades del grupo itálico? Para que nos cerciorásemos de si esas variedades abundan, bastaría que nos fijásemos en uno de los pueblos que lo componen. ¡Cuántas no encontraríamos sólo en España!

¡Si después de todo, esas razas se conservasen puras! Mas ¿cómo han de estarlo después de las invasiones de tan apartadas gentes, ya de Asia, ya de África, como se han establecido en Europa; después de tantas irrupciones de nuestros mismos pueblos del Norte sobre los del Mediodía? Existen entre nosotros restos de la raza semítica. Circula sangre germana por casi todos los pueblos latinos. Los mogoles, que constituyen, no ya una raza, sino una especie, tienen hoy mismo sus ramificaciones en los finlandeses y los lapones de Rusia, en los magiares de Hungría y en los osmanlis turcos. Al Norte de Prusia viven juntas y aun confundidas la raza germánica y la raza eslava; en Escocia, los sajones, variedad de la raza germánica, y los celtas, que lo son de la raza itálica.

Los hombres, además, no porque pertenezcan a una misma raza sienten más inclinación a unirse y asociarse. Conocidas son las frecuentes y encarnizadas guerras entre los pueblos latinos, entre los germanos, entre los eslavos; las ha habido, y no pocas, en este mismo siglo. Pero no es aún ésta la más palpable demostración de lo que estoy diciendo. Los vascos difieren de los demás pueblos de Europa, no sólo por la raza, sino también por la lengua. A pesar de hallarse reducidos a tan pequeño espacio, están distribuidos en cuatro regiones y jamás han querido formar un solo cuerpo. Tenemos otro ejemplo en los portugueses. Son de nuestra raza, hablan una lengua que es casi la nuestra, han sido españoles durante siglos, y son ahora para nosotros tan extranjeros como los alemanes y los rusos.

Las nacionalidades, Francisco Pi y Margall, 1876 Libro primero (Criterio para la reorganización de las naciones) Capítulo X El equilibrio europeo. Combinación de los diversos criterios