Y de los mios secarás el llanto?
Esta composicion nos trae á la memoria la celebrada cancion de Mira de Améscua, que presenta tantos objetos de la naturaleza como símiles de las diversas faces de su triste suerte.
De igual mérito es la segunda de las piezas citadas. ¡Qué pasion, qué ternura tan inocente, qué vigor de espresion la de este par de estrofas!
“Si otros ojos he visto, Mátenme, Fabio, tus airados ojos; Si á otro cariño asisto, Asìstanme implacables tus enojos; Y si otro amor del tuyo me divierte, Tú que me has dado vida, me des muerte.
Si á otro alegre he mirado, Nunca alegre me mires ni me vea; Si le hablé con agrado, Eterno desagrado en tí posea; Y si otro amor inquieta mi sentido, Sáquesme el alma tú que mi alma has sido.”
Lector, pon la mano sobre el corazon, y si no le sientes agitado despues de la lectura de esos versos, confiesa que le tienes de mármol.
En otras composiciones finge la poetisa el dolor de una mujer que ha perdido á su esposo, y da paso franco á un torrente de llanto y llamas que no puede contener en el propio corazon. Comienza con estos muy significativos y valientes versos.
“A estos peñascos rudos, Mudos testigos del dolor que siento, Que solo siendo mudos Pudiera yo fiarles mi tormento, *** Quiero contar mis males, &.”
Espresa luego en medio de un dolor delirante que, para mitigarle con la memoria de algun mal, habria querido que el esposo hubiese sido ménos amable y ménos fiel. Exajeracion hay sin duda en el pensamiento, pero mucha verdad en el modo de espresarlo: “¡Quién tan dichosa fuera Que de un agravio indigno se quejara!”
¡Quién un desden llorara!
¡Quién un alto imposible pretendiera!
¡Quién llegara de ausencia ó de mudanza Casi á perder de vista la esperanza!
¡Quién en ajenos brazos Viera á su dueño, y con dolor rabioso Se arrancara á pedazos Del pecho ardiente el corazon celoso!”
¡Qué versos todos! pero especialmente ¡qué versos los cuatro últimos!
son brasas desprendidas de la hoguera del corazon. Espronceda nos habia sorprendido con su esclamacion en el “Canto á Teresa:” “Huid, si no quereis que llegue un dia, En que enredado en retorcidos lazos El corazon, con bárbara porfía Lucheis por arrancároslo en pedazos.”
*** “Yo escondo con vergüenza mi quebranto, Mi propia pena con mi risa insulto, Y me divierto en arrancar del pecho Mi mismo corazon pedazos hecho;” pero los quilates de estos versos han rebajado bastante, á nuestro juicio, desde el punto en que hemos dado con los de la vehemente religiosa.
Basta para nuestro propósito lo que dejamos citado. Quien desee mas pruebas, lea las varias poesìas de carácter erótico en la compilacion que hemos formado de lo mas florido de las producciones de Sor Juana Ines. Solo falta que digamos, porque nos cumple decirlo, que en aquellas poesías tan apasionadas, tan fogosas, tan _sájicas_ por el espíritu que las anima, no obstante que desdicen del estado religioso de su autora, no hay desenvoltura repugnante, no hay aquel sensualismo pagano que, por ejemplo, se ha censurado en la monja portuguesa, Violante de Ceo, coetánea de Sor Juana Ines. Si esta poetisó movida por un sentimiento puramente humano, nunca consintió que llegasen á su lira los dedos de la inmunda lascivia. Fué monja contra la naturaleza de su genio, y escribió para fuera del convento. Su espíritu se escurrió al mundo por entre las rejas del locutorio; mas el espíritu del mundo no la extravió ni manchó jamas. Sus virtudes de monja, aunque en todo caso virtudes, fueron adquiridas por fuerza; sus virtudes seculares, excelentes para la vida social y activa, fueron espontáneas; en estas tuvo el mérito de la docilidad para seguirlas y de la sinceridad de mostrarlas sin ofender la modestia; en aquellas tuvo el mérito del valor y del sacrificio, pues que tuvo que luchar consigo misma: las poseyó por derecho de conquista.
De esta manera se esplica por qué su musa, mal avenida con la toca, prescindió con frecuencia de las virtudes ascéticas y respetó las sociales. Las primeras la obligaban á contradecir, á condenar sus afectos, y esto era imposible; las segundas podian santificar esos afectos quitándoles todo veneno corruptor, y á esa causa las dió preferencia.
No son ménos recomendables las demas poesías líricas de Sor Juana Ines, pues en todas ellas se ve patente su privilegiado ingenio y las dotes de su varonil al par que afectuoso corazon. Inclinada al tono cortesano, la gracia y el donaire le son naturales. La monotonía, la flojedad, el prosaismo, la vulgaridad que atras condenamos, son mucho ménos frecuentes en este género que en el dramático, y son asombrosos la habilidad y el garbo masculino y señoril con que se desembaraza de las mayores dificultades del arte y del pensamiento. Ha escrito buenos romances hasta en el frívolo género de la lisonja en los cumpleaños y otras felicitaciones; en algunos luce el sencillo y fácil lenguaje epistolar manejado con notable maestría. Su tino y delicadeza al espresarse en el seno de la amistad son admirables. Citemos como muestra el soneto en versos agudos que empieza: “En mi vida, que siempre tuya fué,” y que está dedicado á la marquesa de Mancera. Los dos sonetos á la muerte del duque de Veráguas, por desgracia no de los mejores como artìsticos, en el fondo encierran imágenes bellas y muy delicadas ideas. El cuarteto con que comienza el primero nos parece muy bueno: “Ves, caminante: en esta triste pira La potencia de Jove está postrada; Aquí Marte rindió su fuerte espada, Aquí Apolo rompió su dulce lira.”
Los dos versos con que termina el segundo nos atrevemos á calificarlos de ricas perlas: despues de lamentarse la poetisa derigiéndose á un caminante (¡siempre ha de ser caminante el que lea un epitafio!), se consuela al considerar que vivirá la memoria del noble duque, pues “En las piedras verás el _Aquí yace_, Mas en los corazones, _Aquí vive_.”
Entre las cualidades que mas llaman la atencion al leer las obras de la musa mejicana, no debemos olvidar tampoco el gran conocimiento que muestra del corazon humano, y la tendencia que de aquì le viene á filosofar, indagando ya la naturaleza de las pasiones, ya sus consecuencias, ó bien examinando y pesando los sucesos de la vida con seso y pulso superiores á su sexo y al tiempo y tierra en que vivió.
Como prueba de esta verdad, ahí están sus cuartetas “A los hombres,” en que con estilo severo y lógica percuciente les echa en cara su indigno porte con las mujeres, de cuyas faltas y vicios ellos son responsables ante Dios y la sociedad; ahí están igualmente varios de sus sonetos, como el que comienza: “Fabio, en el ser de todos adoradas Son todas las beldades codiciosas,” el cual encierra una leccion maestra sobre la ambicion de las mujeres en lo tocante al amor. El soneto X, “Miró Celia una rosa que en el prado &, es otro estudio muy acertado del corazon femenino. No son ménos notables los sonetos históricos “A Lucrecia,” “La esposa de Pompeyo” y “A Porcia.” El temple de alma de estas heroinas de la antigua Roma halló correspondencia en el alma de Sor Juana Ines, que á no haber tenido virtudes cristianas, no le habrían faltado las nobles prendas de aquellas mujeres.
Ahí están, por ùltimo como pruebas de nuestro sentir, unos cuantos trozos en los versos y en la prosa, que puede ir observando el atento lector.
En las poesías religiosas es inferior la monja, mas en ningun caso despreciable. Lo que mas se presta á la censura es el haber empleado en ellas un lenguaje profano, y á veces hasta chocarrero. Las mejores son las que produjo cuando, despues de haber vendido su librería y dado completamente de mano á las cosas del mundo, se entregó fervorosa á las prácticas devotas. Al principio de esta época debe referirse el bello romance que comienza con estas dos fàciles y sentidas cuartetas: “Miéntras la gracia me excita Por levantarme á la esfera, Mas me abate á lo profundo El peso de mis miserias.
“La virtud y la costumbre En el corazon pelean, Y el corazon agoniza En tanto que lidian ellas.”
En este romance se ve ciertamente que el corazon de la sensible religiosa sirviò de palestra á la lucha de encontrados afectos, y, triunfe cualquiera de ellos, por demas seguro era que el corazon quedaría mal parado.
Un villancico ligero y gracioso al sueño de San José, da principio con un pensamiento semejante al de “La flor de Zurguen” de Meléndez Valdes: “Quietos, airecillos, No, no susurreis; Mirad que descansa Un rato José.
“No, no os movais, Oh no, no voleis; Quedito, pasito, Que duerme José.”
En el género de poesìa que nos ocupa empleaba algunas veces nuestra monja el metro llamado _lira_, hoy en desuso, y que en composiciones de corto aliento no deja de ser agradable, porque entónces la repeticion cadenciosa de ciertas palabras no fastidia, como tampoco es fastidioso el compasado martilleo del mismo verso en la letrilla, tan usada por los poetas modernos.
Sor Juana, versada en el latin, no solo tradujo versos de esta lengua, sino que los hizo con soltura y donaire.
La poesía juguetona y burlesca ocupó tambien con frecuencia la lira de la célebre poetisa. Se chancea de las simplezas de un caballero español que la comparó con el ave Fénix, echa unas cuantas pullas á un poeta peruano[D] que le dedicó un romance, y burlándose con sorprendente facilidad de los consonantes forzados en varios sonetos, lanza agudas saetas ya contra _Teresilla_, ya contra los mismos que la tentaron con la dificultad que acepta y vence; saetas que, en puridad, habria sido mejor que no todas saliesen de su aljaba, porque hieren demasiado...En el “Retrato de una belleza,” imitacion de Jacinto Polo, segun la misma autora, hay algunos rasgos satíricos bastante felices; pero cansa y fatiga su demasiada extension.
Los epigramas son breves y agudos. Los mas recomendables son el primero y el tercero; mas de las ideas que encierran decimos lo que de aquellas saetas, pues no nos parecen dignas de una monja, ni siquiera propias de una dama de la delicadeza y pulcritud de corazon de Juana Ines. Tenemos, por lo mismo, que apreciarlos prescindiendo de la autora, de cuya pluma no quisiéramos ver destilar ni una sola gota de acíbar.
De las comedias, “Amor es mas laberinto,” que pertenece al género heróico, es un embrollo inverosímil y pesado, que no tiene otra cosa recomendable si no es, por lo general, su bella y delicada versificacion. El segundo acto es obra de don Juan de Guevara, y colocado entre el primero y tercero de Sor Juana Ines, hace el efecto de una piedra pómez entre dos trozos de mármol. El lirismo que predomina en todas las poesías de la monja, se estiende á sus composiciones dramáticas, y es quizá mas notable en la comedia que nos ocupa.
La segunda intitulada “Los empeños de una casa,” y que pertenece á las de capa y espada, vale mucho mas, aunque el artificio de la trama la hace tambien en muchas partes inverosìmil de puro enredado, defecto muy frecuente, á nuestro ver, hasta en varias de las mejores piezas dramáticas españolas de aquel siglo y del siguiente. El exceso de ingenio perjudicaba á sus autores, como perjudica á los árboles la exuberancia de savia.
Es de notar que en la pintura de doña Leonor hecha en la primera jornada de esta pieza, se descubre el intento de la autora de hacer su propio retrato.
En ambas comedias observamos que la poetisa gusta de escenas en la noche y á media luz para facilitar los toques cómicos ó dramáticos, ó el desenlace de algun punto muy complicado; en ambas asimismo hay doncellas y graciosos de tipo muy español, que sirven de confidentes y pajes á los principales protagonistas. En fin, por defectuosas que sean, no se puede desconocer en ellas la escuela á que pertenecen y la hábil mano que las ha trazado.
En punto á caracteres, aunque Sor Juana Ines los ha sostenido bien, no ha pintado ninguno que se distinga por la originalidad; y son, ademas, escasos de vivacidad y movimiento en las pasiones, y bastante pálidos é insustanciales.
Con todo, “Los empeños de una casa” se lee con mucho agrado, á beneficio de la flexibilidad y gracia del estilo, y de la soltura y armonía del verso.
El argumento, desembarazado de sus numerosos incidentes y reducido á su plan fundamental, queda así: don Pedro y don Cárlos son á un tiempo amantes de doña Leonor, quien corresponde al segundo. Doña Ana, hermana del primero, es amada de don Juan; mas se prenda ciegamente de don Cárlos. Este ha robado á Leonor y fuga con ella; pero don Pedro lo ha sabido con anticipacion, y merced á las arterías que emplea, son sorprendidos en la calle por dos embozados. Se cruzan los aceros, don Cárlos hiere á uno de ellos; los amantes son presos por la supuesta justicia, y doña Leonor es entrada y puesta en depósito en casa de don Pedro, como este lo habia dispuesto. Pero, sin saberlo ella, don Cárlos, que ha logrado fugar, cae tambien en la misma casa. Ambos hermanos aprovechan la coyuntura, y don Pedro requiere á doña Leonor, y doña Ana á don Cárlos, aunque esta con disimulo y maña, procurando al mismo tiempo, por medio de la astuta Celia, su doncella, romper los amores de él con Leonor, quien sencillamente le instruyó de ellos. Despues de un intrincado laberinto de hechos, por obra de las tramas de doña Ana y Celia, y de los recíprocos celos de todos los amantes, incluso don Juan que ya sospecha de aquella, fugan por la noche doña Leonor y don Cárlos, ambos engañados, pues él cree que ella es doña Ana y la otra que él es don Juan. Como don Cárlos diera este paso por salvar de un lance de honor á la hermana de don Pedro, juzga prudente llevarla á casa de don Rodrigo, padre de Leonor, que la supone robada por don Pedro. Entretanto Ana, que no pudo huir, quiere salvar á don Cárlos, y equivocadamente pone á don Juan en un escondite, miéntras don Pedro galantea y requiebra al paje Castaño, que para facilitar su evasion se disfrazó con los vestido de doña Leonor. Don Rodrigo, viejo prudente, quiere salvar la honra de su hija casándola con don Pedro, y la honra de doña Ana, á quien piensa que tiene en su casa, enlazándola con don Cárlos. Vase, pues, á hacer sus arreglos con don Pedro, que, por supuesto, acepta al instante la proposicion del anciano para él y para su hermana. Esta, que todo lo ha estado oyendo, se presenta de sobresalto y gozosa, sorprendiendo mucho á don Rodrigo, y hace salir del escondite al supuesto don Cárlos; y don Cárlos, que todo lo ha visto tambien, observa lleno de confusion que Ana está presente y que luego asoma por ahí su amada. Lánzase airado en medio de todos para sacarla, y da con su paje disfrazado. Auméntase el asombro, pues todos van conociéndose; don Pedro se enfurece contra Castaño, doña Ana se ve corrida, mohino don Juan, y doña Leonor que aparece á tiempo para que todo se desenrede, confiesa su pasion por don Cárlos, con quien al fin don Rodrigo consiente en casarla. Ana se conforma con sus antiguos amores y acepta á don Juan, y don Pedro se queda con sus galanterías mal empleadas en Castaño, el que se burla del pobre caballero y termina por echar unos piropos á Celia.
Tal es el argumento, ingenioso sin duda, que la autora ha ido desenvolviendo y manejando por medio de unos cuantos resortes que le sugeria su fecunda imaginacion. Hay diálogos animados, y Castaño no deja de tener sal en algunos pasages.
En los autos se ha sujetado nuestra monja con fidelidad á las reglas del género, y los ha escrito como Calderon y Lope de Vega; pero en estos dramas que han caido en total desuso, y en los cuales la fe ayudaba poderosamante á la imaginacion, se presentan mas de bulto los defectos en que solía incurrir Sor Juana Ines, y de los cuales hemos tratado ya, sin que por esto neguemos las bellezas que tan raro ingenio ha esparcido en dichas producciones. Se cita como el mejor el auto intitulado _El Divino Narciso_; mas creemos que al lado de este esfuerzo de la inventiva de Sor Juana, en que la alegoría es á veces un enigma, pudiera colocarse, quizas con ventaja, el _San Hermenegildo mártir_.
VI El verso es para el corazon y la prosa para la cabeza; aquel es el sentimiento, esta la lógica.
No queremos decir que no se puedan espresar los mas vivos afectos tambien en prosa, ni que el metro anda reñido con la gravedad del raciocinio; nada de eso, pues no hacemos sino indicar el mejor y mas natural empleo relativo de cada una de esas formas.
Sor Juana Ines de la Cruz, como hemos visto, empleó el verso cuando quiso mostrarse poetisa, esto es, cuando quiso hablar con el corazon, dando salida á los afectos que en él hervian. Pero al proponerse escribir con los materiales acumulados en su privilegiada cabeza, manejó la prosa como debia y podia, con desenfado y galanura.
Las frecuentes citas en latin y la pesada forma silogística, así como tambien algunas sutilezas y rebuscadas frases, son los defectos de cuenta que Sor Juana Ines no ha podido evitar en esta clase de escritos.
Era bien difícil que hubiera alcanzado á sacudirse del escolasticismo y gusto de la época, y es mucho verla desempeñarse de la manera que lo hace, á fuerza de talento y de saber, de profunda penetracion y delicado sentimiento. La naturaleza se sobrepuso á la escuela, y la lucidez de la inteligencia á las sombras del estragado gusto á la moda. La lengua, salvo tal cual defecto proveniente del mismo descarrío ó amaneramiento de la forma, y del melindre en labrar y redondear las mas sencillas ideas, muestra en el fondo pureza y casticismo dignos de alabanza. Si las producciones de la madre Juana pecan tal cual vez por la innecesaria espresion de muchos conceptos, juzgamos que, por otra parte, no pueden ser tachados de inútil fraseología, defecto capitalísimo en el dia, hasta en algunos de los que han alcanzado fama de grandes escritores en Europa y América.
El escrito en prosa en que nuestra monja quiso hacer mayor alarde de las premisas y consecuencias peripatéticas, y en el que, por lo mismo, es bastante cansada, es la “Crísis sobre un sermon;” pero, en cambio, en él resaltan como en ningun otro la fuerza viril de su inteligencia, su razon despejada y los profundos conocimientos escriturarios que llegó á poseer. El predicador, que fué el afamado padre Vieira, portugues, se empeñó en lucir su pedantesco saber y dió márgen á que la monja le despedazase bajo los golpes de una censura lógica y bien dirigida. El tema del sermon fué proponer la opinion de los santos Agustin, Tomas y Juan Crisóstomo acerca de las finezas de Cristo para con los hombres, y contradecirla luego probando que _mayor fineza fué ausentarse que morir_. La simple enunciacion de semejante aserto hace comprender cuales serian las sutilezas y falsedad de la dialéctica del buen orador.
La sabia religiosa, gastando excesiva urbanidad con él, analiza y escudriña su obra, defiende á los santos, y con argumentos que los escritos de estos mismos y las Santas Escrituras la proporcionan, sostiene la tésis contraria, motejando de paso y con sagaz disimulo la vanidad del predicador que llegó á decir no hallaba quien pudiese contradecirle.
Pongamos como muestra del estilo y manera de raciocinar de la monja el siguiente trozo: “Pero porque me propuse probar que no es la ausencia mayor dolor que la muerte, y, por consiguiente, ni mayor fineza, sino al contrario, será preciso responder á la prueba de la Magdalena, y así digo: Que de llorar la Magdalena en el sepulcro y no llorar al pié de la cruz, no se infiere sea mayor dolor el de la ausencia que el de la muerte; ántes lo contrario. Pruébolo: “Cuando se recibe algun grande pesar, acuden todos los espíritus vitales á socorrer la agonía del corazon que desfallece. Y esta retraccion de espíritus ocasiona general embargo y suspension de todas las acciones y movimientos, hasta que moderándose el dolor, cobra el corazon alientos para su desahogo, y exhala por el llanto aquellos mismos espíritus que le bruman por confortarle, en señal de que ya no necesita de tanto fomento como al principio. De donde se prueba por razon natural: Que es menos el dolor cuando da lugar al llanto, que cuando no permite que se exhalen los espíritus, porque los necesita para su aliento y confortacion. Pruébase con que este mismo efecto suele ocasionar un gozo: luego no son indicio de muy grave dolor las lágrimas, pues son un signo tan comun, que indiferentemente sirve al pesar y al gusto.”
Esta crítica fué ocasion de que Sor Filotea de la Cruz, religiosa de cuenta por su alcurnia, virtudes é inteligencia, dirigiese á la autora la carta que ántes hemos citado, no despreciable por la manera con que está escrita.[E] En ella elogia la obra de Sor Juana, que mandó imprimir con el título “Carta atenagórica,” y despues de apreciar y aplaudir la aficion de las mujeres á las letras, y especialmente en Sor Juana Ines el cultivo de la poesía, la aconseja que sinembargo modere su amor á las ciencias profanas y emplee en las divinas la mayor parte del tiempo.
A Sor Filotea respondió extensamente la poetisa. La naturaleza de este escrito no permitió el movimiento y tono escolásticos. Tiene algunos rasgos calcados sobre el gusto dominante, como tal cual meloso concepto, unas pocas sutilezas y muchas citas en latin, que si bien prueban clásica erudicion, no por eso dejan de ser fastidiosas. En cambio el español está manejado con pulcritud y gallardía, el estilo, si bien no siempre epistolar, es natural y fluido, la erudicion es oportuna y la riqueza y flexibilidad de imaginacion siempre de encumbrada poetisa. La lectura de esta carta es, pues, muy agradable; sus buenas cualidades hacen olvidar sus cortos defectos. Principia agradeciendo á Sor Filotea en palabras casi humildes el haber hecho publicar la “Crísis sobre un sermon;” pasa á darle algunas noticias sobre su propia vida y estudios, y termina defendiéndose de las acusaciones que se le habian hecho á causa de su amor y consagracion á ellos.
El “Neptuno alegórico,” descripcion en verso y prosa de un arco de triunfo erigido en Méjico en honra del conde de Parédes, virey de Nueva España, es lo que ménos vale de lo escrito por Sor Juana Ines. Pero su prosa mística tiene grande mérito, porque ademas de las buenas partes que hemos notado en las piezas que acabamos de examinar, sus oraciones y meditaciones están adornadas de tal sencillez y blandura de afectos, de tal uncion devota y espíritu de profunda verdad, que ojalá estuviesen escritos por ese tenor los centenares de libros de esta clase que andan hoy en manos de la gente piadosa hasta en nuestras mas cortas y pobres aldeas. Los “Ejercicios devotos” para la novena de la Encarnacion son lo mejor que en este género de escritos ha dejado Sor Juana Ines.
ADVERTENCIAS.
1ª. Al verificar la seleccion de las obras de Sor Juana Ines de la Cruz, he creido conveniente cambiar ó simplificar los títulos ampulosos y enfáticos de muchas poesías, pues no habia para qué conservar un defecto que era propio del tiempo de la autora, y cuya correccion en nada altera lo sustancial de sus producciones.
2ª. He corregido la ortografía, cuyos vicios maleaban el sentido de mas de un pasage.
3ª. He hecho unas pocas y breves alteraciones en los lugares en que no cabe duda que las faltas ó errores provienen de la imprenta; libertad que me he tomado con tanta mas razon, cuanto las ediciones de los tres tomos que he consultado, son viciadas por demas, y ninguno tiene fe de erratas.
4ª. De varias piezas no he tomado sino fragmentos; pero lo he verificado de manera que, en lo posible, tengan ilacion y sentido cabal; esto es, que para ser entendidos no les haga falta la parte suprimida.
En ninguno de los cuatro casos se hallará ni el mas ligero cambio ú omision que pueda desfigurar, en el fondo ó en la forma, las producciones de la insigne religiosa que hoy vuelven á salir á luz; al contrario, ademas de fielmente copiadas van exentas de la mala compañía de otras que las oscurecian, y puestas en el órden conveniente.
_J. Leon Mera._ OBRAS SELECTAS DE LA MONJA DE MEJICO.
ROMANCES.
I.
_A los condes de Paredes, vireyes de Méjico, con motivo de haber concurrido á una fiesta en el monasterio de San Gerónimo._[F] Hoy que las luces divinas De uno y otro luminar Se avecinan á la tierra Sin ocultarse en el mar: Hoy que se muestran benignos, Depuesto el tono real, Jove sin vibrar el rayo, Juno sin la majestad: Hoy que Vénus de sus cisnes Desunce el carro triunfal, Y por América olvida De Chipre la amenidad: Hoy que gloriosa Belona Tremola señas de paz, Y por el ramo de oliva Depone el asta fatal: Hoy que Apolo ardiente deja El monte de fatigar, Y dejadas las saetas Usa la lira no mas: Hoy que pacífico Marte Deja el estruendo marcial, Y en tranquila paz conmuta El estrépito campal: Hoy que Alcídes apacible En dulce tranquilidad Y con mejor Yole cambia Lo fuerte por lo galan: Hoy, en fin, que en esta casa Humanada la deidad, Cuanto está mas disfrazada, Tanto está mas celestial, Su dueño, que en reverentes Obsequios quiere mostrar Que solo paga en deseos Lo que no puede pagar, No intenta pedir perdones, Aunque ve su cortedad, Pues sabe que en los favores El primero es perdonar; Y pedir lo que se ha dado Fuera querer estrechar De una peticion al voto Tanta liberalidad; Pues sabe que las deidades No tienen necesidad, Como obran independientes, De méritos para obrar; Porque ántes en el indigno Hace la grandeza mas: Que es la estrechez del mendigo Lisonja del liberal; Que á no haber necesitados No hallara objeto capaz, Y era frustránea potencia A faltar necesidad.
El bien es comunicable, Y si llegara á faltar Con quien, siempre fuera bien, Mas no fuera utilidad.
Y así gustoso en su esfera, Otra no quiere envidiar, Pues merece que tres soles Le lleguen á iluminar; Y remitiendo al silencio Lo que no puede esplicar, A sí mismo de sus dichas Los parabienes se da.
II _Dando el parabien á un doctorado._ Gallardo jóven ilustre, Que en bien logrados abriles De sazon temprana ofreces Frutos que el Otoño envidie.
Tú que en gloriosa palestra De las literarias lides, Al alto honor de las ciencias Nuevo añades sacro timbre; Cuyo nombre será siempre, En inscripciones plausibles, Fatiga honrosa á los bronces, Dulce afan á los buriles; Hoy que doctoral insignia Tu dichosa frente ciñe, Y que de la amarga siembra Gustosos frutos percibes, Goza el laurel, goza el premio Que tu fama te apercibe, Puro blason que te adorne, Cándido honor que te anime; Gózale honroso, aun que corto Desigualmente compite El que tus sienes halaga Al que tus méritos piden; Gózale, excepcion del tiempo, Y porque el mundo te admire, Vive tanto como sabes, Goza tanto como vives.
III _A un caballero español que dirigió á la autora un romance, diciéndola haber hallado en ella el fénix._ Válgate Apolo por hombre [No acabo de santiguarme Mas que vieja cuando Jove Dispara sus triquitraques] De tan paradoja idea, De tan remoto dictámen; Sin duda que este el autor Es de los estravagantes.
Buscando dice que viene Aquel pájaro que nadie, Por mas que lo alaben todos, Ha sabido á lo que sabe; Para quien las cetrerias Se inventaron tan en balde, Que es un gallina el alcon Y una mandria el gerifalte, El azor un avechuelo, Una marimanta el sacre, Un cobarde el tagarote Y un menguado el gavilane; A quien no se le da un bledo De que se prevenga el guante, Pihuelas y capirote, Con todos los demas trastes, Que bien mirados son unos Trampantojos borëales, Que inventó la golosina Para alborotar el aire; De cuyo antojo quedaron, Por mucho que lo buscasen, Sardanápalo en ayunas, Heliogábalo con hambre.
De él el pobre caballero Dice que viene al alcance, Revolviendo las provincias Y trasegando los mares; Que para hallarlo, de Plinio Un itinerario trae, Y un mandamiento de Apolo Con las señas de _rara avis_.
¿No echas de ver, peregrino, Que el fénix sin semejante Es de Plinio la mentira Que de sí misma renace?
En fin, hasta aquí es nonada; Mas nunca falta quien cante Daca el fénix, toma el fénix, En cada esquina de calle.
Es lo mejor que es á mí A quien quiere encenizarme, O enfenixarme, supuesto Que allá uno y otro se sale.
Dice que yo soy la fénix Que, burlando las edades, Ya se vive, ya se muere Ya se entierra, ya se nace; La que hace de cuna y tumba Diptongo tan admirable, Que le mece de nacida La que le guardó cadáver; La que en fragantes incendios De las gomas mas suaves, Es parecer consumirse Volver á vivificarse; La mayorazga del sol, Que, cuando su pompa esparce, Le engasta Ceilan el pico, Le enriza Ofir el plumage; La que mira con záfiros, La que vuela con diamantes, La que pica con rubíes Y respira suavidades; La que Atrópos y Laquésis Es de su vital estambre; Pues es la que corta el hilo Y la que vuelve á enhebrarle.
Que yo soy, jurado Apolo, La que vive de portante, Y en la vida como en venta, Ya se mete, ya se sale.
Que es Arabia la feliz Donde sucedió á mi madre Mala noche y parir hembra, Segun dicen los refranes.
(Refranes, dije, y es que Me lo rogó el consonante, Y porque hay regla que dice; En fin, donde se pasó La rota de Roncesválles; Aunque quien nació de nones no debiera tener pares.
Que yo soy la que andar suele En símiles elegantes, Abultando los renglones Y engalanando romances.
El lo dice, y de manera Eficaz lo persüade Que casi estoy por crerlo, Y de afirmarlo por casi.
¡Qué fuera, que fuera yo Y no lo supiera ántes!
Pues ¿quién duda que es el fénix El que ménos de sí sabe?
Por Dios, yo lo quiero ser, Pésele á quien le pesare; Pues de que me queme yo No hay razon que otro se abrase.
Yo no pensaba en tal cosa; Mas si él gusta graduarme De fénix, ¿he de echar yo Aqueste honor á la calle?
¿Qué mucho que yo lo admita?
Pues nadie puede espantarse De que haya quien se enfenice, Cuando hay quien se ensalamandre, Y de esto segundo vemos Cada dia los amantes, Al incendio de unos ojos Consumirse sin quemarse; Pues luego no será mucho, Ni cosa para culparme, Si hay solamandras barbadas Que haya fénix que no barbe, Quizá por esto nací Donde los rayos solares Me mirasen de hito en hito, No vizcos, como á otras partes.
Lo que mas gusto me ha dado Es ver que de aquí adelante Tengo solamente yo De ser todo mi linage.
¿Hay cosa como saber Que no dependo de nadie, Que he de vivirme y morirme Cuando á mí se me antojare?
¿Que no soy término ya De relaciones vulgares, Ni ha de cansarme el pariente Ni molestarme el compadre?
¿Que yo soy toda mi especie, Y que á nadie he de inclinarme, Pues cualquiera debe solo Amar á su semejante?
¿Que al médico no he de ver Hacer juicio de mi achaque, Pagándole el que me cure Tanto como el que me mate?
¿Que mi tintero es la hoguera Donde tengo de quemarme, Supliendo los algodones Por aromas orientales?
¿Que las plumas con que escribo Son las que al viento se baten, No ménos para vivirme Que para resucitarme?
¿Que no he de hacer testamento, Ni cansarme en _item mases_, Ni inventario, pues yo misma He de volver á heredarme?
Gracias á Dios que ya no He de moler chocolate, Ni me ha de moler á mí Quien viniere á visitarme.
Ya con estas buenas nuevas De hoy mas tengo de estimarme, Y de etiquetas de fénix No he de perder un instante.
Ni tengo ya de sufrir Que en mí los poetas hablen, Ni ha de verme de sus ojos El que no me lo pagare.
¿Cómo? Eso se querrian Tener el fénix de balde: ¿Para qué tengo yo pico Si no es para despicarme?
¡Qué dieran los saltimbancos Para poder agarrarme, Y llevarme como monstruo Por esos andurrïales De Italia y Francia, que son Amigas de novedades!
Y ¡qué pagaran por ver La cabeza del gigante, Diciendo: “Quien ver el fénix Quisiere, dos cuartos pague, Que lo muestra maese Pedro En la posada de Jáques!”
Aqueso no, no vereis En este fénix, vergantes, Que por eso está encerrado Debajo de treinta llaves.
Y supuesto, caballero, Que á costa de mil afanes En la Invencion de la Cruz Vos la del fénix hallásteis.
Por modo de privilegio De inventor, quiero que nadie Pueda, sin vuestra licencia, A otra cosa compararme.
IV _A la condesa de Paredes, escusándose de enviarla un cuaderno de música._ Despues de estimar mi amor, Excelsa, bella María, El que en la divina vuestra Conserveis memorias mias; Despues de haber admirado Que en vuestra soberanía, No borrada de mi amor Se mantenga la noticia; Paso á daros la razon Que á no obedecer me obliga Vuestro precepto, si es que hay Para esto disculpa digna.
De la música un cuaderno Pedis, y es cosa precisa Que me haga á mí disonancia Que me pidais armonías.
¿A mí, señora, conciertos, Cuando yo en toda mi vida No he hecho cosa que pudiera Sonarme bien á mí misma?
¿Yo arte de composiciones, Reglas, caracteres, cifras, Proporciones, cantidades, Intervalos, puntos, líneas?
Quebrándome la cabeza Sobre cómo son las sismas, Si son cabales las comas, En qué el tono se divisa; Si el semitono incantable En número impar estriba, A Pitágoras sobre esto Revolviendo las cenizas; Si el diatesaron ser debe Por consonancia tenida, Citando una estravagante En que el papa Juan lo afirma; Si el temple de un instrumento Al hacerlo necesita De hacer participacion De una coma que hay perdida; Si el punto de alteracion A la segunda se inclina, Mas porque ayude á la letra, Que porque á las notas sirva; Si el modo mayor perfecto En la máxima consista, Y si el menor toca al longo, Cual es altera, cual tripla; Si la imperfeccion que causa A una nota otra mas chica, Es total, ó si es parcial, Esencial ó advenediza; Si la voz que, como vemos, Es cantidad sucesiva, Valga solo aquel respeto Con que una voz de otra dista;