SigPhi · Sor Juana Ines de la Cruz

Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz precedid

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Viven de la fortuna querellosas, Porque piensan que mas que ser hermosas Constituye deidad el ser rogadas.

Mas yo soy en aquesto tan medida, Que en viendo á muchos mi atencion zozobra, Y solo quiero ser correspondida De aquel que de mi amor reditos cobra; Porque es la sal del gusto ser querida, Y daña lo que falta y lo que sobra.

X.

Miró Celia una rosa que en el prado Ostentaba feliz su pompa vana, Y con afeites de carmin y grana Bañaba alegre el rostro delicado; Y dijo: Goza sin temor del hado El curso breve de tu edad lozana; Pues no podrá la muerte de mañana Quitarte lo que hubieres hoy gozado.

Y aunque llega la muerte presurosa Y tu fragante vida se te aleja, No sientas el morir tan bella y moza; Mira que la esperiencia te aconseja Que es fortuna morirte siendo hermosa, Y no ver el ultraje de ser vieja.

XI.

_A Lucrecia._ ¡Oh famosa Lucrecia! gentil dama De cuyo desgarrado noble pecho Salió la sangre que extinguió, á despecho Del rey injusto, la lasciva llama!

¡Oh con cuánta razon el mundo aclama Tu virtud! pues por premio de tal hecho Aun es para tus sienes cerco estrecho La amplísima corona de tu fama.

Pero si el modo de tu fin violento Puedes borrar del tiempo y sus anales, Quita la punta del puñal sangriento Con que pusiste fin á tantos males, Que es mengua de tu honrado sentimiento Decir que te valiste de puñales.

XII.

_A la misma._ Intenta de Tarquino el artificio A tu pecho, Lucrecia, dar batalla: Ya amante llora, ya modesto calla, Ya ofrece toda el alma en sacrificio.

Y cuando piensa ya que mas propicio Tu pecho á tanto imperio se avasalla, El premio, como Sísifo, que halla Es empezar de nuevo el ejercicio.

Arde furioso y la amorosa tema Crece en la resistencia de tu honra, Con tanta privacion mas obstinada.

¡Oh providencia de deidad suprema!

Tu honestidad motiva tu deshonra, Y tu deshonra te eterniza honrada.

XIII.

_La esposa de Pompeyo._ La esposa heroica de Pompeyo altiva, Al ver su vestidura en sangre roja, Con generosa cólera se enoja De sospecharlo muerto y estar viva.

Rinde la vida en que el sosiego estriva De esposo y padre, y con mortal congoja La concebida sucesion arroja, Y de la paz con ella á Roma priva.

Si el infeliz concepto que escondia En sus entrañas Julia, no abortara, La muerte de Pompeyo escusaria.

¡Oh tirana fortuna! quién pensara Que con el mismo amor que le tenia, Con ese mismo amor se la causara!

XIV.

_A Porcia._ ¿Qué pasion, Porcia, que dolor tan ciego Te obliga á ser de tí fiera homicida?

O ¿en qué te ofende tu inocente vida Que así le das batalla á sangre y fuego?

Si la fortuna airada, al justo ruego De tu esposo se muestra endurecida, Bástele el mal de ver su accion perdida, No acabes con tu muerte su sosiego.

Deja las brasas, Porcia, que mortales Impaciente tu amor elegir quiere; No al fuego de tu amor el fuego iguales; Porque, si bien de tu pasion se infiere, Mal morirá en las brasas materiales Quien en las llamas del amor no muere.

XV.

¿Vesme, Alcino, que atada á la cadena De amor, sufro en sus hierros aherrojada Mísera esclavitud, desesperada De libertad, y de consuelo ajena?

¿Ves de dolor y angustia mi alma llena, De tan fieros tormentos lastimada, Y entre las vivas llamas abrasada, Juzgarse por indigna de su pena?

¿Vesme seguir, sin alma, un desatino Que yo misma condeno por estraño?

¿Vesme derramar sangre en el camino, Siguiendo los vestigios de un engaño?

¿Muy admirado estás? Pues mira, Alcino, Mas merece la causa de mi daño.

XVI.

_Despues de una enfermedad de la autora. A la vireina, marquesa de Mancera._ En mi vida, que siempre tuya fué, Laura divina, y siempre lo será, La parca fiera, que en seguirme da, Quiso asentar por triunfo el duro pié.

Yo de su atrevimiento me admiré, Que si debajo de tu imperio está, Tener fuero no puede en ella ya, Pues del suyo contigo me libré.

Para cortar el hilo, que no hiló, La tijera mortal abierta ví: “¡Ay parca fiera! dije entonces yo, Mira que Laura sola manda aquí.”

Ella corrida al punto se apartó, Y dejóme morir solo por ti.

XVII.

(CONSONANTES FORZADOS.)

Aunque eres, Teresilla, tan _muchacha_, Le das qué hacer al pobre de _Camacho_, Porque dará tu disimulo un _cacho_ A aquel que se pintare mas sin _tacha_.

De los empleos que tu amor _despacha_ Anda el triste cargado como un _macho_, Y tiene tan crecido su _penacho_, Que ya no puede entrar, si no se _agacha_.

Estás á hacerle burlas ya tan _ducha_, Y á salir de ellas bien estás tan _hecha_, Que de lo que tu vientre _desembucha_.

Sabes darle á entender, cuando _sospecha_, Que has hecho, por hacer su hacienda _mucha_, De ajena siembra suya la _cosecha_.

XVIII.

(CONSONANTES FORZADOS.)

Ines, yo con tu amor me _refocilo_, Y viéndome querer me _regodeo_; En mirar tu hermosura me _recreo_, Y cuando estás celosa me _reguilo_.

Si á otros miras, de celos me _aniquilo_, Y tiemblo de tu gracia y tu _meneo_, Porque sé, Ines, que tu con un _boleo_ No dejarás humor ni para _quilo_.

Cuando estás enojada, no _resuello_; Cuando me das picones, me _refino_; Cuando sales de casa, no _reposo_; Y espero, Ines, que entre esto y entre _aquello_ Tu amor, acompañado de mi _vino_, Dé conmigo en la cama ó en el _coso_.

XIX.

_A la esperanza._ Diurna enfermedad de la esperanza, Que así entretienes mis cansados años, Y en el fiel de los bienes los daños Tienes en equilibrio la balanza, Que siempre suspendida, en la tardanza De inclinarse, no dejan tus engaños Que lleguen á exceder en los tamaños La desesperacion ó la confianza; ¿Quién te ha quitado el nombre de homicida?

Pues lo eres mas severa, si se advierte, Que suspendes el alma entretenida; Y entre la infausta ó la felice suerte No lo haces tú por conservar la vida, Sino por dar mas dilatada muerte.

XX.

¿Qué es esto, Alcino? ¿Cómo tu cordura Se deja así vencer de un mal celoso, Haciendo con estremos de furioso Demostraciones más que de locura?

¿En qué te ofendió Celia, si se apura?

O al amor ¿por qué culpas de engañoso, Si no aseguró nunca poderoso La eterna posesion de su hermosura?

La posesion de cosas temporales, Temporal es, Alcino, y es abuso El querer conservarlas siempre iguales.

Conque, tu error ò tu ignorancia acuso; Pues fortuna y amor de cosas tales La propiedad no han dado, sino el uso.

XXI.

Silvio, yo te aborrezco, y aun condeno El que estés de esta suerte en mi sentido, Que infama el hierro el escorpion herido, Y mancha, á quien lo huella, inmundo el cieno.

Eres como el mortífero veneno Que daña á quien lo vierte inadvertido; Y, en fin, eres tan malo y fementido Que aun para aborrecido no eres bueno.

Tu aspecto vil á mi memoria ofrezco, Aunque con susto me lo contradice, Por darme yo la pena que merezco; Pues cuando considero lo que hice, No solo á ti, corrida, te aborrezco, Pero á mí, por el tiempo que te quise.

XXII.

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes En decir que me acuerdo de olvidarte, Pues no hay en mi memoria alguna parte En que, aun como olvidado, te presentes.

Mis pensamientos son tan diferentes Y en todo tan ajenos de tratarte, Que ni saben si pueden olvidarte, Ni si te olvidan saben si lo sientes.

Si tù fueras capaz de ser querido, Fueras capaz de olvido, y ya era gloria Al ménos la potencia de haber sido; Mas tan léjos estás de esa victoria, Que aqueste no acordarme, no es olvido, Sino una negacion de la memoria.

XXIII.

_Al rey de España, con ocasión de un acto piadoso para con el Santísimo Sacramento._ Altísimo señor, monarca hispano, Que á Dios entre accidentes escondido Cuando quereis mostraros mas rendido Es cuando os ostentais mas soberano.

Aquesta accion, señor, que al luterano Asombró en Cárlos quinto esclarecido, Y esa por quien el gran Rodulfo vido Del mundo el cetro en su piadosa mano, Aunque aplaudida en el hispano suelo Ha sido con católica alegria, No causa admiracion á mi desvelo: Quede admirado aquel que desconfia, Y de vuestra piedad, virtud y celo Esa y mas religion no suponía.

XXIV.

Firma Pilato la que juzga agena Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte!

¿Quién creerá que firmando ajena muerte El mismo juez en ella se condena?

La ambición de tal modo le enagena, Que con el vil temor, ciego, no advierte Que carga sobre sí la infausta suerte Quien al justo sentencia á injusta pena.

Jueces del inundo, detened la mano, Aun no firmeis: mirad si son violencias, Las que os pueden mover, de odio inhumano; Examinad primero las conciencias, Mirad no haga el Juez recto y soberano Que en la ajena firmeis vuestras sentencias.

XXV.

_A la muerte del duque de Veráguas._[G] Ves, caminante: en esta triste pira La potencia de Jove está postrada; Aquí Marte rindió la fuerte espada, Aquí Apolo rompió la dulce lira; Aquí Minerva triste se retira, Y la luz de los astros eclipsada Toda está en la ceniza venerada Del excelso Colon, que aquí se mira.

Tanto pudo la fama encarecerlo, Y tanto las noticias sublimarlo, Que sin haber llegado á conocerlo, Llegó con tanto estremo el reino á amarlo, Que muchos ojos no pudieron verlo, Mas ningunos pudieron no llorarlo.

XXVI.

_Al mismo asunto._ Deten el paso, caminante: advierte Que aun esta losa guarda enternecida, Con triunfos de su diestra no vencida, Al capitan mas valeroso y fuerte; Al duque de Veráguas, ¡triste suerte!

Que nos dió en su noticia esclarecida, En relacion los bienes de su vida, Y en posesion los males de su muerte.

No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace La losa que apiadada le recibe: Pues porque á su vivir el curso enlace, Aunque el mármol su muerte sobrescribe, En las piedras verás el _aquí yace_, Mas en los corazones, _aquí vive_.

XXVII.

_En la muerte de la marquesa de Mancera._ Mueran contigo, Laura, pues moriste, Los afectos que en vano te desean, Los ojos á quien privas de que vean La hermosa luz que un tiempo concediste.

Muera mi lira infausta en que influiste Ecos, que hoy lamentables te vocean; Y hasta estos rasgos mal formados sean Lágrimas negras de mi pluma triste.

Muévase á compasión la misma muerte Que precisa no pudo perdonarte, Y lamente el amor su amarga suerte; Pues si ántes ambicioso de gozarte Deseó tener ojos para verte, Ya le sirvieran solo de llorarte.

XXVIII.

_Quejas de la autora por los aplausos de que era objeto._ ¿Tan grande ¡ay hado! mi delito ha sido, Que, por castigo de él ó por tormento, No basta el que adelanta el pensamiento, Sino el que le previenes al oido?

Tan severo en mi contra has procedido, Que me persuado de tu duro intento, A que solo me diste entendimiento Porque fuese mi daño mas crecido.

Me diste aplausos para mas baldones, Subir me hiciste para penas tales; Y aun pienso que me dieron tus traiciones Glorias á mi desdicha desiguales, Porque viéndome rica de tus dones Nadie tuviese lástima á mis males.

XXIX.

_Píramo y Tisbe._ De un funesto moral la negra sombra De horrores mil y confusiones llena, En cuyo hueco tronco aun hoy resuena El eco que doliente á Tisbe nombra, Cubrió la verde matizada alfombra En que Píramo amante abrió la vena Del corazon, y Tisbe de su pena Dió la señal, que aun hoy al mundo asombra.

Mas viendo del amor tanto despecho La muerte, entonces de ellos lastimada, Sus dos pechos juntó con lazo estrecho.

Pero ¡ay de la infeliz y desdichada Que á su Píramo dar no puede el pecho Ni aun por los duros filos de una espada!

XXX.

_Desahogos de un celoso._ Yo no dudo, Lizarda, que te quiero, Aunque sé que me tienes agraviado; Mas estoy tan amante y tan airado, Que afectos que distingo no prefiero.

De ver que odio y amor te tengo, infiero Que ninguno estar puede en sumo grado; Pues no me puede el odio haber ganado, Sin haberme perdido amor primero.

Y si piensas que el alma que te quiso Ha de estar siempre á tu aficion ligada, De tu satisfaccion vana te aviso; Pues si el amor al odio ha dado entrada El que bajó de sumo á ser remiso, De lo remiso pasará á ser nada.

CANCIONES.

I.

_Sentimientos de una ausencia._ Amado dueño mio, Escucha un rato mis cansadas quejas, Pues del viento las fio Que breve las conduzca á tus orejas, Si no se desvanece el triste acento, Como mis esperanzas, en el viento.

Oyeme con los ojos, Ya que están tan distantes los oidos, Y de ausentes enojos En ecos de mi pluma mis gemidos; Y ya que á ti no llega mi voz ruda, Oyeme sordo, pues me quejo muda.

Si del campo te agradas, Goza de sus frescuras venturosas, Sin que aquestas cansadas Lágrimas te detengan enfadosas; Que en él verás, si atento te detienes, Ejemplos de mis males y mis bienes.

Si el arroyo parlero Ves galan de las flores en el prado, Que amante y lisonjero A cuantas mira intima su cuidado, En su corriente mi dolor te avisa Que á costa de mi llanto tiene risa.

Si ves que triste llora Su esperanza marchita en ramo verde Tórtola gemidora, En él y en ella mi dolor te acuerde Que imitan con verdor y con lamento El mi esperanza y ella mi tormento.

Si la flor delicada, Si la peña que altiva no consiente Del tiempo ser hollada, Ambas me imitan, aunque variamente, Ya con fragilidad, ya con dureza, Mi dicha aquella y esta mi firmeza.

Si ves el ciervo herido Que por el monte baja acelerado, Buscando dolorido Alivio al mal en un arroyo helado, Y sediento al cristal se precipita, No en el alivio, en el dolor me imita.

Si la liebre encogida Huye medrosa de los galgos fieros, Y por salvar la vida No deja estampa de los pies ligeros, Tal mi esperanza en dudas y recelos Se ve acosada de villanos celos.

Si ves el cielo claro, Tal es la sencillez del alma mia; Y si, de azul avaro, De tinieblas se emboza el claro dia, Es con su oscuridad y su inclemencia Imágen de mi vida en esta ausencia.

Así que, Fabio amado, Saber puedes mis males sin costarte La noticia cuidado, Pues puedes de los campos informarte; Y, pues yo á todo mi dolor ajusto, Sabe mi pena sin dejar tu gusto.

Mas ¿cuándo ¡ay gloria mia!

Mereceré gozar tu luz serena?

¿Cuándo llegará el dia Que pongas dulce fin á tanta pena?

¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto, Y de los mios secarás el llanto?

¿Cuándo tu voz sonora Herirá mis oidos delicada, Y el alma que te adora, De inundacion de gozos anegada, A recibirte con amante prisa Saldrá á los ojos desatada en risa?

¿Cuándo tu luz hermosa Revestirá de gloria mis sentidos?

Y ¿cuándo yo dichosa Mis suspiros daré por bien perdidos, Teniendo en poco el precio de mi llanto?

¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!

¿Cuándo de tu apacible Rostro alegre veré el semblante afable, Y aquel bien indecible A toda humana pluma inesplicable?

Que mal se ceñirá á lo definido Lo que no cabe en todo lo sentido.

Ven, pues, mi prenda amada, Que ya fallece mi cansada vida De esta ausencia pesada; Ven, pues, que mientras tarda tu venida Aunque me cueste tu verdor enojos Regaré mi esperanza con mis ojos.

II.

Pues estoy, condenada, Fabio, á la muerte por decreto tuyo, Y la sentencia airada Ni la apelo, resisto, ni la huyo, Oyeme, que no hay reo tan culpado A quien el confesar le sea negado.

Porque te han informado, Dices, de que mi pecho te ha ofendido, Me has fiero condenado; Y ¿pueden en tu pecho endurecido Mas la noticia incierta, que no es ciencia, Que de tantas verdades la esperiencia?

Si á otros crédito has dado, Fabio, ¿por qué á tus ojos se lo niegas, Y el sentido trocado De la ley, al cordel mi cuello entregas?

Pues liberal me amplías los rigores, Y avaro me restringes los favores.

Si otros ojos he visto, Mátenme, Fabio, tus airados ojos; Si á otro cariño asisto, Asístanme implacables tus enojos; Y si otro amor del tuyo me divierte, Tu que me has dado vida me des muerte.

Si á otro alegre he mirado, Nunca alegre me mires ni me vea; Si le hablé con agrado, Eterno desagrado en tí posea; Y si otro amor inquieta mi sentido, Sáquesme el alma tú que mi alma has sido.

Mas supuesto que muero Sin resistir á mi infelice suerte, Que me des solo quiero Licencia de que escoja yo mi muerte: Deja la muerte á mi eleccion medida, Pues en la tuya pongo yo mi vida.

No muera de rigores, Fabio, cuando morir de amores puedo; Pues con morir de amores, Tú acreditado y yo bien puesta quedo; Que morir por amor, no de culpada, No es menos muerte, pero es mas honrada.

Perdon, en fin, te pido De las muchas ofensas que te he hecho En haberte querido; Ofensas son, pues son á tu despecho, Y con razon te ofendes de mi trato, Pues que yo con quererte te hago ingrato.

III.

_Sentimientos de una esposa en la muerte de su esposo._ A estos peñascos rudos, Mudos testigos del dolor que siento, Que solo siendo mudos Pudiera yo fiarles mi tormento, Si acaso de mis penas lo terrible No infunde voz y lengua en lo insensible, Quiero contar mis males, Si es que yo sé los males de que muero; Pues son mis penas tales Que si contarlas por alivio quiero, Les son, una con otra atropellada, Dogal á la garganta, al pecho espada.

Ni envidio dicha ajena, Que el mal eterno que en mi pecho lidia Hace incapaz mi pena De que pueda tener tan alta envidia; Es tan mísero estado el en que peno, Que como dicha envidio el mal ajeno.

No pienso yo que hay gloria, Porque estoy de pensarlo tan distante, Que aun la dulce memoria De mi pasado bien, tan ignorante La mira de mi mal el desengaño, Que ignoro si fue bien, y sé que es daño.

Esténse allá en su esfera Los dichosos, que es cosa en mi sentido Tan remota, tan fuera De mi imaginacion, que solo mido, Entre lo que padecen los mortales, Lo que distan sus males de mis males.

¡Quién tan dichosa fuera Que de un agravio indigno se quejara!

¡Quién un desden llorara!

¡Quién un alto imposible pretendiera!

¡Quién llegara, de ausencia ó de mudanza, Casi á perder de vista la esperanza!

¡Quién en ajenos brazos Viera á su dueño, y con dolor rabioso Se arrancara á pedazos Del pecho ardiente el corazon celoso!

Pues fuera menos mal que mis desvelos El infierno terrible de los celos.

¡Pues todos estos males Tienen consuelo ó tienen esperanza, Y los mas sus iguales Solicitan ó animan la venganza; Y solo de mi fiero mal se aleja Esperanza y venganza, alivio y queja!

Porque ¿á quién si no al cielo Que me robó mi dulce prenda amada, Podrá mi desconsuelo Dar sacrílega queja destemplada?

¡Y él con sordas rectísimas orejas A cuenta de blasfemias pondrá quejas!

Ni Fabio fué grosero, Ni ingrato ni traidor; ántes amante, Con pecho verdadero, Nadie fué mas leal ni mas constante; Nadie mas fino supo en sus acciones Finezas añadir á obligaciones.

Solo el cielo envidioso Mi esposo me quitó; la parca dura Con ceño temeroso Fué solo autor de tanta desventura.

¡Oh cielo rigoroso! oh triste suerte, Que tantas muertes das con una muerte!

¡Ay dulce esposo amado!

¿Para qué te ví yo? ¿por qué te quise?

Y ¿por qué tu cuidado Me hizo con las venturas infelice?

¡Oh dicha fementida y lisonjera, Quién tus amargos fines conociera!

¿Qué vida es esta mia Que rebelde resiste á dolor tanto?

¿Por qué, necia, porfía, Y en las amargas fuentes de mi llanto Anegada no acaba de extinguirse, Si no puede en mi fuego consumirse?

IV.

_Al mismo objeto que la anterior._ Agora que conmigo Sola en este retrete, Por pena ó por alivio, Permite amor que quede; Agora, pues, que hurtada Estoy un rato breve De la atencion de tantos Ojos impertinentes, Salgan del pecho, salgan En lágrimas ardientes Las represadas penas Y las ansias crueles.

¡A fuera ceremonias De atenciones corteses, Alivios afectados, Consuelos aparentes!

Salga el dolor de madre Y rompa vuestras puentes Del raudal de mi llanto El rápido torrente.

En exhalados ayes Salgan confusamente Suspiros que me abrasen, Lágrimas que me aneguen.

Corran de sangre pura Que mi corazon vierte, De mis dolientes ojos Las perenales fuentes.

Publique con los gritos Que ya sufrir no puede Del tormento inhumano Las cuerdas inclementes.

Ceda al amor el juicio, Y él con estremos muestre Que es solo de mi pecho El duro presidente.

¡En fin, muriò mi esposo!

Pues ¿cómo indiferente Yo la suya pronuncio Sin pronunciar mi muerte?

El sin vida, ¿y yo animo Este compuesto débil?

Yo con voz ¿y él difunto?

¿No muero cuando el muere?

¡No es posible! Sin duda Que, con mi amor aleves, O la pena me engaña, O la vida me miente.

Si él era mi alma y vida, ¿Cómo podrá creerse Que sin alma me anime, Que sin vida me aliente?

¿Quién conserva mi vida?

O ¿de dónde le viene Aire con que respire, Calor que la fomente?

Sin duda que es mi amor El que en mi pecho enciende Estas señas que en mí Parecen de viviente.

Y como en un madero Que abrasa el fuego ardiente Nos parece que luce Lo mismo que padece; Y cuando el vegetable Humor en él perece Parécenos que vive, Y no es sino que muere: Así yo en las mortales Ansias que el alma siente Me animo con las mismas Congojas de la muerte.

¡Oh! de una vez acabe, Y no cobardemente Por resistirme á una Perezca tantas veces!

¡Oh! caiga sobre mí La esfera trasparente, Desplomados del polo Los diamantinos ejes!

¡Oh! el centro en sus cabernas Me preste oscuro albergue, Cubriendo mis desdichas La máquina terrestre!

¡Oh! el mar en sus entrañas Sepultada me entregue Por mísero alimento A sus voraces peces!

¡Niegue el sol á mis ojos Sus rayos refulgentes, Y el aire á mis suspiros El necesario ambiente!

¡Cúbrame eterna noche Y el siempre oscuro Lete Borre mi nombre infausto Del pecho de las gentes!

Mas ¡ay de mí! que todas Las criaturas crueles Solicitan que viva, Porque gustan que pene!

Pues ¿qué espero? mis propias Penas de mí me venguen, Y á mi garganta sirvan De funestos cordeles, Diciendo con mi ejemplo A quien mis penas viere: _Aquí acabó una vida Porque un amor viviese!_ V.

Divino dueño mio, Si al tiempo de apartarme Tiene mi amante pecho Alientos de quejarse, Oye mis penas, mira mis males.

Aliéntese el dolor, Si puede lamentarse, Y á punto de perderte Mi corazon exhale Llanto á la tierra, quejas al aire.

Apénas de tus ojos Quise al sol elevarme, Cuando mi precipicio Da en sentidas señales Venganza al fuego, nombre á los mares.[H] Apénas tus favores Quisieron coronarme, Dichosa mas que todos, Felice como nadie, Cuando los gustos fueron pesares.

Sin duda el ser dichosa Es la culpa mas grave, Pues mi fortuna adversa Dispone que la pague Con que á mis ojos tus luces falten.

¡Ay, dura ley de ausencia!

Quién podrá derogarte, Si á donde yo no quiero Me llevas, sin llevarme, Con alma, muerta, vivo cadáver.

Será de tus favores Solo el corazon cárcel, Por ser aun el silencio, Si quiero que los guarde, Custodio indigno, sigilo frágil.

Y puesto que me ausento, Por el último vale Te prometo rendida Mi amor y fe constante, Siempre quererte, nunca olvidarte.

VI.

Prolija memoria, Permíteme quiera Que por un instante Sosieguen mis penas.

Afloja el cordel, Que, segun aprietas, Temo me revientes Si das otra vuelta.

Mira que si acabas Con mi vida, cesa De tus tiranías La triste materia.

No piedad te pido En aquestas treguas Sino que otra especie De tormento sea.

Ni de mí presumas Que soy tan grosera, Que la vida solo Para vivir quiera.

Bien sabes tú, como Quien está tan cerca, Que solo la estimo Por sentir con ella, Y porque perdida, Perder era fuerza Un amor que pide Duracion eterna.

Por esto te pido Que tengas clemencia: No porque yo viva, Sí porque él no muera.

¿No bastan cuán vivas Se me representan De mi ausente cielo Las divinas prendas?

¿No basta acordarme Sus caricias tiernas, Sus dulces palabras, Sus nobles finezas?

Y ¿no basta que Industriosa crezcas Con pasadas glorias Mis presentes penas, Sino que (¡ay de mí!

Mi bien, quién pudiera No hacerte este agravio De temer mi ofensa!)

Sino que villana Persuadirme intentas Que mi agravio es Posible que sea?

Y para formarlo Con necia agudeza, Con cuerdas palabras Acciones contestas.

Sus proposiciones Me las interpretas, Y lo que en paz digo Me sirve de guerra.

¿Para qué examinas Si habrá quien merezca De sus bellos ojos Atenciones tiernas?

¿Si de otra hermosura Acaso le llevan Méritos mas altos, Mas dulces ternezas?

¿Si de obligaciones La carga molesta Le obliga en mi agravio A pagar la deuda?

¿Para qué ventilas La cuestion superflua De si es la mudanza Hija de la ausencia?

Ya yo sé que es frágil La naturaleza, Y que su constancia Solo es no tenerla; Sé que la mudanza Por puntos en ella Es, de su ser propio, Caduca dolencia.

Pero tambien sé Que ha habido firmeza, Que ha habido escepciones De la comun regla.

Pues ¿por qué la suya, Quieres tú que sea, Siendo ambas posibles, De aquella y no de esta?

Mas ¡ay! que ya escucho, Que das por respuesta, Que son mas seguras Las cosas adversas.

Con estos temores En confusa guerra, Entre muerte y vida Me tienes suspensa.

Ven á algún partido De una vez, y acepta Permitir que viva O dejar que muera.

VII.

(FRAGMENTOS.)

Sabrás, querido Fabio, Si ignoras que te quiero, Que ignorar lo dichoso Es muy de lo discreto; Que apénas fuiste blanco En que el rapaz archero Del tiro indefectible Logró el mejor acierto, Cuando en mi pecho amante Brotaron al incendio De recíprocas llamas Conformes ardimientos.

¿No has visto, Fabio mio, Cuando el señor de Délos Hiere con armas de oro La luna de un espejo, Que haciendo en el cristal Reflejo el rayo bello, Hiere repercusivo El mas cercano objeto?

Pues así del amor Las flechas, que en mi pecho Tu resistente nieve Les diò mayor esfuerzo, Vueltas á mí las puntas, Dispuso amor soberbio, Solo con un impulso Dos alcanzar trofeos.

Díganlo las ruinas De mi valor deshecho, *** Las cercenadas voces Que en balbucientes ecos, Si el amor las impele, Las retiene el respeto; Las niñas de mis ojos Que con mirar travieso Sinceramente parlan Del alma los secretos; El turbado semblante Y el impedido aliento, En cuya muda calma Da voces el afecto; Aquel decirte mas Cuando me esplico ménos, Queriendo en negaciones Espresar los conceptos; Y en fin, dígaslo tú Que de mis pensamientos, Lince sutíl, penetras Los mas ocultos senos.

*** VIII.

(FRAGMENTOS.)

Si acaso, Fabio mio, Despues de penas tantas Quedan para las quejas Alientos en el alma; Si acaso en las cenizas De mi muerta esperanza Se libró por pequeña Alguna débil rama, En donde entretenerse Con fuerza limitada, El rato que me escuchas, Pueda la vital aura, Oye en tristes endechas Las tiernas consonancias Qué al moribundo cisne Sirven de exequias blandas.

*** Dame el postrer abrazo Cuyas tiernas lazadas, Siendo union de los cuerpos, Ydentifican almas.

Oiga tus dulces ecos, Y en cadencias turbadas No permita el ahogo Enteras las palabras.

De tu rostro en el mio Haz amorosa estampa Y mis mejillas frías De ardiente llanto baña.

*** Recibe de mis labios El que en mortales ansias El exánime pecho Ultimo aliento exhala; Y el espíritu ardiente *** Recibe, y de tu pecho En la dulce morada Padron eterno sea De mi fineza rara.

Y á Dios, Fabio querido, Que ya el aliento falta, Y de vivir se aleja La que de tí se aparta.

ODAS, LIRAS Y LETRILLAS.

I.

_En la profesion de una religiosa._ Celebrad, criaturas, Las dichas que logro, Aunque á mis venturas Todo viene corto.

Sabed que mis bienes Llegan á tal colmo, Que aun á la esperanza Exceden mis gozos.

Del Señor un ángel Me asiste animoso, Y con nimio celo Guarda mi decoro.

Soy esclava humilde Del Señor que adoro, Y por eso ostento Serviles despojos.

Con su santo sello Señaló mi rostro, Para que no admita Mas que su amor solo.

Del que ángeles sirven Esposa me nombro, A quien sol y luna Admiran hermoso.

Desprecia por Cristo Mi pecho amoroso El reino del mundo Con su fausto todo.

Ahora que sigo Con paso amoroso Al que ha deseado Mi corazon todo, ¡Ay! no me confundas, Señor, con tu enojo, Sino obra conmigo Cual siempre piadoso!

Dióme en fe su anillo De su desposorio, Y de ricas joyas Compuso mi adorno.

Vistióme con ropas Tejidas con oro, Y con su corona Me honró como esposo.

Lo que he deseado Ya lo ven mis ojos, Y lo que esperaba Ya felice gozo.

II.

_A la Asuncion._ A la que triunfante Bella emperatriz Huella de los aires La region feliz; A la que ilumina Su vago confin De arreboles de oro, Nácar y carmin; A cuyo pié hermoso Espera servir El trono estrellado En campo turquí; A la que confiesan Cien mil veces mil Por Señora el ángel, Reina el serafin; Cuyo pelo airoso Desprende sutíl En garzotas de oro Bandera de Ofir; De quién aprendió El sol á lucir, La estrella á brillar, La aurora á reir, Cantemos la gloria Diciendo al subir: Pues vivió sin mancha, ¡Que viva sin fin!

III.

_Al mismo asunto._ De tu ligera planta El curso, Fénix rara, Pára, pára; Mira que se adelanta En tan ligero ensayo A la nave, á la cierva, al ave, al rayo.

¿Por qué surcas ligera El viento trasparente?

Tente, tente; Consuélanos siquiera, No nos lleves contigo El consuelo, el amparo, el bien y abrigo.

Todos los elementos Lamentan tu partida; Mida, mida Tu piedad sus lamentos: Oye el humilde ruego A la tierra, á la mar, al aire, al fuego.

Las criaturas sensibles Y las que vida ignoran, Lloran, lloran Con llantos indecibles, Invocando tu nombre El peñasco, la planta, el bruto, el hombre.

A llantos repetidos Entre los troncos secos, Ecos, ecos Dan á nuestros gemidos Por llorosa respuesta El monte, el llano, el bosque, la floresta.

Si las lumbres atenta Hácia el suelo volvieras, Vieras, vieras Cuán triste se lamenta Con ansia lastimosa El pájaro, el reptil, el pez, la rosa.

Mas con ardor divino Ya rompiendo las nubes Subes, subes, Y en solio cristalino Besan tus plantas bellas El cielo, el sol, la luna, las estrellas.

Ya espíritus dichosos Que el Olimpo componen Ponen, ponen A tus pies, generosos, Con ardientes deseos Coronas, cetros, palmas y trofeos.

No olvides, pues, gloriosa, Al que triste suspira; Mira, mira Que ofreciste piadosa Ser de clemencia armada Ausilio, amparo, madre y abogada.

IV.

_A San Pedro._ ¡Oh Pastor que has perdido Al que tu pecho adora!

Llora, llora, Y deja dolorido En lágrimas deshecho El rostro, el corazon, el alma, el pecho.

Si el arrepentimiento Tu corazon oprime, Gime, gime; Lastime tu lamento Y doloroso anhelo A la tierra, á la mar, al aire, al cielo.

Si de suerte mejoras, Las lágrimas te valgan: Salgan, salgan Todas las que atesoras; Aneguen tus pesares Los rios, los arroyos, fuentes, mares, Y pues tu pena rara Lágrimas solo borran, Corran, corran, Y dejen en tu cara Y en todas tus facciones Señales, rayas, surcos, impresiones.

Y si á dar tiernas voces El duro mal te excita, Grita, grita, Y tus penas atroces Oigan, y tus querellas, Los luceros, el sol, luna y estrellas.

El curso ya empezado Tus lágrimas no acaben: Laven, laven La mancha del pecado, Hasta que estés glorioso Limpio, resplandeciente, puro, hermoso.

V.

_De Santa Catarina Mártir._ Sosiega, Nilo undoso, Tu líquida corriente; Tente, tente, Párate á ver gozoso La que fecundas bella De la tierra, del cielo, rosa, estrella.