Ignacio de Antioquía
Obispo de Antioquía y mártir (c. 35 – c. 108 d.C.), uno de los «Padres Apostólicos», la generación que según la tradición conoció o estuvo en contacto directo con los apóstoles —algunos relatos lo hacen discípulo del propio apóstol Juan, y la tradición posterior lo identifica con el niño que Jesús puso entre los discípulos como ejemplo de humildad. Condenado por su cristianismo durante el reinado de Trajano, fue trasladado encadenado desde Antioquía hasta Roma para ser ejecutado públicamente, un viaje largo y penoso escoltado por diez soldados a los que él mismo describe con amarga ironía como «leopardos» por su trato brutal, y que le dio la oportunidad, en las paradas del trayecto, de recibir delegaciones de comunidades cristianas cercanas y de escribir sus siete cartas auténticas —a las iglesias de Éfeso, Magnesia, Tralles, Roma, Filadelfia y Esmirna, y una al obispo Policarpo— que constituyen uno de los testimonios más tempranos y valiosos sobre la vida, la organización y las creencias de la Iglesia cristiana justo después de la época apostólica. En estas cartas defiende con fervor la estructura eclesiástica monárquica —un solo obispo local, rodeado de un colegio de presbíteros y diáconos, como garantía de la unidad frente a las herejías docetas que negaban la realidad física del sufrimiento y la muerte de Cristo—, emplea por primera vez documentada la fórmula «Iglesia católica» (universal) para referirse al conjunto de los cristianos, y expresa con una intensidad conmovedora y casi desconcertante su ardiente deseo de martirio: ruega insistentemente a los cristianos de Roma que no intercedan ni intenten liberarlo, porque considera que ser «molido por los dientes de las fieras» es el camino necesario para convertirse en «pan puro de Cristo». Su propia cercanía a la muerte en el Coliseo, donde lo arrojaron a las fieras, se cumplió tal como él mismo había anticipado, convirtiéndolo en uno de los primeros y más venerados modelos de martirio voluntario en la tradición cristiana.