SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

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— y me obliga á comprarle los sempiternos Pao- lo y Francesca. Hay que proteger al arte. Una bandada de organilleros se desparrama por la ciudad: yo recibo diariamente la visita de uno, al que acompaña un mono muy travieso. Cuan- do el primer día entraron por mis ventanas las- notas destempladas y chillonas de La donna e motile, ríase el que quiera, pero lo cierto es que me dio un vuelco el cors^zón. Entonces- comprendí lo que era vivir en este extremo- Norte; entonces comprendí que este país me te- nía engañado con una vida feliz, aparente. A uno de estos organilleros que tocaba una can- ción del Tirol, le alargué un día, al pasar, una moneda; el viejo y desmedrado artista miró con ojos de deseo, pero continuó impávido danda vueltas al manubrio, con la misma fe con que- debe de acompañar el violín Sarasate.

Yo aguardé prudentemente á que acabase su faena; le di la moneda, y al marchar me dije- para mis adentros: — Si yo fuese capaz de dar vivas á algo ó á alguien, hubferagritiado ahorar ¡viva Italia!

XIII / Donde el corresponsal resuelve á su modo la tan debatida y manoseada cuestión de la reforma universitaria.

En una de las preciosas cartas que mi amigo Gabriel Ruiz de Almodóvár ha publicado no há mucho en El Defensor, soy, por equivocación, consultado acerca del problema irresoluble de la enseñanza oficial. Almodóvár se dirige á los peritos y cree que yo lo soy. Para convencerle de que se equivoca y para corresponder á la atención que ha tenido conmigo, dedicándome su epistolario, voy á explicar un plan completo de reformas que por adelantado sé que ha de acabar de desacreditarme á los ojos de las per- sonas sensatas.

Al leer la palabra plan, hay ya quien se figu- ra que voy á desenvainar un proyecto de ley con 5oo ó 1.000 artículos y un haz de reglamentos complementarios. No hay que asustarse, pues en substancia se reduce á estos tres puntos: I.° Las Escuelas de Bellas Artes quedan in- corporadas á las Universidades.

208 2.^ En las Universidades se darán funciones públicas, científicas y artísticas.

3." Los fondos recaudados por este concepto serán destinados al fomento de la enseñanza.

Algunos amigos míos que creen que cuando yo escribo lo hago sólo para dar una broma á mis lectores, dirán: — ¡Ya pareció aquello! El corresponsal quiere convertir en teatros las Uni- versidades. ¿Hase visto mayor desenvoltura? — Y yo contesto: —Quien en realidad da un bromazo al país es el Ministro, que, puesto de gran uni- forme, sube á la tribuna parlamentaria y lee una ley de Instrucción pública con arreglo á los últimos adelantos pedagógicos. En España no quieren convencerse de que una ley sirve sólo para regular lo que ya existe con arraigo^ nunca para crear nada nuevo. La creación es obra individual ó corporativa; la ley es obra so- cial, y viene ó debe venir mucho después. La re- forma universitaria (y como ésta la de la ense- ñanza en general) está en las Universidades, no en el Parlamento; y lo que hace falta no son le- gisladores, sino hombres de acción y de sentido común que empuñen los zorros y sacudan el polvo á todos los organismos é instituciones.

Las Universidades están sometidas á. un po- der centralizador, es cierto; mas no hay centra- lización tan estrecha que no deje resquicios por donde asome la iniciativa individual. El hacha corta el árbol; pero después salen los retoños sí el árbol no estaba muerto. ¿Dónde están las ini~ I 209 ciativas de las Universidades, la promesa de que serían mejores si gozaran de su autonomía? Nuestras Universidades son edificios sin venti- lación espiritual. La ciencia que en ellas se reco- ge es nociva, porque no sirve para crear obras durables, sino para armar el brazo de los pre- tendientes. De aquí mi idea de limpiar y venti- lar, abriendo las puertas para que todo el mundo entre y contribuya con su presencia y con su bolsillo á implantar de hecho la reforma uni- versitaria.

Las Universidades que aspiran á ser Escuelas de saber, no se contentan con enseñar rutina- riamente cierto número de asignaturas, y dejar luego que los alumnos, los buenos y los malos, vuelvan las espaldas y se retiren con el título enrollado bajo el brazo. En el ejército es, y el soldado que sale con su licencia en el canuto, queda obligado á acudir en caso de llamamien- to. Una Universidad debe conocer á sus alum- nos, escoger á los que valen, y dirigirlos, auxi- liarlos para que completen sus estudios univer- sitarios con otros especiales, en que la aptitud,, la iniciativa, el esfuerzo individual obren con más desembarazo. Y para que esto ocurra, no es necesario aumentar el número de aulas, ni el de asignaturas, ni el de profesores, sino estre- char más las relaciones entre maestros y discí- pulos, disponer de fondos y distribuirlos con inteligencia y con justicia.

Si se consignara en el presupuesto del Estador 14 210 una cantidad para pensiones de estudios, bolsas de viaje y premios, no se adelantaría gran cosa,- porque al venir el dinero de Madrid, vendría con él la lista de recomendaciones. En vez de en- viar á Oriente á filólogos aptos para el estudio de las lenguas orientales, ó á las clínicas más adelantadas de Europa á alumnos escogidos de la Facultad de Medicina, enviaríamos á viajar de balde á unos cuantos paniaguados, que no sólo no harían nada bueno, sino que desacredi- tarían la Universidad que les subvencionase. Todos ^abemos lo que son en España las comi- siones que costean los Ministerios: no es nece- sario insistir en este punto.

Para que una Universidad emplee bien el di- nero, tiene que ganarlo ella misma; y para ga- narlo, tiene que trabajar en algo que esté en con- sonancia con sus fines. ^fQué inconveniente hay en que se extienda el campo de operaciones, en que se atraiga al público y se le instruya delei- tándole, como recomendaba Horacio, y sacán- dole los cuartos, como recomienda el positivis- mo cruel de nuestros democráticos tiempos? Ninguno. Un alumno paga su matrícula. Un espectador paga su entrada. Hay profesores y discípulos y local. Todo cuanto hace falta para poner manos ala obra.

Y á mayor abundamiento, para que á los ex- perimentos científicos y á las representaciones de comedias clásicas acompañen los conciertos musicales y corales, se podría incorporar á la 211 Universidad la Academia. Esta función quita- ría á las Universidades el aspecto de sequedad que hoy tienen, infundiéndolas, con el arte vi- to, un espíritu más amplio y fecundo, y des- truiría ciertas desigualdades irritantes ó que por lo menos á mí me irritan: por ejemplo, que un abogado ramplón mire por encima del hom- bro al violinista que sale de la Academia, y que para vivir tiene que tocar mediante unos cuantos ochavos allí donde la ocasión se le pre- senta.

Tenemos la manía de separar, cuando, por nuestro carácter indisciplinado, debíamos esfor- zarnos para unir. En el ejército se ha procurado combatir las exageraciones del espíritu de cuer- po creando la unidad de procedencia; en las ca- rreras civiles podría hacerse mucho, si no se topara con la idea preconcebida, absurda, de que cada local idaá debe tener un centro docen- te, aunque sea por completo inútil. De las Uni- versidades belgas salen notabilísimos ingenie- ros. Si yo propusiera la incorporación de las Academias de Ingenieros á las Universidades, dirían que no estaba en mi sano juicio. En esta UniversidaddeHelsingfors noven inconveniente en que en un mismo local se enseñe- Teología por la mañana y canto por la tarde; si yo ha- blara de restablecer la facultad de Teología, me tacharían de reaccionario: he propuesto lo dei canto, y me dirán que soy poco serio.

^•No será posible ensanchar un tanto el crite- 212 rio mezquino, raquítico, exclusivista, con qué se juzga todo en nuestro país?

Y ahora voy á explicar por qué incluyo ea mis Cartas finlandesas ésta que parece no tener Tel,ación con Finlandia. El plan que yo he es- bozado «grosso modo,» no es invención mía: yo no he hecho más que españolizarlo. No me gus-^ tan las imitaciones; aunque aquí he visto mu- chas cosas buenas, no aconsejaría nunca que se las copiara, porque al copiarlas se les quitaría la virtud. Pero hay cosas de esas que llamamos prácticas, que tienen un valor absoluto, que sort buenas en todas partes. Y en lo tocante á espí- ritu práctico y sentido común, no hay puebla que aventaje á éste tan desconocido y arrinco- nado de Finlandia. Aquí la instrucción general es privada, y sin necesidad de intervenciones, gubernativas, todo el mundo sabe leer y escri- bir. El Estado sólo organiza la enseñanza supe- rior. Los estudiantes forman corporación; usan como distintivo, tanto los varones como las- hembras, una gorra blanca, á la que en los gra- dos superiores se agrega un borlón monumen- tal. Hay quien lleva la gorra descansando sobre el hombro, y mira por encima de él y de ella á todos sus semejantes. Un estudiante es una per-^ sonalidad social y económica.

De uno que había concluido su carrera con treinta mil marcos de deudas, oí hablar con elogio: «Cuando le fían es hombre que prome- te.» La Corporación estudiantil tiene su peque- 213 lío palacio, la Studenthus, que dentro de sus propios fines funciona como un teatro sui ge- Jieris, pero abierto al público como los demás. Todo esto es imposible en España, y por serlo dejo yo á los estudiantes en la Universidad bajo la dirección de sus profesores. Lo que no es im- posible es que los estudiantes trabajen y se aplÍ7 quen á obras útiles para la prosperidad del cen- tro donde se instruyen. La Universidad de Hel- singfors, aparte otros méritos, tiene el de ser útil á todo el mundo: á los alumnos, á quienes esti- mula por medio de abundantes pensiones y esti- pendios; á los aficionados á la lectura, prestando ios libros, sin exigir más garantía que un reciba en qye se escribe el nombre y domicilio del que 5e los lleva; al público en general, convirtiendo -^u Paraninfo en sala de espectáculos cultos, donde lo mismo da una conferencia un profesor {y suelen venir también extranjeros) que un concierto un artista de mérito eminente. Una notable pianista venezolana, Teresa Carreñó; Reisenauer, el discípulo predilecto de Lista; la cantante Eva Nansen, mujer del explorador del Polo Norte; el violinista austríaco Ondricek, y muchos más, han desfilado en poco tiempo por esta Universite-tetssolemnitessal. La última fiesta celebrada ha sido la del centenario del gran compositor Schubert. Según esta costum- bre, todos los artistas dan en la Universidad uno ó varios conciertos escogidos para los inteligen- íes, á cuatro y cinco marcos la entrada, y luega 214 en Brandkorshuset (Casa del Cuerpo de bombe- ros) ün concierto popular á uno y dos marcos, al que concurre todo el mundo. Así se honra á los artistas, sin olvidar los derechos artísticos. del pueblo.

Si en este tiempo en que los histólogos y mi- crobiólogos son dueños de la situación fuera yo médico, estoy seguro de que sería un ferviente hipocrático. Para mí, el que se pone malo y el que se cura es el hombre, todo el hombre: al medicamento local debe ir unido un sacudimien- to inteligente de la naturaleza del enfermo, para que ésta acuda con su fuerza medicatriz innata y opere la total curación. Mi plan de reforma universitaria es también hipocrático: nada de cataplasmas ni de específicos; que las Universi- dades sacudan la modorra, y que por medio de la acción expelan ellas mismas sus malos humo- res y se conviertan en organismos sanos y ro- bustos.

r XIV El 1.^ de Junio, dia simbólico de la organización económica de Finlandia, Vart land aer fattigt, skall sa bli Foer den, som guld begaer. En fraemling far oss stolt foerbi; Men detta landet aelska vi, Foer oss raed moar, fiaell och skaer Ett guldland dock det aer.

Por si en sueco parece poco extraña esta be- lla estrofa del himno finlandés, del vibrante y patriótico «Vart Land,» voy á darla á conocer también en lengua finlandesa para que mis lec- tores saboreen con los ojos y con el oído, aun- que sea en un pequeño fragmento, cuanto hay de característico y de musical en esta lengua, hablaba apenas por dos millones de hombre^: On maamme koeyhae, siksi jaeae Jos kultaa kaipaa ken. Sen kyllae wieras hyloaejaeae Mut meille kallein maa on taeae Kanss* salojen ja saarien Se meist*on kultainen.

2ib «Nuestro país es pobre: así lo será — para quien oro ansie. — Un extranjero pasa mirándo- nos con desdén; — pero este país nosotros lo ado- ramos: para nosotros, con sus bosques, sus ro- cas y sus playas,— es un país de oro.»

Cuando Runeberg, el poeta más grande de este país, compuso estos versos de su canto á Finlandia, no pensó de fijo más que en ofrecer una imagen del intenso patriotismo de los fin- \ iandeses, un contraste entre la pobreza del sue- lo y la exuberancia del amor que tan ingrato terruño inspira á los que en él viven; y sin em- bargo,'sus palabras tienen un valor real, una significación económica. Finlandia es pobre, y es al mismo tiempo un país que da mucho oro, que vive en la prosperidad. «Vart land aer fat- tigt» es una muletilla que se emplea contra to - dos los abusos y excesos: contra el lujo, contra el alcoholismo, contra los vanidosos y petulan- tes que pretenden imprimir á la nación nuevos rumbos, ó vivir, como aquí dicen, «una vida de grande de España.» Y á fuerza de repetir que el país es pobre, logran encauzar todas sus ener- gías del modo más aprovechado y útil. Quien vive con más desahogo no es el que tiene más, sino el que administra bien lo mucho ó poco que tiene. Este es el caso de Finlandia.

Desde el primer día que puse los pies en este país, comencé á leer periódicos, por supuesto sin entender lo que leía, sólo para irme acos- tumbrando. Y lo primero que oie llamó la aten- 217 ción fué una lista de anuncios que empezaban todos con las palabras: «Fran i:sta Juni» (des- de i.*^ de Junio). Me figuré que en esta fecha debía ocurrir algo muy gordo: celebrarse aca- so una fiesta nacional como la del 2 de Mayo en España, ó la del 14 de Julio en Francia. — Tuve necesidad de consultar una ley recién san- cionada, y vi que entraba en vigor el i.® de Ju- nio; pensé buscar casa, y me dijeron que sería para instalarme en ella el i.°de Junio, que para antes con dificultad la encontraría, y estábamos en Febrero. En resumidas cuentas: los anun- cios eran de alquiler, y lo único que significa- ban era que aquí se toman las Casas por años, de Junio á Junio, y que el día primero se verifi- ca el cambio simultáneo de domicilios, la con- tradanza general de trastos finlandeses.

Me acordé en el acto de la viuda de Reluz. Esta viuda (por si alguien no la conoce, haré su presentación en regla) es una figura novelesca creada por Pérez Galdós, ó mejor dicho, des- crita, puesto que la personalidad existe, y no sólo existe, sino que continúa mudándose de casa todos los meses, arrastrando su vida de ca- racol, con los muebles perpetuamente á cuestas. Ese tipo nómada civilizado lo pasaría aquí muy mal, porque estas sabias costumbres no permi- ten á nadie bromear con los contratos de alqui- Jer. El que no está á gusto en una casa no se ha de morir por aguantarse unos cuantos meses: en Enero la despide y busca otra; y desde que firma ^ 2l8 el contrato hasta el día i.® de Junio puede de- cir, sin que lo desmientan, que tiene dos casasr una que habita y que no le gusta, y otra que le gusta y que no habita.

El constructor finlandés es tardío, pero cier- to: construye para sacar rentas. Aquí no gus- tan de ver casas vacías, porque esas casas son un capital perdido. En su novela ó estudio Ro-^ me, habla Zola del fracaso de los «ensanchado- res» de Roma; de los que creyeron que Roma^ capital de la Italia unida, iba á convertirse en un coloso, y edificaron á destajo casas que están aguardando aún la llegada de los inquilinos. Zola ve en. estos modernos albañiles á los legí- timos herederos del espíritu originario de Ro- ma, el pueblo fundador y constructor por ex- celencia. Allá él se las avenga con su opinión. Yo me contento con asegurar que en todas par- tes hay «constructores de casas vacías,» excepta aquí, donde se posee un finísimo olfato econó- mico. Si en España hiciéramos un balance de las casas que tenemos desalquiladas y del capi- tal amortizado que representan, sacaríamos qui- zás millones bastantes para recoger toda la deu- da exterior y para que se quedaran dentro de casa los intereses que van al extranjero.

A mí me daba que pensar esa circunstancia de mudarse todo el mundo á la vez: me figura- ba algo semejante á una movilización en caso de guerra. Sin embargo, el problema queda re- suelto con gran suavidad: no ocurre nada ni se 219 entera uno de nada. La fecha de i.® de Junia está muy bien elegida; es la divisoria entre las dos grandes estaciones del año: el invierno y el verano. La primavera y el otoño existen, pera sin carácter. El verano dura de Junio á Sep- tiembre, en que empieza el otoño y con él los primeros avances del invierno; y éste no se des- pide hasta que los mares se deshielan, á fines de Abril ó comienzos de Mayo. En Junio, pues, se abre la vida veraniega y muchas familias se van al campo á sacar todo el jugo posible á la bella estación; los estudiantes levantan el vuelo; las. playas se pueblan de anfibios, y las ciudades se quedan medio desiertas. Cuando se reanuda la vida regular, cada familia aparece en su nueva casa. El i.^ de Diciembre, entrada oficial del invierno, hay también una pequeña contradan- za en la que se busca- el acomodo definitivo.

No faltarán censores graves que critiquen el sistema finlandés y se declaren en contra de taa extremada tacañería arquitectural. Estando las casas tasadas, temerán que si la población crece de repente haya quien se quede en la calle, y lo que es más sensible aún, que los propietarios- se aprovechen de la ocasión y pongan los al- quileres por las nubes. Así pensaba yo también, y después he tenido que rectificar. ELalquiler es aquí un tanto por ciento del capital emplea- do, una cantidad fija y prefijada, que no admite discusión ni regateo. Cuando faltan casas, no se aumenta el alquiler de las que existen, sino que 220 se construyen casas nuevas. El alquiler es mujr -elevado; la construcción de casas es un buen ne- gocio, y, sin embargo, no se construye más que lo preciso. Esta parsimonia es sin duda engen- drada por el sutil instinto económico de que antes hablé, el cual se muestra en formas varias inagotables.

He notado al hacer los pagos corrientes, que ni una ve?p he recibido de vuelta 5o p:i en cal- derilla ni 5 fms. en plata.

Fms. son markkas ó marcos finlandeses, equi- valentes á pesetas, y p:i, penni, céntimos.

El céntimo es útil hasta 4; para 5, 10, i5 ó 20, hay monedas de cobre de 5 y 10 céntimos; para ^5 y 5o, monedas de plata; de un marco á 4, monedas de plata de i ó 2 marcos, y de 5 en adelante, billetes de 5, 10, 20, 5o, ^tc. Estos bi- lletes son pagaderos en oro, pero son preferidos al metal. El oro está en los Bancos; apenas circula.

Salvo en un caso excepcional, cada moneda tiene su uso marcado por su valor. El marco tiene uso entre i y 4; al llegar á 5, no tiene ya, nada que hacer, puesto que cuesta el billete «de 5. Si yo pagara aquí 100 marcos con plata, me mirarían con extrañeza; si diera un duro en calderilla, me echarían á la calle, y si sacara una peseta en «chavillos,» me encerrarían en el manicomio. No comprenderían, no compren- den que haya quien se complazca en dificultar una cosa tan* indispensable y corriente como el \ 221 \ 221 empleo de la moneda. La fraccionaria debe sólo servir para los pagos menudos, no invadir ni ensuciar los bolsillos de los míseros mortales; suprimen hasta el duro por demasiado grande^ y lo sustituyen con el billete de 5 marcos, mer- ced al cual la circulación fiduciaria anula casi por completo la de moneda metálica.

Por si estas simplificaciones no fueran bas- tantes, se acude á otra mayor: por no tener el dinero ni en billetes, se les transforma en una libreta de ahorros, ó en un talonario de cuentas corrientes, ó en algo por el estilo; combinacio- nes no faltan, porque aparte del Banco oficial,, que tiene el privilegio de emisión, hay numero- sos Bancos que se ingenian por recoger Ios- ahorros del público y sacarles la utilidad. Hay^ quien tiene en el Banco, no ya los ahorros, sino hasta el dinero dedicado á los gastos del día, y quien paga con un cheque cuentas de lo- ó 12 marcos. Una cuenta corriente es en Espa- ña para los pobres algo incomprensible; aquf tiene cuenta corriente cualquier pelagatos. Y la. razón de la diferencia es que aquí dan de interés el 2 por 100, mientras en* España no dan nada y aun ponen algunas cortapisas.

Un empleado cobra su sueldo, y en vez de llevarlo á su casa lo deja en un Banco; después va pagando con cheques, y á fin de mes no tiene nada en el haber; repite la operación doce ve- ces, y al terminar el año se encuentra con que el Banco, después de guardarle los fondos y pa- 222 garle las cosas más menudas, le da de intereses i5 ó 20 pesetas, por ejemplo: ya hay para com- prarse un par de botas, ó un gorro, ó una ca- misa. El atractivo es pequeño; pero basta para domar á los espíritus más medrosos y obligarles -á soltar el trapillo. Los Bancos no ganan cier- tamente sumas fabulosas con tan estrujados y alambicados procedimientos; pero aunque no ganen, cubren los. gastos y dan de comer á un numeroso personal en que las señoritas tienen .numerosa y selecta representación..

Y el resultado final de estos refinamientos es -que no haya un céntimo en estado de reposo; que la poca ó mucha riqueza del país esté siem- pre en maños hábiles que sepan extraerle el jugo.

En Finlandia podemos registrar arcas y ar- marios con la seguridad de no hallar ningún «rincón:» se ignora lo que es una «talega,» y á nadie se le ocurre utilizar las medias y calce- tines para poner á buen recaudo sus caudales.

XV Reconocimiento de una casa finlandesa desde los cimientos hasta el tejado.

La arquitectura finlandesa ofrece todas las ^gradaciones de la gama arquitectónica: desde el. palacio suntuoso hasta la cabana miserable, •donde se alberga el lapón nómada, acompaña - do de sus amigos inseparables, los renos. Hay, sin embargo, una construcción típica: la casa de madera ó traehus, que es la más barata, la más caliente, la que exige menos tiempo para su edificación...y la que arde con más facili- dad. En Finlandia hay incendios históricos, en los que una ciudad entera ha desaparecido como por ensalmo. Para evitar esta terrible contin- gencia, se han impuesto restricciones prudentesí que las casas estén á distancia las unas de las otras, ó que no tengan más que un cuerpo de alzada; pero en las ciudades grandes, en que el terreno cuesta caro, el espíritu mercantil ha saltado por encima de las tracMciones é implan- tado la casa de pisos. Helsingfors, por ejemplo, es una ciudad sin carácter: sólo tiene un barrio 224 224 llamado «Brunnsparken,» donde se puede vivir racionalmente, según lo exige la naturaleza del país. El «Brunnsparken» es un grupo de casas diseminadas, sin orden, en un bosque junto al mar. Aquí es donde yo vivo: el bosque, aunque está muerto, me recuerda la Alhambra; el mar helado me hace pensar en nuestra Vega; mi balcón, que da al mar, viene á ser el balcón del Paraíso. Después de nuestros cármenes no hay nada que me guste tanto en Europa como estas quintas ó «villor» de Finlandia.

Las casas á la antigua tienen patio ó «gard,» que no es un patio interior, sino un zaguán abierto, al que dan las puertas de las diferentes habitaciones, como en las casas de vecinos; otras veces las casas están aisladas dentro de una cer- ca y rodeadas por un jardín ó «traegard;» sólo las casas de pisos se ven privadas de estos des- ahogos; el patio ó corral se ha transformado —no se crea que en portería, como en España: aquí estrujan más el limón — en no muy amplia «an- te-escalera,» donde, en un cuadro muy curioso, están estampados los nombres de los inqui linos juntamente con el número de «trappor upp,» 6 «escaleras arriba,» que hay que ascender para visitarlos.

Para construir una casa de madera (pues de las de piedra ó ladrillo no hay que hablar), se saca un cimiento tle material hasta un metro y medio de altura; sobre el cimiento se coloca un marco de madera, bien ajustado, con travesa-* 225 ños; este marco representa el plano del edifi- cio en sección horizontal; después no hay más que subir, clavando tabicones sobre tabico- nes y retapando las rendijas con estopa. La ar- mazón del tejado lleva siempre una cubierta metálica. Apenas construido el armatoste de madera y empapelado interiormente, se puede habitar en él; pero aún no está la casa termina- da: se deja pasar un año para que la madera se enjugue y se asiente, y después se la forra por fuera con una tela impermeable ó fieltro (filt) y con una tablazón pulimentada y á veces ar- tística; se pinta la fachada^ se repasa el empa- pelado interior y la casa queda concluida, per- fecta.

Estos detalles que doy aquí, y otros que daré, no son inútiles, porque nosotros tenemos una Sierra donde en invierno se podría vivir como en Finlandia y disfrutar de lo bueno y de lo malo que dan de sí los climas glaciales. Mi buen amigo Diego Marín ha tenido la idea de crear en Sierra Nevada una «Suiza Andaluza:» la idea es feliz; pero si los edificios que se construyan son puramente veraniegos, tendrán una aplica- ción tan fugaz, que acaso no rindan lo bastante para sostener el entusiasmo del capital, que es de suyo muy propenso á desalentarse. La cons-r trucción á estilo finlandés nos resolvería de pla- no el problema, pues por su doble uso nos per- mitiría tener durante el invierno una «Finlan- dia Andaluza)» en nuestra Sierra incomparable i5 226 é inagotable, y nos convertiría en una especie de compendio del globo terráqueo. He aquí un cosmopolitismo que á mí me gusta más que el vacío y declamatorio de los «dilettantis» del derecho internacional.

Lo primero que choca al entrar en una casa de aquí, es que las puertas no tienen cerrojos, ni candados, ni á veces cerradura. Mi puerta tiene un sencillo picaporte, y muchas noches queda entornada. El respeto á la propiedad aje- na está profundamente arraigado» Se dirá que no teniendo nadie dinero en casa, no hay peli- gro de que se lo lleven los ladrones: esto es cier- to; pero también lo es que cuando se quiere ro- bar, se roba lo primero que cae á mano.

Con sólo franquear la puerta de entrada, se puede hacer un buen agosto desvalijando el «tambur» ó recibimiento, donde se deja toda la ropa de abrigo y los chanclos, sombreros, para- guas, etc., es decir, cnanto constituye la segun- da vestimenta que hay que echarse encima para salir á la calle. Si se hacen diez visitas en un día, diez veces hay que repetir la operación de quitarse y ponerse todos los accesorios, en la que á veces^ se va más tiempo que en la visita misma. En los edificios públicos, cuando hay aglomeración de gente, un tambur ó vestuario es un pandemónium. En algunas ocasiones no hay más que soltar cada uno sus prendas donde puede, y tener confianza en que las hallará al salir.

227 Cuando hay mozos encargados de este servi- cio, tienen tal práctica,' que sin necesidad de chapitas numeradas, por una asociación rápi- da y segura de impresiones, apenas le ven á uno aparecer en la puerta de salida, se diri- gen sin vacilar al sitio donde colocaron los ob- jetos, recogidos á la entrada, y los presentan antes de que se los pidan. Dad á uno de estos modestísimos empleados un chanclo ó gorro, y al minuto os reconstruye el ser humano á quien pertenecen, con el mismo aplomo con que Cuvier reconstruía por un hueso todo un animal.

Dejemos el tambur y sigamos adelante. Sea cual fuere la distribución de las casas, todas tie- nen cierta analogía en lo esencial. Las habitat- ciones son las más precisas, pues una habitación inútil sería un capital perdido y una boca más, á la que habría que aplacar con combustible. Tanto habitaciones como pasillos, si los hay, j por de contado el «badrum» ó cuarto de baño (tan usual como la cocina ó «koek,í^ y la alcoba ó «sofrum»), tienen sus estufas correspondien- tes, altas hasta el techo y construidas con ladri- llo especial, que conserva el calor y lo suelta poco á poco. Con cuatro ó seis trozos dé leña, que se consumen por la mañana en breves mi- nutos, queda la habitación templada para todo el día, cuando los fríos no son excepcionales. La temperatura es casi igual por toda una casa: por no tener habitaciones frías, las despensas suelen 228