En la crítica literaria, en la vulgarización de los conocimientos acaparados en lecturas y via- jes, en su ingenio granadino discurriendo chis- peante sobre cuestiones sociales y artísticas, en el amor tan puro á su patria que revela en el Idearium, en el noble apostolado de combatir la ignorancia y la inmoralidad, en novelas sin transcendencia exótica, en arte sano, en fin, ten- drá nuestro paisano y querido amigo campo abonado á sus trabajos, elaborado en un cere- bro español, aromatizado con las delicadas ar- monías de hijo intelectual de Granada.
Nicolás María López. Granada, Julio de 189S.
Después de celebrar como se merece el cosmopolitismo de los granadinos, 1»1 corres- ponsal declara sus propósitos.
Varios amigos míos granadinos, miembros de la tan ilustre como desconocida Cof radia det Avellano^ me han escrito pidiéndome noticias de estos apartados países, en la creencia de que las tales noticias, aparte de los atractivos con que yo pudiera engalanarlas, tendrían de fijo uñó muy esencial, el de ser /rescas; porque la imaginación meridional, reforzada por el desco- nocimiento, no ya meridional, sino universa^ que de este rincón del mundo se tiene, concibe á su antojo cuadros boreales, en que figuran los hombres enterrados debajo de la nieve y salien- do de vez en cuando para respirar al aire libre y fumar un cigarro en agradable conversación con los renos, los osos y las focas.
No soy yo hombre capaz de negarme á satis- facer los deseos de mis amigos, singiilarmente 6o cuando lo que me piden es razonable y poco tra- bajoso; así es que me decidí á escribir varias •cartas, hablando á cada uno de los peticionarios de lo que más pudiera interesarle y gustarle, y abrazando en conjunto desde la constitución geológica, etnográfica y política, artes, cocina ó indumentaria, hasta los procedimientos que se emplean para encender el fuego y hacer las ca- mas. Pero después, pensándolo mejor, caí en la cuenta de que no era jpsto reservar en beneficio de unos pocos un trabajo que, malo ó bueno, ha- bía de contener tantas noticias nuevas y curio- sas, y formé el propósito de callarme hasta el día i.<* de Octubre, que es el de la apertura de los centros docentes, y ese día abrir mi cátedra como el más pintado, y explicar un curso libre por medio de cartas dirigidas en particular á mis amigos, y en general á todo el que quisiera matricularse en la administración de El Defen- sor de Granada, Ese día es el de hoy, y lo que pensé va á convertirse en hecho visible y pal- pable.
El procedimiento es un tanto revolucionario; pero los usos no nacieron todos á la vez: el mun- do es una Universidad donde hay cátedras y bancos de sobra, y lo que falta son maestros y discípulos: yo no soy maestro, lo reconozco; pero en caso de apuro puedo ejercer de suplente, au- xiliar ó supernumerario, no tan mal como mu- chos que he conocido en mi vida estudiantil, dicho sea sin ofensa de nadie. Y por lo que hace 6i á mis discípulos, lo serán muy á gusto, aunque por culpa mía con escaso provecho, todos los granadinos de buena casta, los cuales son por naturaleza cosmopolitas y muy aficionados á co- nocer países extranjeros. He notado que, en los años juveniles, á todos nosotros se nos mete en el cuerpo, juntamente con los primeros sobre- saltos eróticos, una pasión violenta por conocer nuevas gentes y nuevos climas, sin duda para sacudir el yugo del amor y de las prosaicas com- plicaciones que acarrea. Y si muchos, casi todos se mueren sin haber logrado más que dar una escapadita á Málaga para ver lo que es el mar,, recaiga toda la culpa sobre el mal servicio de ferrocarriles y sobre la «crisis por que atravie- san las tres fuerzas vivas del país: la agricultu- ra, la industria y el comercio.»
Hallábame yo un día paseándome por el Grao de Valencia, y se me ocurrió entrar en cierto burdel á mano derecha yendo hacia el puerto, para saborear la legítima paella valenciana, que á la puerta estaba anunciada' en un cartelillo tan sucio como falto de ortografía; y una vez, dentro de aquel tugurio ó cuadra, y en posesión de mi apetecido plato de paella, de. exquisita paella, vi que en el centro del comedor, entre las mesas, comenzaba á perorar un hombre joven y simpático, que de frente parecía un tribuno y de perfil un banderillero, á causa de lo largo de sus brazos y de lo desmedrado de su chaqueta; y lo que me llenó de admiración fué oirle ha- 62 62 blar de Granada, de la grandeza mayestática de nuestra Sierra, de la hermosura de nuestra Vega y de la umbrosidad apacible de los bosques de la Alhambra. Todos los comensales, que eran mu- chos, estaban suspensos y como colgados de la palabra del orador, y entre los platos y las bocas, las cucharas hacían varias estaciones. Yo no qui- se interrumpir tan bella disertación, por no cor- tar los vuelos á mi paisano (más que paisano, puesto que luego declaró ser nativo del Campo del Príncipe y, por lo tanto, greñudo auténtico), quien, dicho sea entre paréntesis, se despachaba Á su gusto, es decir, que entre cada dos verda- des metía un embuste como una piedra de mo- lino; pero pensaba que si las manos del diser- tante no denunciaran su oficio de sombrerero, cualquiera le tomaría por un bardo popular, fa- mélico y errabundo, inspirado por la musa gra- nadina, ingrata doncella que se hace amar á fuerza de desdenes.
Y en verdad, aunque el progreso de los tiem- pos haya transformado los laudes en planchas ú otros instrumentos de trabajo y las estrofas rít- micas en prosa hinchada é hiperbólica, yo creo •que el espíritu popular no ha cambiado; que en "él se conserva perenne el sentimiento de la be- lleza natural, renovador y purificador del arte. El pobre cantor del Grao de Valencia no es 5olo: en muchas ciudades y pueblos de España, donde yo menos podía imaginármelo, he encon- trado granadinos, casi todos del gremio de som* 63 brereros, que sea por las crisis por que suele pa^ sar, sea por lo «socorrido» del oficio, es el que da más aliento á la emigración; algunos esta- blecidos decentemente; los más en míseros por- tales con un mostrador, un escaparate y dos si- llas, todo de lance, amén de los moldes, plan- chas y sombrereras. En estos humildes centros, que á veces son terribles focos políticos, está de- positada la representación del pueblo granadi- no en las «cortes extranjeras.» ¿Y quién sabe todavía si nuestros sombrereros no se decidi- rán á aprender idiomas y á derramarse por todo el mundo, con gran provecho para nuestra fama?
Parecería más lógico que Granada, ciudad morisca, estuviese representada por vendedores de babuchas, que no que lo esté principalmente por artífices de una prenda que los moros jamás usaron ni quieren, con excelente acuerdo, usar, no obstante el empeño con que los paladines de la civilización pretenden adornarlos, no ya con sombreros, sino hasta con camisas almidona- das, corbatas y guantes. Pero las cosas son así: no seamos exigentes y conformémonos con que haya en España quien sea vocero de nuestro re- nombre y quien demuestre prácticamente que somos un pueblo amante de la expansión, de ver mundo, de sacudirnos el polvo, sin olvidar la' tierra nativa, por más malos tratos que en ella hayamos recibido.
Para que nadie tenga nada que agradecerme.
64 diré que yo vivo en este país á costa de España, y que aunque no hay ningún artículo de regla- mento que me obligue á escribir á mis paisanos, no hay tampoco ninguno que me lo prohiba; de suerte que soy libre para pensar como pienso que estoy obligado, y, con el sueldo que me pa- gan, pagado. — Otro uso nuevo, dirán mis dis- cípulos.— No tan nuevo, contestar^ yo, puesto que los célebres agentes políticos que las Repú- blicas italianas enviaban al extranjero, los tan decantados venecianos y florentinos, no eran más que corresponsales de periódico, habilísi- mos gacetilleros, ingertados en políticos sutiles, que escribían sobre todas las cosas con la ma- yor libertad y desenfado, y nos dejaron cuadros admirables de los países en que habitaban, mientras que los diplomáticos que se considera- ban «seres superiores» escribían despachos apel- mazados y hueros, útiles sólo, en general, para que los roan los ratones en los archivos. Nada hay más hermoso en el mundo que la llaneza y la naturalidad, y en gran error viven los que se rodean de misterios, que el tiempo se encar- ga de aclarar y de presentar ante nuestros ojos como envoltura de ridiculas vulgaridades. Las ideas que los hombres tenemos deben de ser co- mo piedras, y los cargos que ejercemos como cántaros: ocurra lo que ocurra, debe de rom- perse el cántaro. Cargos hay muchos é ¡deas pocas; respetemos la pureza de nuestras ¡deas y po la alteremos en beneficio de los fugaces in- \" 65 tereses de nuestro medro personal, exagerado ó mal comprendido.
No me gusta imitar á nadie; mas si lo pre- tendiera, vemos que no faltan modelos y de los mejores; y á mucho apurar la materia, yo po- dría ser tan florentino como el mismísimo Ma- quiavelo,. porque no nací en ningún villorrio, -Sino en una gran ciudad, que por tener entre sus nombres históricos el de «Florentia,» da derecho á sus hijos á que usen el sobrenombre de florentinos, aunque sean más romos que un colchón.
A fuer de hombre honrado, he de declarar que el deseo de ser útil á mis conciudadanos no me ha forzado hasta el punto de obligarme á hacer cosas distintas de las que hubiera hecho en cualquiera ocasión; no se crea que escribo entre promontorios de libros y papeles: el úni- co libro que tengo á mano es el Adressbok ó Guia de la ciudad. No trato de hacer un estu- dio científico: voy sencillamente á exponer las «ideas que se le ocurren á un español que por casualidad habita en Finlandia.» Hablo de lo que veo y de lo que oigo, ó de Ío que «semiveo» y «semioigo;» porque en cuanto al oir, como me hablan en varias lenguas, es posible que entienda muchas cosas al revés; y en cuanto al ver, como tengo la desgracia de distraerme con frecuencia, no veo las cosas por todos sus aspectos; y á veces no las veo por ninguno, porque imito á los gatos del tío Marcos, fa- 5 66 mosos gatos granadinos, de quien cuenta la tra- dición que cerraban los ojos por no ver los ratones.
No es esto decir que no lea libros: leo mu- chos, así como revistas y periódicos y cuantos papeles caen en mis manos; pero no tomo nun- ca notas, y en cuanto leo un libro estoy desean- do darlo. Algunas personas me han pregunta- do:— ¿Cómo, si cree usted que este libro es tan bueno, me lo da y se queda sin él?— Porque lo hé leído — contesto yo, — y ya no me hace falta. — Pero ¿y si desea después consultarlo para re- cordar algún detalle que se le olvidó?— Lo que se olvida se debe de olvidar, — afirmo yo con un fatalismo estético, que á las personas tímidas las descorazona. Y esto no es una «salida,)^ es un axioma, algo indiscutible, permanente é in- mutable. Si de las ideas de un libro, las unas se me quedan y las otras se me van, es porque las unas son concordantes con mi espíritu y las otras no, ó porque, ségúii mi modo de ver, las unas son más importantes que las otras. Si por un esfuerzo de la voluntad mantengo todas las ideas con el mismo relieve ante mis ojos, co- meto un atentado contra mi inteligencia. Un hombre que pretendiera mover un objeto pesa- do por medio de la meditación, en vez de acu- dir al empleo de la fuerza, sería desde luego tenido por grandísimo loco; y en cambio, se admira á quien pretende crear obras de la inteligencia apoyándose sobre la voluntad, y se 67 acepta como verdad inconcusa que un hombre <Je genio debe de llevar tras de sf tres ó cuatro mozos de cuerda.
Las obras humanas han de ser creadas huma- namente por procedimientos humanos. Cam- bian las ideas porque cambian las cosas y los hombres; pero la naturaleza del enlace del hom- bre con las cosas no cambia. Un sabio puede componer un muñeco perfectfsimo que parezca un niño de verdad, y que, por medio de una co- rriente eléctrica y de un aparatito fonográfico, gesticule y hable como un gracioso orador; pe- ro si quiere ser padre efectivo, no tiene más remedio que resignarse y hacer lo que hace el más rústico ganapán. El que quiera hacer algo humano no tiene que andarse en quebraderos de cabeza: que diga lo que piensa, cómo lo piensa, y esté seguro de que por muy malo que sea lo que haga, no será peor que lo que haría violentándose. Yo no soy escultor; pero si cojo el cincel y esculpo en una piedra una figura á mi capricho, saldré más airoso que si comprase varios fragmentos de estatua y á fuerza de pa- ciencia lloara á formar con ellos una estatua de artificio.
Puesto que voy á hablar de cosas de Finlan- dia, nada más natural que decir que este Gran Ducado tiene tal extensión y tantos habitantes^ y que su capital, Helsingfors, es población de tantos miles de almas. No sería difícil hacerlo así, porque he tenido necesidad de buscar esas 68 cifras y aún las conservo en la memoria; pero no haya temor: no las escribiré. No quiero inau-^ gurar mis explicaciones llenando la cabeza de mis alumnos de cifras inútiles. Yo he pregunta- do aquí á personas de diferentes categorías so- ciales, y ninguna las conocía con exactitud: así,. pues, no he de ser más papista que el Papa; si las gentes que aquí viven y que de aquí son, no quieren molestarse en retener en la memoria esos datos, no veo la necesidad que tengan de conocerlos mis compatricios, que viven á tan larga distancia. Baste saber que este país es grande, mayor que Italia y menor que España; pero muy poco poblado. En el Sur, ó sea en la verdadera Finlandia, viven con holgura unos dos millones y medio de individuos, y en el Nor- te, en la Laponia, habitan los Japones, que no pasan de seis mil. En cuanto á Helsingfors, es capital moderna, que ha crecido como la espu- ma, y tiene, según unos, de sesenta á setenta mil habitantes, y según otros, de setenta á ochen- ta mil, indicando esta vaguedad que se confía en ¡r subiendo y en llegar á la cifra á que hoy no se llega. Para resolver la duda, he llamado á mi «staederska,» una vieja muy lista y experi- mentada, y le he preguntado: «A su juicio de usted, ¿cuántos habitantes tiene Helsingfors?)^ Y mi criada, después de sacar los labios hacia afuera en forma de trompa, sin duda para con- centrar la atención, me ha dicho: «Jag tror om- kring sjuttiotusen.» Lo cual, vertido al cristialio, quiere decir: «Me parece que setenta mil, poco más ó menos.)> Sospecho que esta buena mujer me va á prestar grande^ servicios, aparte de los que me presta limpiándome la casa. Des- de ahora mismo la nombro pasante de mi es- cuela.
¡í>" -.>■ ^ II Vistazo general á los más importantes.
grupos étnicos de Europa, y en particular al grupo escandinávioo, y más en particular todavía al pequeño núcleo finlandés.
Cuando yo vivía en Madrid, concurría asi- duamente al Ateneo. La noticia de seguro no le interesa á nadie; pero á mí sí, porque conviene saber que yo nací refractario á la asociación, y que ni en Granada ni fuera de Granada he for- mado parte de ninguna sociedad. En Madrid llegué á inscribirme en algunas y á pagar las cuotas, pero á nada más; á la Academia de Ju- risprudencia fui dos ó tres veces, y me retiré por incompatibilidad de humores con la parva de ministros en agraz que por allí pululaba. El único hombre de talento á quien oí discurrir entre tantos abogados era y es—cosas de Espa- ña-— un médico, el Dr. Jaime Vera, que luego se pasó «sin armas ni bagajes» á las ñlas del so- cialismo. Así, pues, el ser yo concurrente asiduo del Ateneo, aunque no llegara á leer el Regla- 72 72 mentó ni á intervenir en votaciones ni discusio- nes, revela que el Ateneo es la única sociedad de España que encaja en mis gustos; declaración previa que me autoriza para decir, sin que na- die piense que soy enemigo de tan famosa ins- titución, que lo bueno que allí hay es el espíritu amplio, tolerante, familiar y protector que su- pieron crear con su presencia y adhesión des- interesada algunos hombres superiores, que ya se murieron ó tardarán poco en morirse. En cuanto a la juventud que entra de refresco, «peor es meneallo.)^ Un ateneísta joven, pues, profundo conocedor de la política europea, explicaba un día ante numerosos circunstantes boquiabiertos el me- canismo de la política continental, mediante un sistema curioso; por lo visto andaba escaso de nutrición, pues todo lo arreglaba con «pan.» Panamericanismo, panlatinismo, pangermanis- mo, panslavismo y panscandinavismo. Según él — y lo peor es que aquel día formó un plantel de hombres de Estado, — los hombres se habían de- cidido ya á formar núcleos superiores á las na- cionalidades: «cada oveja con su pareja;» ya que no podamos ser todos hermanos, unámonos por lo menos en grupos similares y sepamos á qué atenernos. Yo estaba que un sudor se me iba y otro se me venía, porque pensaba en mis aden- tros: «Si á este hombre, ó lo que sea, se le ocu- rre catarme la sangre, de seguro que me incor- pora á la kabila de Mazuza.»
73 73 Todos sabemos, porque nos llega más de cer- ca, lo que es el panlatínismo: es una idea gene- rosa que viene á los postres de los banquetes, al ruido de los taponazos que lanza el vino espu- moso, cuando los hombres, bien comidos y bien bebidos, se sienten hermanos de todos sus se- mejantes, aunque sean de raza negra, y aun de los monos antropomorfos. Pues bien: como el panlatínismo es todo lo demás. No existen na- ciones de raza única, ni hay para qué atender á tan ridículos exclusivismos. Si se habla de pue- blos latinos, ¿qué hacemos con Bélgica, donde hay flamencos que son del grupo germánico, y walones que son latinos, con iguales títulos que los «galos;» qué con Suiza, donde hay alemanes, franceses é italianos; qué con los flamencos franceses, tan apegados á su lengua tradicional como los belgas, y qué con los vascos, que ni siquiera pertenecen al tipo general, con el que Haeckel formó su «homo mediterraneus?»
Así también, para llegar al pangermanismo habría que deshacer media Europa. Alemania tendría que prescindir de sus provincias po- lacas y de los franceses de Lorena, y Austria se descoyuntaría en grupos alemán, húngaro, polaco, latino, eslavo, servio y hasta turco, y alguno de estos grupos, el húngaro, tendría que comunicarse por un túnel subterráneo con ios finlandeses, que son sus hermanos de raza. Pues oyendo hablar de panslavismo al disertan- te de mi cuento, se ponía la carne de gallina.
74 Veía uno venir á los rusos, no ya por las Ven- tas de Alcorcen, por la misma calle del Prado, y entrar al galope por las puertas del Ateneo, como aquellos temibles cosacos á quienes el ca- lenturiento Espronceda decíar «La sangrienta ración de carne cruda, bajo la silla, sentiréis hervir.» Yo he visto soldados rusos, y creo que lo que desean, como todos los de Europa, es concluir sus años de servicio para marcharse á sus casas á vivir en paz con sus familias, ó á ca* sarse con sus novias y contribuir en la medida de sus fuerzas á la propagación de nuestra es- pecie. * Cuando se habla de los escandinavos, se cree comunmente que desean formar tanibién un núcleo político superior en que quedaran com- prendidas Suecia y Noruega, Dinamarca y Fin- landia; y al leer que Rusia ha adoptado medidas enérgicas para «rusificar» á los finlandeses, se piensa que todos los escandinavos entrarán en efervescencia y montarán en cólera contra las medidas de opresión. Nada más lejos de la rea-^ lidad: los dinamarqueses, noruegos y suecos, \4]ue vistos desde lejos parecen hermanos, de cerca son menos que primos; hasta las lenguas que hablan, que parecen poco diferentes y ijue de hecho difieren poco al leerlas, son muy dis- tintas al pronunciarlas.
Y la pronunciación no es grano de anís, pues con ella se. llega á destruir la unidad lingüüsti- ca, como por la influencia del territorio y de 7b los cruces se llega á destruir la unidad de las razas. Los dos Estados escandinavos unidos ac- tualmente, Suecia y Noruega, no dan ningún espectáculo que permita pensar en la decantada fraternidad, pues hoy con un pretexto, mañana con otro, viven en perpetua discordia, poco más ó menos como viviríamos en nuestra Pe- nínsula españoles y portugueses si llegáramos á constituir la unidad ibérica. En España hay po- cas personas que sepan que hay cónsules y para qué sirven; razón sobrada para creer que se puede gozar de perfeteta salud sin averiguarlo: entre Suecia y Noruega la cuestión consular^ esto es, la de conceder ó negar a Noruega la facultad de tener cónsules propios, ha estado á punto de ocasionar una ruptura. Cuando se sacan las cosas de quicio y se busca ocasión de disgustarse, no hay duda: los sentimientos de fraternidad andan por lo menos resfriados.
He llegado de un modo gradual á la determi- nación del grupo etnográfico en que «aparen- temente» figura Finlandia, porque todo el mun- do sabe que la raza finlandesa ó carelia es en absoluto distinta de la escandinava; pero todo el mundo cree que esa raza está como anulada 6 metamor foseada por la influencia civilizadora de Suecia. Las apariencias favorecen esta opi- nión, puesto que al primer contacto con este país se nota que la lengua, legislación, cultura y gran parte de la población son suecos.
Finlandia no es una casa de la que se pueda 76 decir: aquí vive don Fulano de Tal; es una casa de pisos; viven muchos en ella: en el principal viven los rusos, que aunque son itiuy pocos, son los amos; en el segundo y tercero los suecos ó los finlandeses, sometidos á la cultura sueca y olvidados de su lengua y costumbres nativas; en los sótanos y buhardillas, es decir, en el interior del país, viven los verdaderos, los legítimos fin- landeses. Nótanse, pues, en el país curiosas su- perposiciones: los finlandeses fueron privados del litoral, cuyos puercos se convirtieron en ciu- dades suecas, hoy poco cambiadas aún; y luego en estas ciudades los suecos fueron sometidos á la autoridad rusa.
Además, como la posesión de Finlandia dio origen á varias guerras entre Rusia y Suecia, antes de la conquista total formaba ya parte de Ausia una parte de Finlandia, el distrito de W¡- borg, en el cual la influencia rusa es muy visi- ble: hay muchos adeptos de la religión cismáti- ca griega; se habla más el ruso, y fuman bas- tantes mujeres. El detalle de fumar es caracte- rístico, pues la finlandesa no fuma por regla ge- neral: cuando alguna señora ó señorita finlan- desa me ha ofrecido un pitillo, y poniéndose otro entre los labios ha comenzado á echar hu- mo, he pensado que por allí andaba la mano de Rusia, y así era la verdad: ó había por medio noviazgo ó parentesco con rusos, ó largas resi- dencias en Rusia, ó algo por el estilo. Por el contrario, la parte occidental de Finlandia, que 77 está más inmediata á Suecía, es casi sueca: hay puertos, como Abo ó Hangoe, donde casi todo se recibe por vía de Suecia, empezando por los periódicos, que vienen de Stockolmo, y que son leídos con más interés que los del país. Hay, pues, una serie de gradaciones imperceptibles producidas por el distinto modo de combinarse las tres razas dominadoras ó dominadas del país: la rusa, la sueca y la finlandesa.
Pero pasado el primer momento de confu- sión, comienza á distinguirse, y al cabo se dis- tingue con claridad, que aquí lo esencial es lo finlandés de raza, la gente del interior, «fran landet.» Para hacer visible la idea, y salvando la diferencia de tiempo y cultura, diré que sue- cos y finlandeses están en la misma relación que estaban en España los colonizadores fenicios y griegos, dueños del litoral, y los iberos, celtas y celtíberos del interior. Entonces también la vida exterior de España parecía ser fenicia ó griega para los que desde fuera miraban, y, sin embar- go, fenicios y griegos pasaron, y quedó la raza indígena como base para constituir el tipo his« pano-romano. Siempre que la amalgama no sea completa, que se deje en estado puro un fuerte núcleo de raza, indígena, ésta concluye por anular á todas las razas extrañas ó mixtas que pretendan dominarla, porque tiene de su parte el amor al territorio, la compenetración con el alma del país, la tenacidad y la fe, que sólo pue- den tener los hombres que asientan los pies muy >.
78 firmes sobre «su terruño;» asi la raza pura fin- landesa: su evolución es lenta y retrasada, pero es vigorosa é intensa, y en su día dará frutos •abundantes.
A poco de llegar yo aquí, pregunté á un co- nocido si no había literatura propiamente fin • landesa; algo típico, engendrado por el territo- rio más bien que por los habitantes; algo que no fuera sólo artículo de comercio, sino como una Biblia poética del país.
Entonces tuve la primera noticia de la exis- tencia del «Kalevala» ó epopeya de los care- lios, de los «hijos de Kaleva» ó legítimos finlan- deses. Y ahora que acabo de leer el formidable poema popular, que tiene nada menos que 5o «runor» ó cantos y 22.3oo versos, y comparo éste monumento con las producciones literarias •que figuran en los escaparates de las librerías, como en los de las tiendas de comercio las bo- tellas de vino, cajas de frutas y prendas de ves- tir, esto es, como artículos de venta, me afirmo más en mi idea de que aquí lo que existe con existencia real, y pudiera decirse substancial, es lo finlandés. Los habitantes del país que no son extranjeros, se creen todos finlandeses: tanto los que hablan sólo sueco, como los que hablan sólo finlandés, como los que hablan los dos idiomas; realmente el idioma no es bastante ' para destruir las cualidades de la raza; pero no es sólo el idioma lo que diferencia: es la com- pensación total de la vida, que con el idioma 79