vocación de Trevelez. ¿Por qué no reanudas tú los negocios con los medios é inteligencia que posees, y «creas una fuente de riqueza» que con el tiempo abriría ella sola sus propios cami- nos? Tú me dirás que antes de trabajar hacen taita medios de comunicación, y caeremos, como siempre ocurre, en el insoluble problema de qué fué lo primero: el huevo ó la gallina. Yo tengo vehementes sospechas de que lo primero fué la gallina, y de que lo primero que debe haber en tu distrito es una gran exuberancia de jamones. Si pusieras manos en el asunto, tendrías mate- ria para no acabar nunca: i.°, mejoramiento de la raza porcina por medio del cruce y de la ali- mentación apropiada: libros hay escritos sobre el particular, y tú podrías hacer observaciones y ensayos por cuenta propia y escribir un nue- vo tratado; y si te sientes poeta, componer un poema épico con el título de la «Cerdada;» 2.^, preparación y conservación de jamones hasta conseguir que los de Trevelez, no sólo sean muy buenos,.sino que sean los mejores del globo, y dejen tamañitos á los de Westfalia; 3.°, lanza- miento del artículo con arreglo al arte comer- cial moderno, para aumentar el consumo hasta donde lo permitieran los medios de producción. Hay, pues, tela cortada para rato. No creo que tengas impedimiento alguno para trabajar en tan bella obra; hoy no deshonra ningún oficio, y si quedan aún algunas preocupaciones ridiculas, hay que echarlas abajo corf hechos contundentes.
137 Ya sé que tú desciendes en linea recta, según los genealogistas más autorizados, nada menos que del Conde Fernán González. Pero hoy trabajan también los aristócratas, pues en algo han de entretener el tiempo. No há mucho hice yo un viaje á Hangoe, y fui todo el camino hablando con un noble finlandés, el barón Hisinger, due- ño de una gran fábrica de instrumentos agríco- las, establecido en Bilnaes; y todas sus pregun- tas iban encaminadas á averiguar los derechos de importación de herramientas en España, precios, estado de nuestra industria metalúrgi- ca, etc. La idea de mi interpelante es fabricar más barato aún que los alemanes y crear un nuevo ramo de exportación, y todo podría ser que lo consiguiera. No dejes de contestarme, diciéndome con franqueza qué te parece mi con- sejo, y cuenta siempre con la buena amistad de tu antiguo condiscípulo y amigo invariable, etc., etc.»
A esta carta mía contestó á vuelta de correo mi amigo con otra, que copio á la letra, no sin sentir cierto escozorcillo por el abuso de con- fianza que á sabiendas conieto: «Mi muy estimado amigo: Ante todo un mi- llón de gracias por tu carta, que me ha llenado de satisfacción. Al cabo de cinco años de silen- cio, lo que yo menos podía esperarme era una carta tuya, y una carta escrita desde donde la escribes. ^*Cómo podía yo figurarme que te acor- daras aún de mí, y que estuvieras tan al tanto 138 de las idas y venidas de este pequeño átomo so- cial? Te repito que tu carta ha sido para mf una verdadera sorpresa.
»En efecto, amigo mío: me picó la moscarda política, y más que por vanidad, como supones,. por compromiso, ando en estos belenes, de los que acaso salga con las manos en la cabeza. La verdad es que me aburría sin hacer nada, y que ahora por lo menos me distraigo; la política,, cuando se le toma el gusto, tiene grandes atrac- tivos, que compensan ampliamente los disgustos y quebrantos que proporciona.
»Pero aun así y todo, dichoso tú que huyes como un filósofo de estas miserias humanas, y que no te tomas ni el trabajo de comprenderlas. Y digo esto, porque tu carta revela un descono- cimiento tal de lo que es nuestra nación, que parece que escribes, no ya desde Finlandia, sino desde la luna. Si yo siguiera tus consejos, no sería flojo el regocijo que daría á mis adversa- rios; hoy me ponen reparos, porque mi fortuna viene del negocio que á tí te entusiasma: si yo reanudara la tradición familiar, me llamarían el Marqués de los Jamones y habría concluido mi vida política. Hay dos ó tres negocios que están de moda y en los que se puede trabajar sin peligro: por ejemplo, la fabricación de azúcar. Cuando se habla de un ingenio, el público se figura algo muy grande, en que el amo es como un reyezuelo ó un señor á la antigua; se recuer- da que en los ingenios había antes esclavos á 139 quienes apalear, y la imaginación, recogiendo éstos y otros detalles, fornía su caramHlo y en-- cubre la parte vulgar que puede ^haber en ese género de industria. Pero en la de janiones no hemos dado aún un paso y todo el que la toque se ensucia.
»Yo no quiero aumentar mi caudal: quiero vivir sin preocupaciones; y para no estar com- pletamente ocioso' me he metido en la política; Y como hay necesidad de hablar, hablo sobre el tema que más interesa ahora, sobre los medios de comunicación. El tema es inagotable, y una vez que se le domina se pueden improvisar be- llos discursos, en que se habla de las carreteras como lazos de unión entre los hombres, como red de arterias y venas por donde circular la riqueza, es decir, la sangre de los pueblos. Esto gusta y á esto hay que atenerse.
»Quizás en el fondo tú llevas la razón; pero en mi distrito soy yo quien está en lo firme. Esto no es Finlandia, y yo creo que es mejor que Fin- landia; porque aquí queda aún fantasía, y no estamos aún subyugados por el materialismo ni por el utilitarismo. Por lo demás, yo te aseguro, con la conguiente reserva, que si salgo adelante con mis planes, no he de hacer nada para que construyan vías de comunicación: hay que ir dando largas y dejando el trabajo á los que ven- gan detrás, porque las gentes nunca están satis- fechas, y si se les da lo que ahora piden, no tar- darán en pedir algo nuevo.
140 )>Dispénsame la excesiva franqueza con que te hablo; examina con imparcialidad mis razona- mientos, y creo que comprenderás el error en que te hallas; y que esto no sea ocasión para que se interrumpan de nuevo nuestras relaciones, que desearía estrechar con una correspondencia continuada y frecuente, tu amigo, etc.»
Después de leer esta carta he pensado: «Gon- zález es un picaro; pero González lleva toda la razón.»
VIII Diversos estados sociales de la mujer: solteras, casadas» viudas y divorciadas.
Cuando se escribe sobre cualquier país, basta de ordinario hablar del hombre. El hombre es el ser humano en general, varón y hembra, y lo que de e'l se dice se aplica á los dos sexos. Aquí en Finlandia la regla no es estrictamente aplicable, porque la hembra ha sacado los pies del plato. La «kvinna,» la mujer, es pájaro de cuenta: tiene su personalidad propia y bien mar* cada, y merece un estudio psicológico 'aparte. Voy, pues, á escribir varias cartas sobre la mu- jer, estudiándola de fuera adentro, y principia mi tarea por lo que es más exterior: por el es- tado social. Hablaré de las solteras, de las ca-»- sadas, de las viudas y de las divorciadas; de las monjas no puedo hablar, porque no las hay.
El tipo más curioso de la mujer es la soltera que vive sola. La que vive con su familia es poco más ó menos como en todas partes, sólo que aquí tiene una libertad de movimientos ex-^ 142 142 traordinaria. Desde pequeños, los muchachos y las muchachas estudian juntos en la escuela y van y vienen en pandilla; y esta unión, esta in- timidad se prolonga durante los estudios secun- darios, que forman la educación corriente de la mujer, y los facultativos ó universitarios, segui- dos también por gran número de señoritas. La mujer ve en el hombre un compañero de estu- dios, un camarada, un amigo, con el que se pue- de tratar como una amiga, salvo en los casos* en que la amistad se transforma en sentimiento más íntimo, en «kaerlek» ó amor. Mas este amor no es chispazo divino ni un arrebato fre- nético: es una amistad más tierna y cariñosa. La palabra kaerlek se compone de kaer^ que se pronuncia cher^ y significa en francés «queri- do,» y de /e^, que quiere decir «juego:» así, pues, kaerlek no es más que un «juego de afec- tos,» una broma sin consecuencias. Hay muje- res que se caen; pero se caen porque quieren, después de pensarlo muy despacio: la cabeza está siempre despejada, y el corazón funciona como un cronómetro. Sólo un Hércules podría acometer el trabajo de trastornar la brújula de «na mujer finlandesa.
Aunque aquí la mujer no es tan libre como en Rusia, no faltan señoritas que comprendan, al menos teóricamente, las ventajas de la unión libre; pero si se decidieran á cometer una tonte- ría, la cometerían intelectualmente. La frescura del temperamento, apoyada por la instrucción, k «43 salva á estas mujeres de la caída pasional; de suerte que para engañarlas no queda más ca- mino abierto que el de la propaganda cientíil-. ca. Don Juan tiene que convertirse aquí en maestro de escuela, porque Doña Inés está car- gada de diplomas; en vez de declamar tiradas de versos apasionados, tiene que discutir como \in sofista. Para comprender la concepción amo- rosa de este país, basta ver en los escaparates de las librerías las colecciones de estampas que es- tán de muestra: muchas son de las que en Es- paña se venden de ocultis; lo que para nosotros es obsceno y peligroso, porque forma parte de las costumbres — de las malas costumbres, — aquí es inofensivo, porque dista mucho de la realidad. Una joven que ve una mujer desnuda en actitud escabrosa, cree que aquello es mitoló- gico y se queda tan tranquila como si viera la Venus de Milo. A una señorita, conocida mía, muy aficionada á la literatura francesa, le di yo una vez varios periódicos y revistas, ad- virtiéndole que faltaba un número de cierta re- vista parisiense en el que venía una escena, no ya indecente, sino hasta sucia. — Eso no impor- ta— me contestó la froeken, un tanto picada por el acto de tutela que yo pretendía ejercer: — no tenga usted reparo en dármelo. Yo miro esas cosas desde un punto de vista artístico.
La mujer finlandesa sabe usar de su libertad. Como en España los padres dejan ir á sus hijos á estudiar á las capitales donde pueden seguir la 144 carrera que se ha elegido, aquí se deja también ir á las hijas. Hay muchas señoritas que viven solas como los hombres: unas vienen á estudiar ó á pretender empleos; otras trabajan en oficinas públicas ó privadas; dan lecciones de idiomas^ de música, de pintura. Tienen sus amigos y dan pequeñas reuniones en las horas libres de tra- bajo ó en los días de fiesta. No hay inconve- niente en que una joven vaya á casa de un hom- bre soltero á dar lecciones ó á tomarlas, ni en que á su vez invite á un amigo á tomar una taza de té y á charlar un rato. El público no murmura mientras no hay actos «exteriores» que dan á entender que se han perdido los es- tribos. Dentro de su casa cada cual hace lo que quiere: una mujer que da lecciones de idiomas no es más que una «spraklaerarinna,» y si sus discípulos aprenden ó no aprenden, á nadie le interesa saberlo. La ley no puede hacer más que prohibir la aglomeración de señoritas solas en una casa cuando no se va por buen camino; no está permitido que vivan juntas más de dos. De estas mujeres sueltas, algunas se encari- ñan con la vida libre y sacuden el yugo mascu- lino: comienzan por hablar mal de los hombres; luego compran una bicicleta, y, por último, se cortan el pelo. Hay emancipadas palomas, de esas que pudiéramos llamar «feas definitivas,» que cuando se cortan el pelo quisieran cortarse hasta el cráneo; pero las demás, las que tienen algún agarradero, no pierden nunca la esperan- 145 za, y se dejarían crecer la cabellera si alguien con interés y cariño se lo aconsejara. Hasta he creído notar que las mujeres que se dedican á trabajos más vulgares tienen mayor propensión á la vida sentimental: el prosaísmo de sus ocu- paciones les quita la gracia y delicadeza de la expresión; pero debajo de apariencias adustas, masculinas, se conserva la idea madre, la idea constitutiva de la naturaleza de la mujer: la de rendirse y someterse, de mejor ó peor gana, á la autoridad natural del hombre.
Lo más extraño, dada la libertad de las cos- tumbres, es la importancia que aquí tiene el no- viazgo ó prometimiento. Un hombre y una mu- jer pueden conocerse á fondo, tratándose como amigos íntimos, mucho mejor que en España los novios cuyas relaciones están sujetas á mil cortapisas; y sin embargo, no se dan por satisfe- chos: necesitan verse aún más de cerca, y de amigos pasan á «foerlofvade.» Con este título en los periódicos suecos, y con el de «kihloissa» en los finlandeses, hay en primera plana una sec- ción donde los novios publican juntos sus nom- bres.
El «foerlofning» se reduce al cambio de ani- llos, y no crea ninguna obligación: hay señorita que ha tenido tres ó cyatro; pero influye en las relaciones sociales, pues los novios pueden ir solos por todas partes, viajar juntos y permitir- se alguna que otra expansión inocente. La joven que antes saludaba con un duro apretón de 10 146 manos, puede suavizar un poco el movimiento y manifestar su ternura arreglándole la cor- bata á su amante, ó limpiándole las pelusas del gabán. La moralidad no padece, porque el no- viazgo es un período de prueba para la mujer, y ésta sabe que en el juego le va el casorio.
Cuando los novios se han hartado de jugar (no se olvide que aquí el amor es un- juego), se pasa á mayores y viene el casamiento, que se anuncia también en la sección de «Vigde» en sueco, y «Vihityt» en finlandés, poniendo, como en la de «Foerlofvade,» el nombre de la mujer y el del marido, y además la iglesia en que ha te- nido lugar la ceremonia. Entonces empieza la mujer á funcionar en su papel propio, pero sin cambiar tan bruscamente de vida como la mu- jer española. En general la mujer casada es aquí muy callejera, porque tiene el hábito adquirido en el período de soltería; mas aparte de este pun-. to ñaco y de que algunas señoras no se avienen al régimen autoritario, la mujer casada es exce- lente, continúa trabajando en labores que pue- den hacerse en casa (esto aun en las familias de buena posición) y es un auxiliar del marido; es experimentada é instruida como el hombre, y está unida con él, no sólo por el afecto ó por los intereses domésticos, sino por la comunidad in- telectual.
Yo comprendo las ventajas de la familia in- telectual á estilo finlandés, y prefiero la familia sentimental á la española. En España, un hom- H7.
bre de ciencia ó de arte encuentra con dificul- tad una mujer que se interese por sus trabajos: tiene que pensar solo; pero el pensar no es toda la vida. Hay muchos hombres que no piensan •casi nunca; y de los que piensan, hay también muchos que lo hacen de tarde en tarde: así, pues, lo intelectual en la mujer es secundario, s¡ se atiende al papel que ésta representa en la vida del hombre! Muy bello sería que la mujer, sin abandonar sus naturales funciones, se instruyera con discreción; pero si ha de instruirse con mi- ras emancipadoras ó revolucionarias, preferible es que no salga de la cocina. La mujer finlande- sa no está conforme aún con su situación: envi- dia á la rusa y á la norte-americana, y cree que á fuerza de estudios ha de lograr nivelarse con ^1 hombre; mas al casarse, y á veces antes, nota que la tiranía no viene del hombre, sino de la naturaleza femenina, y particularmente de la maternidad, y procura descargarse de este fati- goso deber. Hay quien cree que á las señoras in- teligentes se les seca la matriz: yo opino que lo que se les seca es la voluntad. En cuanto una mujer adquiere conciencia exacta de sus obliga- ciones, y obra, no por instinto, sino por refle- xión y cálculo, se insubordina contra su propia naturaleza, donde está la causa de sus penalida- des, y se convierte en un hombre estrecho de hombros y corto de piernas, en una calamidad estética y social.
Aunque aquí se nota á las claras que los duros 148 trabajos de la generación corren principalmente á cargo de las clases pobres y de los campesinos^ no se ha llegado todavía al ideal moderno. Y las señoras sabias y multiftngües se resignan, bien que con marcado disgusto, á ser madres de fa- milia. El nacimiento de un nuevo ser es aquf algo más importante que en España, y se anun- cia también en la prensa como todos los actos de la vida familiar. No es necesario conocer á un periodista para que el público se entere del fausto acontecimiento, pues en la primera plana de los periódicos hay una sección de <#cFoedde» ó «Syntynit,» donde los padres dan cuenta del aumento de familia en los términos entusiastas con que aquí se hace todo. La forma más seria es poner en letras muy grandes: «En dotter» ó «En gosse,» y debajo los nombres de la madre y del padre y la fecha y localidad, pues se anuncia el hecho donde quiera que los padres tienen amigos y quieren hacer público su re- gocijo. Ordinariamente el lugar de «dotter» 6 hija se pone algo más expresivo, por ejemplo: «En frisk flicka,» «En rask ñicka,»— una ro- busta niña; — «En naett toes,»— una linda mu- chacha,—y si es en finlandés, «Reipas Tyttoe;» y en vez de «gosse» ó niño, «En rask gosse,» «En duktig gosse» ó «Reipas Poika» y otros semejantes. Este y otros mil rasgos existen aquí, que revelan cierto candor y naturalidad propios de pueblos primitivos, en pugna con los refina- mientos de una cultura algo artificiosa.
149 Un hecho que me llamó la atención á poco de estar aquí, fué la abundancia de mujeres viudas. Como el estado de viudez es en cierto modo el ■estado ideal para una señora culta, llegué á pen- sar si habría de por medio algún misterio grave. La causa, sin embargo, es sencilla é inocente. Con el sistema moderno de los escalafones, un hombre no puede sostener decorosamente una familia hasta que se acerca á la vejez; y aquí con mayor motivo, por ser la vida más costosa y mayores las exigencias de las mujeres. Por otro lado, la mujer finlandesa es muy práctica, y no «e conforma con amar á secas; aquí no tiene aplicación el «contigo pan y cebolla,» entre otras razones, porque no se crían cebollas; y luego el -clima conserva mucho á las personas, y para los efectos del matrimonio un hombre á los cin- <:uenta años representa lo que en España uno de treinta y cinco á cuarenta. Las mujeres finlan- desas no le hacen ascos á los viejos, y bueno es que la noticia circule. Un señor de cincuenta á sesenta años y en posición desahogada, puede aspirar á la mano de una muchacha, y lo que es más bello, á inspirar un verdadero amor, si ^s amor lo que aquí recibe ese nombre. Estas uniones desiguales tienen además la ventaja de que el viejo galán suele perecer pronto en la aventura y dejar á su joven esposa con medios para vivir independiente y en condiciones ad- mirables para divertirse y ser ornamento de la sociedad. Hay un sacrificio, un tanto doloroso: 150 cl del que se muere; pero la comunidad sale al- tamente gananciosa.
Tanto la mujer casada como la viuda disfru- tan del título del esposo y lo ponen antes del nombre; la mujer de un «doctor» es «doktorin- nap^ la de un «pastor,» «pastorka;» la de un «ifi- genierop^ «ingenioerska;» la de\in «presidente,» «presidentska;» la de un «capitán,» «kapteus- ka,» y por el estilo centenares de nombres, in-^ congruentes algunos con la condición de la mu- jer; las viudas se ponen delante de esos títuios la palabra «enke:>* «enkefrú» es la viuda en ge-^ neraly y luego hay «enkedoktarinna,» «enkese- natorska,)^ «enkeofverstinna,» etc. El uso del tí- tulo está tan entronizado, que hasta en familia se usa entre padres é hijos. Una señora cuya hija esté casada con un coronel, preguntará por ejemplo: — ¿Ha venido hoy la «keofverstinna,» la coronela? — Las etiquetas sociales tienen un valor extraordinario: un nombre no significa nada mientras no se le antepone cl título del cargo que su poseedor desempeña.
Para completar el cuadro de los estados so- ciales, diré dos palabras sobre las mujeres di- vorciadas. En el interior del país, donde las eos tambres son más primitivas, donde se peca mu- cho contra la moral, pero más bien por igno- rancia que por malicia, la especie es desconoci- da; en las ciudades existe como consecuencia necesaria de la civilización. En España no te- nemos ¡dea de la divorciada más que por lo que i5i i5i nos cuentan de la nación vecina, donde el tipo es algo escandaloso; aquí el 4ivorcio es natural y debe existir, porque encaja muy bien en la concepción de la familia. En España no sería posible establecer escuelas mixfas, y en Francia hubo hace poco un gran alboroto por los abusos cometidos en el colegio de Cempuis, donde se intentó ensayar el sistema; aquí estudian juntos muchachas y muchachos sin la menor dificultad. Entre novios existe ya algo que indica la con- veniencia de permitir el divorcio: de la amistad se pasa, como vimos, al «kaerlek;» cuando éste acaba, se vuelve á la amistad, y los que fueron novios continúan siendo grandes amigotes. Una señorita conserva cuidadosamente todos los re- cuerdos de sus amoríos y se los enseña á todo el mundo, hasta á las mujeres de sus antiguos no- vios, de las que suele hacerse amiga por media- ción de éstos. Se ven cosas que denotan una fres- cura envidiable.
Respecto del divorcio, me contaron un hecho típico. Una señora, aburrida de su marido y enamorada de un obsequioso pretendiente, plan- tea en familia la cuestión de confianza, sin duda por no verse en la triste necesidad de faltar á- sus deberes. El esposo comprende con claridad la nueva situación psicológica, y agradeciendo la franqueza, se aviene á la separación; des- pués la señora se casa, y el antiguo marido no sé' fijamente si asistió á la boda, pero sí que conti- núa entrando en la casa del nuevo matrimonio 152 como amigo íntimo, de confianza. Yo declaro sinceramente que me gusta esta manera de jugar con todas las cartas boca arriba: el juego no tie- ne gracia, y los autores de tragedias se verían apuradísimos si toda la humanidad imitara á los enamorados que por aquí se gastan; pero el que ve las cosas desde fuera se divierte, y hasta se encariña con quienes tan consoladores ejemplos ofrecen de cristiana fraternidad.
IX Esbozo critico, un tanto benévolo, de las cualidades estéticas de las mujeres de Finlandia.