SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

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96 Pak'a sustituir cod ventaja la supremacía marí- tima inglesa hay dos soluciones teóricas, que solo á título de teóricas indicaré: la neutralización del Mediterráneo, ó un equilibrio marítimo equiva- lente á la neutralización. Hade licuar un momento cu que la hegemonía de Europa en el inunde no pueda sostenerse por los medios actuales j exija una concentración de fuerzas; y como la hegemonía ha de apoyarse principalmente sobre el poder naval. será preciso fundar un núcleo, un centro de conci- liación en el mar europeo por excelencia, en el Me- diterráneo. Porque \w bastará un acuerde diplomá- tico, ni una alianza escrita en papel; habrá que aceptai1 un hcclie visible y tangible, que sea la prue- ba fehaciente de la, unidad de acción y que per sí solo, sin necesidad de acudir inmediatamente á la violencia, mantenga la supremacía que hoy ejerce Europa por medio de coaliciones inestables. La neu- tralización del Mediterráneo dejaría libres grandes fuerzas navales que permitirían acentuar el movi- miento expansivo de Europa; el equilibrio marítimo sería una base de inteligencia y de acción, siempre (pie en 61 estuvieran representadas todas las nacio- nes europeas, en particular las más débiles, que por esta razón servirían con mayor lealtad y desinterés como mediadoras y sustentadoras de la paz.

Pero ambas soluciones, cuyo amplio desenvolvi- miento requiere una obra dedicada especialmente á tan grave materia, carecen en la actualidad de valor práctico, porque no todas las naciones han llegado á desprenderse de sus ambiciones particulares; cuan- do se trabaja por destruir el poderío de Inglaterra 9?

no es para sustituirlo por un poder harmónico; es para heredarlo y poner en su lugar otro poderío tan exclusivista como él y acaso más peligroso. Las dos soluciones pacíficas indicadas son como la espada j el basto en el juego del tresillo, son triunfos mayo- res, que Europa se reserva para el día de los grandes apuros y ese día no ha llegado aún. Lo prudente es hoy por hoy apoyar el poder menos perjudicial.

Malta os una dependencia geográfica do Italia y eJ serlo no impide que ítalia se ponga del lado de In- glaterra; España no está tan obligada porque tiene otros mares libres, poique uo está enclavada dentro del Mediterráneo: no tiene necesidad de alianzas ni debe pactarlas con una nación más fuerte, pues en los tratados con los fuertes, las cláusulas desfavo- rables tienen valor afectivo J las ventajosas son cuando menos problemáticas: pero si está intere- sada en que so conserve el poderío marítimo de In- glaterra.

Gibraltar es una ofensa permanente de la qne no- sotros somos en parte merecedores por nuestra fal- ta de buen gobierno; pero no estorba al desarrollo normal de nuestra nación ni es causa bastante para que sacrifiquemos otros intereses más valiosos, por anticipar un tanto, en la hipótesis más ventajosa, un hecho que tiene marcada su realización lógica en el término de la restauración de nuestra nacionalidad. Absurdo parece en efecto que nuestros propios inte- reses estén ligados con los de la única nación con quien tenemos un motivo real de resentimiento; pero en reconocer y aceptar estos absurdos está a \eees la máxima sabiduría política. 18 E ^ i. problema de la anidad ibérica no es eoropeo ni español: como las palabras lo declaran, es peninsular «i ibérico. Aunque algunas naciones de Europa tengan interés en mantener dividida la pe- nínsiila. no se sigue de aquí que el asunto sea euro? l>oo; si todas las naciones toleraran que constituye* sem >s esa venturosa unidad, no por eso nosotros liabiíamosde cometer una agresión; no liabría en lv - pana, aunque otra cosa se pienso, nadie capa/ de ha- cerlo. En cambio, si España y Portugal voluntariamen- te convinieran en la unión, nadie en Europa pondría repares á un acuerdo, que no afectaba al equilibrio político continental. La unión debo de ser obra exclu- siva de les que pretenden unirse, es un asunte interior en el que es peligroso acudir á auxilies extraños. KJ ejemplo do Italia le demuestra sobradamente.

Asimismo no lie comprendido nunca la unión ¡bórica como cuestión puramente española. La epi- demia de las unidades que aún so ceba sobre tod¡ s los paises del globo, á todos con mayor ó menor fnei- za nos ataca. Maco tiempo que á mí también ni o entristecía vérel mapa de nuestra península tenido de dos colores distintos: diré más; mi tristeza au- mentaba viendo que la sección de la península era do arriba a abajo, cortando montañas y ríos y for- mando dos naciónos incompletas. ¿Cuánto más ló- gica no sería una división de derecha ¡i izquierda, que dejase al Norte el reino de España y al Sur un reino de Andalucía, un estado vandálico, semi-afri- cano y semi-europeo? Mas después lie visto tantas uniones artificiales que lie cambiado de parecer; si habíamos do estar unidos como [mjlateira ó Irlanda, romo Siiccia y Noruega, como Austria y ríungí ía más vale que sigamos separados y que esta separación sirva al menos para orear sentimientos de fraternidad, incompatibles con un réginren unitario violenta. La unión de nacionalidades distintas en una soln nación no puede tener más fin útil y humano que el de aproximar (iiversns civilizaciones para que del con r.'ictu surja un renuevo espiritual; y este fin acaso pueda conseguirse sin el apoyo de la dominación material, política.

material, política.

L\ Unión de muelles es más fácil que la de dos; la empresa de confederar les estados alemanes en un solo Imperio es un juego de niños, comparada con el problema de la unidad ibérica, en ¡a cual, por ser des los que habrían de unirse, no hay medio do cubrir las apariencias y ha de verse á las claras que el Ulle es más fuerte (pie el otro. Aunque l¡l igual dad fuese absoluta el mas débil se creería humillado y si fallaban motivos buscaría pretextes para ali- mentar su suspicacia. Do aquí la idea de algunos políticos de disolver la nación española, resucitar las antiguas regiones y fundar la unidad sobre algu parecido á nna confederación. Estos politices sen como les muchachos que juegan á la baraja y que cuando pierden no quieren conformarse \ mezclan las cartas diciendo: esta vez no vale; 6 bien como q uíon va á cazar con red y, aunque coja muchos pájaros en una redada, se empeña en que no ha de escaparse ninguno y suelta les ya cazados, para que '•--tii,- atraigan al que se escapó; >m pensar que I" más probable sorá que ni une sólo vuelva á acor caree á las redes ni á tiro de ballesta.

LOO No hay medio de jugar con la historia; los hechos no se repiten á capricho, ni se puede volver atrás para rectificar lo que ya salid imperfecto en su orí- gen. La verdadera ciencia política no está en esos artificios, está en trabajar con perseverancia para (pie la realidad misma, aceptada íntegramente, dé en el porvenir, avanzando, no retrocediendo, la solución (pie parezca más lógica, hlste es el único medio que tiene el hombre de influir provechosamente en el desarrollo de los sucesos históricos; conociendo la realidad y sometiéndose á ella, no pretendiendo tras- trocarla ni burlarla. La unidad ibérica no justifica nuevas divisiones territoriales, ni un cambio en la forma de gobierno, porque la causa de la separación no está en estos accidentes, sino en algo más hondo y que no conviene ocultar: en la antipatía histórica entre Castilla y Portugal, nacida acaso de la seme- janza, del estrecho parecido de sus caracteres. La única política sensata, pues, será aplicarnos á des- truir esa mala inteligencia, á fundar la unidad inte- lectual y sentimental ibérica; y para conseguirlo. para impedir que Portugal busque apoyos extraños y permanezca apartado de nosotros, hay que enterrar para siempre el manoseado tema de la unidad polí- tica y aceptar noblemente, sin reservas ni maquia- velismos necios la separación, como un hecho irreformable.

Vr i:\mos ahora nuestra política de Occidente; do- mos un vistazo á nuestra numerosa familia de América. Pasa por verdad demostrada, indiscutible, que el moderno sistema de colonización representado principalmente por Inglaterra, es superior al anti- guo sistema colonial practicado por los españoles: y para hacer más patente la verdad, es costumbre. yo lo he leído y oído muchas veces, poner en parau- gón, no ya colonias y colonias, sino antiguas colo- nias, emancipadas ya de la tutela de sus Metrópolis. Porque en las colonias no es fácil fijar el grado do evolución en que cada una se halla mientras que en naciones ya independientes los resultados «le uno ú otro sistema colonial parecen perfectamente de- finidos, formando el carácter de la nueva naciona- lidad. V los términos de la comparación no pueden estar más á la vista; de un lado las repúblicas ibero- americanas y de) otl*0 la de los Estados luido-, de la América del Norte.

Con el criterio con que hoy son juzgados los asun- tos políticos no hay que decir si la comparación Berá para nosotros desventajosa. Los Kstados luidos son una nación formidable, muy poblada, muy rica y al parecer muy bien gobernada; pretende ejercer mi protección paternal sobre toda América é intervenir en los asuntos de Europa. No han faltado estadistas europeos que celebren la perfección de mis iustitu- ciones políticas y algunos han querido hasta copiar- las. En cambio las repúblicas de origen hispánico son pobres y están mal gobernadas; viven en guerra civil; salen á pronunciamiento por año. Las virtu- des de la raza española se dice han degenerado en América y se han convertido en pecados capita- les: el valor guerrero ha venido á dar en militarismo de la peor especie, en ese militarismo en (pie basta los soldados quieren ser generales, y la altivez so ha cambiado en infatuación pedante ó grosera. V como prueba definitiva de nuestra interioridad roo decía un buen señor con quien yo hablaba no lía mucho sobro esta materia: si en cualquier punto de Iviropa nombra V. á América, se entenderá desde I uego que América son los Estados Unidos; un americano es un subdito de la Unión, como si la Unión fuera inda América, Para designar á los ciudadanos de las de- más repúblicas ó colonias no hasta decir: un ameri- cano; hay que agregar ol calificativo especial de la nación á que pertenece.

A lo cual oponía yo diversos razonamientos per el estilo del siguiente: en efecto, les subditos de la Uuión han acaparado ol nombre de americanos; pe- ro precisamente este detalle sirve para marcar una diferencia, que con el tiempo dará sus fruto y en la que yo veo la promesa de una futura superioridad de las creaciones de nuestra raza. Ksta diferencia consiste en que nosotros poseemos en grado emi- nente, como nadie, el poder de caracterización; un sudo que nosotros pisamos recibe pronto la marca de nuestro espíritu y con ella la fuerza fundamental en la constitución de un Estado, el carácter terri- torial. Al primer momento parece una muestra de superioridad el hecho de (pie un subdito de los lista- dos Unidos sea reconocido como tal con solo (pie diga: soy americano ó norteamericano: pero si nos rijamos un puco, notaremos «pie si emplea un nombre gen 6- i ico que comprende también a los subditos de otros listados, es porque no tiene nombre propio, como no se tome por tal el mote de yankee.Si después que ha dicho que es americano tiene precisión de parti- cularizar más. do hallará un nombre que le caracte- rice bien ¡i nuestros ojos; porque decir: soy ciu- dadano do ios K>tarJos Unidos, es largo y vago, y agregan soy del Llliuois, del Ohío, del Tennessee, ó de Kontucki, es no agregar nada: y si añade que es oarolino lo tomaran por un insular de Oceanía. tün cambio las repúblicas de oí ígen español, aún las mi croscópicas, tienen un sello peculiar quo distingue admisiblemente las unas de las otros. Cuando un lioinbro dice qiue es mejicano, argentino, brasileño, chileno ó peruano, uruguayo, paraguayo, venezolano ú boliviano, ecuatoriano, colombiano ó guatemalteco. cubano, puertorriqueño, hondureno, costa niqueía». salvadoreño, niea.ragi.16s ú dominicano, dice algo que le redondea, que le dá un aire personal, en suma, que le marea con el es] ii'itu de su territorio, E-> N esta sencilla observación está la da ve de la ^crítica concerniente á las naciones america- nas; do ahí arrancan indas las diferencias do su evo- lución, de su organización, de su estado presente \ de su porvenir. I na uaoión no es como un hombix; necesita varios siglos para desarrollarse. Las nacio- nes hispa no-americanas, nu han pasado de la iuf'an- eia. en tanto que los Estados ' nidos han comenza- do perla e.lad viril. PorquóV Porque las.mas al recibir la influencia de sus territorios lian retroce- dido y han comenzado la evolución CQino pueblas .jo\cnes. paso á paso, tropezando en los escollos en que tropiezan las sociedades nuevas que carecen de un exacto conocimiento del cano no que deben de seguir; \ l.i otra ha continuado viviendo ron vida artificial, importada do Europa, como pudiera vivir en cual- quier otro territorio, por ejemplo, en Australia. L¡is ludias pequeñas que en las unas perturban la vida política no son signos de degeneración, son signos de vitalidad excesiva y mal encauzada; expansiones de suciedades juveniles que luchan por lo que co- mienzan á luchar siempre los hombres, por su inde- pendencia y prestigio personal contra la acción au- toritaria de los poderes organizados. En estas luchas se forman los poderes fuertes y de ellas nace el ver- dadero progreso social, la civilización íntegra, que no está sólo en el acrecentamiento de la riqueza pública y privada, sino también y muy principal- mente en el ennoblecimiento del ideal por medio del arte. Así, el defensor de los Estados Unidos á que antes aludí y que es grandemente aficionado á la música, estaba á punto de convenir después conmigo en (pie la Habanera» por sí sola vale por toda la producción de los Estados Unidos, sin excluir la de máquinas para coser y aparatos telefónicos; y la Habanera es una creación del espíritu territorial de la isla de Cuba que en nuestra raza engendra esos profundos sentimientos de melancolía infinita, de placer (pie se desata en raudales de amargura y que en la raza á que pertenecen los subditos de la Unión no haría la menor mella.

Este carácter que nosotros sabemos infundir en nuestras creaciones políticas y en el (pie damos el arma de la rebelión, la fuerza con (pie después somos combatidos, es una joya de inapreciable valor en la vida de las nacionalidades; pero es también un obstáculo grave para el ejercicio de nuestra influencia.

El español que toma tierra en otro país es un te- rrible enemigo de España mientras se le mantiene en la obediencia; y una vez que logra so libertad es un amigo receloso; continúa siendo espafiol por esencia; pero como sus afectos se fijan en otro territorio, sus buenas cualidades obran en sentido opuesto á nues- tros intereses; tolera la influencia intelectual porque los lazos <!e subordinación que ésta crea son dema- siado sutiles; pero rechaza toda influencia que se muestre en hechos materiales. De aquí mi opinión contraria á tedas las uniones ibero-americanas, ha- bidas y por haber; en nuestra raza no hay peor me- dio para lograr la unión que proponérselo y anun- ciarlo con mide y mu aparato. Ese sistema no conduce más que á la creación de organismos inú- tiles cuando no contraproducentes.

Siempre (pie se habla de unión il»ero-aineriea na lie observado que lo primero que se pide es la ce- lebración de tratados de propiedad intelectual: esto es lo más opuesto (pie eahe eolieelur, á la unión (pie se persigue. No creo (pie nadie haya pensado seria- mente en organizar una Confederación política de todos los estados llispailo-amerieanos; este ideal es de tan larga y difícil realización (pie en la actualidad toca en las esteras de lo imaginario; no queda pues. otra confederación posible que la Confederación in- telectual ó espiritual; y ésta exige: 1." (pie nosotros tengamos ideas propias para imprimir unidad á la obra, y "J." que las demos gratuitamente, para faci- litar su propagación. Si con las uniones se pretende buscar un mercado para la producción artística no hay (pie ampararse debajo de fraseologías patrióticas; 14 díganse las cosas claras, por sus nombres y do se dé un carácter tan marcadamente patriótico á una sencilla operación de comercio. ■v t o no lio aceptado nunca como cosa legítima la J_ propiedad intelectual: hasta tengo mis dudas acerca de la propiedad de las ideas. El fruto nace de la flor; pem no es de la flor, es del árbol; el hom- bre es como una eflorescencia de la especie y sus ideas no son suyas, sino de la especie, que las nutre y las conserva. Los hombres son muy propensos a darse demasiada importancia, á creerse cada uno un centro de vida y de creación ideal; más justo creo yo que sería retroceder un poco y buscar el centro de gravedad dentro de la base, hacia el comedio de la evolución ideológica en que nacemos y de la que somos siervos humildísimos. Pero aun aceptada la propiedad teórica de las ideas, hay mucho camino (pie recorrer antes de llegar á la propiedad práctica de la obra intelectual, hay que ver si se opone á la naturaleza íntima de las ideas y al pajel que éstas han de desempeñar en el mundo. Más necesaria es la propiedad de las cosas materiales y sin embargo existe la expropiación forzosa y no ha habido reparo en desamortizar cuando así pareció útil y oportu- no y no falta quien aspire hoy á una desamortización general. El socialismo no es un fantasma, es una fuerza positiva ó negativa, pero do tocios modos una fuerza que ha de influir en la evolución de nues- tras instituciones legales y políticas. La propiedad individua] está. pues, subordinada á intereses supe- riores y siempre que estos lo exijan no debo do haber, inconveniente algumt en sacrificarla; preciosa es también la vida y se la sacrifica por el idea! cuan- do el ideal así lo exige Lv propiedad intelectual está fundada sobre un error profundo. Cuando el trabajo del hombre se inspira en la idea de lucro, bien es <|iie se lo esti- mule mediante el interés personal; pero es incon- gruente aplicar el mismo principio á las obras de la ciencia ó del arte, las cuales no deben de tener otro motivo de inspiración que el amor á la verdad ó á la belleza. Conceder patentes de invención á un sabio ó á un artista es convertirles en industriales de la ciencia 6 del arte, excitarles á que conviertan sus obras en artículos de comercio. Así ocurre que hoy no se trabaja ya para remontarse á grandes al- turas, para crear obras maestras: los modernos obre- ros intelectuales se conforman con inventar un mo- delo que sea del agrado del público V multiplicarlo después en series de obras análogas y productivas; ni más ni menos qne los industriales, que una ve/, acreditado un artículo se c msngran á explotar el fi- lón y producen ñ destajo para satisfacer las exigen- cias de la demanda. Ante- teníamos el dolor de ver á los genios morirse de hambre y ahora tenemos la alegría de ver gordos y colorados á muchos que no tienen nada de genios.

Aparte de esta razón general, existe otra que nos llega más de cerca á los españoles: la escasa tuerza expansiva de nuestra producción intelectual. Esto carácter no arguye contra el valor intrínseco ile nuestras obras, antes lo acrecienta y realza: pero dificulta la acción útil de nuestras ideas, su influjo en nuestra misma nación y sóbrelos países que ha- Man nuestro idioma, en los que tenemos el deber de luchar para que nuestra tradición no se extinga, para conservar la unidad y la pureza del lenguaje. Casi todos los pueblos americanos, al separarse de España, por espíritu de rebeldía han pasado lo que pudiéramos llamar la escarlatina de las ideas fran- cesas, ú hablando con más propiedad, de las ideas internacionales. Si España quiere recuperar su pues- to ha de esforzarse para restablecer su propio prestigie intelectual y luego para llevarlo á América ó implan- tarlo sin aspiraciones utilitarias. Cuando tuvimos necesidad de construir ferrocarriles y fué conve- niente conceder franquicias aduaneras al material de construcción, no atendimos al perjuicio que sufri- ría la industria metalúrgica nacional; paréceme que la conservación de nuestra supremacía ideal sobre los pueblos (pie por nosotros nacieron á la vida, es algo más noble y transcendental (pie la construcción de una red de ferrocarriles.

Esta objeción que yo dirijo particularmente con- tra los tratados de propiedad intelectual, tiene una aplicación más amplia y pudiera ser generali- zada en éstos ó parecidos términos: las relaciones entre España y las naciones hispano-americanas no deben de regirse por los principies del derecho in- ternacional; al contrario se deberá de rehuir siste- máticamente todo acto político (pie tienda á equipa- rar dichas relaciones á las (pie España sostiene con paises de diverso origen. El derecho internacional como todas las ramas del derecho, es un formulario estrechísimo en el que no cabe la realidad entera: hay derecho público y derecho privado; pero no hay derecho ptiblieo iuterfamiliar aplicable á las relacio- nes de Estados pertenecientes á un mismo tronco; ana determinación material de las nacionalidades no basta; es Decesarurtener en cuenta el carácter de cada nacionalidad y establecer diferentes principios regu- ladores, según el grado de intimidad conque unes y otros paises entre sí se enlazan. En voz de hablar de fraternidad y tratarnos como extranjeros, debemos de callar y tratarnos como hermanos.

La idea de fraternidad universal es utópica; la idea de fraternidad entre hermanos efectivos es rea- lísima; y entre una y otra existen gradaciones que participan de lo utópico y de lo real: las relaciones fraternales que engendra la vecindad, la conciudada- nía, la raza, el idioma, la religión, la historia, la comu- nidad de intereses o de Cllltura. Yo he tenido 00a« sión de tratar a extranjeros do diversas naciones y á hÍ8pano-americanos; y no he podido jamás conside- rará los hispano-ameripanoa como á extranjeros. No es que yo tenga una idea preconcebida ni que d^sn' hacer alarde de sentimientos fraternales por el estilo de los que usa un oradoró un propagandista para emo- cionar á su auditorio: es (pie noto (pie con un his- pa no-americano estoy en comunicación intelectual apenas hemos cruzado cuatro palabras: en tanto que con un extranjero necesito muy largas relaciones, muchos tanteos para conseguir entenderme con en- tera, naturalidad; en un caso voy sobre seguro, p<>r- (pie sé (pie existí1 una comunidad ideal (pie suple la falta, de confianza; en otro he de comenzar por apo- yarme sobre las reglas banales de la urbanidad hasta que con el tiempo voy allanando las dificultades (pie presenta el entenderse con una persona extraña. cuando no se posee, como yo no poseo, la flexibilidad necesaria para sacrificar las ideas y sentimientos propios en aras de las conveniencias sociales.

Voy á referir un suceso vulgarísimo en que intervine -por razón de mi cargo», cuando re- sidía en A.mberes; y por la muestra se verá cómo los cargos oficiales no están reñidos con las escenas de la vida sentimental y cómo estas ideas que yo ex- pongo y que acaso suenen á palabrería huera tienen un sentido muy justo y muy práctico, si se las acep- ta como línea de conducta y llegan á constituir, sin necesidad de que se las escriba en ningún código ni en ningún tratado, un criterio uniforme y constante en la vida de Ja gran familia hispánica. Me avisaron que en el Hospital Stuyvenberg so hallaba en graví- simo estado un español, que deseaba hablar con la autoridad de su pais; fui allá, y uno de los emplea- dos del establecimiento me condujo á donde se ha- llaba el moribundo, diciéndome de paso que éste acababa de llegar del Estado del Congo, y que no había esperanzas de salvarle, pues se hallaba en el período final de un violento ataque de fiebre amari- lla ó africana. Ahora mismo estoy viendo á aquel hombre infelicísimo, (pie más que un ser humano parecía un esqueleto pintado de ocre, incorporado trabajosamente en su pobre lecho y librando su úl- timo combate contra la muerte. Y recuerdo (pie sus primeras palabras fueron para disculparse por la. molestia que me proporcionaba, sin título suficiente para ello.- Yo no soy español, me dijo; pero aquí no me entienden y al oirme hablar español han creído que era á usted á quien yo deseaba hablar. — Pues si usted no es español, lo contesté, lo parece y no tiene por qué apurarse. — Yo soy de Centro-América, señor, de Managua y mi familia era portuguesa; me llamo Agatón Tinoco. — Entóneos, interrumpí yo, es usted español por tros veces. Voy á sentarme con usted un rato, y vamos á fumarnos un cigarro como buenos amigos. Y mientras tanto usted me dirá qué os lo que desea.— Yo nada, señor; no me taita nada para lo poco que me queda que vivir; sólo quería hablar con quien me entendiera: porque hace ya tiempo que no tengo ni con quien hablar. Yo soy muy desgraciado, señor; como no hay otro hombre en el mundo. Si yo le contara á usted mi vida ver a usted que no le engaño. Me basta verlo á usted. amigo Tinoco, para quedar convencido do que no dice más que la verdad; pero cuénteme usted con culera confianza todos sus infortunios, como si me conociera de toda su vida. Y aquí el pobre Agatón Tinoco me refirió largamente mis aventuras y sus desventuras; su infortunio conyugal que le obligó á huir de su casa, porque aunque pobie era hombre de honor. sus trabajos en el canal de Panamá hasta que sobrevino la parauzn de las obras y por último su venida en calidad d dono al Estado libre congolés, donde había rem-itado su azarosa existencia con el desenlace vulgar y trágico que se aproximaba y que llegó aquella misma noche. -r-Amigo Tinoco, le dije yo después de escuchar su relación, es usted el hombre más grande que he conocido hasta el día; posee usted un mérito que solé está al alcance de los hombres verdaderamente grandes; el de haber trabana jado 'Mi silencio; *'l de poder abandonar la vida con tistaeción de no haber recibido el premio que merecían sus trabajos. Si usted se examina ahora por dentro y compara toda la obra de su vida con la recompensa que le ha granjeado, fíjese usted en que su única recompensa ha sido una escasa nutrición y á lo último el lecho de un hospital, donde ni siquiera hablar puede; mientras que su obra ha sido nobilí- sima, puesto qiie no solo ha trabajado para vivir siuo que lia acudido como soldado de fila á prestar su concurso á empresas gigantescas, en las (pie otro había de recoger el provecho y la gloria. Y eso que usted ha hecho revela que el temple de su alma es tortísimo, que lleva usted en sus venas sangre de una raza de Luchadores y de triunfadores, postrada hoy y humillada por propias culpas, entre las cuales no es la menor la falta de espíritu fraternal, la des- unión, (píenos lleva á ser juguete de poderes extra- ríos y á que muchos como usted anden rodando por el mundo, trabajando como obscuros peones cuando Iludieran ser amos con holgura. Piense usted en todo esto y sentirá una llamarada de orgullo, de íntimo y santo orgullo, (pie le alumbrará con luz muy her- mosa los últimos momentos de su vida, porque le hará ver cuan indigno es el mundo de que hombres