SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Al cabo de media hora de trabajo, que me hizo sudar copiosamente, di por terminada mi faena. No quedó la túnica de Mnjanda blanca como el armiño, mas para los indígenas debía parecer de una blancura inmacnlada, pues de seguro, ni por obra de la natnmleza ni por obra de la industria.

.— 196 — se presentó jamás á bh vista hada comparable.. En estos países no nieva, y la Jeche,' por la cali- dad cíelos pastos, es dé color muy amarillento. Ptiestá la blanca túnica sobre la "negra piel, real- zaba vigorosamente la belleza de los indígenas •por el vivo contraste de los colores y les alegraba con ese estremecimiento espontáneo de alegría ' qne produce la blancura, símbolo de la vida. Los poetas caseros sacaron gran partido de este con- traste, y se valieron para representarlo de mil comparaciones caprichosas; la ' más exacta y ' la más poética fué original de nn joven siervo de Mujanda, que para celebrar /al día siguiente la, aparición de su señor con la túnica lavada por mí, compuso una canción en que le llamaba «árbol • de fuerte tronco, envuelto en una nube blan- queada por la luz de la luna llena:?).

Para la segunda parte del ensayo, cada mujer tomó una túnica y ocupó su sitió, de rodillas, . junto á las jpiedras de lavar, con las cazuelas del jabón al lado. Todas á un tiempo comenzaron á untar el jabón y á restregar las telas, demostrando poca memoria pero no común habilidad. Yo reco- rría las filas, exhortándolas á apretar bien los pu- ños, á volver las prendas por todas partes, á dis- tribuir la espuma equitativamente, para que la. mugre desapareciera por igual, y ellas obedecían con prontitud y aprovechaban bien mis lecciones.

. Una joven condenada por glotona, según supe después, no sólo aprendió en el acto á lavar con perfección, "sino que daba lecciones á sus compañe- ras como una maestra consumada, por donde yo vine á entender que quizás en el fondo dé la ña- — 197 — turaleza de las mujeres haya cierta particular ó innata aptitud para el lavado, ya que tan sin es- fuerzo lo dominaban. Ciertamente, si en lugar de mujeres hubieran sido hombres mis discípulos, no habría triunfado. yo con tan poca molestia. Como premio á la precocidad de la joven glotona, lla- mada por el bello nombre de Matay, cda bebedora de leche», la rescaté en el acto por dos cabras, y, además de elevarla á la dignidad de esposa, la nombré mi lavandera familiar. Aunque yo estaba, como todos, sometido á la ley, y debía entregar mis ropas á las lavanderas públicas, esto no se oponía á que para el aseo de mi persona tuviera una mujer hábil que lavase á diario las ropas de mi uso, siquiera fuese á costa de un excesivo de- rroche de alimentos.

De esta manera se inició en la corte de Maya el lavado con jabón, una de las glorias más puras del glorioso reinado de Mujanda-.

CAPÍTULO XIV Nuevas costumbres políticas.— Intervención de la mujer.- — Camarillas palaciegas. — Luchas provocadas por la infe- cundidad de Mujanda.— Relación del embarazo y alum- bramiento de la vieja Mpizi.

La centralización del poder traía consigo gran- des bienes. Todas las discordias, que antes vivían desparramadas por la faz del país, se concentraron en la corte; los ciudadanos que, apartados de la escena política, peleaban por motivos fútiles, por la caza ó por la pesca, por el aprovechamiento de los ríos ó de los pastos, tenían ahora nn asunto más elevado en que poner sus miras: el gobierno en cualquiera de sus órdenes j grados. Predomi- nando antes el principio de la herencia, las luchas políticas eran familiares y se reducían al cruce de influencias de las mujeres para que sus hijos, sí había varios, fuesen los preferidos por el padre; éste elegía á su arbitrio, y aplacaba los enojos con medidas de orden puramente doméstico. Raro era el caso de que el rey impusiera á las localidades reyezuelos de su familia, porque los miembros de ésta preferían vivir en la corte á expensas de su pariente y soberano. Algunos aficionados á las armas obtenían cargos militares; otros ejercían ~ 200 — ~ 200 — cargos palatinos puramente decorativos. Durante el reinado del cabezudo Quiganza, una sola excep- ción liubo á esta regla: el nombramiento de su hermano Lisu, el de los espiantados ojos, para Mbúa; -pero fué á petición de esta ciudad, y luego que Lisu derrotó- al jefe r'ebélde Muño, el de los grandes labios.

El nuevo sistema cambiaba de arriba ab^o todas las relaciones sociales. La lucha era ahora por obtener el favor del rej,' del dispensador ex- clusivo de mercedes. Los reyezuelos habían acep- tado gustosos que se les privara de la facultad de transmitir su cargo por herencia y de nombrar sus subordinados,.'viendo la compensación de una mejora inmediata, de un traslado favorable ó de un ascenso á otra categoría; al mismo tiempo in- trigaban para que sus deudos ocuparan los pues- tos vacantes. Del mismo modo, en todas las clases sociales, las aspiraciones hábilmente despertadas habían cegado los ojos para que no viesen lo que el interior de mi reforma contenía: un despojo de atribuciones en beneficio del poder central y en beneficio. del país, si el rey sabía imponerse y di- rigir todas las energías perdidas á fines útiles para la patria.

ceder, que todos los que aspiraban á elevarse y todos los que se oponían á que otros se elevaran, esto es, la totalidad de la nación, dirigieron suí^ tiros contra el rey, y como el rey se escudaba con sns consejeros, contra los consejeros. Xo se tardó en comprender que la fuente de los milagros era el rey en apariencia, y el Igana Igui*u en realidad.

En la nueva organización el rey nó conservaba más que dos prerrogativas: oir á los uágangas, silbarles j acogotarles, y decidir con su voto en los consejos, cuando hubiera entre los* consejeros, lo que. no habría nunca: empate» En una sola oca- sión, con motivo de la apertijra del lavadero pú- blico, el consejei-o Asato había estado enf reí: de mí; á lo suma, podía temerse que otro consejero, Menú, fuera en un momento crítico desleal á mi causa; pero siempre me sostendrían, sin vacila- ciones ni veleidades, los otros cuatro: mis dos hi- jos Sungo y Catana, el pedagogo Mizcaga, hechura míaj y Quiyeré, el de las descomunales patazas, padre de la bella Memé. Eu cuanto á los uagan- gas, la mayoría era adicta á mi persona y á mi parecer, porque yo me granjeaba sus voluntades -con atenciones y regalos; y aparte de ésto, sus de- liberaciones continuaban siendo platónicas. Los acuerdos efectivos arrancaban sólo del consejo.

Aunque la influencia del rey fuera tan limi-; tada, había, no obstante, una excepción; el rey contaba con un recurso supremo, del que era pro- j^ietario exclusivo: la legitimidad y el extraño po- der que ésta ejerce sobre el pueblo y las autorida- des. Á una palabra de Mujanda, todos los mnanis- estaban dispuestos á prender y á decapitar no im-. porta á quién, al mismo Igana Iguru. En cambio yo, poseedor real del poder, no hallaría en parte alguna quien se prestase a matar á Mujanda. Tendría para ello que promover un levantamiento, destronarle y darle la muerte cuando estuviera caído. Por fortuna, la mediación de la reina Mpizi me aseglaraba el favor del rey, y el interés Ae éste- — 202 ~ era dejarme vivir para enriquecerse con mis in- ventos y mis ingeniosos arbitrios.

Resultaba de aquí nn dualismo en el gobierno y un dualismo en el juego de las influencias; los unos se dirigían á mí por lo que yo hacía, y los otros al rey por lo que podía hacer; y para los. asuntos de menor importancia, á los consejeros, que, á cambio de su adhesión personal, justo es qne fueran un poco atendidos. Mas como no siempre las pretensiones podían ser satisfechas, los desespe- ranzados acudían á otros medios más enérgicos- que la simple petición, y en jdccos días de nuevo régimen fueron peritísimos en las artes de la co- rrupción, del soborno, de la seducción y del cohe- cho. Para ejercitarlas utilizaban, como materia más blanda y dúctil, á la mujer, que adquiría á. ojos vistas una gran importancia: el uso de las tánicas de colores y de los sombreros las había embellecido, el de los baños las había purificado, y el del jabón las hizo casi omnipotentes. A ellas- se enderezaban las súplicas y los regalos, y ellas escuchaban las unas y se guardaban los otros, de- cididas á abogar por los obsequiosos suplicantes..

Yo pude convencerme de lo difícil que es resis- tir las seducciones de las mujeres. Más de veinte pedagogos locales pretendían suceder al calígrafo Mizcaga y al prudente Uquima, y, á falta de pre- cisión en la antigüedad de los servicios, la elección recayó sobre un hijo del desleal reyezuelo Muño, impuesto por mi sensual esposa Canúa, la cual había pertenecido antes áLisu, el de los espantados, ojos, y antes que á éste á Muño, el de los grandes labios, y sobre un hermano de la tejedora Rubuca^ — 203 — recomendado por ésta al rey. Quedaron dos vacan- tes de pedagogo en Mhúa y Cari, y fueron: la de Mbúa, para un hijo de la misma Rubuea y del he- roico y orejudo consejero Mato, y la de Cari, para^. un primo de mi flaca esposa Quimé, siervo peda- gogo del reyezuelo de esta ciudad. El nombra- miento del hijo de Rubuca dió mucho que decir, porque se toleró que el joven presentase cuatro loros en vez de seis, y además se susurraba que no habían sido amaestrados por él.

En esta lucha de influencias las mujeres se di- vidían en bandos alrededor de las favoritas. Con- tra la costumbre, yo no hice jamás designación es- pecial de ellas; pero de hecho resultaban designa- das por el grado de afecto que cada una merecía y por su fecundidad. Mi criterio se guiaba por los méritos de cada mujer, más por los del alma que por los del cuerpo, por ser éstos escasos en todas ellas para un hpmbre de mi raza. Primeramente- distinguí á la esbelta Memé, la cual las superaba, á todas por la regularidad de las formas y por la- vehemencia del carácter; luego á la flaca Quimé, cuya sensibilidad artística me parecía maravillosa, para haberse desarrollado en la vida servil, entre los zafios pastores de Cari; la sensual Canúa ate- soraba grandes bellezas plásticas, tenía excelentes aptitudes para los juegos mímicos y era fecundí- sima. Ella sola, en menos de tres años que iban transcurridos desde mi llegada, me había hecho padre de tres hijas, dos de ellas gemelas; Quimé había tenido una hija y un hijo, y Memé uno solo,, en el destierro. Ñera, al morir, me había dejado otro,, que murió, y asimismo murieron, arrastrando <50ii;sigo á sus madres, d'os más, nacidos de dos di- ferentes reinas accas. De' mezcla acca' no salió ' adelante más que uno, llamado á desempeñar un. gran papel en la historia nacional, é hijo de la reina Muvi, mujer tan pequeña por el cuerpo como grande por el corazón. Este fué mi hijo pre-, 4ilecto; era enanillo como su madre, más negro: que. -SUS hermanos, y tan.vivaracho que le puse el.nombre de Tití. Los otros seis, y muchos más que llegué á reunir, eran de un tipo mulato muy semejante al gitano puro; aun siendo pequeños, dejaban ya ver, y creo que con el tiempo lo demos-, trarán, que eran inteligentísimos por efecto del buen cruce de razas. El primogénito, el de Memé, el más parecido á mí, era tan grave y reservado que no quería hablar nunca, razón por la cual (así como por ser el mayor) le di el nombre de Arimi, que en mi idea quería decir: niño elocuente por su silencio.

En torno de las tres madres se agrupaban, se- .gún sus simpatías, todas mis mujeres, así como las síervas reconocían la superioridad de Muvi. Las antiguas mujeres de Arimi seguían fieles á Memé. Ganúa capitaneaba el bando más numeroso. Qui- mé era la más modesta, y aunque tenía sus par- tidarias, se inclinaba al bando de Memé, su protectora. Más tarde hubo una nueva y turbu- lenta parcialidad con la llegada de la revoltosa y glotona Matay, la lavandera, que llegó á ser ma- dre de cuatro hijos y una de las favoritas. Pero igualmente cuando eran dos que cuando eran tres los bandos, mi táctica prudente y mi enérgica se- Teridad redujeron las animosidades á su menor expresión. Un medio de que me valí, con éxito, para sostener el orden en mi casa y para influir de rechazo en la de los demás, fué la renovación continua de mi harén. Las mujeres que eran ma- .dres y las del difunto Arimi, demasiado viejas para mi objeto, quedaban como base inamovible de mis combinaciones;. pero las demás eran rega- • ladas por turno, cuando adquiría otras en susti- tución. El rey, los consejeros, los reyezuelos y al- gunos uagangas distinguidos tuvieron en sus harenes alguna mujer que había sido mía, y que, . por haberlo sido, ocupaba un lugar preeminente,. si no el primero. Así afianzaba yo mi influencia • y ganaba buenas amistades y adquiría fama de rectitud, por ser mi conducta desacostumbrada en • este país, donde los más altos tienen el prurito do arrebatar sus mujeres á los más bajos. Con- mi li- beralidad yo nada perdía, pues mis mujeres eran - siempre cincuenta, límite máximó que voluntaria- • mente me impuse y que nunca traspasé, y para renovarlas contaba con los milagrosos rujus.

Mucho contribuyó también á modificar los'^ma- los hábitos de mis mujeres el de comer todas á la misma mesa y sin privilegios irritantes. En reste punto conseguí verdaderos triunfos; uno de los motivos más fuertes de la oposición contra las co- midas familiares, se recordará que fué el odio á • codearse demasiado con los accas; yo realcé cuanto pude á los infelices.enanos, y llegué hasta á sen- tar á la mesa común, sin protesta de nadie, á la . reina Muvi cuando fiié aceptada por mí como es- posa. Séase por el poco amor qué yo les demos- traba, séase por mi raro aspecto y por las nebúlt)- — 206 — «idacles de mi historia, todas mis mujeres me tenían una suerte de veneración, rayana en el amor místico.

No sucedía así á Mujanda. Yo, incapaz de apa- sionarme de ninguna de mis mujeres, las conside- raba como un medio de diversión y pasatiempo, usado, es verdad, con m_ucha humanidad y tacto. Mujanda, poseído de su papel, y tomando la co- media por realidad, concebía amores súbitos, hoy por una, mañana por otra de sus mujeres. Ade- más, el harén real era cuádruple del mío y muy heterogéneo; en él se veían, como en las forma- ciones geológicas, las diversas- capas, superpuestas y perfectamente separadas, que lo habían ido for- mando. La sultana Mpizi tuvo muchos hijos, de los cuales el único sobreviviente era el débil Mu- janda, al que quería con pasión y al que gobernó á su antojo hasta la edad de veinte años. En este tiempo, que fué el de mi llegada al país, el prín- cipe tomó su primera esposa, Midyezi, «la bebe- dora de agua», hija mayor de Memé. Suegra y nuera habían vivido en el destierro de Viloqué, formando el nucléolo del harén de Mujanda, y con- tinuaban estrechamente unidas.

La segunda capa estaba formada por los restos del antiguo harén del cabezudo Quiganza, cuyas mujeres é hijas habían pasado á poder de Mujanda, después que éste fué proclamado rey. Sólo la ma- dre del consejero Asato pasó á poder de su hijo, y la descendencia de la gorda y malograda Mcazi al del abuelo Mcomu, á la sazón reyezuelo de Ruzozi. Todas las demás mujeres pertenecían á Mujanda, y formaban un fuerte bando, cuya cabeza visible — 207 — — 207 — era la obesa' Carulia, que había sido madre de doce hijos. T rivalj por la cantidad de sus carnes, de la difunta Mcazi. Carnlia profesal^a odio mortal á su suegra y se sentía mortificada por su postergación, dado que el nuevo rey, sin hacer ascos á la abun- dancia excesiva de carnes, era menos esclavo de éstas que su tío, y se inclinaba en favor del tipo que yo he llamado etiópico. Por esto su íntima fa- vorita era la tejedora Rubuca. capitana del tercer bando, compuesto, en su casi totalidad, por muje- Tes de los dos harenes de Viaco, antes y desj)ués de la revolución, así como por las confiscadas al den- tudo consejero de Menú. A pesar de sus cuarenta años y de sus ocho hijos, no dejaba Rubuca de tener •seducciones, aparte de la no pequeña de ser mata- dora de un usurpador. Era una mujer del mismo ■corte que Memé, y mantem'a á raya el bando de la obesa Carulia, siquiera éste fuese más numeroso. Había, por liltimo, una cuarta camarilla, la de las provincianas regaladas al rey en sus viajes, diri- gida por la simple Musandé, hija pre<:lilecta del carnoso Xiama, reyezuelo de Quetiba. Este bando, menos diestro en las intrigas de la corte, se aliaba de ordinario con el más pobre en número y rico en influencia, el de la stiltana Mpizi.

Tan discordes elementos, excitados por las tor- pezas y por las parcialidades del rey, se hacían cruda guerra, y las rivalidades se acrecentaban con la incertidumbre del ix)rvenir. El rey no ha- bía tenido hijos, ni se esperaba que los tuviera, y la idea fija del harén era averiguar qué se haría en caso de morir Mujanda. A falta de sobrinos, de hijos y de hermanos, caso nuevo en la historia — '2Q8 dinástica de la prolífica nación, ¿quién sería el he- redero? ¿Asato, liijo mayor, ó Lisu, liermano me- nor de Quiganza? Mpizi,- y la camarilla de Mn- .sañdé estaban por éste; la camarilla de Carulia^ por aquél. Rubuca confiaba aún en la juventud j larga vida de Mujan da, y se mantenía indecisa. M una sola voz se levantó en defensa del princi^ pió de libre elección, por donde se comprenderá lo arraigado que está en este país el amor á la mo^ narquía hereditaria. Desgraciadamente, la creencia de que el rey no estaba llamado á ser padre era tan ciega, aun en el ánimo del rey mismo, que todo rumor de embarazo daba lugar á imputacio- nes calumniosas y recrudecía los odios.

Hubo tres falsas alarmas: la primera de Ru- buca, que fué á manchar la limpia reputación del listísimo Sungo* otra de Mbusi, hija de Mtata, reyezuelo de Misúá, antigua esposa del heroico y orejudo Mato, con cuyo motivo no quedó bien parado el mímico Catana,, y la última de Risoma, que tuvo un desenlace trágico. Esta Risoma, lla- mada así porque padecía de denteras y se las cu- raba mascando «salitre», era, como Mbusi, del bando de Rubuca, pero procedente del harén del dentudo Menú, y fué acusada por sus celosas com- pañeras de querer introducir un heredero en la faüiilia real con auxilio del consejero Menú, su ex sobrino político. A mi juicio, la acusación era falsa como las anteriores, porque ofensa tan grave, ni podía caber en la mente de un consejero, ni .era de hecho posible, dada la vigilancia de las ca- marillas; además, los acusados negaban, prueba plena en el procedimiento penal maya, y el einba- — 209 — razo no era visible; pero á instancias del rey, al qne ¡carece que molestaba el rechinar de dientes de la malaventurada Risoma, tnve que condenar á muerte á los presuntos adúlteros. Un uaganga, Rizi, el más bello de los hijos del valiente Ucucu, sustituyó á Menú, y la posibilidad del empate en- tre consejeros se alejó hasta perderse de vista.

Cuando los ánimos estaban más empeñados en resolver el pavoroso problema de la sucesión de Mujanda, una noticia imj^revista vino á cortar de raíz todas las querellas: la noticia del embarazo positivo é innegable de la sultana Mpizi, de quien nadie, á sus cincuenta y lúco de años, esperaba este alarde de fecundidad. La nueva fué acogida por la nación con entusiasmo, y por mí con or- gullo, porque veía la j)osibilidad de que naciera un varón y de que un hijo mío fuese rey de Maya. Sólo me entristecía el pensar que este hijo, si es que era hijo, fuera tan inteligente como sus her- manos; porque en la nueva organización política, un rey inteligente sería peligroso, y lo esencial, el bien de la j)atria, tendría mucho que padecer. Desde que los primeros rumores circularon hasta el día del alumbramiento, los bandos políticos es- tuvieron como adormecidos, y el pueblo esperaba con ansiedad la llegada del día muntu para re- crearse en la contemplación del vientre, cada mes más desarrollado, de la vieja y engreída sultana. Allí en aquel vientre veían por entonces la repre- sen ta,ción de la legitimidad dinástica y de la paz social; y el mismo Mujanda se preocupaba mucho del desenlace de la preñez, deseando el nacimiento de un príncipe heredero, que por el solo hecho de u — 210 — ser dudoso, aventajaba á cualquiera de los dos co- nocidos, Lisu j Asato.

En Maya existe la costumbre, á mi juicio muy acertada, de que el marido haga de comadrón en los partos de sus esposas. El alumbramiento tiene lugar en el harén si es de día, ó en la sala fami- liar si es de noche, y todas las mujeres rodean á la parturienta para asistirla en caso necesario y para presenciar la aparición del nuevo sér. No es que haya temor á un fraude, á una ficción de parto ó á una sustitución de personas; aunque adelantados los mayas, no conocen aún estos pro- gresos jurídicos; es que hay vivo deseo de ver el sexo á que pertenece el recién nacido, porque al sexo está ligado muchas veces el porvenir de una familia, y tratándose de Mpizi, el porvenir de una nación. Como yo no podía entrar y salir libre- mente en el harén real, y ráenos en la sala de familia, si el parto se presentaba por la noche, la sultana decidió vivir en mi casa los últimos días de sil gestación. Realmente ella era mi esposa le- gítima, por haber dado Mujanda su beneplácito á nuestro enlace; pero el cambio de domicilio no había tenido lugar porque el que debía recla- marlo era yo, y jamás quise hacerlo, temeroso de enajenarme las simpatías del rey, amantísimo de su madre, y las de la misma Mpizi, para quien la mudanza significaba un descenso de categoría. Los partidarios de que las cosas vayan siempre por la línea derecha no comprenderán ni aproba- rán este irregular concierto, mezcla de matrimo- nio y barraganía, del que sólo podía nacer un gravísimo desdoro para las instituciones; pero la ^ 211 — vida es así, enemiga de lo simétrico y fecunda en formas nuevas é inadaptables á los patrones usa- dos de ordinario. El fondo es el que continúa siendo eternamente igual; y el fondo en la unión del hombre y de la mujer, ya con arreglo á un modelo, ya con arreglo á otro, es la procreación de un nuevo organismo viviente, el cual, si tiene la fortuna de nacer varón y en las raras y felices cir- cunstancias en que iba á venir al mundo el hijo de Mpizi, tiene grandes ¡írobabilidades de here-, dar una corona y de regir cerca de medio millón de sus semejantes.

Realizóse la mudanza, y á los seis días el fausto acontecimiento. Cuando la descuidada ciudad dor- mía á pierna suelta, en la mansión del Igana Iguru todo el mundo velaba alredor de Mpizi, hasta que ésta, á las altas horas de la noche, pudo dar á luz, sin señales de gran molestia y en medio de nuestros solícitos cuidados, un hermoso prín- cipe, que fué confiado á los desvelos de la reina Muvi, en tanto que la parida y mis demás muje- res se retiraban á sus alcobas á descansar. Muvi amamantaba aún á su hijo Tití, entrado en el sexto mes de edad, y aunque enana, era tan buena criadora que la elegí para que diera las primeras veces al recién nacido. Yo me quedé acompañándola todo el resto de la noche, porque la escena á que acababa de asistir me había pro- ducido mucha impresión y me había ahuyentado el sueño.

Esta elección mía fué uno de esos misteriosos acaecimientos en que los espíritus más incrédulos reconocen la ma-n^ providenciarque rige los desi I — 212 — tinos del mundo y de las naciones; á no ser por ella, las esperanzas de los mayas hubieran sido frustradas, y la- paz del reino puesta en peligro. No sé si por falta de desarrollo, muy justificada por la edad más que madura de su madre, ó si por torpezas cometidas por mí, poco ducho en obstetricia, é incapaz, sobre todo, de hacer bien un ombligo, el príncipe que acababa de nacer fué tan poco viable que á las dos horas de venir * el mundo dio su último y débil aliento en los brazos de Muvi. ¿Qué hacer en este angustioso trance? ¿Defraudar los sueños dorados de Mpizi y de toda la nación, alimentados durante tan lar- gos meses? ¿Déjar que las camarillas y los bandos levantaran otra vez la cabeza y perturbaran el desarrollo normal de la vida política? Esto me pareció insensato mientras hubiera un recurso á mi alcance, é inspirándome en el bien de la na- ción concebí una idea patriótica: la sustitución del hijo de Mpizi por el de Muvi. Ambos erau hijos míos, ambos nacidos de reina y mulatos, y el enanito Tití, con sus seis meses, podía pasar por un recién nacido de raza común. Muvi era mujer capaz de comprender mi intento, y se so- metió á mis mandatos con humildad, deseosa en el fondo de que mi fraude prosperara en bien de su hijo. En su vida de azares había aprendido á conocer la utilidad del engaño, al que á sabien- das quizás no se hubiera asociado ninguna otra de mis mujeres por falta de costumbre y de ha- bilidad.