228 — particulares, uno de ellos del dentudo consejero •Menú. La expropiación no exigía más formalidad que entregar al.expropiado una casa en cambió de la que se le quitaba, y el rey siempre tenia algunas vacías, procedentes de confiscaciones. Uno de los edificios incorporados, que ocupaba ahora casi el centro del palacio, fué separado del restó por medio de dos largas vallas; se derribaron los tembés interiores, y el largo patio que quedó libre, abierto por el Norte y por el Sur, fué convertido en depósito y pudridero, donde todos los ciuda- danos debían venir á vaciar sus carretillas ó hacer sus diligencias si les venía en deseo.
La importancia moral de la reforma estaba en la parte litúrgica, de donde nacieron notables progresos sociales y jurídicos. En las dos ceremo- nias religiosas del día muntu apareció un nuevo elemento: la carretilla sagrada, llena de estiércol recogido en los establos reales; en el afuiri, ade- más de la carretilla, introduje otro más impor- tante: la vaca, predestinada á sustituir, por un hábil escamoteo, á los reos humanos. En el ucuezi, la innovación se redujo á colocar la caja de los abonos sobre el ara mientras el gallo ó poUo simbólico, suspendido de la polea, subía, bajaba y danzaba. En el afuiri, la carretilla ocupó el centro del cadalso, entre los reos y la vaca: des- pués del juicio, los mnanis degollaban la vaca, cuidando que parte de la sangre cayera sobre el estiércol, é inmediatamente después decapitaban á los reos sobre el mismo receptáculo. Al día si- guiente, muy de mañana, los abonos, consagrados por Igana Nionyi y regados con la sangre de las — 229 — — 229 — •víctimas de Rnbango, eran esparcidos por todo el estercolero, y la vaca (cnya provisión quedó á mi cargo, como muestra de que no me guiaba el in- terés) era distribuida, en pequeñas raciones, entre todas las familias de la ciudad. En las localidades» sin embargo, el suministro de las vacas recayó sobre los reyezuelos, porque los auxiliares del Igana Iguru eran muy pobres; y no todas las ciu- dades aceptaron los nuevos usos desde el primer momento, porque unas carecían de tierras labora- bles y no necesitaban abonos, y otras andaban muy escasas de ganados y no tenían recursos para adquirirlos.
CAPÍTULO XVI La reforma religiosa. — Supresión de los sacrificios huma- nos.— Cómo fué iniciado el nuevo afuiri, y cómo nació de él un segundo día muntu y una fiesta genuinamente na- cional.
Aunque la religión maya me pareciera irrefor- mable en lo sustancial, la experiencia me había descubierto en ella algunos puntos flacos donde, sin ofensa para las buenas costumbres, se podía romper, con la tradición. Tamaña empresa hubiera sido descabellada en los primeros días de mi go- bierno, mas ahora sería facilísima; porque el hom-» bre se habitúa á los cambios continuos con tanto gusto como á la inmovilidad, y una vez extendido el contagio reformador, no hay peligro en innovar á diario. El peligro estará en que las innovaciones no arraiguen, en que los naturales apetitos, no satisfechos con lo nuevo y privados de lo viejo, se inquieten, se indisciplinen y se desborden; y este peligro á mí no me amedrentaba, porque jamás concebí idea tan torpe como la de privar á un pueblo de sus más legítimos desahogos.
En un punto estaba yo conforme con los ma- yas: en la necesidad de conservar los sacrificios humanos; ellos los apetecían por puras exigencias - 232 — de sn naturaleza, j yo los aceptaba sin gran difi- cultad. La historia maya no registraba un afuiri sin efusión de sangre, y los mayas, que no estudian casi nada, aprenden, como sabemos, la historia nacional de boca de sus pedagogos. Pero, dada la precisión de matar, hay muchas formas de hacerlo, las cuales reflejan distintos- estados sociales; en bien de los mayas creía yo llegado el momento de transformar la matanza grosera sobre el cadalso, én algo más noble y artístico. Todos los pueblos Bárbaros han pasado desde la barbarie á la cultura por grados intermedios que se caracterizan por la aparición de nuevos elementos artísticos. Los jue- gos públicos no han sido otra cosa que transforma- ciones de las crudas escenas de la vida en cuadros combinados, mediante elección de tipos j. asuntos. Un pueblo que se recrea en la contem- plación de estos cuadros está muy bien Qncami- Hado para crear otros superiores á los de la reali- dad, y para mejorarse tomándolos por guía y modelo.
En el pueblo maya habían ya aparecido los jue- gos públicos, los combates navales y las carreras de velocidad y resistencia; pero los juegos más bonitos, los coreográficos y mímicos, eran pura- mente domésticos. En general, la vida pública, re- ducida al comercio de los hombres, carecía de in- terés; sólo era digno de estudio el día muntu, único en que los mayas vivían socialmente; pero aun este día, como era uno solo cada mes, no creaba hábitos sociales, y sólo servía para dar suelta á las malas pasiones; no quedaba tiempo para que el contacto de sexos y clases produjera frutos va- — 233 — riados; éstos eran siempre los mismos," los que produce el primer choque de los instintos conte- nidos: primero el encogimiento y la acción torpe y embarazada, después la desvergüenza y el desen- freno.
El detalle de los afuiris que más me molestaba, era, cuando se trataba de juicios extraordinarios^ ir sobre el pacienzudo hipopótamo á las ciudades á administrar alta justicia. En tan perniciosa cos^ tumbre veía yo un riesgo constante para mi per- sona y una pérdida lamentable de tiempo para los graves menesteres de mi cargo; pero era muy difícil eludir este penoso deber, porque la justicia tenia un carácter marcadamente territorial, y los juicios debían celebrarse allí mismo donde el cri- mien era cometido. Sólo tratándose de reos ordina- rios era corriente que se los prestasen unas ciuda- des á otras, para que nunca faltaran víctimas» No era posible delegar mis atribuciones en mis auxiliares; así como yo era el primer personaje después del rey, mis auxiliares eran de ínfima ca- tegoría, y estaban muy menospreciados de todo el mundo, porque en lo antiguo sirvieron también para recaudar los impuestos y para azotar á los delincuentes, y se habían hecho odiosos. Además, la suspensión de mis viajes hubiera irritado á los pueblos, y en particular á las mujeres, deseosas de verme, siquiera fuese de tarde en tarde, de recibir los dones á que yo con suma ligereza las acostum- bré, y de gozar de un día de asueto, fuera del muntu, que por tardío les parecía insuficiente.
Muy dolorosa me era también la asistencia á los afuiris ordinarios, de la corte, 'obligado como - 2U - me veía á condenar siempre por lo menos á una pareja de criminales y á presidir las degollaciones. El primer añiiri á que asistió la reina Mpizi con el príncipe Yosimiré, el mismo en que se consagró por primera vez la carí-etilla con los abonos, fué el vigésimoséptimo de los dirigidos por mí, incluido el que presidí antes de la revolución, y según apa- recía de los rujus conservados en mi archivo, las víctimas sacrificadas eran ciento treinta, á las que debía agregar veinticinco de mis excursiones judi- ciales desde la famosa de Aucu-Myera, en que pereció el infeliz Muigo. Cierto es que en un día muntu, durante el reinado del fogoso Viaco ó en diez días de gobierno provisional del dentudo Menú, el número de víctimas había sido doble del que arrojaba mi balance; pero de todas suertes me remordía la conciencia y me aguijoneaba el deseo de hacer algo contra estos cruentos sacrificios, de quitarles siquiera sus rasgos más horribles. Peor aún que las decapitaciones me parecía el entu- siasmo popular que las acompañaba y el lúgubre epílogo que las ponía término; para que nada fal- tase al triste cuadro, los despojos de los afuiris no eran, como los demás, arrojados en lo hueco de los árboles, sino que quedaban sobre el cadalso, expuestos á la voracidad de las bestias necrófagas. Conforme se extendía, por mi acertada gestión, el bienestar público, se acentuaban más los instintos^ feroces y la afición á los sacrificios humanos. La naturaleza de estos hombres, exuberante de ener- gías, no queriendo desfogarse en el trabajo ni pu- diendo calmarse en la guerra, buscaba su expan- sión en las escenas fuertes. No he visto jamáa — 235 — alegrías tan puras y tan espontáneas como las de los mayas ante el cadalso cubierto de sangre ca* líente y de despojos palpitantes. Sin duda la civi- lización modifica la naturaleza humana, borrando estas tendencias innobles, que en los pueblos cul- tos quedan hoy reducidas á esa alegre é inocente curiosidad con que las masas se agolpan para ver cómo desciende la majestuosa guillotina sobre la cabeza del reo, cómo gira el tornillo que estran- gula suavemente al condenado.
La brutalidad de los hombres tiene sobre la de los animales la ventaja (aparte de la de ser en és- tos cuantitativamente superior) de poder variar de forma; de ello hay ejemplos en los mismos anales mayas; los antiguos pedagogos y soldados conquistaban sus puestos en combates singulares;- desde üsana, los ' pedagogos ingresaron mediante la prueba de los loros, y fueron soldados los que se distinguían en la caza; bajo el gobierno de Mujánda, la creación de los escalafones dió aún as- ^ pecto más suave á la lucha por la vida. ¿ Por qué ño había de intentarse algo semejante en las ce- remonias religiosas, purgándolas de la parte cruel? Con gran sentido político, el rey, aconsejado por mí, había ideado la degollación simultánea . de los hombres y de la vaca. Si antes no era po-: . sible suprimir los reos, porque sin ellos faltaba al áfuiri el principal atractivo, el derramamiento áe sangre, ahora debía intentarse la prueba para^ : ver si los indígenas se conformaban con la sangre de la vaca. No es que se pretenda poner aquí en irrespetuoso parangón la sangre humana y la» sangre de los rumiantes; pero sí cabe alegar que — 236 — la diferencia entre lina j otra no era tan grande en Maya corno lo es entre nosotros, porque allí el' precio de un hombre era muy poco superior al de una vaca. De ordinario se permutaba el ruju de hombre por una vaca 7 una cabra, y el de mujer por dos vacas; éste fué siempre más apreciado por la belleza del dibujo y porque á la mujer iba aneja la idea de fecundidad, de que el hombre des- graciadamente carece.
No había, sin embargo, que pensar en la su- presión de los sacrificios humanos, digno remate de la legislación penal maya. Si se conseguía re- ducirlos á las «exigencias del buen orden social, y; embellecerlos algún tanto, no era pequeño el triunfo; á las generaciones venideras correspondía: perfeccionar nuestra obra cortándolos de raíz. Fué instituido, pues, el segundo afuiri. Después del primero, celebrado cuando el sol se colocaba sobre nuestras cabezas, no había más ceremonias, sagradas; había, sí, bailes y banquetes, y más adelante baños y diversiones acuáticas. El nuevo. afuiri tuvo lugar hacia las tres de la tarde, y fué una improvisación. Las ceremonias habían se- guido su curso regular, y los concurrentes las presenciaban con muestras de impaciencia, de- seosos de contemplar á sus anchas á la saltana Mpizi y al tierno príncipe Yosimiré, que, por un extraño fenómeno de precocidad, dejaba ver aquel día sus blancos dientecillos en número de cua- tro. Llegó el momento crítico del afuiri, y sobre el cadalso estaban la carretilla de los abonos en el ■centro, la vaca á la izquierda y tres reos á la de- recha: un acca y una mujer indígena acusados de 237 — 237 — adulterio, y otra mujer cogida en el acto de robar una túnica del consejero mímico Catana. Ambos delitos eran de los más comunes; el de adulterio- era muy frecuente en los días muntus, en que hombres y mujeres se hallaban en contacto, y se- gún la nueva jurisprudencia establecida por mí, se penaba con la muerte de los dos culpables sóla cuando el adiiltero era enano. Tal disposición se enderezaba á proteger la pureza de la raza indí- gena. Los robos de ropas también menudeaban, y hubo que castigarlos con gran rigor en bien de la existencia y prosperidad del lavadero. Las dos mujeres habían confesado su delito, y el acca lo había negado, porque entre las virtudes de los enanos no se contaba la veracidad.. Tres mnanis hablaron en defensa de los reos, limitándose, como de costumbre, á conmoverme, seguros de que no me conmoverían. Siguió la degollación de la vaca sobre la carretilla de los abonos, y con gran ex- trañeza de los verdugos, yo no pronuncié por se- gunda vez la palabra afuiri. Me dirigí al concurso para manifestarle que, antes de dar muerte á los culpables, era preciso someterlos á una segunda prueba, por exigírmelo así el severo Eubango.
Atónita quedó la asamblea escuchando estas palabras, y maravillada cuando presenció los he- chos que las aclararon. Hice conducir á los adúl- teros y á la ratera al redil donde los uagangas se reunían para bailar ó discutir; los introduje en él, y después cerré la puerta. Dentro había dos bellos búfalos salvajes, traídos por orden mía desde Upala, donde hay muchos cazadores que se dedican á coger con lazos estos cornúpetos para — 238 — domesticarlos si son pequeños, ó para raatarlos y vender sus despojos si son grandes. Entonces dije é los reos que combatieran cuerpo á cuerpo con los búfalos, y que si Rubango quería librarles de la muerte les concedería el triunfo. Comenzó una lucha feroz, que duró una hora y que mantuvo en tensión extraordinaria á los espectadores, aso- mados á aquella jaula legislativa transformada €n plaza de toros ó en circo romano. El miedo á la muerte hizo maravillas entre los gladia- dores, y muchas suertes del arte taurino fueron inventadas en aquellos angustiosos momentos. Los búfalos atacaban con furor, y los infelices reos huían, se agachaban, se cogían al cuello de las bestias, hasta que, -pov iiltimo, eran engan- chados y volteados, en medio del contento y de la gritería del público. El enano fué el primero que pereció en las mismas astas de una de las cornudas fieras, casi abierto en canal. La adúltera se defen- dió heroicamente: desgarrada la túnica, herida * por seis partes, remontada tres veces por los aires, todavía tuvo fuerzas para abrazarse al pescuezo de la fiera y desgarrarle á mordiscos desesperados la garganta, haciéndole lanzar roncos bramidos de coraje. La ladrona fué la última víctima: ésta quería huir por lo alto de la verja, pero el público la impidió escapar, empujándola hacia dentro; ella no buscaba á los búfalos, pero los búfalos, irri- tados, después de destrozar á los otros dos gladia- dores, se ensañaron contra ella y la remataron en el suelo.
Sólo en los días de grandes victorias ganadas en el campo de batalla he presenciado desborda- — 239 miento de pasiones semejante al que produjo esta primera corrida de búfalos, ideada j^or mí con fines tan loables. Yo, qnizás obcecado por mi afición á las corridas de toros, rebosaba de contento, y creía de bnena fe haber derribado de un solo golpe la tradición más arraigada en el alma de los mayas: la voz unánime era que el nuevo afuiri era j^refe-, rible al viejo, y si esta creencia se consolidaba, y la ceremonia religiosa no exigía en adelante la decapitación de seres humanos, se quitaba á los sacrificios el firme sostén de la fe y se los reducía á una fiesta popular, que el tiempo y mis buenos oficios irían depurando de su parte cruel y real- zando en su parte artística. En la apariencia, nada se había ganado con mi ensayo; tres eran las víc- timas de los búfalos, como tres hubieran sido las de los mnanis. Tal vez á un observador ligero y sentimental pareciera más suave la muerte sobre el cadalso, bajo las certeras cuchillas de los ver- dugos, que en el circo entre las formidables astas de los búfalos.
La única dificultad del nuevo afuiri era que des- componía la distribución tradicional de las horas. La corrida se había llevado toda la tarde, y quedó poco tiempo libre para los baños, los banquetes y para el amor; cuando los reos fuesen más, resul- taría tan recargado el día muntu que no habría espacio para que todas las ceremonias y fiestas se sucedieran con la debida pausa. Yo anuncié que en las mansiones de Rubango, donde había visto por primera vez estos combates, que allí sirven para probar la culpa ó la inocencia de los acusa- dos, eran dos los días muntus y se celebraban dos — 210 — fiestas diferentes: una religiosa, en el plenilunio que comprendía el ucuezi j el afiiiri, en el que sólo se sacrificaba la vaca y se preparaba la fecun- dación de las tierras, y otra judicial, que constaba de dos partes: la primera, el combate de los reos con las fieras; la segunda, la muerte de las fierag, á cargo de hombres esforzados y justos, que, arma^ dos de todas armas, luchaban con las fieras hasta matarlas, para vengar la sangre humana vertida. Esta indicación se enderezaba á satisfacer un de- seo que yo había adivinado en todos los rostros: es propio de quienes presencian un espectáculo ha- llar torpe y defectuoso cuanto hacen los ejecutan- tes, y creer que aventajarían á éstos si estuviesen en su lugar. Muchos de los que veían el desigual combate sentían impulsos, bien que sólo imagi- nativos, de entrar en el circo y pelear, seguros de vencer fácilmente. Ofreciéndoles el uso de armas y el animoso ejemplo de las victorias obtenidas por los subditos de Kubango, todos ardían ya en deseos de ver á sus pies una fiera muerta en com- bate singular, en medio del asombro del público congregado, tal vez ante los envidiosos ojos de sus rivales, ó bajo el blando y amoroso mirar de las más escogidas doncellas. La pasión de los mayas por la 23eligrosa caza en los bosques se acrecentaba con este nuevo aliciente de luchar en público, de recibir en el momento mismo de la victoria los homenajes debidos á la intrepidez y al esr fuerzo.
Dos semanas después, en el novilunio, se cele- bró la primera fiesta jurídica según el nuevo estilo. Entretanto se habían hecho importantes reformas en el círcnlo de los uagangas: se levantó j se es- pesó la reja para mayor seguridad; se colocaron fuera de ella varias jaulas, que hacían las veces de toril, donde las fieras permanecían aprisio- nadas hasta el momento de entrar en escena, y se construyeron cuatro grandes tablados, como de siete palmos de altura, sobre los cuales se encaramaba el público para dominar el redon- del. Bien temprano, como en los días muntus, las familias acudieron á la pradera á divertirse y preparar el ánimo para saborear las maravillas y portentos que se anunciaban. Desde la salida del sol hasta la hora del afuiri eran seis las horas de vagar, en las cuales confiaba yo grandemente para refundir esta raza díscola; seis horas que para los demás eran un penoso retardo, y para mí lo esen- cial de la fiesta, á la que procuré yo mismo dar el tono disponiendo que mis mujeres tocaran el laiid, y cantaran, bailaran é hicieran juegos mí- micos. Otras muchas familias, después de hacer coro para ver, siguieron el ejemplo; y lo que más llamó la atención fué que yo permitiera á algunos jóvenes mayas alternar con mis esposas en los bailes y mimos.
Mis esperanzas se realizaron con creces, pues, aparte de inaugurarse el nuevo muntu de una manera elevada y digna de una sociedad culta, me vino un refuerzo de donde menos lo esperaba. La noticia de las nuevas fiestas había corrido veloz- mente, y todo el país se moría de ganas de verlas antes que fuesen instituidas en las localidades; y como hasta el día que esto ocurriera, el segundo muntu era festivo sólo en la corte, acudieron de 16 los pueblos cercanos bandadas de curiosos, ávidos de olismear lo qne pasaba. De todos los pueblos ribereños venían por el río basta la catarata, saca- ban á tierra sus canoas, y se presentaban en la colina llenos de cortedad y de azoramiento. De Misúa y de Cari por tierra, y de Ancu-Myera, Ruzozi y Mbúa por los vados, llegaban á pie, tra- yendo algunos por delante las carretillas de mano con la merienda. Los reyezuelos Ucucu, Cburu- qui, y Nionyi y muchos uagangas, figuraban entre los concurrentes, y fueron recibidos y agasajados por el rey, por mí y por los consejeros. No falta- ron murmuraciones contra esta invasión de gente forastera, pero la solemnidad del día no fué tur- bada por ninguna imprudencia, ni hubo crímenes que lamentar.
Yo estaba como sobre ascuas, temeroso de que hubiera colisiones entre los bandos, ó de que mis planes quedasen en agraz á causa de alguna peri- pecia imprevista. En esta angustiosa situación de espíritu me sobrecogió la hora de dar principio á la fiesta. Seis eran las víctimas predestinadas: un acca, acusado de robo de tinturas de las que yo gratuitamente repartía á todo el mundo, y dos indígenas, sorprendidos en fiagrante delito de robo en los campos del famoso innovador y ladrón Chi- ruyu. Todos éstos eran antes castigados con pena de azotes; j)ero ahora se les sometía á la nueva prueba judicial. Además había tres reos de muerte, tres profanadores enviados desde Upala, Mbúa y Ancu-Myera, como delicada atención de los tres reyezuelos que asistían al espectáculo. Los reos de muerte formaron el primer grupo, destinado á — 243 — combatir contra dos búfalos, los mismos que inauguraron las corridas. Esta vez el combate fué más breve, pues los búfalos, con la primera lec- ción, habían adquirido una notable maestría en el arte de dar cornadas certeras, mientras los reos eran novicios y no habían visto la corrida anterior. En cosa de un cuarto de hora los tres desventura- dos profanadores hallaron el fin de su vida, amar- gado aún por los insultos del populacho, que deseaba muriesen dando muestras de serenidad y de valor. Los otros tres delincuentes debían luchar uno á uno contra una pantera del Unzu, donde, según fama, se crían las más feroces de todo el país. Este combate fué más reñido y más animado. El enano pereció casi sin luchar, porque los accas no eran buenos cazadores; pero los indígenas, habi- tuados á estos arriesgados ejercicios, acudían á mil tretas, ataques falsos, huidas, gritos y demás artimañas, de resultados seguros cuando van acom- pañadas de la lanzti ó del cuchillo. Aun sin armas, el último de los combatientes ^stuvo á punto de ahogar á la pantera entre sus robustos brazos, y la dejó por muerta sobre el césped. Una gritería enloquecedora saludó á este primer triunfador, que inmediatamente fué puesto en libertad, cu- rándole yo mismo las numerosas heridas que recibiera en la lucha.
Sin embargo, la pantera se repuso poco á poco de su desmayo, se levantó, miró á todos lados con ojos imbéciles, y después de dar varias vueltas por el circo, aun tuvo fuerzas para ensañarse con los despojos inertes de los gladiadores que sucumbie- ron en la tremenda jornada, hasta que los laceros la encerraron en su prisión. Varios mnanis pene- traron en el redondel y retiraron los restos de las víctimas, que en.premio de su bella mnerte no f nerón ya abandonadas á las hienas, sino se- pultadas al pie de un árbol, al són de los laúdes. Con tan varias j nuevas impresiones, los cortesa- nos y los forasteros estaban fuera de sí, subyuga- dos por la grandeza y majestad del acto que pre- senciaban. Si grande era la satisfacción cuando los reos sucumbían, no fué menor cuando uno de ellos venció en el combate. De un lado se calmaba el apetito de ver brotar la sangre humana á la luz del sol; de otro, la vanidad de la especie. Las in- jurias contra los vencidos eran un desahogo bené- fico de las malas pasiones que, por desgracia, sien- ten estos hombres unos contra otros; los aplausos al vencedor satisfacían otra necesidad muy ur- gente: la del engreimiento del hombre delante de todos los demás animales, sobrepujándoles por la fuerza ó por la astucia. El reo victorioso fué aquel día un héroe popular; todos le admiraban y le en- vidiaban; se inventaron varias historias para pro- bar que era inocente y que había sido injusta- mente acusado, y el rey le ofreció un cargo público local.
Después de un largo intervalo comenzó la se- gunda parte del programa. Más de veinte paladi- nes, armados de lanzas y de cuchillos, pisaron la arena. Entre ellos estaba el valiente ütíucu, el joven y guapo consejero Rizi, mi hijo Mjudsu, no- table por su corpulencia, y otros cuatro uagangas; los demás eran mnanis y personajes distinguidos de la corte; de Mbúa y Upala, patria de los más — 245 —