SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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vencido por Usana, descubre la ficción de sn sexo y conquista el corazón del vencedor, sino que era una bella y robusta matrona, de nobles líneas on- dulantes, á la que, no sin pena, descargué el golpe fatal, que la envió á la mansión de los muertos. Siguió el segundo grupo, de unas treinta mujeres, capitaneadas por la obesa Carulia, y luego más de cincuenta, agrupadas en torno de la tejedora Eu- buca, y por fin otras setenta, dirigidas por la simple Musandé, la liija del carnoso Niama, reyezuelo de Quetiba, y todas fueron, una á una, inmoladas como lo había sido Midyezi, y arrojadas á la insa- ciable sima de Bau-Mau. Y no se oyó ningún la- mento, ni se turbó la sublimidad del espectáculo con ningún acto de cobardía; y aun yo mismo lle- gué á creer que acaso sea preferible adelantar un poco el momento de la muerte si se ha de morir como morían las ilustres esposas de Mujanda, con tanta nobleza en la actitud y tanta felicidad en el semblante. Así como me repugnaba la muerte impuesta por mandato de la ley, me entusiasmó este sacrificio humano voluntario, y si de mí de- pendiera, lo restablecería sin vacilar en las nacio- nes civilizadas. En cuanto se dificulta el único sacrificio noble que puede hacer el hombre, el de su vida en aras de su creencia ó de su capricho, el ideal se desvanece, y no quedan para constituir las sociedades futuras más que cuatro pobres locos, que aun no han acertado con el modo de suici- darse, y un crecido número de seres materializados por completo, embrutecidos por sus demasiado pacíficas y prolongadas digestiones.

CAPÍTULO XX De cómo Asato fué nombrado Igana Iguru, y del draco- niano proyecto que concibió para corregir la creciente inmoralidad de las costumbres. — Sublevación de los accas. — Paz con el Ancori.

La reina Mj^izi no podía acostumbrarse á la soledad en que la había dejado, con la muerte de su hijo mayor, la brusca desaparición de sus ciento cincuenta y cinco nueras; por respeto á las tradiciones no intentó oponerse al para ella tan doloroso sacrificio; pero habíala impresionado vi- vamente, al regresar á su 23alacio, el profundo silencio que en todo él reinaba, turbado sólo por el ir y venir de los enanos. La infecundidad del rey había impedido que el palacio real disfrutara del mejor ornamento de una casa maya: los nu- merosos niños, traviesos, graciosos, juguetones, que inspiraban una dulcísima afección, exenta de penosos cuidados por abundar á bajo precio los artículos de primera necesidad; para mayor des- gracia, los hijos que Mujanda había adquirido por accesión habían sido reclamados, al cumplir la edad legal, por los jefes de las familias de que por arte de padre procedían; y las gracias precoces del rey J osimiré, aunque consolaban un tanto a su 20 - 306 — afligida madre, no podían remediar los inmensos estragos causados por la muerte.

Este particular estado psicológico de la reina Mpizi no es anotado aquí por simple curiosidad ó por presentar una excepción del tipo de la sue- gra, eternamente zaherido de la alocada juven- tud, sino por las consecuencias políticas que pro- dujo; pues la tristeza y el aburrimiento hicieron concebir á la reina la idea de atraerme al palacio real, y de dar fin á la situación anómala en que, por altos ];espetos, habíamos ella y yo hasta en- tonces vivido. La ley maya ordena que la esposa siga al esposo; pero no se opone á que el esposo siga á la esposa; y ya que lo primero no había podido ser, era conveniente realizar lo segundo, ahora que tan gran parte del palacio había que- dado desocupada. Yo expuse ante mis mujeres los deseos de Mpizi, y todas se mostraron bien dispuestas al cambio de domicilio, en el que salían mejoradas; en cuanto á la reina Muvi, su entu- siasmo no podía ser mayor, pues su naturaleza vehemente atesoraba un inmenso caudal de ter- nura, de admiración y de orgullo por aquel ino- cente Josimiré, á cuya gloria y grandeza había ella sacrificado los augustos derechos de la mater- nidad.

Como en Maya los cargos j^i'ihlicos están liga- dos muy fuertemente á los atributos exteriores, no era posible que yo continuase ejerciendo el mío una vez que abandonara mi palacio, y con él todas sus pertenencias propias, entre las que ocu- paba un lugar preeminente el sagrado hipopó- tamo, y había que pensar en el nombramiento de — 307 — mi Igana Igiirii; y quizá la razón que me decidió más que ninguna otra á acceder á la mudanza, fué el deseo de apartarme de los negocios públi- cos, de ver desde lejos cómo funcionaba el orga- nismo fabricado por mí. Puesto que un día ú otro la muerte podía sorprenderme y la nación se había de ver privada de mis servicios, era prudentísimo hacer antes estos ensayos para corregir lo defec- tuoso, suprimir lo perjudicial y completar lo de- ficiente, con lo cual yo podría abandonar el mundo con la conciencia tranquila y con la sa- tisfacción de haber realizado una obra buena y durable.

La elección de nuevo Igana Iguru correspondía á los regentes, y de buena gana h ubiera yo influido sobre éstos para que designasen una de las dos personas en quienes tenía más confianza: el listí- simo Sungo ó su hijo, el astuto Tsetsé; pero la ley exigía que el Igana Iguru fuese hijo ó nieto de rey, y Sungo era sólo bisnieto, y Tsetsé tataranieto. Quedaban numerosos descendientes próximos del corpulento Viti, del ardiente Moru y el el fogoso Viaco; pero tenían derecho j)referente los del úl- timo y cabezudo rey Quiganza, entre los que había un solo hijo varón, el regente Asato; y en edad de desempeñar el cargo, varios nietos de línea femenina. Hice elegir, pues, á Asato por respeto á la ley y por apartarlo de la regencia. Los regen- tes tenían libre entrada en el palacio real, y vivían en la intimidad de Josimiré; y como Asato era ' presunto heredero de la corona, parecíame arries- gado mantenerle en un puesto en que le sería muy fácil matar á su primito. Asato aceptó con gran júbilo la dignidad de Igana Iguru, así como la designación de dos nuevos auxiliares ó Igurus que le ayudasen á llevar el pesado fardo de sus atribuciones: el bravo uaganga Angüé, el flechero, antes auxiliar mío en Upala, fué comisionado par- ticularmente para la preparación de los abonos, y el astuto Tsetse para la fabricación del alcohol. Yo sólo me reservé, por razón de Estado, la fa- cultad de crear los misteriosos rujus y de -fabricar las tinturas y la pólvora.

El puesto vacante por el nombramiento de Asato fué concedido á Sungo, con lo cual la re- gencia quedaba en manos de los tres hermanos. Sungo, Catana y Mjudsu; y para la prebenda de Boro, en la que el astuto Tsetzé había acumulado tantas riquezas, nombré al jefe de los pedagogos de Maya, al ilustre geógrafo Quingani, que había figurado en la expedición científica al Ancori, y que era el primer ejemplo de lo que pueden el ta-* lento y la perseverancia en un Estado democráti- co. Quingani era natural de Mbúa é hijo de sier- vos; su madre fué condenada, por robo, á trabajar en los campos del reyezuelo Muño, famoso por su crueldad y por sus tremendos labios, no menores que los de un hipopótamo; y en vista de su holgazanería, los capataces que vigilaban á los siervos la arrojaron viva, sin consideración á lo avanzado de su preñez, en una fosa que había en el valle del Ünzu, para que allí muriese de hambre. Pero la fortuna quiso que por aquellos días ocu- rriese la rebelión de Muño, su deposición y muerte, y la proclamación del nuevo reyezuelo Lisu, y por incidencia la liberación de la pobre — 309 — — 309 — sierva; la cual, durante su encierro en el in pace, había dado á luz el niño que por esta razón re- cibió el nombre de Quingani, ccel liijo del valle». Quingani, no obstante su ruindad y servilismo, llegó á ser el más hábil pedagogo de Lisn y el encargado de la educación de Mujanda, quien, al ser proclamado rey, le recompensó nombrán- dole pedagogo público y allanándole el camino para más altos honores.

Quedaban cuatro vacantes de consejeros, y an- tes de abandonar los negocios públicos quise pro- veerlas entre los más merecedores, para dejar un último y agradable recuerdo de mi influencia. Para la de Sungo, que era del orden de reyezuelos, hice designar al hermano de la reina, Lisu, re- yezuelo de Bangola, con obligación de marchar á Ünya á dirigir la banda musical; al puesto de Lisu fué ascendido el corredor Churuqui, reye- zuelo de Mbúa; el valiente Ücucu pasó de Upala á Mbúa; el narilargo Monyo vino á Upala, en re- compensa de los méritos contraídos en la defensa de Unya; á Unya fué el veloz Nionjd, reyezuelo de Ancu-Myera, deseoso de tomar parte en la lucha contra el Ancori; á Ancu-Myera pasó el pacífico Mtata, reyezuelo de la decadente ciudad de Misúa, y este gobierno, rechazado por los re- yezuelos de Mpizi, Urimi y Cari, á quienes lo ofrecí, fué admitido por el reyezuelo de Rozica, el des- pejado Macumu, llamado así por su extremada afición á las habas verdes, que en las vegas de Misúa se crían en abundancia; por último, á Ro- zica fué un reyezuelo de nueva creación, el famoso ca,ntor de las palmeras, Uquindu, siervo de Upala, — 310 — — 310 — que me fué regalado por el corredor Churuqui, y que, casado con la viuda del siervo Encliúa, víc- tima de la revolución, había quedado en mi casa como primer pedagogo después de la liberación de los siervos.

Para la vacante de x^sato, que era del orden de generales, elegí al prudente Üquima, que, aun- que reyezuelo de Lopo, había intervenido en la guerra como general de las trojjas voluntarias, dejando interinamente su gobierno al dormilón Viami, viejo jefe del partido ensi, elevado por su popularidad al cargo de presidente del yauri, local de Lopo; el mando de las tropas voluntarias fué concedido al nuevo reyezuelo de ünya, el veloz Nionyi; y Viami, el dormilón, fué nombrado en propiedad reyezuelo de Lopo, con lo cual quedó coronada la célebre transacción que dió vida á esta ciudad en los comienzos del reinado de Mujanda.

Las otras dos vacantes, del mímico Catana y de Mjudsu, el de la trompa de elefante, como eran del orden de uagangas, me sirvieron para demos- trar más aún mi agradecimiento á los reyezuelos Mcomu y ücucu. Para la primera elegí á un hijo del viejo y honrado Mcomu, el gangoso Nganu, notable, como el mímico Catana, por la perfec- ción con que remedaba los gritos de toda especie de animales; y 23ara la segunda, á un hijo del valiente ücucu, celebrado jjot lo descomunal de sus nari- ces, heredadas de su ilustre padre, así como su nombre de Nindú, que se recordará fué el primer apodo de ücucu. En el narigón Nindú concurrían además dos circunstancias muy recomendables: la de liaber sido el que me acompañó en mi primer — 311 — viaje desde Ancu-Myera á Maya, y la de ser her- mano del bello Rizi, cuya sangrienta muerte en el circo dió entrada en el consejo á mi hijo el morrudo Mjudsu. Había, pues, en este caso justa compen- sación, y los mayas aplaudieron el nombramiento.

Tan extensa promoción produjo, en últimas re- sultas, varios huecos en el cuerpo de uagangas y en el de pedagogos; mas conviniendo dejar siem- pre una jíuerta abierta á la esperanza, aplacé el resto de la combinación hasta el término de la guerra, en la que podrían aquilatarse los méritos de los infinitos pretendientes. Faltábame, pues, sólo, para retirarme con brillantez á la vida pri- vada, idear una ceremonia solemne; y para ello, una vez instalado en el palacio real con mis cin- cuenta mujeres, los treinta y dos hijos con que contaba á la sazón, mis pedagogos, y accas, y gana- dos, y objetos de mi propiedad privada, me dedi- qué á levantar en los frescos prados del Myera, junto al templo de Igana Xionyi, una estatua del rey Mujanda por el estilo de la erigida en honor del radiante Usana. Sólo difería esta segunda esta- tua de la primera en que el pedestal era mucho más alto, para suplir la falta de jumento, y adornado con inscripciones alusivas á la batalla de Ünya. Mujanda estaba representado de pie, en acti- tud heroica, enarbolando en su diestra un asta bandera, donde debía ondear la túnica verde de Quiganza cuando la rescatásemos del Ancori. Ee- cordando el feliz éxito que tuvo en la estatua de Usana la intervención del piojoso can Chigú, quise también introducir algún elemento alegórico en la de Mujanda; y como de éste no se supo jamás que tuviese predilección por ningún animal, de- cidí colgarle del brazo izquierdo una gran mar- mita de las que servían para conservar el alcohol. Esta ocurrencia fué inspiradísima, puesto que obtuvo apasionados elogios, lo mismo de las per- sonas inteligentes que de las masas populares.

En el primer día muntu celebrado antes de la ceremonia del afuiri se verificó el descubrimiento de la estatua, y al pie de ella entregué á Asato las insignias de mi autoridad, para que ejerciera por primera vez las funciones sacerdotales, no sin di- rigir antes una breve arenga á la muchedumbre, atónita ante mi singular desprendimiento. Hasta aquel día no registraban los anales del país el ejem- plo de que un hombre abandonase un puesto lu- crativo por pura longanimidad. En Maya había varios medios para ingresar en los cargos públicos; pero no había para salir de ellos más que uno: la muerte natural ó violenta; el que allí cogía^una tajada, sólo la soltaba junta con los dientes.

El nuevo Igana Iguru inauguró sin tropiezo su pontificado asistido por sus dos adjuntos, en quie- nes me parecía ver ya el núcleo de un futuro co- legio cardenalicio, y la numerosa concurrencia descuidó algún tanto aquel día los espectáculos y regocijos de costumbre para comentar con extra- ordinario interés los acontecimientos del día, tan inesperados como sorprendentes. La alegría era tan íntima, que no hallaba medio de desbordarse; de corazón en corazón, y de cara en cara, iba circu- lando, como por red telegráfica invisible, una corriente de sentimientos nuevos y misteriosos, engendrada por tantos y tan admirablemente — 313 — .combinados sucesos: la pacífica transmisión de los poderes públicos, garantía de nn orden y estabili- flad hasta entonces ni soñados; la estatua de Mu- janda, símbolo de la justicia, de la gratitud y de -la inmortalidad; la infantil figura de Josimiré, rodeada de sus austeros regentes, signo de la debi- lidad amparada por la ley y por la fuerza. No debe extrañar qne despnés de la retirada las reunio- nes se prolongaran en cafés y tabernas, y que hasta muy altas horas de la noche los mnanis, inspecto- res del alumbrado, tuviesen que ocuparse en el acarreo de los que se habían excedido, más qne de costumbre, en sus libaciones.

Al día siguiente, viendo el orden admirable que por todas partes reinaba, decidí ausentarme de la corte y encaminarme á Ünya, donde el zancudo generalísimo Quiyeré daba la iiltima mano á los preparativos para la segunda expedición militar al Ancori. Mi deseo era presenciar el funciona- miento de los dos nuevos organismos creados por mí, y de paso apartarme aún más del gobierno, para que los políticos indígenas se acostumbraran á prescindir de mi concurso y de mi consejo. Mi decisión fué esta vez imprudente, pues, á poco de llegar á Üñya (después de haberme detenido al- gunos días en Mbúa y Ruzozi por invitación de los excelentes reyezuelos Ücucu y Mcomu, y en -Ancu-Myera para ver cómo gobernaba el pacífico Mtata), el astuto Tsetsé, montado en un velocípedo, vino á decirme que en la reunión de uagangas que había seguido al último día muntu, el inconside- rado Asato había propuesto la castración general .de todos los siervos enanos, y que muchos de ésto» — 314 — habían huido á Misiia, dispuestos á abandonar el país antes que sufrir tan bárbara mutilación.

Para comprender el draconiano proyecto del nuevo Igana Iguru es preciso presentar algunos antecedentes. La relajación de las antiguas cos- tumbres había ido poco á poco poniendo más en contacto á hombres y mujeres, á señores y siervos; y del mayor contacto, en particular de las relacio- nes nocturnas, había surgido un aumento conside- rable en los delitos de adulterio; y en el aumento se atribuía á los accas la parte principal, no sólo porque así era realmente, sino porque los resulta- dos, sin ningún género de duda, lo confirma- ban. Aunque no habían estudiado etnografía, los mayas habían a])rendido á distinguir á primera vista un niño del país de un niño acca ó de un niño mestizo, y de esto á inducir que los niños mestizos procedían del cruce de razas, no había más que un paso. Si la superchería ideada en be- neficio de Josimiré y de la nación no fné descu- bierta, no fué ciertamente porque tomasen al rey por puro ejemplar de raza huma, sino porque atribuían la rareza de su tipo á ser hechura mía, á estar aún bajo la influencia de las mutaciones sufridas por mí en las obscuras mansiones de Ru- bango.

Lo incomprensible era que, á pesar de la condi- ción inferior de los accas, las mujeres del país, ven- ciendo el desprecio y repugnancia que al principio les habían tenido, les mostraran después tan mar- cada predilección. Ocurría un hecho muy digno de estudio: los uamyeras, cuyo tipo se apartaba del de los mayas en detalles secundarios, cuya situación era la de hombres libres é industriosos, representaban nn papel semejante al de los gita- nos en Europa. Muchos se habían trasladado desde las ciudades de Bangola, Bacuru, Matusi y Muvu á otras del país, á consecuencia del gran desarrollo que adquirió la industria metalúrgica; pero for- maban en ellas rancho aparte, como suele decirse, y sin estar prohibida su unión con las indígenas, era raro que un maya comprase una uamyera, é inaudito qne una maya fuese dada en matrimonio á uno de estos extranjeroSé En cambio, los accas, sierYOS y enanos, tendían á desaparecer en dos ó tres generaciones por el cruce con los indígenas; los hombres tenían todos mujeres enanas, y las mujeres, no pudiendo ni (queriendo casarse con los accas, adulteraban con ellos, en virtud de un im- pulso fisiológico superior á su voluntad y á su re- cato. De esto inferí yo que existe una ley fisioló- gica en todas las sociedades, que obliga á sus diversos miembros á procrear, según una concep- ción sincrética, hasta fundir todos los tipos en uno solo. En virtud de esta ley, y teniendo en cuenta la fecundidad de los enanos, la raza acca y la indí- gena estaban condenadas á desa^jarecer, como des- aparecieron, siglos atrás, la raza nyavingui, que yo he llamado etiópica, y la raza primitiva afri- cana, dando vida al tipo huma, del que todavía difieren algunos individuos, cuyos rasgos reflejan el influjo predominante de uno ú otro de los ele- mentos de la amalgama. Dicha ley, sin embargo, no es absoluta ni se aplica por igual á los dos sexos. Si la raza invasora es la más fuerte, el cruce es más seguro, porque el invasor tiene interés en — 310 — no destruir por completo al invadido, cuyo cono- cimiento del país suele ser útil; por regla general, se preñere esclavizarle y hacerle trabajar; pero, aun en, tan triste situación, la mezcla de las dos razas no deja de verificarse con el tiempo. Si la raza in- vasora es la más débil, supuesto que, en tal caso, la que ya estaba establecida no se oponga á la in- migración, el cruce es más difícil, porque, prohi- bidas por orgullo patriótico las uniones mixtas, no quedan más caminos que los extralegales, y suelen salir al paso medidas de brutal represión, como la ideada por el terrible Asato. Aparte de esto, resulta, según pude observar, que la potencia prolífica de los dos sexos depende, en primer tér- mino, de la relación de sus estaturas. Cuanto más diferencia hay entre las del hombre y la mujer, los crímenes pasionales son más frecuentes y vio- lentos; pero el resultado útil no es siempre el mismo, porque el principio fundamental.de la buena generación es la supremacía de la hembra. Así en Maya las uniones adulterinas en que in- tervenían los enanos eran indefectiblemente fe- cundas, mientras que las de los mayas con las mu- jercillas accas, ó eran estériles, ó, si fecundas, ocasionadas á producir la muerte de muchas de las parturientes. En la primera especie de cruce notábase que tres cuartas partes de las crías eran de sexo femenino, con lo cual, en el porvenir, se acentuaría aún más el crecimiento de la población; en la segunda especie, por predominar el elemento activo ó masculino, la producción era principal- mente masculina y de superiores condiciones in- telectuales. La sabia Naturaleza preparaba en ellas — 317 — una aristocracia intelectual que gobernase y diri- giese hacia el bien las masas humanas, que brota- ran del primer grupo.

De los detalles expuestos no debe deducirse, como deducen los pesimistas en materia de amor, que el sexo j demás cualidades de los recién naci- dos dependan de la estatura ó diferencia de tipo de sus progenitores; entre los indígenas, por ejem- plo, la regla no era aplicable. Ahondando más en tan complicado j)roblema, se llega á ver muy á las claras que las diferencias de tipo ó de estatura obran sólo como aperitivo pasional; que no influ- yen en el sexo, pues lo que en realidad influye en éste es la energía de la raza. Los enanos eran más jóvenes, más tiernos, y por esto su influjo sexual quedaba debilitado ó anulado por el contacto con las mayas.

De esta observación podrían sacarse abundantes leyes de extremado valor científico. La psicología de la mujer maya (y acaso de todas las mujeres) parece estar concentrada en este j)rincipio: su ten- dencia fatal, invencible, á crear nuevos seres de su propio sexo. La hembra maya no es igual, ni infe- rior, ni superior al varón; ni menos activa, ni más receptiva, ni más amante de las tradiciones; es simplemente un molde siempre dispuesto para la generación, el cual, por instinto, busca una fuerza complementaria poseedora de la indispensable vir- tud fecundativa, ¡Dcro no en tal grado que imponga su sexo al nuevo sér. De aquí los éxitos amorosos de los siervos accas. Como si no fuera suficiente la exigencia específica que obligaba fatalmente al cruce para destruir las desigualdades y crear una — 318 — raza común, venia aún á incitar á las mujeres su.^ propio instinto, que veía en los enanos el medio de conseguir el ideal de la generación. Alrededor de esta idea madre giraba siempre la vida entera de la mujer, y ahora con mayor violencia que nunca, porque, en una sociedad muy bien amalga- mada, el instinto camina á ciegas, como perro sin olfato que no puede ventear la caza; mas en pre- sencia de tipos notablemente diversos y que se prestan á satisfacer los recónditos ideales de la na- turaleza humana, la sensibilidad adquiere una ten- sión portentosa. Todo hubiera ido á la perfección si los varones mayas, que por su parte están tam- bién sujetos á un instinto análogo al de las hem- bras, hubieran hallado en la llegada providencia] de los accas una ocasión -pum realizar ellos y sus mujeres respectivas sus ideales en el comercio amo- roso con aquella raza tierna y servil, librándose del disgusto permanente en que hasta entonces, por el equilibrio de sus antagónicas aspiraciones, habían vivido. Pero, dueños de la fuerza, querían disfrutar de sus antiguas mujeres -pov tradición, y de las nuevas por instinto, sin cuidarse de la posición delicada en que colocaban á los siervos, poco cas- tos de suyo, y á las hembras mayas, cuya psicología era tan peligrosa. Resultó, pues, una mansa corrupción de las costumbres y una adulteración visible del tipo nacional.

Aunque yo, extraño á unos y á ot ros, no me alar- mé por tales hechos, tenía que aplicar las leyes del país y condenar á muchos delincuentes pasionales, que no podían negar por haber sido cogidos Jra- ganti, á combatir en el circo con los búfalos. Pero los adulterios menudeaban cada día más, y no era po- sible destruir del todo á los trabajadores aceas sin daño de la agricultura, la industria j el comercio; hubo, pues, que dulcificar las penas; las mujeres, caso nuevo en la historia de las legislaciones^ fueron consideradas como irresponsables, y á los adúlteros se les imponía una multa de diez mcu- mos, ó diez palos en el vientre, á elección de los condenados. Sólo se imponía la pena de circo á los que adulteraban con las mujeres del rey, conseje- ros y reyezuelos, pues á tanto llegó la osadía de los accas que nadie se vió libre de sus ultrajes. Yo mismo podría citar numerosos atentados contra mi honor, cometidos por la mayor parte de mis mujeres con los centenares de siervos emj^leados en mi servicio personal ó en las industrias que co- rrían á mi cargo; y era tan exagerada la j)arsimo- nia con que yo les castigaba, que me conquistó entre ellos una inmensa popularidad. Para conci- liar aún más la severidad de la ley, respecto de los adúlteros del último grupo, con la conveniencia de no quitar brazos activos al trabajo nacional, tuve el mal acuerdo de sustituir, en los casos en que el agraviado era un alto personaje, la pena de muerte en el circo por la castración, desconocida