Mi pensamiento en este punto se redujo á con- densar en varios preceptos breves, claros y razo- nables lo substancial de la Constitución que tenía en cartera, y que no promulgué por desconfianza en las fuerzas intelectuales de mis gobernados; y como era aiin más importante que los preceptos el modo de colocárselos perpetuamente delante de los ojos, ideé la novedad de las tablillas de ma- dera, que de rechazo me obligó á dotar á los car- pinteros del país de una nueva herramienta, el cepillo. Las tablitas tenían que estar muy bien cepilladas, y contener en el anverso la microscó-^ pica Constitución, y en el reverso el nombre del que la poseía, seguido de los nombres de su padre y de su abuelo. Había yo notado que las familias mayas se tenían poco cariño, y llegué á descubrir que la causa era la eterna falta de memoria. Como 22 - 338 — 22 - 338 — las personas tenían un solo nombre, y la mayor parte ni siquiera lo recordaban, no se conservaba el ligamen familiar más que entre los que vivían bajo el mismo techo; en separándose, como si fue- ran animales inferiores, se olvidaban los unos de los otros, y aun perdían el hábito de reconocerse. Mi pensamiento era, pues, de gran trascendencia moral y social, porque obligando á cada persona á llevar colgada al cuello, como adorno, la tablita de madera, no sólo les recordaba los mandamien- tos de la Constitución, sino también su abolengo familiar y las buenas ó malas acciones que á él fueren anejas. Sólo había una dificultad que sal- var al establecer la reforma: la de inscribir los nombres del padre y abuelo de las personas que no los recordaban. En estos casos se eligió uno ar- bitrariamente, por donde vinieron á ser los más pobres, como los más ricos, nietos de los más ilustres personajes glorificados por la historia na- cional. El lluvioso Ndjiru, el segundo üsana y el corpulento Viti tuvieron millares de descendien- tes en todo el país, y la nivelación de clases dió un paso digno del firme y zancudo Quiyeré.
Al mismo tiempo que, auxiliado por gran número de pedagogos, inscribía en el reverso de las tabli- llas los nombres de cada habitante del país, según los censos de los afuiris de la corte y locales, y con arreglo á los datos que cada particular apor- taba, hacía copiar exactamente en el anverso los cinco artículos de que se componía la Constitución, redactados, después de muchas cavilaciones y tan- teos, en la forma siguiente: — 339 — I. Teme á Rubango, cree en el Igana Monyi, confía en Arimi.
II. Ama al gran muanango, venera al Igana Iguru, respeta á todos los uagangas.
III. Obedece á los reyezuelos, sigue á los peda- gogos, huye de los ruandas y mnanis.
IV. Trabaja mientras dure el sol, paga los tri- butos, ten gran número de mujeres é hijos.
Y. Come sólo legumbres, bebe poco alcohol, duerme mucho.
Como se nota á primera vista, los preceptos es- tán todos en forma ternaria, y además, en lengua maya resultan con cierto ritmo, muy conveniente para que se peguen al oído y se les retenga sin es- fuerzo. La colocación de los tres términos en cada renglón no es tampoco arbitraria, pues aparte de estar colocados por orden de materias, procuré que el primer mandamiento de cada grupo fuese el más esencial, y que en cada mandamiento fuese también lo más esencial la primera palabra. Por este sistema, aunque los perezosos mayas no pasa- ran del principio de los renglones, hipótesis muy admisible, aprendían ya lo bastante para que su vida fuera tan perfecta como cabe concebirla en lo humano, puesto que, siempre qu3 se las interprete con mediano buen sentido, las cinco palabras ini- ciales: teme, ama, obedece, trabaja y come, son como los fundamentos de la sabiduría, de la hu- manidad, d3 la paz de los estados, de la prosperi- dad material y de la buena salud.
Simultáneamente con mis faenas legislativas marchaban otros trabajos de no menor importancia, — 340 — — 340 — en los que mis paternales previsiones para asegu- rar la felicidad y el progreso de la nación llegaron hasta un extremo exagerado. Revelé al listísimo Sungo todos mis secretos de gobierno, en particu- lar lá preparación de los milagrosos rujus, sin re- servarme más que el de la pólvora, qae después de muchas vacilaciones consideré muy perjudicial aun en las manos más firmes y prudentes; y apro- vechando la romería á la montaña de Boro, hice una última visita á la hierática ciudad, y en medio del pasmo de los innumerables peregrinos lancé al espacio, desde el observatorio astronómico, un globo de tela que construí con el intento de forti- ficar más todavía la fe en el Igana Nionyi y de ex- tender por todo el país las profecías sobre mi viaje y mi tardío regreso. El globo era como un mensaje al progenitor de los cabilis, quien debía contestar por medio de signos celestiales, que yo también hice aquella misma noche, disparando desde el nuevo enju varios cohetes que, envueltos entre matas de maíz, había llevado conmigo, y que al caer en forma de bellos caireles, de estrellas fuga- ces y de largos lagrimones, dejaron cimentada la nueva Constitución, con tanta firmeza como los fuegos del Sinaí habían establecido, algunos siglos atrás, la ley judaica.
Pero con ser estas medidas de gran trascen- dencia para el país, había otras que m.e j)reocupa- ban. más altamente, por referirse á mi numerosa familia, á la que yo amaba con amor entrañable, aunque parezca deducirse lo contrario de la seve- ridad con que, á fuer de historiador verídico, la he juzgado en algunos pasajes de estas Memorias» — 341 — Pareciéndome peligroso dejar en el real palacio Tin número excesivo de mujeres sin otra autoridad que la del tierno Josimiré, jefe natural durante mi ausencia, decidí hacer un expurgo riguroso y dis- tribuir mis mujeres jóvenes entre los regentes^ uagangas, consejeros, reyezuelos y personas de al- tísima posición social, exceptuando á los inhabili- tados por su parentesco conmigo, como eran, aparte del Igana Igurn, los regentes Catana y Kjudsu y los hijos de éstos. Entre las mujeres regaladas figu- raron también dos de mis favoritas: la sensual Ca- núa, que pasó á poder de su antiguo señor, Lisu, el de los grandes ojos, y la revoltosa y glotona Matay, mi lavandera familiar, enviada á mi gran favorecido, el valiente Ucucu, uno de los entusias- tas del lavado de las túnicas desde los albores de la reforma.
En virtud de esta selección quedaron sólo en palacio quince mujeres ancianas para hacer com- pañía á la vieja Mpizi, á la ya bastante ajada Memé y á la flaca Quimé. En cuanto á mis treinta y dos hijos, en muchos de los cuales se notaba la influencia de los accas, todos debían quedar bajo la potestad de Josimiré.
Para que la realeza se conservara con el mayor exclusivismo entre mis descendientes aproveché la circunstancia de estar permitido por las leyes del país el casamiento entre hermanos de un solo vínculo, y desposé un tanto prematuramente al hijo único de Memé, mi primogénito, llamado, como yo, Arimi, á pesar de su extremada torpeza - en la articulación de los sonidos, con la hija ma- yor de Quimé, flaca como su madre y celebi-ada — 342 — por mis vates caseros bajo el nombre de Vitya, porque su cabellera ondulante j larguísima, tan diferente de la rizada j corta de las mujeres ma- yas, tenía, á juicio de los cantores, cierta seme- janza con un árbol del país, especie de mimbrera llorona. Los hijos que saliesen de este enlace, como hijos de la hermana mayor del rey, serían, con V arreglo á la ley maya, los llamados á continuar la dinastía de Arimi á la muerte de J osimiré.
Al expirar el plazo de dos meses lunares, fijado en el edicto de expulsión de los siervos, todo es- taba 'preparado para mi partida. Los enanos, con sus mujeres é hijos, sus armas y provisiones, se habían concentrado en Rozica, y todos los orga- nismos de la nación funcionaban con la regulari- dad de un aparato de relojería. Asistí por última vez á las fiestas del día muntu, y cuando el sol empezada á declinar anuncié que era llegada la hora de la triste separación, y, no sin dirigir una suprema mirada al vencedor de Unya, en cuya diestra ondeaba la verde túnica del cabezudo Qui- ganza, abandoné los frescos prados del Myera, arrastrando tras de mí á la confundida muche- dumbre, que con profunda emoción permaneció junto á la gruta de Bau-Mau^ sobre la catarata, hasta que, siguiéndonos con los ojos, nos vió des- aparecer en nuestra canoa á mí y á mi pobre co- mitiva, formada sólo por la angustiada reina Muvi y seis remeros enanos. Aquella noche dormimos en Upala, en el palacio del narilargo Monyo, y á ' la mañana siguiente, rayando el día, continuamos nuestro viaje hasta Rozica, adonde llegamos al anochecer.
— 343 — Durante el viaje iba jo repasando en mi memo- ria todas las ideas que se me habían ocurrido en los dos últimos meses para resolver el arduo pro- blema del establecimiento de los accas. Pensaba utilizarlos para mi liberación, pero pensaba pa- garles este servicio como mejor pudiera. Abando- nados á su torpe iniciativa, su actividad, que era grande, quedaría anulada por su falta de direc- ción. Ellos eran j)ara mí una fuerza útilísima, y yo quería ser para ellos un nuevo Moisés, que, sacándoles de la servidumbre, les llevara á un país libre, donde pudiesen vivir y multiplicarse á sus anchas. Daba por cosa hecha que, con los co- nocimientos que habían adquirido en los nueve años de vida común con los mayas, estaban en condiciones para fundar una nación tan bien go- bernada como la de éstos, siempre que encontrasen un territorio deshabitado, sin relación con otros hombres de mayor estatura, que, por ser más fuer- tes, sentirían inmediatamente el deseo de destruir- los ó esclavizarlos. Al propio tiempo comprendía la imposibilidad de hacer un largo viaje al través de selvas vírgenes con más de veinte mil personas. A pesar de las mutilaciones y matanzas, los ena- nos, que al entrar en Maya eran unos diez mil, resultaban duplicados con largueza: los hombres útiles habían disminuido; pero en cambio las mu- jeres habían aumentado, y la impedimenta de ni- ños era un obstáculo casi insuperable para empren- der largas jornadas.
Confiando en la bondad de mi antiguo poeta casero, el reyezuelo Üquindu, y en la amistad que, tanto él como sus seis hijastros, profesaban — U4: — — U4: — á la reina Miwi, propuse á éstos secretamente una combinación que me pareció ventajosa: el estable- cimiento de las mujeres accas, con sus hijos, en el vecino reino ele Banga, bajo promesa solemne de que no se les molestaría, y de que siempre que fuera posible se les prestarían los auxilios propios de una buena vecindad. Como muclias de estas mujeres habían perdido á sus esposos, y en Rozica, por ser práctica constante la poliandria, el sexo femenino estaba muy escasamente representado, era de esperar que nacieran de este contacto unio- nes mixtas y una descendencia no incapacitada para vivir en Maya, donde ya quedaba un número considerable de mestizos. Andando el tiempo, in- sensiblemente, los habitantes de Banga irían pe- netrando en el país, y Rozica encontraría en ellos los más activos auxiliares para desarrollar sus in- dustrias. El cantor Uquindu penetró rápidamente €n mis trascendentales designios, y el mayor de sus hijastros, el primogénito de Enchúa, se ofreció para ejercer el cargo de reyezuelo de la nueva na- ción; mas pareciendo justo que en una nación de mujeres el gobierno lo ejerciera una mujer, se de- cidió que la magnánima Muvi fuera la reina, y que el primogénito de Enchúa sustituyera como rey al malaventurado Bazungu.
Tuvo, pues, lugar nuestra salida del país en las circunstancias más favorables, y en particular la reina Muvi no ocultaba su regocijo ante la idea de quedar cerca de Maya y de su hijo Josimiré, á quien amaba como madre y veneraba por natural orgullo, tanto más intenso cuanto que no podía hallar desahogo ni en hechos ni en palabras.
— 345 — — 345 — Grande es siempre el amor maternal, pero toca en lo sublime cuando se mezcla con la admiración por el hijo amado. Todos los sentimientos de la magnánima reina acca, sin excluir el religioso amor que á mí llegó á tenerme, cedían ante la idea de su hijo rey, triunfante de la malqueren- cia délos mayas; proclamando, bien que para su madre sola, la superioridad intelectual del ven- cido, que huyendo impone al pueblo fuerte un amo de su raza. Entre todos los enanos, Muvi era la única que, tuviese nn ideal que la ligara perpe- tuamente al país perdido: la necesidad de seguir paso á paso la historia de su hijo Josimiré, y la esperanza de penetrar alguna vez, sin ser vista, hasta la corte de Maya, y verle y tributarle su muda adoración, y glorificarse á sí misma con la grandeza de su obra. Por esto su alegría fué inde- cible cuando conoció el feliz resultado de mis ne- gociaciones, que la permitían quedar junto á las fronteras mayas, y en tal dignidad que acaso con el tiempo tuviese ocasión de tratar de asuntos de Estado con su propio hijo y de descubrirle el gran secreto que la devoraba.
/ CAPÍTULO XXII / CAPÍTULO XXII Peripecias de mi viaje desde la ciudad de Rozica á la costa occidental de Africa. — Mi vuelta á Europa. — Último correo espiritual de la corte de Maya.
Excepción hecha de la reina Muvi, para quien yo no podía tener secretos, todos los accas ignora- ron el de mi negociación diplomática con el reye- zuelo cantor Uquindu, y creyeron, al anunciarles yo que sus mujeres é hijos quedarían en el país de Banga, que mi resolución obedecía á algún motivo misterioso; y por lo mismo que su inteligencia no daba con el misterio, era más grande la lealtad, el celo, la prontitud con que se sometían á mis mandatos.
Antes de traspasar las fronteras de Rozica ex- ploré, en compañía de dos fuertes grupos de ena- nos, dirigidos por el antiguo jefe Bazungu y por otro viejo rey llamado Batué, hombre de gran ex- periencia y prestigio, gran parte del territorio des- habitado de Banga; elegí diversos parajes que me parecieron muy á propósito para establecer á las pequeñas amazonas, é hice construir en ellos gran- des cabañas, donde gradualmente fueron éstas ins- talándose por tribus, y cuando las tribus eran muy numerosas, por familias. Así que tan rudo trabajo — 348 — — 348 — llegó á su término, volví á Rozica con mis accas, recogimos el armamento, las provisiones que allí quedaban y el tesoro de marfil, j después de des- pedirme amigablemente del reyezuelo Uquindu, cuya conducta fué tan noble y generosa como co- rrespondía á su alma de poeta, acompañados por el primogénito de Enchúa y la reina Muvi, que hasta entonces habían permanecido en el palacio real, salimos de la amable ciudad de Rozica, firme baluarte de la poliandria y del comunismo fami- liar, y algunas horas después abandonamos para siempre el país de Maya, en el que yo dejaba tantos recuerdos queridos y los accas tantos agra- vios sin venganza.
En el flamante palacio real de Banga, situado hacia el centro de aquella gran colmena, de la que el feliz primogénito de Encima estaba llamado á ser el único zángano, celebróse la consagración de la reina Muvi, así como la de su esposo efectivo y la de su antiguo esposo Bazungu, á quien se le dió el título de rey honorario, y después un yaurí, al estilo de Maya, en el que declaré á los enanos la razón de aquellas extrañas ceremonias. Para salvarlos de una muerte segura en medio de los bosques, había concertado con el generoso Uquin- du, mi antiguo siervo, una tregua de seis meses, durante los cuales las mujeres y niños accas quedarían junto á Rozica, y serían respetados y atendidos en sus necesidades. En este tiempo los varones accas buscarían un país donde estable- cerse bien, lejos de las fronteras mayas, y edifica- rían ciudades, donde irían recibiendo poco á poco á sus familias. La garantía de este armisticio era — 349 — — 349 — la presencia del primogénito de Enchúa, en quien las mujeres accas tendrían un leal y decidido de- fensor. Nuestros trabajos en Banga eran, pues, el primer paso hacia la independencia; aliora faltaba atravesar los bosques del Norte, buscar un terri- torio libre, acomodarse en él y reunir las familias dispersas, conforme los medios de subsistir lo fueran permitiendo. Para asegurar el buen éxito de nuestra empresa contábamos con un gran re- curso: las defensas de elefante, que, negociadas con habilidad, nos permitirían reponer nuestras pro- visiones, armas y vestidos, hasta tanto que la nueva ciudad estuviese completamente organizada. Este último argumento fué el más convincente, porque los accas, según supe, habían vivido lar- gos años cerca del Aruvimi imponiendo derechos de paso á las caravanas árabes y conocían el alto valor comercial del marfil. Así se explicaba el en- tusiasmo con que todos ellos se prestaron á cargar con las defensas de elefante que yo les fui distri- buyendo en Rozica, y el cuidado paternal con que las transportaban.
Después de consagrar dos días al descanso y á ultimar los preparativos de viaje, xal amanecer del tercero, abreviando las despedidas, aunque sin dejar yo de estrechar en mis brazos á la reina Muvi y de mezclar con sus lágrimas mis lágrimas, em- prendimos nuestra ruta hacia el Noí'te, en la que nos acompañaban muchas mujeres accas, hasta que las persuadíamos á que volviesen atrás, a lo que, unas antes y otras después, se conformaban, no sin conmovernos una última vez con sus tier- nas demostraciones de cariño. La expedición iba — 350 — en tres grupos: el primero, de cien hombres, diri- gido por mí, era el encargado de abrir paso j de poner s3ñales en el suelo ó en los árboles para fa- cilitar la vuelta; los otros dos, de más de mil hom- bres cada uno, marchaban en hilera, unos hombres detrás de otros, llevando al frente, para dar órde- nes, al rey Bazungu; y en la retaguardia al se- gundo jefe elegido, Batué, para evitar que hubiese -i-ezagados. Cada hombre llevaba sobre la cabeza un fardo con provisiones, al hombro un diente de elefante, y en la mano, quién una lanza, quién un cuchillo, quién un haz de flechas.
En tan monótona marcha, yo era el único que sentía una constante ¡agitación é inquietud de áni- mo, por ser el director de ruta y el responsable de los contratiempos que pudieran ocurrir, y que seguramente ocurrirían por mi falta de experien- cia; no podía confiarme á la dirección de los ena- nos, pues de hacerlo, no sólo quedaba en el acto sin prestigio, sino que, en vez de ir más ó menos pronto adonde yo me proponía, sería conducido adonde á ellos les pareciera; y mi solo medio de orientación, aparte del sol, era el curso de los ríos, por ser cosa averiguada que su definitivo paradero es el mar. Sin embargo, esta indicación resultaba demasiado vaga, y no impidió que anduviésemos dos y hasta tres veces largos trechos de camino. En mi opinión, el río Myera debía desembocar en el Zaire ó en uno de sus afluentes, superiores á las grandes cataratas; pero aunque llegásemos con bien al punto de conjunción con el Zaire, ¿cómo salvar la enorme distancia que hay entre ese punto y el mar, sin medios de transporte, teniendo que — 351 — — 351 — cruzar territorios habitados, j por consecuencia hostiles, 7 sin saber, como 70 no sabía, que á la sazón existiesen establecimientos europeos á lo largo de la gran vía fluvial? Por esto creí pre- ferible atenerme al camino viejo j conocido, y buscar, atravesando la selva hacia el Norte, el ca- mino de las caravanas, para volver á Zanzíbar por el mismo camino que traje.
Los primeros días, á pesar de mis torpezas y de las marchas y contramarchas inútiles que imponía á los pobres enanos, nuestro viaje fué feliz, porque abundaban las provisiones. Al amanecer levantá- bamos el campo, y para entrar en calor andába- mos media jornada; antes de mediodía hacíamos un alto, como de dos horas, para reparar las ñier- zas, y luego emprendíamos la segunda parte de la jornada. Cuando el sol iba á ponerse, ó cuando la obscuridad del bosque cerrado era tal que no po- díamos guiar nuestros pasos, suspendíamos la marcha, apilábamos las provisiones y las defensas de elefante, y después de aplacar el estómago, cada cual, con las armas al alcance de la mano, se acomodaba en el suelo ó en los árboles hasta el alborear del nuevo día. En estas primeras jorna- das el interés se concentraba sólo en el paisaje, y ningún accidente vino á romper la solemne mo- notonía de nuestro desfile por los claros de la vir- ginal foresta, á ratos silencioso, á ratos interrum- pido para abatir los árboles que nos estorbaban, á ratos acompañado por los canturreos de los accas ó por los gritos de sorpresa de las bestias salvajes.
Guando comenzaron á escasear los víveres fué necesario dedicar parte del día á buscar frutos sil- — 352 — vestres y á cazar, y en nuestras batidas dejamos bien pronto en jirones nuestros vestidos, y á veces algo de nuestras propias carnes, con lo que vini- mos á quedar en un estado casi primitivo y en situación harto lastimera. Los accas comenzaron á ir y á venir en secretos conciliábulos^ y, por fin, una mañana en que yo presentía ya algo desfavo- rable de la parte de mis gentes, el rey Bazungu me manifestó que gran número de accas se nega- ban á seguirme y que tenían por jefe al desleal Batué. Acudí en el acto al foco de la rebelión, y el rebelde Batué, lejos de amilanarse, me explicó los motivos de su conducta con gran claridad y fir- meza. Los accas habían encontrado varios túmulos ó pirámides de tierra que marcaban, sin ningún género de duda, un paraje donde vivieron algún tiempo antes de emigrar á Maya, y donde dejaron sepultada mucha gente de sus tribus; y esta señal, apoyada por el cantar de nuevos pájaros y por el abundante césped que comenzaba á tapizar el suelo, daba á entender que nos hallábamos cerca del lago Nguezi y de los hombres blancos ó uazon- gos, más temibles aún que los mismos maj^as. Pro- funda y grata emoción me produjo el discurso del experimentado Batué, y justificada me pareció su exigencia final de volver al país dé Banga. Mien- tras se explicaba, los enanos, por movimiento ins- tintivo, se habían ido separ££ndo en dos alas casi iguales, una á mi derecha, bajo la inspiración del rey Bazungu, y otra á mi izquierda, partidaria del orador; y noté (por permitirlo el estado de desnu- dez á que la pérdida de las túnicas nos dejó re- ducidos) que todos mis partidarios figuraban entre las víctimas del horrible plan del inconsiderado Asato, 7 que todos los descontentos, con Batué á la cabeza, pertenecían al grupo más dichoso de los que pudieron sacar á flote su integridad personal de aquella espantosa carnicería. Y ocurrióseme pensar que si los hombres pusiéramos siempre al desnudo nuestros cuerpos y nuestras almas, ó por lo menos anduviésemos más ligeros de ropa, la historia de nuestras divisiones, disputas y comba- tes aparecería iluminada por una luz vivísima que acaso nos sirviera para mejorarnos en lo por venir. El cisma surgido entre los enanos me pareció, ante todo, lógico é irreductible, y en vez de adoptar medidas de represión, me dispuse á satisfacer las opuestas aspiraciones; la del bando del rey Bazungu era seguirme ciegamente, porque sus agravios con los mayas eran inextinguibles y porque su amor á la familia era cada día menos intenso; la del de Batué era regresar á Banga, adonde les atraía el cariño de sus esposas. Raras veces se habrá ofrecido á la contemplación de un filósofo un símbolo tan enérgico de la permanente rebeldía del principio masculino, original y creador, contra la autoridad, que es la fórmula de las fuerzas pasivas, rutina- rias, infecundas, de la Naturaleza. A pesar del escepticismo que se había apoderado de mí en estos climas cálidos, conservaba aún gran respetó^ quizás el único, á la ley de conservación de las es- pecies, y me parecía abusivo contribuir á la extin- ción de los accas, ya de suyo expuestos á perecer á manos de otros hombres más fuertes; y como mi principal objeto estaba ya conseguido, según los pronósticos del experimentado Batué, ^ accedí;^in 23 — 354 — tardanza, j con intima satisfacción, á las pretensio- nes formuladas por éste. En nn pedazo de piel réclacté un mensaje al cantor j reyezuelo üquin- du, j di orden á Batué de partir inmediatamente, con sus parciales, en dirección de B^^nga, á cuja reina se presentarían para que ésta llevara el men- saje al generoso reyezuelo de Rozica, de quien yo esperaba que les permitiría establecerse al lado de sus familias. Si á los treinta días no estaban de vuelta en los bordes del lago Nguezi se entendería que mi ruego había sido atendido, y todos podría- mos regresar á Banga después de vender las de- fensas de elefante.
Como leones que logran escapar de la trampa en que se vieron aprisionados, así salieron de nues- tro campamento los accas revoltosos al mando del experimentado Batué; los demás, en número ahora de mil doscientos, libres ya del estorbo de los re- beldes y más apegados que nunca á mi persona, llevando cada uno dos defensas de elefante, siguie- ron tras de mí el camino que debía llevarnos á los bordes del Nguezi. Pero la fatalidad de las cosas humanas es tal, que aquel día, que me pare- ció decidir del buen éxito de mis penosos planes, sentí el primer ataque de fiebre, de la terrible fie- bre africana, que me había respetado en tantos y tan duros trances, y de la que había salido in- demne hasta en el amarguísimo destierro de Vi- loqué. La milagrosa conservación de mi salud tengo para mí que fué obra de la alimentación ex- clusivamente vegetal, á la que yo estaba habituado muffho antes de salir de Europa; pero en la pe- nosa travesía de los bosques congoleses tuve por — 355 — — 355 — necesidad que aplicarme también á la carne, á ve- ces descompuesta, de antílope, por ser éste el ani- mal que podíamos cazar más ñícilmente, y de aquí me debió resultar, según los últimos adelan- tos de la ciencia, una invasión en la sangre de esos microscópicos animalitos, que los mayas designan en globo bajo la denominación de ru bango. A los tres días de marcha, que más bien era ascensión, por terrenos muy quebrados, á la meseta en cuyo centro se forma la cuenca del lago Xguezi, salimos por fin del inacabable bosque, y pudimos reposar- nos bajo la bóveda del cielo; mas mis fuerzas es- taban tan quebrantadas, que ni aun tuve ánimo para mirar á las estrellas ni j)ara elevar la debida acción de gracias por haber escapado con vida, aunque moribundo, de aquellos sombríos panteo- nes en que todo parece vivir para engendrar el si- lencio y la muerte.