SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

Page 6 of 23

Los primitivos uagangas eran tres, y tenían, como hoy tienen, funciones de secretarios de des- pacho ó ministro con cartera; eran asesores del rey y ejecutores de sus órdenes. Esta organización era general en todo el reino, con la particularidad de que los uagangas locales, asesores del reyezuelo, son ordinariamente herreros y albéitares de profe- sión, y ofrecen ciertas extrañas conexiones con nuestro tipo clásico del fiel de fechos. Además de los uagangas, existía el auxiliar del Igana Iguru para la parte religiosa y judicial. Instituyendo la asamblea de los uagangas, Üsana dió participa- ción en el gobierno á gran número de personas de arraigo en las ciudades, sin entorpecer la marcha del Estado, pues sólo les concedió facultades deli- berativas. Todos los meses se reunía la asamblea para deliberar, y en casos extraordinarios para danzar; pero el rey solía no hacer caso de sus de- 7 — 98 - 7 — 98 - liberaciones y atenerse á la opinión de los tres consejeros. En cuanto al cuerpo de pedagogos, su misión era doble: eran como jueces de menor cuantía, pues los juicios de muerte estaban some- tidos á la jurisdicción del Igana Iguru y sus au- xiliares, en todo el reino, ó sólo del primero si la resolución era muy difícil, y al mismo tiempo profesores públicos, que ensenaban lectura, escri- tura é historia natural. El ingreso en este Cuerpo me pareció muy curioso: se exigía como prueba lá presentación de seis loros adiestrados en todas las artes de la palabra merced al esfuerzo del futuro profesor, que de esta manera práctica, quizás su- perior á nuestras oposiciones y concursos, certifi- caba sus grados de habilidad y de paciencia.

Un edificio político tan firme y tan bien tra- bado como el concebido por üsana, no se con- mueve con facilidad; pero en caso necesario tenía aún otro inquebrantable sostén, el ejército, signo seguro de la existencia de una nación regular y soberana. El ejército maya, salvo pequeños desta- camentos que guarnecían las ciudades para de- fenderlas de los ataques nocturnos de las fieras, ocupaba constantemente sus cuarteles fronterizos, y su misión era impedir que fuesen violadas las fronteras del reino; pero si algún año (y entién- dase siempre por año doce meses lunares) no tenía enemigos con quien combatir, debería volver sus armas contra el interior. Mediante esta sencilla estratagema se evitaba la confabulación del pue- blo y la milicia, cuyos resentimientos recíprocos se refrescaban de tiempo en tiempo; lejos de temer Tina confabulación, existe siempre la seguridad de — 99 — que un movimiento civil contra las autoridades sería ahogado por el ejército, más que por cumplir un deber, por tomar una sabrosa venganza, j que un movimiento militar levantaría en anuas a todo el pueblo, antes dispuesto á sufrir al peor de los tiranos que á dejarse gobernar por los odiosos mandas.

Pero estos resortes supremos no habían funcio- nado desde el tiempo de Tisana, y gloria no pe- queña del gobierno maya era mantener las fuerzas opuestas en equilibrio y en- paz. Esto se conse- guía por la prudencia del rey y por la unión de los partidos. Aunque el día de mi recepción los uagangas se dividieron en tres grupos, la separa- ción era puramente caprichosa y obedecía á sim- patías de familia, á la disposición especial de la sala y á la imposibilidad de que todos danzasen al mismo tiempo. Pero entre los jefes Mato, Menú y Sungo existía completa unidad de miras, y los tres aconsejando al rey, imprimían al gobierno iin movimiento uniforme, inspirado en el carácter jiacionaí y en las grandes tradiciones patrias. Su 2:)olítica no era retrógrada, pero tampoco progre- siva; era una política sabia, fundada en el más saludable pesimismo, que acaso pudiera conden- sarse en aquel gran pensamiento tomado de la crónica de Usana, cuyo autor, después de enume- rar las gloriosas empresas del rey, grande entre los grandes, anunciaba con j^rofunda filosofía: «Mas no por esto los hombres dejaron de sufrir; sufrían, aunque con más contento y resignación.» Lo cual valía tanto como afirmar que los gobier- nos no pueden refundir la naturaleza del hombre, — 100 — — 100 — ni pueden establecer por medio de leyes la felici- dad de sus subditos; ó la felicidad humana no existe, ó si existe hay que buscarla por otro ca- mino que por el de los cambios de ley.

Tal estado de cosas sería perfecto si no existie- ra, como existe en todos los Estados, una minoría de hombres descontentadizos que encuentran mo- tivo de censura en toda obra en que ellos no son partícipes. Sea cual fuere la regla que se adopte para proveer los cargos públicos, quedan siempre excluidas algunas personas de valer; y esto suce- día con mayor razón en Maya, donde el criterio adoptado era el del parentesco, que no es signo constante de inteligencia. Había, pues, un grupo de políticos sin ejercicio, descontentos del go- bierno y aspirantes á reformarlo, que siguiendo un principio elemental de la lógica política, ha- bían elegido como bandera el sistema diametral- mente opuesto al de sus contrarios, y ofrecían rea- lizar la felicidad de todos los hombres mediante una nueva organización. Se consideraban á sí mismos como continuadores de Lopo, y hablaban con desprecio de la mayoría creyente en la anti- gua religión de Rubango; deseaban la supresión del afuiri y de los sacrificios cruentos, y aspiraban á la disolución de las actuales ciudades y a la dis- persión de sus habitantes por el territorio, donde cada familia ocuparía un espacio determinado, un ensij en el que viviría absolutamente autó- noma, trabajando para sustentarse en tanto que tuviera lugar la venida de los cabilis, y con ellos la supresión del trabajo humarlo.

En esta original organización sólo se conserva- — 101 ~ ría una autoridad: la del rey; todas las demás se concentrarían en el jefe de familia. El rey debía recibir una participación en los productos de cada ensi para sostener las tropas fronterizas; distri- buir el territorio; legislar y resolver, con el auxi- lio de sus consejeros, las cuestiones que pudieran surgir por el contacto de unas familias con otras. Dentro de cada ensi el jefe sería dueño absoluto y con derecho á castigar aun con pena de muerte á los transgresores de la ley, fuesen de su familia ó extraños; fuera de él, estaría sometido á la ley y al jefe del territorio que pisara; pero el interés general sería mantenerse cada uno en su respec- tiva demarcación, sin abandonarla más que para los actos precisos del comercio ó de la política en caso de pertenecer al consejo real.

Los instigadores de estas ideas de reforma eran en su mayoría siervos pedagogos, que no habían podido conseguir plaza de pedagogos públicos, y la masa del partido estaba reclutada entre los siervos y los agricultores. Los siervos deseaban, naturalmente, constituir familia libre y trabajar sólo en provecho propio; los agricultores estaban interesados en que las concesiones de tierra se perpetuaran, pues con el sistema actual cada diez años quedaban sin efecto, y si se obtenía una nueva concesión, había que recomenzar los traba- jos de cultivo.

Mi siervo y poeta familiar, Enchúa, era uno de ios jefes de la facción ensi ó territorial, llamada por otro nombre facción de los hijos de Lopo. Pa- recerá extraño que un siervo del Igana Iguru es- tuviese afiliado á una banda que se proponía su- — 102 — — 102 — primir esta dignidad; pero más extraño es que nno de los siervos del rey figurase como cabeza del partido. No por prescripción legal, ni por ampli- tud de criterio de gobierno, sino por costumbre, en Maya se toleraban los abusos de la palabra, considerados como un desahogo benéfico; en cam- bio se castigaba severamente la falsedad, delito rarísimo en este país. Afirmar que Quiganza tenía la cabeza pequeña, teniéndola tan grande como la tenía, llevaba aparejada la pena de muerte; creer que Rubango no existe y decirlo en público era un acto lícito, ¡morque Eubango no podía presen- tarse á desmentirlo de una manera contundente. Aparte de esto, así como el rey acostumbraba á bacer caso omiso de las deliberaciones de los ua- gangas, éstos hacían oídos de mercader á lo que decían los reformadores, y así el resto de los sub- ditos; en lo cual influía mucho también el hábito de oir á los loros charlar continuamente de asun- tos que ni entendían ni les interesaban.

No tuve dificultad para asistir, acompañado del vate Enchúa, á una reunión de los ensis, que se celebró en la mañana siguiente al día muntu, en las horas libres, desj)ués del almuerzo. La asam- blea se reunió á campo raso, cerca de la catarata del Myera, y yo fui de los primeros concurrentes^ cuyo número subiría á doscientos. Un siervo del rey, llamado Viami, el dormilón, se colocó de pie en el centro, mientras los demás nos sentábamos alrededor sobre la hierba. Era un hombre muy viejo, alto y enjuto, de ojos grandes y soñolientos, de voz cavernosa, flaquísimo de cuello y muy car- gado de espaldas; había sido el fundador de la — 103 — facción cuarenta años antes, en el reinado del ar- diente Moru, y gozaba de gran autoridad. Todos deseaban oir su parecer sobre los últimos aconte- cimientos, Y él no defraudó las esperanzas de los oyentes, según deduje de lo (jue vino á afirmar en sustancia.

<íEl día esperado largos años por los hijos de Lopo está próximo, y Viaco, hijo del Moru, será el ejecutor de la justicia. Yiaco, hijo del Moru, despojado de su dignidad y de sus riquezas por Quiganza, está cerca de la ciudad, seguido de nu- merosos mandas, y anuncia á los ensis que si le conceden auxilio disolverá las ciudades, focos de servidumbre, y dispersará las gentes por todo el país. El verdadero Arimi se conserva, se23ultado en la gruta del lago Ünzu; el nuevo Arimi es un hijo de Igana Xionyi, que se oculta bajo ese nom- bre para conocernos y saber si somos merecedores de la venida de los cabilis.»

Con asombro mío, pues sabía que figuraban en la asamblea los primeros pensadores del país, en- tre otros mi siervo y poeta familiar Enchúa, vi que cuando el dormilón Viami acabó de hablar, todas aceptaron sin réplica sus opiniones y comen- zaron á disolverse cada cual en distinta dirección, como conejos que, habiendo acudido al centro del corral para roer el forraje diario, después que se acaba se van retirando á sus madrigueras. El dor- milón Viami se quedó solo, se sentó, sacó un pe- queño ruju, y con un estilete de pedernal untado de un jugo verdoso que se extrae de ciertas plan- tas, escribió el extracto de su discurso tal como yo lo he transcrito. Luego se marchó, y al entrar — 104 — en la ciudad clavó en una de las puertas el perga- mino; así se hacía siempre para que el pueblo bajo, que leía ú oía leer en tono declamatorio es- tos cartelitos, se los asimilara y poco á poco forta- leciera su pensamiento. Esta es la única forma, muy rudimentaria en verdad, que existía en Maya de la creación más admirable de nuestro tiempo, la prensa periódica.

CAPÍTULO VIH CAPÍTULO VIH devolución. — Batalla de Misúa y destronamiento y muerte de Quiganza. — De cómo Viaco dominó todo el país y es- tableció la reforma territorial ó ensi. — Contrarrevolución y restablecimiento del poder legítimo.

Cuando el fogoso Viaco, quizás distraído por un deber urgente, volvió al sitio donde había dejado el hipopótamo, y lo echó de menos, sin que, re- corriendo por diversos puntos el bosque, pudiera encontrarlo, determinó, según supe por la bella Memé, regresar á Maya, adonde llegó á la caída de la tarde, poco antes de que cerraran las puertas de la ciudad. Al día siguiente, muy de mañana, acompañado de dos siervos, salió para dar una nueva batida en el bosque, y en esta faena le cogió la noticia de la reaparición de Arimi y del edicto del cabezudo Quiganza restituyendo á éste en su antiguo cargo.

Entre Viaco y el rey mediaban graves disenti- mientos, porque, como hijo del ardiente Moru, el fogoso Viaco pretendía obtener del cabezudo Qui- ganza excesivas concesiones en riquezas y en dig- nidades. De aquí se originó la muerte del elocuente Arimi y la condena de su hermano Muana; pero bien que, á pesar de los deseos del rey, el fogoso ~ 106 — ~ 106 — Viaco consiguiera ser Igana Igura, cargo reser- vado siempre á los hijos ó nietos de rey, la enemis- tad entre ambos subsistió, pues sus caracteres no congeniaban. El cabezudo Quiganza era hombre templado, pacífico y transigente, familiar y sen- cillo en sus hábitos y palabras; el fogoso Yiaco era, por el contrario, hombre de pasiones vehemen- tes, altivo y emprendedor, liberal y ambicioso; el vicio dominante en el uno era la gula, en el' otro la lujuria. Sus retratos podían hacerse por medio de sus esposas favoritas: la del rey, Mcazi, mujer obesa, engrosada, cebada; la de Yiaco, Memé, sen- sible como un laúd y ágil como una ¡Dantera.

Convencido ó sin convencer, que esto jamás llegué á averiguarlo, el cabezudo Quiganza aceptó el hecho de mi resurrección como un. medio para aniquilar á su j)ariente sin cometer injusticia, estando como estaba consignado en la ley el pre- cepto de la restitución. El fogoso Viaco, persua- dido de la impostura del nuevo Arimi, pues el cadáver del verdadero permanecía donde él lo se- pultó, pudo creer que todo aquello era una farsa consentida por el rey é inspirada por el listísimo Sungo, hombre de invención fértil y deseoso de vengar á su padre. La muerte de éste había tenido lugar del siguiente modo: una hermana del ar- diente Moru, muy hermosa, la celestial Cubé, ha- bía, sido la primera favorita de Arimi y madre del primogénito Sungo; á Cubé siguió Niezi, y á Niezi Memé. Para congraciarse con el díscolo Viaco, Arimi le entregó á Cubé, pues aunque eran tía y sobrino, la ley no prohibía este genero de enlace; las prohibiciones son entre los ascendientes y des- / — 107 — / — 107 — cendientes j los hermanos de doble vínculo. Cubé fué devuelta bajo pretexto de esterilidad, j la misma noche de su reingreso en la casa de Arimi, facilitó la entrada á Yiaco para que asesinara al elocuente sacerdote. El cadáver fué sepultado muy hondo en el patio, junto al harén; después se simuló la excursión á Mbúa y la muerte miste- riosa en la gruta del Ünzu; se acusó á Muana, y Viaco quedó triunfante. Pero disuelta la casa de Arimi, Sungo continuó siendo el jefe de la fami- lia en la nueva casa, y se llevó consigo á su madre, que antes de morir, siguiendo la costumbre na- cional, le confesó el crimen para que lo vengara. En Maya, el afuiri prescribe al año, porque se supone que si el crimen ha permanecido oculto, es por disposición de Rubango; pero los odios son inextinguibles, y el fogoso Yiaco vivía apercibido contra la venganza, pronta ó tardía, del listísimo Sungo.

Así, pues, no soñó en parar de frente el golpe que se le asestaba, y á lo sumo intentaría asesi- narme, si es que la alarma de la bella Memé la noche de mi llegada tuvo fundamento; ni menos pensó en someterse á sus enemigos. Su primera determinación fué refugiarse en Urimi, ciudad propicia á una rebelión, por haber sido privada de sus caminos. En Urimi comienzan los gran- des bosques del Xorte, y cerca se encuentra uno de los doce destacamentos de la frontera, man- dado á la sazón por Quetabé, hermano de Yiaco. El lugar elegido por éste no podía ser más á pro- pósito para una tentativa sediciosa; los habitantes de Urimi acogieron al fugitivo y se mostraron — 108 — deseosos de defenderle; Quetabé apoyó los planes de su hermano j y el grupo rebelde, compuesto de dos mil urimis y de doscientos ruandas, se pre- paró para atacar á Maya sin pérdida de tiempo, con esa rapidez asombrosa con que acometen los africanos las empresas más arduas. Entre Urimi y Maya están Cari, en el bosque, y Misúa, bella ciudad habitada por pastores; los de Cari tomaron las armas por Viaco, y los de Misúa, donde esta- blecieron el cuartel los insurrectos, fueron obli- gados á tomarlas también por la fuerza.

Desde aquí enviaron emisarios á Maya, que está á dos horas de camino, para hacer prosélitos entre los ensis, seduciéndoles con promesas, y sin más tardanza vinieron sobre la ciudad, según lo había anunciado el dormilón Viami, cuando apenas el ca- bezudo Quiganza y sus fieles habían tenido tiempo para apercibirse á la resistencia. Sin embargo, se adoptaron prontas medidas: cerráronse las puertas de la ciudad; pusiéronse en pie de guerra los cin- cuenta hombres de la guarnición; armáronse todos ios hombres útiles, libres y siervos, en número de tres mil, y Quiganza confió la dirección de la gue- rra al consejero y hábil estratégico Menú, el de los grandes dientes, asesorado por ocho uagangas de los más peritos en el arte militar. Hechos los prepa- rativos, abandonando la ciudad á las mujeres, sa- limos á campo abierto y marchamos contra el enemigo, que retrocedía en busca de un lugar ventajoso para hacer frente, y se detuvo, por fin, junto á una arboleda que está á la vista de Misúa. Entonces nosotros nos detuvimos también, y el dentudo Menú reunió su consejo para resolver el — 109 — — 109 — plan de ataque. Acordaron dividir las fuerzas en tres alas, que atacarían por distintos lados y se reunirían después por sus extremos, formando un circuito (un triángulo era su idea) donde que- daría encerrado el enemigo. En consonancia se kLzo la distribución de las tropas, y compuestas las tres alas, comenzó el combate; pero bien pronto notamos que nuestros cincuenta mandas se pasa- ban al grupo de Quetabé y que casi toda el ala- del centro, que debía llevar el peso de la batalla y estaba formada por siervos, se unía al grupo di- rigido por el fogoso Viaco. De suerte que el ejér- cito contrario, entrando por nuestro centro, separó las alas derecha é izquierda, las cuales, vista la imposibilidad de luchar con ventaja, se desbanda- ron y huyeron.

Faltando tan lastimosamente los tres lados de nuestro ejército, el triángulo soñado por el den- tudo Menú no pudo formarse, y los que presenciá- bamos la lucha desde lejos, huimos despavoridos hacia Maya; los que pudimos escapar entramos en la ciudad, recogimos nuestras familias y nos refugiamos en la fiel Mbúa. Entre los refugiados estaban el príncipe Mujanda, tres hijos del rey, dos consejeros. Menú y Sungo, veinte uagangas y todas nuestras mujeres y nuestros hijos, así como la familia real. Antes que cerrara la noche llega- ron más fugitivos, trayéndonos terribles nuevasr Viaco había entrado en Maya y había sido pro- clamado rey; Quiganza, hecho prisionero, después de presenciar la proclamación de Viaco, había sido decapitado, y su gran cabeza paseada por la ciudad como trofeo de la victoria.

— 110 — — 110 — Al día siguiente partieron de la corte, para todas las ciudades del reino, correos portadores de nn edicto real en qne se exigía la sumisión y se anun- ciaba el perdón de los partidarios de Quiganza que se presentaran en el plazo de diez días. Todos los habitantes de Maya volvieron á sus hogares, salvo quince que habían muerto en el campo de batalla, entre ellos el orejudo consejero Mato; las ciudades del Norte se apresuraron á proclamar á Viaco, y sólo las del Sur se mostraban propicias por el rey legítimo, Mujanda. Pero la interven- ción mía evitó la guerra civil.

Era fácil comprender que, por muy grandes que fueran los esfuerzos de las ciudades leales, sería imposible resistir el primer empuje de un ejército triunfante; los destacamentos del Norte estaban de parte de Yiaco, mientras nosotros no contábamos con los del Sur porque las poblaciones se negaban á llamarlos en nuestro auxilio te- miendo ser víctimas de su rapacidad; valía más ceder en los primeros momentos y esperar un cambio favorable. El peligro principal para Viaco era el mismo ejército que ahora le apoyaba, y que le impediría afirmar su poder. Gracias al influjo que yo ejercía sobre Mujanda, príncipe joven é inexperto, y yerno mío por añadidura, pude hacer imperar mis ideas, que todos aceptaron como bue- nas, no sé si porque comprendieran que la razón estaba de mi parte, ó si á causa del temor que les inspiraba afrontar ana lucha á muerte.

La esposa favorita del cabezudo y desventurado Quiganza, la gorda Mcazi, era hija del reyezuelo •de Viloqué, ciudad situada en el extremo Sudeste — Jll — del país, en el interior de los bosques, y solicitó de su padre el favor de establecer allí nuestro oculto refugio mientras pasaban las horas de desgracia. El viejo Mcomu, llamado así por tener el dedo pulgar de la mano derecha extraordinariamente grande, nos concedió su apoyo, y entonces se hizo saber que Mujanda y sus íieles abandonaban el reino. Las ciudades del Sur reconocieron al usur- pador Viaco, y el dentudo Menú y los uagangas que nos habían seguido se presentaron también á él. Sólo Mujanda y la familia real, y Sungo, ene- migo de Viaco, y yo, con nuestras familias, ¡parti- mos para el destierro confiados en la lealtad de Lisu, el de los espantados ojos, del veloz Xionyi, del va- liente Ucucu y del viejo Mcomu, únicos reyezuelos que estaban en el secreto de nuestra resolución. De Mbúa pasamos á Ruzozi; de Ruzozi á Boro, la ciudad de la «montaña)); de Boro á Tondo, en medio de un bosque de árboles de este nombre, y de Tondo á Viloqué, la pequeña ciudad de los «bananos)), donde entramos de noche para no ser vistos de nadie. El camino de Ruzozi á Yiloqué es muy penoso, y exige á hombres muy andadores cinco jornadas: dos á Boro, dos de Boro á Tondo, y una desde aquí á Viloqué, marchando á diez le- guas por día; pero nosotros tardamos veinte días y sufrimos grandes penalidades j)or la falta de provisiones y la torpeza de las mujeres, poco ha- bituadas á caminar. El viejo Mcomu nos acogió con buena voluntad en su palack), en cuyo inte- rior había constmído varios tembés para acomo- darnos. No obstante, nuestra permanencia allí fué muy breve, porque el temor de que una denuncia — 112 — nos perdiera, y el anuncio de la próxima venida de ViacOj nos obligó á buscar otro sitio más seguro en el centro del bosque, en un lugar que inspira gran terror á los naturales y adonde mis compa- ñeros de destierro sólo se atrevieron á ir cuando les aseguré de la benevolencia de Rubango.

Construímos una gran cabaña, cercándola con un vallado para defenderla de las fieras, y la di- vidimos en tres partes: la mitad para Mujan da y para su familia, compuesta de su madre, de su única mujer, Midyezi, la hija de Memé, y de la familia real, de la que él vino á ser jefe, y que se componía de cincuenta mujeres y veintidós bijos, tres de éstos varones mayores de edad. Una cuarta parte fué para Sungo, cuyas esposas eran ocho, y diez sus hijos. La otra cuarta parte para mí y para mis veintinueve mujeres y cinco hijos meno- res. Así vivimos diez meses de los frutos del bos- que y de la caza, sufriendo las tristezas de la falta de sol y de la abundancia de lluvias y los males de una ruda aclimatación, en la que estuvimos todos á punto de perder la vida. El espanto que estos parajes producen á los de Viloqué se funda en mil leyendas fantásticas, de las que Rubango es el héroe; pero lo que hay en ellas de positivo, es que toda esta parte del país está rodeada de lagunas, cuyas emanaciones producen fiebres per- tinaces y disenterías de desenlace tan rápido como una invasión colérica. Merced á un sistema de sudoríficos y antiflogísticos inventado por mi los estragos no fueron muy sensibles, y sólo perecieron sesenta y ocho individuos de la colonia entre ciento treinta y siete; las pérdidas más sensibles fueron la de la obesa Mcazi, la de los hi- jos varones de Quiganza, de los que sólo se salvó el tercero, llamado por esta i'azón Asato, y la de las dos entrañables amigas Niezi y Ñera, muertas en un mismo día.

El fogoso Viaco, entretanto, visitaba el país en son de paz, y establecía por todas partes la orga- nización ensi. Contra lo que yo esperaba, había sabido evitar los peligros del militarismo, en- viando las tropas á sus cuarteles con buenas re- compensas^ y pretendía cimentar su poder con el apoyo de los hijos de Lopo. Esta fidelidad á un compromiso adquirido en horas de apuro, me pa- reció un error grave; porque si una minoría des- contenta puede en circunstancias críticas decidir de la suerte de una nación, no por esto será bas- tante fuerte para continuar imponiéndose en con- diciones normales. Yiaco había visto que en la, batalla de Misúa la defección de los ensis había decidido en su favor la victoria, y creía que el apoyo de éstos le bastaba en tiempo de paz. El triunfo, sin embargo, era de los descontentos de Urimi, de los mismos que, satisfecho su rencor, se volverían contra él y contra el nuevo sistema. ¿No era lógico que una ciudad ofendida porque se ha- bía visto privada de sus caminos, de sus medios de comunicación, se ofendiera más cuando se viese disgregada, cuando la incomunicación fuese, no ya de ciudad á ciudad, sino de familia á familia.^