— 131 - hechos históricos para comprender en qué punto se hallan y qué dirección es la más segura. Sus re- cuerdos son exclusivamente pasionales: una ofensa se les graba con tenacidad, y subsiste durante veinte generaciones; una enseñanza les hace tan poca mella como el són de los roncos bordones del laúd, que apenas llegan al oído. Después de diez meses de privaciones, Mujanda despertaba en su gran palacio, se veía rodeado de doscientas muje- res y cincuenta siervos, y halagado por las adula- ciones de las personas distinguidas y por las acla- maciones de la plebe; nada tan difícil como hacerle comprender que el camino del destierro seguía donde antes estaba; que aquellas mujeres podían pasar legalmente, en veinticuatro horas, de sus ma- nos á las de un usurpador; que aquellos siervos podían imitar, en caso de apuro, la bochornosa conducta del ala central de nuestro ejército en la batalla de Misúa; que aquellos aduladores habían adulado antes que á él al cabezudo Quiganza y al fogoso Yiaco; que aquellos aclamadores ha- bían aclamado cuando proclamaron á Quiganza y cuando le cortaron la cabeza; cuando Viaco triunfó y cuando fué asesinado; cuando Menú degollaba y cuando se suspendió la degollación.
Yo, que sabía por la historia que los príncipes amamantados en las enseñanzas de la adversidad, cuando llegan á restaurar el trono de sus ascen- dientes suelen ser los más ciegos, los más sordos y los más disolutos, no intenté vay iar el orden de la sabia naturaleza y me abstuve de dar consejos. Únicamente solicité algunas facultades para tra- bajar por mi cuenta, y en este punto hay que hon- — 132 — rar á Mujanda con el titulo de modelo sin 23ar de reyes constitucionales. íí'o sólo me concedió lo que yo deseaba, sino que me dió amplísimos poderes para hacer y deshacer á mi antojo, y hasta me hizo entrega de losrujus amarillos, donde se escriben los edictos reales. Estos rujus no los poseía nadie más que el rey, porque eran de preparación anti- gua, y ya no se sabía hacer en Maya la tintura con que se les daba su extraño color; pero yo descubrí el procedimiento, que se reduce á extraer el jugo de las flores grandes y pajizas de la gayomba ó de una planta muy parecida, que abunda en las ori- llas del Myera, y á mezclarlo con sangre de conejo y aceite de palma. Este hallazgo fué trascenden- tal, porque á la abundancia de rujus, y no á otra cosa, se debió la salvación del país. v Varios peligros inmediatos amenazaban, y había que atacar de frente: la indisciplina de las tropas, la desobediencia de los reyezuelos y la inmoralidad pública. Una de las consecuencias inse2)arables de los períodos de agitación y de cambios políticos, lo mismo entre los negros que entre los blancos, es la desmoralización. Los que han visto á una autoridad caer hoy ¡jara levantarse mañana, pasar del destierro á los honores y de la pobreza á la abundancia; los que han tenido que adular en poco tiempo á los desposeídos, á los usurpadores y á los restauradores, y acaso han obtenido trij)les beneficios, se acostumbran á considerar la vida como una danza continua de hombres y de cosas, pierden gran parte del temor á la ley, que confían no ha de cumplir el que gobierna por falta de tiempo, ni el que gobernará después por espíritu — 133 — — 133 — de oposición, y sienten iin deseo violento de me- drar, de aprovechar el momento oportuno para meterlos brazos hasta los codos (y los brazos de ios mayas son extremadamente largos) en la ha- . cienda de la comunidad y aun de los particulares; las tropas aspiran á desjíojar al país para cobrar de una vez la soldada que el gobierno les da en pequeñas raciones; los reyezuelos quieren fundar cada uno su dinastía independiente y descar- garla del vasallaje; los consejeros, los uagangas, los pedagogos, husmean de dónde sopla el ^dento, para volver las espaldas al que manda hoy y po- nerse del lado del que mandará mañana; los ciu- dadanos se dedican á expoliarse mutuamente, coa- fiados en hallar amparo presente ó futuro ]3ara la conservación de los bienes de procedencia turbia. El estratégico de Misúa, el dentudo Menú, es un tipo caractei'istico de la época: con el cabezudo Quiganza fué consejero y se enriqueció; con el fo- goso Viaco fué consejero y dobló su fortuna; muerto Yiaco, fué jefe del partido de Mujanda, y se redondeó con los despojos de los siervos que hizo decapitar; con el débil Mujanda continuó de consejero, y se dispuso á seguir acumulando, insa- ciable, cuanto cayera entre sus garras En situación semejante no había más recurso eficaz que calmar los apetitos, y para esto faltaban los medios materiales. Entonces tuve yo una idea, que llamaré genial. Me encerré solo en mi habi- tación con el paquete de rujus amarillos, con va- rios pedazos de plomo, con un cuchillo y con un -tarro de tinta verde, de la que se usa para escri- ir. En aquellos cuatro elementos estaba la rege- — 134 — — 134 — neración nacional. Corté cuatro pedazos de plomo en placas redondas, que alisé por una de las caras, j grabé con la punta del cuchillo diversas figuras: ' una hermosa vaca, cuyas ubres llegaban al suelo; una cabrita con cuernos muy retorcidos; un cebú mocho con su enorme giba en la cruz; una cebra primorosamente listada. Luego unté los grabados con la tinta verde, y los estampé sobre las pieles, cuidando de aprovechar el espacio; y cuando se secó la estampación, los recorté en redondo con el cuchillo y los fui colocando unos sobre otros en cuatro montones, para prensarlos y desarru- garlos. En el primer día hice cien estampitas, veinticinco de cada serie, y quedé satisfecho de mi obra, que, sin ser un prodigio de arte, debía parecerlo á quienes yo las destinaba. Faltábame ahora un detalle importante; lanzar este papel moneda á la circulación. Para ello redacté un edicto breve y claro, del que, por su importancia, doy aquí la copia: «A los hijos de Maya. — Un motivo de la furia de Rubango es la marcha de los animales por las sendas; así veis que los destruye con los rayos del sol, con las aguas de los ríos, con los ataques de las fieras. En el reino de Rubango los ganados se conservan en las cuadras y en las colinas. Cuando Rubango quiere enviar vacas, envía pequeños ru- jus amarillos en los que su mirada crea vacas. Un ruju es una vaca, una cabra ó lo que Rubango desea. Sus reyezuelos dan una vaca al que tiene un ruju con una vaca de Rubango. Arimi ha ve- nido de las mansiones de Rubango y tiene la mi- rada de Rubango; Arimi crea vacas y cabras y toda — 135 — clase de ganados. Los reyezuelos de Maya harán como los de Eubango. — Mujanda.»
Después de leer este edicto, que hice circular por todo el país, los mayas debieron quedar su- midos en la mayor confusión; la idea sin el he- cho visible, es para ellos un arcano. Pero bien pronto llegó el hecho, ün pastor de la corte iba á Misúa á vender cinco cabras, y se presentó en el palacio real. Yo estaba allí; le hice dejar las cinco cabras y le di en cambio cinco rujus, que él mi- i*aba con ojos de asombro. Marchóse á Misúa, y el ])acífico reyezuelo Mtata, muy adicto á Mujanda, de quien temía un fuerte castigo, á la vista de los rujus entregó al pastor cinco cabras, al parecer más gordas que las que en Maya quedaron. Este pastor fué el primer agente de propaganda. Bien pronto se comentó el hecho en la corte y en Mi- súa, y todo el mundo deseaba ver los milagrosos rujus, cuya fabricación proseguía yo sin descanso previendo los acontecimientos. En un mes se hi- cieron diez transacciones como la primera con distintas localidades, y ni uno de los rujus que salían fué devuelto al cambio, porque los reye- zuelos, por regla general bien acomodados, en- contraban preferible conservar aquellas figuras que parecían vivas, creadas en perganiino regio por la mirada de Rubango ó de su ministro. No tardaron en llegar peticiones de rujus, mediante la entrega de ganados, que los establos de Mu- janda eran pequeños para contener. La confianza se engendró en poco tiempo, y otro hecho palpable acabó de cimentarla. Lisu, el de los espantados ojos, reyezuelo de Mbúa, vino el día de costumbre — 136 — á entregar el impuesto, y mientras los demás re- yezuelos mandaban trigo ó cabezas de ganado, él, 2)or indicación mía, se limitó á contar cierto nú- mero de rujus. El pago fué válido, y además Mu- janda, á la vista del pueblo, le obsequió con un bonito puñal. Esto puso el sello á la reputación de los rujus, y no hubo maya que no trabajase por alcanzar siquiera uno de cada clase, convencido de que en un rujo se poseía un amuleto de Eu- bango, y además, en caso prej^iso, un animal como el que se liabía entregado, en caso desque no fuera más gordo. Lejos de tropezar en el peligro que yo creí, tropezaba en el opuesto, en la exageración de la confianza, en el deseo de convertir todas las riquezas en papel. Esta exageración me propor- cionó un conflicto con el imprevisor Mujanda, que, á gobernar á su gusto, hubiera liquidado en pocos días el reino.
El quería que jamás faltasen rujus dispuestos para el cambio, y se irritaba cuando alguien exigía 1^ devolución del ganado. Así es que el día del pago de Lisu, habiéndole yo dado instrucciones para que recibiera los rujus é hiciera el regalo del puñalito, que era mío, se resistió á obedecerme. Él comprendía la primera parte de la operación, la de recoger el ganado; pero no la segunda, la de entregarlo. ¿Qué ventaja había en recibir, si des- pués existía la obligación de devolver, si era ne- jcesario conservar tantas cabezas de ganado como rujus expedidos, para darlas á sus dueños cuando éstos lo desearan? Esto era un trabajo inútil. Pero entonces le expliqué yo cómo, si existía la seguri- dad de que en cualquier momento los establos — 137 — — 137 — reales poseían ganados para cambiar los rujus, la mayoría, sea por confianza, sea por el gusto de poseer las estampitas, sea por la comodidad para transportar sus bienes de nn punto á otro sin molestar á Rubango, dejarían en paz los establos mientras no les precisara, y siempre tendríamos una gran cantidad de animales que no nos perte- necían. «Los rujus no multiplican el ganado, pero, permiten que éste tenga dos dueños: uno, el que posee el ruju; otro, el que posee el animal; el que tiene un rujil con figura de vaca, es el dueño de ■una vaca; pero la vaca la tenemos nosotros, dispo- nemos de ella, nos bebemos la leche y nos queda- mos con las crías.))
Este líltimo ejemplo fué el que iluminó al im- bécil Mujanda; su [inteligencia era obscura, pero, una vez que atrapaba una idea, la percibía con gran penetración. Su aire de torpeza se desvaneció de improviso, y cuando el caso de la vaca le hizo comprender la parte jugosa del cambio de los ru- jus, estiró la boca hasta las orejas para reírse de una manera que, si en Maya hubiese diablos, podría llamarse diabólica.
CAPÍTULO X Pacificación del país y abolición de la servidumbre. — In- vasión y establecimiento de los uamyeras y de los accas. — Continúan las emisiones de valores fiduciarios. ^ Gracias á mi ingenio y al candor de los súbditos de Miijanda bien pronto me hallé en disposición de resolver la crisis por que atravesaba el país,. y de trabajar por la felicidad de aquellos hombres que, no obstante la diferencia de color, yo consi- deraba como mis hermanos. No eran tampoco mis móviles exclusivamente humanitarios, pues sentía una noble curiosidad científica, un vivo deseo de hacer ensayos y experimentos sobre esta nación, para deducir principios generales de arte político. En estas sociedades primitivas, los órganos están más desligados y las funciones se presentan de una manera más descarnada, permitiendo á un mediano observador descubrir ciertas leyes de ca- rácter elemental, base de toda la estática y la di- námica políticas.
Mis primeros esfuerzos se encaminaron á res- tablecer la disciplina militar de los destacamentos del Noreste, que se habían negado á proclamar á Mujanda. Esta proclamación no tenía para ellos ningún interés, porque las raciones las recibían — 140 — directamente de las ciudades próximas, y éstas no dejaban de entregarlas con puntualidad. Yo dis- puse que todas las ciudades, sin distinción, juaga- ran el impuesto al rey, y que éste entregara de sus fondos las soldadas. Tal sistema hubiera sido muy penoso cuando los jmgos se hacían en espe- cies, y parecería además inútil enviar los carga- mentos á la corte para reenviarlos desde la corte á la, frontera; pero con auxilio de los rujiis era " sencillísimo, y ofrecía la ventaja de permitir á los ruandas la compra diaria de sus provisiones. Sin embargo, la medida produjo gran descontento en las ciudades y en los cuarteles; en las ciudades se temía que, si el rey se olvidaba de pagar a tiempo ■ oportuno, se amotinaran las troj^as y saquearan las haciendas particulares; en los cuarteles se re- . chazaba esta intervención desusada de la auto- ridad real, y se manifestaba un desconocimiento absoluto del mecanismo de la compraventa. Hubo varias asonadas militares, y cinco destacamentos, el de ünya, el de üquindu, el de Mpizi, el de Uri- mi y el de Viti, puestos de acuerdo y dirigidos por el jefe de este último, el guerrerazo Quizigué, de quien no había yo encontrado aún el medio de deshacerme, se declararon en abierta rebeldía é intentaron apoderarse de Maya. Las ciudades de la orilla izquierda del río nos enviaron refuerzos, é iba á comenzar la guerra; pero antes acudí á un .hábil recurso, que hizo inútiles los procedimientos de fuerza y evitó la siempre dolorosa efusión de sangre. Publiqué, firmado por Mujanda, un edicto ^anunciando que si las tropas sublevadas volvían á sus cuarteles no sufrirían ningún castigo, y que — Ul — en adelante se doblaría la ración á todo el ejército, pnes ésta, y no otra, era la idea del rey al tomar á su cargo el abono de los salarios. La obediencia fué inmediata, y para mayor garantía y demostra- ción;de nuestras promesas se hizo una entrega an- ticipada.
Este ejemplo decidió á los reyezuelos remisos en el cumplimiento de sus deberes á acatar al nuevo rey, quien para ganarles más la voluntad les perdonó los atrasos, y como término feliz de la pacificación acordó la condonación de un mes de impuesto á todas las ciudades. Siempre alabaré el ¡patriotismo de todas las clases de este país, y el espíritu de sumisión de que dieron repetidos ejem- plos en época tan azarosa. Bien es verdad que si de un modo rudo y grosero se hubiese exigido á cada uno de los ciudadanos la entrega de una parte de sus bienes, acaso la solución de la crisis se realizara más lenta y difícilmente; pero en tal caso la responsabilidad sería del gobernante in- hábil, que no había sabido revestir sus medidas de esa forma suave y poética que tanto agrada á la imaginación popular. Aun la conducta de las tropas, que parecerá un tanto interesada, la en- contré digna de aplauso, porque revelaba un gran amor al orden y á la estabilidad. Hay organismos que aspiran á cambiar de postura con demasiada frecuencia, y que son un germen de continuos trastornos; hay otros más sensatos, que sólo cam- bian para mejorar, y á ellos pertenece el ejército ruanda; por esto no ace^ítaron la innovación en el sistema de pagos hasta que vieron que les producía algún beneficio.
— 142 — Este levantamiento militar, tan noblemente ahogado por sus mismos iniciadores, fué motivo de un suceso feliz", de un hecho que formará época en la historia nacional. Apenas quedaron libres las fronteras de los distritos de Urimi y Mpizi, comenzaron á invadir el país numerosas tribus de aspecto misérrimo, hambrientas, desnudas y fati- gadas por largas marchas al través de los bosques. Los reyezuelos reclamaron auxilio para expul- sarlas, y los sublevados se disponían á enviar fuerzas para destruirlas. Pero, realizada la sumi- sión de los rebeldes, yo me dirigí á los parajes invadidos so pretexto de combatir personalmente á los intrusos y con ánimo de entablar negocia- ciones. Procedían estas tribus de los bosques del Norte de Maya, y quizás algunas venían desde las forestas del alto Congo, y desde los bordes del ^Aruvimi, hostigadas por los tratantes árabes que dominan toda esa vasta región; sus tipos eran muy diversos, pero la diferencia principal estaba entredós, que representaban, sin ningún género de duda, dos razas muy distintas: una muy se- mejante á los puros indígenas mayas, habitantes del bosque, y otra de estatura más pequeña y de rasgos muy análogos á los de la raza acca, al Norte del Aruvimi. Sin embargo, los exploradores han exagerado estos rasgos, puesto que los accas no son, ni con mucho, liliputienses; su talla es como dos tercios de la de un hombre ordinario; su color es moreno verdoso, como el de todas las tribus que viven á la sombra; su inteligencia es viva, y su agilidad extraordinaria. Según me dió á entender uno de los jefes (rúes su idioma me — 143 — era desconocido) venían en són de paz, buscando refugio contra las persecuciones de unos hombres de tipo extraño que habían llegado por Oriente.
Yo persuadí á Mujanda para que les permitiera establecerse, ya que nuestro reino era muy ex- tenso y el número de los invasores no tan grande que los hiciera temibles; cuanto mayor fuera el número de sus súbditos, mayores serían sus ga- nancias, y en las ciudades nada tendrían que padecer por la vecindad de estas gentes pacíficas. Así, pues, fué acordado admitirlos, y yo, por mi parte, les anuncié que avisaran á sus congéneres que aun quedaban en el exterior antes que se ce- rrara la frontera. En menos de dos meses pene- traron en el país más de sesenta mil personas, esto es, una cuarta parte de la población que yo calculaba en todo el reino. Esta gran masa hu- mana fué distribuida en cinco grupos: uno for- mado por los accas, en número de diez mil, quedó cerca de Maya, sostenido á nuestras expensas; de los cuatro restantes, de raza común, á los que el pueblo llamó uamyeras, «hombres del río3>, uno se estableció al Norte, entre Viti y Mpizi, y los otros tl*es al Sur, entre Tondo y Ñera, todos en el bos- que. Según el convenio hecho, recibieron algunas provisiones y reyezuelos de nuestra nación; los 'res hijos mayores del listísimo Sungo, y el único hijo sobreviviente del cabezudo Quiganza, fueron favorecidos con estos cargos.
Respecto de los accas, un plan más vasto había ..surgido en mi mente. Era para mí incuestionable que una restauración no podía ser perfecta mien- tras no se aceptase algo de lo que se había hecho — 14é — durante el período de gobierno ilegítimo. Gober- nar es transigir, y yo buscaba con afán las perso- nas ó el partido con quien pudiera acordarse una honrosa transacción. En la cuestión del reparto territorial no era posible transigir, porque los mismos reformadores habían tolerado que quedara sin efecto, y ahora, con la presencia de los nuevos colonos, la división sería más difícil, por no de- cir de todo punto irrealizable; la cuestión reli- giosa era muy dada á conflictos, y además Yiaco la había retrotraído á su antigua pureza con aplauso general. Realmente, este extremo lo con- sideraba yo perfecto, y nada necesitado de mejoras ni de componendas; una religión que afirma la existencia de un sér superior ó supraterreno, fuente de bienes y de esperanzas, y de un sér inferior ó subterráneo, fuente de males y de terrores, es una religión completa, especialmente si cuenta, como la de los mayas, con ritos externos, que propor- cionan de vez en cuando alguna expansión á los espíritus y algún reposo á los cuerpos.
Por tanto, no quedaban más que dos puntos de transacción. El primero, reconocer que Urimi, la ciudad sin caminos, había tenido algún funda- mento para asociarse á Yiaco y permitir, como así se hizo, que continuara usando las sendas abiertas sin autorización, cuando el régimen en si fué abandonado. El segundo, y más importante, conceder la libertad á los siervos. La mayoría de éstos había entrado de nuevo en la servidumbre con aparente satisfacción; mas era de temer que bajo esta falsa apariencia se ocultase un juego pe- ligroso. Los destacamentos sublevados entregaron — 145 — al hacer la paz cinco siervos incendiarios, entre los cuales se contaba el dormilón Viami, únicos que habían podido escapar á la furia del dentudo Menú. Estos cinco siervos representaban, á mi juicio, una minoría vencida, siempre digna de respeto, y con ella me entendí para hacer la tan deseada transacción.
Se acordó que los cinco siervos, con sus familias, fundasen una nueva ciudad, que llevaría el nom- bre de Lopo, entre Unya y Maya, en la orilla de- recha del Myera. Estos siervos, y los que se fueren agregando, recibirían como presente una familia acca, y los dueños de los siervos que reclamaran su libertad recibirían igualmente dos familias enanas. De esta manera se abría una puerta para que la liberación se fuese poco á poco reaKzandOj sin perjuicio de nadie, hasta llegar á la completa abolición de una costumbre ofensiva para el de- coro del hombre. En cuanto á los enanos, su integ- res manifiesto estaba en no morir de hambre, y se conformarían con la servidumbre hallándose en un país de hombres más altos, más fuertes y ma- yores en número, y desconociendo la lengua que se les hablaba. Ün año tardé en invertirlos á tor dos: á cada reyezuelo le fueron enviadas cincuenta parejas, y á los que gobernaban ciudades á cielo descubierto, cincuenta más para los trabajos agrí- colas; y era tal la fecundidad de las mujercillas accas, que en cinco años se había duplicado el número de los nuevos siervos. Yo tomé á mi ser- vicio cuatro reyes y cuatro reinas, y en ese período de tiempo aumentaron su familia con veinticuatro príncipes. - 10 10 Entretanto, los uamyeras se propagaban tam- bién muy rápidamente y fundaban cuatro gran- des ciudades, que se llamaron: la del Norte, Ban- gola, y las del Sur, Bacuru, Matusi y Muvu.
La ciudad libre de Lopo se desarrolló con más lentitud, porque los antiguos siervos no llevaban de ordinario más que una esposa; casi todos se proveyeron de mujeres enanas para acrecentar su familia, pero el cruce de razas no fué muy feliz. La fundación de esta ciudad proporcionó á Mu- jan da una inesperada ventaja, pues, aparte de la no pequeña de separar de Maya y de otras ciu- dades elementos pei-turbadores, los libertos nos descargaron del peso del dentudo Menú. Este^ creyendo que en Lopo podría continuar explo- tando á los siervos, que afluían en gran número, más que por su voluntad porque sus dueños los despedían para recibir en cambio las dos familias enanas ofrecidas, solicitó ser nombrado reyezuelo, y á los pocos días de su llegada fué asesinado, no se supo por quién, á la puei-ta de su palacio. El listísimo Sungo fué á sustituirle y á restablecer el orden; y Mujanda, nada torpe en esta ocasión, confiscó en provecho propio las grandes riquezas de Menú, sin exclusión de su familia.
Aun no había cumplido el nuevo rey un pre- cepto tradicional en este país, la visita á todas las ciudades y cuarteles del reino, después que ha tenido lugar la proclamación y el recibimiento en la corte. Mujanda estaba deseoso de cumplir este grato deber; porque, insaciable de riquezas, soñaba con los regalos que recogería en su excursión; el pueblo pedía con insistencia que la visita se reali- — 147 — zara, porque existe la superstición de que el sub- dito que muere sin ver á su rey es muy mal reci- bido en las mansiones de Rubango. A esto se agregaba el miedo de que el mal recibimiento fuese todavía peor por haber aceptado un rey ile- gítimo. Muchos se vanagloriaban de no haber visto á Viaco, y algunos decían verdad: los que conservan la pureza de las tradiciones son en este país tan exagerados en materia de legitimidad real, que la presencia sola de un rey usurpador les turba y learhace llorar; mientras que la contempla- ción de un rey legítimo les inunda de placer y les hace llorar asimismo, pero de alegría. Después de muchas prórrogas, fundadas en mis planes secre- tos, aconsejé por fin á Mujanda que hiciera la vi- sita, quedándome yo en la corte al frente del go- bierno y dándole instrucciones precisas sobre lo que debía hacer.
A cada reyezuelo que le hiciera algún regalo, debería entregarle cinco rujus; á cada destaca- mento militar, una soldada extraordinaria; á cada consejero, un ruju; á los pueblos les perdonaría seis entregas en especie, de las que hacen á diario á las autoridades. Era preciso hacer ver que con ningiin rey se obtendrían tantos beneficios como con Mujanda, y el medio demostrativo, afortuna- damente no nos costaba gran cosa. Pero el punto culminante de este viaje no era tanto la entrega de los donativos, como la particularidad de éstos, nueva invención mía., j Dos inconvenientes me había descubierto la ex- periencia en los rujus anteriores: uno, el valor -excesivo de cada pedazo de piel, y otro, el más — 148 — grave, la aglomeración del ganado en nuestra pro- vincia, cuyos prados no bastaban ya para conte- nerlo, y menos para alimentarlo. 'No todos los dis- tritos poseían ganados, y en éstos las transaccio- nes eran imposibles, porque los mayas no habían caído en la cuenta de separar el valor figurado de los rujus de su valor equivalente en otras espe- cies; aunque ima cabra valiese un onuato de trigo, no se babía ideado el recurso de cambiar un ruju de cabra por un onuato. En los destacamentos -militares cambiaban los rujus por ganado, y des- pués, cuando era preciso, éste por otros artículos. De aquí mi idea de estampar nuevos rujus y de aprovechar el viaje del rey para lanzarlos, con éxito seguro, á la circulación. Pero tampoco pude pensar, ni por un momento, que los nuevos gra- bados representaran directamente las especies, porque, ni era posible figurar el trigo, el maíz ó las habas, ni sustituir las figuras por inscripcio- . ciones que no todos sabrían leer y que no tenían la fuerza artística sugestiva de la representación pictórica. Acudí, pues, á otro medio é hice tres troqueles en los que representé una mujer desnuda y obesa, cuyos pechos caían hasta las rodillas; un hombre, portador de un carcaj, á la usanza délos guerreros, y un niño desnudo, sentado en el suelo, jugando con la tierra. El secreto de mi invención estaba en que, abolida la servidumbre de los indí- genas, no había medio de utilizar estos rujus, sino cambiándolos por sus antiguos valores representa- Mvos; una mujer valía, por su precio dotal (pues la mujer no se compró nunca como sierva), de tres ,á seis on^Uatos de trigo, que es la semilla más 149 ^