— lino doy gran importancia á la murmuración, pero ya que murmuren, mejor es que lo hagan respe- tándome que no ofendiéndome á mí, y lo que es peor, á quien vive conmigo. Así, pues, si algún ins- tante he sentido deseos de ser algo exterior, no es por interés ni vanidad, es sólo para seguir ha- ciendo lo mismo que hago y obligar á la sociedad á que me respete.
— No es posible hablar más claro — le dije yo — ni con mayor acierto tampoco. Desde que conozco tu manera de vivir, estoy algo caviloso pensando el pro y el contra que puede tener, y lo que me retiene aún y me impide decidirme á hacer lo que tú, es el temor á los sermoneos de la gente sen- sata. Con una persona de gran prestigio, aun los más osados se contienen y le dejan vivir en paz; pero con nosotros, conmigo más que contigo, cual- quiera se creería autorizado á intervenir, llamán- dome joven alocado é inexperto y dando cuenta á mi familia para que me aplicaran unos cuantos azotes. Esto no significa gran cosa; pero á nadie le gasta recibir un soplamocos, y por añadidura verse obligado á dar explicaciones para justificar que lo que se hace no se hace á tontas y á locas, sino con reflexión; de suerte que si hubiera en ello disparate, el disparate sería meditado y reflexivo» y por lo tanto, tan digno de respeto como la idea más sensata.
— Empiezas á pensar y á hablar como un hom- bre— me interrumpió Pío Cid.
— Por lo dicho — proseguí, — me parece exce- lente tu idea de subir, para ponerte fuera de tiro; y si yo pudiera hacerlo, no tardaría en liarme la — 12 — manta á la cabeza, porque, después de todo, la pobrecilla Anita lo merece.
— ¿Qué casta de pájaro es esa muchacha, de la que nunca me has hablado? — me preguntó, com- prendiendo que yo estaba deseoso de desahogarme y de confiarle el cuento de úiis amoríos.
Aquí tomé yo la palabra y hablé no sé cuánto tiempo, dos ó tres horas, sin que él me interrum- piera.
Mi historia, ahora que la recuerdo como algo que pasó, que murió, se me figura que la puedo explicar en dos ó tres minutos. El padre de Anita era maestro albañil, y en ima época de paranza se fué á buscar trabajo y no volvió á dar cuenta de su persona. Las diligencias que se hicieron para averiguar qué había sido de él no dieron ninguna luz. Y al cabo de ocho años su mujer seguía ni viuda ni casada, ganándose penosamente la vida ella y los dos hijos que le habían quedado, de los cuatro que tenía al desaparecer el marido. Anita era sastra, chalequera, y Joaquinito apren- diz de cajista en la imprenta de El Eco, aunque no era seguro que pudiera seguir este oficio por- que la vista le Saqueaba. La casualidad me hizo conocer á Anita; vivíamos en la misma casa, ella en el último piso, en un cuarto abuhardillado, de muy poco alquiler, y yo en el primero, donde te- nía una habitación sólo para dormir, porque en- tonces comía á salto de mata. Yo empecé á subir algunos ratos á casa de Anita, é insensiblemente nos fuimos ligando, sin saber adónde iríamos á I)arar. No éramos novios, ni éramos amantes, ni amigos á secas, puesto que Anita había despedido — 13 — á nn medio novio que tenía sólo porque yo se lo dije bromeando. Con el tiempo me acostumbré n, subir á almorzar, y muchos días iba también á comer, y aunque no habíamos convenido nada, yo les daba parte de mi sueldo. Algunas veces Anita me decía que con lo que yo gastaba en cuarto inútil y en comer fuera de casa se podría montar un piso muy decente, con lo cual todos ganaría- mos; pero luego añadía que esas eran sólo supo- siciones. «¡Buena es la gente, exclamaba, para no sacarnos el pellejo al ver que vivíamos juntosi» Mas viviendo separados ocurrió lo mismo que si hubiéramos vivido juntos. Murmuraron antes sin motivo, y murmuraron después con él, porque las mismas murmuraciones, unidas á la flaqueza de nuestra constitución, nos pusieron en el despeña- dero por donde caímos los dos, sin sentir miedo y sin hacernos ningún daño. Doña Gracia, como buena madre, cerró los ojos para no ver lo que pasaba, y Joaquinito, aunque lo comprendía todo, no le dió mayor importancia, porque aun era muy muchacho, y más interés tenía para él que le deja- sen unos cuantos céntimos para pitillos, que lo que pudiera padecer el honor de su pobre hermana.
Esta era la verdad en pocas palabras; pero yo adorné la historia con todas las circunstancias que podían hacer resaltar la belleza y la gracia de Anita y su honestidad y modestia, que, á pesar del paso que había dado, eran ejemplares. No se había dejado llevar de la afición al lujo, ni del amor á la holganza, pues ahora como antes trabajaba cuanto podía, y vestía con sencillez; su único deseo era quizás salir de la clase obrera casándose con un — U — hombre fino, instruido y bien educado; y como esto no era fácil que viniera por el camino dere- cho, Anita se decidiría á echar por el atajo, para ver si con el tiempo lograba cautivarme. Y quizás, pensando más noble y piadosamente, no hubo cálculo en su proceder, sino amor puro y arrebato juvenil; y esto es lo que yo creería, aunque me to- masen por simple y bobalicón, si no fuera porque en los juicios sobre las mujeres hay que dejar siem- pre un ancho margen para apuntar junto á los rasgos más bellos y nobles algún asomo de doblez ó alguna leve perfidia.
Cuando concluí de relatar mi aventura llegába- mos á Loja, y como nos quedaba j)Oco tiempo que estar juntos, hablamos de cómo habíamos de ver- nos en Granada. Yo le ofrecí mi casa, pero él no aceptó de ningún modo, diciéndome que el un- décimo Mandamiento de la ley de Dios es «no incomodar », y que esto lo sabía por un criado viejo que hubo en su casa, que, aunque no sabía leer ni escribir, tenía un entendimiento muy des- pejado y era un archivo de útiles sentencias.
— Iré á parar — me dijo — adonde fui la última vez que vine á Granada cuando mi hermana mu- rió. La casa no es de muchas campanillas, pero la conozco, y sé que D.'' Pilar me admitiría, aunque no tuviera sitio y se viera obligada á echar á la calle á su yerno.
— ¿Está esa casa en la calle de Párraga? — le pregunté. — Pues entonces la conozco de sobra Como que iba á estudiar con unos compañeros que vivían allí; hace de esto la friolera de quince años. Conozco á D.* Pilar y á su hija Jesusa, y al bribo- — 15 - — 15 - nazo del yerno, que desde que se casó no ha me- tido una peseta por las puertas, según le dice su suegra siempre que se agarran de palabras. No es mala esa familia; pero si quieres que te diga, en las condiciones en que tú vas ahora no debías hos- pedarte en una casa tan modesta.
— Eso no importa — me contestó. — El caso es que yo trato á esa gente desde que era estudiante, pues estuve de huésped algunas temporadas cuan- do mi familia se iba al pueblo, y como me fué muy bien no quiero variar. Y luego, que yo no voy á recibir visitas. Ahora pararé sólo un día ó dos, y á la vuelta será cuando nos dedicaremos á corre- tearlo todo, como si estuviéramos en nuestros bue- nos tiempos estudiantiles.
Llegamos, pues, á Granada, y yo acompañé á Pío Cid hasta su domicilio,- donde le acogieron como si fuera de la familia. Yo me detuve un ins- tante para saludar á mis antiguos conocidos, y en el mismo coche seguí hasta mi casa, deseando ver á la mía y descansar del traqueteo y movimiento del incómodo viaje. Pero Pío Cid, aunque eran más de las diez de la noche, pues el tren había llegado con retraso, no quiso acostarse sin estirar las piernas, y como era gran andador, dió un largo paseo de dos horas. Echó por los Salones, subió por la Cuesta de Molinos, Vistillas, Caidero, á la Al- hambra;bajó por la Cuesta de los Muertos, y entró en la ciudad por la Carrera de Darro, tan cam- pante como si nunca se hubiera movido de la po- blación. Al día siguiente, al amanecer, se levantó, y fué por el camino de Cenes á una huertecilla ó carmen de la Ribera de Genil, en busca de un — 16 — — 16 — antiguo amigo de su casa, llamado el tío Rentero, en cuya compañía fué á Aldamar cuando trajo á enterrar á su hermana j sobrinilla. El tío Ren- tero era de Bubión ó de uno de los Mecinas, y conocía palmo á palmo casi toda la provincia de Granada y parte de la de Almería, en particular las Alpujarras, por las que había trajinado mucho antes de dedicarse á la labor. Cuando la filoxera y otras calamidades comenzaron á cebarse en esta pobre comarca, muchos alpujarreños tuvieron que emigrar para no morirse de hambre, y algunos cayeron sobre Granada, poco menos que pidiendo limosna. El tío Rentero, que conocía á los Cides, vino á pedirles colocación, y tuvo la suerte de ha- llar á mano una huertecilla en la Ribera, que para él, acostumbrado á labrar cuatro míseros terrones, valía más que la mejor finca de la Vega. El pa- dre de Pío Cid le fió para que le dieran la huerta en arrendamiento, y le adelantó el dinero para las mejoras, y el tío Rentero se acomodó en ella con su mujer y seis hijos que traía, sin contar otros seis que se había dejado regados en diversos pue- blos de la provincia.
No se crea, sin embargo, por este indicio, que el fecundo padre de familia era una persona de grave aspecto; según parece, se libró de quintas ¡jor corto de talla, y ahora que era viejo se había que- dado más engurruñido aún; pero era más listo que una ardilla, muy trabajador y muy formal en sus tratos cuando estaban hechos, porque antes de ha- cerlos procuraba engañar á quien podía. En suma: era un vejete muy estimable y de fisonomía muy alegre y simpática, bien que tuviera la calamidad — 17 — de que le lloraban los ojos, porque las pestañas le salían para adentro; de vez en cuando tenía que sacar de la faja un gran pañuelo que para el caso llevaba, y después de doblarlo y enrollarlo para que estuviese muy estirado, se lo aplicaba á los ojos, irritados y encendidos del continuo la- grimeo. Sin esta circunstancia, el tio Rentero sería un hombrecillo que nada tendría que pedir á Dios.
Cuando Pío Cid entró en la placeta de la huerta, le halló ocupado con dos de sus hijos en preparar unas cuantas canastas de berza para enviarlas á la plaza. Otro de los hijos estaba llenando de ha- bas unos serones, puestos sobre un paciente bo- rrico, para ir a venderlas por las calles, prego- nándolas á grito pelado. Por cierto que á este Eenterillo, oyéndole vocear los «jabariyos, los de güerta!)), nadie le tomaría por alpujarreño, pues á fuerza de pregonar había perdido el dejo fo- rastero, que á todos los demás de su casa se les conocía. Por último, la tía Rentera, sentada en los poyos de la placeta, arreglaba unas cesticas de fresa que el babero iba á llevar á algunas casas conocidas, donde las pagarían bien.
— ¡ Dichosos los ojosi — exclamó el tío Rentero, viendo llegar á Pío Cid, y adelantándose á estre-* charle la mano. — Ayer mesmo, que lo diga mr mujer, estuvimos hablando de osté. ¿Cómo va esa salú? ¿No sus decía yo? Si D. Pío viene á Granáy no es encapaz de pasarse de largo sin venir á ver- nos. Vaya, vaya, ¿conque ésas tenemos? Osté, ca día más alto, más alto. ¡ Ajolaíca que le veamos; á osté de menistro mu prontol - 2 — 18 - 2 — 18 - — Por lo visto — interrumpió Pío Cid, al mismo tiempo que saludaba á toda la familia, — ha lle- gado la noticia antes que yo; pero no hay que sa- car las cosas de quicio; eso todavía no es nada; hay que ver si sale cara ó cruz.
— Entoavía — dijo el Eentero, — vaya que me dejo yo cortar el pescuezo si osté no sale con bien de la eleción. Yo se lo digo á osté, que no soy un niño de teta.
— Pues usted lo ha de ver por sus propios ojos — dijo Pío Cid, — porque yo vengo á decirle que mañana temprano, sin falta, vaya usted con los dos mulos á buscarme, y allá vamos los dos como flechas á Aldamar. Y después que salgamos del paso, tiene usted la gran ocasión para hacer una coírería y ver á algunos parientes; de seguro los tendrá usted por allí alrededor, porque los tiene desparramados por dos ó tres provincias.
— Le diré á osté — contestó el tío Rentero, — como parientes, sí que los hay; pero hay parientes de parientes, y pa mí mis parientes son mis hijos, que son el ciento y la madre. Mi Benardo, que estaba en La Rabióla, se ha veñío á Güejar de la Sierra, donde le dieron un cortijillo de verano, que no da ni pa matar la jambre. Lo que es que nus- otros, manque mus esté mal el decillo, semos de piedra javaluna. Osté no sabe la juerza que da esta rastra maldecía de los hijos, y mi Benardo tiene ya seis y encargao el de siete y lo que mande Sn Diviua Majestá. Como no sea que mus alargue- mos jasta Seronete Allí está la Polonia, que la probetica i)asa lo suyo. Como que el marío se fué á Orán á cambiar de bisiesto, y esta es la hora — 19 - que no ha resollao. Pero deje osté mi familia, que lo prencipal es su pleito.
— Bueno — dijo Pío Cid, — pero usted no sufrirá ningún trastorno; esto por sabido se calla. Yo me he acordado de usted, porque como tiene en casa un ejército, aunque falte unos cuantos días no quedará esto abandonado.
— De eso no hay que hablar — dijo el tío Ren- tero.— Osté es aquí el amo, y como si viniera el rey mesmo. Que el que no es agradeció no es bien nació, y yo soy lo que soy por quien lo soy, y yo y toda mi gente estamos aquí pa servir á osté jasta la fin del mundo.
— Y ¿qué tal — preguntó Pío Cid, — qué tal va la labor?
— Toos se quejan — contestó el tío Rentero, — y la verdá es que hay que suarlo, créame osté; pero cuando ya se le han visto las orejas al lobo, se tieue pacencia; y lo que es yo, no salgo de aquí jasta que me lleven con los pies pa alante.
— Si viera osté, D. Pío — interrumpió la tía Rentera, deseosa de meter baza, — lo contenta que estoy yo, sólo por darle en los jocicos á muchos que han hablao por detrás de mi marío: que si no paraba en ninguna parte porque era un culillo de mal asiento, que si no sabía más que echar plan- tas, que si qué sé yo; á ver en los quince años que llevamos aquí, que ahora los hará por San Miguel, quién ha tenío que venir á darle liciones, y si esta güerta, dicho por boca de too el mundo, no es la mejor apaüá del pago.
— Dice usted muy bien — contestó Pío Cid, — y uo estaría demás que vinieran á Granada cin- - 20 - cuenta ó cien labrantjjpes déla sierra, de esos que como usted están acostumbí^ados á penar, para que despabilaran á estos labradores regalones del llano, que se pasan la vida en el cq,fé hablando mal de los tiempos que corren, en vez de cuidar de sus haciendas y doblar la raspa cuando fuera menester.
— ¡Dios me valga, D. Pío! — dijo el tío Rentero, — y cómo está osté enterao de toíco lo que pasa, que paece mesmamente que se lo soplan en las orejas.
— Hombre — añadió Pío Cid, — eso que digo pa- saba en mis tiempos, y creo que todo seguirá igual ó peor. A mí no me gusta que nadie ande á gas- cas, pero tampoco puedo tragar á los labradores de á caballo, que algunos necesitan cuarenta mar- jales para costearse las patillas, mientras usted con treinta saca la tripa de mal año, y hasta me figuro que la Eentera tendrá un calcetín lleno, y no de paja.
— Eso sí que le digo á osté — contestó la vieja poniéndose enjarras y meneando la cabeza — que va osté escaminao. ¿Sabe osté lo que tengo yo? Pus que la semana pasá paguemos las contribu- ciones, y tuve que sacar el trapiyo, y faltaron cua- renta ríales que mus prestó el tercenista pa no pagar costas. Pero osté dirá que aquí semos selva- jes, porque ahora caigo en que le tenemos ahí je- cho un plantón. Hijo, Celiornio, trae una ban- queta para que el señón Pío se asiente.
— No se molesten — dijo Pío Cid, — que he es- tado sentado veinticuatro horas en el tren y estoy de pie más á gusto. Además, ya ven que no pierdo el tiempo ni me ando con cumplidos.
Esto lo decía Pío.Cid porque mientras hablaba iba cogiendo habas verdes síáel serón, abriendo en -canal las vainas y comiéndose las pepitas, después de descogotarlas con el pulgar.
— Si le gustan ár osté las jabas crúas — dijo el tío Rentero, — yo le daré más mollares. Oye tú, Meregirdo, alárgate por un brazao de jabas de las más tiernecicas pa D. Pío. Verá osté qué cañuti- cos, que paece que están en leche.
— Más mejor será — dijo la vieja Rentera — que si D. Pío se quea pa más tarde, le jaga yo una fritaíca con güevos y algún torrezno por entre- medias.
— Cuando vuelva del viaje — dijo Pío Cid — vendré un día á comer; pero hoy no tengo tiempo. Voy con su marido á dar un vistazo á la labor, y luego me iré á almorzar á mi casa, y á arreglar algunos asuntillos.
A pesar de lo dicho, cuando salió Pío Cid de la huerta no se lo llevaría el viento, pues, quieras que no, tuvo que tomar varias cosillas, que eran un almuerzo más que regalar. Más de las once serían al llegar á su casa de vuelta de la excur- sión matutina, y antes de las doce, después de adecentarse un poco, se encaminó al Gobierno civil á hablar con el Gobernador, á quien tenía grandes deseos de conocer, no por interés político, sino por salir de dudas acerca de si el que desem- peñaba el cargo, que se llamaba D. Estanislao Miralles, tenía algo que ver con otro Estanislao Miralles que él conoció en Inglaterra hacía mu- chos años, y al que, por más señas, le cedió el puesto que tenía en una casa de comercio impor- — 22 — — 22 — tadora de frutas de España. No era probable que ambos Miralles fuesen una misma persona, porque su antiguo amigo era un comisionista de mala muerte, que se había marchado de Valencia, su tierra, en un buque mercante, poco menos que de limosna, y que anduvo rodando de Ceca en Meca, hasta que le cayó como bendición del cielo la colo- cación que Pío Cid dejó para emprender un nego- cio de más fuste. Pero, de todos modos, el hecho de ser los mismos el nombre y el apellido le ins- piró cierta curiosidad que no hubiera sentido sin esta circunstancia. Fué recibido apenas se hizo anunciar, y no obstante ir sobre aviso, le sorpren- dió grandemente ver que le salía al encuentro con los brazos abiertos el antiguo comisionista, que ahora tenía todo el aire de un caballero, y no de un caballero recién salido del horno, sino de un noble rancio, en el que se aliaban tan bien la dis- tinción con la naturalidad y la llaneza, que no había medio de descubrir á primera vista las sol- daduras.
— Desde que supe que venías á tu elección — fué lo primero que dijo abrazando á Pío Cid, — estaba deseando que llegaras para ver la cara de sorpresa que ponías al encontrarme en este lugar. Yo decía que Pío Cid no podía ser nadie más que tú; ¿no te ha ocurrido pensar que yo fuera tu viejo amigo?
— Hombre — contestó Pío Cid, — se me ocurrió pensarlo, y después me pareció que esto no podía ser, no porque tú no fuera» capaz de llegar á go- bernador y hasta á ministro, sino por lo distante que te dejé de estos cargos, y porque me parecía una coincidencia casi novelesca que nos halláse- — sanios aquí reunidos en un mismo guisado, después de correr tantos años por el mundo.
— Tú habrás corrido — replicó D. Estanislao,-^ que yo no di más que una carrera, que sirvió por todas; y si á alguien se lo debo, después que á mi protectora la Duquesa, ó quizás antes, es á ti, que me pusiste en el sitio donde me sopló el viento de la fortuna. Y tú, ¿qué tal? Por lo que veo, no de- bes tener queja — No la tengo— contestó Pío Cid; — la fortuna no me ha soplado, ó me ha soplado en contra; pero sus soplos me tienen sin cuidado, porque yo me voy defendiendo, y estas son las horas en que no tengo nada que apetecer.
— Pero tú debes haber danzado de lo lindo fuera de España — dijo D. Estanislao, — pues du- rante varios años no he oído tu nombre ni para bueno ni para malo. Tanto es así, que temía que te hubieras muerto, después que recibí devueltas dos cartas que te escribí á Hamburgo, si mal no recuerdo.
— De todo ha habido, como en botica — respon- dió Pío Cid, eludiendo este tema; — pero me has metido en curiosidad con lo que has dicho de una duquesa protectora tuya. Yo creía que ya no se encontraba una duquesa en el mundo ni por un ojo de la cara.
— Pues yo la encontré, joven y guapísima y generosa — dijo D. Estanislao; — pero ante todo te advierto, aunque lo creo excusado, que á nadie le diría lo que te digo á ti, pues aunque no hay uada misterioso en la historia, siempre hay gente ami- ga de dar á las cosas una torcida interpretación.
— 24: — í — ¿De qné se trata, pues? — pregnntó Pío Cid.
— ¿Tú conoces á la Duquesa de Almadura? — ■preguntó á su vez D. Estanislao.
—La conozco de oídas, por un amigo — con- testó Pío Cid, aludiendo á Gandaria. — Es decir, no sé más sino que dicen que es una señora de conducta poco ejemplar, por lo menos, algo extra- vagante; pero esto es no saber nada, porque yo no doy crédito á las habladurías; al contrario, cuando oigo criticar á alguien, empiezo á suponer que este alguien es alguien, es decir, que es una personalidad, lo má s malo que se puede ser para el vulgo anónimo.
— Paes nunca anduviste más acertado que eu esta ocasión — dijo D. Estanislao, — porque la Du- quesa es una mujer de extraordinario mérito. Yo la he visto cometer tales ligerezas, que me pare- ció que no estaba en su cabal juicio, y luego he observado tales rasgos de virtud, que la juzgué digna de que la canonizaran ó poco menos; y en suma, después de conocerla bien me he quedado sin conocerla, y lo único que digo es que la Du- quesa de Almadura es una mujer excepcional.
— Y ¿cómo fué conocer tú á esa señora? — pre- guntó Pío Cid.
— Del modo más natural del mundo — contestó D. Estanislao. — Fui á Nueva York á hacer un convenio para reexpedir uva de embarque, de la que recibíamos de Almería; arreglé el asunto, y de regreso conocí en el vapor á la Duquesa, que había ido á América con el Duque (que, acá para entre nosotros, es un estúpido) y se volvía sola, después de un rompimiento, que no era el primero ni será el último, pues los hay con frecuencia en el matrimonio. No había á bordo más español que yo; y la Duquesa, á cuyas órdenes me puse en cuanto leí su nombre en la lista de pasajeros, agradeció tanto mis atenciones, que antes que terminase el viaje me habló de la falta que le hacía un hombre de confianza que fuese español y entendido en idiomas y un poco en toda clase de negocios, pues todos los criados que tenía, á excepción de una doncella, eran extranjeros. Yo me decidí en el acto á ofrecerle mis servicios, di- ciéndole cuáles eran mis ocupaciones y lo cansado que estaba de ellas, y hablándole de mis buenos antecedentes. Nada de eso necesito, me contestóla Duquesa; á mí me basta la primera impresión, y usted me ha parecido un joven inteligente y formal; de suerte que si usted lo desea, puede desde ahora contar con una colocación segura y de porvenir, pues si usted se conduce bien, como yo lo espero, y más tarde queda vacante el puesto de administrador, usted sería el elegido.
Me despedí de la casa de comercio y me reuní en Ostende con la Duquesa, entrando desde enton- ces á su servicio. La acompañé á París; y como conocí que mi nueva ama era mujer de pocos es- crúpulos, la llevé por muchos curiosos escondrijos que ella no conocía y deseaba conocer, más por curiosidad que por inclinación á la vida alegre y licenciosa. Y lo que ella estimaba más era que, á pesar de la intimidad con que debíamos tratar- nos en nuestras nocturnas excursiones, algunas á los tugurios peor famados de París, yo nunca me tomé el menor asomo de libertad, aunque ella, — 26 — qnizás intencionadamente, y por probarme, me dió pie para que yo me atreviera. Tuve el acierto de estarme siempre en mi sitio y conservar la distancia debida, porque aun en el caso favorable de que la Duquesa habiera tenido por mí un mo- mento de flaqueza, al pasar éste, mi papel habría terminado. Pocos hombres hubieran imitado mi proceder, puesto que la Duquesa es una mujer rara como no hay otra, y quizás su defecto mayor es la coquetería, una coquetería natural, de la que yo creo que ella misma no puede corregirse, y que no es la simple vanidad de ser admirada y celebrada, sino el deseo de hacer daño, de tras- tornar á los hombres, altos y bajos, por el gusto de reirse de ellos. Contra su coquetería no era prudente, ni cerrar los ojos, porque lo tomaría á menosprecio, ni contestar como un enamorado, porque lo tomaría quizás á ofensa, siendo yo tan insignificante sujeto como era entonces. Así, pues, sin pretensiones de doctor en materia de galan- tería, tuve el tacto de dar con cierta admiración respetuosa que salvó los dos escollos y me ganó la voluntad de la Duquesa. Fui su hombre de confianza y casi como de la familia, y llegó á con- fiarme hasta sus secretos más graves; á poco de venir á Madrid me encargó de la administración de sus bienes, de acuerdo con el Duque, de quien yo tampoco tengo motivos de queja ni para decir de él nada malo, sino es que, á pesar de sus pre- tensiones de político sagaz y hombre chispeante, es un zoquete. Como administrador, tuve ocasión de granjearme grandes amistades en los varios pueblos donde los Duques (ó mejor dicho, el Du- — 27 — que, pues la Duquesa, aunque noble, era pobre antes de casarse) tienen sus haciendas, y no me fué difícil salir diputado. Si voy á decir verdad, la idea de serlo me la inspiró uno de los mayor- domos, que fué el encargado de mangonear la elección, y ésta fué del agrado de la Duquesa, puesto que así, aunque la ley prohiba á las muje- res formar parte del Parlamento, ella podía decir que tenía participación en las Cortes, por estar mi voto, como mi persona, enteramente á su ser- vicio. Dos veces he sido diputado, y ahora me han hecho gobernador, y no sé aún adónde iré á dar con mis huesos; pero sea cual fuere mi porvenir, me contento con lo presente, y casi estaría por creer que la suerte me ha favorecido demasiado, si no fuera porque conozco á otros que valen me- nos que yo y á los que ha favorecido más.
— Todo lo que has dicho — contestó Pío Cid — me ha complacido en extremo, y ahora veo claro por cuan naturales y sencillos caminos has lle- gado á ser gobernador de esta provincia. Lo único que no me ha gustado del todo es la frialdad y el cálculo constante con que procediste con la Du- quesa. Si no estabas enamorado, comprendo que estuvieras atento á tu conveniencia y que no per- dieras neciamente la buena fortuna que el azar te había deparado poniéndote al servicio de tan ilus- tre y rica señora; pero si estuviste enamorado y sacrificaste tu amor cuando tenías esperanzas de satisfacerlo, aprovechando un instante de debili- dad de la veleidosa y casquivana Duquesa, y no te sacrificaste por respeto á la confianza que en ti hacían, sino por miedo de perder un sueldo más — 28 —