falsedad 3 porque “dado el caso que Bonifacio padeciese aque- llos errores, es totalmente increíble, que un hombre tan ad- vertido, y tan gran Político, como todos le suponen, tu- biese la facilidad de verterlos en los corrillos, En efecto, en el Concilio de Viena se dió la Sentencia a favor de Bonifa- cio; aunque suavizandola con ciertos temperamentos a fa- vor del Rey, para evitar su ira; d quien tambien, antes de: sentenciar la Causa, con ruegos habia procurado aplacar el Papa Clemente. 12 Considerese, si no habiendole faltado testigos al Rey: de Francia para una calumnia tan atróz contra un Soberano Pontifice, le faltarian para probar los delitos de los Templa= £1OS, ¿CARTA XXVIL 223 rios, por falsos, que fuesen. Y considerese juntamente, si quien pudo componer con su buena conciencia aquel horri- ble atentado, era capáz de componer este otro.
13 Algunos Autores pretenden justificar al Rey, dando por falso, que la codicia le moviese a solicitar la ruina de los Templarios; porque (dicen ) los bienes de éstos fueron ad- judicados a los Caballeros de San Juan de Jerusalén, que hoy, por el sitio de su establecimiento, llamamos de Malta; por consiguiente, el Rey no se interesó en la extincion de aque- lla Orden, y no interesandose, no pudo ser movido de la co- dicia: con que se debe discurrir, que obró puramente im- pelido de un zclo christiano, | 14 Aun admitiendo el hecho de que la hacienda, y po- sesiones de los Templarios se adjudicaron a los Caballeros de San Juan, esto no basta para justificar al Rey de Francia. Lo primero, porque a los de San Juan solo se dieron los bienes raíces, con que quedó bastante cebo a la codicia del Rey en los muebles; como en efecto es constante, que las dos terceras partes de estos entraron en el Fisco a titulo de sa- tisfacer los gastos del Proceso. Paulo Emilio dice, que todos los muebles, y no solo las dos terceras partes, pasaron a la mano del Rey. Y aunque no se duda, que dichos gastos se- rían grandes, segun todos unanimemente ponderan la opu- lencia de los Templarios, se debe discurrir, que quedó en la bolsa Real la mayor parte de aquellos despojos. Lo segun- do, porque, segun algunos Áutores, aun en los bienes raí- ces se interesó mucho el Rey. San Antonino dice, que quan: do llegó el caso de querer entrar en la posesion de ellos la Religion de San Juan, los halló ocupados por el Rey, y otros Señores Legos; con que le fue preciso para redimirlos, dár al Rey, y a otros dueños intrusos tan grandes sumas de di- nero, que mas empobreció, que enriqueció a: los nuevos dueños la adquisicion, Unde, concluye el Santo, depaupera- ta est mansio Hospitalis, que se existimabaut, inde opu- tentam fieri. (3.part. Chronic. tir. 21, cap. 3.) Tomás Wal- singhan dá a entender lo mismo, 0 equivalente, quando di- ce, que el Papa consignó las pesesiones de los “Templarios a a 224 Causa DE Los TEMPLARIOS.
alos de San Juan, mediante una gran suma de dinero que dieron éstos: Papa Hospitalariis hec (bona) assignavit, non sine magne pecunice interventus pues aunque no expli: Ca si aquel dinero fue para el Papa, O para el Rey, es mu- cho mas natural, y mucho mas conforme á lo que dicen otros Autores, ¿itóndár lo segundo.
15 De aquí es, que aunque demos entera fé a los ins- trumentos, que Pedro Du-Puy produxo del Archivo del Par- lamento de París, para probar, que Phelipe el Hermoso, no solo se conformó con la translacion de los bienes de los Tem- plarios a la Religion de San Juan, mas aun en alguna ma- nera la solicitó 3 siempre queda lugar a que se interesase mucho su codicia en la ruína de aquella milicia. Fuera de que desde que se empezó a proceder contra los Templarios, hasta que se hizo el destino de sus bienes, pasaron quatro años, poco 1nas, 6 menos: con que pudo mui bien suceder, que el Rey al principio pusiese la mira a apoderarse de to- dos los bienes, así raices, como muebles, de los Templarios, moviendo con ese fin los procedimientos contra eilos, y des- pues, 0 por encontrar en la execucion arduidades, que no habia previsto, o por hacer refiexion sobre el gran desho- nor, que de ella se le seguiría, se: resolviese a contentarse con menos.
16 Por lo que mira a la confesion de los mismos Tem= plarios, tampoco debe ésta hacer fuerza 5 constando, que 2 muchos se les sacó a fuerza de tormentos 3 y a muchos mas con el temor de la muerte, que se les aseguraba infalible, sí no confesasen los delitos impuestos, prometiendoles al mismo tiempo salva la vida, como los confesasen. Usando de rales diligencias, me parece, atenta la fragilidad humana, que a la mayor parte de los individuos de qualquiera Religion ha- rán confesar delitos que no cometieron.
17 Ultimamente se arguye contra los Templarios, con la Lo autoridad del Papa. Clemente Quinto, y del Con- cilio General de Viena del Dell finado, que se dice aprobó, y confirmó la sentencia que dió Clemente contra aquella Re- ligion, Aquí ponen casi toda su fuerza los que.se empeñan en CarTa XXVIIL 225 en persuadir, que los crimines de los Templarios fueron ver- daderos; y no porque pretenden, que la decision del Papa, ni la del Concilio en una qiestion puramente de hecho, qual lo es la presente, sean absolutamente infalibles; si solo mui respetables, y de sumo peso, para inclipar a un asenso fit- me de fé humana.
18 Sin embargo, ni una, ni otra autoridad, gritadas por los Secrarios de aquella opinion, embarazaron, ni al Bo- cacio, ni al Abad Tritemio, nia Juan Villani, Historiador inui exacto, y fidedigno, nia San Antonino de Florencia, ni a Papirio Masson, nia otro Autor Francés contemporaneo al suceso que éste cita, sin nombrarle, para declararse a favor de los Templarios. Sobre todo, la intrepidéz de Papirio Masson me admira, quien, despues de sentar, que los Tem- plarios padecieron sin culpa, concluye, que lo menos que se puede decir contra el Rei de Francia, y contra el Papa, es, que el Rei fue un impío, y el Papa, no Clemente, sino ¿nclemente. ¿Quid bic lectores dicturi sunt * Regem ¿llum certe impium, Pontificem Inclementem fateantur necesse est. Minorem enim sententiam dicere non possint. Es mul del caso advertir, que este Autor era Francés.
19 Yo no seguiré senda tan aspera, para defender có- mo inculpados a los Templarios; porque tengo otra mas se- gura, aunque poco pisada. Ya arriba noté, que en una cir- cunstancia mui importante a la presente qiestion, están los mas Historiadores mal instruídos. Esta circunstancia es la de la Sentencia condenatoria de los Templarios, que casi generalmente los Autores suponen pronunciada en toda fot- ma legal por el Papa Clemente, y aprobada por el Concilio de Viena; siendo asi, que lo que hubo en esto, así de par- te del Concilio, como del Papa, mas determina el juicio a favor de los “Templarios, que contra ellos. Lo que hubo de parte del Papa consta de su misma Bula; lo que de parte del Concilio, nos lo enseñan el Abad Fleuri, y el docto Estevan Balucio, Autores por ningun capitulo sospechosos, Fran- ceses ambos, y ambos versadisimos en la Historia Eclesiás- tica; a que se puede añadir, que habiendo sido Balucio Bi- Tom. IL. de Cartas. p blio- 226 CAusa DÉ Los “TEMPLARIOS.
bliotecario de Mr. Colbert, tubo a mano en aquella riquisi- ma Biblioteca, donde solo de manuscritos se contaban nue- ve mil Tomos, innumerables fuentes de donde sacar puras las noticias; y habiendo este Autor escrito mui de intento, y largamente en gos “Tomos en quarto, las Vidas de los Pa- pas que tubieron su residencia en Aviñon, de quienes fue el primero Clemente Quinto, no se puede dudar de que exa- minase con gran diligencia quanto conducia a un punto tan importante de su Historia.
20. El caso, pues, pasó de este modo: Congregado el Concilio de Viena, como uno de los fines de su convocacion era la decision del negocio de los Templarios, se presentaron en él todos los Autos hechos sobre aquella causa, y leidos todos, propuso el Papa a los Padres, que profiriesen su dic- tamen. Eran mas de trescientos los Obispos congregados de rodos los Reinos de la Cristiandad, a que se agregaban mu- chos Prelados menores. La respuesta fue casi unanime, que aquellos autos no eran bastantes para condenar los “Tem- plarios, y que antes de dár la sentencia, era preciso oírlos en el Concilio. Dixe, que la respuesta fue casi unanime; pues en tan gran numero de Prelados, solo tres Franceses, y un Italiano disintieron. Esto pasó a los principios de Di- ciembre del año 1311, y ho se trató mas de esta materia hasta la Primavera del año siguiente, en que el Papa formó, y hizo leer en el Concilio la Bula.4d Providam; en que de- cretó la extincion del Orden de los Templarios. ¿Pero cómo? No por via de Sentencia juridica, sino provisionalmente. Norense estas importantisimas palabras de la Bula: Hiusque Ordinis statum:, habitum, atque nomen, nonsine cordis amaritudine, ES dolore, Sacro approbante Concilio, non per. modum:deffinitive sententic?, cum eam super hoc se- cundum inquisitiones:, US processus super his habitos, non possemus ferre de iure:3 sed per viam promisionis, seu or- dinarionis Apostolica irrefrágabili, E perpetuo valitura sustulimus sanctione. Confiesa el Papa, que en todos los Pro- cesos hechos no habia fundamento para condenar a los Tem- POS segun. derecho. El mismo Bera LIca habian ao eb es- Carta XXVIIL 227 festado los Padres del Concilio: luego así la autotidad del Concilio, como la del Papa, mas están a favor de los Tem- plarios, que contra ellos.
21 Es verdad que el Papa en la misma Bula hace me- moria de los delitos de los Templarios 3 pero no como sufi- cientemente probados, sino como divulgados por la fama, y rumor público 5 lo qual era motivo razonable para el De- creto provisional de su extincion 3 porque ya infamada de tal modo aquella Religion, no podia ser mui util a la Chris- tiandad. Ni aun esto era menester para que el Papa, usan- do de la plenitud de su Potestad, transfiriese los bienes de los Templarios a los Caballeros de San Juan 5 bastaba, que de los bienes puestos en manos de estos, resultase mas uti- lidad a la Iglesia, que poseídos por aquellos. Y este motivo realmente subsistía aun antes que la causa de los Templarios empezase a agitarse 3 siendo cierto, que aquella Religion habia decaído tanto de la observancia de su Instituto, y em- pleaba, por la mayor parte, tan mal sus riquezas, (esto esen un excesivo fausto, regalo, y pompa ) que en caso de no reformarla severamente, conyenia pasar aquellas rique- zasa mejores manos.
22 Porlo que mira a la mala fama de los Templarios, sobre los crimines impuestos, que sus enemigos gritaron tanto, se debe advertir, que esa fama enteramente nació de la acusación, y procedimientos contra ellos. Antes no habia tal mala fama. Y la prueba concluyente es el asombro con que todo el mundo oyó aquellos crimines, quando consi- guientemente a la prision de todos los Templarios de Eran- ciase esparció la noticia de ellos. Asi la mala fama pudo nacer, y propagarse, sin culpa alguna de los Templarios, unicamente por la malicia de sus enemigos. Pero aunque pa- deciesen inocentes aquella infamia, una vez que ésta no se pudiese borrar por una convincente justificacion de su ino- cencia a los ojos de todo el mundo, lo que muchas circuns- rancias hacian entonces imposible; la mala fama pudo con- currir como motivo, por lo menos inadequado, para su eX- 228 CAUSA DE Los "TEMPLARIOS.
23 Añadamos tambien, que supuesto que el Papa no procediese en la extincion como Juez, sino como Sobera- no, pudieron intervenir en el caso algunos motivos ( diga- moslo asi) puramente politicos. Muchas veces los Papas, d instancias de los Principes, hacen cosas, que no hicieran, si no hubiera tales instancias. El Rey Felipe habia abrazado con sumo teson el empeño de aniquilar aquella Religion. La persona del Papa, habitando en sus Dominios, estaba a ar- bitrio de él, ¿Quantos daños, no solo para sí, mas aun pa- ra toda la Iglesia, podria temer de un Principe de tanto po- der, y nada escrupuloso, si no le complaciese en lo que procuraba con tanto ardor? Los que por haber leído la His- toria Eclesiastica de aquellos tiempos, saben lo que al Rey Felipe debia el Papa Clemente; cómo, y sobre qué preli- minares cooperó aquel a la exaltacion de éste al Pontificado, (materia en que los Historiadores Italianos, Españoles, y de otras Naciones hablan sin embozo, ni misterio ) podrán, si quisicren añadir, sobre aquellas circunstancias, otras re- flexiones, que yo para nada he menester, habiendo mos- trado, que no obstante la inocencia de los Templarios, pudo el Papa, sin obrar contra Justicia, extinguir aquella Religion.
24 Yase dexa entender, que la justificacion que hemos hecho de los Templarios, solo es aplicable al comun de-la Religion. Entre los Particulares, posible es, que hubiese al- gunos mui malos 3 y tambien es creíble, que la malicia de los enemigos de aquella Religion confundiese la iniquidad de algunos, con la corrupcion de todos.
Esto es quanto sobre la Causa de los Templarios se me ofrece para satisfacer la curiosidad de V.S. a cuya obedien- cia quedo, 3Xc.
A los Autores alegados arriba, como explicados abier- tamente a favor de los Templarios, podemos añadir los que lo son del nuevo Diccionario de la lengua Castellana, cuya es, verb. Templarios la clausula siguiente. Su Instituto era asegurar los caminos a los que iban a visitar los Santos Lu- gares de Jerusalén, y exponer la vida en defensa de la Fé Catolica 3 lo que acreditaron gloriosamente por espacio de dos- Carra XXVIT - 2209 doscientos años, y Sseextinguió en cl Concilio de Viena. Para inteligencia de esta clausula, y de la ¿lacion que harémos de ella, se ha de advertir, que la Religion de los Templa- rios se fundo el año de 1118, como se nota en el mismo Dic- cionario, y seextinguio el de 13 12, como consta de la Bula, expedida para suextincion. Con que la Religion no duró mas que 194 años. Este numero hizo redondo el Dicciona- rio, extendiendole a doscientos, como es mui ordinario, quando es tan poca la diferencia. De aquí se sigue, queen el sentir de los Autores del Diccionario, los Templarios to- do el tiempo que duro su Religion, cumplieron gloriosamen- te con su Instituto, asegurando los caminos, y exponiendo la vida en defensa de la Fé Católica: Luego no resta tiem- po alguno, en que fuesen delinqientes, por lo menos en quan- to al crimen principal; estoes la apostasía de la Fé.
CARTA XXIX.
PARALELO DE CARLOS XIL Rey de Suecia, con Alexandro Magno.
1 UI señor mio: La admiracion con que Vmd. re- cibió la noticia, que le dió N. de que yo prefe- ria, en línea de Heroe, Carlos, Rey de Suecia, Duodecimo de este nombre, a Alexandro Magno, es para mí objeto de otra admiracion. Diceme Vid. que habiendo leído la vida de aquel malogrado Principe, escrita, segun se dá por cierto, por Mr. Voltaire; y la de Alexandro por Quinto Curcio, no halla fundamento alguno para la preferencia que doí al pri- mero, respecto del segundo. Esto admiro, porque en los mis- mos Escritos veo grandes motivos para la expresada preferen- cia; y porque me halo ahora bastantemente desocupado, se los haré presentes a Vimd. a fin de que haga sobre ellos mas reflexion, que la que hizo hasta aqui. Í ¡ Lom. I. de Cartas. P3 Se 230 CarLos XII, y Átexanbro Macno.
2 Supongo, que en esta question no hablamos de un He- roismo perfecto, el qual consiste en la coleccion de todas las virtudes, poseidas en grado sublime; pero tampoco de un Heroismo tan imperfecto, que se reduzca a una sola vir- tud, sea la que fuere. Diráse con verdad, pongo por caso, que un hombre de sumo valor tiene un valor heroico 3 mas no por eso se podra llamar absolutamente Heroe. Las virtu- des militares, valor, pericia, y prudencia, colocadas en gra- do eminente, son las que ganan la reputacion de Heroes en la comun aceptacion, El valor, por sí solo, no basta 3 antes desasistido de una sabia conducta, ya no sera valor, sino audacia, y temeridad. Pero aun estas virtudes, sin la com- pañía de otras, constituiran un Heroismo mui diminuto. No pido, que el Heroe sea un Santo, pues no dá el mundo este significado a aquella voz 5; pero parece que de justicia se puedes por lo menos, exigir en el Heroe, que sea clemente, liberal, y observante de su palabra.:La crueldad, la avari- cia, y la pérfidia, afean de tal modo a un Conquistador, que ajan todo el resplandor, que adquiere con las conquis- tas. Sia la clemencia, liberalidad, y buena fé, se añadie- ren la continencia, y “la templanza, será aun mas perfecto, y brillante el Heroismo. La virtud de la Justicia es la mas dificil en un Conquistador ¿3 pero no imposible, pues pudo exercerla, no solo respecto de los suyos, mas aun respecto de los estraños, ciñendo sus designios a conquistas justas 5 y si se mira bien, todas las virtudes expresadas conducen, pa- ra que el valor logre sus fines 3 porque sobreel influxo del buen exemplo en las Tropas, ganan la aficion de proprios, y estraños. Pero no se puede negar, que la virtud del valor sea la principalisima en el Heroismo, porque las acciones proprias del valor, exponiendo la vida, son las que tienen mas arduidad, y por consiguiente logran mas admiracion. Sobre estos principios, que como dictados de una buena razon, debe admitir todo el mundo, voi a hacer el cotejo de los dos Heroes, Alexandro, y Carlos, 3 Por lo que mira al valor, poca diferencia puede no< tarse entre los dos. Uno, y otro pelearon, no solo con la Carta XXIX. 231 cabeza, mas tambien con la mano en muchas ocasiones, Uno, y otro tubieron arriesgada la vida en varios lances. Uno, y otro postraron con su brazo no pocos enemigos. Bien que en esta parte se mostró mayor el esfuerzo, O la felicidad de Carlos; pues aun en una batalla sola le contaron veinte Genizaros, y en otra doce Moscovitas, 0 Calmucos, pasados a los filos de su espada; y no sé que Curcio cuente a Alexandro, en todas sus batallas, de seis, u ocho arriba, Es verdad, que en el numero de los Genizaros hacía una gran rebaxa el mismo Carlos3 porque diciendole al otro dia de la batalla uno de los suyos, que se referia que habia muerto veinte con su propria mano, respondió sonriendose: Siempre en estas cosas se añade la mitad. Pero digase la verdad: Mas glorioso le hace la magnanimidad de minorar la opinion de sus hazañas, que tener esfuerzo para matar en un choque veinte enemigos, | El matar mas enemigos pudo ser, como acabo de de- cir, felicidad, o accidente. Pudo tambien pender de la ma- yor fuerza del brazo, y mas destreza en el manexo de las armas 5 lo que a la verdad no es de gran consideracion en la gloria de los Heroes. Otra desigualdad mas esencial pue- de hacer sospechar al genio ardiente de Alexandro, cotejado con la serena indole de Carlos. En un hombre de genio fo- goso, no todo lo que parece valor, es valor. Arrojase, tal vez, a los peligros, no por magnanimidad, sino por ira. Acaso se metió en algunos Alexandro, precipitado de su genio ardiente; lo que no se puede sospechar de Carlos, ¿d quien siempre vieron mui dueño de sí mismo. Pero dado el caso de que una, u otra vez obrase Álexandro de encendido, y no de magnanimo, no se puede dudar de la Ratural gran- deza de su corazon, la qual persuaden principalmente dos: acciones suyas, en que no pudo influir la colera. La prime- ra fue dormir con tan quieto, y profundo sueño la noche que precedió la batalla decisiva con Darío, y a la vista del gran- de Exercito enemigo 5 lo que admiro al mismo Parmenion, quando ya con bastante luz del dia fue preciso usar de la mano para despertarle, no bastando la voz. La segunda, P4 aque- 272 Cartos XII, y ArexanDbro Macno.
aquella valentisima tranquilidad, con que para arrancarle del cuerpo la fiecha, con que le habian herido, sufrió, que el cuchillo del Cirujano hiciese en su pecho varias aberturas, añadiendo a una herida varias heridas.
5 Entre los muchos lances, en que acreditó Carlos su singular grandeza de ánimo, es digno de notarse, que hu- biese dos enteramente semejantes a los que acabamos de re- ferir de Alexandro: Una operacion quirúrgica, dolorosisimz, sufrida con incomparable fortaleza, y un sueño profundo, en circunstancias en que no se podian esperar, sino acerbi- simas inquietudes. Vióse lo primero, quando por la herida en el talon, que recibió en el Sitio de Sultawa, para preca= ver la gangrena que amenazaba, O empezaba ya, fue pre- ciso hacer profundas incisiones, las quales toleró con tal se- renidad, que él mismo sostenía con las manos la pierna to- do cl tiempo que duró la operacion. Lo segunco, inmecia- tamente a la batalla de Bender. Quien considerase aquel Mo- narca, perdidos todos los suyos, en la derrota que acaba- ba de padecer; él, hecho prisionero por los “Turcos, puesta su vida, y su fortuna en. las manos de aquellos Infieles, ¿es- peraría que en la noche inmediata gozase un momento de reposo í Sin embargo, ningun General, despucs de lograda una comyleta victoria, durmió con mas quietud. Asombra- do quedo Fabricio, Enviado de Holstein, quando el dia si- guiente de mañana, yendo a su quarto, le halló vestido, puestas las botas, cubierto toco de sangre, y polvo, entre- gado a un profundo sueño.
5 Pero entre tantas demonstraciones como hizo Carlos de un ánimo absolutamente incapaz de terror, O quebranto alguno, ninguna me admira mas, que una que dió hallan- dose sitiado en Stralsund. Estando Carlos dictando a un Se- erctario una Carta para Stokolmo, cayó una bomba en la quadra inmediata al Gabinete, en que estaban los dos, y rebentó en el mismo momentc. Estaba abierta la puerta de- comunicacion del Gabinete a la quadra 5 pero hubo la dicha de que ninguno de los cascos de la bomba se encaminó por aquella parte. Á la vista, y al horrísono estallido de la bom- ba, Carta. XXIX, > 223 ba, despavorido el Secretario, dexo caer de la mano la plu- ma. Pero el Rey, como si ni con la vista, ni con el oído hu- biese percibido novedad alguna, con rostro firme, con sose- gada voz: ¿qué es eso, le dixo, por qué soltais la pluma? Sorprehendido aun el espiritu del Secretario: $2re:::: la b0m- ba, fue todo lo que pudo articular. A lo que el Rey replicó, con el mismo sosiego: ¿Pues qué conexion tiene la bomba con lo que yo estoi dictando: Proseguid. Y sin que hubie- se mas palabras en medio, se continuó la Carta. Verdacera- mente este lance es capáz de hacer presumir, que aquel co- razon era hecho de otra materia, que los ael resto de los hombres.
No ignoro una objecion, que se me puede hacer so= bre la partida del valor de Carlos; yes, que pasó las mar- genes de lo racional 3 que pecó por exceso; que no fue va- lor, sino temeridad; que mas pareció fiereza barbara, que osadía heroíca. Una prueba plausibie de este asunto ofrece el caso de la baralla de Bender. Obstinóse Carlos en no sa- lir de los Estados del Turco, sino debaxo de unas condicio- nes, que a él se le antojó proponer, no dictadas por la pru- dencia, ni por la equidad. Instó el Sultan en que saliese, re- peliendo las condiciones propuestas. Resistiólo Carlos. Usó- se de parte de los Turcos de quantos medios suaves pudie- ron discurrir para vencer su infiexibilidad, y despues de ex- perimentarlos todos inutiles, llegaron a las amenazas. Ni con ellas se logró el intento: con que se pasó a la execu- cion, sitiando el Palacio, que habitaba, con diez mil Ge- nizaros, y Tartaros, resueltos a matarle, sino se rendía; porque tal era el orden del Sultan. Toda la defensa de Car- los consistía en trescientos Soldados, metidos dentro de un débil atrincheramiento, y sesenta Domesticos dentro del Palacio. Con este puño de gente, mal resguardada, se atrevió a resistir a todo un Exercito, Al primer acometi- miento superaron los Infieles la trinchera, y los trescientos Soldados fueron embueltros en un momento, y hechos pri- sioneros.
9 Estaba, quando esto sucedió, Carlos acompañado de tIóS 234 Carros XII, y Auexanbro Macno.
tres Oficiales Generales, entre aquel pequeño campo, y Pa- lacio. No le habia quedado mas Tropa, que sus Domesti- cos, en que se incluran algunas Guardas de su persona. Con esta gente resolvió hacerse fuerte dentro del Palacio, a quien embistieron luego los Turcos 3 y para obligar al Rey a rendirse, con flechas envueltas en materias encendidas, pu- sieron fuego al Edificio. Ardía. ya éste por muchas partes, sin que ni el riesgo de verse luego abrasado, ni. las lagri- mas, ni ruegos de los suyos pudiesen mover a Carlos a en- tregarse. Tomó, finalmente el expediente propuesto por uno de ellos, de tentar, rompiendo por medio delos Tur- cos, meterse en la Casa de la Cancillería, distante solo cinquen- ta pasos la qual, siendo toda cubierta de Bovedas de pie- dra, estaba libre de padecer el fuego de las flechas. Salió, pues, Carlos con su gente, como sale el rayo de la nube, dando sobre los Turcos con un ímpetu tan violento, que los hizo retirar algunos pasos. Pero en el momento inmediato se vieron circundados del Exercito enemigo, y al mismo tiempo el Rey, tropezando en las espuelas de las botas, que nunca dexaba, dió consigo en tierra. Al punto se arrojaron sobre él veinte y un Genizaros, que le hicieron prisionero; y sos- tenido en sus brazos, le conduxeron al Baxá. La misma suer- te tubieron los que le acompañaban, y asi se terminó aque- lla extraordinaria funcion. | 9 ¿Quien no vé en todo el proceder de ella, mas un Leon acosado de los Cazadores, que un Principe invadido de sus enemigos? ¿Mas una obstinacion damnable, que una cons- tancia plausible 2 ¿Mas un capricho ciego, que un aliento animoso?* Ási parece, que la intrepidéz de Carlos mas se debe llamar temeridad, locura, barbarie, que valor.
10 Ya he confesado, que la objecion es plausible. Sin embargo, se puede rebatir de dos maneras, y con bastante probabilidad. Lo primero, el que Carlos pecase una vez de temerario, no debe perjudicar a la opinion de Heroe, que adquirió con tantas acciones ilustres. Una accion viciosa no basta para denominar vicioso al sugeto. Demos de bara- to, que una yez fue loco. ¿Qué Guerrero, dominado de la : am- Carra XXIX, 235 ambicion de gloria, y ocupado toda la vida en facciones mi- litares, en todas es cuerdo? ¿Por ventura, lo fue siempre Alexandro? Acaso, menos que Carlos. Pongamos la consi- dderacion en lo que executó en el asedio de la Ciudad de los Oxidracas. El fue el primero que arrimando una escala, tre- póÓ por ella a la altura del Muro. Esta ya fue una insigne temeridad: porque un Principe, niaun otro qualquiera Ge- neral, no debe exponerse de ese modo 3 y mucho menos quando no habia necesidad, O motivo alguno para exponer- se. Ni en aquella ocasion se disputaba algun granae Impe- rio”, sí solo una poblacion de Barbaros de corta defensa, la qual, sin la presencia del Rey, hubicran expugnado facil- mente las Tropas. Pero no paró aqui el arrojo. Queriendo los Soldados a porfia seguir al Rey, cargaron tantos sobre las Escalas, que se rompienron éstas, y el Rey quedó un ra- to solo sobre el Muro, rebatiendo los dardos enemigos con el Escudo. En este conflicro clamaron los Soldados, que se dexase caer sobre ellos, que estaban dispuestos a recibirle en sus brazos. Este era el partido que debia tomar 5 pero fue diametralmente opuesto el que abrazó. En vez de dexar- se caer sobre los suyos, saltando dentro de la Ciudad, se colocó entre los enemigos, donde batallando solo, y reci- biendo muchas heridas, llegó a verse ya sin fuerzas para sostener el cuerpo, ni mover el brazo; en cuya extremidad, habiendo hecho un esfuerzo extraordinario sus Soldados, concurrieron oportunamente a salvarle la vida.
11 Sise exáminan con atencion los dos casos, se halla- rá, que en ambos fue igual el peligro; pero mas irracio- nal el arrojo de Alexandro, porque careció de todo moti- vo, que tubiese la mas leve apariencia de honesto. Carlos consideró, que era deshonor entregarse a los “Turcos, y esto le movió a exponer la vida. Alexandro no concibió, ni pudo concebir interesado su honor en cargarse de aquel riesgo. | | 12 De aqui sé saca la segunda solucion a favor de Car- los. Yo no negaré, que fue error suyo contemplar como deshonra, ya el ceder a las ordenes del Sultán, saliendo. de 4 Sus 236 Canos XI, Y AtexanDrOo Macno.
sus Dominios, ya entregarse a los Turcos, despues de iniva= dido. Pero supuesto aquel error, la resolucion que tomó fuc propria de un Heroe, En los casos apretados, en que es forzoso perder, 0 el honor, o la vida, lo que pide in- dispensablemente el Heroismo es, que se prefiera a la vida el honor. Carlos se consideró, aunque erradamente, cons- tituido en este caso: asi lo refiere Mr. Voltaire. Luego supuesto el error, la consideracion no fue temeraria, sino heroica. | 13 Habiendo corejado los dos Heroes, en orden a la partida del valor, en que lo menos que se puede decir de Carlos es, que no le excedió Alexandro 3 vamos prosiguien- do el Paralelo sobre otros capitulos, segun el orden con ue los he nombrado arriba, Que uno, y otro Principe fue- ron insignes en la Conducta, y Pericia Militar, lo demues- tran las muchas victorias que obtuvieron, Pero hai a favor de Carlos, el que peleó contra Tropas mui disciplinadas muchas mas veces que Alexandro. Este solo tubo dos cho- ques dentro de la Grecia, y en ellos peleó con fuerzas mui uperiores a las de sus enemigos: todas las demás batallas fueron con las inexpertas gentes del Asia. Carlos, con exer- cito inferior en el numero, triunfo muchas veces de Tro- pas Europeas mui arregladas, y conducidas de esforzados Caudillos. 14 Es verdad, que Alexandro siempre fue vencedor. Carlos fue vencido en la fatal batalla de Pultawa 5 mas no r falta suya, antes executó en ella quanto correspondia a un gran Heroe. No podia escusarse de darla, y era casi evidente perderla. Retirandose, era cierta su ruina 5 porque ni tenia Plazas adonde asegurarse, ni provisiones con que mantenerse. Asi era preciso arriesgarse al combate, aunque con pocas esperanzas de la victoria, por la poca gente que tenia, y esa medio muerta de hambre, y de frio. Compo- niase el exercito del Czar de mas de sesenta mil hombres; el de Carlos de veinte y cinco mil, de los' quales, apenas llegaban a doce mil las Tropas arregladas. Habia en el cam-