El culto que se tributa a Dios, es en reconocimiento del su- premo dominio que tiene sobre todas las cosas, como su criador, ordenador y conservador; es en expresión de la gratitud que la cria- tura debe al Criador por los beneficios recibidos, y de la sumisión, acatamiento y obediencia a que Ie esta obligada, en el ejercicio del entendimiento, de la voluntad y de todas sus facultades. El culto externo es la expresión del interno; es, ademas, un explicito reco¬ nocimiento de que lo debemos todo a Dios, no solo el espiritu, sino también el cuerpo, y que Ie ofrecemos no solo sus dones espiritua- les, sino también los corporales. Es evidente que el culto interno y externo de que acabo de hablar, es propio de Dios exclusivamente: a ninguna criatura se Ie pueden rendir los homenajes que son debidos ünicamente a Dios: lo contrario, seria caer en la idolatria; vicio condenado por la razón natural de la Sagrada Escritura, mu- cho antes de que Ie condenase el celo filosófico.
Pocas acusaciones habra mas injustas, y que se hayan hecho mas de mala fe, que la que se dirige contra los católicos, culpando- los de idolatria por su dogma y practicas en el culto de los Santos. Basta abrir, no diré las obras de los teólogos, sino el mas pequeho de los catecismos, para convencerse de que semejante acusación es altamente calumniosa. Jamas, en nlngün escrito católico, se ha confundido el culto de los Santos con el de Dios: quien ca- yese en tamaho error, seria desde luego condenado por la Iglesia.
El culto que se tributa a los Santos es un homenaje rendi- do a sus eminentes vlrtudes; pero, éstas son reconocidas expre¬ samente como dones de Dios; honrando a los Santos, honramos al que los ha santificado. De esta manera, aunque el objeto inmediato sean los Santos, el ültimo fin de este culto es el mis- mo Dios. En la santidad que veneramos en el hombre, veneramos un reflejo de la Santidad infinita. Éstas no son explicaciones arbitra- rias, ni excogitadas a propósito para deshacerme de la dificultad: abra usted por donde quiera las vidas de los Santos, las coleccio- nes de panegiricos; oiga usted a nuestros oradores, a nuestros ca- tequistas: en todas partes encontrara la misma doctrina que acabo de exponer. Otra observación. La Iglesia ora en las fiestas de los Santos: a quién dirige las oraciones? Al mismo Dios. Note us¬ ted el principio de la oración: Deus qui= Omnipotens sempiterne Deus= Praesta quaesumus, Omnipotens Deus, etc., etc.; lo mismo sucede en el final, el que siempre se refiere a una de las personas de la Santisima Trinidad, o a dos, o a las tres, como se esta oyen- do continuamente en nuestras iglesias.
No concibo qué es lo que se puede contestar a razones tan decisivas; y asi no debo temer que continüe usted culpandonos de idolatria: aclaradas de este modo las ideas, es imposible insistir en la acusación, si se procédé de buena fe.
Voy, pues, a considerar la cuestión bajo otros aspectos, y en particular con relación a la pretendida discordancia entre el culto de los Santos y la sublimidad de las ideas cristianas sobre Dios y el hombre. La religión, al darnos ideas grandes sobre el hombre, no destruye la naturaleza humana; si esto hiciese, sus ideas no serian grandes, sino falsas.
Es un dicho comün entre los teólogos que la gracia no des¬ truye a la naturaleza, sino que la eleva, la perfecciona. La verda- dera revelación no puede estar en contradicción con los principios constitutivos de la naturaleza humana. De ello resulta que la subli¬ midad de las ideas que la religión nos da sobre el hombre, no se opone a las condiciones naturales de nuestro ser, aunque éstas sean pequehas. Nuestro grandor consiste en la altura de nuestro origen, en la inmensidad de nuestro destino, en las perfecciones intelectuales y morales que debemos a la bondad del Autor de la naturaleza y de la gracia, y en el conjunto de medios que nos proporciona para alcanzar el fin a que nos tiene destinados. Pero este grandor no quita que nuestro espiïitu esté unido a un cuerpo; que a mas de ser inteligentes seamos también sensibles; que al lado de la voluntad intelectual se hallen los sentimientos y las pasio- nes; y que, por consiguiente, en nuestro pensar, en nuestro querer, en nuestro obrar, estemos sometidos a ciertas leyes de las que no puede prescindir nuestra naturaleza. Seria de desear que no per- diese usted de vista estas observaciones, que sirven mucho para no confundir las ideas y no emplear las palabras de sublimidad y grandor en un sentido vago, que puede dar ocasión a graves equi- vocaciones, segün el objeto a que se las aplica.
Ya que la oportunidad se brinda, séame permitido observar que las ideas de grande y de infinito se hacen servir para arruinar las relaciones del hombre con Dios. ^Cómo es posible, se dice, que un Ser infinito se ocupe en un ser tan pequeho como somos nosotros? Y no se advierte que el mismo argumento podria servir a quien se empehase en sostener que no hay creación, diciendo: ^cómo es posible que un ser infinito se haya ocupado en crear se- res tan pequehos? Todo esto es altamente sofistico: las ideas de finito y de infinito, lejos de destruirse la una a la otra, se explican reciprocamente.
La existencia de lo finito prueba la existencia de lo infinito; y en la idea de lo infinito se encuentra la razón suficiente de la posibili- dad de lo finito y la causa de su existencia. La relación de finito con lo infinito constituye la unidad de la harmoma del universo: en que- brantandose este lazo, todo se confunde: el universo es un caos.
Aclaradas las ideas sobre la verdadera acepción de las pala¬ bras grande y sublime, cuando se las refiere a la naturaleza huma- na, examinemos si se opone a la sublimidad de las doctrinas cris- tianas el dogma del culto de los Santos.
Una cosa buena, aunque sea finita, podemos quererla; una cosa respetable, podemos respetarla; una cosa venerable, pode¬ mos venerarla; sin que por esto nos resulte ninguna humillación, indigna de nuestra sublimidad. Ahora permitame usted que Ie pre- gunte: si una virtud eminente es una cosa buena, respetable y ve¬ nerable; y, si es asi, como no cabe duda, creo que no habra ningün inconveniente en que los cristianos rindan un tributo de amor, de respeto y de veneración a los hombres que se han distinguido por sus eminentes virtudes. Esta observación podria bastar para justificar el culto de los Santos; pero no quiero limitarme a ella, por- que la cuestión es susceptible de harta mayor amplitud.
Mientras vive el hombre sobre la tlerra, sujeto a todas las flaquezas, miserias y peligros que afligen a los hijos de Adan en es¬ te valle de lagrimas, nadie, por perfecto que sea, puede estar seguro de no extraviarse del camino de la virtud: la experiencia de todos los dias nos da un triste testimonio de las debilidades hu- manas. Y he aqui una de las razones por que el amor, el respeto y la veneraclón que nos merece el hombre virtuoso, aun mientras vive sobre la tierra, se Ie tributan con cierto temor, con alguna in- certidumbre, aplicando a este caso el sapientisimo consejo de no alabar al hombre antes de la muerte. Pero, cuando el justo ha pasado a mejor vida, y sus virtudes, probadas como el oro en el crisol, han sido aceptas a la Santidad infinita, y tiene asegu- rado para siempre el precioso galardón que con ellas ha merecido, entonces el amor, el respeto y la veneración que se deben a sus virtudes, pueden explayarse sin peligro; y he aqui el motivo del culto afectuoso, tierno, lleno de confianza y de profunda venera¬ ción, que rinden los cristianos a los justos que por sus altos mere- cimientos ocupan un lugar distinguido en las mansiones de la glo¬ ria.
No alcanzo, mi apreciado amigo, cómo puede haber falta de dignidad en un acto tan conforme a la razón, y aun a los sentimien- tos mas naturales del corazón humano; al mostrarsenos una per- sona de gran virtud, la miramos con respetuosa curiosidad, y Ie di- rigimos la palabra con veneración y acatamiento; <j,y no podran ha- cer una cosa semejante los pueblos cristianos, tratandose de hom- bres que, a mas de sus eminentes virtudes, estan mtimamente uni- dos con Dios en la eterna bienaventuranza? La virtud imperfecta sera digna de veneración, <j,y no lo sera la perfecta, la que esta ya premiada con una felicidad inefable? Quien honra a un hombre virtuoso, lejos de humillarse, se ensalza, se honra a si mismo; y esto, que es verdad con respecto a los hombres de la tierra, ^no lo sera de los hombres del cielo? Un poco mas de logica, mi aprecia¬ do amigo, que la contradicción es sobrado manifiesta: las gentes sencillas, de que usted habla con benignidad y compasión, tienen en este punto mucha mas filosofia que usted.
Hablando ingenuamente, no podia imaginarme que fuera us- ted tan delicado, que no pudiese sufrir la muchedumbre de image¬ nes y estatuas de Santos de que estan llenas las iglesias de los ca- tólicos. Creia yo que, si no el interés de la religión, al menos el amor del arte, Ie habia de hacer a usted menos susceptible. Es co- sa notada generalmente, tanto por los creyentes como por los in- crédulos, la diferencia que va de la frialdad y desnudez de los tem- plos protestantes al esplendor, a la vida de las iglesias católicas; y precisamente una de las causas de esta diferencia se halla en que el arte inspirado por el catolicismo ha derramado a manos lle¬ nas sus obras admirables, en que ofrece a la vista y a la imagi- nación de los mas elevados misterios, y perpetüa con sus prodigios la memoria de las virtudes de nuestros Santos, las inefables comu- nicaciones con que elevandose hasta Dios, presentan en esta vida la felicidad de la venidera.
Quiero ser indulgente con usted; quiero atribuir la dificultad que me propone a una distracción, a un pensamiento poco medita- do: sin esta indulgencia, me veria precisado a decirle a usted una verdad muy dura: que no tiene gusto, que no tiene corazón, si no ha percibido la belleza de que abunda en este punto la religión ca- tólica.
Extraho es que, al combatir las costumbres del catolicismo con respecto a las imagenes de los Santos, no haya advertido usted que se ponia en contradicción con uno de los sentimientos mas na- turales del corazón humano. ^Cómo es posible que no haya usted descubierto aqui la mano de la religión, elevando, purificando, diri- giendo a un objeto provechoso y augusto, un sentimiento general a todos los paises, a todos los tiempos? óConoce usted algün pue¬ blo que no haya procurado perpetuar la memoria de sus hom- bres ilustres, con imagenes, estatuas y otra clase de monu¬ mentos? <j,Y hay nada mas ilustre que la virtud en grado eminente, cual la tuvieron los Santos? Muchos de éstos <j,no fueron, por ven- tura, grandes bienhechores de la humanidad? <j,Se atrevera usted a sostener que sea mas digna de perpetuarse la memoria de los conquistadores que han inundado la tierra de sangre, que la de los héroes que han sacrificado su fortuna, su reposo, su vida, en bien de sus semejantes, y nos han trasmitido su espiritu en instituciones que son el alivio y el consuelo de toda clase de infortunios? ^Vera usted con mas placer la imagen de un guerrero que se ha cubierto de laureles, con harta frecuencia manchados con negros crimenes, que la de San Vicente de Paul, amparo y consuelo de todos los desgraciados mientras habitó sobre la tierra, y que vive aün y se Ie encuentra en todos los hospitales, junto al lecho de los enfermos, en sus admirables hijas las Hermanas de la Caridad?
Me dira usted que no todos los Santos han hecho lo que San Vicente de Paul, es cierto; pero no puede usted negarme que son innumerables los que no se han limitado a la contemplación. Unos instruyen al ignorante, buscandole en las ciudades y en los cam- pos; otros se sepultan en los hospitales, consolando, sirviendo con inagotable caridad al enfermo desvalido; otros reparten sus rique- zas entre los pobres, y se encargan en seguida de interesar a to¬ dos los corazones benéficos en el socorro del infortunio; otros arrostran el albergue de la corrupción, con el ardiente deseo de mejorar las costumbres de seres envilecidos y degradados; en fin, apenas hallara usted un Santo en el cual no se vea un manantial de luz, de virtud, de amor, que se derramaba en todas direccio- nes y a grandes distancias, en bien de sus semejantes. <j,Qué en¬ cuentra usted de poco racional, de poco digno en perpetuar la me- moria de acciones tan nobles, tan grandes y provechosas?; <j,no han hecho lo mismo, cada cual a su manera, todos los pueblos de todos los tiempos y paises?; Je parece a usted que en esta obra se hallen mal empleados los prodigios del arte?
Quiero suponer que se trate de una vida deslizada suavemen- te en medio de la contemplación, en la soledad del desierto o en la practica de modestas virtudes en la obscuridad del hogar domésti- co; aun en este caso, no hay ningün inconveniente en que el arte se consagre a perpetuarlas en la memoria. ^No vemos a cada pa¬ so cuadros profanos descriptivos de una escena de familia, o que nos recuerdan una buena acción que nada tiene de heroica? La virtud, sea cual fuere, hasta en su grado mas mfimo, ^no es be- lla, no es atractiva, no es un objeto digno de ser presentado a la contemplación de los hombres? Pero advierta usted que las virtu¬ des comunes no son objeto de culto entre los católicos; para que se les tribute este homenaje de püblica veneración, es necesario que sean en grado heroico, y que, ademas, reciban la sanción de la autoridad de la Iglesia.
Abandono con entera confianza estas reflexiones al buen jui- cio de usted, y abrigo la firme esperanza de que contribuyan a disi- par sus preocupaciones, llamandole la atención hacia puntos de vista en que usted no habia reparado. Siendo usted ardiente entu- siasta de lo filosófico y bello, no podra menos de admirar la filosofia y belleza del dogma católico en el culto de los Santos. De usted afectisimo y S. S. Q. B. S. M.
J. B.
Carta XXI La invocación a los Santos.
Valor de la oración de un hombre por otro. Inclinación natural a es- ta oración. Tradidón universal en su favor. Consecuencias en pro del dogma católico.
Mi estimado amigo: Me alegro que la carta anterior no Ie haya producido a usted una impresión desfavorable; y que no se niegue a reconocer la belleza y la filosofia que se encierran en el dogma católico, «presentado desde este punto de vista». No quiero, sin embargo, que se atribuya al modo de presentar la cosa lo que solo pertenece a la cosa misma. Para tornar este punto de vista que a usted Ie agrada, no he necesitado salir de la realidad, sino mostrar los objetos tales como eran, indicando las consideraciones a que brindaban las mismas dificultades que se me habian propuesto.
Se inclina usted a creer que, para deshacerme de mi adversa- rio, he procurado atacarle por el flanco mas débil; pero que he evi- tado el presentar el dogma en todo su conjunto. Ya no es usted enemigo de las imagenes de los Santos en las iglesias, lo que quie- re decir que ha dejado usted de ser iconoclasta. Ahora se ha refu- giado en otra trinchera, y dice que, si bien no Ie parece mal que se perpetüe la memoria de las virtudes de los Santos en cuadros y estatuas, y hasta se les tribute en las funciones religiosas un ho- menaje de acatamiento y veneración, no ve la necesidad de admitir esa comunicación incesante entre los vivos y los muertos, ponien- do a éstos por intercesores en cosas que podemos pedir directa- mente por nosotros mismos. Ahade usted que, siendo uno de los caracteres principales del cristianismo el unir mtimamente al hom¬ bre con Dios, con unión imperfecta en esta vida, y perfecta en la mansión de la gloria, debe tenerse por mas propio, mas digno, y sobre todo mas elevado, el que el hombre dirija por si mismo sus plegarias a Dios, sin valerse de mediadores, y que no traslademos a las cosas del cielo los costumbres que tenemos aca en la tierra. Es una fortuna que sea usted quien propone la dificultad, fundando- la en semejante principio; porque es bien seguro que, si por una u otra causa hubiese yo dicho que el hombre se habia de dirigir in- mediatamente a Dios, me hubiera usted censurado porque, sin consideración a la pequehez humana, salvaba yo la distancia que va de lo finito a lo infinito. De esta manera, siempre ven ustedes la sinrazón de nuestra parte: si nos levantamos muy alto, dicen que exageramos, que nos desvanecemos, que nos olvidamos de la pequehez humana; si abatimos el vuelo, en consideración a es¬ ta misma pequehez, se dice que vamos arrastrando y que per- demos de vista la sublimidad de la humana naturaleza. Es preciso tener serenidad para sufrir con calma acusaciones tan opuestas; pero éste es un sacrificio que debemos hacer en obsequio de la causa de la verdad, la cual tiene derecho a exigirnos éste y otros mucho mayores.
El dogma de que la invocación de los Santos es, no solo licita, sino también provechosa, puede sufrir, como todas las verdades católicas, el examen de la razón, sin peligro de salir desairado. Pa¬ ra fijar las ideas y evitar la confusión de las mismas, planteemos la cuestión en un terreno despejado. óHay algün inconveniente en admitir que Dios oye las oraciones de los justos cuando rue- gan, no para si, sino para otros? Desearia que usted me dijese si a los ojos de una sana razón no es esto muy conforme a todas las ideas que tenemos de la bondad y misericordia de Dios, y de la predilección con que distingue a los justos. Si admite usted un Dios, y no un Dios cruel que no cuide de las obras de sus manos y cierre sus oidos a las plegarias del infeliz mortal que implora su au- xilio, debe usted admitir también que la oración del hombre dirigida a Dios, no es una cosa vana, sino que puede producir y produce saludables efectos. Ahora bien; ^hay cosa mas natural, mas con¬ forme a la sana razón, mas acorde con los sentimientos de nuestra alma, que el rogar a Dios no solo para nosotros, sino también pa¬ ra los objetos de nuestro carino? La madre que tiene en sus brazos a su tierno hijo, levanta los ojos al cielo implorando para él la bondad del Eterno; la esposa mega por el esposo; la hermana por el hermano; los hijos por los padres; y el anciano moribundo reüne en torno de su lecho a su descendencia y extiende sobre ella su mano trémula, dandole su bendición, y rogando al cielo que la bendiga. La oración del hombre en favor de sus semejantes es una inclinación innata en nuestro corazón; se la halla en todas las edades, sexos y condiciones, en todos tiempos y paises; se la ve expresada a cada paso en el grito de la naturaleza que nos hace invocar a Dios al presenciar un peligro ajeno.
La comunicación de las criaturas intelectuales en el seno de la divinidad, el reciproco auxilio que pueden prestarse con sus ora- ciones, es una tradición universal del género humano; tradición li- gada con los sentimientos del corazón mas mtimos y mas dulces, pintada por todos los historiadores, cantada por todos los poetas, inmortalizada en el lienzo y en el marmol por innumerables artistas, admitida por todas las religiones, expresada en todos los cultos con ceremonias solemnes. Recorred la historia de los tiempos mas re- motos, consultad los poetas mas antiguos, escuchad las narracio- nes populares cuyo origen se pierde en la obscuridad de los tiem¬ pos heroicos y fabulosos, examinad los monumentos y las bellezas, orgullo de los pueblos mas cultos; siempre, en todas partes, encon- traréis el mismo hecho. Hay una guerra: la juventud de un pue¬ blo esta corriendo peligros en el campo de batalla; las esposas, los hijos, los padres de los combatientes, imploran sobre éstos el auxilio divlno, ora en el retiro del hogar doméstico, ora en los templos püblicos con solemnes sacrificios. Hay un viajero de quien hace largo tiempo no se han recibido noticias: su familia desolada terne que haya sido victima de algün accidente funesto; pero abriga todavia alguna esperanza: quizas vaga solitario y perdido por tie- rras desconocidas; quizas juguete de las olas ha sido arrojado a playas inhospitalarias; <j,cual es la inspiración de aquella familia?
Levantar los ojos y las manos al cielo, orar, implorando la divina misericordia en favor de aquel desventurado. La historia, la poesia, las bellas artes, son un no interrumpido testimonio de la existencia de este sentimiento, de esa firmisima creencia de que a los ojos del Altisimo son aceptas las plegarias que el hombre Ie dirige en favor de otro hombre.
Ahora bien, <j,hay algün inconveniente en que deseemos los unos las oraciones de los otros, aun de los que viven sobre la tie- rra? Claro es que no; de lo contrario, seria preciso desechar todas las religiones, y hasta ponernos en contradicción abierta con uno de los sentimientos mas tiernos, mas puros, que se abrigan en el corazón humano. No creo que la filosofia de usted llegue a un ex- tremo tan deplorable; no, no puede usted profesar una doctrina la cual ahoga el grito de la naturaleza, que resuena agudo y tierno al pie de la cuna, y se exhala apagado y fatidico en los umbrales del sepulcro. No, no puede usted profesar una doctrina que responde con la sonrisa de la duda a la plegaria de la madre que ora por su hijo, de la esposa que ora por su esposo, del hijo que ora por su padre, del anciano que ora por su descendencia, del pobre soco- rrido que ora por su bienhechor, del amigo que ora por su amigo, de pueblos enteros que oran por los valientes que defienden la in- dependencia de su pais, o llevan a paises remotos el nombre de su patria bajo un pabellón victorioso.
Las consecuencias de lo dicho apenas necesito sacarlas: us¬ ted las habra visto ya, y por cierto sin mucho trabajo. Segün nues- tra doctrina, los Santos son hombres justos que disfrutan en la gloria el premio de sus virtudes; ellos no necesitan orar para si, pues que estan exentos de todos los males y peligros, y han conseguido cuanto cabe desear; pero pueden orar por nosotros: si esto podian hacerlo en la tierra, ^cuanto mas podran hacerlo en el cielo? Si los mortales oramos por otros mortales, <j,no podrian o no querrian orar por nosotros los que han conseguido una felicidad inmortal? Sus oraciones son aceptas a Dios de una manera par- ticular, son un incienso agradable que humea incesantemente ante el trono del Eterno. Ellos vivieron como nosotros en esta tierra de infortunio, y no se han olvidado de nosotros. La Iglesia nos dice: «Implorad la intercesión de los Santos, rogadles que oren por voso- tros; esto es licito, esto es grato a los ojos de Dios; esto os sera muy provechoso en vuestras necesidades.» He aqui el dogma. Si la filosofia de usted lo encuentra poco acorde con la razón natural y los sentimientos del corazón humano, me compadezco de usted y de su filosofia, y no acierto a comprender los principios en que la funda. A decir verdad, espero que ceda usted gustoso a la luz de unas razones a las cuales no veo que se pueda contestar nada só- lido, ni siquiera especioso. En cuyo caso, no puedo menos de re- cordarle a usted la necesidad, tantas veces inculcada, de no pro- ceder con ligereza en materias tan graves, y de reflexionar que en los dogmas mirados por la incredulidad con indiferencia y despre- cio, se ocultan tesoros de sabiduna, que se encuentran tanto mas profundos, cuanto mas se los examina a la luz de la filosofia y de la historia. De usted su afectisimo y S. S. Q. B. S. M.
J. B.
Carta XXII Veneración de las reliquias y de los sepulcros.
Natural extensión del sentimiento a los objetos accesorios. Restos de los hombres ilustres. Abusos. No es culpable de ellos la Iglesia. Si el culto debe interesar la sensibilidad. Dos movimientos de aden- tro afuera y de afuera adentro. Naturalidad y utilidad de este culto.
Mi apreciado amigo: Varios extremos contiene la carta de us- ted en contestación a mi anterior, y entre ellos noto una indicación en que, sin poner en duda la verdad de la cita, manifiesta desear que Ie traslade los pasajes de Leibnitz donde habla en sentido fa- vorable al dogma católico sobre el culto de los Santos. No tengo en esto la menor dificultad. Helos aqui: «Piensan los varones pruden- tes y piadosos que no solo se ha de inculcar en el animo de los oyentes, sino también manifestar en cuanto sea posible por signos externos, la diferencia inmensa e infinita que hay entre el honor que se debe a Dios y el que se tributa a los Santos: al primero Ie llaman los teólogos Latria, al segundo Duli'a, desde San Agustm. Itaque censent viri pii et prudentes, dandam esse operam, ut omni¬ bus modis discrimen infinitum atque immensum inter honorem, qui Deo debetur, et qui Sanctis exhibetur, quorum illum Latriam, hunc Duliam post Augustinum theologi vocant, non tantum inculcetur au- dientium ac discentium animis, sed etiam externis signis, quod Heet, ostendatur» (Sistema teológico).
Por de pronto tiene usted reconocida por Leibnitz la diferencia de los cultos de Latria y de Dulia; diferencia que llama nada menos que inmensa, infinita; y es de advertir que confiesa haber tornado esos términos de los mismos teólogos. En cuanto a los varones piadosos y prudentes de que habla Leibnitz, puede usted ver cum- plidos sus deseos en todos los escritos católicos, desde la obra mas magistral hasta el mas pequeho catecismo, desde la mas so- lemne función de la Iglesia hasta la mas leve ceremonia. Pero no se contenta el ilustre filósofo con lo que acabamos de ver: se pro- pone defender completamente a los católicos, y lo hace de la ma¬ nera siguiente: «En general se ha de tener por cierto que no se aprueba el culto de los Santos y el de las reliquias, sino en cuanto se refiere a Dios, y que no debe haber ningün acto de reli- gión que no se resuelva y termine en honor de Dios omnipotente. Asi, cuando se honra a los Santos, debe entenderse como se dice en la Escritura: honrados han sido tus amigos, oh Dios; y alabad a Dios en sus Santos. Generaliter tenendum...neque cultum sanctorum aut reliquiarum probari, nisi quatenus ad Deum refertur, nullumque religionis actum esse debere, qui in honorem unius omnipotentis Dei non resolvatur ac terminetur. Itaque cum Sancti honorantur, hoe ita intelligendum est quemadmodum in Scriptura dicitur: Honorificati sunt amici tui, Deus; et laudate Dominum in Sanctis ejus.» (Ibid.)
Mas abajo, combatiendo a los que acusan de idolatria el culto de los Santos, les recuerda la antiquisima costumbre de la Iglesia en celebrar las fiestas de los martires, y las reuniones piadosas que en sus sepulcros se tenian desde los primeros siglos, y con- tinüa con las siguientes observaciones sobremanera notables: «Es de temer que los que asi piensan, abran el camino para destruir to- da la religión cristiana; porque, si desde aquellos tiempos prevale- cieron en la Iglesia horrendos errores, se ayuda en gran manera la causa de los arrianos y samosatenos, que computan desde aque¬ llos tiempos el origen del error y defienden que se introdujo a un mismo tiempo el misterio de la Trinidad y la idolatria...Dejo al juicio del lector el resultado que esto debera traer. Los ingenios audaces llevaran mas alla sus sospechas, pues se admiraran de que Jesu- cristo, que tanto prometió a su Iglesia, haya dejado campear hasta tal punto al enemigo del género humano; de que, destruida una idolatria, Ie haya sucedido otra; y de los diez y seis siglos ape¬ nas halle uno o dos en que se haya conservado bien entre los cris- tianos la verdadera fe, cuando vemos que la religión judaica y la mahometana continuaron por muchos siglos bastante puras, con¬ forme a la institución de sus fundadores. «j,En qué lugar quedara entonces el dictamen de Gamaliel, que decia deberse juzgar de la religión cristiana y de la voluntad de la Providencia por el resulta¬ do?; <j,qué pensariamos del cristianismo si no pudiese sufrir la prueba de esa piedra de toque? Verendum autem est ne qui ita sentiunt viam aperiant ad omnem rem christianam convellendam, nam si iam ab illis temporibus horrendi errores in Ecclesia praeva- luerunt, arrianorum et samosatenorum causa mirifice iuvatur, qui originem erroris ab illis ipsis temporibus computant, atque obscure defendunt Trinitatis mysterium et idololatham simul invaluisse...lu- dicandum cuique relinquo quo res sit evasura, quinimo procedet ul- terius suspicio audacium ingeniorum, mirabuntur eninn Christum promissis tam largum erga suam Ecclesiam, tantum hosti generis humani indulsisse, ut, una idololatria profligata, succederet alia, et ex sedecim saeculis vix unum aut duo sint in quibus vera fides utcumque inter christianos sit conservata, cum iudaicam ac maho- meticam religionem videamus tot saeculis satis puram secundum fundatorum instituta perstitisse. Quo igitur loco manebit consilium Gamalielis, qui de christiana religione et Providentiae voluntate ex eventu iudicandum dictitabat; aut quid de ipso christianismo iudica- bitur, si lapidem hunc Lydium parum adeo sustineret?»
Las reflexiones de Leibnitz debieran ser tomadas en conside- ración por cuantos verian con disgusto la extirpación de los restos del cristianismo entre las sectas protestantes. Por desgracia, las previsiones de este grande hombre se van realizando en su misma patria de una manera lastimosa. La Alemania esta presentando en la actualidad un espectaculo deplorable: la disolución de las ideas en materias religiosas ha llegado al ultimo extremo: ahora se coge el fruto de la semilla esparcida en otras épocas. Se creyó que se podian atacar los dogmas católicos y guardarse al mismo tiempo del escepticismo, conservando de la religión cristiana lo que bien pareciese a los falsos reformadores; el tiempo ha venido a frustrar estas esperanzas de una manera cruel. Una logica inflexible ha ido sacando las consecuencias de los principios establecidos; actual- mente, el protestantismo no es ya mas que una vana sombra de lo que fue. La anarquia religiosa ha llegado a su colmo: el escepticis¬ mo esta haciendo estragos en todas las clases de la sociedad; y una filosofia nebulosa y seductora cuida de arraigarle mas y mas, difundiendo sus doctrinas pantei'stas, que en ültimo resultado no son otra cosa que un nuevo disfraz con que se presenta el atei'smo para excitar menos repugnancia.
Otra indicación me hace usted sobre la adoración de las reli- quias; aunque, segün veo, lo que llevo dicho respecto al culto de los Santos, ha quebrantado mucho en el animo de usted la fuerza de esta ültima dificultad.
Es un sentimiento natural al hombre el extender su amor o su veneración a los objetos que se hallan inmediatos a la per- sona querida o venerada. Conservamos con sumo cuidado las prendas que pertenecieron a personas que poseian nuestro afecto: y sucede con frecuencia que cosas de un valor insignificante lo tie¬ nen inmenso, cuando se las mide por las afecciones del corazón.