SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

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72 que en el segundo; y, sin embargo, ^quién no ve que para aquél sera un verdadero placer el desprendimiento con que socorra el in- fortunio de sus hermanos, y que para éste sera un sacrificio? El uno tendra una pasión, sentimiento, movimiento del corazón, o llamese como se quiera, que Ie impulsa a la beneficencia; padece- ra, si no hace bien; la miseria del prójimo se Ie ha comunicado en cierto modo, porque, dejando intacta su fortuna y su salud, Ie hace compartir el sufrimiento del desgraciado: cuando Ie dispense el au- xilio, experimentara un desahogo, recobrara el bienestar perdido, renacera en su alma la tranquilidad, disipandose la angustia; perci- bira la dulce satisfacción de haber cumplido un deber, que sentia como una necesidad, en el fondo de su alma. Nada de esto se veri- ficara en el hombre de corazón frio, por mas recta que sea su ra- zón, por mas ajustada que a ella conserve la voluntad. Si socorre al infeliz, sera obrando conforme Ie dicta su conciencia; pero, obede- ciendo los preceptos de ésta, no sentira aquella expansión, aquella ternura que inunda de gozo y de placer un corazón compasivo; an- tes al contrario, se vera precisado a luchar con la dificultad que, mas o menos, siempre trae consigo el desprendernos de lo propio para darlo a los otros.

Este ejemplo hace sensible y, por decirlo asi, palpable, la po- derosa influencia que sobre nuestros actos ejercen las inclinacio- nes del corazón. De esto inferiré que, cuando nos encontramos en situaciones en que una pasión cualquiera esta vivamente desarro- llada y activa, no es extraho que, preponderando sobre las demas, y hasta sobre el instinto natural de la propia conservación, llegue al punto de hacernos acometer arduas empresas, y arrostrar los mayores peligros. Asi, un militar en el campo de batalla, a la vis¬ ta de sus compaheros de armas testigos de su valor o de su cobar- dia, enardecido con el aparato guerrero, con el son de las müsicas marciales, de los tambores y clarines, sediento de venganza contra un enemigo que esta diezmando a sus inmediaciones a sus amigos y compaheros, no debe parecer tan extraho que con denodado im- petu se arroje a la muerte gloriosa; mayormente, conservando co¬ mo conserva siempre alguna esperanza de evitarla, y conquistando con su valor el aprecio y la admiración de cuantos Ie contemplan. Entonces vemos desplegados, el amor de la patria, el de la gloria, la ambición halagada con el premio, obrando todos a la vez sobre un animo exaltado por lo critico de las circunstancias, por la pre- 73 73 sencia de un riesgo inminente, estando, ademas, el cuerpo en la disposición mas favorable para mantener en viva actividad y efer- vescencia las pasiones, con la agitación y el calor de la refriega. En casos semejantes, hay una verdadera lucha de inclinaciones contra inclinaciones; y natural es que prevalezcan aquellas que, estando mas en harmoma con la situación, son mas a propósito para po- nerse en vivo movimiento, influir sobre la voluntad, sofocar las de- mas que tiendan a parar o moderar el impulso.

Estas observaciones manifiestan cómo se verifica que muchos hombres desprecien la vida en defensa de una causa, y no porque deba entenderse que para llegar a este punto sea preciso que el animo se encuentre en la exaltación que acabo de describir; pue- den venir circunstancias en que, sin hacerse tan sensible el fenó- meno, se verifique de una manera mas o menos semejante. Asi, un joven que se halla empenado en uno de los lances que se apelli- dan de honor, no esta en el mismo caso de un militar en el campo de batalla; sin embargo, y por mas que en apariencia la situación se muestre muy distinta, no lo es tanto en la realidad si la exami- namos en sus relaciones con las causas que impelen al desprecio de la vida. Una preocupación funestisima, pero que por esto no de- ja de estar arraigada en muchos espiritus, Ie hace creer que, si no acepta el duelo que se Ie ofrece, o si él a su vez no desafia a su adversario, segün es la ofensa recibida, se cubre de ignominia y baldón, y no podra presentarse a la sociedad sin la nota deshonro- sa de cobarde. En el hombre constituido en esta alternativa, no vemos ciertamente tan de bulto los motivos que Ie impulsan a arrostrar el peligro, como los hemos visto en el soldado; no se nos muestra tan patente la agitación del animo fluctuante entre el temor y la esperanza, entre el amor de la vida y el del honor; pero no deja por esto de existir la lucha, y tan viva quizas como existir puede en el campo de batalla. Por mas vanidad que entre muchas veces en el sentido de la palabra honor, no puede negarse que ejerce sobre nuestro animo una influencia tan viva, tan magica, que ni la salud ni la fortuna producen en nuestro espiritu un efecto tan fuerte e ins- tantaneo. Dejando aparte el examen de las causas, consigno aqui el hecho, para manifestar que en el caso supuesto hay también una verdadera exaltación de animo, una pasión fuerte que sojuzga las demas, sometiéndolas a un tiranico imperio, y arrastrando el co- 74 razón dominado, hasta el deplorable extremo de poner la vida co- mo cosa liviana.

Creo, mi estimado amigo, que las observaciones que acabo de emitir son bastantes para que se distinga el valor de la fortale- za, y para que resalte cuan diversas cosas son el acometer intré- pido un peligro, por inminente que se ofrezca, y el sufrir con inal- terable calma los mayores tormentos, marchando sereno a una muerte segura, inevitable, erizada de los padecimientos més atroces. En el primer caso, vemos unas pasiones contra otras, vemos el animo sostenido por mil motivos que Ie impulsan, y que, al mismo tiempo, Ie distraen de lo que pudiera apartarle de dar ci- ma a la empresa. Padecimientos, o no los hay, o son muy breves, o compensados con alternativas o esperanzas de recreo, de place- res, de gloria. En el segundo, vemos la razón y la voluntad lu- chando con todas las pasiones, vemos al hombre superior en oposición con el hombre inferior: aquél, pertrechado con la idea del deber, con la esperanza de un grande objeto; éste, con todos los atractivos, todas las amenazas, todos los temores, todas las vicisi- tudes que se agitan en esa región tempestuosa que, no sabiendo cómo apellidarla, Ie damos el nombre de corazón.

No intento decir con esto que no pueda hallarse, en el orden puramente natural, un desprendimiento asombroso, ni que en todos los actos que denominamos heroicos deba suponerse una gra- cia sobrenatural; semejante asistencia no la tuvieron ciertamente los gentiles, ni tantos otros héroes pertenecientes a falsas sectas; sin embargo, encontramos en ellos rasgos sorprendentes que nos entusiasman y admiran. Régulo volviendo a Cartago después de haber dado un consejo que Ie habia de costar la vida, Scévola con la mano en el brasem, y otros rasgos que nos ofrece la historia an- tigua, son, en verdad, indicios evidentes de lo que puede ejecutar el hombre abandonado a sus fuerzas naturales; pero no destruyen el argumento que nosotros sacamos de nuestros martires. Los hé¬ roes de que estamos hablando, son muy contados; los nuestros son innumerables; los héroes eran, por lo comün, hombres forma- dos, endurecidos con los trabajos de la guerra, agrandado su espi- ritu con la intervención en los negocios püblicos, avidos de gloria, colocados en circunstancias cnticas, en que el peligro de la pa- tria daba vuelo a su entusiasmo y energia a su denuedo; entre los 75 75 martires se ven ancianos, mujeres, nihos, hombres de las condiciones mas humildes, que no habian ocupado jamas pues- tos distinguidos, y que, por tanto, no habian podido adquirir aquel fiero orgullo que, siendo una de las pasiones mas poderosas de nuestro corazón, nos comunica a veces una firmeza de que sin él no fuéramos capaces.

Para formarnos idea del mérito de los martires, acerquémonos a uno de aquellos ilustres presos, tan desgraciados a los ojos del mundo, tan felices en Jesucristo. Su nombre no se sabe, su cate- goria es obscura; <j,por qué se halla detenido? Porque cree que un Hombre que murió ajusticiado en la Palestina, es Hijo de Dios, y verdadero Dios, que tomó nuestra naturaleza para satisfacer por nuestras deudas a la justicia del Eterno Padre. óQué vemos en su alrededor? El desprecio, o la compasión, o el odio de cuantos Ie contemplan; unos Ie miran como insensato, otros Ie califican de fa- natico, éstos Ie apellidan iluso, aquéllos Ie achacan los mas feos crimenes. Ni un rayo de gloria mundana, ni un consuelo sobre la tierra. No busquéis en su situación nada que pueda confortarle, ha- ciendo que su naturaleza obre por reacción contra los males que Ie abruman. Todas sus pasiones se hallan amortiguadas con el aba- timiento y postración a que esta reducido el cuerpo; y, si el orgullo quisiese levantar su frente, nada ve en torno de si que pueda ha- lagarle ni sostenerle. <j,Qué semejanza se encuentra entre el hé- roe de la religión y los héroes del mundo?

Se me dira que la esperanza de una vida mejor les hacia lle- vaderos los padecimientos y agradable la muerte, es cierto, y esto no lo negamos los cristianos; pero cabalmente en la misma resolu- ción de sacrificar a lo futuro todo lo presente, de sobreponerse a todas las inclinaciones naturales, de menospreciar todo cuanto les rodeaba y hasta su propia existencia; en esta resolución, repi- to, se descubre la acción sobrenatural de la gracia divina; pues que a tanto no alcanza la flaqueza humana abandonada a sus pro- pias fuerzas. Ya en otra de mis anteriores hice notar que el hombre propende por la naturaleza a dejarse llevar de las impresiones del momento, y que todo lo que mira en lontananza, sea bien o mal, tiene para él escaso interés. Esto lo estamos palpando por desgra- cia en buena parte de los cristianos, que, creyendo las terribles verdades de nuestra Religión, viven tan olvidados de ellas, cual ha- 76 cerlo pudieran los gentiles. Por esta causa, al ver que un numero tan asombroso de personas de todas edades, sexos y condiciones se hace superior a esta debilidad de nuestra naturaleza, contra- riando sus inclinaciones con decisión tan heroica, es preciso reco- nocer que hay aqui algo que se levanta sobre la región natural, al- go en que el Omnipotente se complace en manifestar de cuanto es capaz lo débil, cuando su brazo todopoderoso se propone hacerlo fuerte.

No sé, mi estimado amigo, si estas reflexiones Ie habran con- vencido a usted plenamente; pero, atendido su buen juicio, me atrevo a esperar que si. No puedo persuadirme de que su claro en- tendimiento no vea la inmensa diferencia que va de nuestros martires a los héroes del mundo, sean del orden que fueren; us¬ ted no ignora la historia; recapacite cuanto ha leido, y no encontra- ra nada que a tamaho prodigio sea comparable. <j,Qué causas natu- rales puede usted imaginar para explicarle? ^El entusiasmo? Pero un sentimiento tan pasajero, ^cómo es dable que se sostenga por espacio de tres siglos?, ^cómo puede propagarse por todo el mun¬ do conocido? <j,l_a gloria humana? Pero tantos que perecian sin dejar siquiera su nombre, ^cómo podra decirse que muriesen por la gloria? <j,Y qué clase de gloria sera ésta que asi atrae al fogoso jo- ven como al caduco anciano, a la matrona como a la doncella, al adulto como al nino, al sabio como al ignorante, al rico como al po- bre, al magnate como al mendigo? Pongamonos de buena fe, y se¬ ra preciso reconocer que, por mas poderoso que sea sobre nuestro corazón el ascendiente de gloria, no alcanzó jamas a producir un efecto tan grande, tan universal, en situaciones y personas tan dife- rentes; pongamonos de buena fe, y descubriremos aqui el dedo de Dios.

Si los cristianos hubiesen sido pocos, y habitado todos en pai- ses muy vecinos, viviendo sujetos a las mismas influencias y du- rando su religión muy corto tiempo, entonces no fuera tan contrario a razón el decir que se introdujo entre ellos cierta exaltación del animo, y que se fue comunicando de unos a otros. Pero, jpor todo el mundo y por espacio de tres siglos, y siempre la misma constancia! Reflexione usted, mi estimado amigo, sobre esta ülti- ma observación, que ella sola basta para disipar todas las dificulta- des.

77 Paso ahora al otro punto indicado en la apreciada carta de us¬ ted, relativo a la fuerza que puede tener el argumento fundado en la rapida propagación del cristianismo, a pesar de la horrible persecución a que por tanto tiempo estuvo sujeto. Dice usted que ya es cosa sabida que el mejor medio de hacer prosperar una cau- sa y difundir una doctrina, es emplear contra ellas la violencia; pues, desde el momento que sus defensores llevan en sus frentes la aureola del martirio, excitan la admiración y entusiasmo en cuan- tos los contemplan, y arrastran un mayor numero de prosélitos. Mas de una vez he meditado sobre esto que usted y otros afirman sobre la fuerza propagadora entranada por la persecución; y con- fieso ingenuamente que, ora haya escuchado los dictamenes de la filosofia, ora me haya atenido a las lecciones de la historia, jamas he podido persuadirme de que fuese un buen medio de apoyar una causa el perseguirla a sangre y fuego.

En esta parte hay mucha confusión de ideas y de hechos, que es necesario aclarar. Para lograrlo propondré separadamente algu- nas cuestiones de cuya resolución depende el formar acertado jui- cio sobre la principal que se examina. ^Es verdad que la vista de la persecución excite entusiasmo o interés en favor del perseguido? A esta pregunta no se puede responder sin distinguir. O el perse¬ guido es considerado como inocente, o como culpable: en el primer caso, si; en el segundo, no. Lo mas que podra inspirar sera com- pasión; pero ésta nada tiene que ver con el entusiasmo ni el interés de que se trata. En lo que acabo de asentar no cabe duda, y de ello se infiere que, cuando se afirma en general que la persecución honra, que ilustra, que excita simpatias, se dice una verdad si se habla del que es mirado como inocente, y solo con respecto a los que Ie consideran como tal; solo a los ojos de éstos es un verdade- ro perseguido; a los de los otros, no tiene propiamente este carac- ter; no es una victima de la persecución, sino un objeto de la vindic- ta püblica. Resulta de lo dicho que, si en un pais se suscita una persecución contra una causa o una doctrina, si éstas son conside- radas como justas y santas, los que por ellas sufran seran respeta- dos y admirados; pero, si son reputadas falsas, injustas, contra¬ bas al bien comün, entonces el castigo de los criminales, lejos de excitar semejante admiración y respeto, inspirara a lo mas sentimientos de estéril compasión en favor de los que se supongan ilusos, o, como suele decirse, engahados de buena fe.

78 No se hallaban por cierto los martires cristianos en situación favorable, en ninguno de los sentidos que acabo de indicar. Profe- sando una religión diametralmente opuesta a todas las recibidas en la generalidad de los pueblos, predicando que el culto tributado a los dioses reinantes no era mas que criminal idolatna, apartan- dose de las diversiones de los gentiles como de abominaciones nefandas, eran mirados con aversión, con odio, con execración, se los abrumaba de calumnias, se los consideraba como enemi- gos del resto de los hombres, como perturbadores de la sociedad; y, para hacerles apurar las heces del caliz, se les achacaba que en la celebración de sus misterios cometian horrendos crimenes. Na- die ignora el frenesi' con que se pedi'a la sangre de los confeso- res de Jesucristo: los cristianos a las fier as, los enemigos al fue- go\ éste era el grito que se levantaba por todos los angulos del mundo. Cubiertos de insultos, de befa y de escarnio, mientras expiraban entre los tormentos mas atroces, se tenia a gran dicha si en las tinieblas podian salir de sus lóbregas moradas algunos her- manos que diesen sepultura al mutilado cadaver entregado por pasto a los brutos carniceros. Ahora, al contemplarlos sobre los al- tares, al oir que se les entonan himnos de alabanza, al saber que cihen en el cielo la inmarcesible corona cuyos resplandores se re- flejan en los cultos que se les tributan en la tierra, nos cuesta trabajo el concebir todo el horror de la situación en que se hallaban, en los formidables trances de sus tormentos y muerte. No, no veian en torno de si ese respeto, esa admiración que nosotros ahora les ofrecemos; veian, si, el odio, el insulto, la calumnia, y lo que quizas es mas doloroso para el corazón humano, la burla y el desprecio. Solo Dios era su consuelo; solo Dios era su esperanza; solo Dios era su sostén en aquellos terribles momentos en que, luchando con el mundo y consigo mismos, arrostraban impavidos la muerte por confesar la fe del Crucificado. No bastan para semejantes prodigios las causas naturales, no bastan los esfuerzos de la débil humani- dad; a quien no se contente con semejantes razones, Ie opondre- mos el famoso dilema: o estaban sostenidos milagrosamente por el cielo, o no lo estaban; si lo primero, entonces os hallais de acuerdo con nosotros; si lo segundo, os diremos que éste es el mayor de los milagros, el hacer sin milagro cosas tan milagrosas.

Inferiremos de esto que la constancia de los martires no pudo estar sostenida por el placer de excitar admiración y entusiasmo; y 79 asi viene al suelo lo que pudiera decirse: que los honores de la persecución, ilustrando a las victimas, contribuian a destruir el ob- jeto que se proponia el perseguidor.

^Es cierto que el perseguir una doctrina sea buen medio para propagarla? La pregunta parece ya algo extrana, a primera vista; sin embargo, esto es lo que a cada paso se sustenta, contradicien- do abiertamente la filosofia y la historia. Si se afirmase que la ver- dad se abre paso al través de la persecución, el aserto seria muy diferente; pero pretender que la persecución misma haya de ser un vehiculo, es un absurdo; a no suponer que de este vehiculo se sirva para sus altos fines la infinita sabiduria del Todopoderoso.

El hombre ama naturalmente el bienestar, tiene un fuerte ape- go a la vida, un grande horror a la muerte; luego los tormentos y el pati'bulo son poderosos resortes para apartarle de una cau- sa que Ie exponga al riesgo de sufrirlos. «Me habla usted, mi es- timado amigo, de «la belleza del sufrimiento, de la brillante aureola que circunda las sienes de la victima que marcha serena a ofrecer- se en holocausto»; todo esto es verdad; pero temo mucho que no sea muy a propósito para influir sobre la generalidad de los hom- bres; temo mucho que en la practica no se ha de presentar la cosa tan encantadora y atractiva como se nos muestra en los libros. Y no me eche usted en cara que tenga el corazón poco sensible, que no comprendo toda la sublimidad de las acciones heroicas; la sien- to y la comprendo muy bien; pero, tratandose de examinar la reali- dad, y no las ficciones, se me hace preciso atenerme a lo que estoy viendo en las paginas de la historia y me estan ensehando las lec- ciones de la experiencia. óCuantos son los hombres generosos que sacrifican su bienestar, su fortuna y su vida, por la causa de la verdad y de la justicia? Son ahora, y fueron en todos tiem- pos, muy pocos; y la misma admiración que nos inspiran es una prueba evidente de que tan heroica fortaleza no es el patrimonio comün de la humanidad. ^Quiere usted partidarios? Distribuya ho¬ nores, prodigue riquezas, abreve de placeres; que, si no tiene otra cosa que palmas de martirio, bien pronto se quedara usted con po¬ cos rivales que Ie disputen la aureola de una vida de padecimientos y de una muerte afrentosa.

A decir verdad, no creia yo que debiese hallarme en la preci- sión de recordarle a usted estas verdades, que, por tristes, no de- 80 jan de ser verdades; me imaginaba que, siendo usted escéptico, debia de ser algo mas positivo; y que, viviendo en época de vicisi- tudes habria aprendido a conocer mejor a los hombres, y a formar- se ideas mas exactas sobre las inclinaciones de nuestro corazón.

El buen sentido de la humanidad ha rechazado en todos tiem- pos esa invención filosófica de las ventajas de la persecución: los tiranos se han engahado algunas veces abusando desmedida- mente del hierro y del fuego; pero en medio de sus excesos anda- ban guiados de una idea verdadera, cual es, que, para destruir una causa o sofocar una doctrina, es un excelente medio el erizarlas de peligros y de males para cuantos intenten seguirlas. Yo ando buscando en la historia los buenos efectos de la persecu¬ ción en pro de la causa perseguida, y no los encuentro. Hallo una excepción en el cristianismo; pero esto mismo me lleva a pensar que la causa de la excepción esta en la omnipotencia de Dios. El apedreamiento de San Esteban inauguró una era de triunfos, abriendo el glorioso catalogo de los martires cristianos; pero la ci- cuta de Sócrates no veo que les inspirase a los filósofos el deseo de morir: la prudencia ganó mucho terreno: Platón, al anunciar cier- tas verdades delicadas, cuida de encubrirlas con den velos.

Pasando a tiempos posteriores, observo el mismo fenómeno; asi, por ejemplo, la secta de los Priscilianistas, contra la cual se desplegó mucho rigor, veo que se encontró atajada en sus progre- sos hasta extinguirse casi del todo. Una de las religiones que mas extensión han alcanzado, fue sin duda la de Mahoma; y por cierto que sus progresos no se debieron a la persecución, sino a las ar- mas con que arrolló a sus adversarios, y a los halagos con que arrastró gran numero de prosélitos. Cuando las guerras religiosas del mediodia de Francia, en tiempo de los Albigenses, tampoco veo que estos sectarios medrasen con la contrariedad; muy al re- vés, se fueron disminuyendo cada dia, hasta llegar a un estado de postración y casi aniquilamiento.

Me dira usted que el protestantismo cundió y se arraigó a pesar de todos los contratiempos que tuvo que sufrir; y que, asi como la llamada reforma se extendió a pesar de las persecuciones, no es extraho que aconteciese lo propio con respecto al cristianis¬ mo. Yo no sé dónde han encontrado ustedes estas tremendas con- trariedades y persecuciones sufridas por la malhadada reforma; no 81 parece sino que estamos hablando de las épocas de los jeroglifi- cos, pues que de tal manera se trastornan los hechos, y se hacen comparaciones absurdas.

Echemos una ojeada sobre la historia de los primeros tiempos del protestantismo, y veremos que estuvo muy distante de deber sus progresos a las ponderadas persecuciones. En Alemania, des- de el momento de su aparición, conto de su parte muchos y muy poderosos sostenedores: entre ellos algunos principes que lo manifestaron abiertamente, ora protegiendo por varios medios la difusión y arraigo de las nuevas doctrinas, ora apelando a las ar- mas, cuando creyeron llegado el caso de emplear la violencia. Lo que en Alemania, aconteció a poca diferencia en los demas paises del continente, mas o menos infestados por el protestantismo; sin exceptuar a Francia, donde es bien sabido que, a mas de los pa- tronos que encontró en las clases elevadas, pudo contar, durante mucho tiempo, con uno que valia por todos: Enrique IV. No es me¬ nester recordar la historia de Enrique VIII de Inglaterra: nadie ig- nora de cuales medios echo mano este violento monarca para pro- pagar y arraigar el cisma a que Ie lanzara su ciega pasión; y el sis- tema de este perseguidor continuo en los reinados siguientes, con igual, si no mayor, recrudescencia.

A poco de haber nacido, el protestantismo ya tenia en su favor grandes ejércitos, poderosos principes, naciones enteras; <j,qué punto de comparación hay entre la propagación de la llamada re- forma y la de la Religión cristiana? Si no Ie faltaron algunos que se sacrificaron por ella, recuerde que en esto no sucedió sino lo mis- mo que se verifica en todas las causas civiles: siempre de uno y otro lado se ven fogosos partidarios que, o mueren peleando en el campo de batalla, o tienen bastante aliento para arrostrar los ca- dalsos.

Figurémonos que por espacio de tres siglos hubiese debido luchar con las horribles persecuciones de que fue victima el cristia- nismo: ^dónde estaria actualmente? ^Queréis saberlo? Observad lo acontecido en los paises donde se Ie reprimió con mano fuer- te. En Francia tuvo diferentes alternativas de indulgencia y de ri¬ gor; pero tan pronto como se emplearon contra él las medidas se- veras con alguna perseverancia, fue debilitandose, casi hasta llegar a desaparecer. <j,A qué estaba reducido algün tiempo después de la 82 revocación del Edicto de Nantes? Jamas ha podido reponerse de los golpes que Ie descargó Luis XIV; siendo de notar que aun en la actualidad, después de tantos ahos de tolerancia, es todavia muy insignificante. En aquel pais, la inmensa mayoria esta dividida en- tre el catolicismo y la incredulidad.

Lo sucedido en Espaha puede darnos una idea de la fortaleza del protestantismo para hacer frente a la persecución. Sabido es que a mediados del siglo XVI habia alcanzado bastantes prosélitos, siendo tanto mas peligrosos, cuanto pertenecian a categorias dis- tinguidas. La Inquisición, sostenida y alentada por Felipe II, desple- gó contra los sectarios el rigor que nadie ignora: al cabo de poco, ya no se hablaba de partidarios de las nuevas doctrinas. ^Era ésta la conducta de los primeros cristianos? ^Abandonaban tan facil- mente el terreno donde habian logrado hacer algunas conquistas? Digalo el mundo entero, digalo especialmente esta misma Espaha, regada y fecundada con la sangre de tantos martires. Nada vale el alegrar el rigor de la Inquisición; este rigor no podia, por cierto, compararse con el empleado por los procónsules del imperio; por mas horribles que se quieran pintar las penas aplicadas a los here- jes, no se las encontrara semejantes a las que sufriera San Vicen- te.

Lo que se ha dicho de Espaha, puede decirse de Portugal y de Italia, por manera que el protestantismo no llegó a conser- varse en ninguno de los pai'ses en que se vio precisado a arrostrar una contrariedad sostenida. Donde se trató seriamente de extirparle, fue extirpado; presentando un contraste notable con el catolicismo, que aun en los reinos donde sufrió mayores que- brantos, se ha conservado siempre, sin que sus perseguidores ha- yan alcanzado a lograr su completa desaparición. En confirmación de esta verdad, recuérdese lo sucedido en la Gran Bretaha.

Yo no sé, mi estimado amigo, qué es lo que puede responder- se a las razones que acabo de exponer; paréceme que, después de haberlas leido, se Ie habra presentado a usted algo mas robusto el argumento que se funda en la sangre de los martires. Examine usted con detención e imparcialidad este grande hecho, que hace a la vez horrorosas y sublimes las primeras paginas de la historia de la Iglesia; y no dude que vera en él algo maravilloso, que no es po- sible explicar por causas naturales. Creo haber desvanecido las di- 83 83 ficultades que Ie impedian a usted el dar a nuestro argumento toda la importancia que se merece. Como quiera, estoy seguro de que no podra usted echarme en cara que haya esquivado el tratar la cuestión bajo todos los aspectos, ni procurado disminuir en lo mas mmimo la fuerza de la dificultad, para no hallarme en la precisión de deshacerla. Si no he podido avenirme con ideas que daba usted por recibidas, tampoco me he tornado la libertad de rechazarlas sin aducir las razones en que me apoyaba. Tratando uno con escép- ticos, es preciso no mostrarse crédulo en demasi'a; y, por con- siguiente, conviene no aceptar sin examinar, aun cuando sea ne- cesario contradecir autoridades filosóficas que pasan por respeta- bles. Mucho desearia que pudiésemos continuar discutiendo sobre los motivos de credibilidad; pero, atendido el curso que va tomando la polémica, no sé si, después de haber andado usted, primero por el infierno, y después por los cadalsos de los martires, otro dia se me plantara de un vuelo entre los conciertos de los querubines. En- tre tanto vea usted en qué puede complacerle este su seguro ser- vidor Q. B. S. M.

J. B.

84 Carta VI La transición social.

Se examina si la transición es caractenstica de nuestra época. Pruebas históricas de que es genera! a todos los tiempos. Se exa¬ mina si el progreso es la ley de las sociedades. Se admite este principio, pero con alguna restricción. La civilización antigua y la moderna. Nuestros males no son tantos como los de otros tiempos. Causas que contribuyen a abultarlos. El cristianismo nada tiene que temer de las transiciones sodales.

Mi apreciado amigo: Si no tuviera otras pruebas de la verdad que se encierra en aquella doctrina de los católicos de que la Ie es un don de Dios, no me inclinaria poco a tenerla por cierta la expe- riencia de lo que he visto en usted y otros que han tenido la des- gracia de apartarse de la fe de sus mayores. Disputan, escuchan, al parecer con docilidad, hacen concebir las mayores esperanzas de que van a rendirse a la evidencia de los argumentos con que se los apremia, pero al fin salen con un frio qué sé yo, que hiela la sangre, y disipa de un golpe todas las ilusiones del fiel que estaba anhelando el momento de ver entrar en el redil la oveja extraviada. Asi lo hace usted en su ültima; nada tiene que objetarme a lo que he dicho sobre la sangre de los martires, confiesa que ninguna reli- gión puede presentar un argumento semejante, se manifiesta satis- fecho del contenido de mis anteriores con respecto a los varios puntos que formaban el objeto de sus dudas; y, cuando me saltaba el corazón de alegria pensando que iba usted a decidirse, no diré a entrar de nuevo en el nümero de los creyentes, pero si a engolfarse mas y mas en la discusión con el deseo de hallar definitivamente la verdad, me encuentro con la desoladora clausula que me ha llena- do de una profunda tristeza. «^Qué sabemos nosotros, dice usted con un abatimiento que me penetra el corazón, qué sabemos noso¬ tros? jEl hombre es tan poca cosa!...Volvemos la vista en derredor, y no vemos mas que tinieblas. ^Quién sabe dónde esta la ver¬ dad?; ^quién sabe lo que sera con el tiempo de esa fe, de esa Igle- sia, que usted cree que ha de durar hasta la consumación de los 85 siglos? Yo no desprecio la religión, veo que el catolicismo es un hecho tan grande que no acierto a explicarle por causas ordinarias; usted apela a la historia, usted me apremia a que Ie cite algo de semejante; ya Ie he dicho otras veces que no me agrada atrinche- rarme en impotentes negativas, que no me gusta resistirme a la evidencia de los hechos; pero ^qué quiere usted que Ie diga? No puedo oreer. Estoy contemplando la sociedad actual, y me parece que su inquietud esta dando indicios de que el mundo se halla en visperas de acontecimientos colosales; con una revolución intelec- tual y moral debe inaugurarse indudablemente la nueva era, y en- tonces quizas se aclare un tanto ese negro horizonte donde nada se descubre sino error e incertidumbre. Dejemos que transcurra esa época de transición, que tal vez nuevos tiempos nos desci- fraran el enigma.»