Volvamos la medalla y miremos su reverso: imaginémonos que en nuestro siglo callan de repente la prensa y la tribuna, que 98 se desvi'a de la politica la atención püblica, que no se piensa en las cuestiones sobre la organización social, que los amos se ocu- pan ünicamente de sus negocios, los jornaleros de su trabajo, que nadie cuida de contar cuantos pobres hay en Inglaterra, en Francia y los demas paises, que no circulan las narraciones de los padeci- mientos de las clases menesterosas, con el calculo de las onzas de pan o de patatas que toean al infeliz trabajador o a sus hijos, y con la descripción de la triste y mugrienta habitación en que se ve pre- cisado a albergarse, y que, con todo, siguiese como ahora el mo- vimiento de la industria, y se ocupasen los mismos brazos, y fue- sen los mismos los salarios, y el mismo el precio de los alimentos y vestidos, ^no es claro que nuestro estado social no se mostrana con tan negros colores, ni verfamos tan amenazador el porve- nir?
Véase pues, mi estimado amigo, con cuanta razón he dicho que nuestros males eran mayores porque pensabamos dema- siado en ellos, porque, hay mil medios y motivos de recordarlos, de exagerarlos, y porque el estado actual de la civilización lleva ne- cesariamente consigo el acto reflejo de ocuparse en si misma. Y no crea usted que yo esté mal avenido con que se dé la conveniente publicidad a los sufrimientos del pobre, ni que desee que se im- ponga silencio a la clase que sufre, para que no cause siquiera el padecimiento de algunas molestias y zozobras a la clase que goza; solo he querido indicar un caracter de nuestra época, sehalando la razón de que parezea tener otras particularidades, que se Ie atribu- yen como propias, no obstante, de serie comunes con todas las que la han precedido. Que, por lo tocante a las simpatias en favor de la clase menesterosa, a nadie cedo; y, respetando como es de- bido la propiedad y demas legitimas ventajas de las clases altas, no dejo de conocer la sinrazón y la injusticia que a menudo las des¬ lustra y las daha.
Me inclino a oreer que, si usted no ha adoptado mis opiniones en todas sus partes, al menos convendra en que no son para des- atendidas, supuestos los argumentos en que las he apoyado; y es- toy seguro de que en adelante, se parara usted algo mas en el ver- dadero sentido de la palabra transición, y no Ie dara tanta impor- tancia como antes Ie concedia. Ciertamente no alcanzo cómo se ha podido meter tanto ruido con estas y otras expresiones semejantes, 99 cuando, bien analizadas, no se encuentra que signifiquen otra cosa que la instabilidad de las cosas humanas: instabilidad cuyo co- nocimiento no data ciertamente de los tiempos modernos.
Asi, tampoco concibo cómo se atreven algunos a pronosticar la muerte del catolicismo, fundandose en que el nuevo estado a que van a pasar las sociedades, no podra consentir ni los dogmas ni las formas de esta religión divina; como si el mundo hubiese permanecido durante diez y ocho siglos sin ninguna clase de mu- danza; como si la fe y las augustas instituciones que nos dejó Je- sucristo, necesitasen para conservarse de las obras del hombre.
^Acaso la organización social del primer siglo del cristianismo no era muy diferente de la del tiempo de Teodosio el Grande? ^Acaso la Europa de los barbaros se parecia en nada a la Europa del imperio? ^Acaso la época del feudalismo se asemejaba a los trastornos de la irrupción de las hordas del Norte, ni la prepotencia de los barones a la pujanza de la monarquia? ^Acaso el siglo de Francisco I fue el siglo de Luis XIV, ni éste el de Luis Felipe? Se verificaron en ese espacio de diez y ocho siglos revoluciones colo- sales, pasaron sobre la sociedad europea vicisitudes innumerables, la vida püblica y privada de los pueblos se modificó, se cambió de mil maneras; y, sin embargo, la religión, permaneciendo la misma, sin prestarse a ninguna de aquellas transacciones que la destruirian por su base, ha podido y sabido acomodarse a lo que demandaba la diversidad de tiempos y de circunstancias; sin hacer traición a la verdad, no ha perdido de vista el curso de las ideas; sin sacrificar a las pasiones la santidad de la moral, ha teni- do en cuenta las mudanzas de los habitos y de las costum- bres; sin alterar su organización interior en lo que tiene de inaltera- ble y de eterno, ha creado infinita variedad de instituciones acomodadas a las necesidades de los pueblos sometidos a su fe.
^Ignora usted estos hechos, mi estimado amigo?, <j,hay en ellos algo que consienta ni disputa siquiera? Deje usted, pues, esas palabras vanas que nada significan, que solo sirven a nutrir con vagas generalidades ese fatal estado de duda y de escepticismo que es la verdadera agonia del espiritu. Bien conoce usted que no aborrezco el progreso de la sociedad, que lo miro como un bene- ficio de la Providencia, que no soy pesimista, ni me complazco en condenar todo cuanto existe y todo cuanto se columbra en el porvenir; pero deseo que se distinga lo bueno de lo malo, la verdad del error, lo sólido de lo fütil; deseo hacer lo que Vds, los escépticos nos exigen, y que, sin embargo, no practican: examinar con buena fe, juzgar con imparcialidad. Queda de usted su affmo. Q. B. S. M.
J. B.
Carta VII La tolerancia.
La gracia y la fe. Doctrina católica sobre la fe. Historieta de un eclesiastico. Observaciones sobre la intolerancia de ciertos hom- bres. Injusticia e intolerancia de los incrédulos. Se pone de mani- fiesto que un fiel puede tener idea clara del estado de espiritu de un incrédulo. Lo que debe hacer un católico antes de disputar con un incrédulo. En las disputas religiosas es necesario guardarse del orgullo.
Mi estimado amigo: Mucho me complace lo que usted se sirve insinuarme en su ültima de que, si bien mis reflexiones no han po- dido decidirle todavia a salir de esa postración de espiritu que se llama escepticismo, al menos han logrado convencerle de un hecho que usted consideraba poco menos que imposible; esto es, que fuese dable aliar la fe católica con la indulgencia y compasiva to¬ lerancia con respecto a los que profesan otra diferente, o no tienen ninguna. Bien se conoce que usted, a pesar de haber sido educado en el catolicismo, se ha dejado imbuir demasiado en las preocupaciones de los impios y de algunos protestantes, que se han empehado en pintarnos como furias salidas del averno, que ünicamente respiramos fuego y sangre. Usted me da las gracias porque «sufro con paciente calma las dudas, la incertidumbre, las variaciones de su espiritu»: en esto no hago mas que cumplir con mi deber, obrando conforme a lo que prescribe nuestra sacrosanta religión; la cual da tan alta importancia a la salvación de un al¬ ma, que, si toda una vida se consagrase a la conversión de una so- la y esto se consiguiese, debieran tenerse por bien empleados los trabajos mas penosos.
Mis profundas convicciones, o, hablando mas cristianamente, la gracia del Sehor, me tiene firmemente adherido a la fe católica; pero esto no me impide el conocer un poco el estado actual de las ideas, y la diferencia de situaciones en que se encuentran los espi- ritus. Un escéptico me inspira viva compasión, porque desgracia- damente son muchas, en los tiempos que corren, las causas que pueden conducir a la pérdida de la fe; y asi es que, al encon- trarme con alguno de esos infortunados, no digo nunca con orgullo non sum sicut unus ex istis, «no soy como uno de éstos». El verda- dero fiel que esta profundamente penetrado de la gracia que Dios Ie dispensa, conservandole adherido a la religión católica, lejos de ensoberbecerse, ha de levantar humildemente el corazón a Dios, exclamando de todas veras: Domine, propitius esto nnihi peccatori; «Sehor, tened misericordia de este pecador».
Me acuerdo que, al seguir mi curso de teologia, se explicaba en la catedra aquella doctrina de que la fe es un don de Dios, y que no bastan para ella, ni los milagros, ni las profecias, ni otras pruebas que demuestran claramente la verdad de nuestra religión, sino que, ademas de los motivos de credibilidad, se necesita la gracia del cielo; a mas de los argumentos dirigidos al entendimien- to, es menester una pfa moción de la voluntad, pia motio voluntatis; y confieso ingenuamente que nunca entendi bien semejante doctri¬ na, y que, para comprenderla, me fue necesario dejar aquellas mansiones donde no se respiraba sino fe, y hallarme en situacio- nes muy varias y en contacto con toda clase de hombres. Entonces conoci perfectamente, senti con mucha viveza cuan grande es el beneficio que dispensa Dios a los verdaderos fieles, y cuan dignos de lastima son aquellos que en apoyo de su fe solo reclaman el auxilio de los motivos de credibilidad, solo invocan la ciencia y se olvidan de la gracia. Repetidas veces me ha sucedido encontrar- me con hombres que, a mi parecer, veian como yo las razones que militan en favor de nuestra religión; y, sin embargo, yo creia, y ellos no; ^de dónde esto?, me preguntaba a mi mismo: y no sabia dar- me otra razón, sino exclamar: misericordia Domini quia non sumus consumpti.
Con este preambulo conocera usted, mi querido amigo, que sus dudas no han debido cogerme de improviso, ni me han ocasio- nado aquel estremecimiento que naturalmente me causaran si no hubiese tenido a la vista las reflexiones que preceden; bien que de paso me permitira usted que no apruebe la dura invectiva a que se abandona contra las personas intolerantes. ^Sabe usted que en sus palabras se hace culpable de intolerancia, y que un hombre no Mega a ser perfectamente tolerante sino cuando tolera la misma intolerancia? Pongamonos por Dios de buena fe, y no miremos las cosas con espiritu de parcialidad. Me hace usted el favor de decirme que «ya me conceptuaba con bastante conocimiento del mundo para no imitar el ejemplo de aquellas personas que no pueden soportar la menor palabra contra su fe, y que, constituyén- dose desde luego los heraldos de la divina justicia, no aciertan sino a mentar la hora de la muerte, el infierno, y que acaban por romper bruscamente con quien ha tenido la imprudencia o poca cautela de franquearles su espiritu». Me refiere usted la historieta de aquel buen eclesiastico que antes Ie distinguia a usted con particulares muestras de aprecio y de amistad, y que se horrorizó de tal suerte al saber trataba con un incrédulo, que fue preciso cortar toda clase de relaciones. Me parece, mi querido amigo, que en las propias pa- labras de usted encuentro yo la apologia de la persona a quien us¬ ted tanto culpa; y a los ojos de quien mire las cosas con verdadera imparcialidad, no se Ie hara tan extraha semejante conducta. «Era, dice usted mismo, un joven de conducta irreprensible, de costum- bres severas, de un celo ardiente, pero tenia la desgracia de no haber tratado jamas sino con personas devotas, de no haber mane- jado otros libros que los del seminario, y apenas Ie parecia posible que circulasen en el mundo otras doctrinas que las que se Ie ha- bian ensehado por espacio de algunos ahos en el colegio de donde acababa de salir. Tuve la imprudencia de responder con una burlona sonrisa a una de sus observaciones sobre un punto delicado, y desde entonces quedé perdido sin remedio en su opinión.» Y bien, usted se queja en substancia de que aquel joven no tuviese habi- tos de tolerancia: ^dónde queria usted que los hubiese aprendi- do? El espiritu de aquel hombre, ^podia estar dispuesto para el ataque que contra sus creencias se permitió su contrincante, con la significativa sonrisa? óNo es demasiado exigente quien pide se- renidad a un hombre que, quizas por primera vez, mira comba- tido o despreciado lo que él considera como més santo y au- gusto?
Es grave desacuerdo y ademas una solemne injusticia el in- culpar la conducta de quien, guiado por un entendimiento convencido y un corazón recto, se porta cual por necesidad debe portarse, atendidas la educación e instrucción que ha recibi- do, y las circunstancias que Ie han rodeado en todo el curso de su vida. Nuestro espiritu se forma y se modifica bajo la influencia de mil causas, y a ellas es preciso atender, cuando se quiere formar exacto juicio sobre la situación en que se encuentra, y el sendero que probablemente haya de seguir. Lo demas es empenarse en violentar las cosas, sacandolas de su quicio. ^Pretenderia usted que un misionero encanecido en su santa carrera tenga el mismo modo de mirar los objetos que cuando salió de los estudios?, ^no fuera esta una pretensión extrana? Es cierto que si; pues no menos lo seria el exigirle ya en su primera juventud el mismo comporta- miento que Ie han ensenado largos anos de trabajos apostólicos en lejanos y variados paises.
Es poco menos que imposible, sin larga practica del mun- do, saber colocarse en el puesto de los otros, haciéndose cargo de las razones que los impelen a pensar u obrar de esta o aquella manera; y es mucho mas dificil en materias religiosas, refiriéndose éstas a lo que hay de mas mtimo en el alma del hombre: cuando estamos vivamente poseidos de una idea, se nos hace incon- cebible que los demas puedan mirar con indiferencia lo que nosotros contemplamos como lo mas importante en esta vida y en la venidera. Por cuyo motivo, no hay asunto que mas a pro- pósito sea para exaltar el animo; y es de aqui que las guerras que se han hecho a titulo de religión, han sido siempre muy obstinadas y sangrientas. Quisiera yo que de estas reflexiones se penetrasen los que a roso y velloso, como suele decirse, hablan contra la into- lerancia, pues que, de esta suerte, no sucediera tan a menudo que hombres en extremo intolerantes en todo lo que concierne a la religión, no quieran sufrir la intolerancia con que a su vez les corresponden las personas religiosas.
Bien comprendera usted, mi querido amigo, que no deseo yo prevalerme de estas reflexiones para mostrarme intolerante; pues que, si me he extendido algün tanto sobre el particular, ha sido con la idea de desvanecer la prevención con que por algunos es mirada la intolerancia de ciertas personas, resultando que se estiman en menos hombres, por otra parte, muy dignos de aprecio.
Me habla usted de la dificultad de entendernos, siendo tan opuestas nuestras ideas, y habiendo sido tan diferente nuestro te¬ nor de vida: es bien posible que dicha dificultad exista; sin embar¬ go, por lo que a mi toca, no alcanzo a veria. ^Creeria usted que hasta llego a comprender muy bien esa situación de espiritu en que se fluctüa entre la verdad y el error, en que el espiritu, sediento de verdad, se encuentra sumido en la desesperación por la impotencia de encontrarla? Se imaginan algunos que la fe esta renida con un claro conocimiento de las dificultades que contra ella pueden ofre- cerse al espiritu; y que es imposible oreer desde el momento que en él penetran las razones que en otros producen la duda; no es asi, mi querido amigo: hombres hay que creen de todas veras, que humillan su entendimiento en obsequio de la fe con la misma doci- lidad que hacerlo puede el mas sencillo de los fieles, y que, sin embargo, comprenden perfectamente lo que pasa en el alma del incrédulo, y que asisten, por decirlo asi, a sus actos interiores, co- mo si los estuvieran presenciando.
Es una ilusión el pensar que no se puede tener idea clara de un estado sin haber pasado por él, y que no alcanza a com- prender un cierto orden de ideas y de sentimientos sino quien haya participado de ellos. Si asi fuese, ^dónde estarian los escritores capaces de inventar en literatura? Mucho se siente que no se con- siente; y, cuando no se Mega a sentir, hay la imaginación, que en muchos casos suple por el sentimiento. Nosotros, los cristianos, podemos traer a este propósito las tentaciones, materia que, si a usted no Ie parece muy filosófica, no dejara de interesarle su apli- cación. Leemos en las vidas de los santos que Dios permitia que les asaltase el demonio con pensamientos y deseos tan contrarios a las virtudes que ellos con mas ardor practicaban, que les era ne- cesario llamar en su auxilio toda su confianza en la misericordia di- vina para no creerse abandonados del cielo, y culpables de los mismos pecados que mas detestaban en el fondo de su alma. Cuando tan violenta era la acometida, que les hacia concebir temo- res de haber sucumbido; cuando tan vivas eran las imagenes con que a su fantasia se presentaban los objetos malos, que, a pesar de la aversión que les profesaban, se los hacian tornar como una realidad, bien se concibe que no dejarian aquellas santas almas de comprender el estado de un hombre que se hallase encenagado en los mismos vicios. Esto que alla, en los primeros ahos de su edad, habra usted leido en algunos de aquellos libros que no debian de escasear en el colegio, Ie hara conocer cómo nosotros, que ni por asomo podemos lisonjearnos de santos, habremos sentido una y mil veces germinar en nuestra alma algunas de las innumerables miserias intelectuales y morales de que adolece la triste humani- dad; y que, siendo una de éstas el escepticismo, fuera muy raro que no se hubiera presentado a las puertas de nuestra alma como huésped de mal agüero. Cerradas las conserva el verdadero fiel, y, ayudado de los auxilios de la gracia, desafia a todas las potestades del infierno a que las rompan, si pueden; pero acontece entonces lo que nos dice el apóstol San Pedro: «Anda dando vueltas el diablo como león rugiente buscando a quien devorar». Créalo usted, mi estimado amigo; resistiéndole fuertemente con la fe, no ha podido mordernos, pero conocemos bien su rugido.
Sobre todo en el siglo en que vivimos, es poco menos que im- posible que esto no suceda a los hombres que por una u otra cau- sa se hallan en contacto con él. Ora cae en las manos un libro lleno de razones especiosas y de reflexiones picantes; ora se oyen en la conversación algunas observaciones en apariencia juiciosas y atinadas, y que a primera vista como que hacen vacilar los sóli- dos cimientos sobre que descansa la verdad; tal vez se fatiga el espiritu y se siente como sobrecogido por una especie de tedio, desfalleciendo algunos momentos en la continua lucha que se ve forzado a sostener contra infinitos errores; tal vez, al dar una ojeada sobre la falta de fe que se nota en el mundo, sobre la mu- chedumbre de religiones, sobre los secretos de la naturaleza, sobre la nada del hombre, sobre las tinieblas de lo pasado y los arcanos de lo venidero, desfilan por la mente pensamientos terribles. An- gustiosos instantes en que el corazón se inunda de cruel amargura, en que un negro velo parece tenderse sobre cuanto nos rodea, en que el espiritu, agobiado por el aciago fantasma que Ie abruma, no sabe a dónde volverse, ni Ie queda otro recurso que levantar los ojos al cielo y clamar: Domine, salva nos, perimus; «Sehor, sal- vadnos, que perecemos.»
Asi permite el Senor que sean probados los suyos, y hace mas meritoria la fe de sus discipulos; asi les ensena que para oreer no basta haber estudiado la religión, sino que es necesaria la gra¬ cia del Espiritu Santo. Mucho fuera de desear que de esta verdad se convenciesen los que se imaginan que no hay aqui otra cosa que una mera cuestión de ciencia, y que para nada entran las bon- dades del Altisimo. ^Sabe usted, mi querido amigo, lo primero que debe hacer un católico cuando Ie viene a la mano algün incrédulo en cuya conversión se proponga trabajar? Cree usted, sin duda, que se han de revolver los apologistas de la religión, recorrer los apuntes propios sobre las materias mas graves, consultar sabios de primer orden, en una palabra, pertrecharse de argumen- tos como un soldado de armas. Conviene, en verdad, no descuidar el prevenirse para lo que en la discusión se pueda ofrecer; pero an¬ te todo, antes de exponer las razones al incrédulo, lo que debe ha- cerse es orar por él. Digame usted, ^quién ha hecho mas conver- siones, los sabios, o los santos? San Francisco de Sales no com- puso ninguna obra que bajo el aspecto de la polémica se llegue a la Historia de las variaciones de Bossuet; y yo dudo, sin embargo, que las conversiones a que esta obra dio lugar, a pesar de ser tan- tas, alcancen ni con mucho a las que se debieron a la angélica un- ción del Santo Obispo de Ginebra.
Por ahi puede usted conocer, mi querido amigo, que no las ha con lo que suele llamarse un disputador, ni un ergotista; y que, por mas que aprecie en su justo valor la ciencia, y particularmente la eclesiastica, tengo muy grabada en el fondo del alma la saludable verdad de que los caminos de Dios son incomprensibles al hombre, de que es vano confiar en la ciencia sola, y que algo mas que ella se necesita para conservar y restaurar la fe.
Pedia usted tolerancia y tolerancia Ie ofrezco, la mas amplia que encontró jamas en hombre alguno; se arredraba usted por la dificultad que habia de mediar en entendernos; y no dudo que con mis aclaraciones se habra desvanecido semejante recelo; como no temo tampoco que se figure usted en adelante que Ie haya yo de salir al paso con lo que apellida sutilezas de escuela, y argumentos valederos para personas ya convencidas. Si usted, pues, se sirve continuar proponiéndome las principales dificultades que Ie impiden volver a la religión que comienza a echar de menos a los pocos ahos de perdida, yo procuraré responderle como mejor alcanzare; pero sin pretender ninguna palma si quedare usted satisfecho, ni darme por abochornado si continuare en su incredulidad.
Cuando se combate contra los enemigos de la religión, que solo buscan medios de atacarla valiéndose de cuanto les sugieren la astucia y la mala fe, entonces la disputa puede to¬ rnar el caracter de un combate en regla; pero, cuando tiene uno la fortuna de encontrarse con hombres que, si bien han te- nido la desgracia de perder la fe, desean, no obstante, volver a ella, y buscan de corazón los motivos que puedan conducirlos a la misma, entonces el hacer alarde de la ciencia, el mostrar espi'ritu de disputa, el pretender el laurel del vencimiento, es un insopor- table abuso de los dones de Dios, es un completo olvido de los caminos que, segün nos ha manifestado, se complace el Senor en seguir, es sacar a plaza el orgullo, es decir, el enemigo declarado de todo bien, y el mas grave obstaculo para que puedan aprove- charse las mejores disposiciones.
Si se hace de la disputa religiosa un asunto de amor pro- pio, ócómo podemos prometernos que la gracia del Senor fe- cundara nuestras palabras? Los apóstoles convirtieron el mun- do, y eran unos pobres pescadores; pero no confiaban en la sabi- duria humana, ni en la elocuencia aprendida en las escuelas, sino en la omnipotencia de Aquel que dijo: «hagase la luz, y la luz fue hecha.» Bien comprendera usted que no por esto desprecio la ciencia; el mejor medio de conservarla y ennoblecerla es sehalarle sus limites, no permitiéndole el desvanecimiento del orgullo.
Esa impotencia para creer de que usted se lamenta, no de- be confundirse con imposibilidad: es una flaqueza, una postra- ción de espiritu, que desaparecera el dia que al Senor Ie pluguiera decir al paralftico: «Levantate, y camina por el sendero de la ver- dad.»
Entre tanto yo oraré por V.; y si bien el estado de su espiritu no es muy a propósito para hacer lo mismo, sin embargo, todavia me atreveré a decirle que ore usted, que invoque al Dios de sus padres, cuyo santo nombre aprendió a pronunciar desde la cuna, y que Ie suplique Ie conceda el llegar al conocimiento de la verdad. Quizas joh pensamiento de horror!, quizas pensara usted: ^cómo puedo llamar a Dios, si en ciertos momentos, abatido por el escep- ticismo, hasta siento flaquear mi ünica convicción, y no estoy bien seguro ni de su existencia?...No importa: haga usted un esfuerzo para invocarle; Él se Ie aparecera, yo se lo aseguro: imlte usted al hombre que, habiendo cai'do en una profunda sima, no sa- biendo si es capaz de oirle persona humana, esfuerza no obstante, la voz, clamando auxilio.
Cuente usted con el entrahable afecto y la consideración de este S. S. S. Q. B. S. M.
J. B.
Carta VIII Doctrinas falsas sobre la inmortalidad del alma, la liber- tad del hombre y la duración del mundo.
Los nuevos espiritualistas franceses y alemanes. Sus doctrinas con respecto a las pruebas metaffsicas de la inmortalidad del alma, de la libertad del hombre y duración del mundo. Observaciones sobre la abnegación de la razón. Su vanidad intolerable.
Mucho me alegro, mi estimado amigo, de que nada tengan que ver con usted los argumentos que aducir suelen los apologis- tas de la religión contra los defensores del materialismo y de la cie- ga casualidad, y no puedo menos de felicitarle por «hallarse ya, como me dice en su apreciada, radicalmente curado de su afición a los libros donde se ensenan las doctrinas de Volney de La Mettrie». A decir verdad, no esperaba menos del claro talento y noble cora- zón de usted, pues no concilio cómo, en poseyendo semejantes cualidades, sea posible leer obras de esta clase. Yo de mi sabré decir que las encuentro tan faltas de solidez como abundantes de mala fe; y que lejos de apartarme de la religión, me afirman mas y mas en ella: los convulsivos esfuerzos del error impotente dan una idea mas grande de la verdad. Sin embargo, me permitira us¬ ted que Ie advierta del error en que incurre cuando dispensa tan pomposos elogios a los nuevos espiritualistas alemanes, franceses; pues nada menos les atribuye que el ser los restauradores de las buenas doctrinas, devolviendo a la humanidad los titulos de que la despojara la filosofia volteriana. Cada época tiene sus opiniones y presiones de buen tono; ahora no podria uno pertenecer a la escuela del siglo XVIII, aun cuando lo quisiese: es preciso hablar del espiritualismo de Kant, Fichte, Schelling, Hegel, Cousin, y desechar el sensualismo de Destutt-Tracy, Cabanis, Condillac y Locke, si no se quiere pasar plaza de rezagado en materia de conocimientos filosóficos. Enhorabuena que no se profese nin- guna religión, pero es indispensable tener siempre en boca el sen- timiento religioso, los destinos de la humanidad, y hasta no escru- pulizar de vez en cuando en pronunciar las palabras Dios y Providencia. Hablando ingenuamente, cuando he lefdo en su apreciada de usted los nombres que acabo de recordar, no he podido con- vencerme de que usted se hubiese devanado mucho los sesos en el estudio de altas y abstrusas cuestiones metafisicas; mas bien me inclinaria a oreer que sus ideas sobre el particular habran sido cogidas al vuelo en los periódicos, sin haberse tornado mucha pena en aclararlas y analizarlas. No Ie culpo a usted por esto, pues al fin sus opiniones, como de un simple particular, no ejerce- ran influencia sobre el püblico; que, si se tratase de un escritor, que debe siempre saber lo que recomienda o censura, entonces me tomaria la libertad de amonestarle que anduviese mas recatado en sus deseos de introducirnos innovaciones que podran sernos muy dahosas.
<j,Sabe usted lo que es la filosofia alemana? ^Tiene usted no- ticia de sus tendencias, y hasta de sus expresas doctrinas sobre Dios y el hombre? ^Cree usted que el abismo a donde conduce es mucho menos profundo que el de la escuela de Voltaire? ^Piensa usted, por ventura, que Schelling y Hegel son legitimos sucesores de su compatriota Leibnitz, de ese grande hombre que, segün la expresión de Fontenelle, conducia de frente todas las ciencias, y que, a pesar de lo que puede objetarse contra algunos de sus sis- temas, abrigaba, no obstante, tan altas ideas sobre la religión y tan- tas simpatias por la católica?
La filosofia de Leibnitz ha ejercido mucha influencia en Ale- mania, y a él se debe, en parte, que no se introdujeran alli las doc¬ trinas materialistas de la escuela francesa del siglo pasado. Sea cual fuere el concepto que se forme de sus sistemas, no puede ne- garse que, al paso que revelaban un genio eminente, contribuian a elevar el espiritu, a darle una viva conciencia de su grandor, y de que no podia de ningün modo confundirse con la materia. Que si se Ie echa en cara su extremado idealismo, responderemos que éste ha sido el achaque de los mas altos pensadores, desde Platón has¬ ta Bonald.
Para Leibnitz no era Dios el alma de la naturaleza o la natura- leza misma, como sustentan algunos filósofos modernos; sino un Ser infinitamente sabio, poderoso, perfecto en todos sentidos; el pantei'smo, que tan lastimosamente ha extraviado en los ülti- mos tiempos a ciertos pensadores alemanes, era, en concepto de Leibnitz, un sistema absurdo. El alma humana tampoco la consi- deraba el ilustre filósofo como una especie de modificación del gran Ser que todo lo absorbe y con todo se identifica, como opinan los panteistas; sino que la tenia por una substancia espiritual, esen- cialmente distinta de la materia, asi como infinitamente distante del Criador que Ie ha dado la existencia.
Sabido es que impugnó victoriosamente el sistema de Espino¬ sa, y que, en tratandose de Dios y de la inmortalidad del alma, los principios de la moral, y los premios y castigos de la otra vida, no podia sufrir que el espiritu del error esparciese sus tinieblas sobre tan sagrados objetos. «No puede dudarse, escribia a Molano, que el sapienti'simo y poderosisimo gobernador del universo tiene destinados premios para los buenos y castigos para los malos, y que esto lo ejecuta en la vida futura, ya que en la presente quedan impunes muchas acciones malas, y muchas buenas sin recompensa.» Este lenguaje no es, por cierto, el de los mo- dernos panteistas, y por él se echa de ver que los filósofos alema- nes, al resucitar el sistema de Espinosa, se han desviado de las huellas de su ilustre antecesor. No ignoro que los escritores alema- nes a quienes aludo, conservan todavia la abstracción y el senti- mentalismo propios de su nación, y que no participan de la ligereza y trivialidad que ha caracterizado a los incrédulos de la escuela francesa; pero es preciso no olvidar que el sentimiento no basta cuando no esta enlazado con la convicción, y que el corazón ejer- ce muy mal sus funciones cuando éstas son contrarias al im- pulso de la cabeza.
Ademas, si la Alemania continüa en sus ideas impias, al fin se resentira de ellas el caracter; y el sentimiento religioso, ya muy de- bilitado por el protestantismo, vendra a extinguirse en manos de la impiedad. Disfracese como se quiera la doctrina del pantefsmo, entraha la negación de Dios; es el atei'smo puro, solo que torna otro nombre. Si todo es Dios, y Dios es todo, Dios sera nada; lo ünico que existira sera la naturaleza con su materia, y sus leyes, y sus agentes de diversos órdenes; todo lo cual lo admi- ten muy bien los ateos, sin que por esto entiendan que han abjura- do su sistema. Si la criatura piensa que es una parte del mismo Dios, o Dios mismo, por el mismo hecho niega la existencia de un Dios que Ie sea superior y pueda pedirle cuenta de sus obras; la divinidad sera para él un nombre vano, y podra adherirse al dicho del aleman que, al levantarse de un banquete, exclamaba: «todos somos dioses que hemos comido muy bien.»
La religiosidad de Leibnitz era por cierto mas sólida y profun- da. Véase cómo desenvuelve sus ideas en el lugar arriba citado. «El olvidar en esta vida el cuidado de la venidera, que esta in- separablemente unida con la divina Providencia, y el contentarse con cierto Inferior grado de derecho natural, que también puede tenerlo un ateo, es mutilar la ciencia en sus mas bel las partes, y destruir muchas buenas acciones. ^Quién correra el peligro de su fortuna, dignidad y vida, por sus amigos, por su patria, por la re- püblica, ni por la justicia y la virtud, si, arruinados los demas, él puede continuar viviendo entre los honores y la opulencia? Porque, el posponer los bienes verdaderos y positivos a la inmortalidad del hombre, a la fama póstuma, es decir, a un rumor del cual nada nos llegaria, <j,no fuera una virtud de un brillo bien falso?»
No me propongo examinar todas las opiniones de los filósofos alemanes, ni deslindar hasta qué punto sean admisibles; solo me limitaré a hacer resaltar algunos de sus errores principales, ci- tando el autor que las haya inventado o prohijado, y sin pretender que caiga la responsabilidad sobre los pensadores de dicha nación que no sigan en la misma senda.