SigPhi · Jaime Balmes

Curso de Filosofía Elemental

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ÉTICA) 467 conozca mejér su utilidad, y un medio para que la busgue. Con semejante doctrina, se ennoblecen todas las pe- nas, no hay ninguna vergonzosa; el criminal castigado noes mas que un infeliz que erró un cálculo, y á quien $e enseña á talcular mejor. En. tal supuesto, no puede haber ninguna pena final, ni aun en lo humano; y habria mucha. inconsecuencia, si no se coridenase la pena de muerte.. a Ñ -220. La: doctrina que quita 4 las penas el carácter. de expiación, y les dejá únicamente el de correccion, parece á. primera vista muy humana; ¿qué cosa mas filantrópica que atender tan solo al bien del mismo cul- pable? Sin emhargo, examinándola á fondo se la encuen- tra inmoral, subversiva de las'ideas de justicia, con- traria á los sentimientos del corazon, y altamente cruel. 221. Sila pena no tiene ótro objeto que la correccion del culpable, -se sigue que el órden moral no exige nin- guna reparacion, sean cuales fuesen las infracciones que padezca: esto-equivale á decir que no hay moralidad, que semejante idea es del todo vacía. El equilibrio de la paturaleza tiene 'sus medios de conservacion y resta- blecimiento; ¿y se pretenderá qué de ellos carezca el mundo moral? Dios quiere el bien moral, la criatura en fuerza de su libertad no lo quiere: ¿prevalecerá lá voluntad de la criatura contra la del Criadar, no solo en la consumacion del acto.malo, sino tambien en todas sus consecuencias, quedando Dios sin medio alguno para restablecer el equilibrio moral y el órden destruido? 222. Otra consecuencia se'sigue de esta doctrina, y' gs, que la pena debiera ser taíto menos aplicable, cuan- to menos esperanza hubiese de enmienda: por manera ue, si suponemos una voluntad tan firme que una vez cidida par el mal fuese muy dificil apartarla de él, la pena cási no tendria objeto; y si hubiese certeza de que no se apartaria del mal, la pena no debiera aplicarse. ¿A qué la correccion, cuando no hay esperanzá de en- mienda? Esta doctrina es horrible; porque en vez de aumentar -la pena en Le pad cia de la maldad, la dis- minuye: y al extremo del crímen, á la obstinacion en cometerle, le otorga el privilegio de la inmunidad de indo castigo...> "+ A EN A - e pe e Véase pues con cúánta verdad he dicho que a preten- dida dulzura de la correccion era profundamente inmo- ral: no es nuevo que se cubran con el manto de lá lilan- tropía las apologías del crimen.

223. El culpable castigado por. pura corteteion no está bajo la maño de la justicia, Sino de'la medicina: ¿con qué derechio se le cura si él no quiere? Hé aquí el diálogo entre el penado y el juez.

Has cometido un delito, y se te aplitan seis. años de prision.”.

- ¿Con qué objeto?

Para que te corrijas.

¿Con qué se trata solamente de mi bien?

No de outra cosa.

Pues entonces, yo renuncio 4 este favor: No se admite la renuncia.

¿Porqué? ¿no se tráta de mi bien? pues si yo no lo uiero, ¿con qué razon Se me-ob'!iga e acepr el bien e estar encerrado?: Es preciso que la ley se cumpla. | De esta precision me quejo,:v digo que es. injústa. Se me quieren hacér favores; yá Ja fuerza se me obliga á aceptarlos, Si el juez no apela $ las ideás de escarmiento para los demás, ya que no quiera hablar de. expiacion, es nece- sario confesar que no puede responder á las objeziones del delincuente; pero si habla de algo que no sea pura correccion, se aparta de la teoría, y entra eu el terreno comun.

224. Si se admitiera semejante error se trastórnaria el lenguaje. No se podria decir «.el culpable mere-e ta) pena;» sino, «al culpable le conviene tal pena. » Mere- cer es ser digno de una cosa; y en tratándose de castigo, envuelve la idea de expiacion. Faltando.esta, falta el merecimiento, la idea moral de la pena; y así resulta una simple medida de utilidad, ne un. efecto de la jus- ticia.

¿Quién no. ve que esto súbvierte leds las' ideas que rigen en el mundo moral y social, desiruvendo por su base todos los principios en que estriba la autoridad de la justicia al imponer una pena?

ÉTICA. (169 225. La infraccion del órden moral excita un senti- miento de animadversion contra el culpable. ¿Quién no lo experimenta al ver un acto de injusticia, de perfidia, de ingratitud, de crueldad? En aquel sentimiento instan- táneo ¿hay por ventura algun interés por el culpable? no: por el contrario, dirige la indignacion contra él. Se dirá tal vez que esto. es espíritu de venganza; pero ad- viértase que con harta frecuencia el sentimiento de in- dignacion es del todo desinteresado, pues que el acto que nos indigna no se refiere á nosotros ni á nada nues- tro; en cuyo caso será trastornar el sentido de las pala- bras el aplicarle el nombre de venganza. Se replicará tal vez que nos interesamos tambien por los desconocidos, y que por esto se nos excita el sentimiento de venganza * cuando vemos un mal comportamiento con otro cualquie- ra; pero aun eS á la palabra una acepcion tan lata no se resuelve la dificultad; pues que una accion infame ó vergonzosa, aunque no se refiera á otro, por ser pura- mente individual, tambien nos inspira el sentimiento de animadversion contra quien la comete.

226. Además, aquí se omite el atender al objeto del sentimiento de ira, considerado en sus relaciones mora- les, lo que da á la cuestion un aspecto nuevo. La palabra venganza, en su acepcion comun, expresa una idea ma- la; porque significa el deseo de reparar una ofensa, de un modo indebido. Pero si miramos la ira como un sen- timiento del alma que se levanta contra lo malo, la ira tiene un objeto bueno y puede ser buena; y si la vengan- za no significase mas que una reparacion justa y por los medios debidos, no expresaria ninguna idea viciosa. Esto es tanta verdad, que la idea de vengar se aplica á Dios; y él mismo se AlEburO este derecho. Las leyes humanas tambien vengan; y así decimos: «está satisfecha la vin- dicta pública; con el castigo del culpable la sociedad ha quedado vengada. » * | En este sentimiento del corazon, que con harta fre- cuencia acarrea desastres, encontramos pues un instinto de justicia: lo cual es una nueva prueba de que el mal aplicado al culpable como pena, no tiene solo el carácter de correccion, sino tambien, y principalmente, el de ex- piacion. Quien infringe el órden moral merece sufrir: 27 se » man 170 FILOSOFÍA ELEMENTAL.

cuando el corazon se subleva instintivamente contra una accion mala obedece al impulso de la naturaleza; bien que luego la razon añade: que la aplicacion de la pena mere- cida no corresponde al particular sine á la autoridad hu- mana y á Dios. El instinto natural nos indica el mereci- miento del castigo; la ley nos impide aplicarle; porque no puede concederse este derecho á los particulares, sit que la sociedad caiga en el mas completo desórden, y sin dar márgen á muchas injusticias.

227. La crueldad es otro de los caractéres de la doctri- na que estamos combatiendo. Hagámoslo sentir, pues que esta es excelente prueba en semejantes casos. Un infame - abusa de la confianza de un amigo; le hace traicion, se conjura contra él; le roba, y por complemento le asesina. El criminal cae bajo la mano de la justicia. Al aplicarle la pena, la ley mira á la víctima del crimen, mira á la so - ciedad ultrajada, mira á la amisiad vendida, mira á la hu- manidad sacrificada: con la ley está el corazon de todos los hombres; todos exclaman: ¡qué infamia! ¡qué per- fidia! ¡qué crueldad! Desventurado, ¿quién le dijera que habia de morir á manos del mismo á quien daba continuas “muestras de fidelidad y de amor? Caiga sobre la cabeza del culpable la espada de la ley.; si esto no se hace no hay justicia, no hay humanidad sobre la tierra. » En esta ex- plosion de sentimientos, el filósofo de la pura correccion no ve mas que necedades. Nose trata de vengar á la víc- tima, ni á la sociedad; lo que se debe procurar es la en- -mienda del culpable: aplicarle sí una correccion; pero cl límite de ella ha de ser la esperanza de la enmienda. Sin esto la pena:seria inútil, seria cruel,...:...Bueno seria aconsejar al filósofo que semejante discurso lo tu- viese en monólogo, y que 1fo lo oyese madie; pues de lo contrario seria posible que las gentes le áplicasen á él un correctivo de sus teorías, sin esperar la intervencion del ¡aez.

228. Hé aquí á lo que se reduce la pretendida filantro- pía: á una crueldad refinada; á una injusticia que indig-. na. Se piensa en el bien del culpable, y se o] vida su delito; se favorece al criminal, y se posterga á la víctima. La mo- ral, la justicia, la amistad, la humanidad, no merecen “aparacion: todos los cuidados es preciso concentrarlos - ls » ÉTICA. AA sobre el criminal, tratándole como á un enfermo á quien se obliga á tomar una medicina repugnánte ó á quien se hace una operacion dolorosá. Para la moral, Ja fusticia, la víctima, para todo lo massagrado é interesante que hay sobre la tierra, solo olvido; para el crímen, para lo mas repugnante que imaginarse pueda, solo compasion.

Contra semejante doctrina protesta la razon, protesta la moral, protesta el corazon, protesta el sentido comun, protestan las Jeyes y costumbres de todos los pueblos, protesta en masa el género humano. Jamás se han deja- do de mirar los castigos como expiaciones; jamás se ha considerado la pena como simple medio de correccion; jamás se la ha limitado á la mejora del culpable, pres- cindiendo de la reparacion debida á la justicia.

229. El carácter expiatorio de la pena es conforme á las costumbres religivsas de todos los pueblos, quienes han creido siempre que para aplacar á la divinidad era preciso ofrecer una mortificacion del culpable ó de algo que le represente. De aquí la efusion de sangre en los sa- crificios; de aquí la consuncion de las víctimas por el fue- go; de aquí las penas voluntarias que se han impuesto los individuos y los pueblos, cuando han querido desarmár la cólera divina. Los culpables vengaban en sí propios ki culpa para prevenir la venganza del cielo. ¡Tan profun-. damente grabada tenian en su espíritu lá idea de la nece- sidad de reparacion, y de restablecer el equilibrio moral con el castigo de los contraventores!

230. En este caso, come en todus los demás, se hallan en pro de la verdad, la razon, el sentido comun, los sen- timientos, las costumbres, la conciencia del género hu- mano, la legislacion, las tradiciones primitivas: la ver- dad, que es la realidad, se halla en armonía con las otras realidades; el error, que es la ficcion humana, choca con. todo, y no puede descender al campo de los hechos sin desvanecerse como el humo.: 231. Nótese bien que al con batir la doctrina contraria, no me propongo sostener que las penas no hayan de ser correccionales; por el contrario, afirmo que en cuanto sea posible, no debe el legislador perder nunca de vista un objeto tan importante. El carácter expiatorio se real- dá y embellece, cuando á mas de ser qpa justa repara- 172 FILOSOFÍA ELEMENTAL.

cion en el órden moral, es un medio para la enmienda del culpable: ¿qué mas puede desear el legislador que reparar el desórden en sí mismo, y restituir al órden al que lo habia infringido? Las leyes humanas deben pro- ponerse este objeto, en cuanto sea: compatible con la justicia; imitando en ello á la ley divina, la cual no cas- tiga sino para mejorar, excepto el caso en que, llenada la medida, cierra el Juez supremo los tesoros de su mi- sericordia y descarga sobre el culpable el formidable pe- so de la justicia, i i E 232. La mayor parte de los desórdenes llevan con- sigo cierta pena en sus efectos naturales: la gula, la em- briaguez, la destemplanza, la pereza,.la ira, todos los vicios producen males físicos que pueden considerarse como otras tantas penas que al propio tiempo nos sir- ven de freno contra el desórden, y de paternal amones- tacion para que no nos apartemos del camino de la vir- tud. Dios ha establecido en nuestra misma organizacion un sistema penal de correccion, castigando el desórden - con el dolor, y haciendo necesarias las privaciones para el restablecimiento del órden. El gloton satisface su apetito desordenado; pero sufre en consecuencia las molestias y dolores de la indigestion; siendo notable que la ley física de su restablecimiento es una privacion: la dieta. En los demás vicios hallamos un órden! semejante: la pena tras el delito; la privacion del goce, para curar el mal físico + así las leyes mismas de la na- turaleza nos ofrecen una serie de penas correccionales y expiatorias, manifestándose en esto la sabiduría que ha presidido al órden físico y al moral, é indicando que es una sola mano la que lo ha arreglado todo, pues que entre cosas tan diferentes hallamos tal enlace, tal con- cierto y armonía, CAPÍTULO XXVIIL Inmortalidad del alma. Premios y penas de la otra vida.

233. Por el órden mismo de la materia, nos hallamos - SECO O = e ww ÉTICA. 475 conducidos á tratar de los premios y penas de la otra vida, lo cual se liga con la inmortalidad del alma, y demás doctrinas religiosas. ¿A qué se reduce la religion, si despues de esta vida no hay nada? Si el alma muere con el cuerpo, es inútil hablarle al hombre de moral y religion: este seria el caso en que sin duda respondie- ra: comamos y bebamios, que mañana moriremos. En la fugacidad de la vida, en ese bello sueño que.pasa y desaparece, los instantes de placer son preciosos, si á ello se limita nuestra existencia: no hay entonces razon alguna para dejar de aprovecharlos; la conducta epicú- rea es consecuencia muy lógica de las doctrinas que nie- gan la inmortalidad del alma.

. 234. Así como el principio de una cosa puede ser por creacion ó por formacion, segun que empieza de nuevo en su totalidad, ó se compone de algo que antes existia; así tambien el fin puede ser por aniquilamiento ó por disolucion, segun que se reduce á la nada, ó se descom- pone por la separacion de las partes. Una máquina no empieza en su totalidad absoluta, cuando se la construye; pues que sus partes existian ya de antemano; y cuando se deshace no se anonada, pues sus partes continúan existiendo, aunque separadas, Ó al menos sin la disposi- cion en que antes estaban..

Lo simple no puede empezar por formacion ó com» posicion, niacabar por disolucion; si no hay partes, cla: ro es que no pueden reunirse, ni separarse, ni desorde- narse: lo simple empieza Ó acaba en su totalidad. De esto se infiere evidentemente que el alma humana sien- do simple, no puede acabar por descomposicion; y así la muerte del cuerpo no la destruye. Ella no tiene ningun - gérmen de disolucion; porque no encierra diversidad ni - distincion en su sustancia; por tanto es preciso decir, Ó que dura para siempre ó que Dios la aniquila. La psi- cología nos demuestra la inmortalidad intrínseca ó sea la imposibilidad de perecer por disolucion; ahora, para probar la inmortalidad extrínseca, esto es, que Dios no la anonada, es preciso echar mano de otra clase de ar- gumentos.

235. La experiencia nos enseña que las sustancias corpóreas no se aniguilan, sino que pasan de un esta- 27h FILOSOFÍA ELEMENTAL.

do á otro. Las nioléculas que las componen están en continuo movimiento; se hallan en las entrañas de la tierra, despues se combinan con la organizacion vegetal, y forman parte de una planta; cuando esta muere, con- tinúan bajo la forma de madera; esta se pudre ó se que- ma, y las moléculas se dispersan para entrar en nue- vas combinaciones en el reino vegetal ó animal; de suer- te que las sustancias corpóreas recorren un círculo de trasformacion, mas no se anonadan. ¿Cuál de los dos seres es mas noble, mas digno, por decirlo asf, de los cuidados del Criador, una molécula sin voluntad, sin pen- samiento, sin sentido, sin vida, sujeta á leyes necesarias, ó un ser inteligente, libre, capaz de dilatar indefinida- mente sus ideas, y sobre todo de conocer y amar á su Autor? La. respuesta noes dudosa: luego el sostener que el alma se reduce á la nada, es invertir el órden del mundo, suponiendo que lo inferior se conserva y lo su- perior se acaba; y que Dios se complace en conservar lo inerte y en anonadar lo inteligente y libre.

236. El hombre tiene un deseo innato de la inmorta- lidad: la idea de la nada le contrista; y es harto evi- dente que su deseo no se satisface en esta vida, que, por su extremada brevedad, es comparada con razon á un sueño. Si el alma muere con el cuerpo se nos habrá dado un deseo natural, cuya satisfaccion nos será del todo “imposible; esto es contrario á la sabiduría y bondad del Criador: Dios castiga á los culpables, pero no se com- place en atormentar á sus criaturas con irrealizables deseos. | Se dirá que aun en esta vida deseamos muchas cosas que no podemos conseguir, y que sin embargo nada se infiere contra la bondad y sabiduría de Dios. Pero es preciso reflexionar, que la inmensidad de los deseos que en vida experimentamos, aunque varios, y con harta frecuencia extraviados, se dirigen todos á.la felicidad: esto busca él sabio como el necio, el virtuoso como el corrompido; unos por camino verdadera, otros por er- rado; el resorte natural es el mismo en todos; el de- seo de ser feliz. Si hay otra vida, estos deseos pueden cumplirse todos,-no en lo que tienen de malo, y á veces de contradictorio, sino en lo que encierran de amor - ÉTICA. yo á la felicidad; y por tanto quedan á salvo la bondad y sabiduría de Dios; pero si el alma muere con el cuer- po, no se satisface ni lo legítimo ni lo ilegítimo; ni lo razonable ni lo necio; y tantos deseos vehementes é in- destructibles $e han dado al hombre.para llegar, ¿á qué? á la nada.: | 237. Supuesta la inmortalidad del alma no se ve incon- veniente en que la suerte del hombre haya sido enco- mendada á su libertad; y que, grabado en su espíritu el deseo de ser feliz, se le hava otorgado la facultad de buscar esta dicha de varios modos, para que si no la encontrase, la responsabilidad fuera suya: así se explica porqué unos aman las riquezas, otros los placeres, otros la gloria, otros el poder, buscando la felicidad en obje- tos que no la.encierran: en tal caso, suya es la culpa; el deseo de ser feliz es natural; pero el carácter de inteligentes y libres exigia que esta felicidad fuese el iíruto de nuestras obras, que Jlegásemos á ella por el «onocimiento y la libre voluntad, y no por una serie de ]mpulsog necesarios. Guando los deseos no se satisfa- cen en esta vida, ó en vez de gozo, hallamos sinsabores; y en lugar de placeres, dolor; no podemos quejarnos de Dios; que nos ha sujetado á estas leyes para nuestro propió. bien; y si aun siende moderados y lícitos, nuestros de- seos no se satisfacen sobre la tierra, tampoco hay lugar á queja, porque no siendo esta nuestra mansion final, y habiendo de vivir para siempre en otra, la vida de la tierra es un mero tránsito, y cuanto sufrimos aquí no es mas que una ligera incomodidad que arrostra gustoso el viajero para llegar á su patria. Pero todo esto desa—. parece si el alma muere con el cuerpo; entonces no hay ninguna explicacion plausible: deseamos con vehemen- cia, y no podemos llenar los deseos; aunque los. mo- deremos, ajustándolos á razon, tampoco se cumplen; las privaciones que sufrimos no tienen compensación en ninguna parte; nuestra vida es una ilusion permanente, ¡uestra existencia una contradiccion. El no ser nos horroriza, la inmortalidad nos encanta; deseamos vivir.,. y vivir en todo: antes de abandonar esta tierra, quere- mos dejar recuerdos de nuestra existencia. El poderoso construye grandes palacios, que él no habitará; el la- 476* FILOSOFÍA ELEMENTAL.

brador planta bosques que no verá crecidos; el viajero escribe su nombre en una roca solitaria que leerán las generaciones venideras; el sabio se complace. en la in- mortalidad de sus obras; el conquistador en la fama de sus victorias; el fundador de una casa ilustre en la per- petuidad de su nombre: y hasta el humilde padre de familias se lisonjea con el pensamiento de que vivirá en sus descendientes y en Ja memoria de sus vecinos; el deseo de la inmortalidad se manifiesta en todos de anil maneras, bajo diversas formas, pero no. es posible arrancarle del corazon: y este deseo inmenso, que vuela al través de los siglos, que se dilata por las profundi- dades de la eternidad, que nos consuela en el infortunio y nos alienta en el abatimiento; este deseo que- levanta nuestros ojos hácia un nuevo mundo, y nos inspira des- den por lo perecedero, ¿solo se nos habria dado como una bella ilusion, como una mentira cruel, para dormir- nos en brazos de la muerte y no dispertar jamás? No, esto no es posible; esto contradice á la bondad y sabi- duría de Dios; esto conduciria á negar la Providencia, y de aquí al ateismo. ' e 238. En el hombre todo anuncia la inmortalidad. Sus ideas no versan sobre lo contingente, sino sobre lo ne- cesario; no merece á sus ojos el nombre de ciencia lo que no se ocupa de lo necesario, y por consiguiente eterno. Los fenómenos pasajeros forman el objeto de sus observaciones para llegar al conocimiento de lo per- manente; tiene fija su vista á lo que se sucede en la cadena de los tiempos; pero es para elevarse á lo que no pasa con el tiempo. En su propia mente encierra un mundo ideal, necesario: las ciencias matemáticas, onto- lógicas y morales, prescinden de las condiciones pasa- jeras; se forman de un conjunto de verdades eternas, indestructibles, que ni nacieron con el mundo ni perece- rian pereciendo el mundo. «Siendo esto así, ¿qué miste- rio, qué contradiccion es el espíritu del hombre, si ta- maña amplitud solo se le ha concedido para los breves momentos de su vida sobre la tierra? Semejante suposi- cion, ¿no nos haria concebir la idea de un ser maléfico que se ha complacido en burlarse de nosotros?

239. En confirmación de este mismo argumento hay ¡A CAS A — PH ÉTICA. 477 otra consideracion de hucha grayedad. La mayor parte de los hombres se fijan-poco en esas ideas grandes que forman las delicias de una vida meditabunda. Ocupados en sus tareas ordinarias, faltos de tiempo y preparacion para pensar sobre los secretos de la filosofía, dejan cor- rer sus dias sin desenvolver sus facultades intelectuales, mas allá de lo necesario para el objeto de su estado y profesion. Considerando á la humanidad desde este pun- to de vista, se nos ofrece como un caudal inmenso de fuerzas intelectuales y morales, del que no se em- plea en la tierra mas que una parte insignificante, com- parada con la totalidad. Si el alma sobrevive al cuerpo, se concibe muy bien que estas facultades no se desen- vuelvan aquí en su mayor parte; les espera la eternidad, donde podrán ejercer sus funciones en grande escala: y entonces el género humano se parece á un viajero, que durante el viaje lleva arrolladas y escondidas las .preciosidades que- luego desplegará y empleará cuando llegue á su casa. Pero si el alma nó tiene mas vida que esta, ¿de qué sirve tanto caudal de fuerzas intelectua- les y morales? ¿qué sabiduría fuera la que criase lo'que no habia de servir? Tanto valdria pretender que obra _cuerdamente:el labrador que esparce sobre la tierra la semilla en grande abundancia, sabiendo:que solo han de brotar pocos granos, y queriendo destruir los tallos an- tes que lleguen á sazon.: 240. Los destinos de la humanidad sobre la tierra no sirven á explicar el misterio de la vida, “si esta se acaba con el cuerpo. Es verdad que el linaje humano ha hecho cosas admirables trasformando la faz del globo,. y que probablemente las hará mayores en adelante; es cierto que se nos ofrece á manera de un grande individuo en- cargado de representar un inmenso drama, cuyos pape-- Jes están repartidos entre las varias naciones, y de los cuales le corresponde tambien una pequeñísima parte á cada hombre particular; pero este drama tiene un sen-- tido si la vida presente se liga con una vida futura, si los destinos de Ja humanidad sobre la tierra están enlaza- dos con los de otro mundo; de lo contrario, no. En efecto: reflexionando sobre la historia, y aun sobre la experiencia de cada dia, notamos que en el cufso ge- 478 FILOSOFÍA ELEMENTAL.

neral de los destinos eat los acontecimientos mar- chan sin consideracion á los ndbvidnos ni aun á los pue -- blos: pueblos é individuos son como pequeñas ruedas del gran movimiento, duran un instante, luego desaparecen por sí mismos; y si alguna vez embarazan son aniquila- dos. Considerad el desarrollo de una idea, de una in- stitucion, un elemento social cualquiera: aparece como un gérmen apenas- visible, y se extiende, se propaga vasta dominar vastos paises por dilatados siglos. Pero ¿á qué costa? A costa de mil ensayos inútiles, tentati- vas erradas, angustias, guerras, deyastacion, desastres de todas clases. La civilizacion griega se extiende por el oriente; las luces se difunden; los pueblos puestos en contacto se desarrollan y adquieren nueya vida; es ver- dad; pero medid, si alcanzais, la. cadena de infortunios que este adelanto cuesta á la humanidad; recorred las épocas de Filipo, Alejandro y sus sucesores, hasta que invaden el oriente las legiones pomanas. Roma da uni- dad al mundo, contribuye á su civilizacion, es cierto; pero mientras contemplais este cuadro yeis diez siglas de guerras y desastres; rios de lágrimas y sangre. Los bárbaros del norte sálen de $us bosques, y sus razas llenas de vida, rejuvenecen las de pueblos degenerados; de aquellas hordas sé formarán con el tiempo las bril- lantes naciones que cubren la faz de la Europa; es ver- dad; pero antes de llegar á este resultado trascurriráx otros diez siglos de calamidades sin cuento; los árabes dominan el mediodía, y trasmiten á la civilizacion eyro- pea algunas luces en las ciencias y en las artes; ¿pero á qué precio las compra la humanidad? con ocho siglos de guerra. La civilizacion progresa; viene el siglo de los descubrimientos: las Indias orientales y occidentales re- ciben nueva vida; pero ¿á qué precio? Fijad si podeis la vista en los cuadros de horror que os ofrece la histo- ria. La Europa llega al siglo xvi; es sabia, culta, rica, poderosa; todavía la sangre se continuará vertiendo á torrentes, acaudillando grandes ejércitos, Gonzalo de Córdoba, Cárlos Y, Gustavo, Luis XIV, Napoleon!...y ¿qué hay en el porvenir?

En esas revoluciones inmensas con las cuales recor- re la humanidad la vasta órbita de sus movimieñtos, los AAA OA ÉTICA. 479 individuos, los pueblos, las generaciones, parecen nada; los individuos sufren y mueren á millones, los pueblos son víctimas de grandes calamidades, y á veces disper- sados ó exterminados, Concibiendo la vida de la huma- nidad sobre la tierra, como el tránsito para otra; viendo -en la cúspide del mundo social á la Providencia enla- "zando lo terreno cón lo celeste, lo temporal con lo eter- no, se comprende la razon de las grandes catastrofes > porque solo descubrimos en ellas los males de un mo- mento, encaminados á la realizacion de un designio superior; pero si el alma muere con el cuerpo, ¿á qué esos padecimientos privados y públicos? ¿á qué el ha- ber puesto sobre la tierra una débil criatura para ha- cerla sufrir y morir? ¿Dónde está la compensacion de tantos males? ¿dónde el objeto de tan desastrosas mu- danzas?

-Se dirá que la compensacion se halla en el adelanto social; que el objeto es la perfeccion de la sociedad; pe- ro esta respuesta es altamente fútil, si no suponemos la inmortalidad del alma. La Sociedad en si no es otra cosa que un todo moral; corisiderada con abstraccion de los individuos es un ser abstracto; ella es inteligerrte cuando ellos lo son; es moral cuando ellos lo son; es feliz cuando ellos lo sun. La inteligencia, la moralidad, el bienestar de la humanidad, no es otra cosa Que la suma de estas cualidades que se halla en los hombres. Por estas consi- deraciones se echa de ver que el individuo, aunque pe- queño, no puede desaparecer delante de la sociedad; es infinitésimo si se quiere, péro de la suma de esos infini- tésimos la sociedad se integra. Ahora bien, si la adquisi- cion de una idea para.la humanidad ha costado á un nú- mero inmenso de sus individuos el vivir entre continuas turbaciones que les produjesen la ignorancia; si la con- quista de una mejora moral ha costado á muchas gene- raciones la agitacion y. la esclavitud; si el adelanto ma- terial lo han pagado una larga serie de generaciones con guerras, incendiós, devastacion, males sin cuento; ¿qué vienen á significar esos bienes, esas mejoras y adelan- tos? Y cuando se reflexiona que las generaciones que disfrutan de las adquisiciones de los pasados, trabajan, y sufren y mueren, por adquirir para los venideros, se Wo. , fr 480 FILOSOFÍA ELEMENTAL.

nos presenta el género humano como una serie de ope- rarios que trabajan, y se afanan, y sufren, y mueren para una cosa ideal, para un ser abstracto que llaman la sociedad, presentando una evolucion sin término, sin - objeto, sin ninguña razon que justifique sus trasforma- ciones incesantes. | La humanidad es un sublime y. grande individuo mo- ral, cuando se reconoce á sus miembros la inmortalidad y se los considera pasando sobre la tierra para llegar á otro destino. Sin esto, el mismo progreso humanitario “es una especie de sima sin fondo, donde seprecipitan las generaciones sucesivas, sin saber porqué, ni para qué; un mar sin límites adonde llevan su caudal los indivi- «duos y los puéblos, perdiéndose luego en su inmensidad, como las aguas de les rios en los abismos del Océano. 211. Cuando se finge por un momento que el alma es mortal, se apodera del corazon una profunda tristeza al fijar la vista sobre el breve plazo señalado á nuestra vida. Duélese el hombre de haber visto la luz del dia. Hoja que el viento lleva, arista que el fuego devora, flor de heno secada por el aliento de la tarde; ¿quién le ha dado el conocer con tanta extension y amar con tan- to ardor, si sus ojos se han de cerrar para no abrirse jamás, si su inteligencia se ha de extinguir como una centella que serpea y muere; si mas allá del sepulcro no hay nada, sino soledad, silencio, muérte por toda la. eternidad?...¿Quién nos ha dado ese apego á nuestro3 semejantes si nos hemos de separar para siempre? ¿Quién nos inspira que tanto nos ocupemos de lo venidero, Si - para nosotros no hay porvenir, si nuestro porvenir es la nada? ¿Quién nos-mece con tantas esperanzas si no hay para nosotros otro destino que la lobreguez de la tumba? ¡ Ay, qué triste fuera entonces el haber visto la ¿luz del dia, y el sol inflamando el firmamento, y la luna despidiendo su luz plácida y tranquila, y las estrellas ta- chonando la bóveda celeste como los blandones de un inmenso festin; si al deshacerse nuestra frágil organiza- cion no hay para nosotros nada, y se nos echa de este sublime espectáculo para arrojarnos á un abismo donde durmamos para siempre! | 212. No, no es así; este es un pensamiento sacrileo A A ÉTICA. - 481 go, una palabra blasfema. Si así fuese no habria Provi- dencia, no habria Dios; el mundo fuera una serie de fenómenos incomprensibles; una' evolucion perenne de acontecimientos sin objeto;. una fatalidad ciega que se- guiria su camino por las inmensidades del espacio y del tiempo, sin orígen, sin objeto, sin fin, sin conciencia de sí propia; un ser misterioso que arrojaria de su seno infinidad de seres con inteligencia, con voluntad, 'con amor y con inmensosdeseos; y que luego los absorbe- ria de nuevo en sus abismos, como una sima que traga en sus profundidades tenebrosas los plateados y res- plandecientes lienzos de una vistosa cascada. Entonces el mundo no seria una belleza, no el cosmos de los an- tiguos, sino el caos; una especié.de fragua donde se elaboran en confusa mezcla los placeres y los dolores, donde un ímpetu ciego lo lleva todo en revuelto torbe- llino, donde se han reservado para el ser mas noble, para el ser inteligente y libre, mayor cúmulo de males, sin comperisacion ninguna; donde se han reunido en sintesis-todas las contradicciones: deseo de luz y eter- nas tinieblas; expansion ilimitada y silencio eterno; apego á la vida y muerte absoluta; amor al bien, á lo bello, á lo grande, y el destino á la nada; esperanzas -sin fin, y por dicha final un puñado de polvo dispersado por el viénto. . ¿Quién puede asentir á un sistema tan absurdo y desconsolador? En medio del órden,.de la armonía que admiramos en todas las partes de la creacion, «quién, podrá persuadirse que el desórden y el caos solo existan con relacion á nosotros? ¿Quién no aparta con horror la vista de ese cuadro desesperante? | 243. Hagamos la contraprueba: empecemos por ad- mitir la inmortalidad del alma; y el caos se aclara; del fondo de sus tinieblas surge la luz, y el mundo se pre- senta otra vez ordenado, bello, resplandeciente. Se ex- plica la inmensidad de nuestros deseos, porque se pue- den llenar; se explica la extension de nuestra inteligen- J cia, porque se ha de dilatar un dia por un mundo sin fin;. se explica la necesidad. de las ideas, porque desde que nacemos empezamos la comunicacion con un órden in- mortal; se explica la alternativa de los placeres y dolo- 182 FILOSOFÍA ELEMENTAL.

res, porque lo que falta en esta vida se compensa en la otra; se explican las evoluciones y las catástrofes de la humanidad sobre la tierra, porque se ligan con destinos eternos; se explican los sufrimientos de los individuos en esas trasformaciones, porque su vivir no acaba con el cuerpo; se explica el bien de la sociedad considerado en sí mismo, porque es un grande objeto intentado por la Providencia, para enlazar lo pasada'con lo venidero, la tierra con el cielo, el tiempo con la eternidad. El ór- den, la armonía, la razon, la justicia, brillan bajo la in- fluencia de esta idea consoladora; y el universo, lejos de ser un caos, es un conjunto admirable, una saciedad in- mortal 'de los seres inteligentes y libres, entre “sí y con su Criador; en la cúpula de este vasto conjunto, res- plandece el destino del hombre en aquella ciudad inmor- tal, iluminada por la claridad de Dios, y que con rasgos sublimes nos describiera el profeta de Patmos.

El órden moral se explica tambien con la inmortali- dad: el bien tiene su premio, y el mal su castigo; so- bre la dicha del culpable pende la muerte como una espada; á sus piés el abismo de la eternidad; si la vir- tud está algunas veces abrumada de infortunio y mar- chando sobre la tierra entre la pobreza, la humillacion y el sufrimiento, levanta al cielo sus ojos llorosos, y en- dulza sus lágrimas con un pensamiento de esperanza.