SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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I*ara no declararnos en o|)osi< ion al Se- nado, que también se la puede hacer á los cuerpos colegisladores aunque sean perpé-> ^ tuos, hemos tenido otra razón mas grave que * las alegadas. En un pais profundamente con-^"^ movido, azoUido por el huracán de las revo- lucioncs, dondo la vista no descubre sino montones do ruinas, donde nada de lo an- tiguo ha quedado en pie, y no lo ha rceni- pla/ado nada nuevo, apenas se presenta á los ojos un pccjueño grupo que encierre algu- nos elementos de reorganización, va el co- razón se ensancha y corno que dice: «eso, con el tiempo, quizas |>odria llegar á ser una i institución; » asi el náufrago lanzado sobre > una tabla, á merced de los vientos y de las ' • olas, convierte en puertos de salvación las ligerasnubeciilasque se arrastran en el con- fín del horizonte.

La tarea de constituir en Espafia un Se- nado que correspondise á la altura de su ol>-^ ielo, era dilicil en alto grado. Consignar en la Constitución las atribuciones de aquella cámara, y lijar las calidades exigidas á sus miembros, es cosa harto fácil; la diíicultad está en encontrar en el pais los elementos sociales á proposito para (|ue de ellos pueda resultar una institución |K)lilica, dotada de • fuerza propia, y que posea una vida inde- pendiente de los artículos de la ley. ¿Cómo, se logra esto en un pais que lleva tres siglos de régimen absoluto, v (jue al salir de este se ha encontrado con fas alternativas de una I demagogia desenfrenada v de un despotismo militar? En tal caso se lucha siempre con dos inconvenientes opuestos; si os acercáis al elemento aristocrático, en vez de hombres fioliticos, de elevación de miras, de carácter irme, de actividad, de nervio, podréis tro- nzar con débiles cortesanos que confundan la ambición con la vanidad, (jue preíieran á la influencia política la benévola mirada de un privado, que estimen en mas un pedazo de cinta ó una placa, que el ejercicio de la ac- ción robusta que impone á los reyes y pene- tra hasta el corazón de los pueblos; si os dirigís hacia el elemento democrático, os amenaza el peligro de encontraros con hora-! bres díscolos y turbulentos, unos sedientos I de ri(juezas. otros con fortunas improvisadas, | sin el lustre del nacimiento, ni el brillo de | alta capacidad, ni mas méritos para la in- ' fluencia en los negocios del estado (jue una travesura maléfica, una osadía impudente, y una locuacidad sin limites. Hablando ingé- . unamente, sea cual fuere el gobierno que en adelante haya de nombrar senadores, no alcanzamos que pueda buscarlos en otra par- te que en el cuerjK) episcopal, en la alta no- Ideza, en los grandes propietarios, en los funcionarios públicos de categoría mas ele- vada, y en cierta clase de dignidad y capa- cidades, en lo cual, y no embargante el tes- to de la ley, quedará siempre mucho a discreción de quien hava de nombrar. l)e to-4. do esto hay en el Senado actual: <5on el tiem- po se pueden hacerlas mejoras convenientes con nombramientos acertados; pero desde luego creemos que lo que hav se puede apro- vechar, y que bien dirigiífo puede ser un elemento de gobierno. Previas estas obser- vaciones que manifiestan nuestro modo ti»- ver en este gravísimo negocio, v^imos á emi- tir algunas consideraciones sobre la delicada posición en <pie se encuentra el Senado.

Una institución nolitica se organiza porte» < ley; pero no vive ae la ley. Lo que no tiene mas existencia que la puramente legal es una estatua inanimada: el artista mas eminente le dará la espresion de la vida, mas no la vida misma. La historia y la esperiencia es- | tan de acuerdo en demostrar esta verdad. ¡Ayde loque no tiene mas apoyo que el testo de la ley! frágil columna que no evitó I jamás la ruina de los edificios desmoronados; caña cascada, inútil para la defensa y solo á propósito para lastimar la mano de quien I la emplea. En toda revolución se ve mas o menos el fenómeno de una existencia legal, luchando con una fuerza real; si esta fuerza es efectiva y no ficticia, el resultado de la lucha no puede ser dudoso; jwrqne no pac-- de serlo el de un combate entre la robustez de grandes elementos sociales y la debilidad 1 de testos escritos: poco importa que lo es-; ten en pergaminos viejos y caracteres indes-' cifrables, ó en papel de máquina y con lujo' tipográfico. ^ El Senado actual no debe i)erder de visit' las verdades que se acaban ue recordar: si se contenta con decir: «mi vida está en un artículo de la Conslilm ion, » su causa esta fallada; pero si aspira á tener una vida pro- I pía, á desenvolver, á fecundar, á combinar, I á organizar los elementos religiosos, soria i les y políticos que encierra; si se penetn • ' de la altura de su misión y de lo sagrado de sus deberes; si comprende sus intereses mismos, entonces su existencia puede ser duradera; en las tempestades que nos ame- nazan, en las hondas vicisitudes que.sin duda sufriremos, podría el Senado resistir á los vaivenes, ya sea no sucumbiendo, va reapareciendo de nuevo en la su|)erHcio de la sociedad, tan pronto romo se teni- Google piase el íni[>elu de la primera acometida.

Cuando una institución nu corresponde á su objeto, no hay necesidad de que se la mate; ella se muere por si misma; en lo» momentos de agonía clama quizás contra los enemigos que la quieren arrojar de su puesto: ¡desventurada! no son enemigos, son los sepultureros que están allí para en- terrarla. No hay gobierno, no hay ley que pueda hacer respetar una institución muer- ta; no hiiy fuer/.a rapaz de conservarla si- quiera eu su lugíir por mucho tiemiK): por el contrario en tales casos In ruina uel pro- tegido suele acarrear la del mismo pro- lector.

El Senado |>or la Índole de los elementos que le componen, está exento de tenden- cia revolucionarias; y es bien seguro que sí en esa dirección adelantase algún paso, ¡ no seria para revolver, sino para contempo- rizar; es decir, (jue no lo baria á impulsos de arranques tribunicios, sino por no in- disponerse t on el gobierno, llastíi ahora he- mos visto (|ue la cámara alta de España ha estado completamente á discreción del po- der, siquiera se haya este empeñado en las medidas mas revolucionarias. £1 Eslamento de Próceres hizo cuanto se le exigió; y el ¿Cenado déla Constitución de 4837 no fue casi nunca mas que un dócil instrumento de los gobiernos. ¿Sucederá lo mismo con el de la Constitución de I84i>? Fuera de de- sear que no se repitiese un mal de tanta trascendencia para la importancia y aun pa- ra la vida de la cámara alta. Si esta princi- pia por no tener pensamiento propio, por contentarse con espresar y amplilicar el que el ministerio se haya servido inspirarle, no cul|>c á nadie de los contratiempos que las revoluciones le pudieran acarrear; si muere como sus antecesores, no morirá por asesi- nato sino por suicidio. No es respetado de los demás quien no se respeta á sí propio; no conserva su dignidad quien no la delien- de como es debido; no adquiere inlluencia política quien no la conquista; no se hace temer quien no emplea su actividad y sus fuerzas. Si esto es verdad en loílas é|>ocas, lo es mucho mas en tiempos agitados como los presentes: en ellos no bastan los títulos, no los nombres, noel oropel: se necesitan hechos visibles: si estos existen, no son del todo estériles, pues por mas que se diga, resta todavía un cierto fondo de justicia y de i razón: y de las personas y de las corpora- ' ciones, pueiic todavía aürmarsc que si eu la esfera que les córrespondc no inlluyen, es porque no lo merecen.

El Seiiadii de 1845 es llamado ú tomar parle en la resolución de grandes cuestio- nes, á evitar muchos males, á presenciar colosales acontecimientos, de los cuales uiera Dios no haya algunas que á lo gran- e reúnan lo formidable. Trece años han transcurrido desde la muerte del último rey que legó á esta desventurada monarquiii tres cuestiones, capaces cada una iwr si sola. de trastornar el pais mas sosegado: la di- < naslica, la religiosa y la política, encargan- do el resolverlas a la inesperiencia de una princesa y á la inocencia de su augusta hi- ja; trece años han transcurrido, y las dití- cultades que surgieron de complicación tan infausta, subsisten aun. Los sucesos de Ver- gara terminaron la guerra civil; pero ¿han cesado jwr ventura todas las pretcnsiones dinásticas? La revolución destruyo la anti- gua organización religiosa; pero "¿hay don- de asentar con seguridad el pie, no estando hecho el arreglo con la Santa St'de? Las Corles de 1837 resolvieron la cuestión po- lítica en un scnlido; las de 1845 la resol- vieron en otro diferente; aunque esté falla- da en el terreno legal, ¿puede darla por ter^ minada un hombre de Estado que estienda su vista al porvenir de un pais donde la Cons- titución, que solo lleva medio año de vida, ha sido infringida por el gobierno mismo, fortaleciéndose cou el escándalo las protes- tas de las fracciones revolucionarias que no la aceptan por su origen ó por su contenido? Aparte esas cuestiones vitales iMinjue afec- tan lo mas intimo de la sociedad, hay la de, hacienda y la del arreglo administrativo, que si bien no son fundamejitales, enten- diendo p<»r este nombre lo constitucional, son de tal gravedad eu las actuales circuns- tancias y se enlazan tan fuertemente con las primeras, que dilicilmente se las podría se- parar. Sobre tantos y tan Irascedenlales ne- gocios deberá lijarse* la atención del Senado en la presiento legislatura; la defensa de los intereses del trono se le ofrecerá en el asun- to del casamiento; el examen de las nego- ciaciones pendientes con Koma dará lugar á importantes debates sobre las cosas eclesiás- ticas; las cuestiones políticas revivirán en la discusión sobre la ley electoral; la de ha- cienda.se presentará en la reforma del siste- ma tributario, y la administrativa en la cuen- 75 Google ta que ha de dar el imnislro de la (íobcrua- oioQ del nso que ha hecho tk* la aulorizacion otorgada |)or las Cortos. Pocas legislaturas 1 se hau visto como esta, donde por un con- carso particular de circunstancias se han de ventilar por necesidad todos los grandes problemas de cuya resolución pende el por- venir de la nacíoii española. Creer que la i revolución está completamente terminada, y que nos hallamos en lo (|ue se apellida unn situaciim normal, es vulgaridad indigna de un hombn; pensador; (|uiun haya de tomar parle culos negocios públicos, debe comen- zar por penetrarse profundamente de que las circunstancias son sumamente complicadas, criticas y estraordinarias, y que están muy lejos louavia a(|uellos tietnpos felices en que las cosas marchan bien por sí mismas^ sin necesidad de impulso ni dirección, n: Los senadores, asi es de esjKírar, no cree- rán haber cumplido con sus deberes va- liéndose do contemporizaciones por lo que i se llama evitar mayores niales: una política •Vacilante no los previene, los amontona y l| acelera: la mal entendida prudencia de! hond)res por otra parte bien intencionados, pudiera producir (pie vinierdn sobre la na- ción calamidades sin cuento, nue ellos mis- mos lloraran algún dia. CoHcenimos la tem- planza (|ue han de respirar las {lalabras de un l>reIado de la iglesia; poro no esta reñida I aquella santa lirmeza con que saben espre- sarse las convicciones profundas, los senti- I mienlos elevados, sea que se trate de reli- gión ó que se ventilen asuntos dc'|Kililica. Es cierto (|ue a un hombre perlenecicnte á las primeras clases de la sociedad por la opulen- cia de su fortuna y el esplendor de su nom- bre, no le asienta liien ni desencadenarse contra el gobierno con declamaciones vio- lentas, ni aun hacerle oiK)sicion sistemáti- ca a la manera de un demagogo; mas no creemos que ni el rango social su depri- ma, ni un titulo brillante.se oscurezca, por la defensa de los principios monárquicos y religiosos, ó ahogando por el olivío de la snerlc de los {nieblos. Ni aun los altos em- pleados, por nios consideraciones (pie hayan de tener al gobierno de quien dependen, «hibcn olvidar que el ejercicio de las fun- ciones de senador nada tiene (pie ver con Jas de su empleo respectivo: en lo tocante a estas solo les incundie la obediencia; |)ero en el Senado tienen el derecho y. la obli- gaclon de manifestar sn parecer y emitir su voto, no con arreglo a lo que el gobierno inspire, sino ú lu que prescriba la con- ciencia.

Kl Senado actual üc halla en una posición mucho mas ventajosa que el £>tamei\lo do Proceres. A la sazou ardia terriblemenle eo< cruilecida la guerra civil; campeaba la; • lucion cada dia mas |iujaule; las p.i politicéis iban encendiéndose a impu: la sangre (juc se vertía y de una d¡scut»*on todavía no gastada; y para colmo de infor- tunio, eran cu crecido uuinero los ilusos mtc solo se han desengañado con una dilatada serie de crueles escarmientos. Valor mas que común se necesita para hacer frente a la combinación de elementos tan temibles, y arrostrarla impojmlaridad de unas turbas que inauguraban la ajierlura de lasCortes con la profanación de los templos y el degüeiio de los religiosos, y las cerraban insultando á un ministro de Ta corona y asestando contra su pecho puñales asesinos. Las circunstan- cias no son las mismas. iNo hay guerra y por consiguiente no hay el |K'ligro de que un lenguaje libre y generoso pueda ser acusa- do de ({ue alíenla a los enemigos del trono. No hay milicia nacional; y para insultar á un ^e*nador impuiieiuente, no basta cubrir- se con un uniforme y vitorear la libertad. La seguridad publica no e.sla eocoiiieudada á manos sospecho.sas, sino a un ejeiuiu mode- lo do disciplina y de sumisión a las leyes. I\o hay un gobierno (pie tolere los desafueros de las asonadas: donde las ha habido han sido deshechas á cañonazos. Xohay tam- poco un gobierno que pueda tolerarlas ni aun en simulacro, para hacer triunfar sus opiniones. La conservación del orden mas estricto no es para él un asunto de pura con- veniencia, sino de vida ó do muerte; el dia en que solla.se á la revolución para intimidar á sus adversarios, cometería un suicidio. ¿{^uit obstáculos, pues, se opondrían á que los senadores manifestasen fraueaiueutc su opinión en tod i- I '- cuestiones, aun lasuiás delicadas, y, su voto con entera in- dependencia?

Para n(^sotros es poco menos que incom- prensible el que un hombre de iMisírir n « le- vada c independiente, mire al seuh «le un ministro antes de dar su rvoto: cuaoilo esto sucede, solo puede esplÍGarsc por esa postración moral, efetio de la atmósfera cor- tesana que tan facilmeate contagia a cuan- tos viven en ella, l^s cuestiones mas iiufior- 4 Google Untes m te niinin con los ojos de uiin ra^a etora, dMembarttada fuerte;- aino »l ttwét de un prisma df niil consideraciniics ^e^•uQ- darias, piisaioras. (yüi' ninguna rolaciou len- ddao cüu el ubjeiu principal, si con el no las efitazart no corazón pudf^ine, inctlpaz de bri© y »*ncrí;tn Asi 5c í-'apriHra In conve- niencia publica a intereses particnlarcs; asi sé postergan grandes razones de estado por satisfacer It voluntad de pemnagcs inipor- Janltó, |)orc|ue les dan importancia almas apocadas; asi se palian las defeceiones Boas argentosas, el abandono de las cansan ñas ^niias, el olvido de los mas sagrado^ debc- rtís, con la nece»;ida(l de contpmpori/ar, de Bo irritar en demasía a esta o á aauella in- áa, de no atraerse la ctfiera oe un pri- poderoso: y á esto sé llama pruden- cia...cual si mereciese otro nombre qnecl de villana cobardía.

AfiMtunadainentc, la Espafta y la Enropa (jue contemplan al Sf nr.firi, nn tfndrán que presenciar cspeclaculos tan iTpiiirnanlcs: los grandes intereses de la nación es de esperar que serán fundidos con aquélla dignidad y valentía qtTP riimpicá los individuosdel alto cuerpo. For lo tanto se puede asegurar que el episcopado e-ipiifiol se mostmrá digno.de la reputación labrada pir los siglos, y acen- dr i!;i óltimampnte con el crisol de laS |>ci^ secucioDos. Si {leligra la causa de la iglesia, ai d trono se ve conupromctido por consejos desacertados, si unos pocos quieren mono- polizar el íToce de las libertarles pri!)lic;is, si se trata de vejará los pueblos con cargas dtoflMdidáa, «resonari, no lo dudamos, re* sonarA ta voz de los veneralilcs pasiones, tanto mas auírusta, cuanto mas (jucbrautada por lüs años y ioü surrímientos. Esta santa ifrmeza ¿podrá' tener sus inconvenientes? ¿qué lo imy>or!;in fstos a qiiion esta al borde de un sepulcro, con el corazón en el ciclo? Ademas, que tampoco conviene exagerar los peligros; por nuestra paila oslamos pro- fondamentir convencidos de que en las cir- coHlancias actuales no hay gobernante tan caarin qar watreva é oattetor nna víoleB* eia contra un obispo por haber manifestado su opinión en un ponto cualquiera. sin eseeptnar ninguno, tii aun los mas delicados. Biy aqui algo ma^ qoe la invíolabilidid constitucional; hay la invinlaliilidad dpi ca- rácter, y sobro lodo liay la fuerza de las tfitunslane^as que detendrían á los impc- ^ — I;>«t<ptiflMMt)inyraaar «QBlíeMi ^ al lia üc volvciian contra; lofriDiIsnios prow » La irrandi'za representada en crecido nú- mero on ci alto cuerpo, también esde es- perar <iue se penplrárá de la gravedad de. stts.deoeraa y de latM^rtnneia de su mrvs sioo: 0 no aceplítrín n cumpliría. Si asi no. lo hiciese se condenaría a si pi*opia, y justi- íicnría al gobierno ()ue no le quiso otorgar*, el derecho heronlano. lEaf poKgPoaf ffilBií grandes los arrostraron pus míMoifs ron-- quistaado con beróicas hazarias tos títulos Jue ¡lastran é sos ' fifHtiKas^; Pdigrós! ¿ r ' onde están? ¿cuáles son los que amenazan á un voto inH"|wMit!i(Mile? ¿se deporta po.- ventura a Ioñ senadores come á loe dos es^ criteres iiAUIcqbT Dígase lo qve se ipnioNi de la violencia del gobierno actual, H'xm hacerle mucha injusticia el suponer ni ana la posibilidad de semejantes escesos; si ea^ tamos oottdenadas á preseneíarlaa, 09 vo»t drán jamás de tiii gobierno ma^ ó menos re- pular, sin(» de una situación francamente revolucionaria; y en esta situación no man- darían los homlires der ahoni; anjlea de-Ua* gar á élla hubieran tenido que snirar sos vidas condenándose a la eaugracion. ' ' A mas de los obispos y de 1^ grande^ hay en el Senado una escogida fteonion m títulos. de altos emp'íVífioN, ricos pro- píetarM^, de hombres distinguidos por su posición y antecedentes, en quienéa'Méa suponer que el dictamen de la conciencia v cl celo ]mr p! bien piiblico. domin^írán solíre consideraciones particulares, que no deben ser a^rdft66Éhd|9'<;st5irde por idéfll los intereses m;iN [¡reciosos de la patria.

No se crea que nos propongamos mad^ el celo y el espirUu de independencia por la mayor ó menor conformidad con nuestras doctrinas, llamando tínndn y torcido <á qnicn nos las abrace, y recto y valiente á qoien las detienda; no somos tan injustos. DesM*- tnos tolerancia para nosotros, y hl otorg»> mos fácilmente » los demás: formamos nues- tro juicio con entera independencia, y re- -coiiocemos tm los démas. M '<ut>ulio''4b formarlo de la misma madera; al discrepar de las opiniones a¡r(*nas m nos írrita, no nos estrafia que los otros discrepen de^ las noci- tras. Goooomnas muy bien que entre los-se* nadores los habrá en nn piM[nprin niiniero, que miren los u^^nfcios bajo un punto de vista muy éi ve r so de I que nosotros tpmamoa; Digrtized by Google cioDes, y obtendrán de nosotros ya que no el asentimiento, al menos el respeto mas pro- fundo. Lo que combatiremos con energia no serán las convicciones, sino las condescen- dencias; cosas muy diferentes que distin- gue y deslinda muy bien la conciencia pú- blica, por tupido que sea el velo con que se cubra la debilidad. Si asi fuese, entonces sin traspasar la linea lijada por las leyes, ni faltar á los miramientos debidos a las perso- nas ni á las clases, tendríamos derecho á llamar á los culpables al tribunal de la opi- nión pública para adelantar desde ahora el terrible fallo con que la posteridad los ha de condenar: tendríamos derecho para de- cirles: «vosotros luísteis llamados |)or la co- rona para ejercer junto á ella la mas impor- tante de las funciones; y á pesar de que la visteis comprometida por errados consejos, callasteis; en vosotros conliaba la iglesia para que le ayudaseis á salir de su (>ostra- cion, V en el momento solemne enmudecis- teis; de vosotros reclamaban los pueblos un tíkvio en sus cargas, esperando que eleva- riais á los pies del trono la reverente esposi- cion do las miserias públicas, y no lo hicis- teis; cuando los tiranos os pisoteen ó las revoluciones os arrojen del santuario de las leyes, y depriman vuestro rango, y atenten contra vuestras propiedades, no culpéis á nadie; bajadlos ojos y^dccid: upagamos nuestro merecido.»

lie T pnbHcade ta Madrid rl i 4 íA idIudo.

Todo indica que caminamos á un con- flicto. Que es inminente, nadie lo duda; la diferencia de opiniones solo puede estar en que unos crean difícil y otros imposible el evitarlo: por nuestra parle, nos inclinamos mas bien a la imposibilidad <]ue á la Jilicul- tad: ¡átan deplorable cstremo vemos lle- vadas las cosas! No somos fatalistas; por el contrario, tenemos viva fé en la Provi- dencia, en su benéfica acción sobre el uni- verso, y en la libertad del hombre; mas por lo mismo (¡uc creemos en la Providen- cia, creemos también que el mundo moral, á semejam^a del físico, está sometido á cier- tas leyes, las cuales debidamente combinadas con el ejercicio del libre albedrio, pr^ I ducen sus efectos de manera que se los pne- de prever. Creemos también que los hom- bres están sujetos á esa gran lev de espiacion (|ue preside á los destinos del linage numa- no: quien comete una falta, paga su mere- cido larde ó temprano, aun aquí en la ticnu. El proverbio: el hombre es hijo de sus obras, encierra una verdad profunda. Achá- canse los infortunios al ciego capricho del acaso, á las maquinaciones de los enemigos^ á la |>erlidia de los amigos; asi procuramos engañar nuestro amor propio para no ver la linea de errores, de faltas, de graves e«- travíos que nos condujeron al abismo desde cuyo fondo lloramos. Cuando es tiempo to- davía, no se escucha la voz de la razón: se llama importunos si no rivales ó enemigos, ' á los que amonestan con palabras verídicas y ' severas; se inclina blandamente el oido Wi- cia los halagüeños acentos de la lisonja: cn- trelanlo el orgullo desvanece, el entendi- miento se ciega, hasta que al lin se encuen- tran los ilusos en un Hmite mas allá del cual no se pasa. En vano se quiere retroceder; alli está sentada la venlad, terrible per- sonilicacion de la fuerza de las cosas, y dice: I ya es tarde.

I * Los individuos, los, partidos, las nacio- I nes, las instituciones, todo es juzgado por sus Irutos y recibe según ellos, alabanza ó vituperio,' premio ó castigo: no de otro modo pudiera conservarse la ley de armo- nía, sin la que todo es un caos. Para pro- nosticar en política, no siempre es nece- sario ser profeta: una observación imparcial, fria, severa, de los hechos, ilustra sobre el porvenir con mas seguridad de lo que pu- diera creerse. Salvas algunas ligeras per- turbaciones, efecto de causas estrañas y casuales para nosotros que no alcanzamos a ver el conjunto de las cosas, los acontcci- Ij mientos marchan con una regularidad ad- I mirable: en esto se fundan los argumenlM de analogía tan comunes en materias poNlH cas, y que el buen sentido reputa como muy poderosos con tal que al notar semejanzas, no se olviden las nifercncias. I>o que está sucediendo en España, no era difícil de pre- ver: estaba ya previsto: la complicación le- I jos de menguar, aumenta cada dia, y de ca- da vez se hace la crisis mas inminente, y es mas terrible un conflicto.

Este conflicto que amenaza, ¿ewJ será? ¿Cuáles serán sus resultados? ¿Qué viene