SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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detrás de él? No lo sabemos: lo que leme- raos, sí, es que será formidable. ¡Desvenlu- rada Dación (|ue parece condenada por un terrible deslino á sufrir periódicamente es- pantosas cunvulsiones seguidas de cambios profundos! Si se realizan los males cuya previsión hace temblar á los hombres paciü- cos, tendremos el disgusto de haber acer- tado en nuestros pronósticos. Mil veces lo hemos anunciado, mil veces hemos señalado descolló; hemos repetido nuestros temores con una insistencia que rayaría en importu- nidad, si importunidad cupiese tratándose de un naufragio en (pie pueden zozobrar objetos sagrados. £1 exámcn de la situación <|ue haremos en este articulo, es por si solo una prueba de <|ue por ahora no nos he- mos equivocado: decíamos que las cosas llegarían al punto en que se encuentran, y han llegado va. ¿Llegarán basta el otro punto que indicamos? Esta cuestión la ba de resolver el tiemjK).

l'n peri()dico amigo del gobierno dijo no ha muchos días, que las cosas no podían continuaras!, y deploraba en seguida las ca- tástrofes que estaba previendo; en sus pala- bras había un gran fondo de razón; es ver- dad, las cosas no podían continuar asi; nos acercamos rápidamente á una crisis, y las crisis han menester un desenlace.

£1 estado de la opinión del país nadie lo ignora: todos lo vemos; se dis|>ula sobre él, pero en el fondo de su conciencia unos y otros han de convenir eu que con justicia ó sin ella, la impopularidad de un gobierno no ba sido nunca mayor; pero lo repetímos, sobre esto se disputa, ¡wnpje es de aquellas eosas que se ven, que se palpan, mas uu se prueban. El Sr. mini.stro de Estado en uno de sus últimos discursos, apelaba al juicio de la posteridad: hacia bien en apelar, por- que el primer fallo ha sido terrible. No obs- tante, si no sirve de nada el hablar en ge- neral de la opinión del país, si á estose Íiuedc contestar que las declamaciones de US interesados en desfigurar la verdad pre- MDlan las cosas bajo un punto de vista fal- so, será preciso ó quedarse sin ningún me- dio para determinar el estjido de la opinión pública, ó dar alguna importancia á lo que con razón ó sin ella, se llama órgano de di- cha opinión, y es reconocido como tal por los defensores de las teorías constituciona- les. Ateniéndonos al sistema de nuestros mismos adversarios, siguiendo las reglas que ellos mismos nos prescriben, vamos á examinar lo que ahora sucede para conjetu- rar con alguna probabilidad de acierto lo que puede suceder en adelante.

Si la prensa no sígnibca nada, ¿á qué in- troducirla en España? ¿<\. qué ponderar tan- to sus ventajas, y no quedarse con la Gace- ta y los diarios de avisos? Y si algo signiiíca ¿como es que el gobierno la tiene toda con- tra si? Ya no están solos los progresistas y j absolutistas en hacer la oposición al gobier- no; de las lilas mismas del partido de la si- tuación han salido esos |>eri(>dicos.que tan crudamente le combalen. ¿También estarán solos esos periódicos? ¿Tam[)oco represen- tan nada? ¿Se hallan por ventura en des- acuerdo con la oposición del Congreso? Decir, que bav aquí las pasiones o las miras de es-> tos ó (le aquellos hombres, sobre ser una personalidad, no siguilica nada: porque aun. suponiendo qu^ fuera indudable cuanto se afirma, claro es que esos hombres no esta- rán faltos de buen sentido para comprender lo ({ue valen por sí solos, y que no se arro- jarían con tal decisión á una empresa, si ni> contasen con el apoyo de muchos, y so- ; bre todo con el profundo descontento del país.

La oposición conservadora toma, de cada dia mas, una actitud particular en (pie con- viene lijar la atención, ponjue sus resulta- dos pu(Mlen ser, y probablemente serán, de grave trascendencia.

Prescindamos de la mayor ó menor im- portancia |)crsonal del general Narvaez, prescindamos de la mayor ó menor legali- dad del sistema del gobierno á cuva cabeza se halla, prescindamos de la justicia o injus- ticia con que se le ataca, v contentémonos , con asentar dos hechos en los cuales debe-f ; rán convenir todos los hombres íiiiparciales, y que tampoco podrán negar los (juc coa. i mas pasión están lidiando en la arena po- lítica.; 1. " La situación actual está personilica-*, da en el general Narvaez.

2. " Los ataques de la oposición conser-; vadora van dirigidos principalmente contra; la existencia de esta personilicacion. | i Que en el general Narvaez está personi-,,. ficada la situación actual no lo niegan losi defen.sores de la misma, y lo proclaman los i mas allegados amigos del presidente del t consejo: de mil maneras y en varias ocasto- t nes se le ha llamado el hombre necesario, y > vn «na muy rccienle se liti insistido sobro v\ Harlicuhrdclinndn mas osplirilo, y liasla con derla afoctarini i pr«nii'n<»sler.

Oiii' la oposir.uu ii, la ¡,iviisa conserva- dora fw» diriac principalmtMilc omlra esta ppTsonilicacion. escusado os probarlo; ahi osfan los perii'tíJicos. ahí esa polémica (¡ue íliriííe lan cerleranienle sus tiros contra el ííeneral Narvae?,: ahi estañera'! acusaciones unas Miiras, otras precisas, formuladas has- la con crueldad, v acompañadas de insinua- ciones que morlilican el amor propio v (|ue lastiman aliro mas ipie el amor propio. El público lo ha visto; si como ha thcho nn pe- riódico, los que asi le atacan fueron un din mtimos amieos y rrecuenle»^ comensales del íreneral, la amistad sa ha ¡do mny lejos á íístas horas, y la franca cordialidad de los festines se ha convertido en lucha sanirrien- t.i Tiempo ha que sainamos lo que vale la unión sellada con abrazos en la alejrria de los brindis.

Jamás nos hemos hecho ilusiones con la intimidad de ciertos- personajes; siempre he- mos creido que se la hacia el íjeneral Nar- vae?. contando mucho con ella; y (pie pensa- ba demasiado en ios hombres y sobrado po- co en las cosas: sienipre hemos creido que los li le estraviabau, que le cubrían lo8 OI' o ( iii un velo, y no le dejaban adver- tir el abismo que á stis planta^ se abría. Hace tres meses que le deciatnos verdades cuya realización estü palpando, y que pal- pará mas adelante.

Personificar nna sitnacion es represenlar- h: asi Napoleón al investirse del considado era el repn'scnlanfe de la sitnacion francesa que encerrando inmensos intereses muchas V varias ideas, podia sin embargo formu- larse déla manera siíruienle: asegurar la obra de la revoinciou, restablecer el orden y devolver a la Francia su ascendiente en Eu- ropa. El hombre salido del pueblo represen- taba la obra de la revolución; su ujano de hierro trarantia el órden; y el genio de las campañas de Italia y de Egipto nsi»gnraba á la Francia el recobro de su ascendiente mi- litar. Alli bnbia un hombre necesario y una personificación complica; y esta |M'rsonilica- cion era ñmplia. grandiosa como un pueblo, rnerle en h) interior como la Convención, imnnnente y aterradora en lo esterior para todos los gabinetes cpie habian combalido ó quisiesen conibalir en adelante á la revolu- ción frati I Aquella personiñcacion, Um grande como ¡i era, m hubiera podido sostenerar si ñ cflria ' ii' no hubiera renovado st- .««I iiii hubiera bañado en las a riosas que como al héroe de la (abula le ha- cían invulnerable. Es prm iamado cónsul y corre á vencer en Marengo. Se ciñe la dia- dema imperial, ) triunCn en Austerlitz y eo Jena. Kn su corona no brillan lafü piedras preciosas de una herencia de catorce siglos; ¡ pero él cuida de suplir el vacio con los tro- , icos recogidos en batallas de gigantes. ' Esta es la condición indispensable de!o- ' tinuo los lindos, li;i( i i>r iiis iiliu'i.^íii'- un día y otro día. Si esta condición falla, la per- sonilícacion desaparece, i ¿Oué se quiere persnnilicar en España? ¿los intereses de la rev(ducion, la segi '-i li^í i del Irimo, la consolidación del onien, ' I formas administrativas, la reorganización : social (pie ha de surgir del caos? La eslen- sion de estos objetos debieran haberla me- dido los que tan fácilmente hablan de pcr- sonilicaciones y «pie con tal ligereza impro- I visan á los hombres necesarios. ¡Gnive 1 imprudencia! El partido pn)gresisla tuvo j también su horjSre necesario, y luego I le hizo pedazos como un ídolo de barro. El partido donunanle ha (pierído crearse tan>- oien su hímibre necesario, y ha comprome- ' lido á este hombre y se ha comprometido a ¡ sí propio. Donde el trono se conserva, no II hay personilicacion duradera |M>sihle. sino r en el trono mismo: quien diga lo contrario o se engiula torpemente. ó adula. ¡ En un discurso reciente, el general Nar- ¡I vac'/ negó lii existencia del p(K¡er nnlílar, y ii se esforv.ó en probar que su papel en el ministerio en igual al de sus com[i;iñeros: ' esto podrá ser muy verdadero, pero la dili- i cuitad está en que nadie se querrá persoa- ' dir de semejante verdad. Qu(^ salga del nñ- ' nislerio un individuo cnabjuiera. ¿se altera por esto el sistema? ¿Se creerá en un cam- bio de política? ¿Se considerará la mudanza como un suceso importante? Claro es que no; pero que amanezca un día eu (pie se diga: «.Narvaez esta fuera del ministerio: ha renunciado ó ha caido.» ¿el sentido comon no unirá á la noticia, la previsión de graví- simas nmdanzas? Hay c<ísas en <|ue es in- : Util insistir; y esta es una de ellas. Querer I persuadir que la permanencia 6 salida del • íTencral ¡Sarvaez, significa lo mismo que^ 1^ olro nucnihro del gabñellH es ctn|>i\>sa Uuucrcria. ¿De esto «fué resulta? Es niuy scuclllo: resulta 1 ncia de la peisoiihiicacioji, su evidi li I.: i.na lodo ol mundo, V que las negativas at-LuuIes ii(inli'a:ii del incouveaiealc de estar eu contradicción con licclios (|ne s(> palpan.

Sin la iiiviolaUiiidjid, la {M^rsonilicacion es un sueño: ra/c^n por la cual en todas las ^ constitucionales aim las mas latas, M- ji lio al monarca á cubierto df los ata- ques de la tribuna y de la prensa. Ksta in- violabilidad no puede poseerla legalmente sino el Rey; y no puede adquirirla de heclio sino un iiuml)re estraordinario y colo- cado en circunstancias tandiien (*straordina- rias, (]ue a todas boras le ol'rezcan (xasion de merecerla mas y mas, y le acenjuen rá- uidameule a conquistarla en el terreno de la ley, después de baberla coníjuistado on el de los bechos, con lieróiciis bazañas. ¿l'er- niile nada de esto la situación de Es|)afia? ¿Existen lü tides bumbres ni tilles cosas? Y 1)0 existiendo, quien pretenda personiíícar J)a de estar sometido á una acción disolven- te que mina su poder y deslustra su perso- na, y eiiÜatjuece su reputación y le prepara , |iDa caída que puede ser mas tarde ó mas • temprano, pero que es siempre inevitable, rvo bay liabdiilad, no bay íimieza de car.íc- .ter. no bay energía de un ministro respon- ^sfliile ({ue pueda.sojilcnerle en su personiíi- caciou contra ataques tan recios, Xan vivos, lauronst^mtes como son los de la prensa. Si la opinión pública le fuese favorable, llega- ría á volverse cont4a él; cuando no fuera por otra causa, por el placer de mirar caido al que se ve muy levantado. Las ideas, las costumbres, las leyes, la relif^ion, todo ro- bustecido ()nr la acción del tiempo, han lle- gado ú elevar á los monarcas a una región lun superior, (fue los pueblos esperimeutan una especie de sentimiento de urofunda ve- neración que los hace mirar al trono cómo lina institución sobrehumana, y considerar .ni que. en el se sienta como uu.s'emi-dios so- bre la tierra; nadie se cree buniilladu por tcuer que tributar sus homenajes á un mo- ,jiarca; el militar encanecido en lo: comba- .tc»> el grande ufano de los títulos de su al- curnia, el boiHbre, de estado que ha dirigi- do durante lardos afios las riendas del fio- líienio, no tienen á menos besar la mano de un regio infante que llora en una cuna; pero etigidics (pie muestren demasiado rcs-i peto á otro, por elevado que sea «a rAfllKI, w)r distinguidos que sean sus mererimipn- los, el corazón late d(í orgullo, y la fronte • se levanta, y los ojos se lijan sobre el nue- vo ídolo como diciendo: ¿quien es este hombre?

Los que adulan á las personas coiocRdffs en posición semejaule a la del general IVjii*- vaez. no les hablan sino do ia envidia de soü rivales: ¡ilusión! ilay aquí otro.sentid miento mas poderoso que el de la envidia, M)r lo mismo (pie no es innoble y no está reducido á estrecho numero. En la oplnioiit publica no hay jamás verdadera envidia:.• una nación no envidia nunca á un homhre: lo (jue bay es un sentimiento de dignidad que se opone á que nadie se levante dorna* siado sobre el nivel regular, á no ser que (Mrcun.stancias muy eslraordinarias legitimen la elevación. Estas circunstancias no exis- ten en España: el mismo.Nnpoiooil, tenien- do á su lado un truno, no hubiera podido ser otra cosa que un grancapilan. pero jn- mas la |)ersoniiicacion de un pueblo >,ili<lo de la revolución.

Eüla es una ley de la humana natnraie/ji contra In cual es inútil luchar. La monarquía fuera iniposibic si no estuviese cubierta coa, el (l(d)le escudo de la inviolabilidad de de-'. recho (jue le aseguran las leyes, y de la de hecho (pie nace de las ¡dcas'v sentimientos de los pueblos. Quien no pac()a levantarse á íanta altura y sin enibargo necesite de esta inviolabilidad para ejercer las funciones que exige una personiiic^dcion política, que sea algo mas (pie la de un mero ministro res- pím.sable, ha de csperimenlar a la vuelta de >oco tiempo los electos de ia terrible acción á que se llalla sometido. Una grande ener- gía de carácter, podrá lograr quizás que las tentativas violentas no alcancen á prevalecer, es decir, (pie el poder n(» sea rolo; pero un poder no solo^ rompe, sino que también se disifu; porque cuando esta sujeto á una ac- ción cunlinua de destrucción, ai íin se va enihupjecieudo y adelgazando por decirio así, hasta llegar á un lunile, en el cual no fe < (piebranta, si» desvanece.

Es de cr>'er iju.' e>tas verdades no se hn- yao ocultado del lodo al presidente del con- --ein y ó sus amigos, y que se haya pennaiio, mas de una vez en atajar lo^' progresos de un daño (uie cada dia se pres<>nta mas ame- nazodor. Pero aquí esta In diticultnd, stpií se tropieza con (d)^ia< ul(>s insuperables. Siiprimir del lodo la prensa es cosa posible por el momento, pero después ¿qué se hace? La supresión es interina ó definitiva; en el pri- mer caso, es una mera sus|)cusion auc no hará mas que aumentar la fuerza de los re- sortes que con violencia se habrian compri- mido. Si es definitiva ¿qué se hace de las Cortes? ¿qué de la Constitución:' ¿qué del sistema representativo? ¿Ks posible la situa- ción actual convertida en gobierno absoluto? ¿Cuánto tiempo podrá durar? Por nuestra parte creemos que esto fuera un contrasen- tido, un absurdo tan grande, uue estamos seguros no cabe en ningún cerebro bien or- ganizado. Ademas, si ideas tan descabelladas pudiesen realizarse, ¿quién asegura que de e»te modo se consolida el poder combatido? ¿No le amenazarian otros riesgos de nueva especie? ¿No se veria privado de auxiliares cfue en determinados casos podrán no serle inútiles? El instinto de conservación ha de ensei'iar a los interesados mas que todas las reflexiones: el dia en que se pensase en una abolición completa de las formas represen- tativas, aouel dia se preguntarían los hom- bres de todos los partidos; ¿para esto una guerra de siete años? ¿para esto tanto re- chazar á 1). Carlos y á toda su familia? No hay remedio: se ha' reducido mucho el sis- lema de libertad; tampoco será imposible reducirle todavía mas, particularmente en ma- teria de imprenta: pero es necesario dejar algo, y este algo basta y sobra para acabar c^n el prestigio de cualquiera que no se eleve á la altura del trono. Un gobierno que se funda en un principio, por mas que pro- cure desvirtuar las consecuencias de este, se ve siempre forzado á suf rirlas en mayor ó menor escala: el resultado es el mismo, si lo que falta de acción se suple con ej tiempo defecto es mas tardío; pero llega.

Se DOS dirá que no son necesarias ni la supresión ni la suspensión, yque es bástan- le la aplicación severa del ngor de las leyes; mas ¿ por qué no basta ahora? ¿es que no se quiere aplicar? ¡ vana ilusión! Ciñámonos á la oposición conservadora que es la (|ue incomoda (>articularmenle al gobierno, y 3ue no es en verdad la que le hace menos año: la oposición conservadora atacando al general Nar>aez será si se quiere dura, in- grata, injusta ó lo que mas agrade llamarla; pero es rigurosamente legal, porque ni ataca al trono, ni la Constilucion del Estado, ni la legitimidad de la misma situación, pues proclama altamente su intento de combatir una anomalía perjudicial, que en su concep- to es una calamidad para la misma situación y la conduce á su ruma. No solo se mantie- ne en el circulo de la legitimidad de la Reina V de la Constitución, sino que ni aun sale de ía situación misma: Narvaez es moderado, la oposición también; Narvaez contribuyo a derríbar á Espartero, los hombres de la o|)osicion también; Narvaez está comprome- tido por la situación, sin que le sea dable avanzar ni retroceder, los hombres de la opo- sición también; ¿cómo se los ataca? ¿Se los llama anaruuistas? Ellos condenan la anar- quía. ¿Se los llama carlistas? Ellos anate- matizan el matrímonio del conde de Monle- molin. ¿Se los llama retrógrados? Ellos cla- man contra el retroceso. ¿Qué se les achaca pues? Rivalidad, imprudencia, esparcimien- to de discordia en una casa de hermanos: acusación descolorida que jamás puede au- torizar las violencias; acusación tímida ca- paz de desarmar el brazo de la venípnia misma. Y sin embargo, la oposición sigue, y seguirá probablemente; y considerabict fondos se hallan preparados para sostenerla; resolviendo asi el problema de si es ó no po- sible el refrenar la prensa por un aumento de depósito y de mullas.

¿\ dónde* vamos á parar? ¿Cuál sera el desenlace de esa crísis que estamos presen- ciando en el seno mismo de la siluacmn? La oposición no lleva camino de ceder: su blan- co es el general Narvaez, v Narvaez es hom- bre nada flexible; ¿á dónáe vamos á parar? Súmense con esta oposición todas las demás; añádanse los gravísimos poblemas que se han de resolver, sin mucha tardanza: atién- dase á la exasperación de los partidos, al choque de las opiniones, no se echen en ol- vido los efectos tíel sistema tributario, nada á propósito para calmar, y dígase si no e?» mucha verdad lo que asentábamos al comen- zar el presente artículo; todo indica qnc ca- minamos á un conflicto. El año J846 se ha inaugurado con un ruidoso manifiesto r de significación trascendental, ¿cómo estere- mos á principios de 1847? Curioso fuera correr el velo. Considérese lo que hm; presenciado en Í845, y calcúlese loque pu- diéramos presenciar en 1846.

I EL MANIFIESTO Mwlriil rl:t <trl iiiiimo A los ojos de una filosofía superficial, la monarquía hereditaria es una necedad ín- tompreasible; a los ojos de una filosofía profunda, es una de las ideas mas grandes y mas felices de la ciencia política. El sofis- ma y las vanas cavilaciones están por la primera; la historia, la esi>eriencia, el buen sentido y el coDOcimiento del corazón hu- mano, soü los ar¿¡;umentos en que se apoya la segunda. «¿Por qué motivo se han de privar los pueblos del derecho de elección? ipor qué se han de esponer á ser goberna- dos [)or un malvado ó un imbécil?)) Así ha- bla el sofisma: -y la cuerda razón le contes- ta, que todos esos males, aun llevados á la mayor exageración, son menores que los acarreados por las flui tuaciones de uña re- pública ó de una monar(|uía electiva. «¿Por qué al menos no se han de cambiar con mas frecuencia las familias en que se vin- culan los derechos al trono?» Primero: por- que una familia real no se improvisa: se- gando, porque aun suponiéndola existente, no se hace la sustitución sin inconvenientes de mucha gravedad. Todo lo que afecta á las familias reales, es di; un interés nncio- Dal; en ellos no hay asuntos de familia pro- piamente dichos; sus alegrías se celebran con tiestas nacionales; sus duelos son llora- dos con luto iM)pular: esto no es lisonja de los pueblos; ios pueblos en masa no adulan, es la verdad, y verdad profunda: el horos- co|X) de las naciones puede leerse en el al- cázar de los reyes.

Los hombres de estado debieran tener muy presente una verdad tan im])<)rtjinte; no para entrometerse en negocios (pie no les pcrienezcan, ó convertir en materias de simples combinaciones políticas, objetos au- gustos; pero sí para no dejar que errados consejos ó malas pasiones se introduzcan en los palacios de los 'reyes, derramando desde allí sobre los pueblos calamidades sin cuen- to. Desgraciadamente, muchos de los hom- bres que se a|>ellidan de estado no son mas que tribunos ó cortesanos; eslreiuos ¡¡íual- mcnle peligrosos. £1 tribuno «juiere llevar en cartera la vulimtad del monarca: cuando el soberano se resiste es conipelido por la amenaza; el débil cortesano cree (jue gobernar es servir, y confunde sus atribu- ciones con las de un dependiente de palacio. El tribuno toma la regia morada por la pla- za pública; el cortesano se llama ministro, y no es mas que gentil-hombre.

I'ero volvamos á la ¡mportímcia de las fa- milias reales. Ya hemos dicho que estas nasc improvisan, y que cuanto las afecta, afecta también á la nación. La historia atestigua esta verdad, y la esperiencia lo ha hecho sentir a la España de una manera cruel. A fines del siglo pasado se agitaban en el real palacio lamentables pasiones; á principios del presente se urdían intrigas entre los individuos de la augu.sta familia: los cortesanos solo veian en todo aquello ca- irichos y ambiciones personales (jue no ha- )ian de trascender al pais, negocios de cor- le, de los que debía sacar cada cual el me- jor partido posible: un titulo...una pensión...una cruz...una mirada benévola...cual- 3uiera cosa. ¡ Desventurados! ¡ un negocio e corte! humillación, la independencia en ¡)eligro, devastación, ruinas, torrentes de sangre...hé aqui las consecuencias. Quin- ce años hace los cortesanos se contaban al oído el dicho, el gesto de tal ó cual perso- naje; no se preguntaban qué sucederá, sino qué se dice, nué se piensa en la corle: ¿veis los resultados?.Mirad á los miembros de la real familia arrojados á larga distancia unos de otros, cual leves hojas barridas yor el huracán; mirad sobre todo á una nación da catorce millones victima de la guerra civil, victima de la revolución, victima del maü hondo desconcierto, buscando en vano y por medio de incesantes convulsiones, el aplomo perdido.

Quizás ahora mismo, v no obstiinle taa rudos escarmientos, se agitan también nue- vas intrigas: tamjvoco los cortesanos deben de ver otra cosa que un asunto particular á cuyo desenlace conviene estar preparados: el in.stinlo nacional juzga de otro modo: ¡wr los sucesos se verá <juien acierta.

Lo decimos con ta convicción mas pro- funda: la situación de la familia real de Es- paña nos inspira grandes temores sobre el porvenir, asi de ella misma como de la na- ción. La división, lejos de remediarse, se . aumenta, y todos los verdaderos aiiuiutes ' del trono, lodos los verdaderos amanles de 76 76 I su palria deben íijar la consideración sohre un nhjeto de lamafia trascendencia. ¿Se; ha reflexionado baslante sohre lo que esta acon- teciendo y lo que puede acontecer? ¿Se ha rencxionado l)astanle sobre los sucesos que dentro de breves años pudiéramos presen- ciar? I'ermilasenos insistir sobre este punto, llamar sobre él la atención de todos los es- . pañoles honrados, sea cual fuere el partido á que pertenezcan. No provocamos una dis- cusión im|)rudenle; indicamos hechos pú- blicos, entre los cuales l¡f?ura también el ue acaba de nrescnriar la España asombra- a, y del cual decia con razón un periódico amigo del gobierno: nos alarma. ' ¿Cuál es la situación de la real familia? Consta de tres ramas, de las cuales solo una mora en el regio palacio. En este jKila- cio, donde hace pocos años se hallaban reu- * Elidas todas, ahora solo venios á los dos au- ísuslos vastagos de Fernando VII. ¿No es triste, no es desconsolador, no es motivo de funestos presagios, el ver á las dos inocen- tes huérfanas enteramente solas, separadas de los augustos parientes que la naturaleza misma esia indicando como sus defensores? , ¿.No es triste verá una real familia, en que se cuenta á un principe en la flor de sus años con prctensioues á la corona, á dos hermanos de este, herederos de la misma pretcnsión, sirviendo en un ejército cstran- gero; á un tio muy joven aun, que después de halRT acaudillado uno de los ejércitos combatientes en la guerra civil, está conde- ' nado á la emigración y en es|Míctativa de los acontecimientos; á otro joven principe que en la capital misma, á presencia de su au- 'ífusla prima, publica un Mauifieslo, en que se habla altamente vcontiu las intrigas de uquellus que quisieran parodiar el reinado de Carlos //?» ¿Dónde estamos? ¿que si- tuación es esta? ¿(jué ponenir nos aguarda? '¿.Hay hombres que lo contemplen tranqui- los? ¿Hay quien uo prevea lo (jue puede resultar de la combinación de circunstancias tan infaustas? ¿Hay todavía quien ose arro- jar leña al combustible? ¿Hay cpiien eche sobre si la tremenda responsabilidad de comprometer los destinos de una nación, de jugar con la suerte de catorce millones de, españoles, de trasmitir á las generaciones ¡ futuras las catástrofes de la presente? Toda- j vía no iK)demos persuadirnos que á tal cs- trcmo llegue la ceguedad; todavía esperados que du algo servirá el recuerdo de crue- I