SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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les escarmientos; todavía creemos que si hay empeño en un mal camino, se acabará )or cejar, escuchando la voz de la razón, de a historia, de la esperieneia, de Ui concien- cia, del honor, y hasta del interés propio.

Con respecto 'á la división (¡ue estamos lamentando, y cuyas consecuencias nos hacen temblar, no culpamos á nadie: la materia es sobrado delicada ^)ara que des- cendamos a pormenores, con el objeto de desliiidiir la parle de censura ó alabanza que corresponda á estas o aquellas perso- nas: no hacemos mas (¡uc señalar uo he- cho para nosoüos alaniiaule, y decir a los demás: «¿esto no os alarma* tiuiibien?» Arortunadaitiealc hay aquí un cani|>o en que no tienen necesidad de dividirse los partidos: cada cual puede conservar su opinión sobre todas las cuestiones, coíivi- niendo en la funesta gravedad del mal que deploramos. Diñase que se olvidan por mo- mentos de lo que son, para no recurdar sino que son españoles: lodos se hallan domina- dos por una desazón profunda, cual si presintiesen aconleeimienlos formidables; en U» diferencia de opiniones sobre, el rumbo mas acertado, no se les oye á lodos mas que una voz, un grito penetrante; « a(|ui hay un escollo; mjs perdéis para siempre; hay un escollo: ¡¿ donde vais!» Seria in- teresante la colección de los sentidos acen- tos, de las siniesUas profecías que este negocio ha provocado en la prenda; jiero dilicilmente se puede decir mas y con ma- yor claridad de lo que se lee en el Eífjtaiol en su número del i del corriente enero: "Los que sostengan, pues, que la ñeiM puede y debe casarse sin esperar á que la opinión de las ('orles le sea conocida sobre la elección de esposo, que su inesperiencia inspire influencias no responsables o eslra- ñas á la gloria y la felicidad del pais, esos se declaran desde ahora partidarios, sostene- dores y coiiiplicos de la boda napolitana, del matrimonio cuyas inmediatas cotisecueo- cias necesarias soii: «Debilitar el trono, dándole por sosten á un niño afeminado, (|ue sera forzosamen- te el instrumento de los que le traigan á E.spaña, y el complaciente de cuantas miras cuadren a sus protectores.

<( Escluir de hecho de la sucesión á la co- rona á los vríncipes de la dinastía reinantt, convirtiendo en mlurales enemigos de ¡a Heina y del pais á los que conservan dcre- 3 i chos eventual^, v a quifite^, si hieii ha-; los parlidos. La cuestión no es de derecho, Úü phgaré su deíier y á io que eitge el l| bím de hecho; la cueatíonrestá en fí eeoe hien del reino la clmcion de uii marido que partidos y esos liomljrcs llevarán error aftadiese fuerza y esplendor al trono, iñ de ósh maldad hasta un piinlo peligroso para un principe napolitano, pobre, necesitado, la tranquilidad publica; ia cuestión está en aín prestif^io, sin valor, sin prendas pcrso-; si ea pnidenle arroatrac la impopularidad nales les inspiraría despecho y rabia y los ■ hasta scnieiante estremo; la cuestión pstá colocaría, á pesar suyo, á lacabeza-éa todae las agitaciones que el órden JMtaral de loa flicesosyel descontento pudieranpraducir.»

easies o no |>olilico el hacer mas profunda la divisioii de la Real íapiilia, y dar un pa- so del cual no se pueda retroceder, dicien- ¿Qué seria de la Kspaña si se cnmplie- ' do al partido i'rf>'_'r»'<i«fa y al monternol rantan tristes pronósticos 'M atendido lo ^ nos eoseAan la historia y la esperíeneja flobre tos terribles efectos de' la ambición y otras pasiones del corazón humano, ¿quién podrá decir une esos pronósticos sean va- '■Da? Si se (licíeae el casamiento con el conde di* Trápani, v í^obre la enemistad de la rama proscrita hubiese la enemistad, nista, y a la lurneusMi ma^una del modera- da: jfmmá$.

En política es preciso tratar de las cosas, no como deberian ser, no como se desean, sino como son. Convenimos en q^ue el ma- trimonio con el conde de Trápani no A»ria "igroso si se pudiese lo/irar lo siguiente. Persuadir al partido propfresista que lo ó la ríralidül, ó siquiera ei descontento de aceptase, ya que no como una cosa buena, al n>enos como un satrilicio.

Persuadir al partido moderado que imita- se á los progresistas en su resign^ion, y que se olvidase de cuanto ha dicho en las reuniones, en la prensa y en la tribuna.

Persuadir al partido del conde de Konte- ntolin, que se.conteutase con el de Trápaní, la otM, tendriamos á «na aagiiatA Nifui de muy poros años. sin mas eonsejern ni sos- ten que otro niíio también de muy corta edad, en présenchi de nn «reoido Wánero éb adversarios de la Real tonília. todos varones, en la flor de sus afios y de cos- tumbres militares; en una nación donde hay «n fnerte partido qoe combatió reciente* ^ y que no ae acordase mas del presente de mente con las armas en la mano el trono de Bourf^es.

Isabel II; donde hay otro partido ansioso Persuadir al iníaiile í). Enrique de que no de revolución, osado, terrible, que sob es conveniente hacer manifiestos poHticos de espera la oportunidad para dar el ^olpe, y, ninguna clase; mocho menos M los han de que se afrruparia en torno de quien esrri- al}il)ar los periwlif ns progresistas v han de biese en su bandera independencia tf ttber- ¡ alarmar á un periódico del gobierno; menos tai', km cnet BMSMM» partido moderado, ll (odavia si se han de condenar fi» tnlfí^atits h» hombres mas ínOuyMites se han com- I los qne qummMpandmrtíftñu^éfCár' prometido de la manera mas esplírita contra! los II el conde de Trapaoi; de suerte i)uc si este i Persuadir a este pnncipey domas, ^ue se principe viniese á Éspafta tendna qve In- | vnan intimamente con el conde de Trapaoi, char con tantas y tan graves diticullades, i y quesean sus mas lirnies sostenedores, ro- que de ellas no podría salir on bien, aun;| ino parientes y como amigos, en todo cnanto cuando en vez de las cualidades que se le J pueda ocurrir ile favorable ó adverso, asi en aaríbiiyeo, f sobre las qne nos abstendré- |j ta corte como en el campo. m(K dejn/gí'.r. fuese por c! contra rio un ¡I Persuadir al conde de Montcniolin, que á hombre de alia capacidad. de grande ener- la edad de il años abandone todas sus pre- gia, de carácter firme, y de consumada es- ll tensiones, y se re^ne á una emi^acíon periencia. ¡ perpétua, vifíendo de lo qne se sirvan dar- De nada sirve el decir que estos |i II lto';!»• los L'ol>ÍerTK»^ estraníeros. ñ de unrf mo- naccn de los errores ó de la maldad de los desla pensión que se digne sc&alarlo.el ge- hombres y de los partidoB, y (pie los con- | bíemo español.

sejeros di- S. M., tanto los re'sponsables co- ■ Persuadirá los hijos de D. Carlos que sír- rao los que se hallen en distinta esfera, e<?- '¡ ven en et ejército de Cerdcfin, que se resig- tan en su derecho al inclinar el ánimo de la | neu del mismo modo a no tiisar jamás el sue- Arinn en el sentido qoe consideren conve- lo de su patria, v á vivir «el aneldo de oofo- níiiii», mal'^ |m á lea homim y á I neles en na «jéiiito ealftB^ Dlgitlzed by Gopgle • liPniaadir a D. SeiMkstian que se resigne é 1» flúsmo, olvidando ol tiempo de su man- do en Ins provincias, no haciendo caso de que se hayan ¡«erdido para siempre las espe- ranzas de la causa que sostuvo, y que con ella se baya hundido él y toda sa 'fiimiKa.

Persuadir á todos los gabinetes estranpe- ros, y perticttlarmente á la Inglaterra, que iwte imperta et que la IVancia ileaiiee en Sibafía una infloencia «achnin.

Persuadir á la prensa que no conviene ha- blar mas contra el conde de Trapaoi.

Persuadir al pueblo espaftol en naÉa, que c1 conde de Trépani m es tal ooom» lo pinta la prensa. ' . Persuadir á este mismo pueblo, cpie este íSNObriOMnío es obra solamente española, y que para nada interviene el ¿labinete francés.

Persuadir á este mismo pueblo que no hay aqni otras iaflsencias nada populares.

Persuadir al mismo pueblo que con este matrimonio no se traía de perpetuar las in- dicadas inlluencias, asi en lo interior como en lo eaterior.

Persuadir á los liberales que el conde de Trápani será el mas firme baluarte de la li- bertad; a los monárquicos, que seni el me- jor escudo del trono: á los hombres pacíficos que será la mas valedera frarantia del órdcn publico; á ios íacciosos, <jnc será temible; á ka eooiiémicos, que sera una prenda de teaiM administración, de ahorros y de alí- tlos pora el pueblo; á los militares, que será emblema de valor y de gloria: á los maii- Bos.qoeserá el orgmHo del pabellón nacional.

Si estas pfrsUtísinnes se obtienen, no ha- brá dilicultad en el matrimonio con el conde de Trápani; pero.si esto no se lo^a, ¿que importa el qw sean ó no catonmus cuanto se dice; e! que sea ilegal lo que se haga; el que la oposición al conde de Trápani sea una especie de Tértígo que trastorna las cabezas? N0.8C trata de lo que debiera ó pudiera ha- ber, sino de lo que hay; bajo este punto de vista miraríamos el negocio « aun cuando foéramoa partidarios del conde de Trépani; lo demás es una política hipotética, no po- sitiva; es una especie de diplomacia que se contenta cou la verdad poética sin cuidarse de la real; que crea un hecho, una persona con determinadas circunstancias, con el ca- rácter que mejor parece, y que desarrolla los acontecimientos y las acciones en un -mando puramente ideal, que nada tiene que ver con el maada de la realidad.

El cDadro que acabamos de trazar na Ü alertamente muy halagüeño; pero es exacto hasta lo sumo. Si hay un solo hecho falso, desmiéniase; si hay una sola persona traida mal a pio|>ósito, señálesela; nos he- mos referido a los adaa públicos nada wm; ni siquiera los hemos comentado; nos hemos contentado con es{K)nerios. £n vista de este cuadro, ¿quién tiene ranea: la oposioM pública, ó los que se empeftan en contraría^ la? ¿Quien mira por el lustre, por la digni- dad, por la secundad del trono: la opiaion pública, ó sus adversanoa t ¿ Quién es mm político mas previsor, mas cuerdo? ¿De I dónde vienen las lecciones de prudencia: de I arriba abajo, ó de abajo arriba?. ' En semejantes materias, la gravem áá asunto y el ti^mor de herir á determioadw personáis, imponen al escritor ^yom regfii en todecaaaCo no ea del dominin le cusioB pública; pero con todo el respeto que ^ ellas se merecen, no hemos píKÜdo menos de] consignar el f unesto hecho de la dÍTistoaMi la Real familia, y las traaeaÉBéutoteá^il^ secuencias á que pudiera dar ocasión enaa^ porvenu' mas o menos j)roximo. Hemos qoe-^ , rido señalar un escollo que todo el muodo ve, esceplo los que i él dirigen su ranbl^ Tal ver. se dirá (jue hemos dado á la preMt ' sobrada importancia; que nos alarmuaos demasiado con las profecías: qotsiéramaafl- gaflanms; quisiéramos que los Slíaie¿ fíe nos amenar.an fueran meras visiones. noc los melancólicos profetas fueran profetas íal- sos; peromucho-recelanios, y no pcnlei«pH este recelo sino con favorable esperíeoeil, mucho recelamos ijue esos profetas falsosno lo sean a ia manera del falso profeta del Con- greso, del Sr. Pacheco, que tan nial pariál dejóla previsión de! Sr. ministro de Estado.

Ya que ()*■ [jroíecias estamos hablando, qo es posible dejar en olvido una indicación que se h i 7.0 01 el Senado. No la llamaremos pía- fn ía porque no es probable que el señor se- I nador tuviese intención de hacer profecías, mucho menos una tan siniestra. AlndiaMS é ' las palabras del Sr. Luzuriaga en la sesión \ del 'M de diciembre, replicando al señor ministro de la (íuerra. isi en efecto fueron tales como las pooed Í7iaaiorlNiMjeoeBai|^ número del 1.** ile enero; si no hay alguna equivocación, cosa muy fácil en estas mate- rías, cstrañamos que no hayan llamado mss la atención de la ¡n *-nsa amiga del ^biemo. i Uéaqaálaapakibraa dal citado peiiédieo: «na lección al señor ministro de la Goerra, hnrií'ndole comprender que los hombres en- cargados del (ejercicio de la autoridad su- i preiiM no deben perteMcerávin^n partido, lísi como la energía con que reclia/ó la nota de anarquista, aplicada continuamente al mlído liberal por los hombres de la situa- «ím.» «Timbien dijo el Sr. Luziiriaca: la inmensa mayoría del |Kirlainpnfo francés dn- ba^esle nombre á los pocos diputados que MpMlreiiMkto de Carlos X dafendian mis prkicípios, y la nación la khofiuticia ndju- dicando la corona al qw xiempre hs.hahin mrofemdo. » Esperamos que ios ministros iiahrán compreadido la sigDífieaeion de este •asíro olnciinnlc. >' I En efecto, ia significación no era dilicil I éb comprender, y era de importancia tanta L Mtynr, cuímto laa palabras «alian de la bo- I ^ at un honihre írrave, y que no ha prohi- r^jado^ las exageraciones de muchos de su ■'yailide. Hav aqoi una coincidencia mera- mente caawl, como es claro, mas que por lo mismo es muy nofal)!e. siquiera como enriosa. Con la misma fecha o^ícrihia su mn- mñeifo el infante D. Enrique. y lo remitía á los periódicos. En él ae leen las siguientes L^-palabras: «Educado en la escuela de la des- p^jCiBcia y en medio de las revueltas políticas, *(tí algo me han hecho aprender kw aneeaos con soirtiridad. es qiif» los pn'nriprs tío de- ben tener predilección pornitifiun par (ido vi ^«MfMM adoptar sus intereses y sus resenti- mientos. Loa qne olvidan esta máxima cau- san á la nación muy ^rravcs danos. se ios hacen ¿ sí propios, comprometen la paz de ' •iaa poeblos, y esponen á perder su presti- ffio y su dignidad. Obedeciendo á esa con- vicción arraigada en mi ánimo. he lamen- ,,tado amargamente los estragos de nuestras -í^discordias, derramando lágrimas sinceras sobre la trátiica suerte de cuantos españolri; ilHsíres se han hecho celebres por sm servi- cios'al trono constitucional » «Los sacrificios nuo ha prodiírnfln el pue- blo español para salvar la causa de lsa)>el II y de na inalitocionea, la afirman contra las pNentativas del oscnranlismo y las intrigas "^'ideaeurllox que quisieran parodiar el reinado átCárlus ¡1. Ni los adelantos del siglo, ni lo» grandes principios raeonoeidos por to- dos los pueblos ciillos, ni In dignidad ile es- la nación magnanmat eonsienlinmngun gé' ñero á$ HIrktm #■ ii mmm lié «MdM regeneración. » «Sea mal fuere la elección de mi augu»> ta prima, yo seré el primero en acatarla, persoadidio de qve el príncipe que niBiÉáaÉ^ su preferencia estará cowplrlamen'e iden- lifieado con la gran causa de ta libertad y de la mdependéneia española que abracé coB uu entnaiaaaM sin limites desde mis primor ros años, por convicción, por sim|)alias, por el ejemplo de mi familia, y de que no üré capaz de separúrm»- nieiilcaB ae dure!• vuin.n El significado de estas palabras es grave, < gravísimo: el principe ha sido mal acoose- * jado, y sos consejeros paiece qne teníM Ia intención de comitiometcrle hasta un pun- to en que no le fuera posible retroceder. Por un ludo trata a ios partidarios de D. Cár-r los de una manera mas dura de lo qoe era de cijperar de un j)ersonaje de sn catoíroria; ])or otro se declara contra inlrigaSf que aun cuando existan parece que no era on pri- mo de la Reina quien debia nombrarlas y condenarlas en un escrito piil)lic(). El au- gusto príncipe, en la luespenencia de sus l>oco8 aftos, quizás no alcanzaría lodos los resultados de un paso semejante: á él no le hacemos ningún cargo, sino el de haber sido demasiado dócil al escuchar á sus con- sejeros. CouM» quiera los resultados cxiatMi y son en gran parte irremediables. El par- tido progresista, acogiendo con júbilo el luanidesto del infante, indica haber co»-* prendido el camUa ^ obtiene en a« p»* sicion: creemos que no se equivoca. A un partido le importa sobremanera contar coa nombras aogoaloa; loa dooMs, por respeta- bles que sean, valen muy poco en compa- ración de aquellos. N*o qucrcnios signilicar con esto que el infante 1). Enrique abrigue le idea de capitanear ningún partido; pero los partidos para nombrar capitán BO Mé- Icn pedir el ( onseiitimieato del que desean nombrar: les basta cierta combinación de circunstancias que den á na nombra la oportunidad de una bandera.

Sea lü que fuere y no obstante ia lealtad y pureza de intenciones que debemoa su- poner al infante D. Enrique; no obstante su sincera aflhesion al trono constitucional de su augusta prima, ello es cierto que su ma- nifestacionvBo'es na<la eonducente parala ^ unión de la tamilia Real; y que antes por cl contrario, aiunenta ia división que la trabtK ^iaiÉMa Mito tti producido á eHa ini<iní\ yñ h unción y (jiio prohahlcmontc . Dus ucarruara miichus otros. Hellcxioneii fúhn esta deploraUe sitcnoiaa los amiitM .¿del trono y de la patria. Hace pocos meses que se bablü en nombre de la Reina. del modo que^ todos sal)«mos, contra una tamí- lia prosoríta; boy vemos- á un príncipe que habla, es verdad, contra la causa de los proscritos; pero en cambio comlena las infri- gmd$ los uue (¡aisieran parodiar el reinado é» Cárloa ii^ que condena las predilecciones en favor do un parí ido, v dn In ciones a q«íea quiera rocibirlas sobre el poli^To a floese wpemen ihpenhr su ¡v csiifiioy su mgmidad los que procedan de ntn» inanera. Reflexinnon sobre esta deplorable situación lo:$ umuutes del trono y de la patria.

DISCISIOKES PARLAIIEKTARIAS.

Émib Ib M Las Cortes se abrieron el lo do dieieni- brc; estamos á lines de enero; ¿que bienes Um praductdo á la naeion los trahajos de sus padres y reprcim! antes'} l'no \ muy Kraodc: mayor desengaño. ¿.\o liubia va Malastet Todavía no: es necesario llenar lajnedida. Un roes se habrá consumido en discutir las conti'slnci'^tnes al discurso de la corona: quisiéramos saber lo que resulta en Hvpío de úUI pal^ el país. Qne el miaisterío aecrcia el mejor posiWe; que lüillian ain- Mcioncs; que el amor propio deseaba satis- facerse: esto ya lo sabiamos; pero, lo re- ))et irnos.;.qoé le importa todo esto al país? Mucbo: atesora desengaños, y esto al lin producirá su.s efectos, llevando las cosas al pimía daade deben estar. -i€omesceaM»s por el Senado, y ante todo, seamos justos: en el alto cuerpo la discu- sión no ba sido,iut\y lar^a. Con la altiva teoría de qoe el Sanado debe aer nn auxiliar del fíobieriio. el Senado ha ofrecido un as- pecto nada alarmante: si no se ha levantado á la altura de la cámara de los lores, tamnOM aotlMi plMil^ctt pélllil^tli^i^^ lucion: osla es una compensación qoe «« iueaesler apreciar, lül gobieruo puede estar tranqvik». '^'«i^y^ El discurso de la corona decia: uel mtnis- leriü se ha portado bien;» y id Senado con-* testa: «muy bien ^e ha portado el ministe^ rio.» El discurso de la corona decía: t«i adelante lo liara mejor/) el.Signado contesta: «mucho mejor lo hará en adelante.» Aúaaf gusta: todo en buena paz y araonia. ia ve< sigue an rombo tan acertado, que la mej(»r (pie se puede haper es colocarse á remolque. < Si se prosigue en eala linea de el Seuado será indudablemente una institu- ción muy pacílica; hay la diliciillad de si al {propio tiempo se bara una iusiitucion oiuy Harté. Este lo dejamos al juieio de U» ilaar:*. tres senadores. Sentiríamos qi:e >m' equivo- ' casen; pues nosotros creemos <|ul- el.Senado ^ vitalicio decidirá de su porvenir >ef;ua su conducta. El Senado, institución tutelar, do delxí ser temido, pero si respetado por el gobierno ^ por los pueblos; este respeto to^ tendrá, SI él quiere; pero M tsel mejar nrodio para adquirirlo el dar aíompie la ra-^ zon al ministerio. La contestación al discur- so de la corona, el lenguaje de algunos ora- dores, y el resultado de la votación, no muy a propósito para inspirar aliento: sin ¡ embariüo, Ijjdavia no perdemos la esperaa-» za: en política, como eu lo deuuts, no cofr'f ' viene desesperar demasiado píenlo, tma^^ Varios senadores preseutnron una en- mienda sobre el sistema tributario; ¡babrase visto semejante ntr^yirnienlo! Ki objeto en importante; la causa popular; el tonofraam^» bien (pie mesurado; pero estaba en j)elií:ro la cartera del Sr. Mun, v esto era demasía-^ do grave: su dimiaiim fiubieni cubierto mt España de luto, lo (^oe no se podía permitifin \ Los íírmnutes retiraron la enmienda: ¿p«r que? porque la cuestión tomajia un cíAqí político: respelamoa la deNcadesa, pera ii^ rn/nn alegada no no5 conVencc; de lo con-*; trano seria menester resignarse a no pre-í Fent<ir ninguna eumieoda que no fuera dd' agrado deí gobierno. No hay ninimne'eees^r^ lion. absolutamente ninguna, (pie no pne-*É da tomar un color poütico, v prohaltlemenle no babrá ningoila qoe no ló tome. Ademai# que no íue precíaemeilte el general Serrano quien llevo la enmicndn al terreno de la oposición política, íue el señor ministro, que Dlgitlzed by Google la caiiíícó dfí l<il y la hrzo cuestión de imht- nele. \ en verdad que el sefior Mon no an- daba desacoplado: prescindiendo di», la in- tención de los lirni.inles, lo cierlo es que la cDinienda conlenia una severa censura del sistema tributario: el.SV. Mon no no<l¡a con- tinuar en su puesto, si la enniienua bubiese suk» nprübiula.

O)mo «fuicra, los lirnianlcs contrajeron mcrilí) a los ojos del pais, protestando con- tra un sistema (pie abruma á los infelices pueblos; y el delicado sentimiento que hi- zo retirar la enmienda, habrá merecido el elogio, sea cual Inere la opinión rpie se for- me sobre este paso. Hubiéramos dt^seado Tcr la ennuendn sometida á votación; no GÍertamenle con la esperanza de la derrota del ministerio, sino por poder contar votos y anotar nombres: en política, los datos es- tadísticos somnuy preciosos, son aliío mas (|ue una simple curiosidad. ¿Qui'. habría su- cedido? La votación en lavor de la enmien- da, ¿hubiera sido ((uizas esccsivamenle di- minuta? Es posible, ¿pero qué importa? ¿liay nada mas noble (|ue el mismo aisla- lamienlo cuando se sostiene con serena dia;- nidad la cau.^a de la razón? ¿De donde nace la fuerza moral de las minorías a veces muy pequeñas?

Los lirmantes de la enmienda han dado un testimonio del vivo interés que se toman por el alivio de los pueblos, al propio tiem- po que han manifestado no estar animados de espíritu Inútil: sin embari^o, <|uisieramns que |M)nsasen detenidamente sobre la facili- dad de que se ofrezcan casos senjejantes, y sobre cual es la condncUi que en ellos se de- l»e »ei(uir. Es menester que se convenzan de que todas las cuestiones, sean las que fueren, tomarán mas o menos un color po- lítico, y presentaran mas o menos apariencia de oposición, siempre ijue se trate de no complacer al ministerio: y en esta alterna- tivo ¿qué se hace? ¿Se retiran todas I»í en- miendas y lodos los proyectos?.\o creemos que asi se ha^M; y en nuestro concepto, esta seria una conducta muy errada. Es necesa- rio, pues, salvar la intención, jwro resis;- narsc a las c(»nsecuenoias de una posición que sera tanto mas honrosa cuanto no será intentada.

En lo que lora á su efecto moral, nos parece indiferente (pie la enmienda se re- tirase; pero no quisiéramos que la razón alegada se aplicase á otros casos: combatimos el principio mas bien (pie el acto. Por lo demás, repelimos ((ueel efecto moral se consigu¡«»: el pais pudo convencerse déla rectitud de intención y del celo de los Hr- I mantés nor el alivio de los pueblos, mavor- { mente habiendo tenido ocasión de haltlar el Sr. mnr(/ués </<• \ ihtmu en pro de la en- mienda. El di.scur.so del Sr. marques se dis- tinguió por la abundancia de datos, la oportunidad de las comparaciones, la sen- ; cillez y claridad did eslilo, y la facilidact de ia locución. El orador se limitaba cuan-^ I to podia al aspecto económico; pero el-> mismo asunto le ofreció mas de una ocn- siím para hac-er indicaciones políticas de bástanle gravedad. Su réplica al Sr. mar- qués de Miradores fue muy atinada, y por el jusl.í aprecio (pie hacein(>s de las distin- guidas cualidades del presidente del Sena- do, sentimos vivamente que el Sr. Viluma tuviese que darle- una lección, queporcon medida. no es menos severa, cuando le. dijo cpie el Senado debia apoyar allernali- vumeiile, unas veces los dereclios de la co-, roña, y otras las peticiones justas délos pueblos.

Los discursos de los señores Luzuriaga y Serrano I nerón una es|)ecie de protesta del i parlidi) progresista: ¡(piién se lo dijera al general Serrano cuando era (johierno provi^ sional. que dentro de tan breve plazo se ve- na reducido a protestar! ¡Y sin embargo, no era difícil preverlo!

La discusión del Congn>so ha sido mas larga y porliada, ainujue el partido progre- sista cuenta en él menos votos que en el; Semillo. Los hombres de la situación, libe- r ( oino siempre, han (|uerido que lodos los partidos tuviesen en el Congreso sus re- presenlanles: los progresistas um, el señor Orense; los uno, el Sr. Vidaondo, ¿qué mas se (¡uiere?

Los restantes son moderados, divididos* I en dos campos, el ministerio y la oposición.' Aqui se ofrecen varias cosas notables, y en- tre ellas lo es sin duda el hrio con que el ministerio acomete. Generalmente hablando, los ministros en situaciones como la j)re- sente, suelen estar como reos en el banco de los acusados; (tero ahora sucede lo con- trario; el Sr. Pach(;co parece el ministro, el Sr. Pidal el gefe de la oposición, l odavia mas estrañezas: a primera vista se creería que el ímpetu ministerial debia ifsidir en el elemento militar, y la templanza en lo» ■nados; pues nada de eso: el Sr. Fidal, el T?r Mon, y lia.sla el Sr. Martiue/ de la Uosa han fíiUído beikosüs; y el {íeneral -\ar\ac'/.

Iironuuciü un discurso tan susei^ado, tan )laudü, que hacia sospechar seriamente si S. E. ainliicionaba el dictado de hombre de parlauienlo.

¿Quién tiene razón, el p;obienio ó sus adversarios? creemos (|ue todos á su ma- nera; no se dirá que somos difíciles de contentar.

Cuestión de legalidad. La ü[>osicion dice: habéis infriniíido la ley. — Es verdad, res- ponde el ministerio.— Con qué derecho. — Con el de la defensa propia. — Entonces abandonáis los principios parlamentarios. — A-Oles que los principios es la vida: lo mis- mo haríais vosotros si os hallaseis en nues- tro caso. — ¿Porque deciais que con la Cons- titución de 37 no se podia gobernar, y que para remediarlo (juoriais olra, laque tene- mos, V (jue inlVingis? — Ya vendrá el tiempo de observarla. — ¿ Cuando '/—Cuando los tiempos sean ordinarios, no estraordioarios, y lo reiHítimos: vo.solros en nuestro lugar obraríais como nosotros. / Aqui está cuanto se ha diclio en pro y en contra: yes menester confesar que elgo- bieruo no va tan descaminado, cuando dis- tingue entre tiempos y tiempos; lo estraño es que el mismo argumento que tanto hace Valer contra la oposición, no le conduzca á otros resultados: una lógica a medias no es lógica sino solisma.