evidente la consecuencia. de que el estado social de la Francia |>ara el efeeto de conso- lidar un gobierno, es muclio peor que el nuestro; que lo (pie alli depende de causan hondas y arraigadas, aquí dimana de causa» superliciales y paKagera.^. tHttk Por estas consideraciones y otras (pie po- dríamos presentar, estamos profundamente convencidos de que nuestra situación no es deses)>erada como creen algunos, y «pie pa- sadas las circunstancias escepcionales que no estaba en manos de los hombres evitar, |)o- drá afirmarse entre nosotros un gobierno sólido y duradero. Y uo es (pie desconozi'anws que la revolución ha Iwcho lanthion on Bopaña sn efecto. y que ha dejado taiithien emiuesln» suelo notables sulros; j)ero insis- Iíbios en que á pesar de todo, no se ha he- eho impnsihli' nn huen jrohierno: y recháza- nos la o|)inion de los que se emjwúan en ir^mentar \\or las circunstancias |>rcsenles SMM si fueran circunstancias rejíulares. Cris- HMUgohcrno en nomhre de Isiihel II; ven amnhre de Isabel li gobierna tanjbien el ac- toal Reírenle: pero es hacerse ilusiones des- mentidas por la historia y por la ra/on, el creer que el írobierno de (.ristina ni el del üuque íle la Victoria. puedan tener el mis- mo asiento, la misma firmeza, el mismo vi- £r. que el de un monarca en propiedad, tá en la misma naturaleza de las cosas, y pretender lo contrario, es pretender un iin- pofiíble.
¿Quiérese um prueba jialpahie y reciente de lo fjiic acabamos de afirmar? Hela aqui. Su|i(m::;ise que en setiembre de IHKí hubie- sen existido los mismos elementos que se CMBbinaron para el pronunciamiento; supnn- §■0 que las circunstancias hubiesen sido exactamente las mismas, esceplo nna, ¿ sa- ber, que asi como la persona que estaba al frente del ¿fobierno no era mas (pie Récen- le, hubiera sido Ueina: ¿habrian llegado tan allá los acontecimientos? Si en vez de Cris* tin hubiera si<lo Isabel, entrada ya en ma- fw edad, ¿la habnjunos visto también salir áe España entregando á otros las riendas del mmáot Rstamos ciertos que no; y que \ynr MKComplícada que se quiera suponer la si- tveion, por mas acalorados (pie imaginemos los áDimos. no se hubiera consumado en Es- pila con Isabel II lo que se consumó en rrancia con Cnrlos X.
¡AS n'llexinnes que acabamos de emitir «on tristes en cierto modo, porque manifies- ta» qae es vana la esperanza de que nues- tros males puedan remediarse de un golpe y eonio por encanto, y que e« necesario a§Mrdar el curso del tiem|>o para que poda- Mi alcjinzar una é|)ocade tranquilidad y so- mas por otra parte no dejan también de ser consoladoras, por(pie demuestran que ■oes desaliuciada nuestra situación, (pie no «rabies nuestros males, quenocare- porvenir.
U ílELIfiIOSID.lD IH I A Varias veces hemos dicho, y lo repetimo!» aquí, que la Religión Católica' es el mas fc^ cundo elemento de regeneración (|ue se abriga en el seno de la nación española. Y cuando esto decimos, no nf>s fundamos pre- cisamente en consideraciones genemles so- bre lo saludable de la influencia del Catoli- cismo en la ( ivilizacion de los pueblos, sino que alendemos también á las circunstancias )arliculares, caracteristicas de España: cir- cunstancias que la colocan en posición que de ningún modo puede compararse ár la de otras naciones de Europa.
Para producir grandes bienes, no basta que un principio sea en sí bueno y de natu- raleza fecunda, sino que es menester ade^ mas que pueda ejercersu influencia sobre los objetos que han d(í |)articipar de sus benefi- cios: es indispensable que el principio esté arraigado en el lugar de su acción, y qua por medio de estensas ramificiKiones pueda trasmitir sus bení'Ucos resultados desde el corazón hasta las eslremidades delcuerpo so- cial. Asi que, por mas que la Religión Cató- lica sea d(í suyo muy á propósito para labrar la felicidad de los pueblos y hacerlos ade- lantar en la carrera de la civilización, vano fuera presentarla como áncora de esperanza de regeneración inmediata, á un pueblo, que ó no la hubiese abrazado jamás, ó la hubiese abandonado. Ent(mces podria ser esa religión un remedio mas ó menos pode- roso, ñero cuya eficacia no pudiera hacerse sentir nasta pasado largo tiempo. Porque la vida de los pueblos es vida ae siglos; y ni en bien ni en mal, se palpan instantánea- mente los resultados de un principio (pie la afecta de nuevo.
Advertimos todo esto para observar en seguida que si no estuviésemos en la pro- funda convicción de que la Religión Católica domina todavía en el entendimiento y en el corazón de la generalidad de los españo- les, no alimentariainos la esperanza de que en dias muy lejanos haya de ver nuestra deígrflciadn pnlrin scnlados los finuiainentns do su prosperidad y ventura liajo la ense- ñanza y la iuspiracion de a({uella lleli;;ion sid)lime, que la sostuvo por espacio de orho si^'los en su giganlesca lucha con el isla- mismo, (Míe acompañó su pabellón triunfante al descubrimiento v conquista de nuevos mundos, que condujo sus huestes invencibles á las costas de Africa, que bendecía los lau- reles de sus ejércitos en Italia, en Francia y en Flandes, haciéndola resi>etar y temer de todas las naciones de Europa. Si la;ienc- raiidud de los espñoles hubiese abandonado la fe de sus antepasados, si rompiendo con todas las tradiciones de su patria > menos- preciando los mas brillantes recuerdos de po- derk) v de gloria, se hubiesen entregado a la iocrecfulidad y al escepticismo, se apodera- ria entonces de nuestra alma el desaliento y la postración, y no miráramos al (lal(»licis- ino con rcs|K>cto á la nación española, sino como un recuerdo estéril, como uno de aquellos blasones, que cubiertos de ¡wlvo y de orin se conservan en las armerías de una familia antigua, que degenerada de su ilus- tre prosapia, recuerda ajanas los altos tim- bres <|ue dicrou un dia grandeza y lustre a sus Ínclitos |)rogenitores.
Afortunadamente no es asi; repetidas ve- ces hemos aseverado (¡ue la inmensa mayo- ría de los espiu'ioles conserva aun intacto el sagrado deposito de la Religioir (4atólica, á pesar de los trastornos de la revolución, de los esfuerzos de la incredulidad, y de las asechanzas del protestantismo. Y cada dia uc pasa nos abrma en esta convicción; ca- a suceso de importancia (jue sobn^viene nos pone mas clara esta verdad; cuanto mas azarosas son las cin'unstancias y mas críticas las situaciones, tanto mas se pone de mani- fiesto (jue la nación española trabajada por medio siglo de guerras y revueltas, no ha perdido todavía su religiosidad proverbial.
Se dirá (|uizás<|ue nos formamos ilusiones, que pretendemos ver en los demás lo (|ue sentimos en nuestro corazón, (jue no cono- cemos la época enoue vivimos, el espíritu del siglo, y que nos (íejamos engañar por meras apariencias, por puras ceremonias (|ue no pasan de la superíicie de la sociedad, y no alcanzan ningún inHujo sobre las ideas y las costumbres. No pocas veces nos ha asaltado este triste pensamiento, no pocas veces se ha atravesado cx)mo un tétrico fantasma pa- ra eclipsar y ennegrecer las esperanzas que i jamás nos han al»andonado ^hi-e el (lorvenír de nuestra desventurada patria; mas de una VM, en vista d« ciertos hechos, de ciertos cfícándalos, hemos siMitido vacilar por un momento nuestra convicción sobre la reli- giosidad del |>ueblo español: y deseosos de descubrir la verdad |tor mas amarga que hubiera de.ser á nuestro corazón, nos hemos pregiuitado: ¿es verdad. es cierto, <pie el I pueblo español sea religioso to<lavia? les verdad, es cierto, que las ideas irreligiosas no havan pasado de la superíicie de la so- ciedad, que no se hayan tiilrado hasta su co- razón? Kstas rel1e\iones dos conducían, nos \ obligaban, a un examen mas detenido, que esclareciendo y lijando nuestras ideas. con- solidase nuestro juicio si era verdadero, ó I nos desengañase si era falso, tié a(|ui cómo procurábamos deslindar las ideas, cuáles elcaminiH|ue en nuestro análisis seguíamos, y cuál iinalmenle el resultado a que fuimos conducidos.
i| Kchando una ojeada sobre la sociedad e.»- Kañola, salta desde luego a los ojos que del>en acerse diferentes cla^iticaciones, si se quie- re apreciar debidamente el influjo (jue ha- van podido ejercer ciertas ideas nuevas, y ia propagación (lue hayan podido alcanzar en detrimento de las que a principios del siglo presente se hallaban en itacílica |)Ose- si(m de tiKlas las instituciones (le España. De estas clasificaciones, parle.son aulicables é ¡ todos los países cuando se trata ile invesli- gar un hecho (^omo el que en la actualidad nos ocupa; parte son enteramente |>ropia$ de España, como que nacen de hechos |>ar- ticulares que se han realizado entre nos- otros y no en otras naciones. Aqui, como en todas partes, es menester distinguir cn^ tre los (|ue forman juicio de las cosas por si mismos, ó al menos tienen esta pretensi(m. y los que solo siguen la corriente, sin curar- se de examinar que es lo que hay de ver^ dadero ó de falso en las grandes cuestione* que se agitan en la sociedad. i..a opinión de los primeros.se forma en una esfera muy di- ferente de la de los segundos; la de aque- llos nace de los lib»x>s, la de estos de los hechos. Países hay sin embarg*» donde la influencia de los libros sobre los heclios es muy |M>derosa a causa del mayor contacto que entre si tienen, y de la mayor comunicación con (fue se trasmiten reciprocamente su influjo: no ha sido em|)erQ asi en Es|>aña, ni es todavía, ni será en mucho tiempo.
El pueblo español. os dorir..tíjuella par- le que solu se iiuia [tor las inspirationes (|ue de los hei'lios nTÍhe. puede divi<lirse en df)s fírandes fracciones, a salM»r: ia que mo- ra en las eapilales, donde ha importado de un fiiA\u', no la civili/acion sino la cul- tura eslranpera, donde han (d)rado con toda ei^nsion y liherUid el conjunto de cansas qw de treinta años a esta parle se apli- ran de consuno para arrebatarnos las tradi- ciones y las costumbres nacionales, donde se han presenciado las horrorosas escenas que (on ullrafíe de la Relifíion y honor de la humanidad, se han vist4) en la azarosa época que estamos atravesando, donde dé muchos años á esta parle no recibe el pue- blo ninfíuna impresión favorable a las ideas religiosas; y aqui si que es necesario con- fesar la existencia de un número considera- ble de incrédulos, o mas bien de i^ínoran- tes, que blasfeman de Dios poripie no le conocen, y menosprecian la Religión porque la Inn visto re|>elidas veces objeto de vili- pendio. 1^ otra fraccimi inmensaiaentc ma- yor es la que está dcs|)arrHmada en los GUipos y alueas, la (pie habita en las po- blarioncs de se^tundo orden que |)or sn si- tuación y demás circunstancias no estén su- jetas en demasía al indujo do las capitales, y aun puede contarse en este número el piiehk» (jue vive en las poblaciones [)rinci- pak'S de Es|>aña, enlendiéndnst; a({uellas (|ue no ban participado del espíritu innova- > dor, y (|i>e con mas o monos UKxlilicacio- ' Bes se ntiencn á los anli^'uos usos y cos- tumbres. Por lo (pie toca á esta fracción, (jiie ciertamente forma la inmensa mayoría del |Hielilo español, no cal>e duda (pie con- '«•Pfva tixlavia la rcliftion, salvas alííunas es- Ifti^jiciones baslíinte raras, lamentables efec- i'liw de tarUas íiuerras y revueltas, y que [ f-fuedeii considfiaise como aquellos surcos Mae se ven en las apañadas mieses, cuan- tió al^un iiii|>ni(lente (» mal intencionado ha I tenido en mal hora el antojo de atravesarlas.
(^ue esto es asi, resulta no solo de la i»csperiencin de cada día, sino del examen Ky análisis de las causas bajo cuyo inllujo han kiíhIü educadas las clases á (pie nos referi- ll^mos. En efecto, nosotros buscamos cuáles lÉak sido las innnencias a «pie han estado, IWjiílas. y no enconlrauKís otro iMKier inle- Ifolnal y moral (jue baya obrado sobre ellas, lue hay a p(Mlido afectarlas proíiindaniente. í«o el dc la Uelipion. ¿Oue es lo que vie- 1 ron en la infancia? las ooremontas. fas fies- tas, las solenmidades déla Uelií:i()n: ¿(jné es lo (pie aprendieron en sua primcrosjaños? la en.señanza de la Kelif^ion; ¿á quién vie^ rím con influencia sobre sus res¡)cclivas fa- milias, a quien e.scuchanm por dire«Hor en los primeros pasos de la mocedad, á quien [)idieron consejo en los arduos negiM-ios de a edad viril? ¿no fué a los ministnis de la Relifíion? Por mas que bu.s(piemos no en- contramos otro [KKier morai sobre esas ma- sas inmensas que el de la Reli^íion; y no como una idea abstracta o como un s(*nli- ' miento vuíío, sino como un hecho real, pa- tente, palpable, que estaba en continuo contacto con ellas y que les era trasmitido incesantemente por las cerenKuiias y las pa- labras de los sacerdotes: \H)r manera que nada se encuentni que haya jMxlido ejercer una influencia contraria á la Reli^'ion, á no ser que se recurra a los:nalos libros que se han (l'fundido entre nosotros.
Ahorabien: ¿cuál es el efecto que en las clases á que nos referimos han debido pro- ducir esos libros? Sin que pretendamos ne- gar los daños qtie habrá acarreado á no |m>- cos incautos la curiosidad d(> una lectura venenosa, puédese sin embargo asegurar que el mal no es ni lan estenso ni lan gra- ve como temen unos y como desearían otros. En ])rueba de esta verdad consola- dora, hay una reflexión sencilla fundada en on hecho que esta á la vista de todo el mundo; y este hecho es ipie la liarle del pueblo es|>añol de que estamos liablando no lee, y de consiguiente mal puede inficio- narse con la lectura.
Todavía mas: aun su|)oniendo que las ideas de los malos libros señoreándose de algunas calKízas livianas (pie se hayan ha- llado en contacto con las clases á que nos referimos, hayan hecho esfuerzos por co- municarse á un mayor número, han debido de tropezar en algunos embarazos poco me- nos (pie insuperables. Prímero: se habrán encontrado no solo con la resistencia que les han opaesto los ministros de la Reli- gión en cumplimiento de uno 'de sus de- lires mas sagrados, sino también con la de muchos seglares (jue prevenidos de an- temano contra la irrupción de impiedad que amenazaba, han contribuido mas de lo 3nc se cree á neutralizar su maligna in- ueucia. A medida que circulaba el vene- no circulaba también el antídoto, v cualuiem habrá ixxlido ubscrvar que luuchus |j e Uts (}U(! /mi, uiii) liablundude iusquc uu I son eclesiásticos, se ban aprovecbado de la I ensenan7.a de los a|)ül()^isUis de la Kelif^iuii. \ S<;gundo: propagándose las ¡deas irrebf;io- ¡ sas, no por medio de libros que llegasen ' á las manos de todas las clases, sino |M)r | la trasmisión que de unos á otros se hacia, por la viva voz, no han [nnlido germinar en los entendimientos con aquella fuerza y | energía (|ue las acompaña, cuando furnian parte de un sistema completo, con su> prin- cipios, sus teorías, sus a{)licaciones tides romo se las encuentra en un libnt y como { se comunican al lector que con curiosidad le ha de\ orado. Cuando no se propagan de esta suerte, son como si dijéramos un ar- || ticulo de liberlinage; muchas veces leios de penetrar hasta el fondo del alma, solo sir- ven para afectar (|ue se sigue la corriente; i Íf en tal caso el daño no suele llegar hasta as familias, se limita á un delermiiuido nú- mero de iudi\iduos, \ como plaula exótica y poco arraigada, desaparece a medida (|ue ¡ mengua el ardor de las pasiones, y que en- trando la edad de los negocios se |)ierde el prurito pueril de parecer libertino. Terce-, ro: las ideas irreligiosas ban circulado siem- ' pre en España híijo la bandera de un par- | lido. Con razón ó sin ella, algunos de los pnmagadores de esas ideas se ban a()elli- dauo con un nombre político, pretendiendo y pro< lamando en alta voz que sus ideas y j sistemas sobre religión tenían un íntimo en- I lace con sus principios pohticos, que lo uno I no podía plantearse ni sostenerse sin lo otro, ' V que para abatir á sus advers;uios y arre- Iiatarles toda esperanza, era nicncster ar-; ranear de cuajo las antiguas ideas é institu- i clones religiosas, y cimentar sobre una nue- f va educación del pueblo las nuevas refor- mas aiie se proponían iiitroducir. Poco co- { nocedores de su situación, ciegos de rencor y de venganza. dieron a sus adversarios jobrado fundamento para que les reprocha- sen su espíritu irreligioso y su decidida ene- miga contra todo lo quc hasla entonces se habia tenido como venerable y sagrado; así aconteció que las ideas irreligiosas no solo! tuvienm que bich;»r d^on las ideas religio- ' sas que eran sus adversarios naturales, si- j no que se estrellaban también en el espíritu de partido que las resLstia y rechazaba, no solo por lo que eran en si sino también |)or- que venían de la parte o]>uesta. No se las miralia como una d(K-lrina simt c<uno un ti- ro; \ la i>ersuasiou con que a veces se las ac4)iupai'iaba, era mirada como una asechan- za perlida.
\ atpii llamamos muy particularmente la atención de nuestros lec tores para hacerles observar la inlliiencia (]ue ha tenido un he- cho polítiio sobre un hecho social. Las creencias religiosas si* ban hallado envuel- tas en cierto modo en el torbellino de la po> lilica; no faltaran (|uienes hayan creído que la lleligiou era amiga y auxiliar de la mas degriidante esclavitud, que de ningún mo- do podía couciliarse con la verdadera liber- tad, por lo que habrán mirado como unaes- iMície de progre.^^o el abandonar y despreciar la Religión, asi como otros han condenado indístinlamenle por impío todo ruanto tuviese la menor tendencia a libertad |K)lilica. l*or manera, (|ue las divergencias en puntos reli- giosos han contribuido a engendrar parti- dos |H>líticos; y estos, una vez formados, ban inlluido á su vez en la conservación o en la perdida de las ideas religiosas. La comprensión de la generalidad de los hom- bres no alcanza aciertas dí.stínciones; cuan- do se alista en un |>artido, ve su Imndera y considera como idenlilicado con ella todo lo (Míe de un modo ú otro se agrupa alrededor de la misma.
No es verdad (|ue para medrar un órdea de ¡deas necesite protetci(m abiert^i de parte • de l(»s que ejercen grande ¡nilujo sobi*c la soc¡edud; á veces les es mas ventajoso an- dar ocultas como perseguidas y pro.scriLa8^ haciendo sus incursiones sóbrelos espíritus, por caminos indirectos, por conductos irre- gulares. Hay ciertas ideas (|ue no pueden sufrír por mucho t¡em|M) la luz del día, (pie para medrar necesitan vivir cubiertas de misterios, y sobre todo estar muy lejos de las regiones de la práctica. La Francia no se hizo irreligiosa durante las tormentas de su revolución, la gangrena la roía ya de an- temano: mientras se (juemabau \m dis|>osi- cion del Parlamento algunos ntalos Ubros, quizás la irreligión ha<:ia mayores estragos. que durante la l)orra.scosa e(ujca de la a.sam- blea constituyente y de las sangrientas es-i cenas de la (Convención. Decimos esto para calmar los demasiados recelos ({ue pudieran haber concebido algunas |>ersonas celosas .sobre el funesto efecto que habrán produci- do en la.sociedad española los escándalos y catástiofes que hemos presenciado, eu luumfntos en qne predominando las ¡d»'as irre- liidosas se han reducido a la practica con lamontablc frenesí; port|ue, lo repelimos, á las ideas irreligiosas les basta el dominar por un hreve espacio para desacreditarse pnifundanjcnte. l*ero volvamos á nuestro objeto.
De lo dicho hasta aípii se infiere cpie las M»rsonas irreligiosas de Espafia puedi'n dis- tribuirse en dos clases: unas <pie han sido contaminadas con la lectura de los malos li- bros, otras (pie no han sitio educadas jamas en ta Reli^riim, (lue solo han oido halilar de ella con odio y desprecio. Claro es <|ue el oumero de las primeras es muy reducido, ya porcpie en España es iKislante corto el tirosa que debía alcanzarse por el camino del crimen, los (pie han hecho desaparecer todo freno, los que han (piehnintatio todas las Itarreras, los que han rolo el dique y han dejado dcsl»ordar las ai;uas, aun a riesl;o de ser arrastrados ellos mismos en la ínqK'tuo- sa corriente'. ¡ Oh! ¡ Cuántos de los qu« dieron el primer impulso deploran actual- mi*nlc su tuuesla imprevisión, devorados en la oscuridad por un amargo rcnu)rdimientol Siquiera por interés propio debían abste- nerse de firedicar lo (pie predicaron, de saoctouítt' con su aprobación los hechos que saDcionaniD. Creyeron que en diciendo ellos basta...se apaciguarían las alliorota- (lasólas, cual tocadas |M)r misterioso tri- dc las que leen, ya ponpie no todas las (juc denle; ¡vana esperanza! en el curso de las lo hacen se han inlicionado con los malos | revoluciones hay ana lo^nca iiiilexiblc, y libros; sea que no los hayan visto, sea que una justicia espantosa. Jtaslal...claman no se hayan dcijado euifanar por las doctri-: unos; no basta toilarial claiiuin otros; y ns que en ellos encontraban. La seí;unda | el carro de la revolución prosigue en su ve- dtfe, en comparación á la generalidad de loz y estrepitosa carrera hasta llegar al España, es |)oco numerosa, como que esta limitada a algunos puntos muy contados donde han prevalecido circunstancias esce|>- ciooales. Doloroso es por cierto que se lui- van empleado tantos medios para (|ue pu- dieran contarse en este triste numero una porción de individuos de aquella clase in- ibrtunada, ciiva buena educación debiera punto d4)ude le detiene la mano de la I*ro- videncia.
Pero a]>artemos la vista de este cuadro desconsolador, y lijémosla sobre otro que tantos motivos ofrece de aliento y espe- ranza.
La generalidad del pueblo español, su inmensa mayoría, no pertenece á ninguna ser uno de los objetos mas preferentes de la de las clases que acabamos do señalar, jMir- sociedad, |>or lo mismo (|ue los que la coin- ' que eii los catorce millones que contiene la Ci no tienen mas patrimonio que stts s, ni mas recurso que su salario. Cía- le infortunada, re|)etimos, y que |>or lo nisino necesita mas de los consuelos de la leÜgioo; única (pie [juede endulzarle los pidecimieDlos a (pie vive condeiiuda aquí en la tierra. ¡Desgraciados! cuando á algunos ét ellos los oímos blasfemando el augusto ■Mabre de Dios y hablando con odio o con ihiprecío de todo lo que pertciu;ce a la Re- ligioo; cuando los vemos sin freno moral y estinguidos los sentimientos, esccpto lo que ílu e relación a los gíH'es sensuales; cuando los miramos en ese estado lament^ible, no DOS irritan, no son ellos los (lue escitan en nuestro pecho un arranque de indignación generosa; no son ellos, son si los (pie los han prívado de toda educación moral y reli- Awa. los (|ue los han imbuido en idcfi:; de neligion, de inmoralidad y desorden, los (pie se han esforzado en hacerles tonwr Crte en escenas tumultuosas y sangrientas, > que les han prometido una feliciiiad mennacion es|)afiola figuran todavía como núme- ro muy escaso los bomlires (|ue se han de- jado seducir \tor la lectura de malos libros, y no forma tampoco parte muy considera- ble la multitud (le los (pie hemos indicado como pertenecientes a la segunda cla.se.
estudi(» analítico de las clases que en Kspaña han podido inficionarse con la incre- dulidad, no nos dejaria muy satisfechos, si la es|)erieiaia no viniese á confirmar lo que podriainos apellidar nuestra teoría. Kn efecto, cuando se quiere probar la existencia de un Itecho, no basta señalar las causas (|ue han debido producirle, contentándose con de- mottnttones de las (|ue se llaman a priori, )orque es muv fácil ipie se hayan escapado á la atención del observador algunas causas que iHMilralizaron el efecto de las primeras, y (|ue llegaron (|uizás á producir otro eute- rainenle contrario. Sulie de punto el |>eligro 4e equivocarse, cuando se trata de liechos pertenecientes al orden moral (jue son de suyo muy complexos, y (|ue han debido d« 4ptor espuestns n uii i»ifniniii<!rn causas db (iistinlos ordenes, c-ii>a respectiva elica- tfia es mu Y difícil a|)reciar con exactitud.
De aquí es (|ue al Inilarse de hechos se- mejantes, es indis|HMis<il)le recurrirá la pie- dra de lotpu' de la es|M*riencia, y ver si está de acuerdo con las conjeturas que se habían formado á la sola lii/. de la ra/on. I'ara veri- licarlo asi en el objeto que nos ocupa, será menester examinar (pu; es lo (jue nos ense- ña la historia de España de treinta años á esta {«ríe, y lo (jne nos está diciendo la si- tuación actual. Kn tres grandes ejxx'as pue- de dividirse el ()erio(iu histórico que acaba- mos de señalar: la ffuerra de la indej)enden- cia con la restauración del año catorce; la temporada de la Constitución de IH^Ocon la restauración del año veinte y tres; la íjucrra de los siete años con la situación actual que es su inu)ediata consecuencia. ¿(Jué nos dite la primera éptMM con respecto al hecho que estamos examinando, es decir, la Helif/iosi- dad de la IS ación Espuñola'í Todos los que presenciaron aquel movinuenlo colosal, acpiel levantamiento simultáneo de una nación de doce millones de habitantes, aquella lucha desigual de un pueblo sin fíobierno, sin cau- dillos, sin recursos, sorprendido con la ocu- fMicion de sus mejores fortalezas por ejércitos numerosos y ajmerridos, a(|uella lucha tenaa donde las victorias eran ac(»fíidas con el mayor entusiasmo, doiule las derrotas eran re- cibidas con un orííídloso qné importa!., don- de no se perdia jamas la e.sjíeranza ni aun en los mas tembles desastres. donde se veia un pueblo entero decidido á vencer ó morir en la demanda; todos, repelimos, los que pre- senciaron arpiella ^nierni heroica, Unios es- tan acordes en (jue la Reli^on obraba como un poderoso elemento |»ara conmover las ma- sas, para sostenerlas en los |>adecimienlos, i animarlas en los combates, entusiasmarlas en los triunfos, v alentarlas en las derrotas. .Nadie ha olvida()o todavia el fírito de fíei/ y Helitjion (|ue resüiialw en los cuatro ángulos de la Península, que era la enseña en el combate, v que estaba confundido en el co- razón de la freneralidad de los españoles, con el noble sentimiento de la independencia de la patria.
Léanse los documentos de aqnella éf>oca, los manitiestos, las pnwhunas. las alocucio- nes de las jautas, de los ftenerales, de las autoridades de todos ordenes, y en todas parl«» se verá que descuellan las ideas y I guerra sentimienlos religiosos: |K>r t(KÍ;is partes se vera (pie estaba escrito el nombre de Heli- gion, como el lema mas á propósito f>ara mo- ver é iHtlamar el animo de los pu(;blus.
Aqui nos (Kurmitiran los lectores xmn bre- ve digresión, que m» creemos carezca de importancia. s(q)i!eslo que siempri'; la tiene V muy gnmde, to<lo cuanto se reliera á seña- lar las verdaderas causas (juc produjeron el alzamiento nacional de fKOH, y la »pie fue su resultado.
l n historiador distinguido, el señor l*a- checo, al enuiuerar las grandes ideas que agitaron á la nación española en aquella me-" morable lucha, aña<le á las de fíci/ y hrUtjion la de Hhfrtad. « Kl Hey y la Religión, dice, ^respetables objetos, que los españoles ve- »ncral)an desde muchos siglos, como que )>habian sido la base y fiindamenlo del Esta- ndo: la libertad, que era la idea moderna, »el principio del siglo presente, que no po- í>dia menos de nacer y desarrollarse en una nconmocion tan profunda. Idea gnita por lo nmismo que desconocida y confusa, por lo «mismo que llena de ilusiones y nuil separa- »da, ó por mejor decir, confundida entonces »con la de inde|)cndencia nacional. El lien y »la fíelioion primeros motivos del al/amien- »to: la Lilnrlad, condición necesaria de su »>desarrollo. Sin las ideas de Heliqion y de ^Fernando no habria tenido efecto la insur- »rcccion: sin esas de orgullo, de individua*- »lismo, de Liherlad. nos parece imposible «<rue hubiera resisli»lo seis años. Ixi reunión »ae los tres produjo el milagro de nuestra nheroica defensa. No se reparaba ent(mces »en el antagonismo (pie entre ellas habia de ndeclnrarse: aliados contra el enemigo co- nmun los sostenedores de la una y de lus DOtras, sn unión utilizó los sacrilicios y dilató