K>r las circnustancias en que se encueutra a S^wña, y por el espirita dominante en la dilación europea.
ÍUUÍNUiie comprometidos por el'teonode Isabel II hombres sioceramente adictos á los sanos principios, y que amantes de re- formas sociales y políticas mas ó menos avanzadas, detestaban sin embargo los es- cesos de la revolución que ha desolado nues- tra|»atria. El iolortunio del partido modera- diMlesde la revolocion de setiembre de 1 840, pareció acelerar la fusión entre bombres que habían estado separados on la cuestión di- nástica: en. 4 843 los monárquicos de ambos padÜdÉhse omeron para derribar el poder revolucionario; pero tan pronto como se hu- bo logrado el objeto, los carlistas fueron tratados cou desden, sicudo arrojados de las urnas eleetonles y ataoados vivamente en la prensa. Entre las varías causas que se combinaban para hacer desvenlaja^a la si- tuación del partido carlista, era el que este MriMUMmndo posición, y no se.bailaba preparado para hacer frente á un aoinileei> mieato que no era difícil prever. 4ü» partidos como los individuos, no pa»> den ejércer una acción deseiibarazada f fuerte, si no aciertan á tomar la actitud que les corresponde, y á lijar el punto bácia el cual deben dirigir sos esfuerzoe. La bande- ra de los carlislns durnnle la guerra civilj había sido la persona de D. Carlos; después ' de los sucesos de Vergara, hombres fieles á sus oonviedoDes y compromisoe de honor, permanecieron agrupados en torno de la misma bandera, no obstante que la veían \ rasgada. El triunfo de la persona de D. Cár- los era imposible, y una transacción era imposible también. Para tomar una actitud I fuerte, y abrir camino á proyectos concilia- dores, era neceaarioqneeii inimrtanado prii!»^ cipe consintiese en retirarse de la escena política, reemplazándole su hijo Carlos Luis: I con este paso tenia el partido carlista una bandera nueva, en torno de la cual podía agruparse sin hacer traiciona sus principios ni laltar a sus compromisos de honor. Des- de entonces la coneíliábiM era posible, y uedaba abierto un camino anchuroso por onde podían andar todos los españolas con la frente levantada ^ el corazón tranquilo. ' La angosta hmiha de Bonrges compren^ (lio su posición: el nncianr» principe se re- tiró a la vida privada, dejando en su lugar á su hijo para que obrase según le dictara su conciencia. Si primer paso del jóven principe fue un manifiesto altamente conci- liador, y que solo han podido considerar como poco esplicito los qoe al parecer ereian que una persrna de tan elevada categoría habia de descender á pormenores como en un artículo de periódico. La£spana y la Eu- ropa comprendieron perfectamente el senti- do de aquellas palabras: nadie ha dudado de que con un hombre nuevo se inauguraba una política nueva. Las palabras eran de paz, y desde aquella época no se ha visto ni una sola tentativa de violencia • las palabras eran de conciliación, acordes cou el es|)iritu del siglo y las necesidades de los tiempos; y desde* aquella época no se ha visto uo solo acto, no se ha referido una.sola palabra, que dejase sospechar en el augusto prmcipe intentos de reacción.
Asi las noticias publicadas por los perió- dicos, como las que circulan entre las per- sonas mejor informadas, están contestes ef/./ > ^ que el conde de Monleíoolin es miiprinoip^'» t» conocedor del siglo en que vive, y que bus-'^-^ ' Ica con afán poco común en personas de su elevado rango, km nwdm qoe pMden dar- Dlgitl^ed by Go< i le á conocer la verdadera siliiacíon de Espa- ña, y la poliltca (|ue cunvendria seguir para combinar los elenienlos de iiu fíohierno ver- daderanienlc conservador, cou el espíritu de reforma que cardcleriza á nuestro s¡g:lo.
Creerían alfi;unos (|ui/as que el conde de Monleniolin cousuiiiiria sus días en estériles lamentos por la suerte (pie ha cahido á las instituciones antiguas y a la causa de su fa- milia; pi*ro según todas las noticias, el au- gusto príncipe, couío lodos los hombres pre- visores, no se acuerda de lo pasado sino en cuanto tiene relación con el porvenir. Sopor- tando el infortunio con aquella dignidad y fortaleza que tan bien sienta en un vastago de regia sangre, se ocupa incesantemente en el estudio de las reformas que se han introducido y se eslan introduciendo en Es- paña, leyendo cuanto se escribe, asi en obras como en iHsriodicos, inclusos los que mas hostiles se lian manifestado al proyecto de su enlace con la Heina. r £ste principe ha tenido la mejor educa- ción, que es la del infortunio: escelenle, muy escelente, ha de ser la índole que no se resienta algún tanto de la lisonja de los régios alcázares; pero habría de ser muy mala la ([ue no se enderezase y mejorase mucho con una no interrumpida série de desgracias. El conde de Montemolin, des- terrado de su patria desde muy tierna edad, no volvió a pisar el suelo dé España sino para asistir en las provincias del.\orl» al triste desenlace preparado á la causa de su augusto padre por el general Marolo: posteriormente ha vivido en el destierro y en la prisión, hasta falto de medios para soste- ner el lustre de su categoría: honrosa cir- cunstancia para el y para toda su familia: asi acontece siempre á los príncipes que obedeciendo solo á senlimíentos eh'vados, no cuidan de amontonar intereses con la previsión de la desgracia.
Un príncipe que resnira por espacio de catorce años el aire de la civilización euro- pea en los países mas adelantados; que se dedica continuamente á la lectura de toda clase de e>crilos, aun los mas contrarios á sus opiniones y sentimientos; que vive en una modesta habitación con la sencillez de uu simple particular medianamente acomo- dado; que ve en torno de sí una terrible lección sobre el abatimiento á que pueden ser conducidas por el huracán de las revolu- ciones las familias mas poderosas é ilustres; (]ue no oye palabras de lisonja y que vivé mas bien entre amigos líeles que entre ba-> .ios cortesanos, que por toda pompa recibe les convites de Im asociaciones establecidas en el país con objetos de utilidad pública; y que en vez de diversiones á proposito para desvanecer y disipar, acude Cdu incansable asiduidad a los ejerc^píos militares de las tropas del departamento; este priocipe no puede menos de haber concebido ideas mas elevadas, sentimi<'nlos mucho mas varoniles,» que si hubiese vivido en el libio y flojo am- biente de los salones cortesanos. Este prín- ci[te no puede menos de ser conocedor del espíritu de la época; y debe estar uíuy lejus de aquella infatuación á que están espuestos los personagcs de su clase, y que tan caro les cuesta á ellos, y á las naciones que les están encomendadas.
La conducta del principe de Bourges, se- rá naturalmente la regla de la conducta de sus partidarios: la templanza de la cabeza se hará sentir en los miembros; las exage- raciones no son posibles, cuando las aborre- ce la persona en cuyo nombre se pudieran sostener. Ademas, ¿(juc necesidad tiene el partido roonár(|uico de ser exagerado é in- trigante? ¿Es él por ventura quien necesita I de apelar ala violencia para iniluir poderosa- mente en los negocios públicos?.No por cier- to: lo que necesita es libertad en las elec- ciones, nada mas: desde que esta libertad exista, su porvenir esta asegurado. El par- tido moitanpiico cumeleria una gran torpeza' si descouliando de sus recursos morales, de- jase de emplearlos: estos recursos los tiene ¡ inmensos: el día en que los despliegue, el día en que |>onga en acción una pequeña* parte de lo que acostumbran los demás par- tidos, su posición será muy amenudo pre- ponderante, y jamás será desairada.
No se atribuya pues a repentinas mudan- zas lo (|ue es el resultado de Id acción del ticm[)o, y de la iníluencia que no puede me- nos de ejercer la conducta digna y templada de un augusto proscrito. Estas causas que van modilicando las ideas en lo que tienen de secundario, y suavizan lentamente las pasiones, continuarán ejerciendoeu adelante su influencia: y esperamos que al iin la o»— cion cogerá el fruto de un sistema cucrda- ' mente lento y de resultado seguro: los bom- i' bres amantes de la unión y de la legalidad, jl deben alegrarse de ese cambio que se va suavemente elaborando no solo en el seno del parlido carlista, siuo laiiil»ica ios de<- | capilat lai>;os y )>ontidu> ai líenlos a la memas. Cada dia va conquistando nuevos pro- sélitos el sistema de la rcconcdiacion; cada dia van entrando en el hombres latií^ados de discordia. > convencidos de (jue no es |>osi- ble crear un gobierno estable, si no se le da una basa mas anchurosa.
En los meses que lleva de vida el pB^sAMlK^To DK LA Ñacií», hcuios teuido que sostener empeñados debales, luchar con preocupaciones arrai|¿adas, v con pasiones encendidas: momentos ha halmloen que mi- diendo el camino que nos quedaba que an- dar autes de conseguir el lin deseado, nece- sitaiiamos de loda hi l"uer7.a de la convicción para que no se deslizaran en nuestro pecho el desaliento y la desconlianza. Pero ahora ya no es asi: los hechos han venido a robus- tecer las convicciones, y á enardecer los sentimientos: cada dia que pasa nos trae un nuevo motivo paraespTar que no serán in- útiles nuestros esfuerzos por contribuir auna obra ti«n nacional, y que rivaliza con la cau- sa de la independencia en grandor y en re- sultados. Se atravesaran obstáculos, se ofre- cerán grandes dilicnitades; ya lo salwMnos: pero ni estas nos abruman, ni aquellos nos desalientan; v si la Providencia apiadada de las calamidades de esta nación, la libra de golpes que f»ndiera preparar la intriga; si para la resoliK ion de las cuestiones de que depende el porvenir de la España es oido el voto de los españoles: si á los manejos oscu- ros se los puede combatir al aire libre de la discusión, y las tentativas violentas dejan tiempo para oponerles el ascendiente de la fuerza moral, llegará el dia en que acabe la discordia entre los españoles, y en que á la vista del Dos de Mayo, monumento de nues- tra independencia, se pueda levantar otro monumento que sindiolice la reconciliación de lodos los españoles y el término de las guerras civiles.
LA UNION, MadrbI • «W noyu ik UU.
Con motivo de la solemnidad del dos de mayo han dedicado los periódicos de la moria de aquel heroico alzamiento, lamen- tándose del escaso fruto re|)ortado por la nación de tanta sangre noblemente vertida. Han deplorado algunos la triste posición á que hemos descendido en el rango de las nacionescuropeas.y lo lastimada que.se ha- lla nuestra independencia, esa independen- cia por la cual se levantó el pueblo de Ma- drid, y con él la nación entera. Otros, esqui- vando hábilmente el punto de la inde))en- dencia, han ponderado la necesidad Je la unión culrc todos los españoles; demostran- do la imposibilidad de que acaben nuestros males, si los partidos no deponen sus odios y rencores en las aras de la patria.
Dos hechos indudables resallan en el fon- do de dichos escritos: 1." la profunda des- unión que trabaja á los españoles: la per- dida de nuestra independencia: triste re- sultado de nuestro beroismo, la guerra de hermanos contra hermanos, y la dignidad menoscabada a los ojos de los estrangeros.
¿Cuáles son las causas de tamaña calami- dad? ¿por ventura ha dejado de correr san- gre española en los hijos de este suelo? la generación que ha luchado con guerra in- testina, y que ha visto lastmiar la indepen- dencia nacional, ¿no es acaso la misma que prodigando sus tesoros y su sangre, venció al vencedor de Europa? las inculpaciones reciprocas que se hacen los partidos, ¿sir- ven acaso para señalar él origen de los ma- les? Si los unos lo hicieron, ¿ por qué no lo impidieron los otros? Si aquellos eran me- nos en numero, ¿por qué se dejaron domi- nar los mas? ¿Diremos que la niayor parte de los españoles se había estraviado per- diendo ios sentimientos de nacionalidad é independencia, que tan alto rayaron en la lucha inmortal contra el capitán del siglo? En esas declamaciones, en esas recrimina- ciones, como enlodo lo demasiado general y vago, se encierra una |)arle de verdad; pero verdad incompleta, mezclada con mil errores, con el olvido de uoos hechos v la alteración de otros; de lo cual resulta un conjunto informe, que oscurecí y csiravia el entendimiento, y no conduce a ninguna regla de gobierno para remediar los males que se deploran. / El dos de mayo es un escclente punto de vista para conocer las causas de la situación de España; mas para aprovecharse de él, es necesario tomarle francamente tal como e.s, 85 ''f%i coinpn/ar allorándolc ron añndiihiras <\n6 están en ovidcntc conlrailiccion con los hechos. Alli acahn una época y comicn- ' "za otra: Iraer al dos de mayo cosas (|ue no uxistian Va. ó no cxisíian todavía, es alrnsnr rt* adelantar la fecha. Ks preciso lo- maría lal como es, si<|iiiera hayan de sa- lir contrariados nuestros sentimientos, ó combatidas nuestras o¡)iniones. La verdad, la verdad cu todo; que en la verdad esta la vida <lc los individuos como de los puehios.
Los <|ue (luií'ren enlazar la causa consli- lucionn! de España con el lev^ntam¡ento del dos de n>ayo, adelantan la fecha; trasladan aquel lírande ajamiento nacional á la triste ópoea de lo!j motines y pronunciamientos. Los que con motivo de'aquel dia recuerdan nuestras pasadas glorias y deploran su pér- dida, atrasan la fecha; erscntimiento de na- cionalidad los impele á horrar de las páfíinas de nuestra historia los escándalos y miserias del reinadí» de Carlos IV.
No os verdad que el pueblo español se le- vantase por una libertad política, de la cual no tenia ni poíiia tener ninguna idea; pero tatnpoco es verdad f|ue la nación española se hallase en 1808 gloriosa y pujante; antes por el contrario, el estallido* de la indigna- ,cion popular rcconocia por una de sus cau- sas principales la vista del abatimiento y de la mengua á que nos condujera un gobierno ihdigoo de regir los destinos de una nación grande y generosa.
El corregidor de Madrid lo ha dicho con uiuclia verdad en su notable alocución: el sentimiento de nacionalidad, el amor de los Lijos de España á su religión, á sus monar- cas y á sus leyes: hé aqiii las causas del líívanlamienlo'de 1808; lié aqni el secreto <de que el pueblo de Madrid, inerme, aban- donado á la desgracia, volviese de su letar- go, y desi)reciando tas falaces ofertas de fe- licidad y de ventura de sus opresores, pues- itos los ojos«n la Providencia, se alzase va- liente á resistir ta odiosa dominación de las ihayonclas estrangcras. Estas fueron las ver- daderas causas, las únicas causas de aquel ^glorioso levantamiento: vive todavia la generación que lomó parte en aquella lucha inmortal, y ella nos atestigua que la España se lair/ó á la arena del combate al mágico grito de Religión, Rey, Patria c In- dependencia; y auníiuc su teijtimonio no existiera, nodriamos asegurar lo mismo; puesto (pie los sagrados objetos qtie se Invocaban eran ios imicos que conocian los españoles.
Vencimos á.Napoleón, salvamos la inde- pendencia; pero las naciones no viven de independencia ni de victorias; necesitan un gobierno, y desgraciadamente se com- binaron varias causas para que no le tuvié- ramos. (Ion el sacudimiento de i808 vía continuación de la guerra hasta l8(.t,nos pusimos en comunicación con ta Europa, de la cual hal)iamos estado casi sep- ' por espacio de tres siglos: precisamchi. ¡i inmediata comunicación fue con la Francia, donde las doctrinas disolventes hablan síjIo llegadas hasta la última exageración; v asi ¡ lejos de enseñársenos principios de orden y de mejoras gubernativas, se nos inocularon máximas de anarípiia y desconcierto. Toda- via se leen con asombro los discursos de las (lórtes constituyentes y los artículos de los ) pcriódiQos de aquella época, en (jue algunps docenas de hombres alucinados de una ma- nera deplorable, sostenían con estraña sere- ' nidad la conveniencia de la aplicación de doctrinas ultra-democráticas al gobierno dv» la nación mas inouanpiica del globo, v que en atpiellos momentos estaba peleando coa nunca visto denuedo por su religión y por su rev.
La míluencia de las doctrinas disolv * ' debia ser contrariada por la inonai m...dosgraciadamenle, la flojedad, el descon- cierto, los malos hábitos que se habían ar- raigado en España en los años anteriores al (le I80H, lejos de disminuir el ni<il, con- tribuyeron a su aumento. No tuvimos un monarca que supiese levantarse á la altura de las circunstancias, que comprendiese á la nación que le estaba encomendada, ni á In Europa de la cual formábamos parle; ¿(|ué sucedió? ¡triste es decirio! ningún pensa- miento grande, ninguna medida nacional, una política pequeña, á merced de las in- trigas, nunca delante, siempre á remolque de los acontecimientos. De aquí el desgo- bierno que tuvimos desde á 1830; du aquí la anarquía desde 1890 á 4833; de a(pií las exageraciones, el esclusivismo, la : imprevisión hasta 4 8.'{ 2- de aquí por fin el i triste legado de una guerra civil, de una re- Ivotucion, de un profundo dcsquiciamienlo que nos aflige todavía, y que nos afligirá durante muchos años. ¡Se clama por la unión! ¿y cuándo han estado unidos los hombres existiendo podembas cau^s t|uc proUuceu la desimiuti? ¿CttéiNt w Jm visto eii )>a/. á los pttehlos monárqniros. fii;in<ln la di-^rdríüa co- meu;¿a(lo ea el régio alcázar? Vanas ducla- iiaoioiK^«eHhi cnanto se diga conlra lu des- unión, si no se quilan las causas que.eter- «izan la discordia. Los españoles no Inrmnii i>«;¿^«iuiculc uoa eaicepciua eulrc los pue- Msf «hriitzados: éi'Wm»rm^ hiliBtaaVsDi i iiias anán|uicas, ni naestres pechos mag reocorosüs: si Imv (ipsuninn, si Iiav disror- dia, si se üi r.aiua sati.^re, es porque evis- tca causas y;rave». gravísimas, que perpe- túan la división eiilrc los hijos éa una niis- iita patria.
Poco ceraUada deberán de producir las exhortaciones de anión y de pasque hemos Ttíido eu;i¡í:iiiios pcrliKÍlcos; coincide con eUaa la saojjnenla liataila de Saoliago en qae eemeaáras de esptinies han quedado tendidos en el campo: cobciden nmel es- tampido del canon del Parque las dosrnrííis en (pie son arcabuceados doce inililaros es- pañoles; coIncideR los lamentos de mochas familias cuvos hijos irán á espiar en tierras lejanas cJ delito de rebelión; coinciden k\< sentidas quejas de los que por sospechas <» pcecaucion habian sido presos d desterra- dos en Madrid y en nuich;is provim ia' coincide la exasperación con que los ()ai- Mos se abapdonan á violentas recrimma- cíones; coincide la inminente resolución de un problema de que podrá resultar <! que se haga mas pruíunda que nunca l i áiswiiott 4e ke espafitles, y el que sean pri- vados de toda iniluencia en los n0gfM;ios púldicos losíjue no pertenc/.can a la pcque- íiisima Tracción que se atreva a pre>ciiidir del seolioMento de nacionalidad, y a olvi- dar el |)orvenir dr (jtiiiice niillóiics de es- pañoles. ¿Gomo pueden encontrar eco las palabras de unión? ¿Cómo pueden ser otra OMi qoe voces eaerítas, ea euyo signilicado no tienen n> ni escritores ni lectores? Xo, no es posible lu uuiou en Espaiia, niioulras el queJa predica entienda por ella Ui obe- (iiencia de todos los demás á io que él se sirva mandarles; y el sacrilicio de las opi- niones, de los intereses de umchos, a ias opiniones é ¡■leraBes4e los pocos: no, no es posililc la unión, no es posible la paz mien- tras para consolidarla no se empleen mcd¡( mas lelicaces. La sangre vertida a toneutcs QftJha podido impedir que.se la verlieio de MWf»«BÍas etttit do Smiiga; y este eiÉlllo de ccnlcaaie^ de españoles uo evu, tHé qÉHi4»iéÍBeordta venga exif^iendo mo^ Ivas victimas. \ »'>t:!«; lini es prohalíN' (¡ue los que bao podido salvarse de la cala-strule de (falicia, y sus directores en lo interior estertor, atribuyen a circunstancias ¡u}pri>t^ vistas el lialitTse des};ríiciado la iusnncr- ¡I cion, y couú)iuan de uuevo sus planes par¡^ tvpetir la tentativa. I ¿Se harán ilusión nuestros fiobernaiites Í" rnrt 1 í vicioria obtenida so!)re!us relieKle.s? ¿Creerán que les ba;>tu la policía y la iucr/.a SMnMi pora MBpéiilir las sublevaciones, oso- : fwarlas si llegan á estallar? Lección len i- ble se lia r '( ibido con los últimos sucesos: por espacio de tres años se nos ha estado ponderándola subordinación y disciplina del ejercito, rei)i¡ionil i>«' hasta el fastidio qn;* por este lado nada habia que temer; y uo obstante, cuerpos de ejército son knoue s& han levantado conlra el gobierno; gefes del ejército son los que lian sufrido la pena ca- pital en espiacion de su delito; banderas del ejército son las que se cobrirán con un velo negro en iá iglesia de Atocha. Ni la uunidia civil, á pesar de las condiciones partu ulares de su iustituto, ha podido libei larsc de la I sednceióil. pnesque se han visto algunosde ' is individuos toniando parte en la criminal ; ( Ilativa; y para que nada tallase á la ne^ urura del cuadro, se utiieroa á los cebeldc» en las aguas de Vigo.floft guardacostas f «I I lií'rganlin Aerrion.
Iláhiesenos cu adelante de la cumple lu seguridad que tiene el gobierno de la fideli- dad de sus subordinados: vaya el geni ial Narvaez alas Corles á pronum-iar sus dis- cursos tremebundos, amenazando á los per- Mrbodores, asegufanda que la corrujK-ion es imposible en las lilas de la lealtad; la I exageración de semejantes palabras cau.sába una impresión desagradable en tud(>& los hombres caerlos, que de mucho4iempQf* atrás estaban previendo lo que podia suce- der y era muy temible que s^icediesii!; pero ahora será un recuerdo lo que antes era un - pfooéstico. y los presuntuosos anuncios dé seguridades liilums ser.ñn desvanecidos con la memoria de haber sido dusmcolidas las segorídades pasadas. I Esta lección tan dolorosa, comprada co^ ahundante efusión de sangre española, pn- I diera ser de ¿jrau provecho si no se cicriao los ojos á la luz de la verdad. En lo4o pais baydesAiéeMs, Üay aaoapiracioaaa y 6u< I hfevaciones contra el gobierno, cuando este no se halla cimentado en una base anchuro- sa, y las ambiciones abrigan la esperanza, de que podrán satisfacerse, con tal qnc se atrevan. i correr los azares de una lacha. El j escarmiento de los que perecen no contiene á los que en lo sucesivo se quieren arrojar al i! mismo trance, porque el renierdo de la vic- toria conseguida por otros y la vista del {»ingUe bolin que recogieron, estimula á los íombres inquietos v los impele á correr nuevos jwligros. Ni ía disciplina de los ejér- citos, ni la subordinación de los pueblos se otilicncD con simples mandatos: son obra del tiempo, son el resultado de muchas cau- sas, unas maniíieslas, otras ocultas, pero to- das lentas, como lo son siempre las que con- curren á elaborar objetos preciosos.
Si los discursos, si los decretos, si las le- 'yes, si los manifiestos, si las promesas y las . amena/as, si los premios y los castigos bas- tasen á restablecer el orden moral, calman- do los ánimos, templando á los partidos, obligando á las opinion«'s á encerrarse en el terreno de la discusión, ¿dónde liabria mas órden moral (jue en España, que cuen- ta por centenares las medidas para conser- var el orden público, y las leyes represivas, y los |)rogramas halagüeños, y los manifies- tos estrepitosos, y la profusión de cruces, grados y empleos de todas clases, y donde , se envían mas hombres al patibulo por de- litos políticos que en todas las naciones de Europa juntas? La misma insistencia en ex- hortar á la unión manifiesta (iiie la unión es imposible, mientras no se adopten medios mas radicales. Las ponderaciones de la dis- ciplina del ejército é incorru[)libilidad de los dei>endientes del gobierno, indican que estas cosas no se hallan tan aseguradas co- mo fuera de desear. Cuando hay completa seguridad, se disfruta de ella sin recordario, ni siquiera advertirlo: nadie piensa en la buena salud de un hombre hahitualmente robusto; pero todos hablan del buen sem- blante de una ¡xírsona enfermiza y que por circunstancias particulares se siííiite algún tanto mejorada, ('uando un gobierno pondera continuamente la lealtad de sus subor- dinados, sus protestas encierran al mismo liemjK) una siqiiica y una amenaza: una sú- plica á los fieles |);«ra que no vacilen. una amenaza á los dwlealcs para que se de- tengan.