I derrota: y si por la instabilidad de las cosas I biimauiis el principe prosperase, la Ingla- terra podría preparar un cambio definitivo de política, fundándose en que ya no le era dable prescindir de hechos consumados, cu- ya realización no había podido evitar. La conduela de las grandes potencias en " semejantes uegocios, parece n la de los f {lersonajes (le mucha importam ia, quienes suelen mostrarse iiidirerenles hasta que los sucesos se desenvuelven lo hastanle para 3ue se pueda calcular el resollado, o cuan- o menos sea posihle maniobrar en escala mas dilatada: mientras una insurrección cuenla con escaso número, nunca se pre- sentan los í¡;eneralfs de nota; estos no se deciden hasta que hay un cuerpo respeta- ble. Recuérdese en prueba de esta obser-, vacion loque hicieron las potencias del Ñor» la durante la guerra civil. Sus simpatías en favor de I). Carlos, no eran un misterio pa- ra nadie; este principe recibía comunicacio- nes secretas, consejos, y hasla ai¿,Min dine- ro; pero nada hicieron cpuí pudiese compro- meter su posición olicial, ni aun en los tiempos en que mas pujante pareció la cau- sa del príncipe; asi conservaron su libertad de acción, y pudieron presenciar indiferen- tes y sin humillación ni desdoro, los infor- tunios de su protegido. Sucede en la diplo- macia y en la política lo mismo que en las relaciones conmnes: se hacen muchas cosas (pie, aunque sabidas de púl)li(*o, no se con- hesan nunca; las formas por mas transpa- rentes (|ue sean y aun cuando dejen ver to- do «1 fondo del negocio, merecen siempre mucho respeto; una cortesía, una palabra lisonjera, una protesta de consecuencia y unüslad, no se escascan nunca entre perso- nas bien educadas, arnupie ambas estén convencidas de que se abrigan intenciones profundamente hostiles.
Kl concierto de la Inglaterra con las po- tencias del Norte rest)eclo á la cuestión es- pañola, aun cuando llegase á existir, seria tin misterio por algún tiempo, cuya mani- festación dependería del curso de los ac on- tccimientos. La posición de la Inglaterra es particular; y esta posición no la desco- nocerán aquellas potencias, en los esfuer- zos que h;igan por hacerla cambiar de j>o- lítica. Las potencias del Norte no reconocen derechos en ninguna de las dos hijas de Fernando: la Inglaterra que había recono- cido los de and)as, cree ahora (fue una de ellas los ha perdido con el matrimonio; esto la aproxima á la política del Norte, pero no hace desaparecer toda la distancia. La ha- bilidad de los gabinetes del Norte se cifra ahora en maniobrar de manera que la In- glaterra tenga una salida honrosa; para lu cyal es eviilente que se les ocurrirán los medios, por cierto nada favorables ó la tranquilidad de nuestra patria. Por uaoera que pudría muv bien suceder que sin ninguo acuerdo pulilico, se procurase perturbar la paz en la península; y es muy do temer «jue así suciída, supuesto que de este modo se evite con una guerra civil española una guer- ra europea, y se resuelva con sangre espa- ñola una cuestión europea.
Kn contra de estas probabilidades, solo había una esperanza infantil, que se nos ha querido presentar como una cosa seria: la unión de las potencias del.Norte con la Francia, para contrariar á la Inglaterra. Qué candidez! Sin eipbargo, y por.si hu- biese hombres bastante crédulos para devo- rar semejantes absurdos, ahí están dos he- chos recientes (jue hablan mas alto que to- dos los discursos: el cu.^amienlo del duque de Burdeos con la princesa de Módena. ne- gociado por el Austria; y la supresión de la H república de Cracovia, acordada y realizada por las tres grandes potencias. Con el casa- miento, le dice el Austria a la dinastía de Orleans: «no quiero que las in(|uietudes producidas por el pretendiente (|ue tienes a la puerta, estén pendientes de la vida de un hombre; (juiero que se perpetúen; y para darles importancia enlazo a tu rival con los miembros de mi familia.» Con la supresión de la república de Cracovia, le dicen á la Francia las tres potencias: «de- vora ese baldón: ahí tienes una muestra del caso (|ue hacemos de tus prote.stas asi anti- guas tomo recientes; ahí una prueba de las simpatías que nos mereces; ahí tienes uo anuncio de lo que puedes esperar de nos- otros en tus contlictüs con la Inglaterra.»
Si hubiese (piien uo comprendiera la gra- vedad de semejantes hechos, y se empeñase todavía en creer posible la unión de ¡as po- tencias del Norte con la Francia en la cues- tión europea, no nos tomaríamos la \>ea¿ de (piitaric semejante ilusión: en cuestione> (le sentido común, es preciso abstenerse de disputas y sonreírse tranquilamente.
ISo es fácil decir en este momento, si U supresión de la república de Cracovia se ha- brá hecho con previo conocimiento, >a que no consentimiento de la Inglaterra; perú desde luego saltan á los ojos dos hechos im- portantes. Primero: que con la ruptura de la cordial inteligencia entre la Francia y la Inglaterra, las potencias del Norte, lejos tie . cejar cu sus proyectos políticos, y aproxi- » marse á la Francia, - n - cn en mejor po- Google * sicion para reali/ i: l<i< ion mas pn-ste/.a y lucnos eH)l>arii/.o iJo: que la supresión (le esta repui>iica, si es que en alfio con- trariase ala Inslalerra, líicre mas (iirecla- incnle a la Francia. M. Gui/.ul se lia creido bastante luerle pura desviarse de la pulilica de Talleyrand; y los eíerlos de su error se han hecho sentir muy pronto: esto no es mas (]ue la priincra escena del f^ran drama que se >a a represeniaren Europa.
\^ revolución de julio, que hizo peda- zos en tres dias la ohra de la S:mta Alianza, no podia sostenerse sino bajo dos condicio- nes: una de ^Ui'rra, haciéndose pro()a.uan- disla; otra de paz, convirtiéndose en g<>- hierno regu'ar. y buscando una alian/.a |>o- derosa. La iíuerra tenia el inconveniente de esponer [»or una \y,\rU' a grandes riesgos la independencia de la Francia acarreando su- cesos analo,:íos á los de 1814 y IHIo, y de desencadenar en lo interior las pasiones re- volucionarias, reproíluciendo los espanto- sos lienip(»s de la convención. Los hombres previsores que se enearííaron de la dircc* cien de los negocios, optaron de.sde luego por el sistema de, paz, y en consencuencia diri^ientn todos sus esfuerzos a cultivar l<1 alianza iuglesa. Los recuerdos de Water- loo, ya que no desaparecieron del lodo, Mt oscurecieron al.iíun tanto: y con este medio se obtuvo imponer respeto á los (|ue hubie- sen (jucrido atenerse a las tradiciones del conpreso de Viena. Unida la Francia con la lnf:lalerra, la Kuropa del Norte estaba con- dcunda á mantenerse en cspectativa; todo lo mas que podia exigir a la Francia era íjue se contentase con el triunfo de la revo- lución bélica. (|ue no trastornase la Italia, y que no alterase las fronteras trazadas en el conjíreso de los solwranos vencedores de Napoleón. Asi se hizo; la Francia accedió; y se conservo la paz europea.
La muerte do Fernando VII vino á ofre* fer lina ocasión á la Francia é In^'lalerra, para formar una liga contra las potencias del Norte; y con la cuádruple alianza se desenvolvió el ix'n.'^amirnto que había co- inenzíulo á plantearse en IM:{(). Las poti^n- cias del Norte a pesar de su visible disgus- ta, se hallaron precisadas á conlemniar en iá inacción, el movimiento del Mediodía de Europa; no les era posible sesíuir otra li- nea de coiuiiicla mientras durase la alianza anglo-francesa. Lis eventualidades de una guerra general eran muv temibles, no solo por repugnarlo el espíritu dominante en Europa, y el desarrollo de los intereses materiales,.sino también ponpie era muy dudoso el resultado. La presencia ile los ejércitos franceses podia [irovocar movimien- l(«s revolucionarios en.Meiuania; el Aus-^ tria tenia que pensar en la Italia; y ninguna de las tres grandes potencias podia olvidarse de que poseía una parte de la belicosa Polo- nia. Asi, pues, los gabinetes del Norte de- bían limitarse á desear la consi'rvacion del slalH quo en sus respectivos doiiiiiiíos,a emplear medios indirectos para favorecer sus miras en el Mediodía, v sobre todo á esperar que acontecimientos imprevistos riMiipiesen la alianza an^ilo-francesa. La te- nacidad smtcular con (|ue aquellos gobiemoK se han negado al reconocimiento del nuevo orden de cosas establecido por el testamen- to de Fernando Vil, indica un pensamiento lijo, una es}>ernnza nunca perdida. Ni ti término de la guerra civil, ni la mayoMa át la Reina, ni tres años de orden material, en que han sido sofocadas todas las tentativas revolucionarias, nada ha sido suiiciente |>ara que los gabinetes del Norte abandonasen su calculado a|iartamiento. F>s evidente que es- peraban el desenlace de la cuestión* del matrimonio: y que la resolución de ella de- bía íniluír en su determinación; pero esto negocio ha sido manejado con tan poca ha- bilidad, que precisamente se ha hecho mu- cho mas ríe lo que aijuellos gabinetes pu- ' dieran |)ronielorse: rompiéndose con tal estrépito la alianza inglesa, se ha mejo- rado la fiosicion de las potencias del Norte^ y alejado mas y mas el reconocimiento de Id keina.
Esta es la verdad, la |>ura verdad, y n« hay soiismas ni palabras que basten á oscu- recerla: cuando algunos periódicos de los mas heles adíelos al trono de doña Isabel 11 han sostenido que el matrimonio Montpen- sier había sido un suceso a propósito para alentar las esperanzas de los carlistas, han dicho una verdad incontestable. En el caso de no hacerse el matrimonio de coHCÍIi»-i cion, si se hubiese preguntado al conde de Montemolin (|ué es lo <|ue deseaba que se hiciese para favorecerle, hubiera debido res|>onder que se hiciese lo que se ha he-* cho. Este principe, queriendo encender la guerra contra un gobierno establecido (fue disponía de grandes recursos, y que ademas contaba con el a|>oyo de la Francia y de la liifílalerra, so hubiera visto en unu situación a)Hiradisinia, y |>or de pronto, no huhicra tenido mas esperanza que aguardar al|;un trastorno revolucionario que le ofreciese ocasión de levantar su bandera. Eviden- temente, lo que le liuliiern al)run)ndo era lo misino ({ue abrumara ú su padre: en la fron- tera la policía francesa; en la costa las es- cuadras iuííiesas: ¿cómo s<jbreponersc á tanta contrariedad, á no ser con el auxilio de acontecimientos revolucionarios que tras- tornasen el gobierno de Madrid? Con el ca- samiento Montpensier, la In^'laterra se ha constituido cuando menos en indiferente es- pectadora de los acontecimientos; y es bien seguro (|ue ni en Londres, ni en (íibraltar, ui en las costas españolas, se ocuparan los iii;{leses en impedir las tentativas carlistas, ¿filien puede ne.uar que esta es una in- mensa ventaja, y que en su po>;icion es to- do lo que podia desear, y mas por cierto de lo (jue podia esperar el principe proscrito?
A esto se puede contestar con una obser- vación especiosa. — Es verdad que es un (laño grave el haber perdido la amistad de la Inglaterra, pero no menos grave hubiera sido el perder la de la Francia. — Esto es cierto: la Francia, colm-ada en una actitud semejante" a la que ahora tiene la Inglater- ra, podia favorecer ui condií de.Monlemolin lanío (oiiio la Inglaterra: lo confesamos, y aun añadiremos en prueba de nuestra im- parcialidad, (pie la enemistad de la Francia poilia dañar (Kir de pronto de; una manera mas elica/. y decisiva. I'ero al mismo tiem- K» preguntaremos si esta contestación no se fonda en un supuesto falso, cual es, el <|ue hubiese - necesidad de indisponerse con la Francia. Nosotros creemos que no; y que lo único (|ue era necesario era el no prcs- tarse á todo lo (pie qucria la Francia. Va- mos á demostrarlo.
Sabido es cpie la Francia rechazaba á to- dos los principes que no fuesen de la familia de Horhon; pero «jue no escluia a ningu- no de los principes de Borbon; en el su- puesto pues de hacerse el casimiento de la Reina con el infante don Francisco de Asis; ¿de que se podia (piejar la corte de las Tu- ilerins? ¿Se iniringia algún tratado? ¿Se le irrogaba alguna injuria? ¿Se ofendia en al- ^0 \ñ dignidad de la Francia? Es evidente que no. Ahora bien: la Inglaterra no tenia un emprño decidido por un Coburgo; on su inclinación al infante don Enrique no se habia ligado con ningún compromiso; la combinación del infante rfon Franci.«;co. no era un triunfo de la Francia; la Inglaterra pues habria mirado tranquila iin enlace en I que ni se violaban tratados, ni se fallaba a ' compromisos, ni.se contrariaba la innueneia inglesa; el enlace hubiera pasado como un suceso común y de escasa importancia á los I ojos de la Inglaterra IVro la Francia deseaba el matrimonio de la infanta < on el duque de Montpen- sier.—(iierto. — Si no se hubiesen hecho los, dos matrimonios á un mismo tiempo, la Francia no habria quedado contenta. — Rs indudable; pero tamporo se habria cri'ido ofendida; tam|K>co habría podido hacer otra cosa que negociar en Londres y en Madrid para que se le permitiese llevar á cabo los proyectos entablados en las conferencias de I En; y esto, hecho con tiempo, sin olender ; el amor propio de la Inglaterra, esjKírando qui' la Reina tuviese sucesión, tal vez se hubiera conseguido, snpui'slo (pie la diplo- macia inglesa, ya de mncho tiempo atrás, I se manifestaba mas indiferente en este ne- gocio de lo (pie era de creer. Y en último rcMillado, ¿(pié era lo peor (pie Suceder po- dia? no otra cosa, sino el que la Francia no pudiese realizar sus deseos; no otra cosa, ¡ sino el (pie triunfando la Francia en la esj cliision de los principes no Rorbones, no se viese tampoco humillada la Inirlalerra con I el absoluto triunfo de la iníluencia fran- Este era el resultado natural, seg:«ro, y ror cierto poro |>eligmso para el Irouo de sabel II. Si bien la Francia no hubiera te- nido tanto interés como ahora en oponerse á los proyectos del conde de Monteniolin, tampoco habria dejado de tenerlo muy gran- de; y la Inglaterra, cuyos negocios esterio- res estaba dirigiendo precisamente lord Palnierston, hubiera seguido la misma con- ducta que observó en la pasada guerra. Y por complacer a la Francia, ¿se ha preferi- do a una situación tan halagüeña para el trono de doña Isal>el 11, el correr los azares de ahora?
I Se han ({uerido resolver de tin golpe lo- ' das las cuestiones, y lo ipie se ha hecho ha I sido complicarlas. El nuevo órden de succ- j sion en F'spaña tenia contra si a una gran I parle de la Eiinqia; v ahora por una al)er- racion inconcebible, se ha conseguido que. entre las grandes |>otencias de Europa, solo i|M,* la Fraücut, aUiuita la sucesión de las dos hijas de Feinando. ¿X todat ia se apa- renta dosjtrcciiir csle resultado? ¿No ei» acaso haslanle el que después de trascurri- dos trece años desde la muerte del Key, todavía estuviese aislado de la mayor parte- (le Kiiropa el Ironn de su hija? ¿Y se cree que sea baslaute cumpco^aciua a seuiejaale pérdida el que l9 PraAeia> cieñe lafromera uun un poco mas de edo? ¿Se espera por vonlura que la Francia hará algo mas? ¡Va- ua ilusión! £1 gabinete írunccs se halla ais- lado eo Europa, y sus ejércitos no penetra- rían en España sin provocar un conllicto general: el gahinete trances uo tendnu para un caso scmejanic el 8|Kiyo <le la Francia, que mira en el malriinouiu, no un triunfo nai'ional, sino un Iniinío de la corle. Si se bubiese tratado de una de esas ideas 6 in^- titueiones que ejercen ascMidieiite solms el espíriltt público, si se hubiese tratado de rasgar alguna de las humillantes páginas de 1 814 y 1815, si se hubiese tratado de borrar la linea de las fronteras trazadas con la punta de la espada por los ^rlVs dr la Santa Alianza, el entusiasmo de la Francia hubiera podida renacer, y la osadía del ga- binete l^ubíera podido coatar, con el apoyo nacional; pero ahora, ¿se interesaría la Francia en las comulica^uiunes provocadas por el matrimonio? No se han olvidado las elocuentes palabras de M. de Lamartine. En todo flojedad, escepto en un negocio de familia: en lodo concusiones a la liij$lat(ir' ra: solo en una cciestioa de fonilia se ha pasado el Rubicofl: |a Francia lo ha visto asotnlirada.
A la curte de las Tullerias le costará sin dnda crueles pesadumbres, el asunto del matrimonio; ya se las cuesta ahora mismo; pero jquiea espcrimeutara de una luanera mas inmediata ^ mas dnra ¡og, resuliados será la España. Si entre los que hancoutri- huiJi) al inalrimonio liay algunos agraciados cou ¿;raudes cruces, ba de venir uu día en 2Mfi recordando las amarguras que á ellos y piros les ha de producir la acción pre- miada, quisieran olvidar de veras el mérito Y el premio. Su admirable ujjcraciuu dipio- ínática ha consistido en lo siguiente: ellos han dado la alianza inr^lcsa, y cargado con la enemistad de la nación mas poderosa del mundo; ademas han alejado la esperan- za del reoonocimienlo de las potencias del Norte; y en camino, ¿qué han recibid do? que se tuviese un poco matrde celo en cerrar una froaleraw Escelenle negocio.
MsilríiliS iIp iicm. iiil.rr de Sobre } farra.
En el sistema representativo, el pais está llamado á gobeman>e á si propio, pues á es- to eqnivnle el que)lni)|(niieMnft havM^ifr estar acordes con las niayorías parlamonta- rias. El parlamento.representa la opinion\lel país, el ministerio debe represénlar la opi- nión del parlamento, y la marcha goberna- tiva debe ser la espresion de la opinión del ministerio, único responsable. £1 monarca está whn el parlamento y el iAMiéríb'i que quiere decir que está fnera de la má- (juina gubernativa; en cuyo caso la posición del monarca se formula exactamente en la famcea máxima: el rey i^DrAtf gohieniÉ.
CaMa acl «alMiar 4» ta nii Sin que sea nuestra ánimo combalii* el sistema que nos ri;:i^, podremos observar, que aun prescindiendo de los incoBvenienle% íntrinseoos de que adolene, enma- tode líi humano, hay en los pueblos de la peninsnln razones particulares para que se Irupiece con mavores obstáculos. Ni en España ni en- Portugal ealaban los pueblo»aeostambraddi» á lomar parle en su gobierno; y asi no es de eslrañar que al haberse puesto en sus ma- nos los aparatos de elecciones, impreu-. ta etc., se hallan uo tan^ eaiharazadas m el uso de los nuevos instrumentos. Sucede á la raza espaiíola en el continente, lo akuaot • que le sucede en Amériear léa^BMiiajiilM mas se hallan escritos en el papel, sin vfití los pueblos hayan disfrutado de sus benefi- cios, antes si esperiiuentado todps sus iauoo- veníenles. El re8uHadoA»;aijto el que de» bjera ser: anaríinia írubernativa permanen- te; anarquía popular intermitente; gobierno de pandillas; esfuerzos per^ódicospara des- truirlas; un desgobia<ift<aiitiála>tiagayia»^ lucion lodos los años.
Los EsLados-ünidos, aun dejando aparte laacireunstanciu eayecinleadn eUna, tana* no, coslumbfea, nqneaé y Migaai" ' social, se IbmiaraBée puahiaa waió «vezados ya al manejo de los lu^iiociop pu- | AjHílanios al jiricio do lodos \m hombres hdl^ Micos; d j|$(»bienN» di> nuestras colonias^ * rados, para «foe nos digan si n« esperta la muy éifUlBO del de iás inglesas; y esta di- i historia d« España desde la meterte Se fetffCiMUNn anterior á la om!i»>í*i|>afioii, hiisla- I nando VH.
riapor^ii >(ila para cspiicar la diliMciicia d<;l ii Asi buy una perpetua desconliau/^ entre ratHltadp en ambos pueblos^ Tjvi(o #n el I fíUmmms y fiohetMllÉ»; y M tíémáftn^ ABliÉante europeo romo en el Je Aiñéríca,: hipóeritas las |)r<ilt>t:i> que los partidos hé^' á pueblos (pie habían vivido l;n;íos fijarlos bajo la esclusiva lulela de ia reii^'ion \ de ti-'«M»lMá)íifts se los ha querido declarar de repenU' mayores de edad; resiil[;iii(lo de gslo q|)Q yezdc ios aiitii^'tios tutores, han entri|dO)#i^ li,, adi^iuií>iraáiMi dejus Ikienes trígantcs.
cen de respeto a ia ley; pues, ademas de que la esuenencia viene á desmentirlas muy a meMVV'^stan de p<yr medio los principios (pie no cMiisienten la sinceridad de seinejíin- les palabra»; lodos creen tener razón; todos creen qoe de paité está la jtesliekt%> f'n^it^iisur>\ q^e u»^*^ apellidan orden, lo^ otro» IMuÁn opresión; lo (jue á estos les parece libértíti, .^s partidos dominantes c«an4a qu'<'ien | coran con el l)ello noifthre dehíróicaWlllé? legitimar sus arljitranedades, suele» decir } ¡Triste suerte ia de ios pai>-es deistroíSdítls que ad>^rs^i(í^.,^stai^ fuera de la ley; por la discordia civil, que asi truecan los de lo que rreen ellos mismos, l na do las raices de lo> grandes maleas que alli¿;cu a l pcrleuece el que habla! jTrisIe suerte la d( ^te desventuraíJo pa¡s,„e&(el que una bue- j los paises dendé hírmbres hónrados, y uu«; todo» deploran el común infortunio y lodos desean el bien (ie la patria. se ven sin nond)res de virtud y criiMsn; at^KtáááotéH una nii^iiiia are ion. setrnn el bando á que na parle del mismo está fuera de la ley; porque fuera de la ley está (piien iki reí^oiio- ée leffítimoel principio de donde la ley ema- Ü Í>Éill'»Hi8e eoeueotnHK<doiif»artidos numerosos: el carlista y el pmtrresista: t>l carlista |)or creer que la ie^^ilimidad osla cu otra persona; el prvgresist^ por creer que tti aite>cé»wÉ<<iiM ttlMtHM><ay^V^" > en sus 4ihr(ix, está en oposición con la k':;ilinudud (ie los urfncipios en que duscausa el sií»tema MliMmr manera, que éiiwAiM'la»«lios invocan su legitimidad dinástica. Ids otros invocan la legilinuilad de la lilierlad; resul- tando de alo (|ue uuu^ y otros consideran ilegitimo el principio de donde* dimana la ley. La subida de los piogresistas al poder, no corana este mal gravisiutu; porque ^u- iMW'ioa moderados negarian á sa turno lai^PfÓlinUdad del |»oder de sus adversarios, .«ÍílilH)fMi(lM;t la palabra liberfuil, la de or- ém^ <^ olra que mejor les pareciese. Asi le- ñ&ámqa^i aii«ntiiri» los< partidos n»)iravien deactítud^íJaiegalidiidserá imposible; por- <pie no e^ posible oRfablecer verdadera Icya- ÍhíoJ, ciiaitiio no su da por reconocida la itpOmidad. Kn faHaiii Jhte<dWUMl«Íi la lei:alii!a*l es una fórmula sin un sello s ba^o separados por un ia^o de:»angre!
tan deplorable es imposible e\itar í^ründe^ catáslrotes; y aun después de haberse verti- do en abundancia la sangre en luchas Iraln- ciáíMim^f>mtéwlBtid^'k m males que el tiempo, en cuya corriente van desainrif- ciendo las generaciones agriadas y con ellas sus pasiones. Pero pasan lai^gos años y toda- via se oye á h» lé|o£^el murmollo d^^ffirt»-^ criminacMones y el eco moribundo' ^'ijfeV últimos combales,. i ^"^n^éMMÉdé^tamift watétiai V él •princi- pio victorioso no pnede contar, durante imi- cho tiempo, con el reconocí míenlo de su le- gitimidad por parte de los vencidos; y soto sé im* mmmné^ las llaga» mistado, con un gran' c^tídal de rn/on y de ju-ticia. que desarme á los disidenles á fuerza de be- neficios palpables; por cuyo motivo, son muyaforlunadas las naciones i qálbneiflÉK viaTDios en tales crisis, poderes dotados de — ji elevación de miras, de generosidad de acn- ^redo: los partidos so sujetan a la loriuula luioatras ia íuerza los obliga á ello; [>ero en i I se creen bastante poderosos para In- flar |i No es solo el partido monárquiro cl que ha sido relegado á la ninnsion de los imifr- los; taiiibieu al [)ro¿:resisla le ha tocado coa harta IVecuencin cl documento fehaciente de sil dermicion: 'la revniiirion ha muer- to,» lia sido una palabra nuidica con que se ha hecho ftente a todos los peligros; al pa- recer los progresistas como In< monárqaicos, no tenían otro rernrso que fundirse resig- Badanicute en el partido dominante, y pe- dir perdón por sus yerros pasados. T ta- les se van poniendo las rosas que en verdad ya vamos creyendo que los partidos han iuuerto en realidad. pues vemos que tienen ■na propiedad característica de ios difimtos: causar miedo Ilejemos por hoy a los monárquicos, y lia1>lcmos de los progresistas. Bn naestra opinión, lejos de qoe este partido haya nnierio, rreiMiins que todavía dani haslanle que entender a los hombres de la situación; Ao diremos qoe esté próximo á subir al po- der; jiero tunpnco estrañariamos que lo adquiriese á no tardar, aunque no tal vez Sor trámites rigurosamente parlamentarios, lerccd alesi hisivisiuo de los hombres de la si!n;irii)n, oí jtartidii ¡)rogresista de Ks|)aiVi tiene tuerzas bastantes para poner en cun- iicto i los moderados; entre otros hechos recai)r sQli|fe aquel las cualidades contrartas; es preciso, pnés, aclarar las ideas, no per- mitiendo qu9 ningano de ios contendientes ite engalane^éiWHroyt^te'no k eorres^eli- den o se rximn dr la rcspoM^iradad qnetfe derecho le pertenezca.
Hubo un tiempo en se quiso sostener que el partido moderado era el principal, si no el único dcpositnrio de la inteligencia; y asi naturalmente.se clasitícaa sus adversarios, por utia parte en osetaroñUsUa ó sea los' HHh nárqoicos, y por otra en atrasados en las teorías niodomas de derecho público é igno- rantes en los demás ramos, 6 sean los pro- gresistas. Creemos qoe etillí acMafidad no habrá (juien se atreva á señalar como carác- ter distintivo del partido moderado la supre- ma inteligencia; después,de tres años de esclttsiUí^redoiilinio.se haTtsm'todaloqne era esto partido: en la Iribunay en la prensa, en los escritos periódicos como en obras mas sérias, nOs ha dadk» lá üiedida' dft'sos alcan- ces: sin disputarte nada de k» qne jostamen^ te le pertenezca, podremos dedr sin ofen- derle, que entre los progresistas como entre los monirqnicos, hay homhresreoyn nUeli- gcncia no cede á los que mas se aventajan entre los moderados. El carácter, pues, del partido progresista no estaña iijado con lla- marle la parte UMiiof MtH^mle del pattido liboral.