Pensamiento desc(msolador, y que lo es todavía mucho mas cuando contemplamos el -Calor escesivo que en la actualidad van to- mando las pasiones; sin embanro de no ha- llarse en la arena partidos que. como es bien sabido, cuentan en sus illas envido húmero de prosélitas: hablamos de los que RO — RO — pretieren la monarquía pura. ó tal com» la ensayara Cea Hermudez, apellidada el <ie.s~ pnlistiin thislrndo, o tal como la desealiun los que si^ierou la bandera de Don Car- los, fistos dos últimos [lartidos, se nos dirá, son insij^niticantes, están ya fuera de com- bate, son tan impotentes y nulos, qiie ni en ellos deh<Mi fXMisar siquiera los (pie mili- tan bajo las nucNas enseñas. No sostendre- mos altercado sobre la exactitud de la ub- servacioii r(mlí'nida en esa replica: haremos notar sin embar;;o (|ue los primeros encuea- tran naturalmente simpatías en no poéos |ío- biernos europeos. fundados en el luismu principio y que se arreglan |>or la misma »auta; y en cuanto a los se^iuidos, esa im- potencia, esa nulidad, teuiau liace tres años una espresion que aljro siíxnitica: ^lunierosas iKindas en casi todas las provincias del reí- no, y ademas un (Ejercito de t;i,0UO hom- bres en Cataluña, otro de iO,()UU en el bajo Aragón, y otro de 3(),(K>0 en el Norte. ¿Asi hemos perdido la memoria (pie no o'corde- mos al conde de Kspaña haciendo frente at barón de Meer, Cabrera a l> Donell, Maroto á Espartero?
Fáltale á la España el conocimiento de la verílad sobre sí misma; y en las actuales circunstancias este conocimiento le es vital. La verdad (>s la vida de las sociedades; si es (ejecutada, no importa tanto el que no sea conocida; un lu)mbre sano disfruta de su salud sin advertirlo siquiera; pero si esa eje- cncinn no exisl*^-, el conocimiento es indis- pensable; para aplicar el remedio es nece- sario no iiínorar el mal. Cuando las s(K'ieda- dcs se gobiernan tradicionalniente, cuando lo (pie en ellas prevalece no es la rellexion y la razón, sino el tino y el sentido co- mún que continúan « (nist i vando lo que ha- llan eslabletido, entonces pueden |)asar sin esplicilo conocimiento de la venladera siliia- ciim y de las condicióneos de su existencia; cuando destniido lo anti^^uo es menester edi- Hcarde nuevo, cuando las leyes secundarias y hasta la fundamental se han cambiado ra- (liefllmente, cuando ni unas ni otras porper- fi*ctas (jue se supongan, no tienen sin em- liartro la ventaja de haber pasado ikm- el crisol del liem[>o. entonces se lian comienado ellas mismas.i una vida de continua rellexion snhrv si propias, como el hombre que aban- dona el mod«»sIo |)atriinonio de sus i)adres, >ara andar con atrevi(Jas especulaciones en usca de mejor fortuna. <•» — Rí — Rí Bonald ba dicho: udespucs de la revulu- francesa le falla a la Eurupa olro cs- •Mniiicnlo; des^raciadu el piiel)lu destina- •do á dárselo.» Este ha sido la EsiKiña; asi j el pueUlü mas inonárquicu de Europa espia luaü cruelmeüle los escesos de la democra- cia. ¿Qué interés han podido tener los mo- narcas del Norte en contemplar con tamaña frialdad nuestros infortunios? Quizas el de escarmentar á sus subditos con el ejemplo de nuestra desventura. l.,a revolución íran- cesa |>odia ser temible; la nuestra no: alli era ürestes abitado |»or las furias, blandien- do a diestra y á simeslni el |mnal parrici- da; aqui un hond)rc que pálido y con- vulso se a^ila entre ajíudos dolores después 1 que le baii propinado el tosigo funesto. E>te ejemplo no es contagioso: los espartanos haciau eDd>riagar á un esclavo, y lo es|M>- > nian a la vista de sus hijos para hacerles co- brar horror á la embriaguez.
En los bandos (|ue se disputan la arena hay hombres distinguidos: ¿(luién lo duda? lo.s'ha) de buena fe; ¿quién lo niega? pero que son impotentes, ¿quién no lo palpa? Se achacan unos á otros la culpa, se echan en j cara fla(|ue/as, imprevisión, nuila voluntad, y hasta traición y alevu.sia. Vencieron, y no dL'.frutan de la victoria; en el festin del triunfo hallaron el lecho de tormento. Alli yacen ellos: con ellos la nación.
¿Donde esta esa felicidad <pie tan |K)m- (>osauieute prometierais? u.Mediaron, diréis, ul)staoulos insui)eral)ios; " [kmo, bien podre- mos replicar á los unos, ¿por qué los creas- Icis? y á los otros ¿por íjue no los preve- uisteis? «Nosotros no previmos» insistirán h>s primeros. («.Nosotros no pudimos» aña- dirán los segundos: sea asi, suvaos esto de escusa á los ojos de la i)osleridad, si por escusa ipiereis la ceguedad y la inqHitencia.
.\l notar <jue la nave zozobra, ttnlos de- mandan el ancora (|ue despreciaron como inutU cu el momento de darse á la vela. «La ley, esclaman, la ley ha de.ser nues- tra divisa salvadora: la' ley ha dejado de imperar: de a(|ui dimanan nuestros males, solo ella {)odrá remediarlos.» ¿Donde está la ley? ¿Que habéis hecho de ella? ¿ahora, solo ahora,- advertís que la ley falta, la fuerza decide, que gobierna, «jue anienaza señorear el porvenir, cuando b.ice diez aQ06 que canipea |>or nuestro desventurado plis? ¿Pensáis que la fuerza existe tan solo en los can»|>os de batalla, y que os mas real y verdadera, y ejerce acción mas eficaz y da- ñosa, cuando se esnresa por el clariudel com- bate y el estampido del canon, que cuando se desahoga en gritos amenazadores o mur- mura con exigente descontento? ¿Os que- jáis de que falta la nacionalidad? ¿Cuando la ha habido desde 1«:J.3? ¿Qué persona, ué partido desde aquella é|>oca pudieron ecir con verdad: la nación sov yo? Os la- mentáis de que las cuestiones de interés ge- neral se resuelven con miras de conserva- ción en el poder, y (|íie |)or lo mismo se de- grada nuestra diguidad; pero creéis (¡nc esta política.sea del todo nueva? ¿pensáis que se veriiica otra cosa que la exagera- ción de un principio, y que lo que estamos presenciando es mas (pie el término de una degeneración comenzada mucho antes? (jo- hiernos anteriores entraron en senderos per ligrosos, en iludientes ráj>idas; princqiio el descenso, y la velocidad de los cuer|)05 (lue bajan aumenta sin cesar. Perdiéronse de vista los verdaderos principios de gobier- no, se adulteraron; y los gobiernos (|ue se han sucedido han continuado degenerando: (jue en tiem|>o de revolución se verifica de ellos muy rápidamente el imtx dntitros pru- (jeuiem viíiosioi em: de tmvlros saldnin hi- jos peores. ».
A nadie designamos; no culpamos á na- die: solo hacemos notar el encadenamiento de los hechos, tales como nos los ofrece la misma experiencia. Compadecémonos de la suerte de los hombres (pie con leales inten- ciones hayan tenido (|ue hacer frente a cir- cunstancias terribles, no seremos nosotros quienes los juzguemos sin los debidos mira- mientos; pero la verdad, la inexorable ver- dad, ¿nos |K'rmile acaso hacer traición a nuestras convicciones? •,\ Cuando la Keina Cristina, encargada del gobierno durante la enfermedad de su es()o- so, espidió el decreto de anmistía, se inau- gur() la nueva éjwca, que no ha termina- do aun; en la apariencia no era mas (uie una amnistía, en la realidad era un cambio de política. Nadie necesitó esplic^ciones para entenderlo asi; sintióse un sacudimiento instantáneo, vivo, ctmio se esperimenta en I el momento de recibir la acción del fluido eléctrico. Cuáles debían ser las conseeuen- I cias de esta medida, no todos lo preveían, i y menos (piizás (juc nadie la augusta Se- ñora que la había firmado; ()oro en confuso, I in.stintivamenle, se jwrcibia un nueve» |>or- 9 li^ir, sppun nnos, de halapüeftas ^«pcraii- MDt, sf^iui olios, de luniipnlas y caianiit'.on acjiiel dpforcto, y no se escandalicen ciertos lot lores de lo ([iie vanms á decir, y n(» ju/.ííUiMi del sentido de nuestras pala- bras antes do hal»erlas leido por entero, con níquel decreto. rejM»linios, conien/rt la |mv- lilica fpie resuelve las cuestiones de interés nacional en vista del interés del momento^ y eon miras de consftr^'ari(^n de xm poder; en la amnistía pudo tener tanta parte como se quiera, la nia¿^tuinima pMierosidad de la «ugusla e.sjMísa de Fernando; pero en el fondo, en los designios de los que aeonse- jnron semejante paso, fue un contrato Li- cito con el partido lilícral: te apoyo para (pie me soslen{í;as: rfo ul des. Asi lo entendie- ron los amnistiados. asi lo indicaban las cir- ciin.stancias, asi lo han mostrado los suce- sos. El maniíieslo de C.ea Hermiidez des- pués de la nuierte del rey. fue una tenta- tiva para rescindir el pacto; las es|>osicio- nes de dos fieneiales celebres fueron la voz que reclamaba imperiosamente el cumpli- miento de lo pactado: el Kstatuto apareció.
En la prensa y en la tribuna resonaron los ^itos de uo basta: en mayo del año '.VS el autor del Estatuto se veia asaltado |M>r los pnfiales de los asesinos á las puertas del Estamento; en aííosto babia levantamientos y juntas en nuiebos puntos del reino: en setiembre cae. el conde de Toreno. la Rei- na cede, el Estatuto es declarado insiili- cienlc; su modilicacion es prometida. A po- eos Ineses, cuando se acerca la hora del cumplimiento, las consecuencias de la pro- mesa espantan; se intenta neutralizarlas; se nombra el ministerio Isturiz; y en agos- to de lH3fi se fuerzan las puertas del Pa- lacio, el rnotin penetra hasta la estancia de la Majestad, se publica la C(mstitucion de <HÍ 2, y un general celebr.uio ¡loco antes por la parte «pie le cupiera en el estableci- miento de las lil)ertades públicas, muere desastrosamente á manos de aleve injíra- litud.
(lonvóransí* las Cortes consliliiventes: cnncinidos sus trabajos pasa el ejército por Madrid, las sillas del ministerio tiemblan al ruido de los t^iinbores y de las armas: des- de Aravaca se le dirige una mirada de des- agrado: el ministerio cae.
órdenes del «jércMo, las negociael<v- «es apreiniadf»fas. las mudanzas de persoñas y sisíeriias, los 'famosas 'c/Miuíñionfcs, ¡I las renuncias. los nianiliestos. I(»s pronmt— j' cianiienlos se fueron eslabonando con ler- ii rible consecuencia; el drama i<ioal>a al Hii I de una de sus jirincipales escenas: eraso a nH'diaddS de (u tiibre »le IK40; alejabasr tristenu'nte de las costas de Valencia iin:« vela (pie s«* enden»zaba a |ilayas estranLie- ras: la augusta Señora «pie años antes abrie- ra las puertas de la patria a millares de pros- critos, estaba proscrita.
¿Donde está la ley? repiWiremos aqui; ¿donde la encontráis en todos los grande» cambios ocurridos desd« \KV.\'] Dirigid (wr todas partes vuestras miradas, no la descu- briréis; se os mostrara su palacio, la fuerza guarda sus puertas; penetrad en el, la ley está adentro, pero es un cuerpo exánime; en su nombre m' practica lo que ella no di—* ce: asi en nombre de un rey que espina - ejecutan sus caprichos los atrevidos manda» riñes que afectan ser instrumentos de la vííluntad soberana cuando solo poseen y o( tillan el cadáver del monarca.
Esta es la condición de las rcvolucionesj 5 su objeto es derribar lo existente f)or in- justo, sustituir unas leyes a otras leyes, unas instituciones á otras instituciones; la - reforma lo hace por medios legales, lo re- volución |>or la fuer/a; la influencia directa o indirecta de la fner/.a en la resolución de las cuestiones jmblicas, es la infalible señal de (pie ha pnncipiado la revolución. Co- menzado el dnima, necesario es que con-*- tinue: solo puede caber la duda sobre la^ duración de los actos, lo terrible de las es«^ cenas y h» trágico del desenlace.
En ¡as n*v(»luciones se asienta por prin- cipio que el aaliijun orden leíjales Heíjilimo^ - por estar en oposición con el interés del • )iie!»lo (pie es la xnprema leí/. Mas ó meno»* esplicitamente se proclama este princi|>io, - cuando se entni en un nuevo órden de co-» í sas sallando \wr encima de las formas es- • lablecidas; no imijorta (pie (piien de el imiso * sea el pueblo o el monarca, (pie (piien nac» - la apl¡< ación sea el consejo de un rey ó nnnf'' asamblea p<n>iilar. Preguntad si los con- sejeros d«' Cristina al puWicar el Esta- tuto, pregunUid á los tribunos de las Cdr- •» fes eonstiluyeirtes; por qué pr¡ii( i| i<»s s« • dirigen? os hablaran de las neccMiiades d« - la época, de la precisión de satisfacerlas: los prinieros os iS^rdaráfí quizás las anti- íTuas leves fundamentales: I --gundos rerántainhionquela Conslituciuiide \ (íñ cuya fuerza están reunidas, lúe dada a los espai'íoles, como una restauraeíon de las mi>inas leyes. Kl fondo de las rosas es el mismo: oi siquiera se dilenMioiaii en el velo que las cul»re; solo ijue en aquel caso es una Heína quien lo tiende, m el ultimo es el puel>lo.
Dtísde el momento que s»; ha dejado el camino de la leiralidad para se^íuir el de la conveniencia, quedíin sustituidas á la ley la voluntad y la discreción del hoinhre, y flaquea |M)r su liase todo el sistema srM'ial, que tiene por hlauíH) de sus esfuerzos apar- lar del fíohierno de la sociedad en cuanto sea posible, to<Io lo que sea puramente dis- crecional y arbitrario. Los acontecimientos van entonces sijíuiendo su curso inevita- ble: el torrente se despeña de abismo en abismo. hasta que encontrando ima llanu- ra entra de nuevo en el hondo cauce y con- tinúa en su sose^rada carrera.
Se iroa^nan alanos (|ue la nuivoría de la Reina allanará todas las dificultades y hará desaparecer como p<»r encanto todas las complicaciones que están enmarañando nues- tra situación. «Colwada, dicen ellos, en las manos de la Reina la dirección del go- bierno; libres ya de interinidades, y exentos del mal siempre jírave de emptu'iar las rien- das del mando jwrsonas que solo le ejercen temporalmente, saldremos de una vez de tanto desasosiego y zozobra. cesará la ¡n- ccrtidumbre, se verá mas claro el pone- nir. y añadiéndose el casamiento de S. M. con algún principe que traiga consigo ga- rantías de 6rden. de |»az y de coiK'iliacíon, veremos cómo se reúnen en rededor del trono los españoles de todas las o|>iniones, se echani un velo a las pasadas discordias, le afianzarán las instituciones ahora vacilan- tes, se anudará la amistad con las potencias del.\orte. y ocupando de nuevo la Kspaf.a el lugar que en Ruro|Ki le com'sp<inde, asis- tiremos á la íipertura de una nueva era de prospi-ridíid y bienandanza.
Estauíosdeacucrdoen (|ue el advenimiento de la mayor edad de la Rema es un acon- tecimiento feliz que no píwlrá menos de me- jorar la situación: convenimos en que la prolongación de la niinoria de S. M. s<'ria ■n calamidad nacional cu\ as fatales con- flecoencias no se pueden cah idnr; opinamos qoc entonces se presentara una escelente oportunidad para comenzar una nueva era.
una de a(|uellas dichosas coyunturas (|uc distintas veces s<' han ofrecido y otras tan- tas se han desaprovechado. cuando no em- pleoílo para agravar los males de la nación; no dudamos que si la Providencia le dei>a- rase á la joven Soberana, consejeros atina- dos, previsores, n dotados sobre lodo de sana intención y ile la sulicicntc su|K*rion- dad para elevarse a la altnra que reclama ra lo cnlico de las circunstancias, no fuer» ¡nqM)sible el cerrar la sima de las rev(»lu- ciones y el llevar la nación |)or el bnen ca- mino á ({ue de propio impulso se,-ilütlanza; >erü eslamos tan escarnientado>, son tan- tas las es¡)eranzas (pie repetidas veces se han disipado, que no es cslraño si al con- cebirlas halaglieñas para un determinado tiempo, oiurren al espíritu consideraciones, tristes, que vengan, no diremos á desva- necerlas, ¡«ro si á entibiarlas. -I ¿Y quién es capaz de asegurar (pie los su- cesos se realizaran tales como algunos los pronostican? ¿Quién es capaz de decir que nuestra complicadísima situación se desen- inarañjirá tan tran(pi¡lamente, [M>r solo el advenimiento de la mavoredad de la Reina? Dejemos aparte la gravísima cuestión venti- lada ya en la prensa periódica. hagamos completa abstracción de la situación entera- mente nueva en (pie jwr semejante suceso nos encontrariainos colocados, pre.'icindamos de cuanto se rwe con determinadas perso- nas, y no consideremos mas que el conjun- to de las cosas con su complicación, con sus dilicultides: ¿créese por ventura que tan fácilmente abandonarán el campo de la polí- tica las ambiciones rivales, los intereses en- contrados, pudiendo todos conUircon pode»- rosos medios de acción y de iiinucncia? í>i- fícil nos parive; y por mas grande qne seá nuestra contianza en la sensatez de la na- ción española, por mas seguros que estemos de la fuerza de! sentimiento monárquico en España y de los admirables efectos qne es- tá destinado á producir, todavía nos queda la duda de (pie el mero hecho de llegar á los catorce años la augu.»ita Niña, haya de traer consigo resultados tan decisivos y satisface* torios. l El casamiento de la Reina es otro de lossu- cesos en «pie se lijan todas las miradas y en í^uese fundan grandes esperanzas: y necesa- rio es confesar (pie según como se verifi<pie ese importante acontecimiento, podra acarreamos muchos hcneliciosy contribuir ¡HuleiXMinwBte á.desenredar la lilttcioii, condu- ' ciendo los negocios á feliz desenlace. ¿Pero cuándo se verificara ese casamiento? Con quién? ¿Prevalecerá la poNtica inglesa 6 la francesa? ¿Qihí pnrie tomarán en el negocio laspotencias dei Norte? ¿Hasta qué punto se pondrán de acuerdo con la Francia, ó la In- glatcrra, ó con ambas? ¿el marido de la Rei- na qué polilicn ha de roprescnlar? Hé aquí un conjunto de cuestiones todas graves, im- j portantes, vitales, y que sin embargnestan oscuras, envueltas con cien volos, sin que porabora sea dable aventurar una conjetura con alguna probabilidad de acierto. Pocos negocios pueden orrecerse de nnffor interés y trascendencia para la nnrinn: pocos tan íntima é inmediatamente enlazados con la resoinciet de los grandes probíenas que mi- ramos pendientes; pocos sm eml)argo en que la prensa i>eri6dica haya entrado menos de Heno. Una ijue utra vez se han adelantado algunas indicaciones, y basta se han escri- to (lisciir<ns; pero considerada la cuestión en todo su grandor, en su complicación espi- nosa, la polémica está intacta. Ni aplaudi- mos ni eottorunoa esta conducta: solo la consignamos aquf, como un indicio de la ¡gra- vedad del negocio, pues que en campo de suyo tan abierto y liDie, se le treta eon tal cimnispeccion y resena.
\ no se crea que esto dimane del temor de arrostrar compromisos: otro asunto se ha piesentado, y por cierto la prensa periódica no ha manifestado pusilanimidad: no solo no ha tratado con timidez la cuestión, pero ni siquiera ba querido admitirla: «esto no es aiestionrfhlc. ha dicho, la niinoria de la Bm- ua no debe ni puede prolonfíarsc.»
Quiera el cielo que no salgan fallidas tan- tas esperanzas como se tienen fundadas en aquel dia, del cual ha bastado la idea de que pudiera aplazarse, para sembrar alarma tan iriTiy levamr mi grito de reprobación 'tan unánime. También partici])atiios de ellas: pero no nos es dado alinuMiliii las cual de- searíamos, ai considerar los uconlecimienlos oue pueden acumularse antes, tos que pue- nen presentarse en los momonlos critiCOS» los que pueden sobrevenir después.
Concebimos muy bien que la simple pre- sencia de la jéTen Soberana al firnite del Gobierno podrá mas para iin|X)ner respeto á las pasiones y nartidos^que la de otras persuplirla; pero feeonociendo b fimio <M momento en que cese la minoría de Isabel, no alcanzamos á creer que con este dia nos baya de llegar el remedio de todos loe ■mlcnt Cuando nos figuramos á la jóven Reina en el acto de entrar en el ejercido del mando, paréennos ver á una tierna niña empuñando el timón de una nave que brega con foríoan tormenta: á sus pies se abren á cada ins- tante los abismos de) Océano; sobre su caben brama -lü tempestad; la snsMtMttf niña levanta sus ojos al cielo invocando á la Estrella de hs mnm\ entonces unimos nuestros ruegos á sus ruegos, y recordando que bay un Dios amparador de1a inoeendil tranquilízase \m tanlo nuestro espíritu soblB los destinos de la augusta nieta ae San Fer- nando.
MAS Wm U SifCACION DB ESPÁRAi aooas seav cuales IMmi m calididea; co-. Meamos nmy bien qoaestifiilta nada puede I No es muy difícil atacar las opiniones i)ge- nos, pero 81 el sustentarlas propias: por- fpie la razón humana es tan débil para ediH- car, como formidable ariete para destruir. Ksto se verítíca en todos los ramos del saber humano, y particularmente en pohtica; po»* (pie siis problemas á mas de la nuichedum- bre de datos que han menester, adolecen dol inconveniente de eambiaitos écada paso. Per lo mismo, sien algo cahe tolerancia, es de seiruro en política: cuando se combate al ad- versario, es necesario no olvidar la indulgen- cia: pues que per nuestra parte. bien pro»> to nos veremos precisados a pedírsela. Con estas reflexiones bastante damos a entender cuán enenugoaaoM del haUador ea^tW»- mo, y de la panacea p^ítúca; -en negocios tan arduos y espinosos, (piicn falla con tono demasiado magistral, quien i>retende haber descubierto sslueiones generales, llanisy sencillas, es ó un alucinado »í un impostor.
¿Qué interés puede haber en ocultar la si- toacion crítica, complicadísima, muy dMWI de desenlazar, enquelaBspafit SO ennmi- tra? ¿Por (pie hacernos ilusiones, esperando con escesivo candor, que el remedio de nuestros msles ba de Begar muy pronta? iJfw qué olvidar q«s necssilimes poder* y que apenas sabemos dónde buscark»; que neD»os inenesler orden, y no venios donde alianzarlo; «{ue es indispensable la unión no ücticia, no de coaliciones, sino sincera, só- lida, durable, y que ignoramos los medios de conseguirla; que exisle una ley lunda- menlal cuya inlraccion ha pasado á coslum- bre; que es de urgente necesidad el arreglo de \os negocios eclesiásticos de acuerdo con el Sumo l'ontilice; muy conveniente el esta- blecer las relaciones con las potencias del Norte, y que |>or ahora ni de lo uno ni de lo otro existe la menor esperanza? Y todo esto, dejando aparte ta rormacion de leyes organi- cti, el oruenar y vigorizar la administración, el desembrollar ya que no es dable remediar la hacienda, y cien y cien otros puntos se- lundarios, |)ero que no carecen de iin|K)rtan- cia, cuando no fuera mas que por su número y por la confusirm cu tpic se hallan? I ' El vicio radical de nuestra situación es la falla do |MHÍer; y el origen de esla falta es el no ser posible añadir de repente algunos años á la tierna de edad de la augusta Huér- fana que ocu|)a el trono de las Espaúas. Dad- le al problema todas las vueltas que (juisie- rcis: la diliroltad esla a<|ui. La inmensa niayoha de los espii fióles, desea ardienle- nicñte que los ái) meses que restan de la Dienor edad. fuesen ¿0 níinutos; pero los hombres previsores deseariaii ademas, que la Reina que cumplirá los 1 4, cumplie- ra al mismo tiempo los 95. Ua monarca de 2S años: he acpii nuestra necesidad; ne- cesidad triste imnpie es urgente, y sin eui- hMllono puede ser satisfecha sino con la tarda lentitud del tiempo.
¡I^imenlable «■onilicion de las sociedades humanas! la monarquía hereditaria es el sis- tema de transmisión del |M)der, preferible á , «autos se han escogitado; pero adolece del Inconveniente gravísimo de las minorías. Periodos borrascosos jK>r necesidad, por- ^ mientras duran, el princinio monárquico no siil>siste sino |N>r una saliulable ticcion legal. suponiendo ocupado el trono que está vacante. Esta ficción es sin duda necesaria, m\o único posible en.semejante caso, pero M basta para evilar á las naciones larga ^wie de calamidades. Sean estas cuales fue- ren, los pueblos las han preferido al desl)or- damiento de las pasiones (|ue ambicionaran la corona; por esto colocan á las gradas del í«lio vacío la cuna del tierno monarca. Sa- crilicio indispensable, |H»ro doloroso; ¡wrque estas é(>ocas las atraviesan las nacioncsm^ mortales padecimientos y angustias: la infan«- cia de los re\es es el tormento de los une* blos.
Un atinado enlace de la joven Soberana^ en (pie se combinasen de una manera con- \eniente el interés i)olitii'o \ el dinástico; en que acertadas negociaciones allanas<Mi las dilicuilades presentes, y previniesen las (|ue podran sobre\enir; en «pie se reaUa.^e el prestigio del trono y so ae rewntara su fuer- za agrupando en su alrededor nuevos inte» reses y simpatías; en que se cerrase el cráter de las revoluciones y no se dejaran espe- ranzas a reacciones |)cligrosas y violentas, ¿no seria un medio harto sencillo, y uiuy á projiósilo para llenar en ali^iiiia manera d vacío <|ue acabamos de indicar?.Meditenlo nuestros hombres de estado..No olviden que esta es la primera incógnita «pie ha de ser desjK^jada [\).
Lu todas las combinaciones ima¿:inables ocurrirán gravísimos inconvenientes, <»bsta- culos diriciles de salvar, se columbrarán con- secuencias masó menas desagradables; |)er« tengase presente (]ue el estado de las cosa.s es tal, (jue ya no |)ucde tratarse de bueno V de mejor, sino de malo v de menos malo, kji semejante conflicto, el mejor partido que se puede tomar, es aipicl en (pie menos se sacriíiípie nuestra nacionalidad v. indepen^ dencia, y por cu\o medio se consiga saear el |)alacio de nuestros reyes de esa soledad pavorosa en (¡uí; ahora se encuentra.
En este delicado negocio sera bueno no perder de vista cuál fuera el enlace (pie ofreciera mayores ventajas y menos incoii- venienles, |>ara una contingencia, de (¡ne nos nresi'rvc Dios, de morir la joven Reina, y legarnos en un Itijo suyo otros í i ailos de minoría y de regencias. El caso, se dirá, es remolo; asi lo es|M;ramos, contando en la bondad de la Providencia; pero no lo era mas cierlamenic en 48á9; t«mi)0í'o se rece-: laban entonces lassi'riesde catástrofes y de- sastres que hemos sufrido, y estamos si»- friendo todavía. En tales materias, una in>- f)revision de los homba's de estado, la pagan os pueblos con torrentes de sangre. Aprendamos del vecino reino de Francia (I ) 1^1 opinión sitlin' un |iiint<> pniM' ilaUil»a«|ft miiv alniA «-n ol aul4)r de csUís lin. »!*: U^sligon csoti párrafos. "'^««1- á íMT |»r«vÍ8ore8 y cavtcw; ya (jMe tanto hr- iiios sufrido y sulrinios aun. ya (pie lan cos- tosas l^'^T¡olUí^ nos «►rivtv Ih es|H'i ien< ia \tri\- pia, aprovoclieiiionos alquil tanto ilc lus (pie nos pivsonlaii Ins na< inn«*s «'straAaH. y pro currólos csciirnuMilar rn catieza a^rna. Los lionibros de la dinastía de julio, c idi>ntitH-a- dos con »'l nnevo (»r(l<'n de rosas < rpado por ia revolución de IH.IO, dcsransahan sin y<\ ¿obra, liados en la solide/, de la obra d<' manos, viendo la nueva dinaslin asegurada en numerosa familia, y considerando (pie la transición de ini reinado a otro sí' verili- caria de una manera insi'nsilde, supuesto (pu' el heredero de. la conma habia entrado ja en la edad viril, y se formaba ya desde