SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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En España hay espíritu nionánjuico; y este espíritu es umy vivo, muy poderoso, j y solo (leslruclible con el trascurso de mu- chos siglos, si es que algún dia se haya de I destruir. Un pueblo que como el espai^ol ha | vivido bajo el imperio monárquico durante | tantos siglos; <|ue bajo este inq)erio ha com- batido por espacio de ochocientos años con- i traía media luna; que ha descubierto nue- ' vos mundos, y (pie ha sido una de las pri- i meras potencias de Euro|>ii; que ha renova- [ do y vivilicado su entusiasmo con el grito; de viva el rey, en una giuírra inmortal como [ la de la independencia, no puede menos de ser eminentemente monárquico. Esto es ver- dad; verdad que no deben perder nunca de vista ios escritores públicos, y de la cual pueden sacur mucho partido los sostenedo- res de las buenas doctrinas. Pero al lado de esta verdad existen también otras verdades que no deben ser desatendidas. Es necesario guardarse de un error en > que mas de una vez se ha caído, y es el creer que la monar(|uía debe ser defendida en la prensa con el mismo tono (jue en 181 i y en \Hi:i \ cada época exige su lenguaje, y á esta exigencia no fidtan los partidos im- Iiunemente. Una de las armas que con mas labilidad han empleado los amigos de la re- volución, ha sido inculpar la exageración de de sus adversarios: esta arma es menester quitársela, y el medio seguro para eso es no ser exagerado, ('uando la exageración no existe en la realidad, en vano se empeñan los adversarios en achacarla: engañan á al- gunos incautos con huecas declamaciones; pero el público lee y juzga: sino hay exage- ración sino razón, el publico dice, uuquí hay razón, y no exageración.» Para obtener es- ta justicia basta esperar algún tiempo: las declamaciones cansan, la sátira se einliota, los apodos inspiran disgusto; lo que perma^ nece es la razón; quien la tiene de su par- te, triunfa.

La exageración mata muchas causas, y á esta exageración están sujetas aun las que mas se distinguen por la verdad de sus principios, la bondau de su lin y la rectitud de sus medios. La exageración tiene tam- bién otro inconveniente gravísimo, y es que a la sombra de ella se ocultan los |>érlidos, y se dan importancia los nulos. Las decla- maciones violentas, las ponderaciones sin tasa, las invectivas, las alabanzas hiperbó- licas, son trabajos (pie desempeñan con gus- to los ({ue quieren perder una causa; asi como por otro lado se encargan fácilmcnto de esta tarea los nulos, \m no ser cosa quo exija mucho talento. Lo que si lo exige, y ademas largos estudios, es el colocar laa cuestiones en su verdadero terreno, el pre- sentarlas bajo su verdadero punto de vista, y el encontrar, esplicar y defender su ver- iladera resolución.

Esto es lo que hace mas bello, mas sólido y seguro el triunfo de las causas; lo que las salva cuando están en peligro, lo r|uc hasta las resucita después de muertas. Una teoríq l>olítica aconqMñada de buena fé, robuste- cida con el apoyo de los hechos, deseuvuel- ta con claridad y defendida con (irmcza, aca- ba por abrirse paso al través de todas las re- sistencias, mavormente si los escritores po- seen las cualidades de estilo y buen tono, cuya falta achica algún tanto las verdadei mas grandes, y deslustra las mas bellas. Asi, aplicanilo estas reglas á la defensa de ios príncipíos monártjnicos, se echa de Ter qae ha de producir escaso efecto en la época actual el o'-f i^iarsp á cada paso por ia bondad ))aternal de ioi monarcas, el pin- tar con fiicticio entusiasmo los siglos de oro que nos han proporcionado, pI echar á los novadores loda la culpa de todos nflrstros males, y empcíiarse en que los gobiernos de los reyes no hicieron mas qae buenas obras y milagros, el recordar de continuo los felices tiempos de!a escelentc ndminisirarion qne tenia las arcas repletas de oro, y en que dichosos en lo hiteríor, poderosos en lo es- terior, respetados cu lodo el nimiíln, era- mos los españoles ia admiración y la envidia de cuantos pueblos habitan ia redondez de la tierra. Esto no convence* por(|ae á vuel- ta de muchas verdades encierra muchos er- rores; esto no convence, porque manifiesta en el escritor mas pasión que convicción; esto no convence, pon|uc si d lector no es muy rudo ó muy poio avisado, no podrá menos de recordar lo tjue liabrá leido en la historia, y lo que quizas habrá visto con sus propios OJOS.

Defiéndase la monarquía como una insti- tución necesaria en Europa, y muy parti- cularmente en España; recuérdlMisc y encó- micnse los beneffcios qtic ha proporcionado á los pueblos; preséntesela como un emble- ma de nuestra nacionalidad é independencia; t^;'l¡„^^nse á la memoria sus irloriosas lia/.a- fias en las cuatro parles de la tierra; delién- dasela contra las injustas acusaciones de los demagogos, y no se permita que manos im- puras profanen las ccni7n<5 do brandes mo- narcas; cotéjese la bcni¿;uidad del imperio de los reyes con la cnieklad del despottsnfo anárquico: hágase lodo esto enhorabuena, que todo esto se puede y se debe hacer; mas para ejecutarlo con buen resultado, pa- ra desarmar é los gue combaten el poder monárquico, é inspirar conñanza á los (\ue dcsconlian de él, es necesario ser veraz, aer sincero, ser franco; no ponerse cu con- tradicción con la evidencia de los hechos. Para rechazar con buen éxito las calumnias, es necesario confesar la verdad de los car- pos justos; y para hacer apreciar el bien, no jioner mas del que hay en la realidad: donde hubo un bien, decir que le hnho, y decirlo tal como fué; donde hubo un mal, confesar que le hubo: obstinarse en deten* der un iticificnlr^, pti ([in; i'.nr iiP'ri^inn fia de salir condenado, no cb propio Uc aboj^ados hábiles; y el sostener una cosa en qae se sabe que no hay razón, es contrario a tai biipna fe (irnnde y venturoso fue el reinado de los reyes catweos, grandes fueron también los deCarlos V y Felipe II, aunque ya notan venturosos; pero desde que descendió al i sepulcro el fundador del Escorial, ¿ané se j hicieron el girandor y?a ventura?;.no se echó á perder con espantosa celeridad la mas rica y magnitica herencia que iej^ara á sus hijos ningún monarca? Ea tiempo de Car-: los II. ¿dónde estaba la España délos reyes católicos? ¿Qué incMTivíMiienlehav en recono- cer estas verdades? Con negarlas ¿dejarán de ser verdades, y verdades tan conocidas!? Esto no daña á^laltistítucion, pues no hay institución humana con la cnal no se haya incurrido en errores, que haya estado exenta de abusos.

Fl escritor que desea defender con buen éxito la monarquía, es preciso que teniía la iniparcialidiid y la entereza necesarias para decir la verdad <á la monarquía misma. El primer efecto de la adulación es inutilizar al escritor, previniendo contra él á los lec- tores. Iláblese de los monarcas difuntos con respetuosa justicia, y de los vivientes con respeto justo; nada mas. Cuando asi se pro- ceda, cuando no se empleen demasiado ea la discusión las fórmulas de!a • corte, ni se arridte á cada uiouicnto el menguado escri- tor a la vista de la elevada sabiduría y de la bondad paternal de los soberanos, enlOD- eos, al defenderlos, tendrá derecho á ser oido; de otra manera. no.

Pasen en buen hora los revolucionarios del insulto é la mas villana lisonja, y de hi lisonja al insulto, según los monarcas les complazcan ó les disgusten; levanten sobre todos los soberanos al que acaba de qae- Imntar su cetro para entregarle á las nanos de los dcuia,:;Oi:()s, y luciío cidiran de lodo c ignominia a esc niisnio soberano tan pron- to como deje de serles acepto ó necesario; esta es su historia, este su interés; peroles houdires que defienden h la nionarqnfa pOT convicción, jamás deben llevar su respeto hasta las b$«f as humillaciones, ni su jasta »' vcridad 1:! i el insaltantc atrevimiento. Casos hay en ipie conviene hablar, y en- Itonces la*entere/,a y la rectitud encuentran siempre un lenguaje decoroso, mesurado, (liuuo de ellas, y digno de las personas á • quienes se dirige. Casos hay taáibien ea r tos qwc no se tocan sin ninncharse', ni se miran sin rubor; y entonces nada hay mas cspreshro que h elocueieia del sileiMm.

Ocasiones se le presentarán al escritor para reprender lo que en su interior conde- na; en todos los paises del mundo las cosas 'presentes tienen semejantes en las pasadas^ y nnn pinroladn vnli^nto y(»pnr!nn;i <nhre un pasage de la historia es fácilmente intcrpre- . itada por el lector como una uiirada severa ^'«ontra los imitadores del mal.

Hay en la historia de las nneionos épocas desgraciadas, en nuc es preciso ser muy mo- 'iftitfiiieofÉra no dejar oe serlo; en qoe es necesario tener muy arraigada la monarquía en las convicciones para que no caisa del co- razón. En tales casos, no han sido los buenos defensores de la monarquía los qae la han defendido cf)n lisonjas y mentiras: ¡dé- ♦iWI escudo!...Lo han sido, sí, los (pie des- j^s de hal>er aconsejado á los pueblos la Wttlíott debida, hablándo|<>s en noailwe de a relipon. de In paz y (le los intereses pú- blicos, han sabido volverse hacia los reyes Increpando sosestravfos y desmanes con respetuosa firmeza. ' ' - Kn todo buena fé, en todo verdad, en to- do el valor de nianifestar las convicciones ^Ülfiri decoro, pero sin timidez: bé aquí las primeras cualidades de la prensa sostenedo- ra de ios buenos principios: la mala fé, la mentira, la adulación, la pusilanimidad, son cosas indianas de ella, aon gérmenes mali^ nos que e^icrili/an, (juc matan la baeoase- millaque se pueda esparcir. ' ' - ■'^^ fial«f(ar las pasiones, el escribir con- tra lo que dicta la conciencia, pm* oblener el pasa.ííero aj)Ianso de las turbas, ó la mi- rada benévola del poderoso, es una falta ^oe cuesta cara á los escritores, echando ¿ perder la misma causa cjue se proponen sus- tentar. Quien escribe para el pul»lico. debe oír sin duda á todo el mundo para no hacer- se ilusiones que le oculten la realidad de las cosas, debe recibir con ¡rralilud los conse- jos, no solo de los mas entendidos que él, '^no aun de U» qne le parezcan muy mfe- riorcs á él; que de todos los juintos se reci- Ih' alirnua luz. y aun de los mismos necios pueden aprovecharse consejos atinados; pc- it) el escritor necesita tener convicciones Jirojiias, criterio proriií). ^fiitimi'M'ifos pro- pios; juzgar por si mismo (Ic^juii <lc haber oido ¿ los demás; no inspirarle jamas en las Kasiones del momento, sino iendo y escribir medílandoi fÉMIciáaaiillidiU « ft Después de la revolución que heoMS atra- vesado, V que todavía no ha concluido del lodo, se halla la sociedad espaüola sujeta á condicíOBeB nniy dirnaas de las en qne se encontrara en tiempo de nuestros mayores. La Es|>ana de hoy no se asemeja por cierto ni a la Francia, ni a la luj;lalerra, ui á nin- gano de los demás paises coyas fonnaB p^ líticas ha adoptado; pero tampoco se parece ni a la España de Felipe II, ni aun á.la de los primeros años del présenle s^le. El tienifK) nooorre en vano. Nuestron iuioTa* dores han acarreado á su patria calamidades sin cuento.pr haber concebido uua España semejante a otras nackmes de Europa: lee que se propon^ían remediar nuestros infor- tunios han de andar con tiento en no acar- rearle nuevas calamidades, figurándose la Espaftá de hoy semejante á la EspaAa antir gua. Si tal equivocación padeciesen, su obra no.seria duradera. Se ha dicho (^ue el tiempo no respeta lo que se ha' hecho sin él; pero tanpoeo respeta lo (]ue se hace, si no se cuenta con nada de lo que ha hecho él.

En la vida de las socicuadus como en la de los indÍTidoos, hay diversidad de perio- dos á cuyas consecuencias es preciso some- terle: la infancia, la adolescencia, la ju- ventud, la vejez, el estado de salud ó de enfermedad, de ealnw ó de agitación, exigen un ré^'imen distinto: cpu-rer aplicar el mis- mo cu todas las circunstancias, es csponeise á cansar grandes males y por fin la moeile. ' El error fondamental de los liberales hn consistido en querer introducir en España doctrinas y sistemas que estaban cu abierta oposición con todo lo dominante, sin ipw bnlnese precedido ninguna clase de dispo» siciones preparatorias. Por esto la revolo- cion ha sido siempre inqmpular, y se ha visto combatida por lo que es su sosten en las denK> uai iones: la democracia. ¿Quién no ve en INI 4 y en ISá^ia una democracia que grita viva el rey'f ¿^oién no vé que es el verdadero pwMo el (]iie derfUn tea lapi- das, aplaude el decreto del rey á su vuelta de Francia, y que después se alista con en- tusiasmo en'b» lilas oe Merino y del TrapíMisf? ¿No se descubre aquí la Kspaña an- tip;ua t on sus sentimientos monárquicos y religiosos. Itu hando contra los que intentan tnosfonnarla;i viva fuerza? De todo esto prese irj:l;i ¡v!i Ins libomh's; no totnnron la penado atenderá loque existía, antes de ensayar la realización de lo i{ue ó ellos les fafriagtba. Comenzaron por zaherir i la reli- gión, cuando la reli?;ion ern lo mns poptilrfr que babia en España; comentaron |)or ata- ear á las clases privilegiadas, y mtiy parti- rulnrmcnli' al clero, cuando elclero se fur- niaba del mismo pueblo, cuando los conven- tos eran un asilo para muchos hijos del pue- trio «cuando del pueblo salían los hombres que ocupaban las nia> ailns di-nidades de a Iglesia, cuando el pueblo estaba en ince- sante contacto, en intima relación con la Iglesia* noBoio en lo tocante á lo religioso, lo qin^ se enlaza con la vida entera, «?ino tami)icn en lo concerniente á educación, ins- traocíon y hasta medica de subsKteneia. Es- te error lo ha panado la nación con treinta años de con\ uisiones, trastornos y catástro- fes, lo está pagando aun en nuestros dias; y quiera Dios que esta infaosta cadena pue- da terminarse con!r\ vida de la generación que acaba. Este es nuestro deseo: no dire- mos qne see^ nuestra esperanza.

^ En oposición á eslc error, podría incur- rirsc en otro por parte de los hombres adic- tos á los principios reUgi<^s y monárquicos, c«Ml-8eria el prescindir enteramente de las mudanzas sufridas por la España antigua en sus ideas, scniimientos, costumbres é inte- reses. Por mas supcriiciales que se supon- f^n- fas huellas dejadas en España por la nrfiíin revoinrionaria y ot cspirilu del si^lo, no puede negarse que estas huellas existen, ▼ BO en pequeño número. Reuruébcnlas en buen hora cuantos estén reñíaos con las in- novaciones. pero rerono/can al menos que existen; y en su pcusamienlo y en sus obras nodríden jamás este hecho. Al resolver un pro[)It'nia os njenesler hacerse cargo de to- do* los datos, de todas las circunstancias, t^iolu CQulrariai) como távorables. El maqui- ñista al ^«mpsénder la coostniccion de su ni;irp;inn, no ^í)!n lleva cu monta la fuerza uioU'iz de que puede disponer, sino también ría de que ha de febritar sn artefecto; Oft la propia suerte, qni' ü haya de gobernar la España, es necesario que a mas de ta Espafia antigna, de la España religiosa y monárquica, de la España de las tradicio- nes, de ios hábitos tranquilos, de las cos- tumbres, sencillas, de escasas necesidades, de un carácter peculiar que la dislin^ uf de demás naciones de Europa, vea la Espa- ña nueva con su incredulidad ó indilcrenda, su aiicion á nuevas formas politiCM, sus ideas modernas en oposición con noMtns tradiciones, su vivacidad y movimiento, sus costumbres ioiportadas del cstrangero, sus necesidades bijas de un refinamiento de cultura, su amor á los placeres. sii afán por el desarrollo do los intereses materiales, su prurito de iiriilar a las demás naciones, en particular á la Francia, su fuerte tennlencia ánnn transformación completa que Iwrre lo que resta del sello verdaderamente español, y nos llaga entrar en esa asimilación ó fil- sion universal, á que parece encaminarse el mundo.

Esta España nueva no consuiviye por cierto la mayoría de la nación, pero es so parte mas inquieta, que mas se a^ita, que mas snenn en todo'? los negocios piihlicos; la que habla, la que escribe. la que viaja, la que tiene en su mano mil medios para dar ( ¡rculaeion á sus ideas, propífi'ír «^us pasiones, defender sus intereses; laque ha ocupado todos los puestos y todas las avenidas del |)oder, la que está en relacio- nes. en incesante contaelo con el resto de la Europa. Esta minoría pues, si bien debe ser dirigida, y en ciertos casos reprímida, nunca del>e ser desatendida comidelamente, nunca se la debe desairar de tal modo que se la convierta en enemigo irreconciliable, nunca debe ser escinida de toda influencia de tal stierte qne no le (piede mas esperan- za para abrirse paso que eL camino de la violencia.

Una de las causas que mas han contribui- do á irnposiliili! ir el trinnfo de D. Carlos, ha.sido el que se le ha creído resuelto a se- guir la política que acabamos deseilalar co» mo nociva. Si en este príneipe no so hubiese visto personificada otra cosa que la unidad V la fuerza del poder público j el triunfo de las ideas religiosas. sin oposición decidida á cuanto aconseja o imperiosamontc exige el espíritu del siglo; si, con razou o sin ella.

las resistencias que ha de vencer y la mate- >> no se hubiese creído que bajo sU' reinado estaña la EspaBa sometida u una especie de absolutismo macho mas esclusivo quo el de Fernando VII; si, ron rnzon o sin ella. DO se hubiese generalizadú iu upiaion de qoe con O. Cdnos era en yano pensar en reformas de ninguna dase. en transacciones de niníTun género: si por lo misnui c-^tn Espa- ña nueva, comprendiendo eu eita lodos sus matices, no hnKiese tenido tan foerte anti> patia á D. (M-irlns. es bien se{?nro que al príocipiar la cuestión dinástica se hnhiornn Dallado los ánimos en disposición muy dile- rente, y que durante la j^uerra y entre los escesos de la revolución, los p:>rti(lns que mas ó mci^s directamente resisluin el Inun- ívée'^éste principe, habrían snfrido ^ves modifícaciones, que una politica conciliado- ra y sn^a7 pudiera aprovechar en conlra del gobierno de Madrid.

"Fero nada de esto sucedía, porque no habia en dicho sentido ninítina esperanza. A poco de comenzada la guerra, conocieron qne era inevitable el desencadenamiento de la Tevolacion, aun aquellos qae habían sido bastante cortos de vista para no verlo antes; mochos de ellos contemplaban con horror el ajUÉtio áque se nos conduela, miraban con «f|iaiitó iá dilatada série de ( aiástroíes que fferirios á atravesar, y se entrcíraban al des- pecho y á la desesperación, al considerar tiltel^ibnidad de que la nación atcansaso un j)0(!rr (lii'no de csfe nombre mientras du- rasen las inraustas condiciones á st» lia- llaba sometida. ¡En cuántas cabezns no bu- lleron peilbímientos para dar á los negocios públicos una dirección difcrenle!;Kn cnán- t06Íabios,uo asomaron, de la manera que a la'sanm '^ifNnÉlir podían, las palabras de conciliación, de transacción! ¿Que hubiera sucedido siguiéndose una politica á la altu- ra del sigilo, que no desconociese lo que era «▼idente^ eráe no se empeAaseen obtener lo inasequiííle, que nlnicse una puerta de avenimiento, de transacción, de paz, por la cual entrar pudieran bondires de todos los pVrtíd<» sin Mjar demasiado la cabeza? Pe- ro no se oTfS nías que flodo ó nada. " /.0"é importaba el que una que otra vez se ha- Máse de jperdontlos liombres que tienen arntas en la mano y que no carecen de medios pam hacerse respetar, qnernin tal vez transigir, mas no implorar perdón. Véa- se lo que ha sucedido eon los earitrtas i la división se introdujo en sus filas llamándolos á ser convenidos, mas no perdonados. To- I davia los hay en gran númem éilpnrsos por I los paises estrangeros, que prefieren arras- trar una vida de privaciones y miserias, á Í pedir ni aun recibir oi perdón ni aomistia. No todos los hombres son tan constantes tm la adversidad, pero todos son igualmente exigentes cuando todavía se sostienen en pie, cara a cara del enemigo.

I^ro voÍTÍendo al punto principal, insislío mos en que el gobierno que se empeñase en prescindir enteramcnle de la España nueva, ateniéndose únicamente á la antigua, Íprovocaria por necesidad gravísimos eonflin^ tos y aeabai iu jior sunimliir. Si* contiene un molin, y se dununa cuu la íuerza á.lo8 amo- tinados; se desbarata tma conspiraioton y se ahuyenta ó se castiga á los conspiradores^ ' se reprime una insurrección militar, ó se la previene con cuerdas medidas y disciplina severa; pero el emso de las ideas, el espf- l ilii de la época, estas cosas se dirigen, se moderan, se moditican; pero no se detienen con la fuerza. La mano imprudente que se les pone delante, ó es hecha pedazos ó es dehiiitiidn \ descompuesta con la acción di- I solvente, iuu el aliento abrasador, á cuy» I inflaencta está sometida «Un misma. En el estado actual de las naciones modernas, en el mismo carácter de su civilización, se ha- Illan caucas profundas, necesarias, podero- sas, irresistibles, qne impiden el completo aislamiMlo de un pneWo, y que frustran I los designios que á tal objeto se dirijan, por mas bien combinados que &e les suponga'. I Hay la imprenta del mismo pais, que coa libertad ó con prcvin ccn^iira, hace partici- par del muvimieulú ¿general de los ideas; que btceconaeerhis noevÉs ^teorías, aus^ que sea combatiéndolas, que da noticiado los nuevos sistemas, aunque sea abominan- do de ellos, ilay la imprenta * slrangera que á pesar de todas las trabas y de las mas so- ' veras prohibiciones, echa sus libros y sus •^ folletos y {)eri(Klicos \yor encima de las adua- nas, haciéndolos llegar hasta el corazón del pais bloqueado. Ello lo liaoe diiicil el gobier- no á fuerza de precauciones, mas nunca del I¡ lodo miposible; estrecha el curculo de la in- fluencia, mas no la dcelrayo ctnpletamn»^ te. Délo que pierden las nnevas^ideas en estension. se indemnizan algún tanto con Ila intensidad: porque las teorías son mas cngaAosas, cuando el que las estudia eori , amor vive en un pais donde se las rechaza y * ni aun se permite su examen, y las ilusione* son ñas seductoras ciuido distancia de la realidad en que vive el qoe lasespeiiinenta. ' ' MfT M es esto deehr que se haya de aban- donar de! lodo el sistema de la represión y de las prohibiciones; antes bien creemos que US eu muchos casos ulil, y en algunos necesario: solo nos proponemos manifestar í|ue este sistema es por si solo insuficiente, que no conviene liar demasiado en él; que es peti^so empeñarse en emplearle coa deaoMidido rigor; que es no conocer el si.ulo en que vivimos, ni el carácter de la civili- • zaciou de las sociedades modernas, el pen- sar qne á nn gobtemo naradv i los pueblos la dirección que bien le parezca le baste el reprimir.

Bien muestran estar persuadidos de lo eontrario los gobiernos de Europa, sin es- cppluar ni los mas absolutos: y asi no se bao contentado con el sistema de represión, que sffl embargo no olvidan, sino que han procurado evitar las revolocimies, haciendo a tiempo las reformas convenientes, ('iiando en las sociedades hay una necesidad que re- dama vivaannie ser satisfecha, es preetso latisbcerla, aunque cueste algún sacrificio ál amor propio ó á los intereses: y el modo de salisfaceria sin traspasar los limites de- bidos, sin quebrantar los principios de jus- 'ticia, es haeer por medio de las levf s lo que al htt se encargarían de realizar la injusticia y la TÍolencia. No basta decir: «esto que existe es legal; nadie tiene el dereeho de atacarlo:" no basta repelimos; porque cosas muy legales pueden entrañar algo que ca- reacade la eonveiMente equidad; cosas muy legales pueden haberse puesto en discor- dancia o en oposición con el espíritu de la época, con ciertas ideas, con ciertas necesi- dades, ciertas preocupacÍMies que dominan la opinión pública; cosas muy Icíralcs (pie pudieron ser úiiles, altamente provecliosas en los siglos en que se establecieron, v aun ' mucho después, habrán quizás dejado de serlo con el trascurso de los años, y el tiem- po que todo lo trastorna habrá acarreado tal veis circunstancias lotalnienle diferentes, cuando no diametral mente contrarias. Esta es la condición de las cosas humanas: si esa instabilidad la recuerda de continuo el mo- ralista, no deb0 jamás peiderla de «isla el legislador.

Y no queremos signilicai (|ue, los gobierá mayor I de reformas: muy al contrario, si( se trata de tocar á lo que existe de muy an- tiguo, es necesario audar con sumo tiento. De una ley ó institución existente se veo fácilmente los defectos de. (|ife adolece, los males «jue causa, los bienes que impide; ue- ro no tan fácilmente se conocen los males que resultarán de su auseñtia, los bienes que con ella desaparecerán, los vicios de lo que se piensa suslituu le, y ni aun si es po- sible reempiazarbi con algo. Es un principio de legislación que sin evidente necesidad no debe el legislador apartarse de aquel dere- cho que por mucho tiempo ba sido tenido por juste; y este principio de profunda sa- biduría se aplica a todo lo coucernionte á la organización y gobierno de la sociedad..

Hay en esta materia dos opiniones esti- mas. Los re solucionarlos dicen: «En este edificio hay algunas piezas (¡ue por mal construidas, o por viejas, o poriiue carccea de objeto, im> sirven; arruinemos pues d edificio entero, y cu seguida lo levantare- mos de nueva planta.» Los que se oponen á toda innovación dicen: «Cuanto hay en el edificio es tan útil como era antes; y sobre todo, esto existe; estamos en nuestro der»- dio al conservarlo tal como se halla.»

Los revolucionarios ponen munos á laidiia: si no pueden trabajar de dia', trabajan de noche; si no puethMi batir aliiei lamente la muralla, penetran en ius eiitrauaa de la tier- ra, y coDuenzan zapando para volar el edifi- cio de una vez. Sus adversarios redoblan la vigilancia; multiplican los centinelas; hacen nuevas obras, no en lo interior del editicio y en las piezas inútiles, sino en los punios de dcfcn-a, ronlinminau también para dcs- luiratar a los que ^uüan; v cuando contem- plan rey^irado y robusleciab el muro, cuan- do4lÍWÉ<coamado de numerosos baluartes, . spugnables, y se lisoj^ean de ¡Vana ilosioni S existen en efecto los'males que se señalan, si esto es evidente, la verdad no se oculta a los mismos encarga- dos de la Ueíeusa. La división intestina on- míensa, el descontento cuude, el desaliento se apodera de unos, la desconfianza de otros, y al fin no fallan algunos que poco delica- dos en punto do honra, abandonan el poc*- to que se les ba encomendado, y quizás franquean la entrada a los enemigos. El «to- do o nada» se cumple; y un momento des- Aos deban prestarse ligeramente a exigencias " pues no se encuentra mas en el flitio qoe un Dlgitlzed by Google moiitun (le riiioas, luuibu de iimuuierables victimas.

La razoD, la justicia, la pmdcacia, no se acomodan con ninguno de estos cslremos. La sana política procede de otra manera.— Aquí luiy cosas malas. — Quitémoslas. — Las hay inútiles. — Veamos si pueden servir para aljio, arreglándolas de otra muñera. — Seria | mejor arruinarlo lodo, para hacerlo ente - | ramonle nm^vo. — \o: porque en primer lu- gar, no pueden quedarse lodos los habitíui-, tes á la inclemencia: ademas arruinándolo ¡ todo de un golpe, serian innevitables mu- chas victimas, aun entre los mismos que se I proponen demoler. — Pues lo arruinarenjos nosotros. — Están tomadas las medidas; y el ^^ mpeñe en esa tarea insensata será c.i- i.. i » severamente. — Pero al menos der- ríbese d«'S(le luego lo que nosotros indica- mos como malo ó inútil. — Ante todo convie- ne no precipitarse; y muy particularmente no liarse demasiado en lo ¡pie vo.solros de- cís. Tal ve/, llamáis mala una cosa, porque no es buena para lo que vosotros deseáis; quizás declaméis contra su inutilidad, por- que es muy útil para contener vuestra impe- tuosidad destructora. Examínese lo que hay de verdad en vuestras aseveraciones, lo qué hay de fundado en las (picjas; y con el tiem- po necesario, y por medios legítimos, quíte- se lo que se tíaya de quitar, destruyase lo que ie haya de destruir, refórmese* lo que se hava de reformar; pero cuidando siem- pre de no dejar el edilicio en descubierto, construyendo por un lado mientras se derri- ba en otro; y sobretodo guardándose con suma escrupulosidad de no locar á los ci- mientos, pues el mas ligero trastorno en! ellos pudiera acarrear una catástrofe. Esta es la conducLi que debe seguir un gobierno cuando ve delante de si á la revolución ame- nazando. Contenerla, pero (piitarle al mis- mo tiempo los motivos, yhasla si es posible los preloslos, uor poco especiosos que sean.

La dilicullad suele estar cneencontrar el verdadero punió en que convine colocarse, | asi en el camino de la resistencia como en ' el de las concesiones. El resistir demasiado puede provocar la esplosion; y el conceder mas de lo que conviniera espone á ser arre- baUdo por la corriente, punto que dihcil- mente se encuentra c uando suena la hora de una gran transtormacioa social que suele inaugurarse con un profundo trastorno, pero | quft es menos diticil hallar cuando pasada la ^