SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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sois rey de España; en España no hay mas Reina que mi priuiu. Vos le habéis hecho la guerra; yo me poslro á sus pies; vos os ha-m beis llamado su soberano, yo me llamo el primiMo de sus subditos; vos halK'is lomado- el acento de i{uieu manda, yo me contenloi, con súplicas; vos habéis protestado contra;, la esclusíon vuestra y mía y la de mis her- manos y de toda la íamilia, y yo decla- ro jjii^ cs^ í^spluj^jott fue acMüi^ natural y ^ jmta en los momentos en qne se hizo, y me limito á ponerme de rodillas á los pies de la Reina, para que inteqionira su podero- so inílnjo en mi favor á lin de anular la ley I por medio de olra ley?» ¿Cree el Sr. mar- qués que era nalural. que era posible, que era decoroso un tal leugnaje de un hijo á su padre? Pues á esto y á nada menos que es- I lo equivale el que le propone el Sr. marqués ¡ al conde de Montenn)lin. No basta que quien | lo propone este profundamente convencido de los derechos de Doña Isabel II, no basta; i es necesario atender á la situación de la per- i sona á quien se propone el discurso. Cuando ' se trata de resolver cuestiones como la pre- sente se pueden exiirir sacrificios de distin- tas clases; se pueden exigir concesiones diferentes, que mortifiquen aljrun tanto el i amor propio; jK'ro exifxir que un hombre se vuelva tan derechamente contra su padre, contra toda su familia; que se despoje de todas sus ¡deas, que ahoínie todos sus sen- timientos, que niegue toda su historia, todo su partido, que se niegue á sí mismo, y que no haga mas (pie echarse de rodillas y da-! mar, «piedad, piedad, perdón, perdón,» esto es exigir mucho; esto es peor que de- cirte: «te proscribimos jwra siempre.»

No esforzaremos el argumento: para que ' sea decisiv(í no necesitamos mas que apelar f al corazón. Comprendemos una reconcilia- ción honrosa, comprendemos también una discordia sin término. Comprendemos con- cesiones y sacrificios de varias clases, com- prendemos una terquedad que nada otorga; pero un paso como aconseja el Sr. marqués, y tan absoluto, con formas tan humillantes, y que dejan la humillación tan desnuda, atendida la situación y los antecedentes del conde de Montemolin', esto no lo compren- demos. La diplomacia se encuentra también á veces con los sentimientos del corazón; la ¡ habilidad esta en ablandarle, en compri- mirle si se quiere algún tanto, no en ha- cerle pedazos. ' l*ero su|)ongamos que este sacrificio se hubiese obtenido, y que el conde de Monte- molin. no hubiese encontrado dificultad en aceptar y emplear el lenguaje que le acon- seja el Sr. mar(|ués; ¿qué se hubiera logra- do? Nada, v vamos á demostrario. Si el enlace del conde ííe Montemolin tiene alguna impor- tancia, no es por lo que sea la persona en si, sino por lo qae representa. Las cualidades personales, por aventajadas que fuesen, no • entran en este caso sino como cosa muy W cundaria. La importancia política del enlaí^ se cifra en que con él se da fin á las preten- siones dinásticas, y se atrae alrededor del trono de Isabel un partido numeroso. Desde el momento en que el conde de Montemolin hubiese dicho: «yo no tengo nada que tran- sigir, ponpie las pretensiones de mi padre han sido enteramente infundadas; yo no acepto de mi padre sus derechos, porque esos derechos son un sueño; á mi no me to- ca negociar, solo me corresponde obedecer á mi Reina;» desde entonces, repetimos, el conde de Montemolin no entraba para nada en el asunto dinástico, no valia nada para eslinguir las pretensiones. Era un simple particular, nada mas. Era un hijo que se volvía contra su padre. y á quien su padre hubiera declarado hijo desnatiiralizado é in- digno de sncederie; era un hermano que se volvía contra los hermanas, y á quien esos hermanos habrían considerado como decaído de su posición, ya que él propio la abdicaba negando qne le perteneciese, y á quien por tanto se hubieran creído llamados á reempla- zar. El sacrificio pues no producía resultados políticos: siendo de notar que los mismos qoc habían sostenido con convicción la cauiía de esa familia, habrían oído con indignación que de tal modo se los hubiese condenado por aquel cuya familia defendieran á costa ae tanta sangre. Entonces no había la fusión de derechos de que nos habla el Sr. mar- qués; nada se funde por una parte, si esta parte declara que nada tiene, que nada pue- de poner en la fusión; y cuando el autor del comunicado añade qiie este era el caso de la verdadera, de la útil y solo posible fu- sión de derechos dinásticos á que se rel^ ría, menester es confesar que la palabra fu- sión lie derechos dinásticos está nsada en un sentido poco exacto.

Tocante á la aceptación del conde de Mon- temolin por los hombres que le n'charan, tampivco es probable que se hubiese adelan- tado niwho con la humildad y sumisión. Ahora han sonado las palabras de menospre- cio, de insigne mala fé, de traición, acom- pañadas de las amenazas correspondientes; ¿qué se hubiera dicho entonces? ¿No es muy temible que se le hubiera llamado hi- pócrita, hombre de mala fé, usurpador em- Dozado, y que en prueba de la pwa confian- za con que debían ser escuchadas sus pala- bras de paz y sumisión, se le hubiera cenado Google ea cara la villanía con que se declaraba cuntra su propio |>a(lre? Lo que iuipide una reconciliación no es la mayor ó menor pru- rit'ncia de esla.s u aquella» palabras; no es la aclilüd mas o menos digna; es, si, lo mis- mo que ba indicado muy bien el Sr. marques,. ¡(I ardorosa resistencia de las pasiones é in- tereses liuinaiios. Cuando estas pasiones se hayan sosegado ó se bayan consumido en luchas estériles ó desastrosas; cuando esos intereses se vean asegurados o vean medios de asegurarse, o se convenzan de la im- pitsibilidad de lograrlo por los medios (|ue abora emplean, entonces la resistencia de- jara primero de ser ardorosa, y al Un ce- derá.

Otra indicación hay también sumamente importante en el comunicado que nos ocupa, V es el recuerdo de los esíuer/.os que en IH3ü h\io el.S>. marqués de Mira/lores para lo- grar la Tusion tan deseada; siendo de notar (|iie esta ru>ion, no solo la apetecia, sino que la apetece todavía y la considera sencillísi- ma, asi en cuanto a cosas como á personas, coa tal (jue se baga en el modo que él indi- ca. «Ué aquí, dice, el caso de la verdadera, de la útil y solo posible lusion de derecbos diua^itícos á que yo me refería, lusion que apetecia y apetezco siempre, fusión de cosas para hacer fácil y aun seiuillisima la fusión de las personas, fusión que yo hice cuantos esfuerzos cabe en lo buiuauo para completar en 1839, cuando la transacción de Vergara podíla y debia baber sido el vehículo de una reconciliación universal de todos ios españo- les monánjuicos, honrados y capaces. Si no lo conseguí entonces, no a mí, a la historia pt*rtenece la esplicaciou.» £sto unido a la calUicacion de semi-imposible que da el mar- qués al enlace, aun después del yerro i|ue en su opinión se ba cuiiielido, prueba (|ue el dislioguidu diplomático sabe lo que se pieuea £uropa ^obre este particular, que sa- be Jo que se pensó y se hizo en la época a que se reliere; y que por tanto, á fuer de hombre prudente y amante de su patria, no quiere cerrar las puertas al porvenir, no quiere esos jamás que tan ligeramente pro- nuocian otros; y prueba sobre todo que en su opinión no ba merecido el pensamiento de ua enlace la calilicacion de absurdo; pues en ciertas ép(K'as ha sido digno de ocupar la aleación de la diplomacia, en ciertas épocas, a pesar de la guerra, no consideraba impo- sible una transacción, ipa reconciliación, y | <|ue aunque difícil ahora, no la reputa irrea-, lizable del todo.

Lamentase el Sr. marqués del obstáculo que suscita á t(MÍa reconciliación la actitud tomada por los desterrados de Bourges; y con esta ocasión hace algunas observacio- nes sobre la fuerza del partido carlista. Üice S. S. que ununca, y mucho mcuus hoy, fue grande el partido llamado propiamente car- list^i.n Ks posible que sea asi; pero en tal caso no comprendemos como pudo levantar )oderosos ejércitos en.Navarra, Aragón y Cataluña; como pudo diseminar sus fuerzas por toda la Península; tomo llego á poner, en peligro la misma capital de la monarquía. Si no era grande, ¿cumo es que no hubo, medio de vencerle durante una guerra dCi siete años, á pesar de los auxilios de Portu-, gal, de Francia é Inglaterra? ¿Como es que la guerra no pudo terminar.se por una bata- lla, sino por la conducta del general Maroto,i I «]ue se unió con Espartero? Si no es grande, > ¿que quería decir el Sr. marqués de Mira- ¡lores cuando al contestar al Sr. ministro dor Estado en la misma sesión del 10 de enerot esclamaba: (Cuidado, señores, cuando sOi habla de la nación entera, {lorque hecha la estadística de los partidos, podría dar rcsul-i tados enojosos; » y cuando añadía con énfa- sis para hacer sentir la fuerza de sus pala- bras: «esto sirva solo de indicación.» ¿No decia también en otra sesión que ea España sumados los dos partidos liberales, modera- do y progresista, no compouiaa la mayoría nacional?

Pero cree el noble marqués que el nume-- ro del partido cadista se ha dismmuido has- ta lo infinito. ¿Iksde cuando? ¿I>esde el 10 de enero del corriente año? El plazo es muy corlo. ¿Y por qué? Las causas de esta dis- niinucioa se señalan también en el comuni- cado: uun trono acatado, una reconstruc- ción de la monarquía y una paz principiada a asegurar, hacen probables dias de ventu- ra y reposo, á la par que el desarrollo de una pros[K>ridad naciente de que la mayoría de la nación quiere disfrutar tranquila.» Tocante ú los deseos de la nación, no nos cab ' ninguna duda; pero con respecto a lo demás tenemos la desgracia de no hacernos ilusión tan lisonjera. No es tan acatado como debiera ser un trono que en poco tiempo ha I tenido (|ue ahogar en sangre re|)etidas in- I surrecciones; no esta bien reconstruida la I monarquía que tan fácilmente muda sus constiturioDos, y en que «»1 fiohiomo infrin- | ge la nueva al día sij^MiienU' promulgada. ' No son probalilfs dias di* ventura y reposo ' a la soiititrii de la pn/, cuando los partidos, están mas entariiizados que nunca, cuando las opiniones están mas encontradas que! nunca, cunndü las pasiones y los intereses I ludían tan vivamente cumo nunca, ruando i el goliiérno y «i»s órganos nos están hablan' do sin l esar de conspiraciones, de {hdifíros de la Iraufiuilidid pública, de medidas cnér- jn^'as pani conten;'r a los revoltosos. Estos j son hechos,1 que no sabemos que se pueda contestar.

Por k) demás, y sintiendo no hallamos conformes eon aifíimas opiniones del señor marqués de Mirafloits, las respetamos como es debido, y no podemos menos de hacer jusliria al tono lilamlo y cortes con que es- tán emitidas. El gobierno quo debiera dar lecciones de cordura á los particulares, se ha'lln en eí ca^o de r.'cibirias. Kl.SV. mar- ' (¡ufs lie }f impares \\ \ sabido manifestar opi- niones contraria!» a los intereses de la fami- lia de 1). darlos, sin insultarla; ha sabido declararse en opo-^icion con el partido carlis- ta sin ultrajarle, ha sabido dar al trono de tí¡Aw\ una muestra de lealtad, sin entrearar- té á niufíun arrebato de colera. lealtad hariH un monarca no consiste en insultar el infortunio de sus cnemijíos. Los bravos mi- litares (|He hicieron prisionero a Francisco I en la batalla de Pavía, tributaron los mas reiididos homenajes al ilustre cautivo. Por absurdas (pie (piician reputarse las preten-» siones de I). Carlos, nunca se debe olvidar su ré^'a cuna. 1 REUNION-PACHECO.

EKTtlo m Pírit fl IS ar juli« d* Itl» Jr pnl>l¡<i>(io.n Mi liiil rn ti L» reunión-Pacheco, que á juzgar por f uuchlra.N opiniííiies debia hal»ernos produci- [ (hi una impresión desafiradable. nos causó sin embar,:io una verdadera satisfacción que manifestamos desde lueí<o,vque han au- | mentado poslerionnente la disensión y las íícsliiMies a <pie la declaración ha dado In- ^r. Kste modo de minir las ( (isas, que a j )Hñuicra visía parece contradictorio a núes- ' tras opiniones. esta muy conforme con ella<: aunque partidarios de la candidatura del conde de Montemolin, no nos dis-rustó una' reunión en (jue se escluia al conde de,Mon- temolin. Kl principe de Bour.iu'cs no pcrrlin nada con esto: porrpie los (pie cont- declaraban, declar idns estaban yn di.¡i.p mano; y el ci>nde de Trapaiii sufría uncon- tratienqx» que diliciílnienle pudiera resistir. ^ No teniainos pues motivo ]tiira sentir lo pri- mero, y nos asistía mucha raron al ale^rrar- nosde lo seíjundo. Con la declaración, en nada se ha disminuido la pisibiíidad ni la' probabilidad del conde de Monlemolin: no se h' han suscitado nuevos adversarios; m se han ligado contra él nuevos intereses:" no se han contraido para oponérsele noeros compromisos. Oue si uno que otro de los concurrentes (luisiese con el tiempo no con- siderarse ligado, ya nos ha dicho un perifi- dico de la situación que algunos declaran altamente que no entendieron compi ' se á nada. Como parece que |>ara ¡ü sienes no hubo votación, ni por achí ni nominal, ni de ninsiuna manera; v qoe para inferir la unanimidad solo se apficócl principio de </uieu calla ofm gn, ptMlriaseen lo venidero hacer nieslioiiabie In verdad dol principio o[K>niéndole otro de que tamhicn se hace uso con tanta frecuencia: quien calta uo dice nada.

La mencionada reunión no merece impor- tancia |)ür el número de votos que se eini- licron, ni tamjMtco por la unanimidad, que; es algo disputable; sino por haberse levan- tado en ella una bandera contra c! conde tic Trápani, en el seno mismo del úni' do en que pudiera contar con delt ¡í- m - Sabíase que los nrogresislas y los carlista? se oponian decididamente á esta combina- ción; sabíase también ijue el conde de Trn- pani era bástanle imjyopular en ' < í"';'-^ ' ios umderados; |x;ro iiíiiori»li;i estos habría al^^unos bastante resueltos, p solo para mostrar desagrado,.«:ino ' ' ' para pronunciarse abiertamente: ¡gn 1 si con el espantajo de la reacción carb-i 1 se creerían obligados á callar, á d' continuasen las negociaciones de la ruiif i. las Tullerias; y si con la mira de deshacCT-, se para siempre del condtf de Montemolin, se n'sígnarian.i abandonar los íntci cionales y á pcimilir (pie sucumbí parlicuiart's opiniones; pero despi ' declarocioTi, ya se Hli visto ipic nu es n&.

Google Google ya se Ita visto que no todos tienen los ojos tan lijos en Bour^es que no los vuelvan á menudo hacia Ñapóles; va se ha visto que si el conde de Monlcniolin es rorlia/ado con vigor, no lo es con menos el conde de Trá- pani; ya se ha visto i]ue si desacordados consejos impeliesen á llevar adelante tan las- timosa combinación, encontraria ic^al, pero viva resistencia, no solo por parle de los carlistas y pro¿<rcsislas, sino también de una fracción respetable del partido moderado. Por esta causa damos inqxirtancia á la reu- nión-Pacheco: y esta inqH)rlancia es inne- I é,'ahle.

¿Con (jué partidarios puede contar ahora j la candidatura de Tnipani? O njejor diremos; ¿á quien no cuenta por adversario/* ¿Hay al- | ¿un& opinión política, hay al^un interés ' publico, hav nada de lo(|uepesa en seme- ' jantes cuestiones, que no este en oposición con ella, que no la repugne abiertamente? ¿Qué es lo (|ue resta en España, después de quitados los pro^rtísislHs, los carlistas y I una parle considerable del partido moderado? I ¿Que resta en la prensa, quitados el Eco del Comercio, el Especlador, el Clamor Públi- co, el Católico, la Esperanza, el Globo, el Tiempo, el Español, mayormente cuando I los demás periódicos ({ue no hacen la oposi- I cion á la candidatura, lam|>oco la sostienen! abiertamente? (iOn una minoría taiipeipieña, imperceptible, que no apoya sino que calla, ¡ ¿habrá quien se atreva á resolver la cues-! tion en (¡ue se libra el [mrvenir de la nación ' V del trono? ¿Habrá quien se atreva á rea- j Fizar lo que hasta ahora ni un solo [teriódico | se ha atrevido á sostener? ¿Quién fuera tan l osado, tan insensato, para despreciar hasta tal puntij la opinión nacional? A otras candi- daturas se oponen muchos, á esta todos; otras las sostienen muchos, esta nadie; la realización de otras poilria producir disi;usto en unos, pero escilaría entusiasmo en otros; esta causarla en lodos, no solo dis- gusto. sino irritación desesperante, al ver que por miserables intrigas se han compro- metido para siempre los intereses de la na- ción. Los que en esto pensasen, reflexionen que el enlace de la Keina es un paso del que no se puede retroceder; y esos pasos no es político darlos con ligere/a en un pais en que con tanta frecuencia se encuentran abismos.

Cuando se examinan los motivos que UU^Uexi iuiluir cu que se muestre UuUo empeño para llevar adelante una combinación tan desventurada, do se encuentran razones ni de política interior ni estcrior, niñada que por necesidad no se haya de limitar á un pequeñísimo circulo; no circulo de opi- niones, no de partido, sino de personas.

¿Qué nípri'scntaria el conde de Trápani mando de la Ueiiia? ¿Es el símbolo de nf^^un interé.s nacional, es la personilicacion de al- guna idea política, es una garantía de codt servacion, es un elemento de j)ro^reso, es ' un recuerdo histórico, es un emblema de gloria?

¿De donde viene? ¿Viene de algún reino poderoso que imponga con sus ejércitos, (jue cubra el mar con sus Ilotas? No; viene de Ñapóles. ¿Viene de algún reino que ocu- pe un alto lugar en el congreso europeo, que influya en sus decisiones, que pueda ofrecer esperanzas de que podrá servirnos de algo en las complicaciones del [Kirvenir? No: viene de.Nápoles. ¿Viene de algún pais que man'he á la cabeza «le la civilización, y cuyo contacto haya de desenvolver en Es- ])aña las ciencias, la agricultura, la indus-> tria y el comercio? No: viene de.Nápoles. ¿Viene de algún pais cuyo solo nombre bas- te para produ( ir en el ánimo de los españo- les vivo entusiasmo?.No: viene de Nápoies. Pero antes de venir de Ñapóles, ¿ha pres- tado grandes servicios á su |)atria, ha ügu- rado á la cabeza de los ejércitos, se ha sen- tado en los consejos de su rey, ha contribui- do al planteo de mejoras administrativas, á la consolidación de algún sistema político, es conocido como literato, como militar, como hombre de estado? Es un niño aue acaba de salir de un colegio: viene de Ña- póles.

¿Quién le cnvia? ¿Es acaso algún acuer- do euroiMío? Las potencias del Norte lo re- sisten; Metternicl» esta disgustado con la política del rey de Nápoies; la Inglaterra sonríe desdeñosamente. El gabinete de las Tullenas es quien aconseja la combinación, mirándola, como se supone, desde un pun- to de vista eminentemente español, y por consiguiente tratando de liacer á la España fuerte en lo interior, respetada en lo eslerior y proporcionarle que en brevísimo tiempo % pueda recoger tan ImíIIos frutos como los (icl pacto de familia, y obtener ventajas como las de la batalla de Trafalgar.

Y este pensamiento del gabinete de las lulleiias ¿(^ liiio de vastas combinacioacs, Goo e5 una iilonlija, que dala de uuiy anti^uu, i tan rodeado de sinsabores, y qae en que se hayan consultado en enasto 9m, I pudiera acarrear eoBsecoeneiM CrislM. Ba dable los intereses de España atendiendo | verdad que proba hlenieiite se liizo el inea- pausadamenlc á los inroiivenieules? Nada | pcrado reconocimiento romo una especié' de de eso: se abrigalutn otros proyectos; y ha | preliminar favorable, dispuesto por la uíiciosa sido predso aramlonarlos: en otras circuns- l| intervención del gobierno fraDcés, y con la táncias quizás no se hubiernn visto con des- es[)ernnza de nbl(Mier algunas ventajas en agra4ocombinacionesak)ra rechazadas: pero caitd)io de la Irialdad de Mettcmicb; pero srlia dicho que la e<)MnABlSs|)afia no pudia i era preciso no coniiar demasiado en loque saKr de la raiiiilia de los Borbones: echando l| hiciera esperar un gobierno que, á pesar de su l)iienn vnlimlínl, no siempre alcanza a sacar trinDÍaiites sus provectos diploniatinna ojeada Sül;re los vario-^ prmi-ipes, ocurre el conde de Trápani, cu>a lamilia esta muy emparentada con la de Orieans, y que na- turalmente lia de encontrar simpátias en el {)alacio de Madrid. jSc necesitalia mas para a decisión? ¿La mano de la Reina de Espa- fli es por Ventura de tanta importancia que i^lkaya de meditar afins enteros cómo se dispone de ella? El iíahinete de las Tulle - rias ¿no se quitará de delante este lastidiuso iiegodo? T sobre todo, ¿no se asegurará de | nion-Paetieco tma bandera deoposieion esta manera el que no se tome en M nlriil una resolución importante, sin que antes vaya un cstraordinano de Madrid á París a pedir instrucciones? ¿\o se maniata para siempre al fíabinele español, para que nun- ca jamas pueda hacer nada ni en favor de los carlistas, de quienes se Ic supura por un ahisiuo, ni de los progresistas. perpe- tuando v haciendo in cesarias ciertas influen- COS. Como quiera, el matriÍDonio con el con- de de Trápani ha llegado á ser imposible: la impopularidad que le rechazó instintiva- mente desde los primeros aaunqios, se ba robustecido con la discusión, estribnDdoM una opinión pública tan respetable, que M se contrariaría sin trraves inconvenientes. En este concepto, al levantarse en larestra la candidatura napolilana, no se ha he- cho mas (pie tomar un puesto en las filas ya formadas de lodos los partidos. La fracción que ha protestado contra semejante combi- nación, ha querido ser cspafiola. Tal vez intereses de bandería huhieran podido incli- narla también á coadyuvar á una empresa que aseguraba la escrusíon de la oaodidati- ra (lo Hourfies: pero si ha creído que no era cias (iiie deben de envolver repugnancia per- i t:ünvenienle el conde de Monlcmolin, tara- sonal? ¿Y no es este un escelentc sistema I bien ha rechazado con vigor al otro conde •"para asegurarla debilidad del gobierno es- pañol, para aumentarla cuanto cahe y tenerle asi dependiente de otras voluntades, bas- taidó levantar el dedo para que se vea for- Xi|o á hincarse de rodillas?

Con este prestigio europeo vendrá •■! consu rival: en este últinto ha hecho UB bien, y según todas la apariencias, el momento ele- gido ba sido muy oportuno. Cuando de tal modo se btn levantado quejas, alguien lie» ne motivo de quejarse; cuando de tal moda se ha sentido que se levantase la vo7,, intede de Trápani: e>tas serian las inllucücias ^ res debía de haber en que continuase el si- qne le servirían como de aureola páÜ^lft- I lencio.

cerle grato á los españoles, para que cele- brasen su entrada en España con alborozo y entusiasmo. Venido de una nación de tercer órden, de corta edad, con prevenOiones po- co favorables. ( <iii el i!i<irusl(> de la Europa, y éooducído por l;i mano de un gnliinele es- trangero, ¿como seria recibido por el pue- blo español, tan amante de sn dignidad, tan lleno de grandes recuerdos, tan sobra- do de altivez y energía? Por cierto que sí el rey de'Nápolés pro- Hasta se ha querido disputar el derecho de hacer semejantes manírestaciones. invo- cando la Cunslilucion del Estado y el deco- ro de la corona, desenvotviéndMe mes y mas la idea que de mucho atrás va indicán- dose, de que el enlace de la Reina es poco mas que un asunto de familia, y por consi- guiente fuera de la jurisdicción de la iríba- na, de la prensa, de la opinión pública. Con mas ó menos claridad se ba sostenido esta doctrina, tan contraría á iodos los haesas ciirn adquirir noticias sohrc la situación de || principios de politice, tan opMSta á lo que España y la disixtsicion de jos partidos con ' dicta en las netuales circunstancias de Es- rewectp á su hermano, aq Juera esiraüo il paña el simple sentido común; siendo de ^j#^llijÍlíMlnase^#WMMÍ|l|^ proyeáb ' notar qse en este lerreM se hta cados dos peri»>dicos nue. Ilovailos por su fuerte oposiciuu ul conde de Mouleiiioliii, iio sieppK han tratado con la dabida tolerancia á los que le snslenian. Olrfi voz no se mues- Cren tan diliciics en roncedcr una lihcrtad que lan pronto han tenido (]ue invocar |>ara si mismos.

No: la cupslion del matrimonio de la Rei- na no puede ser resuella ni tratada como «santo fte tunilia. Hay en ella una cuestión nacional, una enHtioo qua entraña todas las diímas cuestiones; con la resolución de eila se resuelven lodos los problemas pen- dientes en el pais: si se resnelfe bien, la Espafia recobrará su tranquilidad, sa apio- rao y volverá á entrar en la comunión de las naciones europeas; si se resuelve mal, se abre de noeva sobré nuestra infortonada patria la caja (lr> Pandora.

««La Reina, se dice, dehe ser libre: f|uien ocupa el trono de España. no ha de carecer de vn derecbo de que disfruta el último de los españoles.» Aqui se sií'nta una verdad indisputable, y por medio de un sofisma se deduce una consecuencia inadmisible. La fteina ha de ser libre, es Irerdad; pero ¿se entiende por esto f[ne su elección en este caso no esté mas liuulída míe la del ultimo de los espaftoles? A medida que se elevan las personas en el órden social, pierden en lilM>riad lo que íranan en consideración v poderío. La iiltertad existe en ellos; perb BNB eiretnscríla one en los dennas. La li- bertad de la hija de un hombre del pueblo DO reconoce mas límites i\\u' los señalados por la conveniencia, la luorui y el honor; la libertad de la bija de un grande, ya no es tan lata; la de la hija de un príncipe, lo es mucho menos; y en llegando á una reina se reduce tanto, que la elección está circuns- crita é moT pocas personas. ¿Hay por esto violencia? \o. Si violencia hay, es la vio- lencia de la posición, de las cosas mismas: esta violencia es, como si dijéramos, una ptrte del peso con que oprimen al monarca el cetro y la diadema.

La Reina delw ser libre, es cierto; pero