SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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Item, siendo yo novicio y habiendo hartos años que me daba gran pesadumbre una tentación, comunicándole una vez como entonces se usaba, con sola una palabra que me dijo, que fué que no hiciese caso de ella, me la quitó hasta el día de hoy, cuanto ni una sola vez me acuerdo haberme vuelto.

Item, que se le conoció en muchas ocasiones tenía admirable dis- creción de espíritus, no sólo cuando muchas personas le daban cuenta del estado de sus almas, sino en otras muchas ocasiones. Venían a pe- dir algunos el hábito de nuestra Religión, y pareciendo a los demás concurrían en ellos todas las partes necesarias, él los despedía sin proponerlos, conociendo que no convenían, y, al contrario, aprobaba los que a otros no cuadraban tanto.

En confirmación de esto diré lo que le pasó cuando fué al Capi- tulo de Lisboa, que como entonces estaba en su mayor reputación aquella monja de las llagas, muchos de los demás padres más graves de nuestra Orden la fueron a visitar, y trajeron como una gran re- liquia aquellos pañicos que daba teñidos con la sangre que decía salir de sus llagas; y el santo Padre no sólo no hizo caso de seme- jantes cosas, más ni aún quiso ir a ver a la dicha monja ni sus llagas; y cuando volvió a Granada, de donde era prior, estando una tarde con muchos religiosos en la recreación, le hicieron grande ins- tancia para que diese alguna reliquia de aquella monja o dijese lo 1 Autógrafa. Viene en el folio 855 del Ms. 12.438.

378 APENDICES que sabía y habría visto. Respondió estando yo presente: Yo no la vi ni la quise ver, porque me quejara yo mucho de mi fe si enten- diera había de crecer un punto con ver cosas semejantes, y no mucho después se manifestó a toda España eran todos engaños y embustes.

Item, tenía don de altísima oración como se echa de ver clara- mente por los escritos que dejó de cosas altísimas de ella en verso y prosa, y por su trato común do Dios, que era tan admirable en todo tiempo y lugar, que sin ser enfadoso a los que le oían, siempre tra- taba cosas de nuestro Señor. De mí sé decir era tanto el gusto que en oirle tenía, y la admiración que me causaba, que ni antes ni después en la Religión, ni fuera de ella, he oído persona que con tanta suavidad trate de Dios; y siempre ha juzgado que de los religiosos nuestros con quien comunicó y trató nuestra Santa Madre Teresa de Jesús este santo Padre fué el heredero de su espíritu, como otro Eliseo del de nuestro Padre Elias.

En confirmación de esto pudiera referir muchas ocasiones en que esto experimenté, asi en las pláticas de capítulos, como otras públicas; mas porque todos cuantos le trataron echaron de ver esto, las callo.

Como todo su trato era de Nuestro Señor, así tenía notable gusto de tratar de él, de manera que encareciéndole yo una vez el mucho contento que en oirle tenía y que no querría se cansase, me dijo que aunque días y noches hablase de Nuestro Señor no se cansaba ni cansaría como los que le oyesen no se cansasen; así gustaba de tratar con gente espiritual y muy poco con los que no lo eran, aun- que fuesen personas muy graves y de que le podía resultar crédito o aprovechamiento temporal para su convento.

A esto se seguía también no ser amigo de saber ni ver las cosas que se tienen por maravillosas en el mundo, tanto que pasando una vez por el Viso adonde el A\arqués de Santa Cruz había labrado unas maravillosas casas, que nadie pasaba por allí que no las tuese a ver como una gran maravilla, rogándole el compañero que traía que las fuese a ver, le respondió una sentencia digna de tal espíritu: nosotros no andamos por ver, sino por no ver.

Item, se le conoció en vida particular don contra los demonios, y así los conjuraba y echaba de los cuerpos y hacía le obedeciesen con gran imperio; y oí decir que una vez se le había jurado el de- monio que se lo había de pagar, y que después lo cumplió, tengo olvidado el cómo. El padre fray Juan Evangelista, prior que ha sido tantos años del Desierto, creo sabe esto y otras muchas cosas, porque fué su compañero muchas veces.

Su humildad y caridad con los religiosos era tan grande, que a todos los tenía tan rendidos, que cada uno le amaba más que si fuera padre carnal. Cuando salía de casa, aunque no fuese más de a la ciudad por dos o tres horas, era tanta la alegría que los religiosos tenían de verle volver, que a gran priesa íbamos todos los que le veíamos a tomar su bendición y besarle la mano o escapulario, como si fuéramos a ganar un gran jubileo.

Su paciencia, ¿quién podrá encarecerla en las persecuciones que tuvo, así de los superiores, como de los inferiores? Buen testigo son de esto las informaciones que contra él se hicieron, sin que jamás se APENDICES 379 le oyese decir una palabra de queja. Pues en las enfermedades, que padeció gravísimas hasta la hora de la muerte, fué también su pa- ciencia admirable. Estando enfermo de unas terribles angustias de estómago y vómitos, noté, estando yo en la misma enfermería malo, que dándole aquellos vómitos tan recios, que en cada uno parecía lan- zaba el alma, en pasando el vómito, con quedar con terribles angus- tias, no se quejaba, antes se quedaba tan en paz que parecía no tenía mal ninguno.

De lo que tuvo en la enfermedad de que murió, porque hay mu- chos testigos que vieron, no digo nada más de que supe cosas maravillosas, que así a los que le curaron, como al médico, causaron grande admiración, y aun mudanza y mejoría en costumbres, viendo tal ejemplo de paciencia y santidad.

Con esta vida conformó su muerte, que es como me han infor- mado personas que se hallaron presentes. No sé cuantas horas antes que diese las doce de la noche, dijo a los que allí estaban que había de ir a cantar los maitines en otra vida, y así fué, que cuando tañeron a maitines dió su bendita alma al que la crió.

Sus vestidos se repartieron por reliquias, y hasta los pánicos de sus llagas, con que se han visto algunos milagros. Acuerdóme que una sierva de Dios, que los lavaba, aunque iban llenos de materias, no le causaban ninguna pesadumbre, antes muy gran consuelo, como ella me lo contó; y que estando otro fraile malo de no sé qué postema, juntaron los pañicos de éste con los del santo padre fray Juan de la Cruz, y los enviaron a la misma que los lavase todos; la cual, sin saber nada, recibió notable asco y mal olor con los unos, y con los otros no; la cual, admirada cuando supo la causa, dió gracias al Señor porque aun los pañicos de su siervo quería se diferenciasen de los demás.

Algunos milagros me han dicho que han sucedido con algunas reliquias de este santo Padre, así de «sus vestidos, como de su santo cuerpo. No digo ninguno, porque no me acuerdo con certeza.

Lo que sé es que la señora Doña Ana de Ceballos, hermana del señor Racionero Molina, secretario que fué de don Francisco Sar- miento, obispo de Jaén, de buena memoria, que hoy viven en Jimena, tiene un dedo margallite de la mano del santo Padre, y me dicen ha hecho Nuestro Señor por él cosas maravillosas, curando enfermos de diversas enfermedades.

Esto es lo que así de repente se me ha acordado de nuestro santo padre fray Juan de ia Cruz, que, como hijo de obediencia, declaro; y si algo más después se me ofreciere, también daré noti- cia de ello, que no es razón que el hijo, aunque tan ruin como yo, falte a la obligación que tiene a un tan santo Padre, con quien el Señor nos junte, amén.

De Baeza y abril, 25, de 614.— Fray Martín de San José.

380 APENDICES XIV CARTA DE FRAY BARTOLOME DE SAN BASILIO. (SAN JUAN BAUTISTA DE TRASIE- RRA (CORDOBA), 20 DE MAYO DE 1614) (1).

Jesús María.

Para cumplimiento de un precepto que nuestro padre Provincial puso acerca del padre fray Juan de la Cruz, que murió en Ubeda, para que digan lo que saben, digo lo siguiente.

Primeramente digo que conocí al padre fray Juan de la Cruz, desde que fué de La Peñuela enfermo a Ubeda, hasta que murió; y acerca de todo lo que sé de sus milagros, tengo dicho en otra ocasión que nuestro Padre General pasado mandó se dijese, con un precepto, y así me remito a lo que entonces dije por si en esto se me olvidare alguna cosa.

Estando yo conventual en Ubeda supe de los frailes de la Peñuela que habiéndose emprendido un grande fuego, el cual venía a dar al convento, se pusieron grande cantidad de gente de por medio con instrumentos para haberlo de atajar, y en ninguna manera pudieron resistirle; se puso el santo padre fray Juan delante de él de rodillas, y milagrosamente paró.

En aquella casa le dieron unas calenturas, y había ocho días que no podía comer cosa alguna. Le enviaron a curarse a Ubeda, y le dijo al mozo que lo llevaba que comería unos espárragos; y llegando al río de Guadalimar a refrescarse, vió en una peña, dentro del río, un manojo. Esto fué en fin de setiembre, cuando en parte alguna los hay, particularmente de pan. Estos los vi yo y todo el convento de Ubeda, lo cual juzgaron ser milagro.

Allí en Ubeda estuvo enfermo hasta que murió con grande ejemplo y edificación de todos, con ser los dolores que padecía al parecer muy grandes, porque estaba todo su cuerpo hecho una llaga, de manera que de cualquiera de todas las llagas no era menester para sacar dos o tres escudillas de podre más de aflojar un poco la venda. Testificaban todos y el propio médico que aquella podre no tenía mal olor ninguno, antes olía bien.

Unas doncellas honradas que lavaban los paños de estas heridas, decían lo mismo; y a un religioso del mismo convento se le hizo una postema y fué necesario ponerle algunos paños. Enviando todos juntos a lavarlos, los de él conocieron por solo el olor, sin saber ellas si en el convento había otro enfermo.

El más del tiempo que estuvo en la cama asistí con él teniéndole compañía; hablaba muy poco, y de rato en rato le oía decir estas pa- 1 Autógrafa. Viene al folio 859 del Ms. 12.738.

APENDICES 381 labras, que me causaban grandísima devoción: Haec requies mea in saeculum saeculi. Persuadiéronle un día que le querían traer unos músicos para alegrarle, y él, por dar gusto, dijo que sí la admitiría. A\ientras los músicos estaban cantando, parecía se dormía. Acabado, le preguntaron qué le parecía; y él respondió, que había estado atendiendo a otra música interior más suave, de que fueron todos muy edificados. Oíamosle decir muchas veces: Satiabor cum apparuerit gloria tua.

Era muy amigo que le dijeran sus faltas, y en comprobación de esta verdad, un día llegó nuestro padre fray Antonio de Jesús, y le dijo: ¡Padre mío fray Juan! ahora le quiere Dios pagar todos los trabajos pasados. Respondióle con grande alteración diciendo: ¡Pa- dre!, no diga esas cosas; tráigame mis pecados a la memoria. Tu- vimos por muy cierto que supo muchos días antes la hora de su muerte, aunque no nos lo dijo hasta un día antes, y todo aquel día nos parecía estaba interiormente hablando con Dios; y algunos ratos nos preguntaba qué hora es hasta que oyó la campana a las cinco de la tarde, viernes, y preguntó ¿qué hora es esta? Y le dijimos: Padre, son las cinco; y entonces dijo: Dichoso yo que esta noche voy a decir los maitines al cielo, y desde esta hora no nos habló más, y en dando la primera campanada para los maitines abrió los ojos y se des- pidió para ir adonde le aguardaban. A esta hora algunos de los que estaban presentes, afirmaron habían visto sobre su cabeza una grande lumbre, la cual muchos días después vió un religioso donado sobre su sepulcro, de manera que estando los religiosos en la disciplina nos alborotó algunas veces.

A cabo de un rato de su muerte, entró un hombre dando voces, diciendo que aquel santo que había muerto le había librado de la muerte despertándole, y halló dos espadas desnudas sobre sí de dos enemigos suyos, y esto decía a grandes voces.

A su entierro vinieron todas las Religiones sin ser llamadas, vene- rándole como a santo, teniéndose por muy dichoso el que alcanzaba alguna cosa de sus reliquias.

Un paño que el santo solía traer sobre el estómago se lo dieron a Cristóbal...to, que había muchos años que tenía mal de ijada y poniéndoselo no le acu...jamás.

Yendo yo a ayudar a morir a una mujer de un jurado, llamado Castrillo, que los médicos no le daban más de tres horas de vida, su marido me pidió que si había quedado alguna reliquia de un fraile santo que sabía había muerto en...Dile un bonetillo que e» santo se ponía, y así como a la mujer se lo pusieron, volvió en sí, diciendo a grandes voces que aquel Santo la había resucitado.

A cabo de un año de su muerte, vinieron por mandado de nuestro Padre General por su cuerpo para llevarlo a Segovia, y esto con mucho secreto. Estando yo durmiendo, antes de la media noche, me dispertaron a grandes voces, diciéndome: corre, verás, que se llevan al padre fray Juan, y desnudo corrí hacia la eglesia y hallé ser así, y supe que de las llagas de las espaldas le salía sangre y podre como cuando estaba vivo.

De aquí no supe más; sólo sé está en Ubeda alguna parte de su cuerpo donde le tienen en mucho respeto y veneración y hace Nuestro 382 APENDICES Señor por él muchos milagros. De éstos no tengo mucha certeza y así no los pongo.

Esto sé para el cumplimiento de este precepto, y lo firmé en S. Juan Bautista de Trasierra de Córdoba, en 20 de Mayo de seiscientos y catorce años. — Fr. Bartolomé dt San Basilio.

APENDICES 383 XV RELACION DE LA A\. BARBARA DEL ESPIRITU SANTO (1).

Notificándole a la Madre Bárbara del Espíritu Santo el precepto dijo lo siguiente: Primeramente, que conoció al P. fr. Juan de la Cruz siendo vicario provincial, y siendo rector de Baeza, y antes que tu- viera oficio, y siempre oyó decir había ejercitado estos dficios y otros santa y loablemente y con grande edificación de los religiosos y apro- vechamiento de ellos. Conoció asimismo mucha virtud en este Santo, grande humildad y penitencia, y el tiempo que le conoció a los principios le vió andar descalzo sin sandalias, y a la Santa AVadre Te- resa de jesús le oyó decir muchas veces de este Santo, y en particular de la oración y penitencia, a la cual oí decir que de ordinario no se quitaba cilicio, y no traía otra ropa más que el hábito y la túnica interior, siendo invierno; y en lo que toca a la oración decía la San- ta Aladre muchas veces que no se podía hablar con el Padre fray Juan de la Cruz de cosas de Dios porque luego se trasponía. En lo de los palos que le dieron y en lo de la monja endemoniada de Avila, dice que es verdad y se lo oyó decir al Santo, y así se remite a lo que dice la Madre Ana de S. Alberto en este dicho de arriba.

Conoció en este santo que tenía don de conocer espíritus, y este testigo dice que le llamó una vez y le dijo: ¿qué tiene, hija?, ¿cómo no me quiere decir lo que le pasa en su alma?; pues ya que ella no me lo dice, yo se lo quiero decir, y le dijo todo el trabajo interior que pasaba, y le dijo más: yo le quiero dar unas buenas nuevas y es que se le quitará muy presto y quedará con grande paz, y así sucedió como el santo lo dijo. Fué muy pobre así en pa- labras como en obras, y en esto dió siempre grande ejemplo. También dice este testigo que vió ella a este Santo con aquel resplandor y luz que dice la M. Ana de S. Alberto en este dicho de arriba, y yo doy fe de las dos que son religiosas de mucho crédito y de mucho es- píritu. También dice este testigo lo que la Aladre Ana de San Alberto dice acerca de haber quitado a una religiosa de esta casa un gran tra- bajo interior que tenía muchos años había; dícelo la Madre Ana de San Alberto en el párrafo segundo de su Dicho. También dice le conoció don de profecía, y que sin decirle ni saber nada escribía algunas veces cosas muy secretas, y dice que sabe que es verdad lo que la madre Ana de San Alberto dice de que le escribió desde Granada. Está en el 1 Ms. 12.738, fol. 568. Bárbara del Espíritu Santo (del Castillo) profesó el año de 1 574 en Pastrana; más adelante fué a la fundación de Caravaca, donde fué mu- chos años supriora. La letra es del P. Juan Evangelista, que fué quien en nombre del P. Provincial tomó está declaración.

384 APENDICES párrafo quinto.— También dice que es verdad lo que dice la madre Ana de S. Alberto acerca de lo que el Santo le dijo de la fundación de frailes de esta villa, y esto es verdad y lo firmó ut supra.— Fr. Jufi Evangt*. — Bárbara del Espíritu Santo.

APENDICES 385 XVI RELACION ACERCA DE LA VIDA DEL SANTO POR FR. JUAN EVANGELISTA, SIENDO PRIOR DE CARAVACA (1).

Obedeciendo al mándalo de nuestro padre Definidor Mayor y Pa- dres Definidores de la Consulta acerca de la inquisición de las vir- tudes y santidad de los religiosos muertos de nuestra Orden, digo lo siguiente.

Primeramente, digo que conocí al padre fray Juan de la Cruz (con el cual anduve y viví once años), el cual era natural de Fontiveros. Murió en Ubeda, y su cuerpo está en el convento de Segovia. Ge- neralmente conocí en este Santo grande virtud y mucha religión; conocíle rector de Baeza, dos veces prior de Granada y vicario pro- vincial de estas dos provincias y definidor mayor de la Consulta, los cuales oficios le vi ejercitar con grande santidad y ejemplo todo el tiempo que le traté; le conocí un retiramiento grande de los seglares y muy poca comunicación con ellos, y esa la necesaria; era enemigo asimismo de que sus religiosos tratasen con seglares; nunca entraDa en sus casas, sino eran muy raras veces, y ésas muy necesarias.

Fué hombre muy penitente, y con los muchos achaques que tenía, hacia mucha y deseaba en extremo hacerla. Yendo yo camino con él, le vide unos calzoncillos hechos de nudos de tomica, que traía a raíz de la carne, y preguntándole yo cómo traía aquello, que se los quitase siquiera mientras duraba el camino, me respondió: «Hijo, basta ir caballero, que no ha de ser todo descanso». Oíle decir muchas veces las persecuciones y trabajos que había habido a los principios y cómo le tuvieron preso los Padres Calzados nueve meses, dándole todos los viernes una disciplina y a comer pan y agua. Yo doy fe que tenía las espaldas tan malas, que un día no podía sufrir estameña, y me parece que oí decir que era de esto. Fué este Santo de grandísima oración y muy dado a ella como se verá por sus libros, los cuales le vi componer, y jamás le vi abrir libro para ello, sino del trato que tenía con Dios, que se echa bien de ver que es experiencia y ejercicio, y que pasaba por él aquello que allí dice. Yo vide cosas particulares acerca de su oración y trato con Dios. Una vez entré en su celda y halléle como traspuesto.

Preguntéle: ¿padre, qué tiene V. R.?; y respondióme: Hijo, debía de estar durmiendo; y pareciéndome que no era modo de dormir aquél, volvíle a replicar y instarle me dijese qué era lo que tenía. El cual me respondió: mire que no lo ha de decir para siempre (era 1 Ms. 12.738, fol. 559. Toda es de letra del famoso discípulo del Santo. (Vid., t- I. P- 285).

25 386 APENDICES yo entonces su confesor), y fué esto en Segovia, siendo definidor mayor. Dile la palabra de ello y di jome: paréceme que estaba arre- batado y que veía a tales religiosos en un gran trabajo, y yo les daba voces que se saliesen de allí y no quisieron; y vi que todos perecieron. Yo doy fe que algunas veces le vi aconsejar a aquellos religiosos lo que parecía convenir y nunca le quisieron oir, y dentro de poco vi que había sucedido a aquellos religiosos lo que el Santo me dijo.

Otra vez, siendo vicario provincial, le cometió el P. provincial, fray Nicolás de Jesús María, un negocio que hiciese, al cual fuimos los dos; y haciendo contradicción la ciudad para que no se hiciese, él dijo que no podía menos, porque era mandato expreso de su superior. Instaron mucho en que no se hiciese; él, viéndose apretado y que no podía hacer otra cosa por ser mandato, di jome: acudamos a Dios; veamos lo que gusta. Dijo misa, que era día de San Martín, obispo, grande devoto suyo, y tuvo oración; y en acabando, me dijo: bien nos podemos ir, que éste es gusto de Dios; y supe que fué de la obediencia, y desta manera le vi otras muchas.

Fué amicísimo de soledad por extremo, y todo su gusto era estar en ella, y cuando traía obra, siempre se andaba entre las piedras. Y diciéndole yo un día: ¡válame Dios! ¡todo ha de ser estarse V. R. entre piedras!, me dijo: no se espante, hijo, que cuando trato con ellas tengo menos que confesar que cuando trato con los hombres.

Era muy amigo de leer en la Sagrada Escritura, y así nunca ja- más le vide leer otro libro sino la Biblia (la cual sabía casi toda de memoria), y en un S. Agustín contra haereses, y en el Flos sancto- rum^y cuando predicaba alguna vez, que fueron pocas, o hacía pláticas, que era de ordinario, nunca leía otro libro sino la Biblia. Su continuo hablar era de Dios, asi en recreación como en otros lugares; y tenía tanta gracia en tratar de esto, que en recreación, tratando cosas de Dios, nos hacía reir a todos y salíamos con sumo gusto. Este le te- níamos todos en los capítulos y en las noches después de cenar, que de ordinario hacía unas pláticas divinas, y nunca dejó de hacer plática a las noches. Era muy confiado y dejado en la misericordia de Dios acerca del sustento de sus religiosos, y así nunca jamás quería que los religiosos saliesen a pedir limosna de ninguna manera; antes decía de ordinario que sirviésemos a Dios y hiciésemos lo que debíamos, que de esta manera obligaríamos a Dios a que hiciese lo que había prometido; y así decía muchas veces que después que un religioso se pone en nada, nada le falta; que se descuidasen de sí, que Dios acudiría de veras.

Acontecióme una vez siendo procurador suyo, que un día no había en casa qué comer más que unas pocas yerbas, y fui a pedirle licen- cia al Santo para ir a buscar de comer. A lo cual me dijo: ¡váLame Dios, hijo!, ¡un día que nos falta no tendremos paciencia, y más si nos quiere Dios probar la virtud que tenemos!; ande, déjelo y váyase a su celda, y encomiende esa necesidad a Nuestro Señor. Fuíme, y a cabo de rato volví otra vez, diciendo cómo había enfer- mos, y que sería razón acudirles. Volvióme a responder, que tenía poca confianza en Dios, que si yo fuera bueno, desde la celda había APENDICES de negociar con Dios estas necesidades. Con esto fuime algo confuso; pero viendo que la necesidad iba adelante y teniendo respeto a lo que los religiosos pudieran sentir, volví a él y díjele: Padre Prior, esto es tentar a Nuestro Señor, que quiere que hagamos lo que po- demos; déme licencia, que yo les buscaré que comer hoy. El, son- riéndose, me dijo: vaya, tome un compañero, y verá qué presto le confunde Dios en esa poca fe que ha tenido. Salí con esto, y fuera de la puerta encontré al relator Bravo, y díjome: ¿dónde va V. R.? Dijele que a buscar de comer. El me respondió: pues aguarde V. R.; le daré esta condenación que han aplicado los señores oidores o alcaldes, y dióme doce doblones o escudos de oro, que no me acuerdo cuáles de éstos eran. Yo me holgué por una parte por poder acudir a la necesidad que había, y por otra lo sentí en el alma por lo que el Santo me había dicho. Volví a casa harto confuso, y viéndome, dijo; cuánta más gloria suya hubiera sido estarse en su celda, y que allí le hubiera Dios enviado lo necesario, que no hacer tanta solici- tación; aprenda, hijo, a fiar de Dios. De estas cosas le sucedieron algunas, y habiendo algunas necesidades, le decían algunas personas que por qué no visitaba a personas principales y le acudirían con limosnas; y solía responder: si han de hacer esas limosnas más por- que yo les visite, no quiero ser ocasión que tengan tan bajo fin y motivo; si por amor de Dios, él les moverá para que lo hagan.

Fué este Santo pobrísimo por extremo; nunca jamás le conocí cosa propia, ni un cartapacio, ni otra cosa, ni imagen, ni cruz, sino la de la celda. Tenía una vez un retrato pequeño y muy bueno de la Santa Madre, que decía él que íe parecía mucho, y lo dió por no tener cosa alguna.

Fué pacientísimo en los trabajos, y por grandes que fuesen y por grandes dolores y enfermedades que tuviese, no se le vio jamás quejarse; ni por agravios que le hiciesen no abrió su boca a decir que lo hacían mal con él; ni se quejó jamás de nadie, y en todo el tiempo que le conocí no le oí palabra de murmuración, con haber mil ocasiones para ello; antes de todos decía bien, y en particular c¡e sus prelados, a los cuales estimaba mucho y disculpaba en cuantas ocasiones se ofrecían, de que soy buen testigo. Era caritativo por ex- tremo y muy compasivo. Sentía las necesidades y trabajos de sus pró- jimos mucho, y procuraba acudir a su remedio cuanto podía.

Era humildísimo en sus palabras y acciones, y algunas veces me decía: hijo, ruegue a Dios que me haga merced de que no muera yo con oficio ninguno y que me dé el purgatorio en esta vida, y al Padre fray Agustín de San José lo dijo también. Y las dos cosas le concedió Nuestro Señor, pues cuando murió no tenía oficio y padeció una enfermedad lo más terrible y de mayores dolores que jamás se ha visto, que me decía el médico que nunca había curado en- fermedad de dolores tan terribles como aquella, ni había visto tanta paciencia, que quejarse no le oyeron hasta que murió. En esta enferme- dad le decía el P. Fray Antonio de Jesús, que era provincial: ¡Padre Fray Juan de la Cruz!: tratemos un poco de aquellos trabajos de los principios y de aquellas persecuciones. Y respondíale el Santo: ¡Pa- dre mío!: acuérdeme mis pecados, que son muchos, y no me traiga 5e¿ APENDICES eso a la memoria: Paréceme que jamás le oía hablar sino de pobreza de espíritu, de negación, de dejamiento de sí; que como el Santo lo obraba, no sabía hablar otra cosa.

Una vez, viviendo en La Peñuela, se encendió allí un gran pedazo de la dehesa, y llegando el fuego a casa, que se comenzó a quemar la barda de la cerca, le dijeron que consumiese el Santísimo Sacramento, porque les parecía que era imposible dejarse de quemar toda la casa. El se puso en oración postrado, y dicen los que le vieron que estuvo allí un rato pidiéndoselo a Nuestro Señor con lágrimas, y vieron que no pasó el fuego de la cerca.

Una señora que estaba en Granada, que se llama doña Juana de Pedraza, me dijo algunas veces que cuando estaba el Santo.en Segovia y ella en Granada (a quien había confesado mucho tiempo, que es una persona muy santa), le escribía al Santo algunas veces diciendo los trabajos y necesidades que tenia; y el mismo día que ella escribía, le respondía él a todas las preguntas que le hacía y satisfaciendo a sus necesidades. Lo mismo me ha dicho la madre Ana de San Al- berto, priora que ha sido de esta casa, le pasó a ella. Era su alma como un templo de Dios, sobrenaturalmente ilustrado, donde se oían oráculos divinos para las almas que él comunicaba.

Tuvo este santo don de conocer espíritus como lo vide en muchas ocasiones, que de hablar a una persona una vez conocía su espíritu y el modo que llevaba de oración. Túvolo también y gracia par- ticular de lanzar demonios, porque en algunas ocasiones me hallé con él en esto. En una me acuerdo que yendo a echar un demonio de una persona principal, estando él apartado, dijo el demonio: ¡que no puedo vencer a este frailecillo, ni le puedo entrar por parte ninguna para hacerle caer, que me anda perseguiendo muchos años ha en Avila, en Torafe (1), y aquí!; y diciéndoselo yo, respondió a lo que había dicho de su santidad: calle, hijo, no crea a ese demonio, que son mentiras cuantas dice.