SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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Ñas mudaron de faz, porque la razón fue venida por la fe, y la naturaleza por la gracia.

milagros más evidentes, ni las profecías más ciertas y más rigurosamente cumplidas, hubieran bastado sin los auxilios de la gracia, interior, para convertir al mundo». Luego a 1 hablando, es decir, prescindiendo de la gracia, la conversión del murido ae a oxibla. 23 instanismo debía necesariamente sucumbir; y no obstante esto, ni las profecías tibia dit Y certidumbre, ni los milagros su evidencia, ni la doctrina su verdad. La verdad de la doct. ht, la evidencia de los milagros, la certidumbre de las profecías no habrían sorviddl en pi hipótesis, si 1 | p, SINO para hacer más culpables a los hombres y redoblar el odio a la verdad que el pecado ha puesto en sus corazones. dd al 2 JUAN DONOSO CORTÉS 2, ¡Cuán admirable es Dios en sus obras, cuán maravilloso en sus de- signios y cuán sublime en sus pensamientos! El hombre y la verdad anda- ban reñidos; el orgullo indomable del primero se compadecía mal con la evidencia un tanto insolente y brutal de la segunda. Dios templó la eviden- cia de la segunda poniéndola entre nubes transparentes, y envió al prime- ro la fe, y enviándosela, ajustó con él este pacto: «Yo dividiré contigo el im- perio; yo te diré lo que has de creer, y te daré fuerza para que lo creas, pero no oprimiré con el yugo de la evidencia tu voluntad soberana?; te doy la mano para salvarte, pero te dejo derecho de perderte; obra conmi- go tu salvación, o piérdete tu solo; no te quitaré lo que te di, y el día que te saqué de la nada, te di el libre albedrío». Y este pacto, por la gracia de Dios, fue libremente aceptado por el hombre. De esta manera la oscuridad dog- mática del catolicismo salvó de un naufragio cierto a su evidencia histórica. La fe, más conforme que la evidencia con el entendimiento del hombre, salvó del naufragio a la razón humana. La verdad debía de ser propuesta por la fe, si había de ser aceptada por el hombre, rebelde de suyo contra la tiranía de la evidencia.

Y el mismo espíritu que propone lo que se ha de creer, y nos da fuerza para que lo creamos, propone lo que es necesario obrar, y nos da el deseo de obrarlo, y obra con nosotros para que lo obremos. Tan grande es la mi- seria del hombre, tan honda su abyección, tan absoluta su ignorancia y tan radical su impotencia, que no puede por sí solo ni formar un buen propó- sito, ni trazar un gran designio, ni concebir un gran deseo de cosa que agra- de a Dios y que aproveche a la salvación de su alma. Y por otro lado, es tan alta su dignidad, su naturaleza tan noble, su origen tan excelso, su fin tan glorioso, que el mismo Dios piensa por su pensamiento, ve por sus ojos, anda con sus pies y obra por sus manos. Él es el que le lleva para que ande, y el que le detiene para que no tropiece, y el que manda a sus ángeles que le asistan para que no caigan; y si por ventura cae, Él le levanta por sí mis- mo; y puesto en pie, le hace que desee perseverar, y le hace que persevere. Por eso dice San Agustín: «Ninguno creemos que viene a la verdadera sa- lud, si Dios no le llama; y ninguno, después de llamado, obra lo que con- viene para esta misma salud, si Él no le ayuda». Por eso dice el mismo Dios, 5 Hay en esta expresión cierta finísima ironía, que parece continuarse en todo el párra- fo con la supuesta tiranía de la evidencia.

MHBAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 5) ' el Evangelio de San Juan, cap. XV, vers. 4 y 5: Manete in me el ego in vobis. pu patmes non potest Jerre fructum a semetipso, nisi manserit in vite; sic nec vos, 481 in me manseritis. Ego sum vitis, vos palmites: qui manet in me, et ego in eo, hic ' l fructum multum; quia sine me nihil potestis facere. El Apóstol, en su segun pola a los de Corinto, cap. III, vers. 4 y 5, dice: Fiduciam autem talem habemus per Christum ad Deum, non quod suficientes simus cogitare aliquid a nobis quasi ex nobis; sed sufficientia nostra ex Deo est. Esta misma impotencia radical del hombre en el negocio de su salvación confesaba el santo Job cuando Mecía (cap. XIV): «¿Quién puede hacer limpia una cosa concebida de masa plicia, sino vos, Señor?». Y Moisés diciendo (Exod., cap. XXXIV): «Nadie por sí mismo puede ser inocente delante de ti». San Agustín, en el inimita- ble libro de Las Confesiones, volviéndose a Dios, le dice: «Señor, dadme gra- Fla para hacer lo que Vos mandáis, y mandadme lo que mejor os parezca». De manera que, así como Dios me declara lo que debo creer, y me da fuer- Ns para creerlo, del mismo modo me manda lo que debe obrar, y me da la fpracia para obrar aquello mismo que me ha ordenado. 3. ¿Qué entendimiento habrá que conozca, qué lengua habrá que de- Flare, qué pluma habrá que escriba la manera en que Dios obra en el hombre estos igi:. 1 soberanos prodigios, y cómo le lleva por el camino de la salvación con mano a un mismo tiempo misericordiosa y justa, suavísima y potente? ¡Quién senalará los linderos de ese imperio espiritual, entre la voluntad plivina y el libre albedrío del hombre? ¿Quién dirá cómo concurren sin con- hundirse y sin menoscabarse? Sólo sé una cosa, Señor: que pobre y humilde cOmO soy, y grande y potente como eres, me respetas tanto como me amas, y me amas tanto como me respetas. Sé que no me abandonarás a mí mis- mo, porque por mí mismo nada puedo, sino olvidarte y perderme; y sé que al tenderme la mano que me salva, me la tenderás tan blanda, tan cariñosa y tan suave, que no la sentiré venir. Tú eres como silbo de viento delgado en lo suave, como aquilón en lo fuerte. Soy llevado por ti como por el aqui- lón, y me muevo hacia ti libremente, como mecido por viento delgado. Me llevas como si me empujaras; pero no me empujas, sino que me solicitas, Yo soy el que me muevo, y, sin embargo, Tú te mueves en mí. Tú vienes a mi puerta y llamas con blandura, y si no respondo, aguardas a mi puerta y vuelves a llamar: sé que puedo no responderte y perderme; sé que puedo responderte y salvarme; pero sé que no podría responderte, si Tú no me llamaras, y que cuando respondo, respondo lo que me dices, siendo tuya la pregunta, y tuya y mía la respuesta. Sé que no puedo obrar sin ti, y que por ti obro, y que cuando obro, merezco; pero que no merezco sino porque Tú me ayudas a merecer, como me ayudaste a obrar; sé que cuando me pre- 54 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 0 mias porque merezco, y cuando merezco porque obro, me das tres gracias: en los Apóstoles la gracia que nos mereció la muerte del Hijo por la miseri- la gracia del premio, con que galardonas; la gracia del merecer que me dis- cordia del Padre, viniendo de esta manera a ocuparse en la obra inefable te, con la cual galardonaste; la gracia que me diste de obrar con ayuda tuya. de nuestra Redención, como antes en la creación del universo, la Trinidad Sé que Tú eres como la madre, y yo como el niño pequeñuelo en quien la divina.

madre infunde el deseo de andar, y luego le da la mano para que ande, y Esto sirve para explicar dos cosas, que sin esta explicación serían de después le da un beso en la frente porque deseó andar y anduvo con la todo punto inexplicables, conviene a saber: cómo fue que los Apóstoles obra- ayuda de su mano. Sé que no escribo sino porque Tú me has encendido en ron mayores milagros que su divino Maestro, y que los milagros de los pri- el deseo de escribir, y que no escribo sino lo que me enseñas o lo que per- meros fueron más fructuosos que los del segundo, según les fue anunciado mites que escriba; creo que el que cree que mueve un miembro sin ti, ni te por el Señor repetidas veces y en diferentes ocasiones. Consistió esto en conoce ni es cristiano. que el rescate universal del género humano en toda la prolongación de los - 4, Yo pido perdón a mis lectores por haber entrado, siendo profano y siglos, desde los tiempos adámicos hasta los últimos tiempos, había de ser lego como soy, por el camino recóndito y escabroso de la gracia. Todos re- el galardón de la sangrienta tragedia de la Cruz, y en que, hasta que fuera conocerán, sin embargo, a poco que reflexionen, que el entrar algún tanto consumada, las divinas mansiones debían estar cerradas ante los desdichapor ese áspero camino era una exigencia imperiosa del gravísimo asunto dos hijos de Adán con puertas de diamante.

que vengo tratando en los últimos capítulos. 'Tratábase de averiguar cuál es Cuando los tiempos fueron llegados, el espíritu de Dios vino sobre los la explicación legítima del prodigio, siempre antiguo y siempre nuevo, de Apóstoles como un viento impetuoso en lenguas de fuego. Entonces suce- la acción poderosa que el cristianismo ha ejercido y está ejerciendo en el dió que sin transición ninguna fueron mudadas, en un punto todas las comundo, para venir a parar después en el misterio no menos estupendo y sas, en virtud de una acción sobrenatural y divina. En los Apóstoles se obró prodigioso de la virtud de transformación que ha mostrado en sí al poner- la primera mudanza: no veían, y tuvieron luz; no entendían, y tuvieron en- se en relación y contacto con las sociedades humanas. El prodigio de su tendimiento; eran ignorantes, y fueron sapientísimos; hablaban cosas vul- propagación y de su triunfo no está en los testimonios históricos, ni en los ares, y hablaron cosas prodigiosas. La maldición de Babel tuvo fin: desde anuncios proféticos, ni en la santidad de su doctrina; circunstancias todas entonces cada pueblo había hablado su lengua; los Apóstoles las hablaron que, en el estado a que fue reducido el hombre después de la prevarica- sin confusión todas juntas; eran pusilánimes, fueron atrevidos; eran cobarción y de la culpa, han sido más propias para apartar de él a las gentes que des, fueron valerosos; eran perezosos, fueron diligentes; habían abandona- para llevarle triunfante y vencedor hasta los términos más apartados de la do a su Señor por la carne y por el mundo, abandonaron por su Señor el tierra. Los milagros no han sido tampoco parte para obrar este prodigio; mundo y la carne; habían dejado la Cruz por la vida, dieron la vida por la porque si bien es cierto que considerados en sí son una cosa sobrenatural, Cruz; murieron en sus miembros, para vivir en sus espíritus; para transfor- considerados como una prueba exterior son una prueba natural, sujeta a marse en Dios, dejaron de ser hombres; para vivir vida angélica, dejaron la las mismas condiciones que los otros testimonios humanos. La propagación humana y el triunfo del cristianismo es un hecho sobrenatural, como quiera que se Y así como el Espíritu Santo había transformado a los Apóstoles, los ha propagado y ha triunfado a pesar de llevar en sí todo lo que debía ha- Apóstoles transformaron al mundo; pero no ellos en verdad, sino el Espíriber impedido su propagación y su victoria. Siendo este un hecho sobrena- tu invencible que estaba en ellos. El mundo había visto a Dios, y no le ha- tural, no podía explicarse legítimamente, sino subiendo a una causa que, bía conocido, y ahora que no tenía su vista, tuvo su conocimiento. No ha- siendo por su naturaleza sobrenatural, obrara en lo exterior de una mane- bía creído en su palabra, y ahora que había dejado de hablar creyó en su ra conforme a su propia naturaleza, es decir, sobrenaturalmente. Esta cau- palabra; había visto sus milagros vanamente, y ahora que era ido a su Padre sa sobrenatural en sí misma y sobrenatural en su acción es la gracia. La gra- el que los obró, creyó en sus milagros. Había crucificado a Jesús, y adoró al cia nos fue merecida por el Señor cuando padeció en la Cruz muerte afren- que había crucificado; había crucificado a los ídolos, y quemó sus ídolos.

tosa, y la recibieron los Apóstoles cuando bajó sobre ellos el Autor de toda Lo que había tenido por argumentos vanos, tuvo ahora por argumentos vic- gracia y de toda santificación, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo infundió toriosos e inconcebibles: cambióse en amor inmenso su odio profundo.

56 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 20 manera. Sólo Dios es criador de todo lo que existe, el conservador de todo lo que subsiste y el autor de todo lo que sucede ”, según se ve por estas palabras del Eclesiástico, (cap. XI, vers. 14): Bona et mala, vita et mors, paupertas e! honestas a Deo sunt. Por eso dice San Basilio que en atribuírselo todo a lios está la suma de toda la filosofía cristiana, conforma a lo que dice el senor en San Mateo (cap. X, vers. 29 y 30): Nonne duo passeres asse veneunt? El unus ex illis non cadel super terram sine patre vestro? Vestri autem capilli capitis umnes numeral: sunt.

Considerando las cosas desde esta altura, se ve claro que de la misma manera depende de Dios lo que es natural, que lo que es sobrenatural y lo que es milagroso. Lo milagroso, lo sobrenatural y lo natural son fenóme- hos idénticos sustancialmente entre sí por razón de su origen, que es la vo- lhintad de Dios; voluntad que, siendo actual en todos ellos, es en todos eter- na. Dios quiso eterna y actualmente la resurrección de Lázaro, como quie- re eterna y actualmente que los árboles fructifiquen; y los árboles no tie- hen una razón más independiente de la voluntad divina para fructificar, que Lázaro para salir después de muerto del sepulcro. La diferencia de es- los fenómenos no está en su esencia, puesto que uno y otro dependen de la voluntad divina, sino en el modo; porque en los dos casos la divina vo- luntad se ejecuta y se cumple por dos diferentes maneras, y en virtud de alos leyes distintas. Una de estas dos maneras se llama y es natural, y la otra se llama y es milagrosa. Los hombres llamamos naturales a los prodigios tliarios, y milagrosos a los prodigios intermitentes.

Por donde se ve cuán grande es la locura de los que niegan la potestad le obrar los intermitentes al mismo que obra los diarios. ¿Qué otra cosa Mene a ser esto, sino negar al que hace lo que es más, la potestad de hacer bH que es menos; o lo que viene a ser lo mismo, negar que puede obrarse Alguna vez aquello que se obra siempre? Vosotros, los que negáis la resu- rección de Lázaro, porque es obra milagrosa, decidme: ¿por qué no ne- tis otros prodigios mayores? ¿Por qué no negáis ese sol que asoma por el Jriente, y esos cielos tan hermosos y refulgentes y tendidos, y sus luminares lernos? ¿Por qué no negáis esos mares bramadores, hermosísimas, tirbulentísimos, y esa arena blanda, leve, en donde mueren humildes esos mWncos bramidos, esas concertadas armonías y esas grandes turbulencias?

5. Así como el que no tiene idea de la gracia, no la tiene tampoco del cristianismo, el que no tiene noticia de la Providencia de Dios, está en la ignorancia más completa de todas las cosas. La Providencia, tomada en su acepción más general, es el cuidado que tiene el Criador de todas las cosas creadas. Las cosas existieron porque Dios las crió; pero no existen sino por- que Dios cuida de ellas * por medio de un cuidado continuo, que viene a ser una creación incesante. Las cosas que antes de que fueran no tuvieron en sí razón de ser, no tienen en sí razón de subsistir después de que fue- ron: sólo Dios es la vida y la razón de la vida, el ser y la razón del ser, el subsistir y la razón del subsistir. Nada es, nada vive, nada subsiste por su virtud propia. Fuera de Dios, esos atributos supremos no están en ninguna parte ni en cosa ninguna. Dios no es a manera de un pintor que, hecho el cuadro, se separa de él, le abandona y le olvida; ni las cosas que Dios crió subsisten de la manera que la figura pintada, que subsiste por sí sola. Dios hizo las cosas de una manera más soberana, y las cosas dependen de Dios de una manera más sustancial y excelente. Las cosas del orden natural, las del orden sobrenatural, y las que, por salir del orden común natural o so- brenatural, se llaman y son milagrosas, sin dejar de ser diferentes entre sí, como quiera que son gobernadas y regidas por leyes diferentes, tienen to- das algo, y aun mucho de común, que consiste en su dependencia absoluta de la voluntad divina. No se afirma de las fuentes cuanto de ellas hay que afirmar cuando se afirma que corren, porque su naturaleza es correr; ni de los árboles, cuando se afirma de ellos que fructifican, porque su naturaleza es dar frutos. Su naturaleza no da a las cosas una virtud propia e indepen- diente de la voluntad de su Criador, sino cierta manera determinada de ser dependiente en todos y en cada uno de los momentos de su existencia, de la voluntad del Soberano Hacedor y del Divino Arquitecto. Corren las fuen- tes porque Dios las manda correr con un mandamiento actual; y las manda correr porque hoy, cómo en el día de su creación, ve que es bueno que corran; fructifican los árboles, porque Dios les manda fructificar con un actual mandamiento; y les da este mandamiento porque hoy, como en el día de su creación, ve que es bueno que los árboles fructifiquen. Por don- de se ve cuán errados andan los que van a buscar la última explicación de los sucesos, ya en las causas segundas, que existen todas bajo la dependen- cia general e inmediata de Dios, ya en la fortuna, que no existe de ninguna ' Esta expresión va puesta aquí en el sentido teológico, señaladamente por lo que hace mal, que, propiamente hablando, no es obra de Dios, sino en cuanto Dios lo permite en $ Porque «Dios las conserva», quiso decir sin duda nuestro autor, hs criaturas inteligentes y libres.

58 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 59 ¿Por qué no negáis esos campos tan llenos de frescura y esos bosques tan aspiraréis a explicar al hombre sin la gracia, y a la sociedad sin la Providen- llenos de silencio, de majestad y de sombras, y esas inmensas cataratas con la: sin la Providencia y sin la gracia, la sociedad y el hombre son para el sus inmensos vuelcos, y esos deslumbradores cristales de clarísimas fuen- éneto humano un arcano perpetuo. La importancia de esta demostración tes? Y si no negáis estas cosas, ¿cómo es tan grande vuestra locura, y vuestra y su trascendencia altísima se verá más adelante, cuando bosquejando el inconsecuencia tan palpable, que negáis como imposible, o como difícil si- triste y lamentable cuadro de nuestros extravíos y de nuestros errores, se quiera, la resurrección de un hombre? Yo de mí sé decir que no niego mi les vea brotar todos de la negación del sobrenaturalismo católico, como de fe, sino al que afirma que, habiendo abierto sus ojos exteriores para ver lo hu propia fuente. Entretanto conviene a mi propósito dejar consignado aquí que le rodea, o sus ojos interiores para ver lo que en sí pasa, ha visto fuera jue la acción sobrenatural y constante de Dios sobre la sociedad y sobre el o dentro de sí cosa que no sea milagro. hombre es el anchísimo y seguro fundamento en que se asienta todo el edi- Síguese de lo dicho, que la distinción por una parte entre las cosas na- cio de la doctrina católica; de tal manera, que, quitado ese fundamento, turales y las sobrenaturales, y por otra entre los fenómenos ordinarios, así bdo ese gran edificio en que se mueven anchamente las generaciones hu- del orden natural como del sobrenatural, y los milagrosos, no lleva ni pue- manas viene abajo a igualarse con la tierra.

de llevar consigo no sé qué rivalidad y antagonismo oculto entre lo que exis- te por la voluntad de Dios y lo que existe por la naturaleza, como si Dios no fuera el autor y el mantenedor y el gobernador soberano de todo lo que existe.

Todas estas distinciones, sacadas de sus límites dogmáticos, han ido a parar, a lo que vemos, a la deificación de la materia, y a la negación absolu- ta, radical, de la Providencia y de la gracia.

Volviendo a anudar, para concluir, el hilo de este discurso, diré que la Providencia viene a ser una gracia general, en virtud de la cual Dios man- tiene en su ser, y gobierna según su consejo todo lo que existe; así como la gracia viene a ser a manera de una providencia especial, con la que Dios tiene cuidado del hombre. El dogma de la providencia y el de la gracia nos revelan la existencia de un mundo sobrenatural en donde residen substancialmente la razón y las causas de todo lo que vemos: sin la luz que viene de allí, todo es tinieblas; sin la explicación que está allí, todo es inex- plicable; sin esa explicación y sin esa luz todo es fenomenal, efímero, contingente; todas las cosas son humo que se deshace, fantasmas que se desvanecen, sombras que se deslizan, sueños que pasan. Lo sobrenatural está sobre nosotros, fuera de nosotros, dentro de nosotros mismos. Lo so- brenatural circunda lo natural y lo penetra por todos sus poros.

El conocimiento de lo sobrenatural es, pues, el fundamento de todas las ciencias, y señaladamente de las políticas y de las morales *. En vano 8 Esto y lo que precede, ha de entenderse con relación al estado en que considera al hombre Donoso Cortés, y al fin del hombre mismo en el orden sobrenatural.

CAPÍTULO SÉPTIMO QUE LA IGLESIA CATÓLICA HA TRIUNFADO DE LA SOCIEDAD A PESAR DE LOS MISMOS OBSTÁCULOS Y POR LOS MISMOS MEDIOS SOBRENATURALES QUE DIERON LA VICTORIA SOBRE EL MUNDO A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SUMARIO. -1. La Iglesia, lo mismo que Cristo, es rechazada por la índole de las verdades que proclama. -2. Pero con la gracia divina transforma a los hombres. Esto explica la superioridad de las sociedades católicas sobre los antiguos. -3. Lamentable ceguedad de Guizot que, al señalar los diver- sos elementos de la civilización, no descubrió la secreta acción de la gracia con que la Iglesia puso el alma de la civilización católica.

l. La Iglesia católica, considerada como institución religiosa, ha ejerci- li misma influencia en la sociedad que el catolicismo, considerado como Ftrina, en el mundo; la misma que nuestro Señor Jesucristo en el hom- , Consiste esto en que nuestro Señor Jesucristo, su doctrina y su Iglesia Kon en realidad sino tres manifestaciones diferentes de una misma cosa; viene a saber: de la acción divina obrando sobrenatural y simultánea- te en el hombre y en todas sus potencias, en la sociedad y en todas sus ituciones. Nuestro Señor Jesucristo, el catolicismo y la Iglesia católica 1 la misma palabra, la palabra de Dios resonando perpetuamente en las Miras.

Esa palabra ha tenido que superar los mismos obstáculos y ha triunfa- por los mismos medios en sus encarnaciones diferentes. Los Profetas de ael habían anunciado la venida del Señor en la plenitud de los tiempos, 62 JUAN DONOSO CORTÉS FINSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 63 potestades del mundo y del infierno. Tendió por toda la prolongación de los tempos su vista soberana, y anunció el fin de todas las cosas, y la inmor- Inlidad de su Iglesia, transformada en aquella Jerusalén celestial vestida de liz y de piedras resplandecientes, llena de gloria y empapada en perfumes ile suavísimas fragancias. Á pesar de esto, el mundo, que la vio siempre per- seguida y siempre triunfante, que ha podido contar y ha contado por sus tribulaciones sus victorias, le da perpetuamente nuevas victorias con sus huevas tribulaciones, cumpliendo así ciegamente la grande profecía, al mis- mo tiempo que se olvida de lo profetizado y del Profeta. La Iglesia es per- cta, y santísima, así como su divino Fundador fue perfecto y santísimo. Flla también, y sólo ella, pronuncia en presencia del mundo aquella pala- ra nunca oída: «¿Quién me argúirá de error? ¿Quién me argúirá de peca- Hor». Y a pesar de esa extraña palabra que ella sola pronuncia, el mundo 1 la desmiente ni la sigue sino con sus vituperios. Su doctrina es maravillo- y verdadera, porque es la enseñada por el gran Maestro de toda la ver- id y el gran Hacedor de toda maravilla; y, sin embargo, el mundo cursa itudios en la cátedra del error, y pone un oído atento a la elocuencia vana F impúdicos sofistas y de obscuros histriones. Recibió de su divino Funda- lor la potestad de hacer milagros, y los hace, siendo ella misma un milagro Frpetuo; y, sin embargo, el mundo la llama vana superstición y vergonzoy y es dada en espectáculo a los hombres y a las gentes. Sus propios hijos, mados con tanto amor, ponen su mano sacrílega en el rostro de su mísima Madre, y abandonan el santo hogar que protegió su infancia, y Mican en nueva familia y en nuevo hogar no sé qué torpes delicias y qué puros amores: y de esta manera va siguiendo el anunciado camino de su blorosa pasión, no conocida del mundo y desconocida de los heresiarcas. Y lo que hay aquí de singular y de maravilloso es que, imitando perfec- mente a nuestro Señor Jesucristo, no padece tribulaciones a pesar de los bdigios que obra, de la vida que vive, de las verdades que enseña y de los imonios invencibles que acreditan la divinidad de su encargo; sino que, 'eyés, padece esas tribulaciones a causa de esas testimonios invencibles, psas verdades que enseña, de esa vida santísima que vive y de esos mila- Bs que obra. Suprimid por un momento con la imaginación esa vida, esas lades, esos prodigios y esos invencibles testimonios, y habréis suprimi- dle un solo golpe y de una vez, todas sus tribulaciones, todas sus lágri- , todos sus infortunios y todos sus desamparos.

En las verdades que proclama está el Misterio de su tribulación; en la tan sobrenatural que la asiste está el Misterio de su victoria; y esas dos is juntas explican a la vez sus victorias y sus tribulaciones.

habían escrito su vida, habían lamentado con tremendas lamentaciones sus | tremendos infortunios, habían dicho sus dolores, habían descrito sus tra- bajos, habían contado una por una las gotas que componían el mar de sus lágrimas, habían visto sus congojas y vilipendias, habían levantado el acto de su Pasión y de su Muerte; a pesar de todo esto, el pueblo de Israel no le conoció cuando vino, y cumplió todas las profecías olvidado de sus Profe- tas. La vida del Señor fue santísima; su boca había sido la única boca hu- mana que se había atrevido a pronunciar en presencia de los hombres es- tas palabras, insensatamente blasfemas o inefablemente divinas: «¿Quién de. vosotros me argúirá de pecado?» *. Y a pesar de esas palabras, que ningún. hombre había pronunciado antes, que no pronunciará después ninguno, el mundo no le conoció, y le llenó de ignominias. Su doctrina era maravi- llosa y verdadera, y lo era tanto, que iba como perfumándolo todo con su extremada suavidad y bañándolo todo con sus apacibles resplandores. Cada una de las palabras que caían blandamente de sus sacratísimos labios era una revelación portentosa, cada revelación una verdad sublime, cada ver- dad una esperanza o un consuelo. Y a pesar de todo, el pueblo de Israel apartó la luz de sus ojos, y cerró su corazón a aquellas portentosas consola= ciones y a aquellas sublimes esperanzas. Obró milagros nunca vistos de los hombres ni oídos de las gentes, y a pesar de esto se apartaron de Él con horror, como si estuviera inficionado de la lepra, o como si llevara en la frente una maldición estampada por la cólera divina, las gentes y los hom= bres. Hasta uno de entre sus discípulos, a quien amó con amor, fue sordo al reclamo dulce de sus dulcísimos amores, y cayó en el abismo de la tral ción desde la eminencia del apostolado.

La Iglesia de Jesucristo venía anunciada por grandes Profetas, y repre sentada en símbolos o figuras desde el principio de los tiempos. Su mismo divino Fundador, al abrir sus zanjas inmortales, y al modelar en un moldé maravilloso sus divinas jerarquías, puso ante los ojos de sus Apóstoles sl historia advenidera; allí anunció sus grandes tribulaciones, sus persecuciones sin ejemplo; vio pasar uno por uno y unos en pos de otros, en sangrient? procesión, sus confesores y sus mártires. Dijo cómo las potestades del mun; do y del infierno ajustarían contra ella, en odio a él, paces horribles y sacrílegas alianzas; y de qué manera triunfaría, por su gracia de todas la; 1 ¿Quis ex vobis arguet me de peccato? (S. Juan, VIII, 45).

64 JUAN DONOSO CORTÉS MAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 65 2. La fuerza sobrenatural de la gracia se comunica perpetuamente ¿ ror ha caído un hombre eminentísimo y de grandes excelencias, cuyos los fieles por el ministerio de los sacerdotes y por el canal de los Sacramen leritos es imposible leer sin un respeto profundo, cuyos discursos no se tos; y aquella fuerza sobrenatural, comunicada de esta manera a los fieles, meden oír sin grande admiración, y cuyas prendas personales son supe- miembros de la sociedad civil al mismo tiempo que de la Iglesia, es la que lores todavía a sus escritos, a sus discursos y a sus talentos. M. Guizot saca ha abierto el profundísimo abismo que hay, aun consideradas desde el punto 'entaja a todo los escritores contemporáneos en el arte de tender sobre las de vista político y social, entre las sociedades antiguas y las sociedades cató: mestiones más intrincadas una vista serena. Su mirada, generalmente ha- licas. Entre ellas, todo bien considerado, no hay otra diferencia sino la que blando, es imparcial y segura. En la expresión es limpio, en el estilo sobrio, resulta de estar las unas compuestas de católicos y las otras de paganos; de n los atados del lenguaje severamente modesto; su elocuencia misma se estar las unas compuestas de hombres movidos por sus instintos naturales, Iijeta a su razón: su elocuencia es alta, pero su razón altísima. Por elevada y las otras de hombres que, muertos más o menos completamente a su nas me una cuestión esté, cuando M. Guizot sale de su reposo y va hacia ella, turaleza propia, obedecen más o menos cumplidamente al impulso sobres l siempre como del monte al valle, nunca como del valle al monte. Cuannatural y divino de la gracia. Esto sirve para explicar la distancia que hay y describe los fenómenos que ve, no parece que los describe, sino que los entre las instituciones políticas y sociales de las sociedades antiguas, y las ren. Si entra en cuestiones de partido, tiene una complacencia refinada que han brotado como de suyo y espontáneamente en las sociedades mo señalar a cada uno la parte de error y la parte de verdad que le corres- dernas; como quiera que las instituciones son la expresión social de las ideas inde; y no parece que se la da porque le corresponde, sino que le corres- comunes, las ideas comunes el resultado colectivo de las ideas individuales, nde porque él se la señala. Por lo general, siempre que discute, discute