SigPhi · Miguel de Unamuno

Andanzas y visiones españolas (Spanish)

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propuesta de ser llevado lejos, muy lejos de la patria, allende el mar, a trabajar en luengas tierras. Empieza el silencio rodeándole a uno de remordimientos que de él brotan, pero acaba corroborándole en el inevitable destino. Y da fuerzas, da fuerzas como una sumersión en la fuente de la vida.

Está aquello como estaba hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte. Es la imagen viva de lo inalterable. A lo sumo se ve un momento allá, a lo lejos, sobre el vasto piélago de tierra, el penacho de humo de la locomotora, y se piensa un instante, quieto sobre la cima, en los que van y vienen por los valles de agitación y de ruido. ¿Y todo ello para qué?

Porque la radical vanidad de los paraqués humanos en ningún sitio se siente con más íntima fuerza que en estas cimas del silencio. Es como contemplar los vuelos de una mosca dentro de una botella.

En el interior del convento y en el del santuario de la Peña de Francia están los muros, ya cerca del techo, y los techos llenos de manchas negras, unas más espesas, otras más claras. Son apelmazadas muchedumbres de mosquitos--no cínifes, sino pequeñitas moscas--por cientos, por miles, y en conjunto por millones, que se están allí, quietos, inmóviles, sin buscar alimento, haciendo...¿qué? Se diría que, desengañados de la vanidad del mundo, se reúnen a dormir su vida en vez de suicidarse. Y aunque no se les ve alimentarse ni cabe tomen alimento de los pelados muros, crían sangre, según los novicios nos dijeron. ¿Qué hacen, pues, allí? ¿Cuál es la utilidad de esos pequeños insectos ociosos? He aquí algo en que no nos habríamos fijado en el valle, entre el barullo, y sobre que disertamos allí arriba, en la cima, entre el silencio.

Y luego, tendidos en la cumbre, bajo el sol, que en tales alturas acaricia sin herir, a contemplar los pueblecillos, a hacer geografía.

Este de aquí, de la derecha, este _testudo_ de rojos tejados, como la _testudo_ que uniendo sus escudos sobre sus cabezas formaban los legionarios romanos; esa masa roja, coronada por la torre de la iglesia, y que humea entre el verdor de los castaños, es La Alberca.

Ahí abajo, entre el cascajo de las laderas, corre el río Francia.

Más allá, aquellas ruinas de un antiguo castillo y aquella torre que parecen apacentar otro grupo de rojos tejados es San Martín del Castañar. Más a la derecha, sobre aquella loma verde, se hunde entre el verdor Sequeros. Más lejos, a la derecha, sobre otra loma, pero más escueto y descampado, se levanta Miranda. Y allá, en el fondo, al pie del macizo contrafuerte de la vasta montaña, con velas de nieve en su cima, que nos cierra el horizonte, blanquea a ratos la ciudad de Béjar, mi vieja conocida. Y aun se alcanza a ver, asomando sobre esta montaña, los picos de Gredos, en donde no ha muchos días soñé en la España inmortal. Y más acá, al pie mismo de nosotros, como bajo la protección de la Peña, la Nava, Cereceda, el Cabaco, otros pueblecillos. Y aquí mismo, casi a nuestra mano, este pequeñito poblado del Casarito, cuatro o cinco casas escondidas entre robles y castaños que dan la sensación de una paz perpetua.

Es un acontecimiento cuanto rompe la solemne monotonía de la quietud y del silencio. Uno que sube por el pedregoso y empinado sendero. Y es el cabrero que viene a traer leche, o uno que viene en busca de la nieve aquí durante el invierno almacenada para que refresquen sus bebidas los hijos del llano, o es el que trae el correo; acaso uno que viene de promesa o en busca de unos días de paz y de salud. Si acaso se tocó a misa en el santuario, se aguarda al que sube. Y el que sube trae ecos del mundo; trae acaso noticias de los afanes y los fracasos, de las venturas y desventuras de los de abajo. Y se le aguarda viéndole subir.

Otras veces es otra aparición, pero aérea y silenciosa. La de algún buitre o algún águila que con sus vastas alas extendidas parece bogar, sin esfuerzo alguno, por los azules espacios. ¡Qué diferencia de este solemne vuelo a los turbulentos afanes de nuestros aviadores humanos!

Mis amigos, los franceses, recitaban aquella imponente poesía de Leconte de Lisle al cóndor, y yo me acordaba de mi _Obermann_, de mi íntimo _Obermann_, de este libro formidable, casi único en la literatura francesa, que fué el alimento de las profundas nostalgias de mi juventud y aun de mi edad madura; de este _Obermann_, de aquel desdichado y oscuro Senancour, de que he hecho casi un breviario.

En este libro sin par se nos revela toda la tragedia de la montaña. Y recorría con la memoria sus pasajes más trágicos, aquel en que en la paz de la noche y en la cima interrogaba a su destino incierto, a su corazón agitado, y a esta naturaleza inconcebible que, conteniéndolo todo, parece no contener, sin embargo, lo que nuestros deseos buscan.

«¿Qué soy, pues?»--se preguntaba Obermann, y se decía:--«¡qué triste mezcla de afecto universal y de indiferencia hacia todos los objetos de la vida positiva!». Contemplando al buitre recordé cuando Obermann vió aparecer un punto negro en los abismos, a sus pies, que se elevó rápidamente, «vino derecho a mí--nos dice--; era la poderosa águila de los Alpes; sus alas estaban húmedas y feroces sus ojos; buscaba una presa, pero a la vista de un hombre echó a huir con un grito siniestro, desapareció precisamente en las nubes. Repitióse veinte veces el grito, pero en sonidos secos, sin prolongamiento alguno, semejantes a otros tantos gritos aislados en el silencio universal. Después volvió a entrar todo en una calma absoluta, como si hubiese dejado de existir el sonido mismo y se hubiera borrado del universo la propiedad de los cuerpos sonoros». Y agrega en seguida Obermann aquellas palabras insustituíbles, donde dice: «Jamás ha sido conocido el silencio en los valles tumultuosos; no es sino en las cimas frías donde reina esta inmovilidad, esta solemne permanencia que no expresará lengua alguna, que la imaginación no ha de alcanzar. Sin los recuerdos traídos de las llanuras no podría creer el hombre que hubiese fuera de él movimiento alguno en la naturaleza; seríale inexplicable el curso de los astros, y todo, hasta las variaciones de los vapores, pareceríale subsistir en el cambio mismo. Pareciéndole continuo cada momento presente, tendría la seguridad, sin tener el sentimiento, de la sucesión de las cosas, y las perpetuas mudanzas del universo serían para su pensamiento un misterio impenetrable». Lo he sentido, lo he sentido así en la cima de la Peña de Francia, en el reino del silencio; he sentido la inmovilidad en medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo, he tocado el fondo del mar de la vida.

¿Pero lo veis? ¿cómo hasta en la cima, en el sacro imperio del silencio santo, no he olvidado los libros que me persiguen adonde quiera que vaya? Porque el _Obermann_ no es sino un libro, aunque a mi sentir uno de los más grandes que se hayan jamás escrito. Aunque no, no, no, el _Obermann_ no es un libro; es un alma, un alma vasta y eterna como la de la montaña. El _Obermann_ se puede leer en la cima del silencio, donde no hay tratado alguno de sociología que resista la lectura.

Se lleva a las alturas el corazón y la cabeza hechos en los valles y llanos, y allí arriba, en la cumbre, hablamos de nuestras preocupaciones, de literatura, de filosofía, de poesía, de religión, del inmortal anhelo de inmortalidad sobre todo, pero no de sociología.

Hablamos también de esa América y de la suerte singular que en ella corre la literatura francesa, siendo admirados ciertos escritores que apenas cuentan en su propia patria y pasando inadvertidos no pocos de más hondo valer. Y aquí, en España, ocurre con la literatura francesa algo parecido.

Pero no es de esto de lo que debo ahora tratar. Se despega de la cima.

Salamanca, agosto de 1911.

CIUDAD, CAMPO, PAISAJES Y RECUERDOS Así es, Rebechi amigo--pues a darle este titulo su carta me autoriza--, así es: el recuerdo del campo y la esperanza de volver a él es una de las cosas que más y mejor nos sostienen en medio del tráfago de las ciudades. ¿Hay acaso placer mayor que, sentado en las largas noches de invierno junto a la leña que arde y zumba en la chimenea, soñar en un paisaje favorito? ¿Hay algo como, viendo el fuego de las lenguas de llama, recordar el de las lenguas de agua en la rompiente de las olas?

Las dos cosas que más se parecen son el juego de las crestas de la ola marina, empenachadas de espuma, y el fuego de las crestas de la llama del hogar.

Lo comprendo, ¿que lo comprendo? No, lo he sentido; he sentido al retirarme al reposo y silencio del lecho, después de un día de duro trabajo y de agitación ciudadana, y allí, en el silencio y el reposo, entre cobijas, soñar, con un libro de viajes en la mano, montañas, valles, ríos, mares y cielos libres.

Aun hay más, y es que durante el verano y en las siempre breves vacaciones de que durante el curso puedo gozar, salgo a hacer repuesto de paisaje, a almacenar en mi magín y en mi corazón visiones de llanura, de sierra o de marina para irme luego de ellas nutriendo en mi retiro. Así como también llevo al campo el recuerdo de las espléndidas visiones de esta dorada ciudad de Salamanca, cantada por mí hace algunos años.

El follaje de estas pardas encinas de Castilla, de estos árboles solemnes que brotan de la roca misma, de las entrañas de la tierra, es inmoble al viento, es apretado y denso, y es perenne. No cae en invierno como cae el follaje más blando y más movedizo de los robles.

La encina parece un árbol férreo, ni el vendaval la dobla o la sacude, como hace estremecer al chopo la más ligera brisa. Y denso, inmoble y perenne es también el follaje de piedra de estos viejos monumentos salmantinos. Las piedras doradas por soles de siglos de nuestra catedral, de nuestro templo de San Esteban, de nuestra Universidad, son como el follaje de las encinas. Y así, al contemplar los pináculos de la catedral, sueño en las encinas de las anchas navas, y al apacentar mi vista y mi corazón en éstas me corre por dentro, en curso soterraño del alma, el recuerdo de las piedras hojosas de nuestros monumentos de arenisca.

Así llevo la ciudad al campo y traigo el campo a la ciudad. Pero la ciudad que es a su vez también campo, la ciudad hecha naturaleza serena, impasible y noble. Una catedral es también un bosque, y hay paisajes, verdaderos paisajes ciudadanos, sobre todo en las viejas ciudades, en aquéllas sobre cuyos monumentos y viviendas han pasado los siglos que sobre un bosque pasan. Cuando una casa ha abrigado generaciones de hombres acaba por hacerse algo campestre.

Pero hay otra ciudad que ni llevo ni quiero llevar al campo, hay otra ciudad que gozosamente dejo aquí cuando voy a retemplar entre valles y montañas mi fibra, cuando voy a remontarme al hombre primitivo. Y es la ciudad odiable y odiosa del trajín social, de los cafés, de los casinos y los clubs, de los teatros, de los parlamentos, la odiosa ciudad de las vanidades y las envidias. Huyo de esta ciudad, en cuanto puedo. El campo es una liberación.

Triste tarea, amigo, la de tener que pasarse el día haciendo números, sobre todo si son de numerario ajeno. Allá en mis mocedades bilbaínas la mayor parte de mis amigos de excursiones y correrías monteses eran escribientes encargados de la correspondencia o tenedores de libros de casas de comercio, y el campo les servía preferentemente para maldecir del escritorio. Y eso que todos ellos servían leal y concienzudamente a las casas que los ocupaban dándoles de ganar. Comprendo muy bien, pues, que usted, amigo, en los descansos de su labor, y cuando cruce las anchas y largas avenidas de esa gran capital del sur de América, se acuerde de aquel su nativo «huraño villorrio» italiano que se esconde como perseguido entre una cima complicada del generoso Apenino, según me dice en muy castizo castellano.

¡Me mienta usted en su carta al Apenino! ¡Dulce recuerdo! Hace ya de esto veintidós años, no teniendo yo todavía entonces más que veinticinco, en el verano de 1889, cuando lleno de mi tierra vasca atravesaba ese generoso Apenino en uno de cuyos repliegues se esconde el lugarejo en que usted nació. Y al atravesarlo y contemplar sus valles, sus encañadas y sus pueblecitos, recordaba a mi Vizcaya.

Todas las notas de aquel mi viaje de mocedad, que asentaba noche a noche, al correr de la pluma, en un cuarto de hotel, están llenas de mi tierra nativa. Al entrar en Italia empezaron a desfilar a mis ojos los clásicos pinos italianos, en parasol, que me traían el recuerdo de uno hermosísimo que hay a la entrada de Guernica, de donde es y donde vivía entonces y me esperaba la que dos años más tarde había de hacerse mi mujer. Los Apeninos vistos desde Florencia, desde esta ciudad para mi encantada que llevo en el fondo de mi alma a partir de entonces, los Apeninos aquéllos me recordaban la cordillera de Archanda, a cuya sombra se cernieron los ensueños de mi juventud. Al subir el Reno, yendo de Pistoya a Bolonia, me invadió el recuerdo de la subida de Orduña, según se pasa de los valles del país vasco a la llanura castellana, esta subida que traspuse la primera vez cuando a mis diez y seis años fuí a Madrid a empezar mi carrera, cantando el _Agur, nere biotzeko_, un zortzico de Iparraguirre, y con lágrimas en los ojos que iban a empezar a no ver su tierra. En aquella misma Florencia, en esa Florencia de mi deslumbramiento juvenil y que consideraría una desgracia de mi vida no poder volver a verla, escribí una noche: «¡Mi Florencia! Hace un tiempo bilbaíno, a ratos sol y a ratos nubes.

Las calles, tan tranquilas; el aspecto de mi Bilbao». Hoy no les encontraría esta semejanza, pues no la tienen. Y hasta las oposiciones suscitaban el recuerdo de mi tierra, ya que hay una asociación de ideas por desemejanza. Los bueyes blancos de su tierra de usted, amigo, me recordaban a los bueyes rojos--_aidá! gorri!_--de color de barquillo, de la mía. Servíame la ajena para reencender la ternura por la mía propia. Y por esto le cobré tanto cariño.

Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma como el meollo, el tuétano de los huesos del alma misma. Porque ésta tiene su esqueleto, excepto en aquellos desgraciados que la tienen mucilaginosa, invertebrada, a modo de pulpo o de esponja o de limaco. Pero para quien tiene alma vertebrada, con huesos que la mantengan en pie y mirando al cielo, esos huesos se nutren de un tuétano que está hecho con las serenas y nobles visiones de la niñez lejana.

Viajar, sí, viajar, pero no sólo para poder contarlo luego y decir en el sosiego de la casa a los hijos, a los amigos: «¡También yo estuve ahí!», que esto las más de las veces no pasa de vanidad, de esa vanidad de _parvenu_ norteamericano, de especiero neoyorquino o de salchichero chicaguense, sino además, y sobre todo, para recordarlo y paladearlo a solas y para encender con el recuerdo de esos viajes a ajenas tierras el tibio y recalentador apego al rinconcito en que se nació o en que se vive en nido propio.

Pero ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda, es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de éste.

Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son en todas partes lo mismo y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja, lo he dicho antes de ahora, por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte.

Y hay también, sí, hay la tristeza de los viajes. Como escribía desde Atenas a Luisa Colet aquella estupenda naturaleza de artista y de soñador que fué Gustavo Flaubert, «por mucho que se viaje y se vean paisajes y pedazos de columnas, eso no alegra. Se vive--añadía--en un entumecimiento perfumado, en una especie de soñolencia, en que pasan bajo los ojos cambios de decoraciones y junto al oído melodías súbitas: ruidos de viento, rodar de torrentes, esquilar de rebaños. Pero no se está alegre, se sueña demasiado para estarlo». Y aquel mismo año, desde Roma, a Ernesto Chevalier, su amigo, diciéndole: «De todas las orgías posibles es el viajar la mayor que conozco; es ésta la que se ha inventado al llegar la fatiga de las otras. La creo más perniciosa a la tranquilidad del espíritu y a la bolsa que pueda serlo el vicio del vino o el del juego».

Mas hay que tener en cuenta que estos últimos conceptos y sentimientos acerca de los viajes proceden de Flaubert, de un voluptuoso imaginativo, de un hombre que idealizó la voluptuosidad, de uno que dijo de sí mismo (en otra carta a la Colet): «He nacido con un montón de vicios que jamás se han asomado a la ventana. Me gusta el vino; no bebo. Soy jugador y nunca he tocado un naipe; me agrada la crápula (acaso sería mejor traducir _débauche_ por juerga o por farra) y vivo como un monje. Soy místico en el fondo y no creo en nada». El hombre que tan bien se definía con esas frases, el estupendo esteta y artista que llevó al último grado de perfección el sugerirnos sensaciones, es enteramente natural que encontrase tristes los viajes. Su poderosa imaginación soñaba en ellos demasiado para poder él estar alegre. Y en los viajes buscaba sensaciones, y sensaciones violentas y fuertes. Quien haya leído _Salambó_ comprenderá al hombre; al hombre enamorado de lo monstruoso, del Oriente enorme de los elefantes y las pagodas.

Pero no es lo mismo para aquel que encuentra en el campo un Evangelio y absorbe en la montaña, tanto más que efluvios estéticos, efluvios éticos. Porque el campo libre es una lección de moral, de piedad, de serenidad, de humildad, de resignación, de amor. El campo nos ama, pero nos ama sin fiebre ni frenesí, sin violencia. Y en el campo se ahogan nuestras dos semillas ciudadanas o sociales más malignas, que son la de la vanidad y la de la envidia. ¿Quién puede envidiar a otro cuando le adivina allí, a lo lejos, perdido en un repliegue de lontananza, visto desde la cima de una montaña? ¿Quién se siente envanecido y pagado de sí a la orilla del mar, frente a la inmensa sábana ondulante?

¡Desdichado del hombre que se aburre si tiene que permanecer solo unos días en medio de la campiña libre! ¡Desdichado del hombre que no puede prescindir del ruido y el trajín de sus prójimos!, porque este tal no se ha encontrado a sí mismo, ni ha sabido siquiera buscarse, ni se ve sino reflejado en los demás.

La más sublime lección de moral que han oído los siglos y las tierras es el sermón llamado de la montaña, aquel en que nos introduce el capítulo V del Evangelio según Mateo, con estas sencillas pero excelsas palabras: «Y viendo a las turbas subióse al monte, y habiéndose sentado él acercáronsele sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, etc». Y sigue todo el sublime código de la perfección cristiana. Desde una montaña, el Sinaí, envuelta de collar continuo en fragor de tormentas, de relámpagos, fué promulgado por Moisés el Decálogo a su pueblo y desde un monte sereno de Palestina, un olivar acaso, dulce y perfumado de sol, se vertió sobre los hombres las más santas enseñanzas. Subido en el monte, sentado en él como en un trono, y en su derredor, recostados en el suelo, al toque de la santa madre tierra, sus discípulos, abrió Jesús la boca para dejar fluir de ella, como río que brota de una laguna montañesa inagotable, el manantial de su doctrina.

La prueba más grande por que puede pasar un orador es conmover a una muchedumbre iluminada por el sol libre, dando en campo abierto, al aire libre, sus palabras. Y hay quien funda su opinión de que el más grande orador popular que en lo humano se haya conocido es O'Connell, porque arrebataba a las muchedumbres de campesinos irlandeses hablándoles así, al aire libre de la patria, y haciendo intervenir hasta al trueno en sus arrebatadas arengas. Y Demóstenes hablaba en el ágora, en la plaza pública, no dentro del salón de un parlamento.

Vengamos al teatro, y es seguro que dramas aplaudidos en nuestros salones de representación, en aquel ambiente confinado, a la luz artificial, recibiendo actores y actrices el reflejo de las candilejas, que produce en el rostro sombras anómalas--de luz que viene de abajo arriba--, entre árboles y rocas pintados en lienzo, esos mismos dramas resultarían ridículos y hasta grotescos al aire libre, representados en el claro de un bosque o en un teatro antiguo. Este mismo verano vi en un pueblo de la sierra de Francia, en la Alberca, un drama moderno miserable y pésimamente escogido, _Los dos virreyes_, representado al aire libre, en la plaza del pueblo, delante de la iglesia, sobre un tablado y bajo un toldo que defendía a público y actores del sol.

Y en aquel escenario, en que habrían no ya conservado, sino realzado su grandeza el _Prometeo_, el _Edipo_, la _Fedra_, el Álvaro_, resultaba profundamente grotesco aquel desdichado drama que tan mal se escogiera. Y no digo nada si en vez de ser en la plaza del pueblo, que al fin algo tiene de teatro en el mal sentido de esta palabra, hubiese sido en el repliegue de una montaña, allí cerca, en un castañar al pie de la Peña.

Tiene usted, amigo, que leer ciertos libros en el silencio y recogimiento de su cuarto, acostado en su cama, entre cobijas, para soñar allí en el campo. ¡Oh, si pudiese usted leerlos en el campo mismo! Aunque no, al campo se debe llevar un libro; pero es para dejarlo junto a sí, sobre la verde hierba, y quedarse mirando al cielo, teniendo conciencia de que se le tiene al libro allí junto, pero que se le tiene cerrado y silencioso. Y en el campo no se deben leer libros en que se describa el campo mismo, libros de viajes o de paisajes.

La mejor lectura en el campo es la de los evangelios de todas clases o la de una tragedia humana. Tuve, sin embargo, yo un pobre amigo--y le llamo pobre porque se murió joven--que se subía a Archanda, a una pequeña cordillera que no se levanta más de 400 ó 500 metros sobre Bilbao, y sentado allí, contemplando la otra, más alta cordillera (el doble), de la otra orilla de la ría poníase a leer las descripciones que de los Alpes hiciera Rousseau. Y me aseguraba que la ilusión era completa. Y yo, que le conocía, creíaselo. Además de que el efecto y la sensación que las montañas nos producen, no crece, ni con mucho, a medida de su altura. Porque así como desde un globo que se eleva a 2.000 metros sobre el suelo no se abarca con la vista doble extensión de terreno que se abarcaba cuando sólo había subido 1.000, ni muchísimo menos, así el efecto de las montañas no crece con su altura. Habiendo de tenerse además en cuenta su altura, no sobre el nivel del mar, sino sobre el campo circundante que las rodea. Y de aquí que no sean las montañas más elevadas del mundo las que producen efectos más emocionantes a los que suben a unas y a otras. Son muchos los que prefieren los Pirineos a los Alpes y los Alpes a otras cordilleras más altas.

El Ganecogorta, que junto a Bilbao se eleva a escasamente 1.000 metros, me ha parecido siempre tan imponente como cimas de 2.500 a que he ascendido aquí, en Castilla. Y estoy seguro de que cimas de 5.000 a 6.000 metros no me producirían no ya doble impresión, si esto pudiese medirse, que otras de 2.500 y 3.000 me han producido, pero ni siquiera tan grande. La altura geométrica es de una importancia secundaria en el respecto estético. Y una cosa parecida ocurre con los lagos y con los ríos.

Y sobre todo, ¿qué puede competir con el arroyuelo de nuestra aldea natal, con aquél que bajaba cantando junto a nuestra cuna y brezó nuestros sueños de la infancia? Yo no nací en aldea, ni por mi pueblo natal cruza un arroyo, sino una ría, una ría apretada entre pretiles, que es hoy un canal, una ría de reflejos metálicos, sucia de ordinario con escurrajas negras de carbón y rojas de mena de hierro, una ría que se hincha a las horas de la marea con el agua del mar cercano, y luego, en bajamar, se convierte casi en una cloaca; una ría que parece arteria de enfermo, cubierta por el cordaje de los buques, y en el rizo de cuyas leves ondas cabrillea el reflejo de estos buques mismos; pero esta ría, este melancólico Nervión, ¡qué de remembranzas no agolpa a mi mente! ¡Cómo recuerdo los días de mi fugitiva infancia, en que subido con otros amigos sobre un banco, a la orilla de la ría, cuando entraba en ésta aquel vapor de ruedas prorrumpíamos a coro a canturrear su pri-me-ró d'España!» Que así, _El primero de España_, se llamaba aquel vapor. ¡Oh felices días! ¿Dónde volveremos a encontraros sino en el nativo campo?

Salamanca, octubre de 1911.

HACIA EL ESCORIAL Vacaciones de Semana Santa, siete días de asueto; a correr y a ver tierras, a orear los pulmones, la vista y el ánimo, a seguir conociendo España, abrazando su cuerpo. Fin de la salida El Escorial, pero por camino largo, tomándolo a sorbos, poco a poco, a modo de quien lo saborea.

Primera parada en Medina la del Campo, la ya antigua conocida, la de la famosa feria secular, aquélla en que dió su último suspiro la reina católica, Isabel la Grande.

Allí se alza la ruina del castillo de la Mota, donde entregó aquella mujer extraordinaria su alma magnánima a Dios. Se alza el torreón hecho jirones y a la caída de la tarde remontaba desde él al cielo de ocaso su vuelo una bandada de grajos. Los baluartes se van desnudando de su recubrimiento de ladrillo. Y aquella masa ingente donde se dictó aquel famoso testamento de Isabel la Católica, aquél en que dícese se habla de nuestra misión en África, mira al cielo con una inmensa resignación.

Y una inmensa resignación desciende del castillo y se esparce por la llanura toda donde apunta el verde de las mieses.

Lugar el más santo para meditar en lo que pasa y en lo que queda, en la España temporal y en la España eterna, allí, junto al castillo de donde voló desde la España terrena a la celestial aquella alma de mujer fuerte. Alma de mujer, pero de mujer entera y varonil, como el alma de la patria que hizo, alma también de varona. Y otra varona, Teresa de Jesús, expresó un siglo después sus eternas ansias.

Érame una antigua obsesión la de visitar la ciudad de Olmedo.

Atraíame a ella aquella parte de muralla, vestida de saúcos y plantas trepadoras, que al correr el tren se divisa. ¡Porque eso de ver al pasar un viejo pueblo, relicario de recuerdos, que duerme al sol guardado por sus murallas!...¿Qué habrá allí dentro? ¡Y luego el prestigio histórico! Veníamos de Medina la del Campo, de junto a aquel castillo en que la gran Isabel muriera: íbamos a Olmedo, donde se dió la batalla a que debiera el trono.

A mediados del siglo XV subió al trono de Castilla, por muerte de D. Juan II, aquel pobre rey Enrique IV, por sobrenombre--nada halagüeño ciertamente--_el Impotente_. Era un pobre varón--si es que lo era--de cuerpo amasado con linfa y alma hecha de poquedad, lo que necesitaban aquellos turbulentos nobles que le habían enfrentado a su padre. Miserable fué el reinado de este infeliz. El P. Sigüenza, uno de nuestros más castizos escritores sin duda, en su _Historia de la Orden de San Jerónimo_, dice que «como el rey don Henrique quarto no tenia hijos herederos y en su gobierno procedía con tanta blandura, que todos imprimían en él lo que querían, estaba el Reyno y los grandes desgustados, todo lleno de inquietud, alborotos, divisiones; vivían unos como querían y otros como podían o los dexavan». Y así levantaron algunos frente a D. Enrique al infante don Alonso, hermano del rey y de doña Isabel. Entre los nobles más turbulentos del partido adverso al rey, estaba aquel D. Juan de Pacheco, «hombre de grandes mañas, de quien se decía públicamente que tenía tanta arte en traer a su voluntad las de los que con él tratavan, que ponía sospecha si era más que ingenio humano»--dice de él nuestro P. Sigüenza--. «Era el pobre rey--dice este mismo escritor--de claro entendimiento, mas de una voluntad remisa, ineficaz, sin irascible, y digámoslo así, apocada, de donde nacían tantos males».

¡Y tan sin irascible el pobre Impotente! Como que divorciado de su primera mujer, la infortunada Blanca de Navarra, volvió a casarse en 1462 con la princesa Juana de Portugal, de quien fué amigo D. Beltrán de la Cueva, gran maestre de Santiago por obra y gracia del rey, ya que por obra y gracia de D. Beltrán llegó el rey don Enrique a ser padre, siquiera putativo, de la princesa doña Juana, a quien dió la malicia en apodar la Beltraneja. Y aquel D. Juan Pacheco, el del ingenio más que humano, esto es, diabólico, púsose frente al valido y cirineo del matrimonio del rey, y protestó del reconocimiento de la Beltraneja, adoptando como heredero al trono al infante D. Alfonso, hermano del rey. Los descontentos nobles destronaron al rey en efigie en las afueras de Ávila de los Caballeros, y vino la lucha entre don Beltrán, que apoyaba a la Beltraneja, y los acaudillados por Pacheco.

Y fué cerca de Olmedo, al pie de unos pelados cerros blancos, donde ambos ejércitos se encontraron, guiado uno por D. Beltrán y el otro por el belicoso arzobispo de Toledo, Carrillo. A esta batalla, que quedó indecisa, se siguió un período de anarquía, y la muerte del infante D.

Alfonso, envenenado, trajo a la historia a Isabel la Grande, hermana de padre del pobre Impotente. La voluntad que a éste le faltaba teníala ella, la varona. Y he aquí cómo entra Olmedo en los recuerdos de la gran reina.

El camino de Medina del Campo a Olmedo, más de veinte kilómetros, lo hicimos casi todo él a pie, parte en un carro de unos trajinantes en vino. Dejábamos atrás, destacándose sobre el cielo de la tarde, la mole del castillo de la Mota. A un lado y otro tierras de pan llevar, luego un pinar que atravesamos, una pequeña revuelta del camino para atravesar un río, el Adaja, el río de Ávila, que ofrece de pronto una rinconada de melancólico recogimiento, y al trasponer una cuesta las murallas de Olmedo y sus torres derritiéndose en la luz del atardecer.

Por una puerta de la muralla entramos en el pueblo. Uno de esos espaciosos pueblos castellanos, abiertos, claros, llenos de luz, llenos de anchura, con vastas plazas al pie de una iglesia de ladrillo que abriga tal vez a un álamo centenario, con su gran plaza de arquillos, donde toman el sol y comentan las últimas noticias de los diarios de la tarde los desocupados del pueblo. El vaho por dondequiera de una vida de sosiego, tal vez de modorra, turbada tan sólo de vez en cuando por unas elecciones o por alguna cacicada. Y en la plaza de junto a la iglesia mayor, al otro día de nuestra llegada, el de Jueves Santo, cuando la procesión va a sacar a la luz y el aire libres los viejos pasos, el trágico nazareno de manto morado y amoratado rostro, con su cruz a cuestas, en esa hora de tradición católica el grupo de las señoritas del pueblo y el grupo de los cinco o seis estudiantes que hay en él y que tienen a aquéllas por novias. De un lado las imágenes de la pasión y aquellos graves varones, de larga capa, con sus largas varas y sus birretes--casi parecían doctores--y de otro lado, haciendo como que miran al Cristo azotado, pero mirándose a los ojos, los novios del pueblo. Pasarán estas vacaciones de Semana Santa, se volverá el estudiante a Valladolid o a Madrid a proseguir sus estudios, y no olvidará aquella tarde de Jueves Santo, en que la plaza de su niñez vió a la novia, toda de negro, al pie del Nazareno, que murió por amor a los hombres.

La Semana Santa es una de las épocas del año que más suele ir unida a la historia de los recogidos y apacibles noviazgos de los pueblos, y ese trágico Nazareno que pasea en esos días lo morado de su manto y de su rostro por las abiertas plazas de los pueblos, ha sido y es uno de los más eficaces casamenteros. ¿Quién que sepa el portugués no conoce aquella tiernísima poesía de João de Deus, titulada _Encanto_? Es aquélla que empieza: pasabas como una reina. Y anduvo con ella el poeta por Semana Santa de templo en templo, y ella en su traje austero y grave, toda de negro, que era un gusto ver no sé qué suave luz bañarle las manos, el rostro, una luz como la que baña a los ángeles del cielo.

Días solemnes éstos de Semana Santa en los pueblos. Es el día en que se les ve al juez y al alcalde vestidos de levita y con su sombrero de copa alta, seguidos de la Guardia Civil--ésta de gala--que haya en el pueblo recorrer las estaciones. Y al verlo sienten los niños la singular solemnidad del día.

El posadero de la posada en que nos alojamos, un posadero típico del linaje de los cervantinos. Cocinero a la vez y que se jactaba de guisar cualquier plato sin echarse la menor mancha a la inmaculada blusa corta. Y su hija, una muchachuela, decía al servirnos en aquel Jueves Santo unas rosquillas fritas con manteca de cerdo: «¡Ay, por Dios, que van ustedes a pecar! ¡Ay, por Dios!». ¡Y Él haga que no llegue nunca la cándida muchacha a otra comprensión del pecado!

Desde Olmedo fuímonos a Arévalo, otra ciudad isabelina de las que recorría y en que administraba justicia aquella reina andariega. Y este Arévalo fué de los más prontos, dicen, en acudir al llamado del rey de Navarra para batir a los moros en las Navas de Tolosa, por lo que figura en su escudo de armas un caballero saliendo de un castillo, tal como se ve, entre otras tallas, en piedra, en una graciosísima de la antigua alhóndiga. Y este Arévalo fué de las ciudades que cuando la guerra de Comunidades de Castilla peleó contra los comuneros al lado del emperador, y de Arévalo fué el famoso alcalde Ronquillo.

Se tiende al sol de Castilla Arévalo, y a su cielo eleva las torres de sus iglesias y conventos en la lengua de tierra que forman la confluencia del Adaja con el Arevalillo. Es como en un promontorio, con escarpes pintorescos a los ríos. Y en la punta misma de esa lengua, en la altura que domina el emboque de ambos ríos y los dos puentes, álzanse las ruinas del viejo castillo. Un macizo torreón de piedra que habla de viejos enconos y de los días de la trabajosa fragua de la nacionalidad. Y dentro de las ruinas del castillo, en el recinto de sus desgastados muros, las ruinas de un cementerio en que ya no se entierra.

¿Habéis visto algo más melancólico y más lleno de sentido trágico que un camposanto abandonado, que las ruinas de un cementerio? Penetrantes son las ruinas de la vida, pero mucho más las ruinas de la muerte, las ruinas de la ruina. Un viejo cementerio abandonado, una sola tumba vacía, es acaso lo más hondo de sentir que puede encontrarse en el peregrinaje de la vida. Recordé el «Dios mío, qué solos se quedan los muertos», de Becquer, y aquella inmortal elegía de Tomás Gray al cementerio de aldea. Más de una vez los pintores han tratado el asunto a que suele titularse «la cuna vacía», pero es más hondamente trágico