Henri Bergson
Filósofo francés (1859–1941), nacido en París de padre polaco judío y madre inglesa, catedrático en el Collège de France, donde sus clases se convirtieron en un acontecimiento social e intelectual parisino sin precedentes que atraía multitudes mucho más allá del mundo académico, y el filósofo francés más leído y celebrado de su tiempo —premio Nobel de Literatura en 1927 «en reconocimiento de sus ideas ricas y vitalizadoras y del brillante arte con que han sido presentadas». Su concepto central, la duración (durée), distingue el tiempo vivido de la conciencia —cualitativo, indivisible, en constante fluir y heterogéneo— del tiempo espacializado y medible de la ciencia y de los relojes, que según Bergson traiciona y deforma la experiencia real convirtiéndola en una sucesión de instantes discretos e intercambiables, como fotogramas de una película. Ya en su Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia (1889) fundamentó esta distinción, y en Materia y memoria (1896) abordó el problema de la relación mente-cuerpo a través de la memoria, distinguiendo la memoria-hábito (mecánica, corporal) de la memoria pura (que conserva el pasado en su totalidad), en un intento de superar tanto el materialismo como el idealismo. Su obra más influyente, La evolución creadora (1907), introdujo el célebre concepto de élan vital, el impulso vital creador que atraviesa e impulsa la evolución biológica más allá tanto del mecanicismo darwinista estricto como del finalismo teleológico, ofreciendo una alternativa vitalista y dinámica que fascinó a toda una generación —de Marcel Proust a William James, que vio en ella un aliado de su pragmatismo. En sus últimos años, Las dos fuentes de la moral y de la religión (1932) distinguió entre sociedades cerradas, basadas en la obligación y la presión social, y sociedades abiertas, orientadas al amor universal e inspiradas por la intuición mística de los grandes santos y profetas. Su influencia en el arte, la literatura y la filosofía del siglo XX fue inmensa, aunque el declive posterior de su reputación filosófica fue marcado, en parte por la crítica hostil de Bertrand Russell y la filosofía analítica, y en parte por su célebre debate con Einstein sobre la naturaleza del tiempo.